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El viejo encargado, Parte 8: La ira de Mario

La luz de la pantalla del teléfono de Juan fue lo único que iluminó el rostro de Penélope por un segundo más antes de él pulsar el botón de detener la grabación. El vídeo se guardó con un chasquido digital, un sonido seco que resonó en el silencio pesado de la habitación. Yasmin, todavía arrodillada al borde de la cama con el brillo de la saliva y el semen en sus labios, se levantó lentamente. Sus piernas temblaban un poco al buscar el suelo. Sin mirar a nadie a los ojos, recogió sus ropas dispersas por la alfombra, vestirse con movimientos torpes y automáticos, como una autómata saliendo de un trance.

Ninguna de las dos mujeres dijo una palabra cuando Yasmin cruzó la puerta del dormitorio y descendió las escaleras. El sonido de la puerta principal cerrándose con un golpe sordo confirmó su partida. Juan se quedó de pie junto a la cama, observando a Penélope, que yacía allí con el pecho al descubierto, todavía manchado, el aliento agitado y la mirada perdida en el techo. Una sonrisa curva, casi malévola, se dibujó en la boca de Juan. Sus dedos se movieron rápido sobre la pantalla, seleccionando el archivo que acababa de capturar: la sumisión absoluta de su esposa y la hija del conserje.

Abrió la aplicación de mensajería y encontró el contacto de Mario. El viejo encargado. Sin dudarlo, sin un atisbo de remordimiento, adjuntó el archivo pesado y pulsó enviar. La barra de progreso se llenó rápidamente y luego apareció la marca de "visto" casi de inmediato. Mario estaba despierto. Mario estaba esperando.

Juan bajó el teléfono y se sentó en el borde de la cama, junto a Penélope. Le pasó una mano por el hombro desnudo, sintiendo la piel húmeda y caliente.

—Estoy seguro que el viejo vendrá en cualquier momento —murmuró Juan, más para sí mismo que para ella.

Penélope giró la cabeza hacia él, sus ojos vidriosos intentando enfocar.

—¿Qué... qué has hecho? —susurró, su voz ronca por los gritos anteriores.

—Le he enviado un regalo —respondió Juan, acariciando el brazo de ella—. Un recordatorio de lo que es suya.

Antes de que Penélope pudiera procesar el significado de esas palabras, un estruendo ensordecedor estremeció las paredes del apartamento. No fue un golpe educado en la puerta; fue el sonido de madera astillándose y cerrojos cediendo bajo una fuerza bruta, animal. El grito de las bisagras resonó por toda la casa, seguido de pasos pesados y desordenados subiendo las escaleras con una velocidad aterradora. El suelo vibraba bajo los pies de Juan.

Penélope se incorporó de golpe, el puro instinto haciéndola cubrirse los pechos con los brazos, aunque la mancha de semen ya estaba seca en su piel. Sus ojos se abrieron como platos, el terror apoderándose de su rostro.

—Ahí está... —dijo Juan, sin moverse de la cama. Su voz no traicionaba miedo, sino una anticipación vibrante, casi sexual.

La puerta del dormitorio no tuvo tiempo de ser cerrada. Mario apareció en el marco, llenando el espacio con su masa corpulenta. El viejo encargado estaba sudoroso, la camiseta rasgada en el cuello, el pecho pesado subiendo y bajando con la furia de una locomotora a vapor. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron primero en Juan, y luego bajaron hacia Penélope. El aire en la habitación se volvió denso, cargado de una violencia eléctrica.

—¡Puta! —bramó Mario, la palabra saliendo de su garganta como un escupitajo de veneno.

No caminó hacia Juan. Ignoró al marido, al dueño de la casa, al hombre que le había enviado la prueba de su humillación. Su objetivo era ella. Cruzó la habitación en dos zancadas y agarró a Penélope por el tobillo, tirando de ella con tal violencia que ella resbaló por las sábanas de raso y cayó de espaldas al suelo con un golpe seco. El aire le salió de los pulmones en un silbido agudo.

Mario se arrodilló sobre ella, bloqueando cualquier escape. Sus manos grandes y callosas se cerraron alrededor del cuello de Penélope, no para estrangularla, sino para inmovilizarla, para marcar su territorio. El peso del viejo la aplastaba contra el suelo, oliendo a tabaco barato, sudor rancio y una ira antigua.

—¿Te gusta? —gritó Mario a centímetros de su cara, mientras una mano bajaba violentamente y desgarraba lo que quedaba del vestido de Penélope, dejando su abdomen y sus caderas expuestas—. ¿Te gusta ser una zorra para todos?

Penélope intentó empujarlo, pero sus manos eran débiles contra sus brazos macizos.

—Por favor... Mario... —gimió, lágrimas y vergüenza formándose en las comisuras de sus ojos.

—¡Cállate! —la ordenó, y luego, con una brutalidad que hizo que Juan se inclinara hacia adelante en la cama, Mario bajó la mano y le dio una bofetada tan fuerte que la cabeza de Penélope giró bruscamente hacia un lado.

