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Rostros ocultos

Total libertad para comentar lo que quieran
Espero sean de vuestro agrado

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ROSTROS OCULTOS

La ciudad se desplegaba como un secreto entre valles suaves y praderas ondulantes, abrazada por el verde y vigilada a lo lejos por cordilleras eternas. No era una gran capital, pero tampoco un pueblo perdido. Su nombre —susurrado con respeto por quienes sabían— no figuraba en folletos turísticos masivos, aunque los visitantes que llegaban sabían bien lo que buscaban.

Una mezcla de industria y turismo le daba un carácter ambiguo. Las afueras vibraban con el pulso de fábricas ruidosas, tecnológicas, casi clínicas en su eficiencia. Pero el centro… el centro era otra cosa. Calles adoquinadas entre edificios de arquitectura ecléctica, cafés con vitrales antiguos, galerías de arte donde nadie preguntaba demasiado. Era una ciudad que se ofrecía al que sabía mirar, y que se cerraba como un puño ante el que no entendía su lenguaje.

Detrás de cada fachada elegante, cada calle con nombre francés o alemán, podía haber una historia. Una habitación sin ventanas, una voz dando órdenes al oído, un juego de roles cuidadosamente pactado. Aquí, las apariencias eran un arte, y el deseo, una moneda de cambio silenciosa.
Porque en esta ciudad clásica, luminosa de día y enigmática de noche, muchos llevaban máscaras… aunque no siempre se vieran.

En esa ciudad vibrante y bulliciosa, cada uno transitaba sus días con una sonrisa bien ensayada, como si todo estuviera en su lugar. Pero bastaba mirar un poco más allá, rasgar apenas la superficie, para descubrir que detrás de cada gesto amable se escondía algo más profundo. Rostros ocultos, silenciados por la rutina, por el deber, por el miedo a romper con lo establecido.
Como Rocío, por ejemplo.

Dueña de un pequeño local de ropa para niños en una galería del centro, Rocío era, a los ojos de todos, una mujer correcta. Siempre bien arreglada, atenta, cálida con sus clientas, madre de una adolescente y esposa de un hombre que vivía para el trabajo. Su vida estaba marcada por los horarios del colegio, los pedidos del negocio, y las cenas silenciosas en su casa prolija. Pero nadie sabía que, cada vez que abría la persiana metálica de su local, su mirada se desviaba un instante hacia enfrente. Allí, justo frente a ella, un sex shop con vidrieras oscuras le devolvía un guiño que no se atrevía a responder, no todavía. Pero la inquietud ya había prendido fuego en su interior.

Y como Dylan

Trabajaba desde casa, freelance, encerrado en un escritorio lleno de papeles, con dos hijos que corrían por el pasillo y una esposa con la que ya no compartía más que las compras del súper. Vivían en una casa limpia, ordenada, donde todo parecía estar en su lugar, salvo él. Sentía que algo en su vida se le escurría entre los dedos, que la pasión había quedado en alguna página vieja del calendario. Su esposa era dulce, pero recatada hasta el hastío, y Dylan, aunque no lo admitiera en voz alta, comenzaba a fantasear con otras realidades, o con otros cuerpos.

Dylan tenía sus rutinas, como todos. Por la mañana, luego de dejar a los chicos en la escuela, se encerraba en su oficina improvisada con una taza de café y una lista de pendientes. Freelance, diseñador gráfico, programador… lo que hiciera falta. Su computadora era su refugio y su cárcel al mismo tiempo. Pero había momentos —breves, silenciosos— en los que se desviaba del camino productivo, momentos donde el cursor no buscaba íconos de diseño, sino pestañas ocultas en el navegador.

Allí, en ese rincón virtual, Dylan encontraba algo más que imágenes, de encontraba a sí mismo. O al menos a una parte de sí que nunca se había animado a mostrar. El BDSM no era solo cuero y esposas, era algo más profundo: sumisión, control, entrega, oscuridad. Y eso lo fascinaba. Pero jamás se lo compartiría a su esposa. ¿Para qué? Ella se ruborizaba con una escena subida de tono en una serie cualquiera. Había aprendido a no esperar nada. A callar. A vivir con esa parte de sí mismo encerrada, como un animal que apenas respira detrás de una puerta cerrada.

Rocío, mientras tanto, vivía su propio despertar. Cada mañana abría su local con puntualidad. Colgaba los vestiditos, acomodaba los moños, ordenaba con dedicación casi religiosa. Pero siempre, al bajar la persiana, su mirada se iba hacia el frente. Ese lugar. El sex shop con vidrios polarizados y un cartel discreto pero provocador. Nunca entraba, nunca se acercaba, no era para ella, no para una mujer madre, casada, con un negocio infantil.

