Una historia cuando empecé a laburar. 100 por ciento real como todas
Te juro que nunca pensé que iba a pasar. Soy profesor, tengo 23,, las pibas me miran, pero esto fue otra cosa. Ella se llama Silvia, 56 años, casada, dos hijos grandes, un cuerpo que te hace perder la cabeza: gordita sabrosa, tetas enormes que ni con un corpiño de los de ferretería se le disimulan, siempre con unas calzas ajustados que se le marcan las piernas gruesas y ese culo que parece un terreno en litigio. Todo arrancó una tarde de lluvia. Yo venía en bici, como siempre, con unos jogging negros bien ajustados. Ella se sienta en el fondo, cerca de la ventana. Las clases son de adultos, así que nadie jode con la disciplina. Pero yo no podía dejar de mirarle las tetas. Cada vez que se inclinaba para escribir, se le marcaban dos montañas que pedían pista. Empecé a hacerlo a propósito. Me paraba cerca de su banco, me daba vuelta para escribir en el pizarrón y sentía cómo me miraba.

Un día, mientras explicaba un tema de mierda, me acomodé la pija bien despacio, como si nada, justo cuando ella levantaba la vista. La vi tragar saliva. Se le pusieron las mejillas coloradas. Me pidió ir al baño tres veces en una hora. Pero el día que explotó todo fue un jueves. Temporal de la puta madre, no vino nadie. Solo ella. Llegó con un termo y unos mates, se sentó en el banco de adelante, el que está pegado a mi escritorio. Me ofreció uno. "Tomá profe, te va a hacer falta para el frío". Yo lo agarré, pero el mate estaba tan caliente que me quemé los dedos y se me cayó encima del pantalón, justo en la entrepierna. "¡Ay, perdón, perdón!" gritó ella, y se levantó como un resorte. Agarró unos servilletas que tenía en la cartera y se agachó para limpiarme. Pero la muy hija de puta, en vez de secar el pantalón, me apoyó la mano entera arriba de la pija. Se quedó dura. La mano ahí, temblando. Yo sentía el calor de su palma a través de la tela y se me puso como un caño. No dijo nada. No se movió. Solo me miró fijo, con esos ojos de gata asustada. Ahí perdí la cabeza. Agarré su mano y la apreté contra mí. "Mirá lo que me hiciste", le dije con la voz ronca. Y sin pensarlo dos veces, me bajé el elástico del jogging y le mostré la pija. Ahí nomás, a centímetros de su cara. Toda dura, venuda, con la cabeza colorada asomando. Ella abrió la boca. No dijo nada. "Pedime perdón", le ordené. "Y dale un besito". Se lo dije así, sin vueltas. Y ella, la muy zorra, se inclinó despacio, muy despacio, y apoyó los labios en la punta. Un beso seco, tímido. Pero después sacó la lengua y me lamió el borde. Sentí un calambre que me subió por la columna. Agarré su nuca y la empujé suave. Ella entendió. Abrió la boca y me la chupó entera. Dios mío, cómo la chupaba. Parecía una pendeja de veinte. Me la metía hasta la garganta, con unos ruidos húmedos que retumbaban en el aula vacía. Le agarraba las tetas mientras tanto, se las apretaba fuerte.

Ella gemía con la boca llena. Le saqué la leche así nomás, en la boca, y se la tragó toda sin pestañear. "Nos vamos juntos", le dije. Ella asintió. Se limpió la boca con la manga y me siguió hasta el auto como una perra sumisa. Llegamos a un descampado, cerca del río. No había nadie. Apenas estacioné, ya le estaba bajando los jogging. Tenía una concha grande, gordita, con los labios oscuros y chorreando. Me le trepé encima y se la metí sin vueltas. Ella gimió fuerte, me clavó las uñas en la espalda. Le movía la cabeza contra el asiento mientras la cogía como un perro alzado. Las tetas le rebotaban, se le salían del corpiño. Le chupé una teta mientras le metía la pija hasta el fondo. Se vino en menos de cinco minutos, me bañó la pija entera. Le di la vuelta. "A cuatro patas", le ordené. Se dio vuelta y me mostró ese culo enorme, blanco, con la concha bien abierta. Le metí un dedo en el culo, después dos. Ella se quejaba pero empujaba para atrás. Me puse detrás, apoyé la pija en el agujero y entré de una. Gritó como una loca. Le agarré las caderas y le empecé a dar fuerte, cada vez más fuerte, sintiendo cómo se le cerraba el culo alrededor de mi verga.

