El suegro salió del baño abrochándose el pantalón con una sonrisa de satisfacción y se fue directo al campo. Yo me quedé unos minutos tirada en las baldosas frías bajo el chorro de agua hirviendo, frotándome a fondo para quitarme el rastro de la leche de Don Humberto que bajaba lentamente por mis muslos.
Ahí, sola en el baño, con el cuerpo temblando y la entrepierna ardiendo por las dos horas de embestidas, me entró una crisis en la cabeza.
¿Dios mío, qué mierda estoy haciendo? —pensé, agarrándome la cabeza mientras el agua me caía en la cara—. Me acabo de entregar al papá de mi esposo... ¿Y ahora qué voy a hacer con estos dos hombres encima de mí? Si Maicol se entera de esto, nos mata a todos o ellos me van a destruir la vida. Estoy atrapada entre el papá y el hermano... ¿en qué me convertí?

Pero a medida que me sobaba la vagina hinchada y sensible, la culpa empezó a transformarse en un calor perverso en el vientre. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me vi en el espejo del baño: los labios carnosos, las nalgas rojas por las nalgadas de Don Humberto y los ojos desorbitados de pura excitación. La idea de ser la puta sumisa de la familia, de tener a dos campesinos salvajes disputándose mi cuerpo en esta finca olvidada, me desató un morbo enfermo e incontrolable.
No... ¿a quién engaño? —sonreí con malicia

en el espejo, sintiendo una punzada de placer recorrer mi entrepierna—. Si ya estoy en el infierno, pues me voy a quemar sabroso. Ya no hay vuelta atrás. Si me van a usar, los voy a disfrutar a todos... me voy a comer al viejo, al cuñado y hasta a mi propio marido cuando vuelva. Voy a ser la perra de esta casa y me van a tener que aguantar.
Con esa resolución metida en las venas, me vestí con una pantaloneta corta y una blusa delgada, y me fui al cuarto a acostarme un rato a descansar antes de hacer el almuerzo.
Apenas me recosté en la cama y cerré los ojos, escuché que la puerta de la entrada se abrió. Era mi cuñado. Llegaba más temprano del cultivo a buscar unas herramientas, pero al no ver a nadie en la sala, caminó directo a mi habitación.
Abrió la puerta de golpe y me vio ahí acostada, a solas, con las piernas descubiertas. Se le encendieron los ojos de pura calentura. Él no tenía ni la más mínima idea de que su propio padre me había estado culeando en el baño hacía apenas una hora; para él, yo simplemente estaba sola y disponible.
Cuñado: Vaya, vaya... la cuñadita descansando mientras mi hermano se parte el lomo en la mina. Qué buena vida te das.

Yo: (Sentándome en la cama, fingiendo sorpresa): Cuñado... ¿qué haces aquí? Pensé que eras en la siembra con tu papá...
Cuñado: (Cerrando la puerta con seguro y quitándose la correa): Vine a buscar unas cosas, pero me encontré con algo mucho mejor. Llevo toda la mañana pensando en ti y en lo caliente que me dejaste anoche al lado de mi hermano. Así que no te me hagas la difícil hoy.
Yo: (Siguiéndole el juego para que se confiara): Cuñado, por favor... ahorita no, me duele el cuerpo... déjame tranquila.
Cuñado: (Avanzando hacia la cama con una sonrisa perversa): A mí no me vengas con cuentos. Tú eres mía cada vez que yo quiera, ¿o se te olvida que te tengo amenazada con contarle todo a Maicol? Así que te abres de piernas ya mismo.

Sin darme tiempo de reaccionar, se me lanzó encima en la cama. Me atrapó las manos sobre la cabeza y me bajó la pantaloneta de un solo tironazo junto con los cucos, dejándome la vagina desnuda y expuesta.

Se desabrochó el pantalón, sacó su verga tiesa y venosa, y sin pedir permiso me la encajó de un solo empujón seco.
Yo: ¡AGGGHHH! ¡CUÑADO!

Sentí cómo me abría de nuevo. Como yo venía de bañarme, estaba un poco sensible al principio, pero el morbo de saber que este imbécil me estaba culeando salvajemente sin sospechar que su papá ya me había llenado la vagina esa misma mañana me provocó una humedad y una excitación brutal. Ya no había miedo, solo ganas de entregarme por completo.
¡PLASSS, PLASSS, PLASSS, PLASSS!
El sonido de mis nalgas rebotando contra el colchón retumbaba en el cuarto. Mi cuñado me agarraba de las caderas con fuerza, embistiéndome rápido y con ganas, totalmente ajeno al secreto que Don Humberto y yo guardábamos.

