El Destacamento
Paola tenía 30 años y era promotora. Ese verano se fue de vacaciones con una amiga a Mendoza. Todo empezó como un viaje normal, pero la amiga tuvo que volver antes por trabajo. Paola se quedó sola unos días más porque su vuelo salía después.
En un bar conoció a un gendarme llamado Esteban, un tipo de 38 años, alto, fuerte, con uniforme y esa autoridad que tanto le gustaba a ella. Charlaron, tomaron vino, y cuando se hizo tarde él le ofreció quedarse en el destacamento.
— Acá estás más segura — le dijo con una sonrisa.
Paola aceptó. Esa misma noche, después de cenar, Esteban la llevó a su habitación en el destacamento. Apenas cerró la puerta la empujó contra la pared y la besó con fuerza. Paola no se resistió. Le sacó la remera y le agarró las tetas firmes de 30 años que todavía estaban paradas y perfectas. Le bajó los shorts y le metió la mano en la concha, que ya estaba empapada.
— Qué puta estás… — le susurró mientras le metía dos dedos.
La tiró en la cama, le abrió las piernas y se la comió con ganas. Paola gemía fuerte, agarrándole la cabeza. Esteban tenía la pija gruesa y dura. Se la metió de un solo empujón hasta el fondo, cogiéndola fuerte, con golpes profundos mientras le apretaba las tetas.
Paola se corrió por primera vez gritando, apretando la concha alrededor de la pija. Esteban la dio vuelta, la puso en cuatro y le escupió en el orto. Le metió un dedo, después dos, y por último se la metió en el culo despacio pero sin parar.
— Tomá, putita… abrí bien ese orto.
La culió con fuerza, agarrándola de las caderas, mientras Paola gemía como loca. Se corrió adentro del orto y después la hizo chupar la pija sucia.
Los siguientes días fueron una locura. La cogía varias veces al día: en la cama, en la ducha, contra la pared del destacamento. La llenaba de corrida en la concha y en la boca. Paola se dejaba hacer todo, excitada por la situación prohibida y por el tipo uniformado.
Cuando volvió del viaje, Paola nunca le contó a nadie lo que pasó. Pero cada vez que se acordaba de esos días se mojaba.
Paola tenía 30 años y era promotora. Ese verano se fue de vacaciones con una amiga a Mendoza. Todo empezó como un viaje normal, pero la amiga tuvo que volver antes por trabajo. Paola se quedó sola unos días más porque su vuelo salía después.
En un bar conoció a un gendarme llamado Esteban, un tipo de 38 años, alto, fuerte, con uniforme y esa autoridad que tanto le gustaba a ella. Charlaron, tomaron vino, y cuando se hizo tarde él le ofreció quedarse en el destacamento.
— Acá estás más segura — le dijo con una sonrisa.
Paola aceptó. Esa misma noche, después de cenar, Esteban la llevó a su habitación en el destacamento. Apenas cerró la puerta la empujó contra la pared y la besó con fuerza. Paola no se resistió. Le sacó la remera y le agarró las tetas firmes de 30 años que todavía estaban paradas y perfectas. Le bajó los shorts y le metió la mano en la concha, que ya estaba empapada.
— Qué puta estás… — le susurró mientras le metía dos dedos.
La tiró en la cama, le abrió las piernas y se la comió con ganas. Paola gemía fuerte, agarrándole la cabeza. Esteban tenía la pija gruesa y dura. Se la metió de un solo empujón hasta el fondo, cogiéndola fuerte, con golpes profundos mientras le apretaba las tetas.
Paola se corrió por primera vez gritando, apretando la concha alrededor de la pija. Esteban la dio vuelta, la puso en cuatro y le escupió en el orto. Le metió un dedo, después dos, y por último se la metió en el culo despacio pero sin parar.
— Tomá, putita… abrí bien ese orto.
La culió con fuerza, agarrándola de las caderas, mientras Paola gemía como loca. Se corrió adentro del orto y después la hizo chupar la pija sucia.
Los siguientes días fueron una locura. La cogía varias veces al día: en la cama, en la ducha, contra la pared del destacamento. La llenaba de corrida en la concha y en la boca. Paola se dejaba hacer todo, excitada por la situación prohibida y por el tipo uniformado.
Cuando volvió del viaje, Paola nunca le contó a nadie lo que pasó. Pero cada vez que se acordaba de esos días se mojaba.
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