Cuando ya me tenía temblando y empapada, Sergio sacó el condón, se lo iba a poner pero lo detuve diciéndole que quería sentir su verga directa y quería su semen adentro así que tiró el condón y me volteó como si yo no pesara nada.
—¡Ponte así, flaca! —me ordenó.
Me puso de rodillas, con los codos enterrados en el colchón y el culo bien alzado. Sentí el frío del aire acondicionado en mis pompis descubiertas exponiendo mi vagina y mi culito a ese hombre estaba totalmente a su disposición con mis partes íntimas a plena vista de el un segundo antes de sentir su vergota entrando de un solo golpe seco.
—¡Ahhh! —el grito se me escapó contra la almohada.

Cada embestida sentia me llegaba hasta la garganta. Sentía cómo su grosor me estiraba la vagina hasta el límite, y el sonido de sus huevos grandes golpeando mis nalgas era como música prohibida. Era un animal; me agarraba de la cintura y me jalaba hacia él para entrarme todavía más profundo.
Despues y sin dejar de bombear, me giró y me puso boca arriba. Me agarró las piernas y me las subió hasta sus hombros, dejándome totalmente expuesta. En esa posición, la verga le entraba derecha, sin obstáculos. Yo veía su cara de actor porno: sudoroso, con las venas del cuello saltadas y los ojos fijos en cómo su cuerpo desaparecía dentro del mío. Sentía que me partía a la mitad, pero era un placer que me quemaba las entrañas. Cada vez que bajaba, sentía el roce de su vello púbico contra mi clítoris, electrizándome.

Asi estuvo hasta despues que para terminar de rematarme, me puso boca abajo pero me obligó a mantener la cadera arriba, apoyada solo en mis pechos. Entró por detrás con un ángulo que me hacía ver estrellas. Yo sentía que mi vagina ya no podía más, estaba ardiendo, ensanchada por completo por ese fierro caliente que no se cansaba. Caro, la empleada perfecta, ya no existía; solo era una mujer recibiendo las embestidas de un hombre de 1.80 que sabía exactamente cómo dominarla.



Sergio no paró, era una máquina. Me sentía totalmente poseída, llena, con cada rincón de mi interior vibrando bajo el ritmo de ese señor que, bajo el pretexto de ver a un "proveedor", me estaba dando la mejor cogida de mi vida.
Pero aunque yo creia que iba a terminar pronto Sergio no tenía ninguna intención de parar. Parecía que esos meses de aguantarse las ganas frente al mostrador le habían dado una energía de chamaco, pero con la fuerza y el aguante de un hombre maduro.
Siguió embistiendo con un ritmo brutal, sin perder la potencia. Yo ya no sabía ni en qué posición estaba; solo sentía ese fierro entrando y saliendo de mi vagina, que a esas alturas ya estaba totalmente dilatada y ardiendo de puro placer. Sergio me agarraba de las caderas y de vez en cuando me daba una nalgada con tanta fuerza que sabía que mañana me iba a ver las marcas de sus dedos en mi cintura y en mis pompis al ser blanca se me marca mucho la piel.
—¡Sergio, ya... ya no puedo más! —le gritaba yo, con el pelo todo revuelto sobre la almohada y la respiración hecha un desastre.
Él no decía nada, solo soltaba unos gruñidos profundos que le salían desde el pecho. Me cambió de posición una última vez, regresándome al misionero pero jalándome las piernas hacia su pecho para entrarme hasta el fondo. Cada estocada era como un golpe eléctrico que me recorría la columna.
Finalmente, sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo. Sergio dio tres embestidas finales, lentas y pesadas, enterrándose en mí con todo lo que tenía mientras soltaba un rugido que retumbó en las paredes del cuarto. Se quedó ahí, clavado en mi interior, temblando mientras se venía con una fuerza que sentí vibrar dentro de mis propias entrañas.
Cuando por fin se dejó caer a un lado, yo me quedé exhausta, con el cuerpo flojo y la mirada perdida en el techo. No podía ni mover un dedo. Giré la cabeza un poco y me quedé embobada viéndolo sudado con la verga aún dura mientras yo con las piernas abiertas mientras su semen dentro de mi escurriendo poco a poco hacia el exterior.
Sergio estaba bañado en sudor. El brillo del sudor hacía que su piel se viera todavía más morena y ruda. Lo que más me hipnotizó fue ver cómo todo ese vello oscuro de su pecho y su abdomen estaba empapado, pegado a su piel y peinado hacia abajo por el sudor y el roce de nuestros cuerpos. Se veía como un animal que acababa de ganar una pelea: imponente, con el pecho subiendo y bajando por el cansancio, y esa masculinidad que se le desbordaba por los poros.