Cuñado: (Dándome una palmada dura en la nalga mientras jadeaba en mi oído): ¡Eso es, mamacita! ¡Mueve ese culo así para tu cuñado! ¡Eres una puta deliciosa!

Yo: ¡Mmmmmm! (Apretando las sábanas y entregada por completo al placer): ¡Sí, cuñado... siga... me va a deshacer!
Él no aguantó mucho; la tentación de tenerme en la cama a plena luz del día lo superó. A los pocos minutos soltó un gruñido fuerte, se pegó bien a mi pelvis y se vino profundamente dentro de mí, llenándome las entrañas con su semen hirviendo por segunda vez en el día.


Se levantó acomodándose la ropa, creyéndose el rey de la casa por haberme tomado a la fuerza.
Cuñado: (Mirándome tirada en la cama): Rápido, arréglese y aliste el almuerzo, cuñadita... que mi papá y yo tenemos hambre.
Salió del cuarto sin sospechar absolutamente nada. Yo me quedé tirada en la cama, sonriendo con pura malicia mientras sentía su leche escurrir por mis muslos... sabiendo que el viejo de mi suegro y mi cuñado me iban ha follar de acá en adelante , pero otra ves volvieron. Mis pensamientos Dios que hago por qué cuando no sea mi cuñado va hacer mi suegro ese día termino sin nada más que contar , al otro tía no sabía que hacer si salir del cuarto o no pero , salí haciendo silencio y cuando me acerque al baño siento un jalón
Yo: ¡Ay, suegrito, por Dios! Me va a matar de un susto... Además, no tenemos tiempo, el almuerzo no se va a hacer solo y su hijo debe estar por llegar del lote o despertándose para su turno.
Suegro: (Apretándome contra la pared y metiéndome la mano por debajo de la bata): A mí no me venga con cuentos, Camilita. Ese muchacho estuvo toda la noche en el cultivo de papa cuidando la cosecha y ahorita está caído del sueño en el otro cuarto. Estamos solos tú y yo. Además, son cinco minutitos para que me empiece a alegrar el día...
El viejo no perdía el tiempo. Como estaban sacando la cosecha de papa y cebolla, ellos dos se estaban turnando día y noche para cuidar y trabajar la tierra. Mientras el cuñado trabajaba la noche y descansaba en la mañana, el suegro cubría el día. Eso les daba el espacio perfecto para acorralarme a solas.
Yo: (Soltando una risita traviesa y acomodándole el cuello de la camisa): Tan mañoso mi viejo lindo... Bueno, pero rápido, solo una probadita porque si no, no alcanzo a preparar nada y después su hijo se pone a sospechar.
Me agaché de una vez, sin hacerme rogar con él. A Don Humberto ya le tenía la medida tomada; con el viejo me nacía ser consentidora, coqueta y entregada. Le bajé el cierre, le saqué ese pene grueso que ya empezaba a ponerse duro y me lo metí a la boca. Empecé a chupárselo con ritmo, despacio, sacándole gemidos ahogados mientras el viejo me acariciaba el pelo con rusticidad.
Suegro: ¡Mmmmm... ahhh, Camila! Qué boca tan deliciosa tiene la mujer de mi hijo... carajo.
Fueron solo tres minutos de una mamada bien dada, dejándolo a punto de reventar antes de sacármelo de la boca con un beso húmedo en el mentón.


Yo: Listo, suegrito... hasta ahí por hoy. El resto se lo gana más tarde si se porta bien en el campo.
El viejo suspiró resignado, acomodándose el pantalón con una sonrisa de oreja a oreja y dándome una nalgada sonora antes de salir del baño.

