El sol del sábado apenas comenzaba a calentar la habitación cuando el timbre resonó con una autoridad que hizo temblar las piernas de Alberto. Sebastián entró sin esperar saludos, llevando en cada mano una botella de vidrio transparente de dos litros, completamente vacías y limpias, listas para ser llenadas. Sin mirar a Alberto a los ojos, empujó a Thelma hacia el dormitorio principal y ordenó a Alberto que esperara en la sala, con las manos en la espalda y la boca cerrada. El tiempo se arrastró en la sala de estar, donde el silencio solo era roto por los ecos de gemidos amortiguados y el crujido de los resortes de la cama, hasta que la voz de Sebastián gritó desde el interior, llamando al "camarógrafo".
Alberto entró con el teléfono en la mano, temblando, y se detuvo seco ante la escena. Thelma estaba de pie frente al espejo del vestidor, vestida con su viejo vestido de novia. La tela blanca, antaño impecable, ahora luchaba por contener un cuerpo que había cambiado. El aumento de peso reciente hacía que la costura del pecho chillara bajo la presión, resaltando un busto enorme y generoso que parecía a punto de escaparse por el escote. El vestido le quedaba apretado en la cintura y las caderas, marcando cada curva con una crudeza obscena, convirtiendo el símbolo de la pureza matrimonial en un traje de prostituta barata.
—Mira esto, cornudo —gruñó Sebastián, acercándose a Thelma y agarrándola por la cintura para jalarla contra su cuerpo—. Mira a esta puta tetona. ¿Te gusta verla así, de novia zorra?
Sebastián no perdió tiempo. Con un movimiento brusco, levantó las enaguas del vestido y expuso los muslos carnosos de Thelma. Ordenó a Alberto que se colocara en un ángulo perfecto, que grabara cada detalle mientras él se liberaba de su ropa. La verga de Sebastián ya estaba dura, palpitando con una vida propia, y se lanzó sobre Thelma. La penetró de frente, sin previo aviso, hundiéndose en su vagina con un golpe seco que hizo que Thelma gritara y que el vestido se tensara aún más sobre su pecho. Sebastián la trató con una brutalidad animal, llamándola "zorra", "lechera" y "puta insaciable", mientras sus manos apretaban sus senos a través de la tela fina, deformándolos.
Alberto se sentó en la esquina, el teléfono firme en una mano y la otra mano ocupada en masturbarse furiosamente, tal como le habían ordenado. No podía apartar la mirada. El fin de semana se convirtió en una borrachera de sexo y fluidos. Sebastián usó a Thelma sin piedad, alternando entre su boca, su coño y su ano, sin importar los lamentos o el dolor. Cada vez que el ritmo de Sebastián se aceleraba y su respiración se volvía un jadeo gutural, se retiraba de ella rápidamente para eyacular en el cuello de una de las botellas. El sonido del chorro de semen golpeando el plástico se mezclaba con los llantos de placer de Thelma, que parecía haber perdido toda noción de la realidad, sumida en una adicción total a la verga que la destruía.
Las horas pasaron y las botellas comenzaron a llenarse. El semen espeso y caliente se acumulaba, litro tras litro, mientras Alberto continuaba su tarea humillante, filmando cada penetración y cada carga, su mano dolorida por la fricción constante de su propia masturbación, prohibido de eyacular hasta que se lo dijeran. Thelma, con el maquillaje corrido y el vestido rasgado en varias partes, suplicaba por más, sus ojos vidriosos fijos en Sebastián, ignorando por completo a su esposo, que era ahora solo un espectador de su propia degradación.
Para el domingo por la noche, las dos botellas estaban llenas hasta el borde, el líquido blanco y denso moviéndose lentamente al ser agitado. Sebastián, con una sonrisa sádica, colocó las botellas sobre la mesita de noche, al lado de la cama donde Thelma yacía exhausta, pero con el cuerpo aun respondiendo a los estímulos. Él no había terminado. Su verga seguía erecta, lista para la sesión final.
—Es hora de la cena, recipiente de semen —dijo Sebastián, sosteniendo una botella y acercándola a los labios de Thelma—. Vamos a llenarte bien antes de darte mi última carga.
La escena final fue un espectáculo de extremidad absurda. Sebastián comenzó a follar a Thelma nuevamente, con golpes profundos que hacían temblar todo el colchón, mientras le obligaba a beber el contenido de las botellas. Thelma tragaba ansiosamente, el cuello de la botella hundiéndose en su boca, el semen caliente bajando por su garganta en grandes sorbos, llenando su estómago hasta que se le notaba distendido. Sebastián la humillaba con cada sorbo, recordándole a Alberto, que seguía grabando y masturbándose en la esquina, que su esposa no era más que un recipiente para su leche.
