
Javier soltó una risa ronca, profunda, de esas que te vibran en el pecho y te humedecen el coño sin tocarte. Estaba recostado en la cama matrimonial, desnudo, con esa barriga suave y peluda, la verga todavía semi-dura descansando sobre su muslo como una serpiente satisfecha. Encendió un cigarro con toda la calma del mundo, aspiró el humo y lo soltó hacia el techo mientras me miraba con esos ojos oscuros y viciosos.
—Vaya puta que eres, Mariela… —dijo entre risas—. ¿Tanto te gustó que ya quieres que te llene otra vez? Dime la verdad, mamita… ¿tu marido te coge bien? ¿O la tiene chiquita y floja como sospecho?
Me mordí el labio, todavía con el sabor de su semen en la garganta. Estaba sentada al borde de la cama, las tetas pesadas colgando, el coño hinchado y chorreando .
—No… Alberto nunca me ha follado como tú —confesé con la voz entrecortada—. La tiene delgada, normalita… dura unos minutos y ya. Yo siempre termino masturbándome después con mis juguetes pensando en algo más grueso… como la tuya.
Javier sonrió satisfecho y dio otra calada.
—¿Te gustaría que nos viéramos seguido? ¿Que venga a cogerte cada vez que tu maridito salga a trabajar o a sus pinches reuniones?
—Sí… —susurré sin dudar—. Puesss .. la verdad. Quiero, si quiero mas.
Él soltó el humo y me miró directo a los ojos.
—¿oye y Puedo correrme dentro de tu coño? ¿Quieres que te deje lleno de leche bien caliente?
Me estremecí. Mi clítoris palpitaba solo de escucharlo.
—Estoy operada, Javier. Ya no puedo tener hijos. Puedes correrte dentro todas las veces que quieras… lléname.
—Bien —gruñó con aprobación—. Me hubieras dicho antes , pues ahora te voy a inundar ese coñito casero hasta que te chorree por las piernas.
Se incorporó un poco y me ordenó con esa voz grave que no admitía réplicas:
—Tráeme algo de beber, mamita. Una cerveza o el licor que tenga tu marido por ahí. Algo fuerte.
Me levanté desnuda, sintiendo cómo sus ojos quemaban mi culo grande y redondo mientras caminaba hacia la cocina. Le serví un vaso generoso de whisky que Alberto guarda para “ocasiones especiales”. Cuando se lo entregué, lo tomó de un solo trago, hizo una mueca de placer y me devolvió el vaso vacío.
—Ahora baila para mí. Muéveme ese culón que tienes, mientras me recupero. Quiero verte menearte como la zorra en celo que eres.
Obedecí sin pensarlo dos veces. Me puse de pie frente a él, de espaldas, y empecé a mover las caderas en círculos lentos y provocadores. Mis nalgas grandes y firmes se agitaban, se separaban ligeramente dejando ver mi coño hinchado y mi culito apretado. Bailaba desnuda en la habitación donde duermo con mi marido, sintiendo el aire fresco sobre mi piel sudorosa. Estaba tan caliente que mi coño goteaba sobre el piso.
De repente volteé la cabeza y lo miré por encima del hombro. Su verga… Dios mío. Ya estaba hinchándose otra vez, creciendo, engrosándose hasta volver a ser esa monstruosidad negra y venosa con la cabeza como un champiñón hinchado. Era realmente enorme. Me llamó con un dedo.
—Ven aquí, tetona. Súbete a la cama.
Me subí gateando. Javier me agarró de las caderas y me puso en cuatro. Sentí su aliento caliente entre mis nalgas antes de que su lengua gruesa y experta empezara a lamer. Primero mi culo, rodeando el ano con giros lentos y húmedos, luego bajó a mi coño chorreante. Me comía como un experto, succionando mi clítoris, metiendo la lengua dentro de mí, mordisqueando suavemente mis labios hinchados.
—Nunca he cogido con una mujer tan guapa, tetona y culona como tú, Mariela… —gruñó contra mi carne—. Tetas grandes, culo de perra, cara de mamá buena… y coño que chorrea como fuente. Eres una puta de lujo.
