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Primera experiencia siendo cornudo

La noche había caído sobre la ciudad como un velo pesado, y en nuestro apartamento del centro, el aire se sentía cargado de una electricidad que yo ya no podía ignorar. Me llamo Eduardo, tengo 35 años, y mi esposa, Laura, es una mujer de 32 que sigue volviéndome loco después de 7 años de matrimonio. Es alta, de curvas generosas, con una melena castaña que le cae en ondas sobre los hombros y unos ojos verdes que brillan con una mezcla de picardía y deseo reprimido. Siempre ha sido fiel, pero en los últimos meses, entre copas de vino y conversaciones susurradas en la cama, habíamos empezado a jugar con la idea del cuckolding. Al principio era solo fantasía: yo le describía cómo un desconocido la tomaba mientras yo miraba, y ella acababa con una intensidad que nunca le había visto. Pero esa noche, todo se volvió real.

Habíamos salido a cenar a un bar elegante del barrio, uno de esos lugares con luces tenues y música jazz de fondo. Laura llevaba un vestido negro ajustado que le marcaba las caderas y el escote, sin sujetador, tal como yo le había pedido. Sus pezones se insinuaban bajo la tela fina, y cada vez que se movía, el vestido subía un poco por sus muslos. Yo estaba sentado frente a ella, nervioso, con el corazón latiéndome en la garganta. Habíamos acordado que si surgía la oportunidad, no la dejaríamos pasar. “Quiero que me veas”, me había dicho ella esa tarde, mordiéndose el labio. “Quiero que sientas cómo otro me me la pone delante de tus narices”.

El desconocido apareció en la barra. Era alto, de unos treinta y cinco años, con el pelo negro revuelto y una barba de tres días que le daba un aire de tipo peligroso pero irresistible. Vestía una camisa blanca remangada que dejaba ver unos antebrazos fuertes y tatuados. Se llamaba Alex, nos dijo después, y era un viajero de paso por la ciudad, un ingeniero que había venido por trabajo y que esa noche buscaba algo más que una copa. Nuestras miradas se cruzaron cuando Laura pidió otra ronda. Él sonrió, y ella le devolvió la sonrisa con esa confianza que solo las mujeres seguras de su poder sexual saben mostrar.

—Parece que tu marido no te quita los ojos de encima —comentó Alex, acercándose a nuestra mesa sin pedir permiso. Su voz era grave, con un acento neutro pero seductor.

Laura rio suavemente y me miró de reojo.

—Eduardo es… observador. Le gusta mirar.

La tensión se cortaba con cuchillo. Pedimos otra botella de vino y, en menos de media hora, Alex ya estaba sentado con nosotros. Hablaba con naturalidad, contando anécdotas de sus viajes, pero sus ojos no se apartaban del escote de Laura. Ella cruzaba y descruzaba las piernas, dejando que el vestido se subiera un poco más cada vez. Yo sentía la pija dura dentro de los pantalones, un nudo de celos y excitación que me apretaba el estómago,no paraba de imaginarme cosas calientes.

—¿Y si vamos a tu casa? —preguntó Alex de pronto, directo, sin rodeos. Miró a Laura y luego a mí—. Quiero cogerme a tu mujer mientras vos miras. ¿Te parece bien, Eduardo?

Laura me apretó la mano por debajo de la mesa. Sus dedos temblaban de anticipación.

—Sí —respondí, con la voz ronca—. Quiero verlo.

El trayecto en taxi fue un tormento delicioso. Alex iba en el asiento trasero junto a ella, su mano ya estaba en el muslo de Laura, subiendo lentamente. Ella apoyaba la cabeza en su hombro, respirando agitada
. Cuando entramos al apartamento, la luz de la sala estaba encendida, pero la habitación principal quedó en penumbras, solo iluminada por la lámpara de la mesita de noche. Cerré la puerta y me senté en la silla que habíamos colocado estratégicamente frente a la cama, tal como lo habíamos planeado en nuestras fantasías.

Laura se acercó a Alex y lo besó con hambre. Sus lenguas se enredaron, y él la agarró por la cintura, apretándola contra su cuerpo. Yo veía cómo sus manos grandes bajaban por la espalda de mi esposa, levantándole el vestido hasta dejar al descubierto sus nalgas perfectas, cubiertas solo por una tanga negra de encaje. Alex gruñó y le dio un azote suave, haciendo que Laura soltara un gemido.

—Quítate el vestido —le ordenó él, con esa voz autoritaria que yo nunca había usado con ella.

Laura obedeció. Se bajó la cremallera lentamente, mirándome a los ojos mientras la tela caía al suelo. Estaba desnuda de cintura para arriba, sus tetas grandes y firmes expuestas, los pezones rosados y duros. Solo quedaba la tanga y los tacones altos. Alex la contempló como si fuera un trofeo.

—qué buena estás —murmuró, y se quitó la camisa. Su torso era ancho, musculoso, con un pecho cubierto de vello oscuro. Bajó la cremallera de sus pantalones y sacó su verga. Era grande, más gruesa y larga que la mía, ya completamente dura y venosa. Laura se lamió los labios.

