Total libertad para comentar lo que quieran
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UN AMOR DIFERENTE
No sé en qué momento la rutina empezó a comerme viva. Tal vez fue una acumulación lenta, silenciosa, de días iguales, cenas tibias y silencios que ya no incomodan. Llevo casi diez años casada con Tomás. Es buen tipo, trabajador, responsable… pero hay cosas que no se compran con esfuerzo ni se resuelven con horarios cumplidos. Hace tiempo que lo nuestro es un contrato tácito de convivencia. No hay sobresaltos, ni peleas… pero tampoco hay fuego.
La casa está impecable. El almuerzo servido a tiempo. Las sábanas limpias. Todo bajo control. Todo tan perfecto que a veces me dan ganas de gritar.
Empecé a trabajar no por necesidad, sino por escape. Un estudio contable chico, de barrio. Apenas medio turno. El lugar no tiene mucho glamour: escritorios gastados, papeles por todas partes y un olor constante a café recalentado. Pero algo pasó el segundo día que entré.
Martina.
Veinticuatro años, según me dijo después. Elegante hasta cuando usa un pantalón de vestir y una blusa simple. Camina como si supiera exactamente hacia dónde va, como si el mundo girara dos segundos más lento sólo para admirarla. Su cuerpo tiene esas curvas que no se esconden, pero tampoco se exponen con vulgaridad. Hay algo en su forma de estar, de ocupar el espacio, que simplemente no se puede ignorar. Y lo curioso es que, aun siendo mujer, no pude evitar mirarla.
La primera vez que me habló, fue con una sonrisa ladeada y una pregunta sin importancia. Pero su voz... su voz tenía ese tono entre dulce y burlón, como si supiera algo que yo aún no.
Y quizás lo sabía.
Con el correr de los días, Martina se fue volviendo una presencia constante. Siempre tenía algo para decir, una observación aguda, un comentario que me sacaba una sonrisa o me dejaba pensando. Y a la vez, empezó a preguntarme cosas. Muchas cosas. Cosas que nadie más se atrevía a preguntar.
—¿Hace cuánto estás casada? —fue lo primero.
Después vinieron otras: si quería hijos, si alguna vez me había sentido tentada a engañar a Tomás, si todavía cogíamos seguido.
—¿Y qué tal coge tu marido? —soltó una tarde, mientras revisábamos unas planillas, como si me estuviera preguntando por el clima.
Me atraganté con el café. Martina me miró, divertida, sin esperar una disculpa.
—No tenés por qué responder si no querés. Pero lo noto en tu cara, Cami. Estás seca. ¿Hace cuánto que no acabás de verdad?
No supe qué decirle. Me reí, incómoda. Me puse colorada, lo sé. Pero no me enojé. Había algo en su manera de hablar que no sonaba ofensiva. Era desinhibida, sí, pero no vulgar. Tenía esa mezcla rara de atrevimiento y ternura que desarmaba cualquier intento de poner límites.
—¿Y es grande? —me insistió un par de días después, en voz baja, mientras almorzábamos en el patio trasero del estudio.
—¿Qué cosa?
—El pito de tu marido, Camila.
Me quedé mirándola, atónita. Ella se rió con esa sonrisa suya de costado, como si disfrutara verme perder el control.
Me hacía preguntas que ninguna amiga me había hecho nunca. Me analizaba. Me desnudaba sin tocarme, sin siquiera acercarse demasiado. Lo más extraño era que yo se lo permitía.
Pero cuanto más me preguntaba ella, más me daba cuenta de que yo no sabía nada de ella. Era extrovertida, divertida, el alma de cada conversación... pero no contaba nada propio. No hablaba de su familia, ni de sus ex, ni de sus gustos reales. Todo en ella parecía diseñado para desviar la atención.
Y yo, que nunca fui curiosa con otras personas, empecé a querer saber más. Porque había algo detrás de esos ojos color miel, algo que se ocultaba detrás de cada broma y cada pregunta atrevida.
Algo que, sin querer, empezaba a obsesionarme.
Pasaron unos meses desde que empecé en el estudio. Al principio, todo era nuevo, agobiante, casi vertiginoso. Pero con el tiempo fui encontrando mi ritmo… y a Martina.
Nos volvimos inseparables. Compartíamos las mañanas como si fueran un pequeño mundo aparte. Nos reíamos por cualquier cosa, hacíamos comentarios sarcásticos sobre los clientes más intensos, nos mirábamos con complicidad cada vez que pasaba algo absurdo en la oficina. Pero por más cercanía que sintiera con ella, había un muro invisible que nunca lograba atravesar.
Martina no hablaba de su vida. Sabía que era soltera, que vivía sola, y nada más. Yo, en cambio, le contaba casi todo: de mi marido, de mi madre enferma, de la rutina cada vez más asfixiante que me atrapaba entre recetas médicas, reclamos pasivos y silencios que gritaban más que cualquier palabra. Mi casa no era un hogar, era un campo minado donde cualquier paso en falso podía detonar la culpa.
Ella me escuchaba con esos ojos tan intensos que me daban ganas de callarme y dejar que me dijera lo que pensaba. Pero nunca lo hacía.
Y sin embargo…
A veces me miraba de una forma que no entendía. Como si supiera algo de mí que ni yo había descubierto. O me tocaba la espalda al pasar por detrás mío, y sus dedos quedaban un segundo más de lo necesario. Un roce que no era grosero ni obvio. Era peor: era sutil. Me sonreía con picardía cuando me encontraba retocándome el labial en el baño. Se reía cuando me quejaba de mi marido, pero con una risa distinta, cargada de algo que no lograba identificar.
Me decía cosas como “te queda bien esa blusa” o “ojalá fuera yo la que te esperara en casa”. Después se callaba, bajaba la mirada, y seguía trabajando como si nada.