Le metía la mano en la concha mientras tanto, le tocaba el clítoris con los dedos mojados. Se vino otra vez, temblando, apretándome el culo como una prensa. No aguanté más. Le saqué la pija del culo, me paré detrás de ella y le empecé a mear la leche en el pelo. Chorros largos, espesos, que le corrían por la nuca, por la espalda. Ella se quedó quieta, respirando hondo, con la cara apoyada en el asiento. Después nos vestimos en silencio. No hablamos del tema. Pero al otro día, cuando entré al aula, ella ya estaba sentada en el fondo. Me miró. Se tocó el pelo. Y sonrió.
Te juro que nunca pensé que iba a pasar. Soy profesor, tengo 23,, las pibas me miran, pero esto fue otra cosa. Ella se llama Silvia, 56 años, casada, dos hijos grandes, un cuerpo que te hace perder la cabeza: gordita sabrosa, tetas enormes que ni con un corpiño de los de ferretería se le disimulan, siempre con unas calzas ajustados que se le marcan las piernas gruesas y ese culo que parece un terreno en litigio. Todo arrancó una tarde de lluvia. Yo venía en bici, como siempre, con unos jogging negros bien ajustados. Ella se sienta en el fondo, cerca de la ventana. Las clases son de adultos, así que nadie jode con la disciplina. Pero yo no podía dejar de mirarle las tetas. Cada vez que se inclinaba para escribir, se le marcaban dos montañas que pedían pista. Empecé a hacerlo a propósito. Me paraba cerca de su banco, me daba vuelta para escribir en el pizarrón y sentía cómo me miraba.

Un día, mientras explicaba un tema de mierda, me acomodé la pija bien despacio, como si nada, justo cuando ella levantaba la vista. La vi tragar saliva. Se le pusieron las mejillas coloradas. Me pidió ir al baño tres veces en una hora. Pero el día que explotó todo fue un jueves. Temporal de la puta madre, no vino nadie. Solo ella. Llegó con un termo y unos mates, se sentó en el banco de adelante, el que está pegado a mi escritorio. Me ofreció uno. "Tomá profe, te va a hacer falta para el frío". Yo lo agarré, pero el mate estaba tan caliente que me quemé los dedos y se me cayó encima del pantalón, justo en la entrepierna. "¡Ay, perdón, perdón!" gritó ella, y se levantó como un resorte. Agarró unos servilletas que tenía en la cartera y se agachó para limpiarme. Pero la muy hija de puta, en vez de secar el pantalón, me apoyó la mano entera arriba de la pija. Se quedó dura. La mano ahí, temblando. Yo sentía el calor de su palma a través de la tela y se me puso como un caño. No dijo nada. No se movió. Solo me miró fijo, con esos ojos de gata asustada. Ahí perdí la cabeza. Agarré su mano y la apreté contra mí. "Mirá lo que me hiciste", le dije con la voz ronca. Y sin pensarlo dos veces, me bajé el elástico del jogging y le mostré la pija. Ahí nomás, a centímetros de su cara. Toda dura, venuda, con la cabeza colorada asomando. Ella abrió la boca. No dijo nada. "Pedime perdón", le ordené. "Y dale un besito". Se lo dije así, sin vueltas. Y ella, la muy zorra, se inclinó despacio, muy despacio, y apoyó los labios en la punta. Un beso seco, tímido. Pero después sacó la lengua y me lamió el borde. Sentí un calambre que me subió por la columna. Agarré su nuca y la empujé suave. Ella entendió. Abrió la boca y me la chupó entera. Dios mío, cómo la chupaba. Parecía una pendeja de veinte. Me la metía hasta la garganta, con unos ruidos húmedos que retumbaban en el aula vacía. Le agarraba las tetas mientras tanto, se las apretaba fuerte.

Ella gemía con la boca llena. Le saqué la leche así nomás, en la boca, y se la tragó toda sin pestañear. "Nos vamos juntos", le dije. Ella asintió. Se limpió la boca con la manga y me siguió hasta el auto como una perra sumisa. Llegamos a un descampado, cerca del río. No había nadie. Apenas estacioné, ya le estaba bajando los jogging. Tenía una concha grande, gordita, con los labios oscuros y chorreando. Me le trepé encima y se la metí sin vueltas. Ella gimió fuerte, me clavó las uñas en la espalda. Le movía la cabeza contra el asiento mientras la cogía como un perro alzado. Las tetas le rebotaban, se le salían del corpiño. Le chupé una teta mientras le metía la pija hasta el fondo. Se vino en menos de cinco minutos, me bañó la pija entera. Le di la vuelta. "A cuatro patas", le ordené. Se dio vuelta y me mostró ese culo enorme, blanco, con la concha bien abierta. Le metí un dedo en el culo, después dos. Ella se quejaba pero empujaba para atrás. Me puse detrás, apoyé la pija en el agujero y entré de una. Gritó como una loca. Le agarré las caderas y le empecé a dar fuerte, cada vez más fuerte, sintiendo cómo se le cerraba el culo alrededor de mi verga.

Le metía la mano en la concha mientras tanto, le tocaba el clítoris con los dedos mojados. Se vino otra vez, temblando, apretándome el culo como una prensa. No aguanté más. Le saqué la pija del culo, me paré detrás de ella y le empecé a mear la leche en el pelo. Chorros largos, espesos, que le corrían por la nuca, por la espalda. Ella se quedó quieta, respirando hondo, con la cara apoyada en el asiento. Después nos vestimos en silencio. No hablamos del tema. Pero al otro día, cuando entré al aula, ella ya estaba sentada en el fondo. Me miró. Se tocó el pelo. Y sonrió.
0 comentarios - Mi vieja alumna de Fines