Y sin embargo... entre cliente y cliente, entre talles y envoltorios de regalo, empezaron a colarse otras cosas en su día. Con el celular apoyado en el mostrador, disimulando con una sonrisa si alguien pasaba cerca, Rocío también comenzó a explorar. Artículos, blogs, relatos... Y ahí estaban las palabras: dominación, control, ataduras, límites borrados por el deseo. Algo se despertaba en su vientre, en su pecho, en su mente. Algo que no conocía, pero que no quería dejar de sentir. Claro que eran solo fantasías. Pensamientos absurdos para una mujer como ella. Su marido no hablaba de sexo desde hacía meses, y cuando lo hacían era mecánico, casi obligatorio. Ella fingía interés, fingía llegar, fingía vivir. Pero algo le decía que no iba a poder seguir fingiendo por mucho tiempo más.
Y sin saberlo, mientras uno navegaba en la penumbra de su casa y la otra disimulaba su hambre detrás del mostrador, ambos comenzaban a encender el mismo fuego.

Dylan, cada vez más absorto en sus búsquedas secretas, sintió que mirar ya no alcanzaba. Quería algo más: interactuar, explorar con otros, aunque fuese desde el anonimato. Así que una noche, después de asegurarse de que todos dormían, creó un perfil. Nombre falso, sin foto, solo palabras. Un nombre que no decía nada, pero escondía todo: ElDueñoDelSilencio. Allí, en ese rincón virtual lleno de fantasmas deseosos, comenzó a escribir, a leer, a charlar con desconocidos que, como él, necesitaban un escape.

Se sorprendió al descubrir cuánto le excitaba expresarse con libertad, sin tener que pedir permiso ni disculpas. Había un goce nuevo en ese juego de roles, en escribirle a alguien "arrodillate" y sentir cómo su cuerpo respondía del otro lado de la pantalla, aunque jamás viera su rostro.
Rocío no se quedó atrás, fue una tarde, después de cerrar el local, cuando finalmente lo hizo. Había navegado tanto, leído tanto, que ya no podía seguir fingiendo que no deseaba estar allí dentro. No en el sex shop físico —todavía no—, pero sí en ese otro espacio intangible donde las mujeres como ella no eran juzgadas por desear. Se creó un perfil con manos temblorosas. No tenía intención de mostrarse. Su usuario: DeseoSumiso. Palabras simples, pero cargadas de verdad.

Y allí, en esa burbuja irreal donde la gente no se cruzaba en la calle ni fingía desayunos felices, Rocío se sintió viva por primera vez en mucho tiempo. Podía hablar de lo que le gustaba, de lo que imaginaba. Podía escribir que quería ser atada, usada, guiada, y al otro lado nadie se escandalizaba, al contrario, le respondían con respeto, con deseo, con palabras que le mojaban más que cualquier caricia real.

Y así, entre tantas voces anónimas, el destino empezó a acercarlos. No de inmediato, no como en las películas. Solo fue un comentario en un hilo, una frase que Dylan escribió sin pensarlo demasiado y que a Rocío le retumbó en el pecho. Algo en la forma en que él hablaba de dominar no como un acto violento, sino como una entrega mutua, un pacto de confianza... la conmovió.
Ella respondió.

Y él la notó.

Desde entonces, comenzaron a intercambiar mensajes, al principio casuales, prudentes. Pero algo se reconocía en cada palabra. Sin saber quién era el otro, se olían, se leían entre líneas, se tocaban con frases, una erección, una vulva húmeda. Libertad. Eso sabían que era esto. Masturbarse ya no era un pecado, era un ritual. Una forma de encontrarse a solas con lo que no se podía decir en voz alta.
Con el tiempo, las charlas entre ElDueñoDelSilencio y DeseoSumiso se volvieron casi exclusivas. Pasaban horas en ese rincón digital compartiendo fantasías, pero también dolores. Lo que comenzó como un juego se transformó en una suerte de refugio mutuo. Entre jadeos escritos y confesiones veladas, empezaron a desnudarse en otro plano: el emocional.

Rocío fue la primera en romper un poco la barrera. Una noche, después de relatar un deseo de entrega total, dejó caer un comentario:

—Trabajo en un local de ropa para chicos. En una galería del centro. Justo enfrente tengo un sex shop. Imaginate lo que es pasarte el día rodeada de enteritos y mamaderas, con esas vidrieras negras tentándote enfrente.