Yo volvía a casa confundida, con un cosquilleo extraño en el cuerpo, como si tuviera una pregunta sin respuesta rondándome la piel. ¿Estaba imaginando todo? ¿Me había vuelto una adolescente patética, buscando señales donde no las había?
O tal vez no…
Tal vez Martina sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Aquel día empezó como cualquier otro. Nada anunciaba lo que vendría. Firmas, correos, planillas, un par de comentarios irónicos compartidos con Martina que me arrancaron una sonrisa… rutina, en estado puro.
En un momento, fui al baño como todos los días. Me miré al espejo, me arreglé el pelo, me pasé un poco de brillo en los labios, distraída. No estaba pensando en nada, o al menos, eso creía. Cuando abrí la puerta para salir, ahí estaba ella.
Martina me esperaba recostada contra el lavabo, los brazos cruzados, esa sonrisa suya —mitad inocente, mitad peligrosa— dibujada en la cara.
—¿Tenés un minuto? —me dijo como si estuviéramos en cualquier pasillo de la oficina.
—Claro, ¿qué pasa?
—Necesito tu consejo… de mujer a mujer —me respondió, bajando la voz y mirando alrededor, aunque estábamos solas.
Fruncí el ceño, confundida. La miré sin entender.
—Estoy saliendo con un chico —dijo, y me hizo una mueca como de vergüenza fingida—. Y hoy… no sé, me vestí pensando un poco en él. ¿Te parece demasiado? —y sin más, se desabrochó un botón de la blusa y me mostró el borde de un sostén negro, calado, delicado. Después giró apenas el cuerpo y bajó un poco el pantalón para dejarme ver una less diminuta, de encaje rojo. Me guiñó un ojo.
Me quedé muda. Algo en mi estómago se contrajo. No supe qué pensar. No sabía si de verdad estaba hablando de un hombre… o si la escena era para mí.
Me reí, nerviosa. No supe qué decir.
Y entonces lo hizo.
Se acercó como si nada, y sin darme tiempo a retroceder, me dio un beso. No uno apasionado, no uno largo. Fue apenas un roce en la boca. Pero fue en la boca.
Me aparté de golpe.
—¿Qué carajo estás haciendo? —le dije, la voz más alta de lo que quería. La adrenalina me nubló la cara.
Martina se quedó quieta, los ojos abiertos, pero no asustada. Más bien… sorprendida. Como si no esperara esa reacción.
—¿Estás loca? ¿Te pensás que soy lesbiana? —le solté. El enojo, o el miedo, o la vergüenza… o todo junto, me brotaba como lava por la garganta.
Ella no respondió. No se disculpó. Solo me miró con una mezcla de decepción y algo que no supe descifrar.
—No te metas más conmigo, Martina. No me gusta este jueguito tuyo —dije antes de salir casi huyendo de ese baño que, de repente, me pareció más chico que nunca.
Volví a mi escritorio con el corazón desbocado. A nadie le importó. A nadie le pareció extraño. Todo siguió como si nada.
Menos yo.
Yo ya no era la misma.
Pasaron los meses. Y todo siguió… o al menos eso parecía.
Volví a mi casa con la idea de reordenar mi vida, de reencontrarme con mi marido, de ser “la mujer que debía ser”. Empecé a cocinar más seguido, a preocuparme por los pequeños gestos, a forzar sonrisas donde antes había silencios. Me repetía que eso era lo correcto. Que todo lo que había pasado con Martina no había sido más que un desliz mental, una fantasía absurda nacida del tedio.
Y sin embargo…
Cada mañana que llegaba al estudio y la veía ahí, tan cerca y tan lejos, algo en mí se revolvía.
Martina se había vuelto otra. O tal vez siempre fue así y yo no lo vi. Me saludaba con un seco “buen día”, hablaba lo justo y necesario, ni una palabra de más, ni una mirada de esas que me dejaban sin aire. Era como si aquel beso en el baño nunca hubiera existido. Como si yo no existiera.
Y eso… dolía.
Me dolía su indiferencia más que su atrevimiento. Me dolía verla reír con otros y no conmigo. Me dolía que no me provocara, que no me buscara, que no intentara explicarse. Era como si me hubiera borrado, tachado, descartado.
Y yo, estúpidamente, esperaba algo. Una palabra, una señal, cualquier cosa.
Pero no.
Me hablaba solo si era necesario. “¿Me pasás ese archivo?” “¿Ya cerraste la liquidación?” “¿Tenés los datos del cliente?”
Frases impersonales, frías, burocráticas. Una pared entre nosotras.
En casa, mientras servía la cena o escuchaba por enésima vez las quejas de mi madre, me preguntaba por qué me afectaba tanto. ¿Qué esperaba de ella? ¿Una disculpa? ¿Una segunda oportunidad? ¿O simplemente una confirmación de que no había imaginado todo?
No lo sabía.

Solo sabía que la indiferencia duele más cuando alguna vez fuiste mirada con deseo.
Y yo extrañaba esa mirada más de lo que podía admitir.
No aguanté más.
Después de semanas de silencios, de saludos fríos y frases impersonales, la vi salir al balcón con un cigarrillo en la mano. Esa imagen —sola, de espaldas, envuelta en humo— me movió algo adentro. Tomé aire, dejé el mate sobre el escritorio y la seguí.
Martina apenas giró la cabeza cuando me oyó acercarme, pero no dijo nada. Se limitó a mirar hacia abajo, al ritmo del tránsito lejano. El cielo estaba gris, como si se estuviera por largar a llover.
—¿Puedo quedarme? —pregunté.
Ella no respondió, pero no se fue. Me apoyé junto a ella, y el silencio se volvió más pesado que nunca.
—¿Así va a ser siempre? —dije al fin, sin mirarla—. ¿Esta distancia?
