You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

La sumisión de la suegra, Parte 12

La rutina que Sebastián impuso para la semana siguiente se desplegó con una precisión quirúrgica, diseñada para diseccionar la dignidad de Alberto y cementar la sumisión total de Thelma. Lunes por la noche, el plan entró en vigor. Alberto esperaba frente a la puerta de su casa, las llaves del auto en mano, mientras Thelma terminaba de arreglarse. Bajo las órdenes estrictas de Sebastián, llevaba un vestido de seda negro, formal en el corte, pero cruelmente ajustado en la cintura y con un escote que dejaba al descubierto la curva de sus senos, asegurando que cualquier mirada se posara en ella como una pieza de carne de lujo. Incluso, según como le diera la luz a sus tetas, se transparentaban apenas sus pezones y areolas grandes. Sebastián llegó minutos después, sin decir palabra, y se instaló directamente en el asiento trasero. Thelma lo siguió, deslizándose a su lado, dejando a Alberto con el único rol que le quedaba permitido: el de chofer y pagano.
El motor del vehículo arrancó, y con él, el espectáculo humillante. Alberto miraba fijamente el camino, pero sus ojos traicionaban su voluntad, desviándose una y otra vez hacia el espejo retrovisor. Allí, en el limitado espacio del asiento trasero, Sebastián ya había alzado la falda del vestido de Thelma. No hubo preliminares; Sebastián bajó el cierre de su pantalón, liberando su miembro que ya estaba erecto, y con un movimiento brusco, giró a Thelma para que ella se montara sobre él, de espaldas al espejo. Alberto vio cómo las manos de Sebastián se aferraban a las caderas y a las grandes nalgas de su esposa, hundiendo sus dedos en la carne, mientras ella se dejaba penetrar con un gemido ahogado que escapaba entre los labios. El sonido de los choques de piel contra piel, húmedos y violentos, competía con el ruido del motor en cada frenada y cada aceleración. Sebastián la usaba sin piedad, cambiando de posición para que Alberto pudiera ver cómo la verga se deslizaba hacia adentro y hacia afuera del cuerpo de su mujer, brillando con los fluidos de ella, mientras él solo podía apretar el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Llegaron al restaurante, un local de alta gastronomía con mesas cubiertas con manteles de hilo y una iluminación tenue pensada para la intimidad. Alberto, pálido y con la entrepierna húmeda por la sudorosa tensión del viaje, pagó la reserva y siguió a la pareja. Thelma caminaba con las piernas ligeramente temblorosas, todavía sintiendo la enorme presencia de Sebastián dentro de ella, y se sentó a su lado. Alberto se ubicó frente a ellos, como un espectador obligado en su propia mesa. Mientras ordenaban copas de vino tinto, Sebastián inició el segundo acto de la noche. Bajo la protección de la tela del mantel que llegaba hasta el suelo, la mano de Thelma desapareció.
Alberto intentó mantener una compostura imposible mientras veía el movimiento rítmico del hombro de su esposa. Ella estaba masturbando a Sebastián con movimientos expertos, deslizando su mano arriba y abajo por el eje duro y grueso bajo la mesa. Sebastián mantenía una conversación trivial con el camarero sobre los vinos, con una sonrisa de depredador, mientras Thelma luchaba por controlar su respiración. De repente, el cuerpo de Sebastián se tensó imperceptiblemente, y Thelma sintió el calor explosivo del semen llenando su palma. Ella retiró la mano lentamente, llena de la leche espesa y blanca de su amante. Alberto observó, hipnotizado, cómo ella llevaba la mano a sus labios. Pero esta vez, Sebastián le hizo un gesto leve con la cabeza hacia la copa de Alberto. Thelma entendió la orden inmediatamente. Con un movimiento deliberado, dejó gotear el semen pegajoso sobre el vino tinto de su marido. El líquido blanco se dispersó en el vaso, formando hilos turbios. Sebastián levantó su copa en un brindis silencioso. Alberto, con la garganta seca y los ojos vidriosos, levantó la suya y bebió de un trago largo, saboreando la mezcla ácida del vino con la salinidad del semen de otro hombre, mientras Thelma lamía los restos de sus propios dedos con deleite. Luego, cuando no hubo empleados cerca, Sebastián hizo que Thelma le terminara de limpiar su verga con la boca bajo la mesa del restaurante.