Del otro lado de la pantalla, Dylan sintió cómo una chispa se encendía en su memoria, galería, ropa infantil, sex shop enfrente. Eso le sonaba demasiado conocido.
Casi como un reflejo, abrió Google Maps, buscó la galería que conocía a pocas cuadras de su casa. Sí, ahí estaba, recordaba haber entrado al sex shop una vez, hace meses, más por aburrimiento que por necesidad. Recordaba el pasillo, las luces apagadas, la vidriera frente a la entrada. ¿Y si era…? No. No podía ser.

Pero la idea lo mordía por dentro. ¿Y si sí?

Pasaron dos días sin que pudiera sacárselo de la cabeza. Hasta que un martes por la tarde, con el corazón bombeando como un tambor, salió a caminar. No iba a hacer nada imprudente. Solo iba a mirar. Confirmar que era una coincidencia ridícula. Un juego mental. Caminó las tres cuadras con la garganta seca. Al llegar, fingió mirar una vidriera, cruzó con calma, y se metió en la galería. El murmullo de fondo, los pocos locales abiertos, y allí, al fondo, la tienda.
Y a ella.

Era hermosa. De un modo discreto, elegante. Llevaba una blusa blanca y un pantalón ajustado que le marcaba las caderas. Ordenaba unos percheros mientras hablaba con una mujer joven, tal vez una clienta. Su rostro irradiaba dulzura, pero había algo en sus ojos… algo que Dylan conocía sin haberlo visto nunca antes. La forma de moverse, de morderse apenas el labio mientras pensaba, de tocar con lentitud las prendas. Era ella. No tenía dudas.

Pero no dijo nada.
Entró al sex shop con una excusa barata, miró un par de cosas, fingió interés, pero no podía dejar de pensar en el local de enfrente. Hacia esa mujer que ya le había contado sus secretos sin saber que él la observaba. Su pecho latía con fuerza. Deseaba entrar, saludar, decir algo, cualquier cosa.
Pero no pudo.

Salió del sex shop con un paquete pequeño que no necesitaba, cruzó de nuevo la galería, y se fue caminando como si nada.
Aunque por dentro, todo había cambiado.
Pasaron algunos días en silencio. Dylan necesitaba ordenarse. Procesar lo que había visto. Lo que había sentido. Se había jurado no romper nunca la barrera entre la fantasía y la realidad, pero ya era tarde. Había cruzado. Había estado frente a ella. Había visto la boca que tantas veces imaginó entre gemidos escritos. El cuerpo que se estremecía tras cada palabra que él le dictaba en la oscuridad de la red.

Pasaron los días y las barreras seguían cayendo como hojas de otoño, ya no se llamaban como ElDueñoDelSilencio y DeseoSumiso, se hablaban como Dylan y Rocío, directo, sin rodeos
Una noche, finalmente, no pudo más. Entró al chat. Ella ya estaba conectada.

—Necesito confesarte algo.

El cursor de Rocío titiló unos segundos, luego apareció su respuesta.

—Me asustás. Pero seguí.

Él respiró hondo. Las manos le temblaban sobre el teclado.

—Hace un tiempo te vi. Entré en tu galería. Entré al sex shop. Crucé la mirada con vos. No sabés que era yo, pero yo sí supe que eras vos. Vi tu tienda, tu ropa infantil ordenada con una dulzura que me rompió por dentro. Y te vi. Y te reconocí. Tu forma de mirar, de tocar las cosas, de morderte el labio. Sos vos. Lo supe en el instante en que te vi.

Silencio.
Un minuto. Dos.
Ella no respondía.

Hasta que, de pronto, apareció una frase breve:

—Me tiemblan las piernas.

Después, otra.

—Estoy ruborizada. Vulnerable. Pero no asustada. Todo lo contrario.
Dylan se quedó quieto. Esperaba una reacción más dura, una retirada. Pero no. Ella estaba allí. Y algo se había encendido.

—Decime más, escribió ella. Decime qué viste. Cómo me miraste. Cómo pensaste en mí.

Y entonces Dylan le habló como nunca antes. Sin filtros. Le describió el modo en que su cuerpo parecía latir detrás del mostrador. Cómo su pelo recogido le dejaba el cuello al descubierto, y cómo imaginaba atarle una cinta allí mismo. Cómo deseó cerrar la tienda con llave, entrar sin pedir permiso y convertirla en suya.

Ella respondió sin dudar.

—No sabés lo que me estás haciendo. No me importa cómo seas físicamente. No me importa tu edad. Lo único que me importa es esto. La manera en que me ves. En que me dominás sin tocarme.