Martina aspiró profundo y soltó el humo por la nariz.
—¿Qué esperás que haga?
—No sé. Pero esto me está matando. Me hablás como si yo fuera cualquiera. Como si nunca hubiera pasado nada entre nosotras.
Ella apretó los labios.
—¿Y qué se supone que pasó, Camila? Porque la última vez que intenté acercarme, me miraste como si fuera un bicho. Te di un beso y me trataste con asco. Como si fuera una enferma.
Bajé la vista. Sentí una punzada de culpa.
—No fue por vos… Fue por mí. Me asusté. Me descolocó. Nunca había sentido eso antes y…
—Y preferiste barrerlo debajo de la alfombra. Volver a tu vida perfecta.
—No es perfecta —dije, más para mí que para ella—. Solo que… me cuesta. No sé qué hacer con todo esto. Y encima vos tampoco ayudás. No hablás, no explicás. Sos una extraña.
Martina me miró por primera vez. Había dolor en sus ojos, pero también algo decidido.
—¿Querés saber quién soy? Bien. Me gustan las mujeres. Desde siempre. Y sí, te besé porque me gustás. Vos. Desde el primer día. Pero si te parecí repulsiva, lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué ahora estás acá.
Me quedé en silencio. El corazón me latía en las sienes. No sabía qué decir, solo sabía que tenía que estar ahí.
—Porque te pienso —dije al fin—. Porque te sueño. Porque me duele que me ignores.
Ella apagó el cigarrillo con calma. Me sostuvo la mirada por unos segundos y luego, sin decir más, se metió de nuevo al estudio.
Esa noche, cenamos en casa como siempre. Conversaciones livianas, los platos que lavé sin pensar, el noticiero de fondo. Cuando mi marido me buscó en la cama, me dejé llevar. Hice todo lo que se suponía que debía hacer. Pero mi cuerpo estaba vacío.
Porque mientras él se movía sobre mí, mientras gemía mi nombre…
Yo pensaba en Martina.
En ese balcón.
En su confesión.
En su boca.
Y por dentro, me quemaba la piel el deseo que nunca le confesé.
Después de aquella charla en el balcón, algo cambió entre nosotras. No fue una reconciliación ni mucho menos una declaración. Pero sí una tregua. Nos hablábamos con cierta suavidad, nos buscábamos con la mirada sin que pareciera evidente. Había una tensión nueva, más densa, más consciente.
Pero seguía habiendo una distancia. Como si ambas supiéramos que una chispa mal colocada podía incendiarlo todo.
Y el destino, tan caprichoso como cruel, decidió jugar su carta en el momento menos esperado.
Fue en uno de esos mediodías largos, donde el café ya no alcanza y el cuerpo pide una pausa. Fui al baño casi por reflejo, con la cabeza llena de números y balances. Y ahí estaba ella. Lavándose las manos, el cabello recogido en un rodete desprolijo, la camisa un poco suelta, los labios apenas húmedos.
Nuestros ojos se cruzaron en el espejo.
Y ya no hubo marcha atrás.
Di un paso hacia ella. Mis manos temblaban. La besé. Esta vez fui yo.
Pero ella…
Ella me devoró.
Me agarró por la cintura y, sin decir una palabra, me llevó a uno de los cubículos. Casi sin cerrar la puerta, comenzó a besarme con furia contenida, con los meses de abstinencia acumulados entre dientes. Sentí su lengua recorrer mi cuello, mis clavículas, su mano colarse bajo mi blusa, encontrar mi sostén, bajarlo apenas lo suficiente para atraparme un pezón entre los dedos.
Gemí.
Fuerte.
Ahí, en ese baño mugroso de oficina.
Después fue por más. Su mano bajó sin pedir permiso, sorteando mi cintura, metiéndose bajo mi bombacha. Me tocó. Me encontró húmeda, desesperada, lista.
La oí reír entre dientes.
—Estás más mojada que la selva misionera —susurró.
Y antes de que pudiera decir nada, se arrodilló.
Sí. Ahí mismo. En ese suelo dudoso.
Y me hizo suya con la lengua.
Lenta al principio. Después, sin freno.
Me agarré de la mochila colgada del gancho. Mi respiración era un desastre. El pulso, un tambor en el oído. Cada movimiento de su boca me acercaba al abismo, a ese punto de quiebre donde ya no pensás, no hablás, no existís. Solo sentís.
Y acabé. Me fui en mil pedazos.
Con la frente contra la puerta.
Con el cuerpo flojo.
Con la boca llena de su nombre que no me animé a gritar.
Ella se levantó, con una sonrisa triunfante… y de pronto frunció el ceño. Tosió. Puso cara de asco.
—Ay no… —dijo entre risas—. Creo que me tragué un pelo tuyo.
Tosió de nuevo. Se atragantó un poco. Yo no sabía si reírme, disculparme o morirme de la vergüenza.
—¡Pará! —dije, tapándome la cara—. ¡No digas eso!
—¡Pero tengo uno en la garganta! —gritó entre risas, saliendo del cubículo—. ¡Esto no sale ni con café, boluda!
Y ahí estábamos las dos. Riéndonos. Ella escupiendo. Yo temblando. El cubículo oliendo a sexo. El mundo afuera, siguiendo como si nada.
Y nosotras adentro, con las piernas flojas, la ropa desordenada y el corazón latiendo como si recién estuviéramos empezando.
No sé lo que siento. Es confuso. Pero sé que me gusta. Martina me gusta. Me da miedo ponerle nombre, pero negar lo evidente ya no tiene sentido. Desde aquel beso en la cocina, no he dejado de pensar en ella. En su manera de mirarme, en cómo me hizo temblar, en su lengua caliente explorándome sin pudor.
