La luz de la pantalla del teléfono de Juan iluminó la habitación con un brillo frío y clínico mientras la cámara de video comenzaba a capturar la escena. Su miembro, aún erecto y reluciente por la mezcla de fluidos, se mecía pesadamente con cada paso que dio hacia la silla donde Penélope se desmoronaba. El aire olía a sexo salado y a lágrimas. Juan extendió el brazo, enfocando el objetivo directamente al rostro descompuesto de su esposa, y con la mano libre, se aferró a un puñado de cabello de Penélope, tirando de la cabeza hacia atrás con un movimiento brusco que le arrancó un grito ahogado.
—Mira, puta —gruñó Juan, acercando su boca a la oreja de ella mientras forzaba su rostro hacia la cama, donde Yasmin yacía con las piernas abiertas, el semen de Juan comenzando a brotar lentamente de su vagina hinchada y roja—. Limpia eso. Lame toda mi leche de la piel de la hija de Mario.
Penélope gimió, una mezcla de vergüenza y un deseo enfermizo que le revolvió el estómago. Sin resistencia, permitió que él la guiara, arrastrándola del sillón hasta el borde del colchón. El aroma era embriagador, denso. Penélope extendió la lengua, temblando, y acercó su boca a los muslos de Yasmin. El primer contacto fue eléctrico; su lengua húmeda recolectó el líquido espeso y blanco que se deslizaba por la piel suave y bronceada de la joven. Sabía salado, a él, a la traición hecha carne. Juan no se detuvo ahí; mientras Penélope obedecía, él subió a la cama y posicionó su erección, aún goteando, frente a los labios de Yasmin.
—Ábrela, zorra —ordenó Juan, y Yasmin, con los ojos vidriosos y medio cerrados, aceptó el miembro en su boca.
El sonido de la garganta de Yasmin siendo llenada se mezcló con los sonidos de succión húmedos de Penélope lamiendo con avidez el interior de los muslos de la joven, buscando cada rastro del eyaculado que escapaba de la concha recién usada. Juan filmaba todo, el ángulo capturando a su esposa degradada lamiendo el semen de otra mujer mientras él se hundía en la boca de esa misma mujer. La ironía no se perdía en nadie.
—Ahora —dijo Juan, retirando su pene de la boca de Yasmin con un chasquido audible y agarrando a Penélope de la nuca para subirla—. Bésense. Quiero ver cómo comparten mi sabor.
Juntó sus rostros. Penélope, con los labios brillantes y el mentón manchado, se encontró con los de Yasmin. El beso fue sucio, torpe, cargado de la textura viscosa del semen de Juan que pasaba de una boca a otra. Sus lenguas se enredaron, intercambiando el fluido, y el sonido de sus labios chocando llenó la habitación. Juan observaba, grabando cada segundo, sintiendo cómo su erección palpitaba con nueva fuerza ante el espectáculo de sumisión absoluta.
—Basta —gruñó Juan, empujando a Penélope a un lado. Giró a Yasmin con brusquedad, colocándola a cuatro patas sobre el colchón deshecho. La joven se apoyó en sus antebrazos, arqueando la espalda y presentando su trasero y su concha abierta, todavía húmeda y brillante—. Tú, Penélope, ponte debajo. Lámela el clítoris mientras yo la rompo.
Penélope se deslizó por el colchón, colocando la cabeza justo debajo de la pelvis de Yasmin. Desde esa posición, tenía una vista de primer fila del miembro de Juan, que se alineaba una vez más con la entrada de la joven. Juan no esperó. Con un golpe seco de caderas, se hundió hasta el fondo, provocando que Yasmin chillara y se empujara hacia abajo, aplastando su sexo contra la cara de Penélope.
—¡Lame! —gritó Juan, comenzando un ritmo brutal, sin compasión—. Hazla venir mientras yo la lleno.