Me quedé ahí tirada, con el techo del motel dándome vueltas y el corazón tratando de recuperar su ritmo. Estiré la mano hacia la mesita de noche para ver mi celular: había pasado una hora completa de puro sexo salvaje. No podía creerlo. Yo estaba acostumbrada a los chavos de mi edad que a los quince minutos ya estaban pidiendo esquina, pero Sergio, con sus años, me había dado una cátedra de aguante que me dejó el cuerpo molido.
Yo de ahi pensé que ya habíamos terminado, pero Sergio todavía tenía fuego en la mirada. Se acercó a mí, me tomó de la nuca y me plantó un beso con sabor a nosotros, un beso largo y profundo que me volvió a encender la sangre. Sus manos grandes recorrieron mis curvas, bajando por mi cintura hasta mis muslos, que todavía temblaban.
—¿Crees que con una hora tengo suficiente de ti, flaca? Si por mi fuera te prelaba y te hacía mi mujer para cogerte diario perra—me susurró al oído con esa voz ronca que me ponía a vibrar hasta el alma.
Se sentó en la orilla de la cama y me hizo una seña con la cabeza. Su verga, esa bestia , ya estaba recuperando terreno, poniéndose tiesa y venosa otra vez, brillando por la humedad de mis fluidos y su semen. Se veía impresionante, rodeada de sus huevos grandes y ese vello espeso que bajaba por sus piernas.
—Ven aquí —me ordenó con esa seguridad de jefe que tanto me prendía—.chúpamela otra vez. Quiero sentir esa boquita tuya sin que nadie nos interrumpa. Tenemos todo el tiempo del mundo antes de ir con el proveedor.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me deslicé por el colchón hasta quedar frente a él. Verlo ahí sentado, dominando la cama y esa mirada de hambre, me hizo olvidar el cansancio. Me agarré de sus muslos fuertes y velludos, y me entregué de nuevo a él, sabiendo que el "viaje de negocios" apenas estaba empezando su segunda ronda.
Incluso Sergio se puso de pie sobre el colchón, aprovechando su estatura para quedar todavía más imponente. Estando yo arrodillada frente a él, me sentía diminuta, pero con una conexión total hacia su cuerpo. Verlo desde ese ángulo era impresionante: sus piernas fuertes y velludas, sus huevos grandes colgando y esa vergota rosando mis labios.
—Dale, flaca... que no se te olvide quién es el que manda aquí —me dijo, agarrándose de la cabecera de la cama para mantener el equilibrio mientras yo me entregaba a su entrepierna con un hambre renovada.
Me puse a trabajar con la lengua, recorriendo cada vena marcada y rodeando la base con mis manos, sintiendo el calor que emanaba de su piel sudada. Sergio soltaba unos gruñidos que parecían rugidos, enterrando sus dedos en mi pelo y apretando la mandíbula mientras veía desde arriba cómo mi boca desaparecía en su grosor. La imagen de ese hombre mayor, firme, velludo y poderoso, siendo dominado por mi lengua, me dio un subidón de adrenalina.


Pero de repente, la sumisión ya no me bastó. Quería sentirlo dentro de nuevo, pero esta vez bajo mis reglas.
Lo agarré de los muslos y, con un movimiento decidido, lo empujé hacia atrás. Sergio, sorprendido por mi fuerza, cayó de espaldas sobre las almohadas, soltando una carcajada ronca que se convirtió en un gemido cuando me monté sobre él.
—Ahora mando yo, Sergio —le susurré, mientras me subía encima de él.
Me acomodé encima de él, sintiendo la punta de su verga buscando mi entrada. Me hundí lentamente, sintiendo cómo cada centímetro me iban abriendo y llenando mi chepa por completo hasta que nuestras pelvis chocaron. El contacto de mi piel suave contra su abdomen velludo y sudado fue una explosión.
Comencé a cabalgarlo con fuerza, apoyando mis manos en su pecho ancho para darme impulso. Mis curvas subían y bajaban rítmicamente, y yo podía ver desde arriba cómo sus pectorales se tensaban con cada uno de mis movimientos. Sergio me agarro de las caderas, ayudándome a bajar con más fuerza, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una mezcla de orgullo y deseo puro.

—¡Eso, Caro! ¡Así, carajo! —gruñía él, mientras yo le demostraba que la "joven" de la pinturería sabía perfectamente cómo domar a un hombre de su tamaño.
