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Mi esposa perdió una apuesta conmigo y así tuvo que pagar

Naty, mi esposa, perdió una apuesta conmigo y llegó el momento de cobrarla. Ella imaginaba que le pediría una buena chupada o que me dejara cogérla de alguna forma especial, pero yo tenía algo mucho más morboso en la cabeza.

Quería participar la próxima vez que se viera con el pendejo, su amante. Se negó rotundamente al principio, pero después de horas negociando por WhatsApp terminó aceptando un acuerdo.

Los encuentros con él siempre eran iguales: él la pasaba a buscar por la oficina al mediodía, la llevaba a algún lugar escondido y la cogía como animales dentro del auto. Yo propuse seguirlos y mirar desde afuera, pero ella no quiso que yo tuviera participación activa alguna. Al final acordamos que yo estacionaría justo atrás y que, apenas terminara con él, se vendría conmigo. A mí me obsesionaba tenerla recién cogida, toda sucia, con olor y semen de otro. A ella no le gustaba tanto la idea, pero yo había ganado la apuesta.

El miércoles pasado, por la mañana, me llegó su mensaje:
— Amor, coordiné un encuentro rápido con el pendejo. ¿Te sumás?
— ¿Recién me avisás? ¿Por qué no lo hablamos ayer?
— Me escribió ahora y no me pude resistir.
— Él logra tu atención más rápido que yo eh!, jajaja.
— Jajaja, te amo mucho.

Salí corriendo del laburo y a las 12:30 ya estaba esperándola. Bajó impecable con su trajecito azul y camisa blanca, hermosa como siempre. Se subió a mi auto, nerviosa y excitada. Charlamos unos minutos hasta que el pendejo avisó que ya estaba estacionado a unas cuadras.

La llevé hasta allí, le di un beso profundo y la vi bajarse y subirse al auto de él, donde también la recibió con un beso. Arrancaron y yo los seguí de cerca. No aguanté: me abrí el pantalón y empecé a pajearme mientras manejaba, con la pija dura como piedra.
Llegamos a un rincón escondido de la costa, entre árboles que tapaban los autos. Estacioné pegado justo detrás de ellos, con vista perfecta.

Estaba tremendamente excitado. Saqué un rollo de papel porque sabía que no iba a tardar en acabar..

Se besaron con hambre. Él le metió las manos debajo de la camisa y le apretó las tetas. Naty se sacó la chaqueta y la camisa, se bajó el pantalón y lo tiró todo al asiento de atrás. Reclinaron los asientos delanteros y ella se tiró de palomita sobre la bragueta de él.

Desde mi auto solo veía la parte de arriba de su cabeza subiendo y bajando mientras se la chupaba con ganas. Chupaba lento, profundo, como a él le gustaba. Estuve a punto de bajarme del auto para ver mejor, pero había prometido no hacerlo.

Después de varios minutos chupándosela, ella se levantó, pasó el torso entre los asientos y quedó mirándome directo a los ojos a través de la luneta trasera. El pendejo se puso detrás de ella, me miró con arrogancia, le dijo algo al oído y, sin sacarme la vista de encima, le clavó toda la verga de un solo empujón brutal.

La cara de Naty se quebró de placer. Boca abierta, ojos entrecerrados, un gemido ronco que atravesó el vidrio. Ese gesto me destrozó. Acabé violentamente, chorros espesos que me salpicaron la mano y el asiento, solo con verla cogida de esa forma, mí esposa, la tierna y tímida mujer que todos conocen se estaba haciendo coger como una perra en una sucio auto por un pendejo 15 años menor.

Ella no se quedó quieta. Empezó a mover el culo con fuerza, chocando contra él, pidiendo más. Él la agarraba del pelo, le daba palmadas fuertes en las nalgas y la cogía cada vez más duro. Naty gemía como una perra, completamente entregada.

Al final él no aguantó más. Sacó la pija, se quitó el condón y le descargó toda la leche caliente sobre la espalda y el culo. Gruesos chorros blancos le corrieron por la piel. Apenas la limpió con un papel y se quedaron jadeando, agotados.

Minutos después, ella miró hacia atrás, me vio todavía ahí y sonrió. Le dio un último beso al pendejo, agarró su ropa y corrió hacia mi auto.

— Ay amor… estoy hecha un asco — murmuró apenas se subió, todavía oliendo a sexo y semen.
No le contesté. Solo la miraba, la olía, la respiraba. Estaba preciosa y destruida.
— ¿No me vas a dar un beso? — le pregunté.
Se acercó y le devoré la boca. Tenía un fuerte gusto a pija, a la verga del tipo que acababa de cogérsela. Ese sabor prohibido me volvió loco. Mientras nos besábamos con lengua, metió la mano y encontró mi pija llena de semen.
— ¿Ya te acabaste?
— Sí… no aguanté mientras te cogía.

Puso cara de compasión y empezó a masturbarme despacio, intentando ponérmela dura otra vez.
— Qué excitada estás, amor — le dije.
— No me dejó acabar… él terminó y se tenía que ir rápido.
— Me muero de ganas de cogerte.
— Dale… si se te para me la metes un poquito. Si no, nos tocamos. No tengo mucho tiempo.

Le pedí que se pusiera igual que con él: de cuatro patas, mirando hacia atrás entre los asientos.

Aceptó sin dudar y levantó el culo. Todavía tenía rastros de semen en la espalda. Le abrí las nalgas y vi un hilo espeso de leche bajando hacia su concha hinchada. Pasé la lengua desde arriba, lamiendo el semen del pendejo, rodeando su ano y bajando hasta su concha empapada.

Estaba inundada. Sabores fuertes, salados, ácidos. Todo mezclado. Naty soltó un gemido largo y empezó a mover las caderas contra mi cara, convertida en una puta total.

Mientras la comía, le preguntaba bajito cómo se había sentido con él, si la había llenado más que yo, cómo quería que la cogiera. Ella gemía y respondía entrecortada, cada vez más salida.

De repente, solo con imaginar las respuestas que ella me daba, acabé otra vez sin tocarme. Chorros débiles salieron de la pija haciendo morir el intento de cogerla. Justo en ese momento, con la pija chiquita y flácida, ella me miró por encima del hombro y jadeó:

— Ay amor… metémela un poquito a ver si lográs hacerme acabar.

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