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Las Aventuras de Pachi - Parte 1: Preambulo

Pachi se encontraba sentada en el borde de su cama deshecha, con una botella de vino tinto a medio terminar en la mano. Sus ojos, hinchados por el llanto y el alcohol, miraban fijamente el teléfono donde acababa de colgar con su ex. Habían sido años de una relación que ella había defendido con uñas y dientes, como la feminista chilena que era, pero todo se había derrumbado en una discusión final que la dejó hecha pedazos. Bisexual, siempre orgullosa de su identidad, ahora se sentía vulnerable, expuesta, como si el mundo la hubiera traicionado. Su cuerpo delgado, de apenas 1,52 metros, contrastaba con sus curvas generosas: pechos grandes que se movían con cada sollozo ahogado, un culo redondo y firme que llenaba cualquier asiento, pezones oscuros y prominentes que se endurecían con el frío de la habitación. Su piel blanca, salpicada de pecas leves en los hombros, parecía más pálida bajo la luz tenue, y su cabello castaño largo caía en mechones desordenados sobre su rostro.

—Voy a cancelar el viaje —murmuró para sí misma, marcando el número de la cabaña. La tinaja caliente, el aislamiento en el bosque, todo eso le parecía ahora una burla cruel. Su tío se lo había regalado como un gesto de cariño familiar, pero ¿para qué ir si su corazón estaba roto?

El teléfono sonó antes de que pudiera presionar 'llamar'. Era él, su tío, con esa voz grave y ronca que siempre la hacía sentir protegida, aunque ahora solo aumentaba su confusión emocional.

—Pachi, ¿qué pasa? Suenas mal —dijo él, sin preámbulos.

Ella soltó un suspiro tembloroso, las lágrimas rodando de nuevo por sus mejillas. —Terminé con él, tío. Todo se fue a la mierda. No quiero ir a esa cabaña. Quiero quedarme aquí y ahogarme en vino.

Hubo una pausa al otro lado de la línea, y luego su tono se volvió firme, casi paternal, pero con un matiz que ella no captó en su estado. —Mira, sobrina, ya pagué el depósito. Si cancelas ahora, perdemos todo. Vamos, será bueno para ti. Cambiar de aire, la tinaja caliente... te ayudará a olvidar. Te paso a buscar en una hora. No acepto un no.

Pachi protestó débilmente, pero el alcohol y el agotamiento la vencieron. Colgó, se miró en el espejo del baño y decidió vestirse sin pensar demasiado. Se puso una polera blanca ajustada, pero al abotonarla se dio cuenta de que le faltaban dos botones en la parte superior —probablemente de alguna lavada descuidada—. El escote se abría generoso, revelando la curva superior de sus pechos grandes, el valle profundo entre ellos, y un atisbo de los pezones oscuros que se insinuaban bajo la tela fina. Para abajo, eligió una minifalda negra que apenas superaba la anchura de un cinturón, ceñida a sus caderas y dejando al descubierto la mayor parte de sus muslos blancos y suaves, el borde rozando el inicio de su culo redondo. No se molestó en maquillarse; su devastación emocional la hacía sentir cruda, real.

Exactamente una hora después, el rugido de un motor viejo se oyó en la calle. Pachi salió tambaleante, la botella aún en la mano, y vio el auto de su tío estacionado frente a la casa. Él bajó la ventanilla, y cuando la vio acercarse, sus ojos se clavaron en ella como imanes.

Medía 1,80 metros, un gigante de más de 100 kilos, con músculos pesados bajo una camisa negra que no ocultaba del todo los tatuajes que cubrían sus brazos y cuello: serpientes enroscadas, calaveras sonrientes, símbolos tribales que contaban historias de una vida dura. Su cabello negro largo le caía hasta los hombros, desordenado y salvaje, enmarcando un rostro curtido por el sol y las experiencias. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el escote abierto de la polera, donde sus pechos se mecían con cada paso inestable de ella, la piel blanca contrastando con la tela. La minifalda subía un poco más con el movimiento, exponiendo la curva inferior de su culo, y él sintió un calor inmediato subir por su entrepierna.

Su polla se endureció en seguida, presionando contra la tela de sus pantalones, un bulto evidente que no pudo disimular. El corazón le latió fuerte, una mezcla de deseo prohibido y la vulnerabilidad de Pachi avivando el fuego. Ella subió al auto, ajena a todo, y él arrancó, tragando saliva mientras intentaba enfocarse en la carretera.

El auto avanzaba por la carretera serpenteante que se adentraba en el bosque, el motor rugiendo con un ronroneo constante que llenaba el silencio inicial. Pachi se recostó en el asiento del pasajero, la minifalda subiéndose un poco más por sus muslos blancos y suaves, exponiendo la piel hasta casi el borde de sus bragas. La polera blanca, con su escote abierto, se había deslizado ligeramente con el movimiento, y uno de sus pezones grandes y oscuros se asomaba ahora por el hueco, erecto por el roce de la tela y el aire fresco que entraba por la ventanilla entreabierta. Ella no lo notaba, perdida en su embriaguez emocional y el vino que aún le nublaba los sentidos.

