Siempre tuve en claro que no me atraían las mismas cosas que al resto. Para entender mi locura por las botas y el pedal pumping, tengo que irme directo a mi infancia, porque mi fetiche no nació de la nada: se crió y tomó forma prácticamente dentro de mi propia casa.
Bambalinas, cuero y los primeros recuerdos
Mi vieja estaba metida en el ambiente de la moda y organizaba desfiles de ropa. De muy pibe, con siete u ocho años, me tocaba acompañarla a los eventos y andar dando vueltas entre bambalinas. Mientras la gente afuera esperaba el show, adentro el vestuario era un caos de percheros, luces de camarín y modelos cambiándose a mil por hora.
Ahí, en medio de todo ese movimiento, a mí la vista se me iba automáticamente hacia un solo lugar: los pies. Me quedaba en un rincón, totalmente hipnotizado, viendo a las modelos calzándose las botas de cuero de caña alta. Me fascinaba el ritual: el sonido metálico de los cierres subiendo apretados contra las pantorrillas, el brillo del cuero bajo las luces, la rigidez del material arrugándose en el tobillo y el tac-tac seco, firme y resonante que retumbaba en el piso de madera antes de que salieran a la pasarela. Ese olor a cuero nuevo mezclado con perfume importado se me quedó grabado a fuego en el cerebro para siempre.
El ropero de mi hermana y el debut secreto
A eso se le sumaba lo que pasaba en la cotidianeidad de mi casa: mi hermana mayor también era una enferma de las botas. El ropero de su habitación era prácticamente un santuario de cuero. Tenía pares de todos los colores, pero sus preferidas eran unas negras de caña alta, con plataforma gruesa y unos tacos imposibles. Me acuerdo perfecto del olor rancio y rico que salía de su placard al abrirlo, de ver las cañas erguidas y rígidas en los rincones y de escuchar el ruido de sus pasos retumbando por el pasillo de casa cada vez que se preparaba para salir.
Cuando me quedaba solo en casa, mi curiosidad me llevaba directo a su habitación. Iba en silencio, abría el ropero y buscaba exactamente ese par. Ahí, en la oscuridad de su cuarto, fue la primera vez que me pajee con un par de botas.
La calentura me superaba por completo. Las sacaba de la caja, sentía el peso del calzado y me sentaba en el piso con la pija al aire, rígida y latiendo. Me fascinaba la textura de la suela de goma marcada, el contraste del taco duro y esa plataforma imponente. Empezaba refregando la cabeza de la verga dura directo contra la suela, sintiendo la rugosidad del agarre, y después la pasaba lentamente por todo el taco aguja y el cuero de la caña. El olor a cuero mezclado con el roce directo en la piel me volvía completamente loco.
Se me aceleraba el pulso hasta que no aguantaba más. Terminaba acabando a fondo sobre ellas, viendo cómo los chorros de leche caliente caían directo sobre la plataforma y la suela, manchando el cuero negro brillante. Después, con la respiración cortada y el corazón en la boca por la paranoia de que alguien llegara, me tomaba el trabajo de limpiarlas con cuidado con un trapo húmedo hasta que no quedara el menor rastro, antes de volver a guardarlas en su lugar como si nada hubiera pasado.
Fue mi secreto mejor guardado durante años. Un fetiche silencioso que me quemaba la cabeza a medida que iba creciendo, mientras el resto de los pibes de mi edad miraban cosas totalmente distintas.
La fascinación por la pedalera y el "Pedal Pumping"
Con los años, a esa obsesión por el cuero se le sumó la pasión por los autos. Y ahí fue cuando los dos mundos chocaron para crear mi fantasía definitiva: el pedal pumping.
Cada vez que viajaba de acompañante con alguna mina o veía manejar a alguna mujer con botas, la mirada se me caía automáticamente hacia la oscuridad de la pedalera. Me parecía una locura visual y sonora: el contraste de la delicadeza de una mina manejando una máquina pesada, pero usando la fuerza bruta de una bota de cuero para dominarla.
Me quedaba ido mirando cómo la bota de caña alta se doblaba en el empeine al presionar el acelerador, cómo la suela de goma o cuero aplastaba el pedal de metal contra la alfombra, y cómo el motor respondía con un rugido violento a cada pisotón. El sonido del taco aguja clavado en el piso, el crujido de la tela o el cuero al flexionar el tobillo y el juego rítmico entre el embrague y el acelerador me dejaban la cabeza en blanco y la entrepierna al palo.
Durante mucho tiempo consumí este material a escondidas en internet, buscando videos de nicho y relatos en foros, pensando que era un raro total y que difícilmente iba a poder vivir algo así con semejante nivel de intensidad en la vida real.