Penélope, con la respiración cortada por el peso de Yasmin sobre ella, comenzó a trabajar con la lengua. Encontró el botón sensible de Yasmin y lo chupó rítmicamente, sintiendo cómo el vaivén del cuerpo de la joven, impulsado por los embates de Juan, la frotaba contra su boca. Mientras hacía esto, la mano de Penélope bajó instintivamente entre sus propias piernas, levantándose las faldas del vestido que aún llevaba puesto, y se introdujo los dedos con desesperación, mojada al instante.
El sonido de la piel golpeando contra la piel era ensordecedor, un golpe seco y húmedo que marcaba el tempo. Yasmin gemía incoherencias, atrapada entre el pene que la taladraba desde atrás y la lengua experta de Penélope abajo.
—Por favor... Juan... —sollozó Penélope, apartando la boca por un segundo para mirar a su esposo con ojos suplicantes, la mano moviéndose frenéticamente en su propia concha—. Cógeme a mí... por favor, necesito que me metas esa verga...
Juan se detuvo un momento, manteniéndose hundido dentro de Yasmin, y miró a su esposa con desdén.
—¿Tú? —rió secamente, sin dejar de grabar—. Tú no te mereces esta verga ahora mismo. Si quieres placer, sácatelo tú misma. Acaba de tocarte mientras veas cómo una verdadera hembra sabe recibirme.
La humillación golpeó a Penélope como un látigo, pero en lugar de retirarse, su mano se movió más rápido, sus dedos frotando su clítoris con violencia, aceptando su rol de espectadora forzada. Juan retomó el embate, más fuerte esta vez, haciendo temblar todo el marco de la cama.
Después de varios minutos de este castigo, Juan se retiró de Yasmin con un movimiento brusco, dejando a la joven jadeando en el colchón. La giró sobre su espalda, colocándola boca arriba frente a él. Yasmin abrió las piernas automáticamente, invitándolo de nuevo, pero Juan tenía otros planes. Se acercó a Penélope, que aún se masturbaba en el suelo, y le señaló que se acercara.
—Súbete al borde de la cama, Penélope. Saca esas tetas —ordenó.
Penélope se incorporó, temblando, y bajó el escote de su vestido, liberando sus senos grandes y pesados. Los pezones estaban duros, erizados por el aire frío y la excitación. Juan se colocó de pie sobre el colchón, mirando hacia abajo, y comenzó a masturbarse furiosamente, apuntando directamente al pecho de su esposa. Yasmin, recuperándose al lado, observaba con ojos vidriosos.
—¡Mírame! —gritó Juan—. ¡Tómate todo!
Con un rugido gutural, Juan alcanzó el clímax. El primer chorro de semen salió con fuerza, aterrizando en forma de línea blanca sobre el cuello y el seno izquierdo de Penélope. El segundo y el tercer disparo cubrieron sus mamas, bañando su piel pálida en una capa caliente y pegajosa. Penélope gimió al sentir el calor, sus manos extendiéndose para masajear el fluido sobre sus propios pezones.
—Ahora tú —dijo Juan, señalando a Yasmin—. Ven aquí y límpiala. Quiero ver cómo te bebes todo mi semen de las tetas de mi esposa.
Yasmin se arrastró hacia Penélope. Bajó la cabeza y comenzó a lamer la piel de la mujer mayor, su lengua recolectando los charcos blancos que se acumulaban en el escote y los pezones. Penélope arqueó la espalda, empujando su pecho hacia la boca de la joven, la sensación de la lengua áspera y húmeda sobre sus senos hiper-sensibles enviando sacudidas eléctricas directamente a su entrepierna.
—Sí... así... —susurró Penélope, sus manos entrelazándose en el cabello de Yasmin, presionándola más contra su piel.
La vista de la hija de Mario lamiendo el semen de su esposa fue suficiente para que Juan se mantuviera semierecto, filmando el desenlace. Yasmin chasqueó los labios, limpiando cada centímetro, tragando la carga con avidez. Cuando la lengua de Yasmin pasó con demasiada fuerza sobre un pezón endurecido y saturado de fluido, Penélope soltó un grito agudo. Su cuerpo se tensó como un arco, los dedos de sus pies se rizaron y una explosión de calor recorrió su cuerpo desde el clítoris hasta la coronilla. El orgasmo la arrasó, brutal e incontrolable, haciéndola temblar violentamente mientras Yasmin continuaba lamiendo, ignorando los espasmos, sumisa hasta el final. Juan solo sonrió, enfocando el zoom en el rostro de placer torturado de su esposa, satisfecho de que la lección había quedado grabada para siempre.