Su tío, con las manos firmes en el volante, lanzaba miradas rápidas hacia ella cada pocos segundos. Sus ojos recorrían el cuerpo de Pachi como si la desvistieran capa por capa: del pezón expuesto que se mecía con el vaivén del auto, bajando por la curva de sus pechos grandes que presionaban contra la tela, hasta la minifalda que apenas cubría su culo redondo. Su polla, aún dura desde que la vio salir de casa, palpitaba contra sus pantalones, un recordatorio constante de la tensión que crecía en el aire confinado del vehículo. Tragó saliva, enfocándose en la curva próxima, pero su mente bullía con imágenes prohibidas.

—Oye, sobrina —dijo él de repente, rompiendo el silencio con su voz grave, mientras sacaba una bolsa de detrás de su asiento—. No te preocupes por nada. Llevo todo lo necesario para que la pasemos bien en la cabaña. Alcohol de sobra, un poco de marihuana para relajarnos junto a la tinaja, y hasta algo de coca si quieres un subidón de energía. Vamos a olvidar esa mierda de ruptura tuya.

Pachi giró la cabeza hacia él, sus ojos castaños brillando con un destello de sorpresa que rápidamente se transformó en entusiasmo. El alcohol en su sistema ya la tenía receptiva, y la mención de esas sustancias la hizo enderezarse un poco, haciendo que su pezón se asomara aún más, casi completamente visible bajo la luz del sol que filtraba por el parabrisas. —¡En serio, tío? ¿Marihuana y coca? Joder, eso suena perfecto. Justo lo que necesito para sacarme esta mierda de la cabeza. No me jodas, ¿tienes todo eso?

Él sonrió, una curva lobuna en sus labios tatuados, mientras le mostraba brevemente la bolsa con las provisiones: botellas de ron y cerveza, un par de bolsitas de hierba verde y un paquetito blanco envuelto con cuidado. —Claro que sí. Sé cómo te pones cuando estás así. Vamos a quemar esa tristeza en la tinaja, fumando y bebiendo hasta que no quede nada.

Ella rio, un sonido ronco y liberador, y se inclinó hacia él para darle un beso rápido en la mejilla, su pecho rozando accidentalmente su brazo. El contacto envió una oleada de calor directo a la entrepierna de él, su polla endureciéndose más, presionando dolorosamente contra la cremallera. Pachi no notó nada, ajena a la forma en que sus ojos se clavaban en el pezón expuesto, imaginando cómo sería lamerlo, succionarlo hasta hacerla gemir.

Con el entusiasmo renovado, Pachi comenzó a hablar, las palabras saliendo en un torrente mientras el paisaje boscoso pasaba borroso por las ventanillas. —Es que... todo se jodió, tío. Llevábamos años juntos, ¿sabes? Yo, la feminista de mierda que siempre defendía la igualdad, y él... él me traicionaba con esa zorra de la oficina. Me enteré por un mensaje en su teléfono. 'Te extraño, papi', decía ella. Papi, ¡por Dios! Y yo ahí, creyendo que éramos sólidos. Bisexual o no, me sentía tan segura con él. Pero no, me dejó hecha polvo. Lloré toda la noche, me emborraché sola. Quería quemar sus cosas, pero al final solo me quedé mirando el techo, pensando en cómo todo mi mundo se derrumbó.

Él asentía, fingiendo atención total a la carretera, pero su mirada se desviaba una y otra vez: al pezón oscuro que se erguía orgulloso, a los muslos abiertos de ella por la posición relajada, a la forma en que su culo se hundía en el asiento. La escuchaba a medias, su mente divagando en cómo sería bajarle esa minifalda, penetrarla con fuerza en la cabaña, mientras ella gritaba de placer mezclado con rabia. —Suena como un hijo de puta —murmuró él, su voz tensa por el deseo contenido—. Pero ya verás, en la cabaña lo superas. Con un porro en la mano y la tinaja burbujeando.

Pachi siguió desahogándose, detallando las peleas, las promesas rotas, las noches de sexo que ahora le parecían falsas. Lágrimas frescas rodaban por sus mejillas, pero el prospecto de las drogas y el alcohol la mantenía animada, su cuerpo moviéndose con gestos expresivos que solo acentuaban su escote desarreglado. No vio cómo él ajustaba su postura para ocultar el bulto en sus pantalones, ni cómo sus dedos se aferraban al volante con fuerza, luchando contra el impulso de tocarla.

El camino continuaba, el sol bajando lentamente, y la cabaña se acercaba en la distancia, prometiendo noches de olvido y tentación.

El auto seguía devorando la carretera, el zumbido del motor un fondo constante para la confesión de Pachi, que aún fluía entre sollozos ahogados y risas amargas. Su voz se quebraba al describir las traiciones de su ex, las noches en que él la penetraba con fuerza, su polla gruesa estirándola hasta el límite, mientras ella gritaba de placer y dolor. El tío escuchaba, su mandíbula tensa, la polla aún dura presionando contra sus pantalones, imaginando cada detalle que ella soltaba sin filtro.