Esa noche no pude dormir. No por culpa de mi marido, sino por lo que había pasado con Martina días atrás. El momento en que se agachó entre mis piernas y me chupó la concha como si se le fuera la vida. Y cómo, entre jadeos, tuvo que separarse tosiendo porque se había ahogado con mis pelos. Nos reímos en ese momento, fue algo espontáneo, pero yo me quedé pensando.
Esa noche, en silencio, fui al baño. Me depilé por completo. Me tomé mi tiempo. Cada rincón. Cada pliegue. No lo hice por él. Lo hice por ella. Porque si alguna vez volvía a tener su boca entre mis piernas, quería que el camino estuviera despejado. Que nada nos interrumpiera.
Cuando volví a la cama, me metí bajo las sábanas y me acerqué a mi marido. Busqué contacto. Sexo. Algo. Me subí sobre él. Me moví. Pero su reacción fue tan mecánica, tan fría, que me sentí más sola que nunca. Terminó rápido, sin emoción, y se dio vuelta sin decir una palabra. Me quedé mirando el techo, desnuda, vacía, juzgada. Él ni siquiera lo notó. Ni siquiera supo ver el cambio.
Al día siguiente, el destino fue generoso.
Nos cruzamos con Martina en el ascensor. Ella estaba sola. Yo también. Cerramos la puerta. Silencio. Tensión. Sin decir nada, me acerqué y le tomé la mano. La llevé bajo mi falda. Sus dedos rozaron mi pubis completamente liso. La miré, con picardía.
—Ahora no vas a ahogarte con nada —le susurré, apenas audible.
Martina me miró como si no pudiera creer lo que estaba sintiendo. Me besó. Desesperada. Con hambre. Un beso corto pero cargado de todo lo que veníamos conteniendo.
Cuando el ascensor llegó a nuestro piso, antes de salir, le dije al oído:
—Hoy almorzamos juntas… y después vamos a tu casa.
Ella solo sonrió. Esa sonrisa que me deja el cuerpo temblando.
El almuerzo fue rápido, informal, pero cargado de tensión. Nos tocábamos sin tocarnos. Rodillas que se rozaban, miradas que ardían, sonrisas cómplices. El mozo hablaba y yo no escuchaba. Martina jugaba con el borde de su servilleta como si lo hiciera con mi tanga. Yo no podía dejar de imaginar lo que vendría.
No pedimos postre. Nosotras éramos el postre.
Fuimos a su departamento caminando, en silencio. Pero todo el deseo contenido se rompió en cuanto cerró la puerta. Me empujó contra la pared y me besó con lujuria. Su lengua era urgente, sus manos también. Me desnudó como si el tiempo le pesara, y en segundos estaba con su boca entre mis piernas, devorándome sin pudor.
Grité. Me retorcí. Me entregué.
Pero esta vez algo dentro de mí cambió.
Cuando Martina intentó subirse sobre mí en la cama, la detuve. Me incorporé, la miré a los ojos… y fui yo quien la empujó. Quise probarme a mí misma. Quise tomar el control. Quise saber lo que se siente hacer gozar a otra mujer.
La besé con furia, bajé por su cuello y me detuve en sus tetas. Se las chupé como si fueran un manjar, las mordí, las acaricié con la lengua. Escuché sus gemidos, sus suspiros, su sorpresa. Y seguí bajando.
Le abrí las piernas y la miré, húmeda, abierta, temblando. Dudé un segundo… y me lancé.
Mi lengua tocó su concha por primera vez. Sentí su sabor, su temperatura, su textura. Y supe en ese instante que ya no había retorno. Que me gustaba. Que lo deseaba. Que quería hacerla acabar una y otra vez.
Le metí los dedos sin aviso. Dos. Luego tres. La abrí más. La volví loca. Y cuando la sentí cerca, le metí un dedo en el culo, suave pero firme. Su grito fue salvaje. Se aferró a las sábanas. Se arqueó. Me pidió más.
Y yo se lo di.
Martina acabó como nunca la había visto. Desbordada. Sacudida. Completamente mía.
Después se dejó caer sobre la cama, agotada, riendo entre jadeos.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo, Camila?
Yo me acosté a su lado, mirándola.
—No lo sé —le respondí—, pero creo que ya no hay vuelta atrás.
Volví a casa al atardecer, con el pelo revuelto, la ropa desacomodada y una sonrisa que no podía borrar. Me encerré en el baño, me miré al espejo. No era la misma. Algo en mis ojos, en mi cuerpo, en mi energía… había cambiado. Y no era solo el sexo. Era todo.
Pasé la noche en silencio, sin hablar con mi marido. Me preguntó si estaba bien, le dije que sí. Pero ya no me importaba si lo notaba o no. Ya no había espacio para seguir fingiendo.
Esa madrugada, sola en la cama mientras él roncaba, entendí que no se trataba de hombres o mujeres. No era el cuerpo que tenía enfrente. Era lo que me hacían sentir. Lo que me despertaban. Y Martina… me había encendido de una manera que nadie más lo había hecho.
No podía seguir viviendo una mentira. Ni por miedo, ni por costumbre. Al día siguiente hablé con él. Sin gritos, sin drama. Le dije que necesitaba buscar mi verdad. Que no era su culpa. Que simplemente me había perdido… y ahora me había encontrado.
Empaqué algunas cosas, me fui por un tiempo. No tenía un plan claro, pero sí una certeza.
Martina me abrió la puerta de su departamento con una sonrisa y sin preguntas. Me abrazó como si ya supiera todo. Nos besamos. Lentas. Tranquilas. Como si el mundo afuera ya no importara.
Esa semana me dediqué a mí.
Tomé café con ella cada mañana, trabajamos juntas, cogimos cada noche. Hablamos. Reímos. Me sentí viva. Libre. Dueña de mis decisiones.