La mejilla de Penélope se puso al rojo vivo al instante. Pero en medio del terror, algo cambió en su expresión. El dolor agudo se mezcló con una oleada de calor familiar, una rendición patológica que su cuerpo reconocía mejor que su mente. Mario lo vio. Vio cómo su respiración cambiaba, cómo sus musculos se relajaban involuntariamente bajo su peso.

—Mírala —gruñó Mario sin despegar los ojos de ella, hablándole a Juan pero dirigiéndose a su presa—. Mira cómo te pone esto. Eres una sucia, Penélope. Una sucia que necesita que la traten como basura.

Con movimientos torpes y urgentes, Mario desabrochó su cinturón, el metal chirriando al liberarse. Bajó el cierre de sus pantalones de trabajo y sacó su miembro, ya duro y palpitante, grueso y venoso, emergiendo de la ropa interior grisácea. No hubo preliminares. No hubo caricias. Fue un acto de posesión total.

Agarró a Penélope por las caderas y, en un movimiento brusco, levantó su pelvis del suelo. Ella gimió, una mezcla de dolor y anticipación. Mario se posicionó entre sus musculos, que se abrieron para él casi sin resistencia, y se hundió dentro de ella en una sola embestida profunda y seca.

—¡Ahhh! —El grito de Penélope llenó la habitación, cortado por el siguiente golpe de caderas de Mario.

El viejo no tuvo piedad. La folló contra el suelo con una furia desatada, cada golpe sonando como un latigazo, su piel golpeando contra la de ella con un ritmo frenético. El suelo crujía bajo ellos. Mario la cubría con su cuerpo, mordiéndole el hombro, el cuello, sus manos apretando sus senos con fuerza suficiente para dejar moretones, retorciendo los pezones como si quisiera arrancárselos.

—¡Toma! ¡Toma mi verga, puta! —bramaba Mario con cada embestida, su aliento caliente y pestilente en el oído de ella—. ¡Esto es lo que quieres! ¡Esto es lo que eres!

Juan, sentado en la cama, observaba todo con una erección dolorosa. No intervino. No se detuvo. Simplemente miró cómo su esposa era utilizada, cómo su cuerpo se adaptaba a la brutalidad de Mario, cómo sus piernas subían para rodear la cintura del viejo, clavando los talones en su espalda para empujarlo más profundo. La humillación de ver a Mario, el hombre al que solía despreciar, tomando lo que era suyo con tal autoridad, era más excitante que cualquier cosa que hubieran hecho antes.

Mario se detuvo un momento, agarrando a Penélope por la cintura y volteándola con facilidad. Ella quedó a cuatro patas, las manos apoyadas en la madera fría del suelo, temblando. Mario se colocó detrás de ella, admirando el espectáculo de su trasero pálido y marcado, y volvió a entrar, esta vez con más fuerza si cabe.

—¡Juan! —gritó Mario, mirando al marido sobre la cama con una sonrisa de dientes amarillos—. ¡Ven aquí y sostén a tu perra mientras la lleno!

Juan bajó de la cama y se acercó, arrodillándose frente a Penélope. Ella levantó la cabeza, la cara bañada en sudor y lágrimas, los labios hinchados y abiertos.

—Hazlo, Penélope —susurró Juan, acariciando su mejilla enrojecida—. Mírame mientras él te folla.

Mario comenzó a golpearla desde atrás, sacudiendo todo su cuerpo. Penélope no pudo evitarlo; el orgasmo se construyó en ella como una marea imparable, alimentado por el dolor, la vergüenza y la mirada de su esposo testigo de su degradación.

—Sí... sí... —comenzó a gemir, su voz rota—. Dámelo... por favor...

Mario rugió, un sonido gutural y profundo, y aceleró el ritmo hasta convertirse en una borrasca. Con un grito final, se clavó hasta el fondo y se quedó allí, temblando, eyaculando dentro de ella con potentes espasmos, llenándola, marcándola desde adentro. Penélope gritó, su cuerpo convulsionando bajo él, alcanzando su propio clímax violento, desmoronándose contra el suelo mientras Mario seguía bombeando su semen dentro de ella.

El viejo se quedó encima de ella un momento más, recobrando el aliento, antes de retirarse y caer sentado sobre sus talones, su miembro flácido goteando sobre la alfombra. Penélope quedó hecha un ovillo en el suelo, temblando, con el semen de Mario corriendo por sus muslos, mezclándose con el de Juan que aún permanecía en su pecho. La habitación olía a sexo, sudor y violencia absoluta. Mario miró a Juan y escupió en el suelo, entre las piernas de Penélope.

—Tu esposa —dijo el viejo, señalando el desastre de carne y fluidos en el suelo—. Pero mi puta.

Juan respondió:

—Tu hija. Mi nuevo recipiente de semen...

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