De repente, el teléfono de Pachi vibró en su regazo, rompiendo el flujo de palabras. Ella lo miró, el nombre de su amiga "Carla" parpadeando en la pantalla. —Perdón, tío —murmuró, secándose una lágrima con el dorso de la mano—. Es Carla, tengo que contestar.

Él asintió, fingiendo indiferencia, pero sus ojos se clavaron en el teléfono mientras ella deslizaba el dedo por la pantalla, revelando accidentalmente el patrón de desbloqueo: un simple zigzag de izquierda a derecha, tres toques rápidos que él memorizó al instante, grabándolo en su mente como un secreto sucio. Pachi se llevó el aparato al oído, girándose un poco hacia la ventanilla para tener "privacidad", pero el espacio reducido del auto hacía imposible ocultar la conversación.

—Hola, Carla... Sí, estoy en el auto con mi tío, yendo a la cabaña. No, no cancelé, él me convenció... —Hizo una pausa, escuchando la voz chillona de su amiga al otro lado. El movimiento la hizo recostarse más, y su minifalda negra se subió por completo, arrugándose en su cintura y exponiendo sus bragas blancas de algodón, que se adherían a los labios de su vagina depilada, delineando cada curva suave y sin un solo pelo visible. El segundo pezón oscuro, grande y erecto, se asomó ahora por el escote abierto de la polera, gemelo del primero que ya llevaba minutos expuesto, ambos apuntando al aire como invitaciones inadvertidas.

Pachi no notaba nada de eso, el vino y el desahogo emocional nublándole los sentidos. Siguió hablando, su voz bajando a un tono confidencial, pero lo suficientemente alta para que cada palabra llegara clara al oído de su tío. —Sí, terminé con él. Todo jodido, Carla. Me engañaba con esa puta... Pero oye, no te imaginas lo que era en la cama. Su pene era enorme, como un tronco, me lo metía hasta el fondo y me daba tan duro que me dejaba marcada. Me agarraba del pelo, me azotaba el culo mientras me follaba, me maltrataba como si fuera su puta personal. Y joder, eso me calentaba tanto... Me corría como loca, sintiendo cómo me rompía por dentro.

El tío sintió un pulso en su propia polla, endureciéndose más al oírla describir el pene de su ex con tal crudeza, imaginando esa vagina depilada que ella mencionaba a continuación. Sus manos se aferraron al volante, los nudillos blancos, mientras lanzaba miradas disimuladas: al pezón doble expuesto, oscuros y duros contra la tela; a las bragas que cubrían su coño liso, los labios hinchados por el calor del día presionando contra la tela fina. No podía creer lo que escuchaba, su sobrina soltando detalles tan explícitos, ajena a su presencia, como si estuviera sola en su habitación.

Pachi rio bajito, la borrachera soltándole la lengua aún más. —Y para este viaje, me depilé todo, ¿sabes? La vagina completamente lisa, sin un pelo, como un bebé. Pensé que sería sexy para la cabaña, para relajarme en la tinaja... Pero ahora, con esta mierda de ruptura, solo me hace sentir más expuesta. Igual, me encanta cómo se siente, tan sensible, lista para... bueno, ya sabes.

La amiga soltó una carcajada al otro lado, y Pachi siguió, profundizando en anécdotas de sexo rudo: cómo su ex la ataba a la cama, la penetraba analmente después de lubricarla con saliva, o la obligaba a chupar su polla hasta que se corría en su boca. Cada palabra era un golpe para el tío, que luchaba por mantener la vista en la carretera, su mente inundada de imágenes de Pachi abierta y depilada, su coño rosado y sin vello esperando ser tocado. El bulto en sus pantalones era imposible de ignorar ahora, y él ajustó su posición, memorizando cada gemido imaginario que su voz evocaba.

Finalmente, después de unos minutos eternos, Pachi colgó con un "Te quiero, nos vemos pronto" y dejó caer el teléfono en su regazo, cubriendo brevemente las bragas expuestas antes de recostarse de nuevo. El silencio cayó pesado, roto solo por el rugido del motor.

—Interesante conversación, sobrina —dijo él entonces, su voz grave y cargada de un tono juguetón que ocultaba el deseo crudo bullendo debajo.

Pachi se congeló, el rubor subiendo por sus mejillas pecosas mientras procesaba sus palabras. Sus ojos se abrieron grandes, la realización golpeándola como un balde de agua fría: había estado hablando de penes grandes, de folladas duras y de su vagina depilada con su tío al lado, olvidando por completo su presencia en la borrachera. —¡Oh, Dios! Tío, yo... mierda, no me di cuenta... Perdón, estoy tan ebria y destrozada que... —Se cubrió la cara con las manos, avergonzada hasta los huesos, el calor de la humillación haciendo que sus pezones se endurecieran aún más, pero sin notar que ambos seguían asomados, o que su minifalda aún revelaba las bragas adheridas a su coño liso.

Él sonrió para sí, los ojos desviándose una vez más a su cuerpo expuesto, saboreando el secreto del patrón de su teléfono y la vulnerabilidad que acababa de regalarle sin querer. El camino se extendía, la cabaña cada vez más cerca, cargada de promesas prohibidas.

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