El encuentro con Agus y la confirmación de la locura
Pensé que me iba a costar horrores encontrar a alguien que encajara con esta cabeza. Hasta que la conocí a Agus.
Cuando nos pusimos de novios, sentí que me había ganado el Quini 6. No solo por lo fuerte que está y el lomo tremendo que tiene, sino porque Agus tiene exactamente la misma debilidad: ama las botas con locura. Tiene un placard exclusivo repleto. De caña alta que le llegan casi a la rodilla, de cuero mate, de cuero brillante, con cierres metálicos, de taco aguja, de taco ancho... tiene de todo.
Al principio me guardaba el fetiche por vergüenza, pero con ella era imposible disimularlo. Verla vestirse para salir los fines de semana era una tortura hermosa: el ritual de ver cómo se deslizaba las medias, cómo metía el pie dentro de la bota, el esfuerzo al subir el cierre apretando la carne de la pantorrilla y el impacto seco de sus tacos al caminar por el departamento me ponían de la cabeza al instante.
El verdadero quiebre —el momento donde todo explotó — fue la primera vez que la vi manejar con un par de botas de caña alta de cuero negro mate recién compradas. Estábamos por salir a comer una noche de invierno, ella se puso al volante de mi auto y yo me senté en el lugar del acompañante.
En cuanto puso primera y arrancó, bajé la mirada hacia la pedalera iluminada apenas por las luces del tablero. Ver esa bota de cuero negro impecable apoyándose de lleno sobre el metal, cómo el taco aguja se clavaba en la alfombra y cómo le hacía rendir el motor al auto pegándole pisotones secos para acelerar, me hizo correr un frío por la espalda. Todo mi pasado —los desfiles de mi vieja, las botas en mi casa, los videos que miraba a escondidas— se me materializó en la cara en un segundo. Tenía a mi mujer, en mi auto, ejecutando mi mayor fetiche al lado mío.
Agus no tardó ni dos minutos en darse cuenta de hacia dónde se me iban los ojos y cómo respiraba. Lejos de frenarse o avergonzarse, le fascinó el poder absoluto que eso le daba sobre mí. Sonrió de reojo, agarró el volante con firmeza, estiró la pierna y le pegó una acelerada a fondo que hizo rugir el motor en el medio de la calle, sabiendo perfectamente que con cada pisotón de su bota me estaba volviendo su esclavo.
Bambalinas, cuero y los primeros recuerdos
Mi vieja estaba metida en el ambiente de la moda y organizaba desfiles de ropa. De muy pibe, con siete u ocho años, me tocaba acompañarla a los eventos y andar dando vueltas entre bambalinas. Mientras la gente afuera esperaba el show, adentro el vestuario era un caos de percheros, luces de camarín y modelos cambiándose a mil por hora.
Ahí, en medio de todo ese movimiento, a mí la vista se me iba automáticamente hacia un solo lugar: los pies. Me quedaba en un rincón, totalmente hipnotizado, viendo a las modelos calzándose las botas de cuero de caña alta. Me fascinaba el ritual: el sonido metálico de los cierres subiendo apretados contra las pantorrillas, el brillo del cuero bajo las luces, la rigidez del material arrugándose en el tobillo y el tac-tac seco, firme y resonante que retumbaba en el piso de madera antes de que salieran a la pasarela. Ese olor a cuero nuevo mezclado con perfume importado se me quedó grabado a fuego en el cerebro para siempre.
El ropero de mi hermana y el debut secreto
A eso se le sumaba lo que pasaba en la cotidianeidad de mi casa: mi hermana mayor también era una enferma de las botas. El ropero de su habitación era prácticamente un santuario de cuero. Tenía pares de todos los colores, pero sus preferidas eran unas negras de caña alta, con plataforma gruesa y unos tacos imposibles. Me acuerdo perfecto del olor rancio y rico que salía de su placard al abrirlo, de ver las cañas erguidas y rígidas en los rincones y de escuchar el ruido de sus pasos retumbando por el pasillo de casa cada vez que se preparaba para salir.
Cuando me quedaba solo en casa, mi curiosidad me llevaba directo a su habitación. Iba en silencio, abría el ropero y buscaba exactamente ese par. Ahí, en la oscuridad de su cuarto, fue la primera vez que me pajee con un par de botas.