Un viernes, mientras ella aún dormía, salí a caminar. Sin rumbo. Y terminé frente a un sex shop. Entré con una mezcla de vergüenza y picardía. Pero cuando vi todos esos juguetes alineados… me animé.
Compré tres vibradores. Uno pequeño, discreto. Otro más largo, realista. Y uno enorme, negro, con forma de torpedo. La vendedora me guiñó un ojo al embolsarlos.
—Nueva aventura, ¿eh?
—Exacto —le respondí—. Y esta vez pienso disfrutarla sin culpas.
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Veinticuatro años, según me dijo después. Elegante hasta cuando usa un pantalón de vestir y una blusa simple. Camina como si supiera exactamente hacia dónde va, como si el mundo girara dos segundos más lento sólo para admirarla. Su cuerpo tiene esas curvas que no se esconden, pero tampoco se exponen con vulgaridad. Hay algo en su forma de estar, de ocupar el espacio, que simplemente no se puede ignorar. Y lo curioso es que, aun siendo mujer, no pude evitar mirarla.
La primera vez que me habló, fue con una sonrisa ladeada y una pregunta sin importancia. Pero su voz... su voz tenía ese tono entre dulce y burlón, como si supiera algo que yo aún no.
Y quizás lo sabía.
Con el correr de los días, Martina se fue volviendo una presencia constante. Siempre tenía algo para decir, una observación aguda, un comentario que me sacaba una sonrisa o me dejaba pensando. Y a la vez, empezó a preguntarme cosas. Muchas cosas. Cosas que nadie más se atrevía a preguntar.
—¿Hace cuánto estás casada? —fue lo primero.
Después vinieron otras: si quería hijos, si alguna vez me había sentido tentada a engañar a Tomás, si todavía cogíamos seguido.
—¿Y qué tal coge tu marido? —soltó una tarde, mientras revisábamos unas planillas, como si me estuviera preguntando por el clima.
Me atraganté con el café. Martina me miró, divertida, sin esperar una disculpa.
—No tenés por qué responder si no querés. Pero lo noto en tu cara, Cami. Estás seca. ¿Hace cuánto que no acabás de verdad?
No supe qué decirle. Me reí, incómoda. Me puse colorada, lo sé. Pero no me enojé. Había algo en su manera de hablar que no sonaba ofensiva. Era desinhibida, sí, pero no vulgar. Tenía esa mezcla rara de atrevimiento y ternura que desarmaba cualquier intento de poner límites.
—¿Y es grande? —me insistió un par de días después, en voz baja, mientras almorzábamos en el patio trasero del estudio.
—¿Qué cosa?
—El pito de tu marido, Camila.
Me quedé mirándola, atónita. Ella se rió con esa sonrisa suya de costado, como si disfrutara verme perder el control.
Me hacía preguntas que ninguna amiga me había hecho nunca. Me analizaba. Me desnudaba sin tocarme, sin siquiera acercarse demasiado. Lo más extraño era que yo se lo permitía.
Pero cuanto más me preguntaba ella, más me daba cuenta de que yo no sabía nada de ella. Era extrovertida, divertida, el alma de cada conversación... pero no contaba nada propio. No hablaba de su familia, ni de sus ex, ni de sus gustos reales. Todo en ella parecía diseñado para desviar la atención.
Y yo, que nunca fui curiosa con otras personas, empecé a querer saber más. Porque había algo detrás de esos ojos color miel, algo que se ocultaba detrás de cada broma y cada pregunta atrevida.
Algo que, sin querer, empezaba a obsesionarme.
Pasaron unos meses desde que empecé en el estudio. Al principio, todo era nuevo, agobiante, casi vertiginoso. Pero con el tiempo fui encontrando mi ritmo… y a Martina.
Nos volvimos inseparables. Compartíamos las mañanas como si fueran un pequeño mundo aparte. Nos reíamos por cualquier cosa, hacíamos comentarios sarcásticos sobre los clientes más intensos, nos mirábamos con complicidad cada vez que pasaba algo absurdo en la oficina. Pero por más cercanía que sintiera con ella, había un muro invisible que nunca lograba atravesar.
Martina no hablaba de su vida. Sabía que era soltera, que vivía sola, y nada más. Yo, en cambio, le contaba casi todo: de mi marido, de mi madre enferma, de la rutina cada vez más asfixiante que me atrapaba entre recetas médicas, reclamos pasivos y silencios que gritaban más que cualquier palabra. Mi casa no era un hogar, era un campo minado donde cualquier paso en falso podía detonar la culpa.
Ella me escuchaba con esos ojos tan intensos que me daban ganas de callarme y dejar que me dijera lo que pensaba. Pero nunca lo hacía.
Y sin embargo…
A veces me miraba de una forma que no entendía. Como si supiera algo de mí que ni yo había descubierto. O me tocaba la espalda al pasar por detrás mío, y sus dedos quedaban un segundo más de lo necesario. Un roce que no era grosero ni obvio. Era peor: era sutil. Me sonreía con picardía cuando me encontraba retocándome el labial en el baño. Se reía cuando me quejaba de mi marido, pero con una risa distinta, cargada de algo que no lograba identificar.
Me decía cosas como “te queda bien esa blusa” o “ojalá fuera yo la que te esperara en casa”. Después se callaba, bajaba la mirada, y seguía trabajando como si nada.
Yo volvía a casa confundida, con un cosquilleo extraño en el cuerpo, como si tuviera una pregunta sin respuesta rondándome la piel. ¿Estaba imaginando todo? ¿Me había vuelto una adolescente patética, buscando señales donde no las había?
O tal vez no…
Tal vez Martina sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Aquel día empezó como cualquier otro. Nada anunciaba lo que vendría. Firmas, correos, planillas, un par de comentarios irónicos compartidos con Martina que me arrancaron una sonrisa… rutina, en estado puro.