Justo cuando sentía que mis piernas ya no daban más de tanto cabalgarlo y que estaba a punto de llegar al límite, Sergio soltó un gruñido autoritario y me agarró con fuerza de la cintura, deteniendo mi movimiento en seco.
—Ya estuvo bueno de juegos, flaca... me toca terminar esto —dijo con la voz entrecortada por el esfuerzo.
Con una agilidad que no parecía de un hombre de su edad, me giró en un movimiento rápido y me puso vuela boca abajo contra el colchón, con la cadera lo más alto posible,
hundiendo mi pecho en las sábanas. Desde ahí, sentí cómo se acomodaba detrás de mí; el calor de su cuerpo de 1.80 me cubrió por completo como una sombra pesada.
Sin previo aviso, Sergio se enterró en mí de un solo golpe profundo.
—¡Ay, Sergio! —el grito se me ahogó contra la almohada.
Esa vergota entró en un ángulo que me hizo sentir que me tocaba el alma. Empezó a dar estocadas rápidas y secas, sin piedad, mientras me agarraba del pelo con una mano para mantenerme en el lugar y con la otra me apretaba una pompi con una fuerza que me dejaba marcada. Yo sentía el golpeteo rítmico de sus huevos grandes contra mis muslos y el roce del vello de sus piernas contra las mías, una sensación tan ruda y masculina que me hizo perder el sentido de dónde estábamos.
Él no decía nada, solo se escuchaba su respiración pesada y el sonido de nuestros cuerpos chocando. Yo sentía que mi chepa iba a estallar; estaba tan llena, tan estirada por su grosor, que cada embestida me hacía ver chispas de colores detrás de mis párpados cerrados.
—¡Ya... ya corro, Caro! —rugió él, y sentí cómo sus manos se clavaban en mis caderas mientras daba sus últimos empujones brutales, enterrándose hasta donde ya no había más espacio.
Hasta que se quedó ahí, vibrando contra mí, mientras sentía el espasmo de su clímax recorriéndonos a los dos. Yo me desplomé totalmente sobre la cama, sin fuerzas ni para respirar, sintiendo cómo el calor de su cuerpo sudado me envolvía y lo caliente de su semen me llenaba.
Nos quedamos en silencio unos minutos, solo escuchando el zumbido del aire acondicionado. Sergio se separó lentamente, se limpió el semen y me dio un beso tierno en la espalda antes de levantarse.
—Órale, flaca. Hay que bañarse rápido, que el proveedor nos espera en media hora y no queremos que Lili empiece a preguntar por qué tardamos tanto —dijo, recuperando ese tono de jefe, aunque su mirada todavía brillaba con el recuerdo de lo que acabábamos de hacer.
Me levanté como pude, sintiendo las piernas como gelatina y un "caminar de pato" que me iba a delatar si no me esforzaba por disimular. Me vi en el espejo del baño: tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados y una sonrisa de satisfacción que ni con todo el maquillaje del mundo iba a poder esconder.
El trayecto a la oficina del proveedor fue un martirio silencioso. Yo iba en el asiento del copiloto de la camioneta, tratando de acomodarme, pero cada vez que el cuerpo se me hundía en el asiento, sentía un recordatorio físico de Sergio. Mi vagina estaba sensible, palpitando por las embestidas de ese fierro, y sentía un calorcito líquido que me recordaba que, aunque nos habíamos limpiado, mi cuerpo seguía reaccionando a él.
Sergio, en cambio, manejaba como si nada. Se había puesto una camisa limpia que traía en la parte de atrás, se había peinado con agua y venía con el aire acondicionado a todo lo que daba. Se veía impecable, un hombre de negocios de 1.80 serio y formal, pero yo sabía que debajo de ese pantalón de vestir, sus piernas velludas todavía debían de estar calientes por mi esfuerzo al cabalgarlo.
—Llegamos, Caro. Bájate con calma y no pongas esa cara de que te sacaste la lotería —me dijo con una sonrisita burlona antes de apagar el motor.
—¡Es que no puedo ni caminar bien, Sergio! Me dejaste desarmada y muy adolorida jajaja—le susurré, fulminándolo con la mirada, tremenda vergota y cogidota que me diste.
Entramos a la oficina del proveedor, un señor ya grande llamado Don Mario. Sergio saludó con un apretón de manos firme, como el jefe dominante que es, y yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para caminar derecha, controlando ese "pasito de pato" que sentía que me delataba a cada segundo.