La calentura me superaba por completo. Las sacaba de la caja, sentía el peso del calzado y me sentaba en el piso con la pija al aire, rígida y latiendo. Me fascinaba la textura de la suela de goma marcada, el contraste del taco duro y esa plataforma imponente. Empezaba refregando la cabeza de la verga dura directo contra la suela, sintiendo la rugosidad del agarre, y después la pasaba lentamente por todo el taco aguja y el cuero de la caña. El olor a cuero mezclado con el roce directo en la piel me volvía completamente loco.
Se me aceleraba el pulso hasta que no aguantaba más. Terminaba acabando a fondo sobre ellas, viendo cómo los chorros de leche caliente caían directo sobre la plataforma y la suela, manchando el cuero negro brillante. Después, con la respiración cortada y el corazón en la boca por la paranoia de que alguien llegara, me tomaba el trabajo de limpiarlas con cuidado con un trapo húmedo hasta que no quedara el menor rastro, antes de volver a guardarlas en su lugar como si nada hubiera pasado.
Fue mi secreto mejor guardado durante años. Un fetiche silencioso que me quemaba la cabeza a medida que iba creciendo, mientras el resto de los pibes de mi edad miraban cosas totalmente distintas.
La fascinación por la pedalera y el "Pedal Pumping"
Con los años, a esa obsesión por el cuero se le sumó la pasión por los autos. Y ahí fue cuando los dos mundos chocaron para crear mi fantasía definitiva: el pedal pumping.
Cada vez que viajaba de acompañante con alguna mina o veía manejar a alguna mujer con botas, la mirada se me caía automáticamente hacia la oscuridad de la pedalera. Me parecía una locura visual y sonora: el contraste de la delicadeza de una mina manejando una máquina pesada, pero usando la fuerza bruta de una bota de cuero para dominarla.
Me quedaba ido mirando cómo la bota de caña alta se doblaba en el empeine al presionar el acelerador, cómo la suela de goma o cuero aplastaba el pedal de metal contra la alfombra, y cómo el motor respondía con un rugido violento a cada pisotón. El sonido del taco aguja clavado en el piso, el crujido de la tela o el cuero al flexionar el tobillo y el juego rítmico entre el embrague y el acelerador me dejaban la cabeza en blanco y la entrepierna al palo.
Durante mucho tiempo consumí este material a escondidas en internet, buscando videos de nicho y relatos en foros, pensando que era un raro total y que difícilmente iba a poder vivir algo así con semejante nivel de intensidad en la vida real.
El encuentro con Agus y la confirmación de la locura
Pensé que me iba a costar horrores encontrar a alguien que encajara con esta cabeza. Hasta que la conocí a Agus.
Cuando nos pusimos de novios, sentí que me había ganado el Quini 6. No solo por lo fuerte que está y el lomo tremendo que tiene, sino porque Agus tiene exactamente la misma debilidad: ama las botas con locura. Tiene un placard exclusivo repleto. De caña alta que le llegan casi a la rodilla, de cuero mate, de cuero brillante, con cierres metálicos, de taco aguja, de taco ancho... tiene de todo.
Al principio me guardaba el fetiche por vergüenza, pero con ella era imposible disimularlo. Verla vestirse para salir los fines de semana era una tortura hermosa: el ritual de ver cómo se deslizaba las medias, cómo metía el pie dentro de la bota, el esfuerzo al subir el cierre apretando la carne de la pantorrilla y el impacto seco de sus tacos al caminar por el departamento me ponían de la cabeza al instante.
El verdadero quiebre —el momento donde todo explotó — fue la primera vez que la vi manejar con un par de botas de caña alta de cuero negro mate recién compradas. Estábamos por salir a comer una noche de invierno, ella se puso al volante de mi auto y yo me senté en el lugar del acompañante.
En cuanto puso primera y arrancó, bajé la mirada hacia la pedalera iluminada apenas por las luces del tablero. Ver esa bota de cuero negro impecable apoyándose de lleno sobre el metal, cómo el taco aguja se clavaba en la alfombra y cómo le hacía rendir el motor al auto pegándole pisotones secos para acelerar, me hizo correr un frío por la espalda. Todo mi pasado —los desfiles de mi vieja, las botas en mi casa, los videos que miraba a escondidas— se me materializó en la cara en un segundo. Tenía a mi mujer, en mi auto, ejecutando mi mayor fetiche al lado mío.
Agus no tardó ni dos minutos en darse cuenta de hacia dónde se me iban los ojos y cómo respiraba. Lejos de frenarse o avergonzarse, le fascinó el poder absoluto que eso le daba sobre mí. Sonrió de reojo, agarró el volante con firmeza, estiró la pierna y le pegó una acelerada a fondo que hizo rugir el motor en el medio de la calle, sabiendo perfectamente que con cada pisotón de su bota me estaba volviendo su esclavo.
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