En un momento, fui al baño como todos los días. Me miré al espejo, me arreglé el pelo, me pasé un poco de brillo en los labios, distraída. No estaba pensando en nada, o al menos, eso creía. Cuando abrí la puerta para salir, ahí estaba ella.
Martina me esperaba recostada contra el lavabo, los brazos cruzados, esa sonrisa suya —mitad inocente, mitad peligrosa— dibujada en la cara.
—¿Tenés un minuto? —me dijo como si estuviéramos en cualquier pasillo de la oficina.
—Claro, ¿qué pasa?
—Necesito tu consejo… de mujer a mujer —me respondió, bajando la voz y mirando alrededor, aunque estábamos solas.
Fruncí el ceño, confundida. La miré sin entender.
—Estoy saliendo con un chico —dijo, y me hizo una mueca como de vergüenza fingida—. Y hoy… no sé, me vestí pensando un poco en él. ¿Te parece demasiado? —y sin más, se desabrochó un botón de la blusa y me mostró el borde de un sostén negro, calado, delicado. Después giró apenas el cuerpo y bajó un poco el pantalón para dejarme ver una less diminuta, de encaje rojo. Me guiñó un ojo.
Me quedé muda. Algo en mi estómago se contrajo. No supe qué pensar. No sabía si de verdad estaba hablando de un hombre… o si la escena era para mí.
Me reí, nerviosa. No supe qué decir.
Y entonces lo hizo.
Se acercó como si nada, y sin darme tiempo a retroceder, me dio un beso. No uno apasionado, no uno largo. Fue apenas un roce en la boca. Pero fue en la boca.
Me aparté de golpe.
—¿Qué carajo estás haciendo? —le dije, la voz más alta de lo que quería. La adrenalina me nubló la cara.
Martina se quedó quieta, los ojos abiertos, pero no asustada. Más bien… sorprendida. Como si no esperara esa reacción.
—¿Estás loca? ¿Te pensás que soy lesbiana? —le solté. El enojo, o el miedo, o la vergüenza… o todo junto, me brotaba como lava por la garganta.
Ella no respondió. No se disculpó. Solo me miró con una mezcla de decepción y algo que no supe descifrar.
—No te metas más conmigo, Martina. No me gusta este jueguito tuyo —dije antes de salir casi huyendo de ese baño que, de repente, me pareció más chico que nunca.
Volví a mi escritorio con el corazón desbocado. A nadie le importó. A nadie le pareció extraño. Todo siguió como si nada.
Menos yo.
Yo ya no era la misma.
Pasaron los meses. Y todo siguió… o al menos eso parecía.
Volví a mi casa con la idea de reordenar mi vida, de reencontrarme con mi marido, de ser “la mujer que debía ser”. Empecé a cocinar más seguido, a preocuparme por los pequeños gestos, a forzar sonrisas donde antes había silencios. Me repetía que eso era lo correcto. Que todo lo que había pasado con Martina no había sido más que un desliz mental, una fantasía absurda nacida del tedio.
Y sin embargo…
Cada mañana que llegaba al estudio y la veía ahí, tan cerca y tan lejos, algo en mí se revolvía.
Martina se había vuelto otra. O tal vez siempre fue así y yo no lo vi. Me saludaba con un seco “buen día”, hablaba lo justo y necesario, ni una palabra de más, ni una mirada de esas que me dejaban sin aire. Era como si aquel beso en el baño nunca hubiera existido. Como si yo no existiera.
Y eso… dolía.
Me dolía su indiferencia más que su atrevimiento. Me dolía verla reír con otros y no conmigo. Me dolía que no me provocara, que no me buscara, que no intentara explicarse. Era como si me hubiera borrado, tachado, descartado.
Y yo, estúpidamente, esperaba algo. Una palabra, una señal, cualquier cosa.
Pero no.
Me hablaba solo si era necesario. “¿Me pasás ese archivo?” “¿Ya cerraste la liquidación?” “¿Tenés los datos del cliente?”
Frases impersonales, frías, burocráticas. Una pared entre nosotras.
En casa, mientras servía la cena o escuchaba por enésima vez las quejas de mi madre, me preguntaba por qué me afectaba tanto. ¿Qué esperaba de ella? ¿Una disculpa? ¿Una segunda oportunidad? ¿O simplemente una confirmación de que no había imaginado todo?
No lo sabía.

Solo sabía que la indiferencia duele más cuando alguna vez fuiste mirada con deseo.
Y yo extrañaba esa mirada más de lo que podía admitir.
No aguanté más.
Después de semanas de silencios, de saludos fríos y frases impersonales, la vi salir al balcón con un cigarrillo en la mano. Esa imagen —sola, de espaldas, envuelta en humo— me movió algo adentro. Tomé aire, dejé el mate sobre el escritorio y la seguí.
Martina apenas giró la cabeza cuando me oyó acercarme, pero no dijo nada. Se limitó a mirar hacia abajo, al ritmo del tránsito lejano. El cielo estaba gris, como si se estuviera por largar a llover.
—¿Puedo quedarme? —pregunté.
Ella no respondió, pero no se fue. Me apoyé junto a ella, y el silencio se volvió más pesado que nunca.
—¿Así va a ser siempre? —dije al fin, sin mirarla—. ¿Esta distancia?
Martina aspiró profundo y soltó el humo por la nariz.
—¿Qué esperás que haga?
—No sé. Pero esto me está matando. Me hablás como si yo fuera cualquiera. Como si nunca hubiera pasado nada entre nosotras.
Ella apretó los labios.
—¿Y qué se supone que pasó, Camila? Porque la última vez que intenté acercarme, me miraste como si fuera un bicho. Te di un beso y me trataste con asco. Como si fuera una enferma.
Bajé la vista. Sentí una punzada de culpa.