A mitad de la cena, Sebastián se puso de pie, ajustándose la camisa. "Vamos al baño", murmuró, no como una pregunta, sino como una orden. Thelma se levantó instantáneamente, dejando a Alberto solo con la cuenta y los platos a medio terminar. En el baño masculino, que Sebastián ocupó con una señal de advertencia a cualquier otro cliente, la situación escaló. Él la empujó contra la puerta del cubículo, levantando el vestido nuevamente. Sin esperar, la hizo girar y la penetró por detrás, esta vez buscando su ano, que ya estaba lubricado por los juegos previos en el auto. Thelma mordió su mano para no gritar mientras él la sodomizaba con brutalidad, usando el agujero apretado como un simple objeto para su placer. Las tetas enormes de Thelma se movían tanto con cada embestida, que llegaron a salirse por completo del vestido. Los golpes de sus pelvis contra sus nalgas resonaban en los azulejos del baño. Sebastián no se detuvo hasta que eyaculó otra vez, llenando sus entrañas y dejándola temblando contra la puerta, con el semen goteando por sus muslos y manchando el interior de su vestido costoso.
El regreso a casa fue una repetición del viaje de ida, pero con Thelma aún más deshecha, llena y marcada. Alberto condujo en silencio, sabiendo que lo peor estaba por llegar. Al llegar a la casa de Thelma, Sebastián entró como si fuera el dueño, con Alberto siguiéndolos como un perro avergonzado. Subieron directamente a la habitación principal. Sebastián ordenó a Alberto que se sentara en el rincón, en una silla de visón, con las manos atadas a la espalda con una corbata que encontró en el armario.
En la cama matrimonial, Sebastián despojó a Thelma de su vestido manchado. Ella estaba desnuda, pálida y temblorosa, esperando sus órdenes. Él se lanzó sobre ella con una ferocidad renovada. No hubo caricias; fue una toma de posesión animal. Sebastián abrió las piernas de Thelma con fuerza y se hundió en su coño hasta el fondo, golpeando su cérvix con cada embestida. Thelma gritó, una mezcla de dolor y éxtasis absoluto, mientras sus uñas rasguñaban la espalda de Sebastián.
—Míralo —gruñó Sebastián, sin dejar de follarla con golpes secos y profundos—. Míralo mientras te lleno. Él no puede hacerte esto. Solo yo.
Alberto vio todo desde su silla: cómo los testículos de Sebastián golpeaban el ano de su esposa, cómo el sudor corría por los cuerpos entrelazados, cómo la carne de Thelma rebotaba con el impacto. Sebastián aceleró el ritmo, convirtiendo el sexo en una paliza visceral, buscando solo su propia liberación. Con un rugido gutural, Sebastián se clavó una última vez, tan profundo que parecía que quería partirla en dos, y liberó una carga masiva de semen dentro de ella. Thelma se arqueó, sintiendo cómo el calor la inundaba, cómo sus músculos se contraían alrededor de la verga de él para drenar hasta la última gota.
Sebastián se retiró de golpe, dejando un hueco vacío y goteante entre las piernas de ella. Se vistió con calma, mientras Thelma permanecía allí, con las piernas abiertas, mostrando a su marido el coño rojo y hinchado, brillando por el semen que comenzaba a fluir hacia afuera, manchando las sábanas blancas. Sebastián se acercó a Alberto, le dio una palmada en la mejilla y se fue, dejando el olor a sexo pesado en la habitación y el silencio incómodo de un matrimonio que ya solo existía para servir el placer de otro.

0 comentarios - La sumisión de la suegra, Parte 12