Dylan se mordió el labio. Sus pantalones apretaban. Pero no respondió todavía. Dejó que ella siguiera.

—Si me tuvieras frente a vos… me arrodillaría. Cerraría los ojos. Dejaría que me ates las muñecas. Me desnudaría solo si vos lo ordenás. Y después… después me entregarías ese castigo que merezco por ser tan puta como para excitarme sabiendo que me estuviste mirando sin decirme nada. Qué placer me da eso. Qué asco tendría mi marido si supiera. Pero me da igual. Quiero eso. Lo quiero todo.
Dylan tragó saliva. Le ardía la piel. Las palabras le golpeaban el pecho y la entrepierna.

—Entonces decímelo, escribió finalmente. Decime lo que querés que te haga. Punto por punto. Como una buena sumisa. Y yo voy a leerte. Y voy a corregirte. Hasta que lo digas bien. Hasta que me merezcas.

El silencio que siguió fue eléctrico.
Y después… Rocío comenzó a escribir.

Hacía semanas que los mensajes entre ellos habían dejado de ser inocentes. Ya no eran frases sueltas ni juegos disfrazados de curiosidad. Ahora eran órdenes. Claras. Firmes. Y ella, sin saber exactamente cuándo había sucedido, se había entregado por completo a esa voz escrita que parecía conocerla más que su propio marido.
Llegaría una orden de distinta. Más concreta. Más... real.

"Entrá al sex shop de enfrente. Quiero que compres tres cosas. Yo te voy a decir cuáles. Las vas a usar pronto. No preguntes. No negocies."

Rocío leyó el mensaje una vez, dos, tres. Sentía el corazón golpeando en el pecho como si se le fuera a salir. Desde su local de ropa infantil, cruzó la galería sin mirar a nadie. El cartel rojo con letras blancas del sex shop parecía más brillante que nunca. La puerta automática se abrió con un susurro mecánico y un olor extraño la envolvió. Dulce, químico, provocador.

El local era más grande de lo que imaginaba. Silencioso, íntimo. Cada estante parecía una provocación. Látigos de cuero trenzado, esposas de metal, sogas de algodón rojo, arneses de cuero, máscaras, plugs, vibradores con formas que nunca había visto. El simple hecho de estar ahí, sola, obedeciendo, le aceleraba la respiración.

No sabía si era vergüenza o adrenalina, pero sentía calor en las mejillas. En todo el cuerpo, en realidad. Sus piernas, tensas, se rozaban con una fricción que aumentaba a cada paso.
Le escribió a Dylan: “Estoy adentro.”

La respuesta fue inmediata:

"Quiero que elijas unas esposas brillantes, un collar con argolla y un plug anal, no el más pequeño. Te sacás una selfie con cada cosa. Que se te vea la cara. Quiero que se note lo que estás sintiendo. Obedecé."

Su primer impulso fue resistirse. No podía. No debía. Pero ya estaba en el fondo de algo que la consumía. Y no quería salir.

Se acercó a las esposas, se sentían frías el tacto, Las sostuvo con ambas manos. La textura era suave, pero firme. Sentía el poder contenido en cada eslabón de la cadena. Se miró en el espejo. Sus ojos brillaban con un fulgor nuevo. Levantó el teléfono y se sacó la primera foto.
Con el collar fue diferente. Lo sintió como una marca. Se lo colocó temblando. El metal de la argolla contra la garganta le arrancó un escalofrío. Se sacó la segunda foto con el corazón latiendo como un tambor.

El plug la desarmó. No sabía por qué, pero tocarlo fue como tocar algo sagrado. Suave, sedoso, tan erótico como amenazante. Lo posó sobre la palma de la mano para que notara que no era el más pequeño. La tercera foto capturó algo que ella misma no reconoció del todo. Una mezcla de entrega, miedo y deseo puro.

Pagó en silencio, con las mejillas encendidas, evitando mirar al vendedor. Salió con una bolsa negra, discreta. Como si lo que llevaba no existiera. Pero en su interior, algo ya había cambiado.

Llegaría el primer encuentro…
No necesitó anunciarse. Dylan empujó suavemente la puerta del local y entró con paso seguro, como quien tiene el control incluso antes de hablar. Rocío alzó la vista desde el mostrador y por un instante se quedó sin aliento.

No lo reconocía. Nunca había visto su rostro. Pero supo, de alguna manera instintiva y profunda, que era él.