Al quedarme sola frente al espejo, suspiré. Con Don Humberto la cosa fluía sabroso, me gustaba consentir al patriarca de la casa

. Pero con mi cuñado la estrategia tenía que ser muy distinta. Con él no iba a ser tan fácil. Él todavía me trataba con rudeza, creyendo que me tenía sometida por el chantaje de contárselo a Maicol. Por eso, a él no le iba a regalar besos, ni le iba a demostrar que me gustaba; a él me le iba a seguir haciendo la difícil, marcándole raya para que esa hambre y esos celos de no tenerme completa lo volvieran loco durante los días de cosecha que se venían.
Salí del baño a preparar el almuerzo, sabiendo que en esta casa la rutina del trabajo pesado en el campo apenas comenzaba, y las jornadas de sexo a escondidas con ambos iban para largo.
Ahí, sola en el baño, con el cuerpo temblando y la entrepierna ardiendo por las dos horas de embestidas, me entró una crisis en la cabeza.
¿Dios mío, qué mierda estoy haciendo? —pensé, agarrándome la cabeza mientras el agua me caía en la cara—. Me acabo de entregar al papá de mi esposo... ¿Y ahora qué voy a hacer con estos dos hombres encima de mí? Si Maicol se entera de esto, nos mata a todos o ellos me van a destruir la vida. Estoy atrapada entre el papá y el hermano... ¿en qué me convertí?

Pero a medida que me sobaba la vagina hinchada y sensible, la culpa empezó a transformarse en un calor perverso en el vientre. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando me vi en el espejo del baño: los labios carnosos, las nalgas rojas por las nalgadas de Don Humberto y los ojos desorbitados de pura excitación. La idea de ser la puta sumisa de la familia, de tener a dos campesinos salvajes disputándose mi cuerpo en esta finca olvidada, me desató un morbo enfermo e incontrolable.
No... ¿a quién engaño? —sonreí con malicia

en el espejo, sintiendo una punzada de placer recorrer mi entrepierna—. Si ya estoy en el infierno, pues me voy a quemar sabroso. Ya no hay vuelta atrás. Si me van a usar, los voy a disfrutar a todos... me voy a comer al viejo, al cuñado y hasta a mi propio marido cuando vuelva. Voy a ser la perra de esta casa y me van a tener que aguantar.
Con esa resolución metida en las venas, me vestí con una pantaloneta corta y una blusa delgada, y me fui al cuarto a acostarme un rato a descansar antes de hacer el almuerzo.
Apenas me recosté en la cama y cerré los ojos, escuché que la puerta de la entrada se abrió. Era mi cuñado. Llegaba más temprano del cultivo a buscar unas herramientas, pero al no ver a nadie en la sala, caminó directo a mi habitación.
Abrió la puerta de golpe y me vio ahí acostada, a solas, con las piernas descubiertas. Se le encendieron los ojos de pura calentura. Él no tenía ni la más mínima idea de que su propio padre me había estado culeando en el baño hacía apenas una hora; para él, yo simplemente estaba sola y disponible.
Cuñado: Vaya, vaya... la cuñadita descansando mientras mi hermano se parte el lomo en la mina. Qué buena vida te das.

Yo: (Sentándome en la cama, fingiendo sorpresa): Cuñado... ¿qué haces aquí? Pensé que eras en la siembra con tu papá...
Cuñado: (Cerrando la puerta con seguro y quitándose la correa): Vine a buscar unas cosas, pero me encontré con algo mucho mejor. Llevo toda la mañana pensando en ti y en lo caliente que me dejaste anoche al lado de mi hermano. Así que no te me hagas la difícil hoy.
Yo: (Siguiéndole el juego para que se confiara): Cuñado, por favor... ahorita no, me duele el cuerpo... déjame tranquila.
Cuñado: (Avanzando hacia la cama con una sonrisa perversa): A mí no me vengas con cuentos. Tú eres mía cada vez que yo quiera, ¿o se te olvida que te tengo amenazada con contarle todo a Maicol? Así que te abres de piernas ya mismo.

Sin darme tiempo de reaccionar, se me lanzó encima en la cama. Me atrapó las manos sobre la cabeza y me bajó la pantaloneta de un solo tironazo junto con los cucos, dejándome la vagina desnuda y expuesta.

Se desabrochó el pantalón, sacó su verga tiesa y venosa, y sin pedir permiso me la encajó de un solo empujón seco.
Yo: ¡AGGGHHH! ¡CUÑADO!

Sentí cómo me abría de nuevo. Como yo venía de bañarme, estaba un poco sensible al principio, pero el morbo de saber que este imbécil me estaba culeando salvajemente sin sospechar que su papá ya me había llenado la vagina esa misma mañana me provocó una humedad y una excitación brutal. Ya no había miedo, solo ganas de entregarme por completo.
¡PLASSS, PLASSS, PLASSS, PLASSS!
El sonido de mis nalgas rebotando contra el colchón retumbaba en el cuarto. Mi cuñado me agarraba de las caderas con fuerza, embistiéndome rápido y con ganas, totalmente ajeno al secreto que Don Humberto y yo guardábamos.