—Mucho gusto, Don Mario. Ella es Caro, mi mano derecha en la bodega —me presentó Sergio con una seriedad que casi me hace soltar una carcajada.
Nos sentamos en unas sillas de madera frente al escritorio de Don Mario. Al sentarme, solté un respingo casi imperceptible; la superficie era dura y mis músculos protestaron de inmediato. Sergio, que estaba sentado a mi lado, estiró la pierna por debajo del escritorio y rozó mi rodilla con la suya, presionando un poco, como burlándose de mi incomodidad.
Pasamos la siguiente hora revisando catálogos de lacas y solventes. Yo trataba de concentrarme, pero solo podía pensar en que hace apenas cuarenta minutos tenía a ese hombre enterrado en mí vagina y hasta el fondo, gruñendo mi nombre. Cada vez que Don Mario explicaba algo técnico,
Sergio asentía con mucha propiedad, pero de vez en cuando me lanzaba una mirada de reojo que me hacía hervir la sangre.
—¿Te pasa algo, muchacha? Te ves un poco colorada, ¿no tendrás fiebre? —me preguntó Don Mario, notando mi cara encendida.
—No, no... es que el sol de la carretera está fuerte, Don Mario —mentí, mientras sentía cómo Sergio contenía la risa a mi lado.
Salimos de ahí con las muestras, y en cuanto cerramos la puerta del edificio y llegamos a la camioneta, me solté del brazo de Sergio.
—¡Casi me muero de los nervios! Sentía que Don Mario me veía el letrero de "recién cogida" en la frente —le reclamé, subiéndome al asiento.
—Tranquila, flaca. Lo hiciste muy bien. Ahora vámonos a la pinturería, que Lili ya debe estar esperándonos para cerrar.
A partir de ese "viaje de negocios", la pinturería se convirtió en nuestro patio de juegos privado. La tensión que antes nos quemaba ahora era una llama abierta que alimentábamos a diario. Lo mejor —y lo más peligroso— era que nos habíamos vuelto unos expertos en la doble vida: frente a los chalanas y a Lili, éramos el jefe serio y la empleada eficiente; pero en cuanto la cortina metálica caía, el local se transformaba.
Se volvió una rutina deliciosa. A veces, a media tarde, cuando el calor estaba más fuerte y los chalanas se iban a la parte de atrás a cargar los camiones, yo entraba a la oficina de Sergio "a que me firmara unas facturas". Me cerraba la puerta por dentro y, sin decir ni una palabra, me hincaba frente a él. Le bajaba el cierre y sacaba esa verga que ya conocía de memoria. Se la chupaba con una desesperación que lo hacía gruñir bajito, cuidando que sus ruidos no pasaran de la puerta de madera, mientras él me acariciaba el pelo y me decía: "Eres una diabla, Caro".
Otras veces, eran encuentros rápidos en el pasillo de los esmaltes, donde nos besábamos hasta quedarnos sin aliento, con él apretándome contra los estantes de metal y sus manos grandes perdiéndose debajo de mi falda.
Pero lo más intenso eran los cierres de local. Cuando ya no quedaba nadie, Sergio me llevaba a su oficina, me sentaba en su escritorio de madera y me hacía el amor ahí mismo, rodeados de papeles y catálogos de colores. Eran encuentros esporádicos pero salvajes. A veces era un misionero rápido porque "Lili ya venía en camino", y otras veces él se tomaba el tiempo de ponerme en cuatro sobre el escritorio, agarrándome de las caderas y dándome esas embestidas profundas que me hacían vibrar la chepa.
Me encantaba verlo así: con su camisa de trabajo medio desabotonada, el sudor brillando en su pecho velludo y esa mirada de hombre maduro que me decía que, sin importar quién entrara, en ese momento yo era su única dueña. Se volvió una adicción; el riesgo de que nos pescaran, el olor a solvente mezclado con el nuestro y la maestría con la que él me manejaba el cuerpo, me tenían completamente perdida.
Incluso aprendimos a comunicarnos con la mirada. Si él me veía desde su oficina y se tocaba el cinturón, yo ya sabía que en diez minutos tenía que inventar una excusa para entrar. Nos volvimos cómplices de un secreto que nos hacía caminar con una electricidad que solo nosotros entendíamos.
Pero la bomba estalló una tarde de un jueves, de la manera más inesperada. Sergio había salido a supervisar una obra y yo me quedé en el mostrador cuadrando la caja. Lili llegó con dos refrescos, se sentó en el banquito de madera junto a mí y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.
Continúa....