Alto, de cuerpo firme y expresión serena. Vestía jeans oscuros, camisa arremangada y una campera de cuero que le daba ese aire de hombre que no pide permiso. Sus ojos la recorrieron despacio, sin apuro, sin vergüenza.

—Hola, Rocío —dijo él, con voz grave y segura—. Soy Dylan.

El nombre golpeó como un trueno suave. Rocío tragó saliva, aturdida, no se había imaginado nada concreto en su mente, y sin embargo, ese rostro era exactamente lo que no sabía que deseaba.
La intensidad de su mirada la hizo bajar los ojos sin darse cuenta. Sintió una corriente eléctrica recorrerle la espalda. Había algo en su presencia, en su forma de estar parado frente a ella, que la empujaba a rendirse. Sin palabras. Sin necesidad de seducción.

—Te ves mejor de lo que imaginaba —añadió él, con media sonrisa—. Y tenés ese brillo... ese que se nota cuando una mujer quiere obedecer sin admitirlo.

Ella no respondió. El cuerpo le temblaba apenas, lo justo para sentirlo, pero no delatarse.
Dylan sacó un sobre negro del bolsillo interior de su campera y lo apoyó con firmeza sobre el mostrador.

—Mañana a las 20:00, un auto va a pasarte a buscar, no traigas celular, nada que te conecte con tu otra vida. Traé lo que compraste en el sex shop, todo. —La miró fijo, sin aflojar el tono—. El resto está escrito en este sobre.

Se inclinó apenas hacia ella y bajó la voz.

—Si venís, sabés lo que vas a entregar, vas a obedecer, vas a callar, y sobre todo... vas a disfrutar

Dicho eso, giró y salió. Sin esperar respuesta. Como si su palabra ya fuera ley.
Rocío quedó sola, con el sobre entre las manos. Sus piernas temblaban, su respiración era errática y su ropa interior… arruinada.
Entró al baño, cerró con llave, y con manos ansiosas abrió el sobre. Adentro, una hoja
cuidadosamente doblada. En la parte superior, una única línea escrita con tinta negra:

“Desde el momento en que te subas a ese auto, tu cuerpo y tu voluntad serán míos. Y yo sabré qué hacer con ellos.”

Rocío cerró los ojos. La elección estaba hecha. La cita no era una posibilidad. Era una orden, no quiso leer mas en ese momento, solo cerro sus ojos y lo hizo, rápido, voraz, estaba tan mojada que sus dedos se empaparon en un solo toque, apretó sus labios, explotó, y solo no pudo con todo eso
Ya en su casa mantenía el sobre negro escondido, pero latía en su mente todo el recuerdo. Rocío esperó el momento, entrecerrando la puerta del baño y con el corazón latiendo a mil, se atrevió a sumergirse en él.

Rostros ocultos


La letra firme de Dylan no dejaba espacio a dudas:

“Depilación total. Sin ropa interior. Minifalda ajustada. Cabello suelto. Labios pintados. Perfume suave. Nada de celular. Nada de excusas. El cuerpo dócil y la mente abierta. No quiero a la madre, ni a la esposa. Quiero a la sumisa.”

Sintió un nudo en el estómago. ¿Cómo haría? ¿Cómo salir de esa casa sin levantar sospechas? Su marido, como siempre, estaba distraído con su trabajo. Bastó un “voy a juntarme con las chicas del grupo de pilates” para salir del paso. Él apenas murmuró un “ok, pasalo lindo” sin levantar la vista del monitor.

Su hija, en cambio, era otra historia. Tenía buen ojo y cuestionaba todo. Pero esa noche para su suerte, ella no estaba y Rocío aprovechó. Entró silenciosamente a su habitación, buscó en el placard y encontró lo que necesitaba: una minifalda negra de lycra, apenas más grande que un cinturón. Se sintió sucia, invasiva, pero el hormigueo entre sus piernas crecía sin pausa.
En el baño, se quitó la ropa, abrió el cajón y sacó la maquinita. La depilación fue lenta, sensual, temblorosa. Cada pasada le revelaba una piel más suave, más sensible. Estaba tan excitada que tuvo que detenerse varias veces, jadeando, con los dedos húmedos rozando los labios inflamados de su sexo. Preparó el bolso con manos temblorosas: el collar, las esposas acolchadas, el plug, Todo lo que Dylan había enumerado estaba ahí, acomodado entre una bufanda y un neceser de maquillaje para disimular.

Salió de casa vestida como siempre: jean, suéter holgado, zapatillas. Cuando el coche llegó, lo hizo detener en la estación de servicio a tres cuadras. “Voy al baño, ya vengo”, le dijo al chofer, que ni siquiera la miró.