Cuñado: (Dándome una palmada dura en la nalga mientras jadeaba en mi oído): ¡Eso es, mamacita! ¡Mueve ese culo así para tu cuñado! ¡Eres una puta deliciosa!

Yo: ¡Mmmmmm! (Apretando las sábanas y entregada por completo al placer): ¡Sí, cuñado... siga... me va a deshacer!
Él no aguantó mucho; la tentación de tenerme en la cama a plena luz del día lo superó. A los pocos minutos soltó un gruñido fuerte, se pegó bien a mi pelvis y se vino profundamente dentro de mí, llenándome las entrañas con su semen hirviendo por segunda vez en el día.


Se levantó acomodándose la ropa, creyéndose el rey de la casa por haberme tomado a la fuerza.
Cuñado: (Mirándome tirada en la cama): Rápido, arréglese y aliste el almuerzo, cuñadita... que mi papá y yo tenemos hambre.
Salió del cuarto sin sospechar absolutamente nada. Yo me quedé tirada en la cama, sonriendo con pura malicia mientras sentía su leche escurrir por mis muslos... sabiendo que el viejo de mi suegro y mi cuñado me iban ha follar de acá en adelante , pero otra ves volvieron. Mis pensamientos Dios que hago por qué cuando no sea mi cuñado va hacer mi suegro ese día termino sin nada más que contar , al otro tía no sabía que hacer si salir del cuarto o no pero , salí haciendo silencio y cuando me acerque al baño siento un jalón
Yo: ¡Ay, suegrito, por Dios! Me va a matar de un susto... Además, no tenemos tiempo, el almuerzo no se va a hacer solo y su hijo debe estar por llegar del lote o despertándose para su turno.
Suegro: (Apretándome contra la pared y metiéndome la mano por debajo de la bata): A mí no me venga con cuentos, Camilita. Ese muchacho estuvo toda la noche en el cultivo de papa cuidando la cosecha y ahorita está caído del sueño en el otro cuarto. Estamos solos tú y yo. Además, son cinco minutitos para que me empiece a alegrar el día...
El viejo no perdía el tiempo. Como estaban sacando la cosecha de papa y cebolla, ellos dos se estaban turnando día y noche para cuidar y trabajar la tierra. Mientras el cuñado trabajaba la noche y descansaba en la mañana, el suegro cubría el día. Eso les daba el espacio perfecto para acorralarme a solas.
Yo: (Soltando una risita traviesa y acomodándole el cuello de la camisa): Tan mañoso mi viejo lindo... Bueno, pero rápido, solo una probadita porque si no, no alcanzo a preparar nada y después su hijo se pone a sospechar.
Me agaché de una vez, sin hacerme rogar con él. A Don Humberto ya le tenía la medida tomada; con el viejo me nacía ser consentidora, coqueta y entregada. Le bajé el cierre, le saqué ese pene grueso que ya empezaba a ponerse duro y me lo metí a la boca. Empecé a chupárselo con ritmo, despacio, sacándole gemidos ahogados mientras el viejo me acariciaba el pelo con rusticidad.
Suegro: ¡Mmmmm... ahhh, Camila! Qué boca tan deliciosa tiene la mujer de mi hijo... carajo.
Fueron solo tres minutos de una mamada bien dada, dejándolo a punto de reventar antes de sacármelo de la boca con un beso húmedo en el mentón.


Yo: Listo, suegrito... hasta ahí por hoy. El resto se lo gana más tarde si se porta bien en el campo.
El viejo suspiró resignado, acomodándose el pantalón con una sonrisa de oreja a oreja y dándome una nalgada sonora antes de salir del baño.

Al quedarme sola frente al espejo, suspiré. Con Don Humberto la cosa fluía sabroso, me gustaba consentir al patriarca de la casa

. Pero con mi cuñado la estrategia tenía que ser muy distinta. Con él no iba a ser tan fácil. Él todavía me trataba con rudeza, creyendo que me tenía sometida por el chantaje de contárselo a Maicol. Por eso, a él no le iba a regalar besos, ni le iba a demostrar que me gustaba; a él me le iba a seguir haciendo la difícil, marcándole raya para que esa hambre y esos celos de no tenerme completa lo volvieran loco durante los días de cosecha que se venían.
Salí del baño a preparar el almuerzo, sabiendo que en esta casa la rutina del trabajo pesado en el campo apenas comenzaba, y las jornadas de sexo a escondidas con ambos iban para largo.
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