—¡Ponte así, flaca! —me ordenó.
Me puso de rodillas, con los codos enterrados en el colchón y el culo bien alzado. Sentí el frío del aire acondicionado en mis pompis descubiertas exponiendo mi vagina y mi culito a ese hombre estaba totalmente a su disposición con mis partes íntimas a plena vista de el un segundo antes de sentir su vergota entrando de un solo golpe seco.
—¡Ahhh! —el grito se me escapó contra la almohada.

Cada embestida sentia me llegaba hasta la garganta. Sentía cómo su grosor me estiraba la vagina hasta el límite, y el sonido de sus huevos grandes golpeando mis nalgas era como música prohibida. Era un animal; me agarraba de la cintura y me jalaba hacia él para entrarme todavía más profundo.
Despues y sin dejar de bombear, me giró y me puso boca arriba. Me agarró las piernas y me las subió hasta sus hombros, dejándome totalmente expuesta. En esa posición, la verga le entraba derecha, sin obstáculos. Yo veía su cara de actor porno: sudoroso, con las venas del cuello saltadas y los ojos fijos en cómo su cuerpo desaparecía dentro del mío. Sentía que me partía a la mitad, pero era un placer que me quemaba las entrañas. Cada vez que bajaba, sentía el roce de su vello púbico contra mi clítoris, electrizándome.

Asi estuvo hasta despues que para terminar de rematarme, me puso boca abajo pero me obligó a mantener la cadera arriba, apoyada solo en mis pechos. Entró por detrás con un ángulo que me hacía ver estrellas. Yo sentía que mi vagina ya no podía más, estaba ardiendo, ensanchada por completo por ese fierro caliente que no se cansaba. Caro, la empleada perfecta, ya no existía; solo era una mujer recibiendo las embestidas de un hombre de 1.80 que sabía exactamente cómo dominarla.



Sergio no paró, era una máquina. Me sentía totalmente poseída, llena, con cada rincón de mi interior vibrando bajo el ritmo de ese señor que, bajo el pretexto de ver a un "proveedor", me estaba dando la mejor cogida de mi vida.
Pero aunque yo creia que iba a terminar pronto Sergio no tenía ninguna intención de parar. Parecía que esos meses de aguantarse las ganas frente al mostrador le habían dado una energía de chamaco, pero con la fuerza y el aguante de un hombre maduro.
Siguió embistiendo con un ritmo brutal, sin perder la potencia. Yo ya no sabía ni en qué posición estaba; solo sentía ese fierro entrando y saliendo de mi vagina, que a esas alturas ya estaba totalmente dilatada y ardiendo de puro placer. Sergio me agarraba de las caderas y de vez en cuando me daba una nalgada con tanta fuerza que sabía que mañana me iba a ver las marcas de sus dedos en mi cintura y en mis pompis al ser blanca se me marca mucho la piel.
—¡Sergio, ya... ya no puedo más! —le gritaba yo, con el pelo todo revuelto sobre la almohada y la respiración hecha un desastre.
Él no decía nada, solo soltaba unos gruñidos profundos que le salían desde el pecho. Me cambió de posición una última vez, regresándome al misionero pero jalándome las piernas hacia su pecho para entrarme hasta el fondo. Cada estocada era como un golpe eléctrico que me recorría la columna.
Finalmente, sentí cómo su cuerpo se tensaba al máximo. Sergio dio tres embestidas finales, lentas y pesadas, enterrándose en mí con todo lo que tenía mientras soltaba un rugido que retumbó en las paredes del cuarto. Se quedó ahí, clavado en mi interior, temblando mientras se venía con una fuerza que sentí vibrar dentro de mis propias entrañas.
Cuando por fin se dejó caer a un lado, yo me quedé exhausta, con el cuerpo flojo y la mirada perdida en el techo. No podía ni mover un dedo. Giré la cabeza un poco y me quedé embobada viéndolo sudado con la verga aún dura mientras yo con las piernas abiertas mientras su semen dentro de mi escurriendo poco a poco hacia el exterior.
Sergio estaba bañado en sudor. El brillo del sudor hacía que su piel se viera todavía más morena y ruda. Lo que más me hipnotizó fue ver cómo todo ese vello oscuro de su pecho y su abdomen estaba empapado, pegado a su piel y peinado hacia abajo por el sudor y el roce de nuestros cuerpos. Se veía como un animal que acababa de ganar una pelea: imponente, con el pecho subiendo y bajando por el cansancio, y esa masculinidad que se le desbordaba por los poros.