En el cubículo del baño, sacó la falda y la camiseta ajustada. Se vistió con prisa y se miró en el espejo. La pollera era tan corta que ni siquiera cubría lo necesario. Cada paso la haría subir. No llevaba corpiño. No llevaba bombacha.

El aire frío del baño acarició su sexo lampiño, húmedo, desesperado, desnudo. Un hilo de jugos le resbaló por el muslo. Se miró. Parecía otra. Una puta. Una muñeca lista para ser usada. El corazón le latía tan fuerte que sentía que iba a desmayarse.

—No puedo —susurró, con las manos en las caderas, temblando.

Rebuscó en el bolso y sacó la tanguita minúscula que tenía puesta antes de entrar. No era parte del plan. Pero era lo único que podía hacer. Se la puso. Apenas cubría, pero era suficiente para no sentirse tan expuesta.

Volvió al auto con las piernas flojas y la mirada baja llena de vergüenza. Al subirse, notó cómo el chofer la espiaba por el retrovisor. Ella no dijo nada. Solo se acomodó en el asiento trasero, cerró los ojos, y se dejó llevar.

Estaba en camino. No había marcha atrás

La habitación del hotel estaba impregnada de un silencio denso, expectante, como si las paredes supieran lo que estaba por ocurrir. Él ya estaba allí cuando Rocío entró. Se detuvo en el umbral, respirando hondo, sabiendo que a partir de ese momento ya no era la mujer que vendía ropa para niños ni la esposa de un hombre ausente. No. Ahí dentro, sólo existía para él.
Él lucía un traje oscuro impecable, camisa negra apenas abierta en el cuello. Elegante. Dominante. Dueño del espacio. No se movió al verla entrar. Solo la recorrió con los ojos, de arriba abajo, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo para devorarla con la mirada. Y en ese gesto ya la tenía temblando.

—Cerrá la puerta —ordenó con calma, sin levantar la voz.

Ella obedeció sin pensarlo. Sentía las piernas flojas. No sabía si por miedo, excitación o ambas cosas.
Él se acercó, firme, caminando como un depredador seguro de su presa. La tomó del mentón y la obligó a mirarlo.

—Dijimos sin ropa interior, Rocío —le susurró, con una sonrisa seca en los labios. Le alzó la falda sin previo aviso, dejando a la vista una diminuta tanga. Ella bajó la mirada, mordiendo el labio, atrapada entre la vergüenza y la adrenalina.

—No cumpliste.

Se sentó en un sillón, abriéndose apenas de piernas. La atrajo con fuerza, haciéndola caer de rodillas frente a él, y luego la giró con decisión, colocándola sobre sus faldas, de espaldas a él, con el torso apoyado sobre su muslo. Le masajeó extasiado la perfección de las nalgas, sintiendo poder, dejando su culo completamente expuesto.

—Esto —dijo, acariciando con suavidad una de sus nalgas— merece un castigo.

Y entonces empezó.
La primera palmada fue firme, seca, un sonido que rebotó en las paredes del cuarto. Rocío jadeó, no por dolor, sino por la sorpresa. Él no se detuvo. Una tras otra, las nalgadas fueron cayendo con ritmo, con intensidad creciente, haciendo arder su piel y su deseo. Con cada golpe, ella sentía cómo su cuerpo se entregaba más. El calor de las palmadas, el peso de su cuerpo sobre él, su perfume, su voz grave que a veces murmuraba cosas ininteligibles… todo la enloquecía.
Él sentía cómo ella se retorcía, cómo su respiración se volvía entrecortada, cómo sus muslos temblaban. Y eso lo excitaba. Mucho. Su erección era evidente, dura bajo el cuerpo de ella, marcando el ritmo junto a las palmadas.

—No te muevas. No te atrevas a pedirme que pare.

Ella no quería que parara. Quería más.
Las nalgas de Rocío estaban rojas, calientes, sensibles. Y sin embargo, en su entrepierna ya resbalaban los primeros rastros de humedad. Se sentía dominada, castigada, pero también celebrada, deseada como nunca.

Él detuvo el castigo solo para inclinarse y morderle suavemente una nalga, bajando luego con su lengua por el interior del muslo. Quería saborearla. Pero todavía no.
Ella cerró los ojos. No necesitaba más palabras. Solo obediencia… y más.
Rocío apenas alcanzaba a procesar el ardor de sus nalgas cuando sintió cómo Dylan se inclinaba hacia su bolso, sin pedir permiso, sin mirarla siquiera. No había necesidad de palabras. Él mandaba, y ella ya lo sabía. Rebuscó entre sus cosas como si fueran suyas, hasta encontrar lo que buscaba: el plug anal que ella había llevado, obediente, aunque creyendo que tendría la oportunidad de entregárselo, de ofrecérselo. Pero no.