—Mira, puta —gruñó Juan, acercando su boca a la oreja de ella mientras forzaba su rostro hacia la cama, donde Yasmin yacía con las piernas abiertas, el semen de Juan comenzando a brotar lentamente de su vagina hinchada y roja—. Limpia eso. Lame toda mi leche de la piel de la hija de Mario.
Penélope gimió, una mezcla de vergüenza y un deseo enfermizo que le revolvió el estómago. Sin resistencia, permitió que él la guiara, arrastrándola del sillón hasta el borde del colchón. El aroma era embriagador, denso. Penélope extendió la lengua, temblando, y acercó su boca a los muslos de Yasmin. El primer contacto fue eléctrico; su lengua húmeda recolectó el líquido espeso y blanco que se deslizaba por la piel suave y bronceada de la joven. Sabía salado, a él, a la traición hecha carne. Juan no se detuvo ahí; mientras Penélope obedecía, él subió a la cama y posicionó su erección, aún goteando, frente a los labios de Yasmin.
—Ábrela, zorra —ordenó Juan, y Yasmin, con los ojos vidriosos y medio cerrados, aceptó el miembro en su boca.
El sonido de la garganta de Yasmin siendo llenada se mezcló con los sonidos de succión húmedos de Penélope lamiendo con avidez el interior de los muslos de la joven, buscando cada rastro del eyaculado que escapaba de la concha recién usada. Juan filmaba todo, el ángulo capturando a su esposa degradada lamiendo el semen de otra mujer mientras él se hundía en la boca de esa misma mujer. La ironía no se perdía en nadie.
—Ahora —dijo Juan, retirando su pene de la boca de Yasmin con un chasquido audible y agarrando a Penélope de la nuca para subirla—. Bésense. Quiero ver cómo comparten mi sabor.
Juntó sus rostros. Penélope, con los labios brillantes y el mentón manchado, se encontró con los de Yasmin. El beso fue sucio, torpe, cargado de la textura viscosa del semen de Juan que pasaba de una boca a otra. Sus lenguas se enredaron, intercambiando el fluido, y el sonido de sus labios chocando llenó la habitación. Juan observaba, grabando cada segundo, sintiendo cómo su erección palpitaba con nueva fuerza ante el espectáculo de sumisión absoluta.
—Basta —gruñó Juan, empujando a Penélope a un lado. Giró a Yasmin con brusquedad, colocándola a cuatro patas sobre el colchón deshecho. La joven se apoyó en sus antebrazos, arqueando la espalda y presentando su trasero y su concha abierta, todavía húmeda y brillante—. Tú, Penélope, ponte debajo. Lámela el clítoris mientras yo la rompo.
Penélope se deslizó por el colchón, colocando la cabeza justo debajo de la pelvis de Yasmin. Desde esa posición, tenía una vista de primer fila del miembro de Juan, que se alineaba una vez más con la entrada de la joven. Juan no esperó. Con un golpe seco de caderas, se hundió hasta el fondo, provocando que Yasmin chillara y se empujara hacia abajo, aplastando su sexo contra la cara de Penélope.
—¡Lame! —gritó Juan, comenzando un ritmo brutal, sin compasión—. Hazla venir mientras yo la lleno.
Penélope, con la respiración cortada por el peso de Yasmin sobre ella, comenzó a trabajar con la lengua. Encontró el botón sensible de Yasmin y lo chupó rítmicamente, sintiendo cómo el vaivén del cuerpo de la joven, impulsado por los embates de Juan, la frotaba contra su boca. Mientras hacía esto, la mano de Penélope bajó instintivamente entre sus propias piernas, levantándose las faldas del vestido que aún llevaba puesto, y se introdujo los dedos con desesperación, mojada al instante.