Me quedé ahí tirada, con el techo del motel dándome vueltas y el corazón tratando de recuperar su ritmo. Estiré la mano hacia la mesita de noche para ver mi celular: había pasado una hora completa de puro sexo salvaje. No podía creerlo. Yo estaba acostumbrada a los chavos de mi edad que a los quince minutos ya estaban pidiendo esquina, pero Sergio, con sus años, me había dado una cátedra de aguante que me dejó el cuerpo molido.
Yo de ahi pensé que ya habíamos terminado, pero Sergio todavía tenía fuego en la mirada. Se acercó a mí, me tomó de la nuca y me plantó un beso con sabor a nosotros, un beso largo y profundo que me volvió a encender la sangre. Sus manos grandes recorrieron mis curvas, bajando por mi cintura hasta mis muslos, que todavía temblaban.
—¿Crees que con una hora tengo suficiente de ti, flaca? Si por mi fuera te prelaba y te hacía mi mujer para cogerte diario perra—me susurró al oído con esa voz ronca que me ponía a vibrar hasta el alma.
Se sentó en la orilla de la cama y me hizo una seña con la cabeza. Su verga, esa bestia , ya estaba recuperando terreno, poniéndose tiesa y venosa otra vez, brillando por la humedad de mis fluidos y su semen. Se veía impresionante, rodeada de sus huevos grandes y ese vello espeso que bajaba por sus piernas.
—Ven aquí —me ordenó con esa seguridad de jefe que tanto me prendía—.chúpamela otra vez. Quiero sentir esa boquita tuya sin que nadie nos interrumpa. Tenemos todo el tiempo del mundo antes de ir con el proveedor.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me deslicé por el colchón hasta quedar frente a él. Verlo ahí sentado, dominando la cama y esa mirada de hambre, me hizo olvidar el cansancio. Me agarré de sus muslos fuertes y velludos, y me entregué de nuevo a él, sabiendo que el "viaje de negocios" apenas estaba empezando su segunda ronda.
Incluso Sergio se puso de pie sobre el colchón, aprovechando su estatura para quedar todavía más imponente. Estando yo arrodillada frente a él, me sentía diminuta, pero con una conexión total hacia su cuerpo. Verlo desde ese ángulo era impresionante: sus piernas fuertes y velludas, sus huevos grandes colgando y esa vergota rosando mis labios.
—Dale, flaca... que no se te olvide quién es el que manda aquí —me dijo, agarrándose de la cabecera de la cama para mantener el equilibrio mientras yo me entregaba a su entrepierna con un hambre renovada.
Me puse a trabajar con la lengua, recorriendo cada vena marcada y rodeando la base con mis manos, sintiendo el calor que emanaba de su piel sudada. Sergio soltaba unos gruñidos que parecían rugidos, enterrando sus dedos en mi pelo y apretando la mandíbula mientras veía desde arriba cómo mi boca desaparecía en su grosor. La imagen de ese hombre mayor, firme, velludo y poderoso, siendo dominado por mi lengua, me dio un subidón de adrenalina.


Pero de repente, la sumisión ya no me bastó. Quería sentirlo dentro de nuevo, pero esta vez bajo mis reglas.
Lo agarré de los muslos y, con un movimiento decidido, lo empujé hacia atrás. Sergio, sorprendido por mi fuerza, cayó de espaldas sobre las almohadas, soltando una carcajada ronca que se convirtió en un gemido cuando me monté sobre él.
—Ahora mando yo, Sergio —le susurré, mientras me subía encima de él.
Me acomodé encima de él, sintiendo la punta de su verga buscando mi entrada. Me hundí lentamente, sintiendo cómo cada centímetro me iban abriendo y llenando mi chepa por completo hasta que nuestras pelvis chocaron. El contacto de mi piel suave contra su abdomen velludo y sudado fue una explosión.
Comencé a cabalgarlo con fuerza, apoyando mis manos en su pecho ancho para darme impulso. Mis curvas subían y bajaban rítmicamente, y yo podía ver desde arriba cómo sus pectorales se tensaban con cada uno de mis movimientos. Sergio me agarro de las caderas, ayudándome a bajar con más fuerza, mientras sus ojos se clavaban en los míos con una mezcla de orgullo y deseo puro.

—¡Eso, Caro! ¡Así, carajo! —gruñía él, mientras yo le demostraba que la "joven" de la pinturería sabía perfectamente cómo domar a un hombre de su tamaño.