Dylan volvió junto a ella con el objeto en la mano, sin dudar le arrancó la tanga de un tirón, esa que tenía prohibido usar, al tiempo que sostuvo el juguete un segundo entre sus dedos, y sin advertencia alguna, lo hundió de golpe en su ano con una firmeza brutal. Rocío gritó, entre sorpresa y excitación, mientras su cuerpo se arqueaba instintivamente. No hubo compasión ni pausa. Solo dominio puro.

—Esto —le susurró al oído— te va a recordar lo que sos cuando estás conmigo.

Antes de que pudiera responder, él tomó las esposas para inmovilizarle los brazos por la espalda. Luego, metiendo la mano en el bolsillo derecho de su traje, sacó una venda negra para colocarla sobre los ojos. La oscuridad la hizo temblar. No ver, no controlar nada, esposada, inmovilizada, la volvía aún más suya.

Y entonces sintió el frío metálico del collar rodeando su cuello. Un clic seco. Un tirón leve. Había una cadena. No sabía a qué estaba unida, pero bastó sentirla para entender que ya no se pertenecía. Estaba de rodillas, ciega, atada, con el plug dentro y el corazón latiéndole en el cuello.
Dylan se plantó frente a ella y rozó con su glande sus labios entreabiertos. Sin esperar nada, sin pedir consentimiento, se la metió de golpe. La llenó de boca como nunca nadie lo había hecho. Rocío casi se ahogó con el primer embate, pero no se apartó. La profundidad con la que la penetraba era brutal, abrumadora. Cada vez más adentro. Hasta las bolas. Le sujetaba el rostro con ambas manos, marcando el ritmo, impidiendo que ella escapara.

Y entonces lo sintió. Dylan le acariciaba el cuello en cada embestida, como buscando, como sintiendo su propio glande desde afuera, palpando su garganta. Eso la enloqueció. Se sintió atravesada, vaciada, succionada por completo. El plug ardía en su interior, la cadena la tensaba, el sabor de él la invadía, y el roce de sus dedos sobre su piel la hacía temblar.

Todo era lujuria. Cruda. Sin filtros. Sin amor. Solo deseo. Solo poder. Solo necesidad.
La respiración de él se aceleraba. Sus gemidos graves eran como órdenes, y ella obedecía con la boca, con la garganta, con cada fibra de su ser.

Y eso... eso recién empezaba.

El sabor de Dylan la llenaba. Su ritmo era brutal, sin concesiones. Pero había algo más... algo que la delataba. Sus propios jugos resbalaban por sus muslos, bajando sin vergüenza, empapando la piel y la alfombra. Goteaban, calientes, humillantes, deliciosos. Estaba completamente encendida, encadenada, dominada… y mojada como nunca antes.
Dylan se apartó por un segundo y la observó, respirando agitado, el pecho subiendo y bajando con furia. La veía ahí, entregada, con la boca húmeda, las piernas brillantes por su propia excitación. Era su obra. Su sumisa. Su puta perfecta.

—Mirá cómo chorreás, Rocío... —gruñó con una mezcla de asombro y triunfo—. Sos un desastre hermoso.

Se arrodilló detrás de ella, sin sacarle ni la venda ni el plug. Le separó las piernas con las rodillas, sujetándola por las caderas con fuerza, y la penetró de una sola embestida. No hubo preámbulo. Solo el sonido de su cuerpo deslizándose con facilidad en esa concha mojada y temblorosa.
Ella gimió con fuerza. Ya no importaba si se escuchaba o no. Estaba hecha un mar, y él lo sabía. Se lo hacía saber con cada estocada, profundas, rítmicas, como si quisiera tatuar su presencia dentro de ella.

Pero Dylan no se detenía ahí. La sacaba de su sexo y volvía a metérsela en la boca. Alternaba. Jugueteaba con ella como un animal hambriento y preciso. Una embestida por la garganta. Otra por la concha. Todo en un ciclo salvaje, húmedo, bestial. Y Rocío lo recibía todo. No pedía piedad. No quería que parara.

Cada vez que volvía a su sexo, los gemidos de ella eran más roncos, más rotos. Cada vez que la tomaba por la boca, sus labios se abrían sin resistencia, como si su cuerpo ya hubiera olvidado cualquier otra función.