El sonido de la piel golpeando contra la piel era ensordecedor, un golpe seco y húmedo que marcaba el tempo. Yasmin gemía incoherencias, atrapada entre el pene que la taladraba desde atrás y la lengua experta de Penélope abajo.
—Por favor... Juan... —sollozó Penélope, apartando la boca por un segundo para mirar a su esposo con ojos suplicantes, la mano moviéndose frenéticamente en su propia concha—. Cógeme a mí... por favor, necesito que me metas esa verga...
Juan se detuvo un momento, manteniéndose hundido dentro de Yasmin, y miró a su esposa con desdén.
—¿Tú? —rió secamente, sin dejar de grabar—. Tú no te mereces esta verga ahora mismo. Si quieres placer, sácatelo tú misma. Acaba de tocarte mientras veas cómo una verdadera hembra sabe recibirme.
La humillación golpeó a Penélope como un látigo, pero en lugar de retirarse, su mano se movió más rápido, sus dedos frotando su clítoris con violencia, aceptando su rol de espectadora forzada. Juan retomó el embate, más fuerte esta vez, haciendo temblar todo el marco de la cama.
Después de varios minutos de este castigo, Juan se retiró de Yasmin con un movimiento brusco, dejando a la joven jadeando en el colchón. La giró sobre su espalda, colocándola boca arriba frente a él. Yasmin abrió las piernas automáticamente, invitándolo de nuevo, pero Juan tenía otros planes. Se acercó a Penélope, que aún se masturbaba en el suelo, y le señaló que se acercara.
—Súbete al borde de la cama, Penélope. Saca esas tetas —ordenó.
Penélope se incorporó, temblando, y bajó el escote de su vestido, liberando sus senos grandes y pesados. Los pezones estaban duros, erizados por el aire frío y la excitación. Juan se colocó de pie sobre el colchón, mirando hacia abajo, y comenzó a masturbarse furiosamente, apuntando directamente al pecho de su esposa. Yasmin, recuperándose al lado, observaba con ojos vidriosos.
—¡Mírame! —gritó Juan—. ¡Tómate todo!
Con un rugido gutural, Juan alcanzó el clímax. El primer chorro de semen salió con fuerza, aterrizando en forma de línea blanca sobre el cuello y el seno izquierdo de Penélope. El segundo y el tercer disparo cubrieron sus mamas, bañando su piel pálida en una capa caliente y pegajosa. Penélope gimió al sentir el calor, sus manos extendiéndose para masajear el fluido sobre sus propios pezones.
—Ahora tú —dijo Juan, señalando a Yasmin—. Ven aquí y límpiala. Quiero ver cómo te bebes todo mi semen de las tetas de mi esposa.
Yasmin se arrastró hacia Penélope. Bajó la cabeza y comenzó a lamer la piel de la mujer mayor, su lengua recolectando los charcos blancos que se acumulaban en el escote y los pezones. Penélope arqueó la espalda, empujando su pecho hacia la boca de la joven, la sensación de la lengua áspera y húmeda sobre sus senos hiper-sensibles enviando sacudidas eléctricas directamente a su entrepierna.
—Sí... así... —susurró Penélope, sus manos entrelazándose en el cabello de Yasmin, presionándola más contra su piel.
La vista de la hija de Mario lamiendo el semen de su esposa fue suficiente para que Juan se mantuviera semierecto, filmando el desenlace. Yasmin chasqueó los labios, limpiando cada centímetro, tragando la carga con avidez. Cuando la lengua de Yasmin pasó con demasiada fuerza sobre un pezón endurecido y saturado de fluido, Penélope soltó un grito agudo. Su cuerpo se tensó como un arco, los dedos de sus pies se rizaron y una explosión de calor recorrió su cuerpo desde el clítoris hasta la coronilla. El orgasmo la arrasó, brutal e incontrolable, haciéndola temblar violentamente mientras Yasmin continuaba lamiendo, ignorando los espasmos, sumisa hasta el final. Juan solo sonrió, enfocando el zoom en el rostro de placer torturado de su esposa, satisfecho de que la lección había quedado grabada para siempre.
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