Se arrodilló frente a él sin que se lo pidiera. Yo estaba a dos metros, con la respiración entrecortada, viendo cómo mi esposa abría la boca y se metía esa pija desconocida hasta la garganta. Alex le agarró el pelo y empezó a cogerle la boca con movimientos lentos pero profundos. Laura gemía alrededor de él, saliva le caía por la barbilla, y sus ojos se llenaban de lágrimas de placer. Cada vez que él empujaba, sus tetas se balanceaban.

—Así, puta… chúpamela bien para tu marido —dijo Alex, mirándome directamente. Yo no podía apartar la vista. Mi propia pija palpitaba en mis pantalones, pero no me tocaba. Esto era para ella.

Después de unos minutos, Alex la levantó y la tiró sobre la cama. Laura abrió las piernas, mostrando su concha depilada y ya empapada . La tanga estaba empapadA de sus jugos. Alex se arrodilló entre sus muslos y le pasó la lengua por el clítoris con lentitud experta. Laura arqueó la espalda y gritó.

—¡Dios, sí! —jadeó, mirándome—. Amor,… mírame. Está comiéndome la concha como vos nunca lo has hecho.

Sus palabras me atravesaron como un cuchillo caliente. Alex lamió y chupó con avidez, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Laura se corrió en menos de un minuto, temblando, agarrando las sábanas, gritando su nombre. Sus jugos le brillaban en la barba a Alex.

—No pares… —suplicó ella, pero él ya se estaba colocando encima.

Alex se posicionó entre sus piernas y frotó su glande contra la entrada de Laura. Ella me miró a los ojos, con una sonrisa traviesa y lujuriosa.

—Esto es lo que queríamos amor,ahora vas a ver cómo otro hombre me coge toda!!!

Y lo hizo. Alex empujó de una sola embestida, enterrándosela hasta el fondo. Laura soltó un gemido largo y gutural, sus uñas clavándose en la espalda de él. Era tan grande que su conchita se estiraba visiblemente alrededor de su grosor. Alex empezó a penetrarla con fuerza, con estocadas profundas y rápidas. La cama crujía, los cuerpos chocaban con un sonido húmedo y obsceno. Los pechos de Laura rebotaban con cada embestida, y sus gemidos se volvieron gritos.

—¡Más fuerte! ¡cógeme como una puta! —gritaba ella, y cada palabra era un puñetazo de placer y humillación para mí.

Alex la giró, poniéndola a cuatro patas, de cara a mí. Ahora podía ver perfectamente su cara de éxtasis, los ojos entrecerrados, la boca abierta. Él la agarró por las caderas y la penetró desde atrás, más profundo aún. Sus huevos golpeaban contra el clítoris de Laura con cada golpe. Yo veía cómo su polla entraba y salía, brillante de los jugos de mi esposa, dilatándola de una forma que yo nunca había logrado.

—Decile a tu marido lo que sentis —ordenó Alex, dándole un azote más fuerte.

Laura me miró directamente, jadeando entre embestida y embestida.

—Su pija es enorme, bebe… me llena entera. Me está cogiendo mejor que vos… ¡Ah! ¡voy a acabar otra vez!

Se corrió de nuevo, temblando, su concha contrayéndose visiblemente alrededor de la polla de Alex. Él no paró. Le dio durante casi veinte minutos en diferentes posiciones: de lado, con una pierna de ella sobre su hombro, y finalmente de nuevo encima, cara a cara. Laura le envolvía las caderas con las piernas, clavándole los talones en el culo para que entrara más profundo.

Al final, Alex gruñó y aceleró el ritmo.

—¿Dónde quieres que te de la leche, zorra?

—Dentro… lléname —suplicó Laura, mirándome con ojos vidriosos de placer.

Alex se corrió con un rugido, empujando hasta el fondo y quedándose allí mientras su polla palpitaba, llenándola de semen caliente. Laura tuvo un último orgasmo, más intenso que los anteriores, gritando mi nombre y el de él al mismo tiempo.

Cuando Alex se retiró, un chorro de semen blanco y espeso salió de la conchita abierta de mi esposa, goteando sobre las sábanas. Ella estaba exhausta, sonrojada, con el pelo pegado a la frente por el sudor. Alex se vistió con calma, me dio una palmada en el hombro y dijo:

—Tu mujer es una diosa. Gracias por compartirla.

Se fue sin más.

Yo me quedé allí, sentado, con la pija dolorosamente dura. Laura me miró, todavía tumbada, con las piernas abiertas y la vagina llenabde semen de otro.

—Ven aquí, amor —susurró, con la voz ronca—. Ahora te toca a ti limpiar.

Me arrodillé entre sus piernas y lamí todo lo que quedaba, el sabor salado y extraño mezclándose con el de ella. Mientras lo hacía, Laura me acariciaba el pelo y gemía suavemente.

—Te quiero tanto por esto… —murmuró—. Mañana podemos repetir, si quieres. O buscar a otro.

Esa noche, después de cogerla yo también —con su concha aún resbaladiza por el semen de Alex—, nos dormimos abrazados. El cuckolding ya no era una fantasía. Era nuestro secreto más oscuro y excitante. Y yo sabía que solo era el comienzo. 

No era explícito,pero en nuestras cabezas ya planificabamos el siguiente encuentro...

2 comentarios - Primera experiencia siendo cornudo

lechu1967 +1
hola que buena chupada de concha y besitos negros le doy a full
elcuatroagujas
Por dios!!! Tremenda experiencia, y encima te comiste la concha llena de crema. Son unos genios