Justo cuando sentía que mis piernas ya no daban más de tanto cabalgarlo y que estaba a punto de llegar al límite, Sergio soltó un gruñido autoritario y me agarró con fuerza de la cintura, deteniendo mi movimiento en seco.
—Ya estuvo bueno de juegos, flaca... me toca terminar esto —dijo con la voz entrecortada por el esfuerzo.
Con una agilidad que no parecía de un hombre de su edad, me giró en un movimiento rápido y me puso vuela boca abajo contra el colchón, con la cadera lo más alto posible,
hundiendo mi pecho en las sábanas. Desde ahí, sentí cómo se acomodaba detrás de mí; el calor de su cuerpo de 1.80 me cubrió por completo como una sombra pesada.
Sin previo aviso, Sergio se enterró en mí de un solo golpe profundo.
—¡Ay, Sergio! —el grito se me ahogó contra la almohada.
Esa vergota entró en un ángulo que me hizo sentir que me tocaba el alma. Empezó a dar estocadas rápidas y secas, sin piedad, mientras me agarraba del pelo con una mano para mantenerme en el lugar y con la otra me apretaba una pompi con una fuerza que me dejaba marcada. Yo sentía el golpeteo rítmico de sus huevos grandes contra mis muslos y el roce del vello de sus piernas contra las mías, una sensación tan ruda y masculina que me hizo perder el sentido de dónde estábamos.
Él no decía nada, solo se escuchaba su respiración pesada y el sonido de nuestros cuerpos chocando. Yo sentía que mi chepa iba a estallar; estaba tan llena, tan estirada por su grosor, que cada embestida me hacía ver chispas de colores detrás de mis párpados cerrados.
—¡Ya... ya corro, Caro! —rugió él, y sentí cómo sus manos se clavaban en mis caderas mientras daba sus últimos empujones brutales, enterrándose hasta donde ya no había más espacio.
Hasta que se quedó ahí, vibrando contra mí, mientras sentía el espasmo de su clímax recorriéndonos a los dos. Yo me desplomé totalmente sobre la cama, sin fuerzas ni para respirar, sintiendo cómo el calor de su cuerpo sudado me envolvía y lo caliente de su semen me llenaba.
Nos quedamos en silencio unos minutos, solo escuchando el zumbido del aire acondicionado. Sergio se separó lentamente, se limpió el semen y me dio un beso tierno en la espalda antes de levantarse.
—Órale, flaca. Hay que bañarse rápido, que el proveedor nos espera en media hora y no queremos que Lili empiece a preguntar por qué tardamos tanto —dijo, recuperando ese tono de jefe, aunque su mirada todavía brillaba con el recuerdo de lo que acabábamos de hacer.
Me levanté como pude, sintiendo las piernas como gelatina y un "caminar de pato" que me iba a delatar si no me esforzaba por disimular. Me vi en el espejo del baño: tenía el pelo hecho un desastre, los labios hinchados y una sonrisa de satisfacción que ni con todo el maquillaje del mundo iba a poder esconder.
El trayecto a la oficina del proveedor fue un martirio silencioso. Yo iba en el asiento del copiloto de la camioneta, tratando de acomodarme, pero cada vez que el cuerpo se me hundía en el asiento, sentía un recordatorio físico de Sergio. Mi vagina estaba sensible, palpitando por las embestidas de ese fierro, y sentía un calorcito líquido que me recordaba que, aunque nos habíamos limpiado, mi cuerpo seguía reaccionando a él.
Sergio, en cambio, manejaba como si nada. Se había puesto una camisa limpia que traía en la parte de atrás, se había peinado con agua y venía con el aire acondicionado a todo lo que daba. Se veía impecable, un hombre de negocios de 1.80 serio y formal, pero yo sabía que debajo de ese pantalón de vestir, sus piernas velludas todavía debían de estar calientes por mi esfuerzo al cabalgarlo.
—Llegamos, Caro. Bájate con calma y no pongas esa cara de que te sacaste la lotería —me dijo con una sonrisita burlona antes de apagar el motor.
—¡Es que no puedo ni caminar bien, Sergio! Me dejaste desarmada y muy adolorida jajaja—le susurré, fulminándolo con la mirada, tremenda vergota y cogidota que me diste.
Entramos a la oficina del proveedor, un señor ya grande llamado Don Mario. Sergio saludó con un apretón de manos firme, como el jefe dominante que es, y yo tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para caminar derecha, controlando ese "pasito de pato" que sentía que me delataba a cada segundo.
—Mucho gusto, Don Mario. Ella es Caro, mi mano derecha en la bodega —me presentó Sergio con una seriedad que casi me hace soltar una carcajada.