—No fue por vos… Fue por mí. Me asusté. Me descolocó. Nunca había sentido eso antes y…
—Y preferiste barrerlo debajo de la alfombra. Volver a tu vida perfecta.
—No es perfecta —dije, más para mí que para ella—. Solo que… me cuesta. No sé qué hacer con todo esto. Y encima vos tampoco ayudás. No hablás, no explicás. Sos una extraña.
Martina me miró por primera vez. Había dolor en sus ojos, pero también algo decidido.
—¿Querés saber quién soy? Bien. Me gustan las mujeres. Desde siempre. Y sí, te besé porque me gustás. Vos. Desde el primer día. Pero si te parecí repulsiva, lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué ahora estás acá.
Me quedé en silencio. El corazón me latía en las sienes. No sabía qué decir, solo sabía que tenía que estar ahí.
—Porque te pienso —dije al fin—. Porque te sueño. Porque me duele que me ignores.
Ella apagó el cigarrillo con calma. Me sostuvo la mirada por unos segundos y luego, sin decir más, se metió de nuevo al estudio.
Esa noche, cenamos en casa como siempre. Conversaciones livianas, los platos que lavé sin pensar, el noticiero de fondo. Cuando mi marido me buscó en la cama, me dejé llevar. Hice todo lo que se suponía que debía hacer. Pero mi cuerpo estaba vacío.
Porque mientras él se movía sobre mí, mientras gemía mi nombre…
Yo pensaba en Martina.
En ese balcón.
En su confesión.
En su boca.
Y por dentro, me quemaba la piel el deseo que nunca le confesé.
Después de aquella charla en el balcón, algo cambió entre nosotras. No fue una reconciliación ni mucho menos una declaración. Pero sí una tregua. Nos hablábamos con cierta suavidad, nos buscábamos con la mirada sin que pareciera evidente. Había una tensión nueva, más densa, más consciente.
Pero seguía habiendo una distancia. Como si ambas supiéramos que una chispa mal colocada podía incendiarlo todo.
Y el destino, tan caprichoso como cruel, decidió jugar su carta en el momento menos esperado.
Fue en uno de esos mediodías largos, donde el café ya no alcanza y el cuerpo pide una pausa. Fui al baño casi por reflejo, con la cabeza llena de números y balances. Y ahí estaba ella. Lavándose las manos, el cabello recogido en un rodete desprolijo, la camisa un poco suelta, los labios apenas húmedos.
Nuestros ojos se cruzaron en el espejo.
Y ya no hubo marcha atrás.
Di un paso hacia ella. Mis manos temblaban. La besé. Esta vez fui yo.
Pero ella…
Ella me devoró.
Me agarró por la cintura y, sin decir una palabra, me llevó a uno de los cubículos. Casi sin cerrar la puerta, comenzó a besarme con furia contenida, con los meses de abstinencia acumulados entre dientes. Sentí su lengua recorrer mi cuello, mis clavículas, su mano colarse bajo mi blusa, encontrar mi sostén, bajarlo apenas lo suficiente para atraparme un pezón entre los dedos.
Gemí.
Fuerte.
Ahí, en ese baño mugroso de oficina.
Después fue por más. Su mano bajó sin pedir permiso, sorteando mi cintura, metiéndose bajo mi bombacha. Me tocó. Me encontró húmeda, desesperada, lista.
La oí reír entre dientes.
—Estás más mojada que la selva misionera —susurró.
Y antes de que pudiera decir nada, se arrodilló.
Sí. Ahí mismo. En ese suelo dudoso.
Y me hizo suya con la lengua.
Lenta al principio. Después, sin freno.
Me agarré de la mochila colgada del gancho. Mi respiración era un desastre. El pulso, un tambor en el oído. Cada movimiento de su boca me acercaba al abismo, a ese punto de quiebre donde ya no pensás, no hablás, no existís. Solo sentís.
Y acabé. Me fui en mil pedazos.
Con la frente contra la puerta.
Con el cuerpo flojo.
Con la boca llena de su nombre que no me animé a gritar.
Ella se levantó, con una sonrisa triunfante… y de pronto frunció el ceño. Tosió. Puso cara de asco.
—Ay no… —dijo entre risas—. Creo que me tragué un pelo tuyo.
Tosió de nuevo. Se atragantó un poco. Yo no sabía si reírme, disculparme o morirme de la vergüenza.
—¡Pará! —dije, tapándome la cara—. ¡No digas eso!
—¡Pero tengo uno en la garganta! —gritó entre risas, saliendo del cubículo—. ¡Esto no sale ni con café, boluda!
Y ahí estábamos las dos. Riéndonos. Ella escupiendo. Yo temblando. El cubículo oliendo a sexo. El mundo afuera, siguiendo como si nada.
Y nosotras adentro, con las piernas flojas, la ropa desordenada y el corazón latiendo como si recién estuviéramos empezando.
No sé lo que siento. Es confuso. Pero sé que me gusta. Martina me gusta. Me da miedo ponerle nombre, pero negar lo evidente ya no tiene sentido. Desde aquel beso en la cocina, no he dejado de pensar en ella. En su manera de mirarme, en cómo me hizo temblar, en su lengua caliente explorándome sin pudor.
Esa noche no pude dormir. No por culpa de mi marido, sino por lo que había pasado con Martina días atrás. El momento en que se agachó entre mis piernas y me chupó la concha como si se le fuera la vida. Y cómo, entre jadeos, tuvo que separarse tosiendo porque se había ahogado con mis pelos. Nos reímos en ese momento, fue algo espontáneo, pero yo me quedé pensando.
Esa noche, en silencio, fui al baño. Me depilé por completo. Me tomé mi tiempo. Cada rincón. Cada pliegue. No lo hice por él. Lo hice por ella. Porque si alguna vez volvía a tener su boca entre mis piernas, quería que el camino estuviera despejado. Que nada nos interrumpiera.