Dylan estaba al borde. Lo sentía en la base de su sexo, tenso, cargado, ardiendo. Era un dios ahí dentro. Dueño del tiempo, del placer, del cuerpo de esa mujer que ya no podía llamarse suya.
Ella estaba tan cerca… y él también.

Dylan no dijo nada. No hacía falta. Solo la tomó por las caderas con brutalidad y la giró como quien acomoda una muñeca, dejándola en cuatro sobre la cama. Las cadenas tintinearon. Sus brazos seguían atados a la espalda, el collar tenso por la cadena que la mantenía en posición. Vulnerable. Expuesta. Suya.

Sin aviso, le arrancó el plug con un tirón firme. Rocío jadeó con un gemido ronco, mezcla de vacío y expectativa. Sabía lo que venía. Lo deseaba con cada fibra.
Dylan se escupió la mano, se alzó detrás de ella y, sin piedad, le enterró su verga por el culo de un solo empuje, haciéndola gritar, abrirse, romperse para recibirlo. Fue una invasión total. Seca. Animal. Y deliciosa.

—Eso es —murmuró con voz grave, con una sonrisa oscura y lasciva mientras empujaba más hondo—. Así se somete una perra de verdad.

La sodomización era feroz. Las embestidas hacían retumbar la cama, la cadena vibraba con cada movimiento, y los gritos de Rocío llenaban la habitación. No había más filtros. Su cuerpo entero se deshacía en placer, sus pezones ardían, como si la piel no pudiera contener tanta electricidad. Gritaba como nunca lo había hecho. Cada golpe en su culo, cada roce del glande empujando sus límites, cada roce involuntario del plug ausente… la llevaban a un estado de locura deliciosa.
Y entonces, algo estalló dentro de ella. Un orgasmo brutal, profundo, descontrolado. Uno que no salía solo de su sexo, sino de su ano, de sus pezones, de su cuello tirante por el collar. Uno que la hizo convulsionar mientras seguía siendo tomada, como si todo su cuerpo se rindiera en una única ola de placer salvaje.

Dylan también lo sintió. Ese temblor, esa presión. Ese espasmo de sumisión total. Era el puto amo del mundo en ese momento. El verdadero dueño de ese cuerpo, de ese placer. El más poderoso sobre la tierra.

Salió de ella con un rugido y terminó eyaculando sobre su espalda, caliente, salvaje, manchándola como si firmara su obra de arte, su firma. El esperma resbaló por su piel roja, entre los omóplatos, bajando por la curva perfecta de sus nalgas hasta detenerse en el hueco de su espalda baja. La marca final de su dominio
.
Y ella... atada, ciega, temblorosa, con los brazos inmovilizados, los muslos mojados, la piel enrojecida y el culo abierto… sonreía. Jadeaba. Sintiendo que nunca había vivido algo así. Nunca.
Era su esclava. Y no quería ser otra cosa.

Rocío seguía de rodillas sobre la cama, aún con la venda en los ojos, los brazos atados, el cuerpo marcado por la intensidad del encuentro. Sentía el semen secándose en su espalda, el ardor delicioso en su ano, la humedad tibia entre sus muslos. Todo su cuerpo era memoria viva de lo que había pasado. Y no quería moverse. No quería que terminara.

Dylan la observaba desde el borde de la cama, la camisa abierta, el rostro aún enrojecido por la excitación. Solo la miraba, en silencio. No necesitaban palabras. Ambos sabían que habían cruzado una línea que ya no se desdibujaría jamás.
Eran dos adultos, dos padres de familia, dos vidas paralelas que funcionaban en automático… pero ahí, en ese cuarto anónimo de hotel, no eran ni esposos ni padres. Solo amo y esclava. Solo deseo. Solo instinto.
Y así lo seguirían siendo.

Afuera, la ciudad seguía su curso. Los niños salían del colegio. Las rutinas se repetían. Las mentiras sostenían estructuras. Y ellos… ellos volvían a encontrarse de vez en cuando. Siempre con cuidado. Siempre desde esos perfiles falsos que los habían unido. Jugaban a escondidas, sí. Pero lo hacían con la intensidad de quienes no buscan un reemplazo, sino una versión secreta de sí mismos.
Cada mensaje, cada encuentro, cada orden o sumisión, era un recordatorio de que la vida no era solo lo que mostraban. Que detrás de cada rostro correcto… podía haber otro. Oculto. Impaciente. Ardiente.
Y ese juego, ese fuego clandestino, seguía encendido.
Porque en el fondo, sabían que no era una aventura. Era una necesidad.

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