Nos sentamos en unas sillas de madera frente al escritorio de Don Mario. Al sentarme, solté un respingo casi imperceptible; la superficie era dura y mis músculos protestaron de inmediato. Sergio, que estaba sentado a mi lado, estiró la pierna por debajo del escritorio y rozó mi rodilla con la suya, presionando un poco, como burlándose de mi incomodidad.
Pasamos la siguiente hora revisando catálogos de lacas y solventes. Yo trataba de concentrarme, pero solo podía pensar en que hace apenas cuarenta minutos tenía a ese hombre enterrado en mí vagina y hasta el fondo, gruñendo mi nombre. Cada vez que Don Mario explicaba algo técnico,
Sergio asentía con mucha propiedad, pero de vez en cuando me lanzaba una mirada de reojo que me hacía hervir la sangre.
—¿Te pasa algo, muchacha? Te ves un poco colorada, ¿no tendrás fiebre? —me preguntó Don Mario, notando mi cara encendida.
—No, no... es que el sol de la carretera está fuerte, Don Mario —mentí, mientras sentía cómo Sergio contenía la risa a mi lado.
Salimos de ahí con las muestras, y en cuanto cerramos la puerta del edificio y llegamos a la camioneta, me solté del brazo de Sergio.
—¡Casi me muero de los nervios! Sentía que Don Mario me veía el letrero de "recién cogida" en la frente —le reclamé, subiéndome al asiento.
—Tranquila, flaca. Lo hiciste muy bien. Ahora vámonos a la pinturería, que Lili ya debe estar esperándonos para cerrar.
A partir de ese "viaje de negocios", la pinturería se convirtió en nuestro patio de juegos privado. La tensión que antes nos quemaba ahora era una llama abierta que alimentábamos a diario. Lo mejor —y lo más peligroso— era que nos habíamos vuelto unos expertos en la doble vida: frente a los chalanas y a Lili, éramos el jefe serio y la empleada eficiente; pero en cuanto la cortina metálica caía, el local se transformaba.
Se volvió una rutina deliciosa. A veces, a media tarde, cuando el calor estaba más fuerte y los chalanas se iban a la parte de atrás a cargar los camiones, yo entraba a la oficina de Sergio "a que me firmara unas facturas". Me cerraba la puerta por dentro y, sin decir ni una palabra, me hincaba frente a él. Le bajaba el cierre y sacaba esa verga que ya conocía de memoria. Se la chupaba con una desesperación que lo hacía gruñir bajito, cuidando que sus ruidos no pasaran de la puerta de madera, mientras él me acariciaba el pelo y me decía: "Eres una diabla, Caro".
Otras veces, eran encuentros rápidos en el pasillo de los esmaltes, donde nos besábamos hasta quedarnos sin aliento, con él apretándome contra los estantes de metal y sus manos grandes perdiéndose debajo de mi falda.
Pero lo más intenso eran los cierres de local. Cuando ya no quedaba nadie, Sergio me llevaba a su oficina, me sentaba en su escritorio de madera y me hacía el amor ahí mismo, rodeados de papeles y catálogos de colores. Eran encuentros esporádicos pero salvajes. A veces era un misionero rápido porque "Lili ya venía en camino", y otras veces él se tomaba el tiempo de ponerme en cuatro sobre el escritorio, agarrándome de las caderas y dándome esas embestidas profundas que me hacían vibrar la chepa.
Me encantaba verlo así: con su camisa de trabajo medio desabotonada, el sudor brillando en su pecho velludo y esa mirada de hombre maduro que me decía que, sin importar quién entrara, en ese momento yo era su única dueña. Se volvió una adicción; el riesgo de que nos pescaran, el olor a solvente mezclado con el nuestro y la maestría con la que él me manejaba el cuerpo, me tenían completamente perdida.
Incluso aprendimos a comunicarnos con la mirada. Si él me veía desde su oficina y se tocaba el cinturón, yo ya sabía que en diez minutos tenía que inventar una excusa para entrar. Nos volvimos cómplices de un secreto que nos hacía caminar con una electricidad que solo nosotros entendíamos.
Pero la bomba estalló una tarde de un jueves, de la manera más inesperada. Sergio había salido a supervisar una obra y yo me quedé en el mostrador cuadrando la caja. Lili llegó con dos refrescos, se sentó en el banquito de madera junto a mí y suspiró tan fuerte que me hizo saltar el corazón.
Continúa....
0 comentarios - El papá de mi amiga 4