Cuando volví a la cama, me metí bajo las sábanas y me acerqué a mi marido. Busqué contacto. Sexo. Algo. Me subí sobre él. Me moví. Pero su reacción fue tan mecánica, tan fría, que me sentí más sola que nunca. Terminó rápido, sin emoción, y se dio vuelta sin decir una palabra. Me quedé mirando el techo, desnuda, vacía, juzgada. Él ni siquiera lo notó. Ni siquiera supo ver el cambio.
Al día siguiente, el destino fue generoso.
Nos cruzamos con Martina en el ascensor. Ella estaba sola. Yo también. Cerramos la puerta. Silencio. Tensión. Sin decir nada, me acerqué y le tomé la mano. La llevé bajo mi falda. Sus dedos rozaron mi pubis completamente liso. La miré, con picardía.
—Ahora no vas a ahogarte con nada —le susurré, apenas audible.
Martina me miró como si no pudiera creer lo que estaba sintiendo. Me besó. Desesperada. Con hambre. Un beso corto pero cargado de todo lo que veníamos conteniendo.
Cuando el ascensor llegó a nuestro piso, antes de salir, le dije al oído:
—Hoy almorzamos juntas… y después vamos a tu casa.
Ella solo sonrió. Esa sonrisa que me deja el cuerpo temblando.
El almuerzo fue rápido, informal, pero cargado de tensión. Nos tocábamos sin tocarnos. Rodillas que se rozaban, miradas que ardían, sonrisas cómplices. El mozo hablaba y yo no escuchaba. Martina jugaba con el borde de su servilleta como si lo hiciera con mi tanga. Yo no podía dejar de imaginar lo que vendría.
No pedimos postre. Nosotras éramos el postre.
Fuimos a su departamento caminando, en silencio. Pero todo el deseo contenido se rompió en cuanto cerró la puerta. Me empujó contra la pared y me besó con lujuria. Su lengua era urgente, sus manos también. Me desnudó como si el tiempo le pesara, y en segundos estaba con su boca entre mis piernas, devorándome sin pudor.
Grité. Me retorcí. Me entregué.
Pero esta vez algo dentro de mí cambió.
Cuando Martina intentó subirse sobre mí en la cama, la detuve. Me incorporé, la miré a los ojos… y fui yo quien la empujó. Quise probarme a mí misma. Quise tomar el control. Quise saber lo que se siente hacer gozar a otra mujer.
La besé con furia, bajé por su cuello y me detuve en sus tetas. Se las chupé como si fueran un manjar, las mordí, las acaricié con la lengua. Escuché sus gemidos, sus suspiros, su sorpresa. Y seguí bajando.
Le abrí las piernas y la miré, húmeda, abierta, temblando. Dudé un segundo… y me lancé.
Mi lengua tocó su concha por primera vez. Sentí su sabor, su temperatura, su textura. Y supe en ese instante que ya no había retorno. Que me gustaba. Que lo deseaba. Que quería hacerla acabar una y otra vez.
Le metí los dedos sin aviso. Dos. Luego tres. La abrí más. La volví loca. Y cuando la sentí cerca, le metí un dedo en el culo, suave pero firme. Su grito fue salvaje. Se aferró a las sábanas. Se arqueó. Me pidió más.
Y yo se lo di.
Martina acabó como nunca la había visto. Desbordada. Sacudida. Completamente mía.
Después se dejó caer sobre la cama, agotada, riendo entre jadeos.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo, Camila?
Yo me acosté a su lado, mirándola.
—No lo sé —le respondí—, pero creo que ya no hay vuelta atrás.
Volví a casa al atardecer, con el pelo revuelto, la ropa desacomodada y una sonrisa que no podía borrar. Me encerré en el baño, me miré al espejo. No era la misma. Algo en mis ojos, en mi cuerpo, en mi energía… había cambiado. Y no era solo el sexo. Era todo.
Pasé la noche en silencio, sin hablar con mi marido. Me preguntó si estaba bien, le dije que sí. Pero ya no me importaba si lo notaba o no. Ya no había espacio para seguir fingiendo.
Esa madrugada, sola en la cama mientras él roncaba, entendí que no se trataba de hombres o mujeres. No era el cuerpo que tenía enfrente. Era lo que me hacían sentir. Lo que me despertaban. Y Martina… me había encendido de una manera que nadie más lo había hecho.
No podía seguir viviendo una mentira. Ni por miedo, ni por costumbre. Al día siguiente hablé con él. Sin gritos, sin drama. Le dije que necesitaba buscar mi verdad. Que no era su culpa. Que simplemente me había perdido… y ahora me había encontrado.
Empaqué algunas cosas, me fui por un tiempo. No tenía un plan claro, pero sí una certeza.
Martina me abrió la puerta de su departamento con una sonrisa y sin preguntas. Me abrazó como si ya supiera todo. Nos besamos. Lentas. Tranquilas. Como si el mundo afuera ya no importara.
Esa semana me dediqué a mí.
Tomé café con ella cada mañana, trabajamos juntas, cogimos cada noche. Hablamos. Reímos. Me sentí viva. Libre. Dueña de mis decisiones.
Un viernes, mientras ella aún dormía, salí a caminar. Sin rumbo. Y terminé frente a un sex shop. Entré con una mezcla de vergüenza y picardía. Pero cuando vi todos esos juguetes alineados… me animé.
Compré tres vibradores. Uno pequeño, discreto. Otro más largo, realista. Y uno enorme, negro, con forma de torpedo. La vendedora me guiñó un ojo al embolsarlos.
—Nueva aventura, ¿eh?
—Exacto —le respondí—. Y esta vez pienso disfrutarla sin culpas.
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1 comentarios - Un amor diferente