Thelma bebió los cuatro litros con una desesperación animal, vomitando un poco y volviéndolo a tragar, incapaz de detenerse, su cuerpo convulsionando entre la náusea y el éxtasis sexual. Cuando la última gota de semen desapareció de la segunda botella y su estómago estaba hinchado como un globo a punto de estallar, Sebastián rugió. Con un grito feroz que retumbó en las paredes, se hundió hasta el fondo en ella y eyaculó con una fuerza explosiva, llenando su interior una última vez, mezclándose con los litros que ya nadaban en su vientre, mientras Thelma soltaba un gemido ahogado e inhumano, colapsando finalmente bajo el peso de la extenuación y la satisfacción absoluta de su orgasmo.
Alberto entró con el teléfono en la mano, temblando, y se detuvo seco ante la escena. Thelma estaba de pie frente al espejo del vestidor, vestida con su viejo vestido de novia. La tela blanca, antaño impecable, ahora luchaba por contener un cuerpo que había cambiado. El aumento de peso reciente hacía que la costura del pecho chillara bajo la presión, resaltando un busto enorme y generoso que parecía a punto de escaparse por el escote. El vestido le quedaba apretado en la cintura y las caderas, marcando cada curva con una crudeza obscena, convirtiendo el símbolo de la pureza matrimonial en un traje de prostituta barata.
—Mira esto, cornudo —gruñó Sebastián, acercándose a Thelma y agarrándola por la cintura para jalarla contra su cuerpo—. Mira a esta puta tetona. ¿Te gusta verla así, de novia zorra?
Sebastián no perdió tiempo. Con un movimiento brusco, levantó las enaguas del vestido y expuso los muslos carnosos de Thelma. Ordenó a Alberto que se colocara en un ángulo perfecto, que grabara cada detalle mientras él se liberaba de su ropa. La verga de Sebastián ya estaba dura, palpitando con una vida propia, y se lanzó sobre Thelma. La penetró de frente, sin previo aviso, hundiéndose en su vagina con un golpe seco que hizo que Thelma gritara y que el vestido se tensara aún más sobre su pecho. Sebastián la trató con una brutalidad animal, llamándola "zorra", "lechera" y "puta insaciable", mientras sus manos apretaban sus senos a través de la tela fina, deformándolos.
Alberto se sentó en la esquina, el teléfono firme en una mano y la otra mano ocupada en masturbarse furiosamente, tal como le habían ordenado. No podía apartar la mirada. El fin de semana se convirtió en una borrachera de sexo y fluidos. Sebastián usó a Thelma sin piedad, alternando entre su boca, su coño y su ano, sin importar los lamentos o el dolor. Cada vez que el ritmo de Sebastián se aceleraba y su respiración se volvía un jadeo gutural, se retiraba de ella rápidamente para eyacular en el cuello de una de las botellas. El sonido del chorro de semen golpeando el plástico se mezclaba con los llantos de placer de Thelma, que parecía haber perdido toda noción de la realidad, sumida en una adicción total a la verga que la destruía.
Las horas pasaron y las botellas comenzaron a llenarse. El semen espeso y caliente se acumulaba, litro tras litro, mientras Alberto continuaba su tarea humillante, filmando cada penetración y cada carga, su mano dolorida por la fricción constante de su propia masturbación, prohibido de eyacular hasta que se lo dijeran. Thelma, con el maquillaje corrido y el vestido rasgado en varias partes, suplicaba por más, sus ojos vidriosos fijos en Sebastián, ignorando por completo a su esposo, que era ahora solo un espectador de su propia degradación.
Para el domingo por la noche, las dos botellas estaban llenas hasta el borde, el líquido blanco y denso moviéndose lentamente al ser agitado. Sebastián, con una sonrisa sádica, colocó las botellas sobre la mesita de noche, al lado de la cama donde Thelma yacía exhausta, pero con el cuerpo aun respondiendo a los estímulos. Él no había terminado. Su verga seguía erecta, lista para la sesión final.
—Es hora de la cena, recipiente de semen —dijo Sebastián, sosteniendo una botella y acercándola a los labios de Thelma—. Vamos a llenarte bien antes de darte mi última carga.
La escena final fue un espectáculo de extremidad absurda. Sebastián comenzó a follar a Thelma nuevamente, con golpes profundos que hacían temblar todo el colchón, mientras le obligaba a beber el contenido de las botellas. Thelma tragaba ansiosamente, el cuello de la botella hundiéndose en su boca, el semen caliente bajando por su garganta en grandes sorbos, llenando su estómago hasta que se le notaba distendido. Sebastián la humillaba con cada sorbo, recordándole a Alberto, que seguía grabando y masturbándose en la esquina, que su esposa no era más que un recipiente para su leche.
Thelma bebió los cuatro litros con una desesperación animal, vomitando un poco y volviéndolo a tragar, incapaz de detenerse, su cuerpo convulsionando entre la náusea y el éxtasis sexual. Cuando la última gota de semen desapareció de la segunda botella y su estómago estaba hinchado como un globo a punto de estallar, Sebastián rugió. Con un grito feroz que retumbó en las paredes, se hundió hasta el fondo en ella y eyaculó con una fuerza explosiva, llenando su interior una última vez, mezclándose con los litros que ya nadaban en su vientre, mientras Thelma soltaba un gemido ahogado e inhumano, colapsando finalmente bajo el peso de la extenuación y la satisfacción absoluta de su orgasmo.
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