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En una pizzería

Está es algo que le sucedió a mi amiga Ximena

Yo necesitaba un permiso sí o sí para faltar, era la salida de secundaria de mi sobrino, pero el cabrón de mi jefe no me lo quería dar. Estábamos en la cocina, yo amasando masa con la playera del uniforme toda manchada de harina y salsa, los shorts bien cortitos porque el calor era un demonio. Él se me acercó por detrás mientras yo estaba inclinada sobre la mesa y sentí su cuerpo caliente pegado a mi culo. No dijo nada al principio, solo se quedó ahí, respirándome en el cuello.
—Ramón… por favor —le dije bien bajito, volteándome un poco—. Neta necesito el día de mañana.
Él me miró de arriba abajo, se le notaba el bulto ya empezando a crecer en los pantalones. No contestó. Solo se quedó callado, con esa sonrisa de “ya sé lo que quieres pero no te lo voy a poner fácil”
Yo sabía perfectamente que me veía morbosamente. Siempre que me agachaba a sacar algo se me quedaba viendo las nalgas, Así que esa vez me armé de valor. Me acerqué más, le toqué el pecho con dos dedos y le dije bien descarada, casi en un susurro
—Si me das el permiso… te la chupo. Te hago lo que quieras. Te la mamo aquí mismo si quieres, te dejo que me uses como se te antoje. Solo… dame el día
Él se quedó en silencio otros segundos eternos. Solo me miró a la boca, luego a las tetas, y asintió una sola vez con la cabeza. Ni siquiera abrió la boca. Solo me señaló con la barbilla hacia el fondo del local, donde estaba el almacén de ingredientes y el refrigerador viejo
Esa noche cerramos más tarde de lo normal. Los demás se fueron y nos quedamos solos. Yo apagué las luces y solo dejamos la de la cocina. El olor a pizza quemada y queso derretido todavía flotaba en el aire. Él se sentó en una de las sillas de metal y me jaló hacia él por la cintura. Empezamos a besarnos bien cabrón, con lengua, con saliva, mordiéndome el labio inferior. Sus manos gordas me agarraron las nalgas por encima del short y las apretaron fuerte, separándolas un poco. Yo ya estaba empapada. Se me sentía el short pegado a la panocha
Seguimos besándonos un rato largo, bien lento, bien cochino. Él me metió la mano por debajo de la playera y me agarró una teta, me pellizcó el pezón hasta que se me puso durito. Yo le restregaba la cadera contra su verga que ya estaba dura como piedra dentro de los pantalones. Le susurré al oído
—¿Ya quieres que te la chupe jefe?… Dime que sí
Él solo gruñó y se bajó el cierre. Se sacó una verga gruesa, no tan larga pero bien gordita, con la cabecita morada y ya chorreando un poquito de precum. Yo me arrodillé ahí mismo en el piso sucio de la cocina, entre cajas de harina y botes de salsa. Le agarré la verga con las dos manos y le di una lengüetada bien larga desde las bolas hasta la punta. Él soltó un “híjole…” bien bajo
Entonces se me ocurrió la locura. Agarré el bote de salsa de tomate para pizza que teníamos abierto, esa salsa espesa y roja, y le eché un chorrito directo sobre la verga. Se le escurrió por todo el tronco y le llegó hasta las bolas. Yo me la metí completa a la boca, sabiendo a tomate y a verga a la vez. Se la chupé bien profundo, haciendo ruidos bien cochinotes, dejando que la salsa se me escurriera por la barbilla y me manchara la playera. Él me agarró del cabello y me empujaba hacia abajo, metiéndomela hasta la garganta. Yo gorgoteaba y baboseaba toda la salsa mezclada con mi saliva
Cuando ya la tenía bien babosa y roja, me la saqué de la boca con un hilo de saliva y salsa colgando. Me levanté, me quité la playera y el sostén de un jalón. Mis tetas saltaron libres. Agarré el queso parmesano rallado que teníamos en el bote y me lo eché generoso sobre los pezones y la parte de arriba de las tetas. Él se lanzó como animal. Me las chupó con hambre, lamiendo el queso, mordisqueándome los pezones, dejando que se le pegara el parmesano en la barba. Yo gemía bien puta
—Así… chúpamelas, jefe… cómeme el queso de las tetas
Después me volteó, me bajó los shorts y las tangas de un tirón y me puso de cuatro sobre la mesa de amasar. Agarró el bote de canela dulce que usábamos para los postres y me lo espolvoreó generoso en las nalgas y justo en el agujero del culo. Me lo metió un poquito con el dedo para que se me metiera adentro. Y entonces se me tiró a comer el culo como loco. Me lo lamió, me lo chupó, me metió la lengua bien profundo mientras la canela se le pegaba en la lengua y en los labios. Yo estaba temblando, con la cara aplastada contra la harina de la mesa, gimiendo bien fuerte
—¡Ay, sí… cómeme el culo, Ramón… más profundo…
Me comió el culo un rato largo, hasta que yo ya no aguantaba y me corrí solo de eso, chorreándole la panocha en la mesa. Entonces se paró, me agarró de las caderas y me la metió de un solo embate. Se me sintió bien gruesa abriéndome. Empezó a cogerme duro, con golpes secos, haciendo que la mesa temblara. Me daba nalgadas mientras me decía cosas cochinadas al oído
—Así te quería, putita…
Me la metía completa, me sacaba casi toda y me la volvía a meter de golpe. Yo le gritaba que más duro, que me la rompiera. Después de un rato me volteó otra vez, me sentó sobre la mesa y me abrió las piernas. Pero antes de seguir, agarró el aderezo de ranch que teníamos para las ensaladas y me lo echó generoso en los pies. Me los masajeó un poco, haciéndolos resbalosos, y luego se los llevó a la boca. Me chupó los dedos uno por uno, lamiéndome las plantas, metiéndome la lengua entre los dedos mientras el aderezo se le escurría por la barbilla. Yo estaba en el cielo. Nunca nadie me había chupado los pies así de cochino
Después me los puso juntos, alrededor de su verga todavía llena de saliva y restos de salsa. Usó el aderezo como lubricante y me hizo masturbarlo con los pies. Yo le apretaba con las plantas, le subía y bajaba, le daba vueltas a la cabecita con los dedos de los pies mientras él gemía como animal. De vez en cuando se inclinaba y me volvía a lamer los dedos
Al final me la volvió a meter, esta vez más despacio, mirándome a los ojos. Me cogió hasta que se corrió adentro, bien profundo, llenándome de leche caliente. Se quedó un rato adentro, respirando pesado, y luego me sacó la verga toda babosa y me la puso en la boca otra vez para que se la limpiara
Me dio el permiso. Al día siguiente fui a la salida de mi sobrino con las nalgas todavía ardiendo y el sabor a canela y aderezo todavía en la lengua… y con la panocha llena de su leche.
En una pizzería

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