Esas palabras me atravesaron como un rayo. Me corrí violentamente en su boca, gritando, temblando, empujando mi culo contra su cara mientras mis jugos le inundaban la lengua. Javier bebió todo, lamiendo hasta la última gota.
Sin darme tiempo a recuperarme, me puso de lado, levantó una de mis piernas y colocó ese glande enorme contra la entrada de mi coño. Esta vez sin proteccion y me dolió más. Estaba muy hinchada, adolorida de la primera follada salvaje. Solté un grito largo y agudo cuando empujó.
—¡Aaaahhh! ¡Javier, duele…!
Pero él no paró. Empujó lento, implacable, abriéndome otra vez. Poco a poco mi coño se fue adaptando a esa grosura brutal. Y entonces… glopppp. Un sonido húmedo y obsceno cuando por fin me llenó completamente. Su verga desapareció hasta el fondo, la cabeza presionando contra mi cervix.
Estuvimos cogiendo así varios minutos, cambiando de posiciones: yo encima cabalgándolo salvajemente, él detrás dándome nalgadas fuertes que me dejaban la piel roja, yo de perrito con la cara hundida en la almohada de Alberto. Hasta que me cargó como si no pesara nada. Mis brazos alrededor de su cuello, mis piernas abiertas alrededor de su cintura, su verga clavada hasta el fondo. Me follaba de pie, cargándome por el culo y los muslos. Cada penetración era profundísima. Sentía el bulto de su verga marcándose en mi vientre bajo. Gemí tan fuerte que estoy segura de que los vecinos me escucharon. El placer era tan intenso que perdí el control… me hice pipí. Un chorro caliente salió de mí, mojando su abdomen, chorreando al suelo y ensuciando las baldosas.

Javier gruñó como un animal.
—Joder, qué puta… mírate, te meas de lo rica que te estoy cogiendo.
Aceleró las embestidas y, con un rugido gutural, me inundó el coño. Chorros espesos y calientes de semen me llenaron hasta rebosar. Había tanto que, cuando sacó la verga lentamente, un río blanco y espeso salió de mí, cayendo al piso con sonidos húmedos.

Nos dejamos caer en la cama, jadeando. Él me miró con una sonrisa satisfecha y sucia.
—Vaya puta que eres, Mariela. Me encantó follarte. Tienes el coño más apretado y jugoso que he probado en años.
Se levantó y se metió a bañar. Yo, todavía temblando, lo seguí. Nos metimos juntos bajo el agua caliente. Nos besamos con lengua, sus manos grandes amasando mis tetas. Intentamos sexo anal… pero fue imposible. Su verga era demasiado ancha. Apenas pude soportar la cabeza y grité de dolor. Al final solo me metió un dedo grueso en el culo mientras me besaba el cuello y me masturbaba el clítoris hasta que me corrí otra vez, débilmente.
Salimos del baño, nos vestimos en silencio. Antes de irse, Javier agarró mis bragas del body de encaje marrón, todavía empapadas de mis jugos y su semen. Las olió profundamente, cerrando los ojos.
—Mmm… esto se queda conmigo. Huele a puta casada bien cogida.
Me advirtió con esa voz grave:
—Esto no termina aquí, Mariela. La próxima semana nos vemos otra vez. Quiero cogerte más tiempo, en más posiciones, y quiero que me prepares ese culito para que algún día te lo meta todo. ¿Entendido?
Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo cómo mi coño todavía palpitaba y chorreaba semen dentro de los jeans que acababa de ponerme.
—Sí, Javier….
Me dio un último beso brusco, me apretó una teta con fuerza y se fue.
Me quedé sola en la casa, con el olor a sexo y cigarro flotando en el aire, el piso sucio de mis fluidos y semen, y el coño adolorido y lleno. Me miré en el espejo del pasillo: el pelo revuelto, los labios hinchados, las marcas rojas en las nalgas y en las tetas.
Sonreí.
Alberto volvería en unas horas.
Y yo ya estaba contando los días para que Javier regresara a partirme el coño otra vez en la cama de mi marido.
(Continuará…)
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