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Jugando fuerte con mi hermana. 28 algunas explicaciones.

Pido disculpas a la web, no creí que faltara a las normas por eso publiqué el capítulo 28 con la redacción que fue rechazada. Ahora lo volveré a publicar con otra redacción. 
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Jugando fuerte con mi hermana. 28 algunas explicaciones.
El lunes amaneció gris y mojado, de esos días en Donosti que parecen pedir disculpas por existir. La lluvia caía fina pero constante, esa que no empapa de golpe pero te cala hasta los huesos si no llevas chubasquero. Miré por la ventana del ático: nubes bajas, el mar plomizo, el monte Urgull envuelto en niebla como si se hubiera tapado con una manta. Normalmente habríamos dicho “hoy no, que nos vamos a resfriar”. Pero ya era rutina. Si no corríamos, el día empezaba mal.
Marta se estiró a mi lado, todavía desnuda bajo la sábana, con el pelo revuelto y los ojos entrecerrados.
—¿Seguimos con lo de correr aunque llueva? —preguntó con voz de sueño. Era una pregunta retórica, es ella la fanática del deporte. Pero quiere darme cancha, hacer como que yo soy el duro.
—Seguimos. Las rutinas positivas son importantes. (Es una de las recomendaciones de la clínica de desintoxicación).
Ella soltó una risa baja y se levantó. Se puso el conjunto deportivo habitual: leggins negros, top ajustado que marcaba los piercings en los pezones, zapatillas gastadas. Yo me vestí igual: pantalón corto (porque soy idiota y el frío me da igual) y camiseta técnica gris. Nada de chubasqueros, vamos a sudar, da igual mojarse por fuera.
La calle estaba vacía, solo algún repartidor en bici y el olor a pan recién horneado saliendo de las panaderías. Empezamos trotando suave hacia el puerto, pero en vez de subir por el camino de siempre, Marta siguió un camino diferente, yo le sigo a donde vaya, no se va a perder.

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—Hoy por aquí —dijo—. Es más empinado, pero menos transitado.
Como siempre, ella guiaba. Yo la seguía, disfrutando de la vista de su culo moviéndose bajo los leggins mojados, el agua resbalando por sus piernas. La lluvia nos pegaba en la cara, el sudor se mezclaba con el agua, las zapatillas chapoteaban en los charcos del camino. Subimos fuerte, sin hablar mucho, solo respiraciones pesadas y algún “joder, cómo quema” cuando la pendiente se ponía cabrona.
Llegamos arriba empapados, pero vivos. Nos paramos un momento bajo los pinos para recuperar el aliento.
—Esto es mejor que el gimnasio, ¿no?
—Mucho mejor —contesté, y le di un beso rápido en los labios mojados.
Bajamos por el lado del puerto, trotando ya más relajados. Y ahí noté algo distinto. La gente nos miraba. No con mala cara, sino con esa media sonrisa de reconocimiento. Un señor mayor con paraguas nos dijo “Kaixo” al pasar. Una mujer con carrito de la compra nos saludó con “Agur” y un gesto de cabeza. Se lo comenté a Marta mientras seguíamos trotando.
—¿Te has dado cuenta? Nos saludan. Como si fuéramos de aquí.
Ella se rió, escupiendo un poco de agua.—La gente empieza a vernos como parte del paisaje. Bienvenido al club.
Llegamos al ático chorreando. Nos quitamos la ropa en la entrada para no dejar un charco en todo el piso, nos duchamos por separado, en esa ducha no entran dos personas ni aunque sean enanas y nos pusimos ropa seca. Desayunamos lo de siempre en la mesa de la cocina: café solo para mí, con leche para ella, tostadas con tomate y aceite, y añadimos un buen cacho de queso Idiazábal que compramos el sábado en el mercadillo. Lo cortamos grueso, lo untamos en el pan, y nos lo comimos en silencio, todavía con el subidón de la carrera.
Después, mochilas al hombro, paraguas en mano, y al autobús hacia el Gobierno Civil. El 37 llegó puntual, medio vacío. Nos sentamos atrás, como siempre, y nos pusimos a mirar por la ventana el tráfico lento bajo la lluvia.
Faltando pocas paradas para llegar vimos a Marijó esperando.

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La vimos desde lejos: gabardina que le quedaba pequeña, pelo suelto aunque se le moje, sonrisa de oreja a oreja que se le veía venir desde la acera. Cuando subió al bus y nos localizó, sus ojos se iluminaron. Se acercó directo a nosotros, sin sentarse, y soltó en voz alta, sin ningún pudor:
—¡No sabéis lo que me ha pasado este fin de semana!
La entonación era inconfundible: esa mezcla de escándalo y orgullo que pone cuando ha follado de lo lindo. Varias cabezas se giraron. Una señora mayor alzó una ceja. Un chaval con auriculares se quitó uno para escuchar mejor.
Yo me levanté rápido, le di un beso en la mejilla y me acerqué a su oído, hablando bajo pero firme:
—Cuéntanoslo a nosotros, cariño, no a todo el autobús.
Marijó se tapó la boca con la mano, soltó una carcajada contenida y se sentó entre nosotros dos, apretujada en el asiento. Bajó la voz, pero los ojos le brillaban como faros.
—Joder, tíos… no os lo vais a creer.
Marta y yo nos miramos de reojo, sonriendo. Sabíamos que venía tema jugoso.
Marijó se acomodó entre nosotros en el asiento del autobús, con esa barriga enorme que casi no le dejaba cruzar las piernas. Bajó la voz, pero el acento gaditano le salía cantadito, como si estuviera contando un chisme en la playa de La Caleta.
—Ay, mis amores, no sabéis la que se lió el domingo por la tarde… —empezó, con los ojos brillando de picardía—. Mi tía se había ido con sus amigas después de comer, que se juntan a jugar al dominó y a criticar al mundo entero. De repente salió un rato el sol, de esos que te dan ganas de vivir. El salón de la casa da justo al oeste, y por la tarde entra una luz divina, calentita, que te pone la piel como de terciopelo.
Hizo una pausa, se mordió el labio inferior y siguió bajito, casi ronroneando.
—Entonces me apeteció tomar el solecito. Que dicen que es bueno pa los bebés, ¿no? Vitamina D y todo eso. Cogí una sillita plegable de esas de playa, la puse en el centro del salón, justo donde daba más fuerte el sol. Al principio me quedé en camisón, uno finito de tirantes que me llega por encima de la barriga, con el escote bajo y la tela pegadita porque con el embarazo todo me aprieta…

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—miró a Marta y a mí con complicidad
—Pero ya que estaba sola en casa, total… me lo quité. Me quedé en pelotas, con la barrigota al aire, las tetas pesadas y los pezones ya de por sí sensibles por el embarazo. Me puse crema hidratante pa las estrías, primero en la panza, despacito, haciendo círculos con las palmas, sintiendo cómo se me ponía la piel brillante y caliente bajo el sol. Luego subí a las tetas… ay, Dios… me unté bien las areolas, me pasé los dedos por los pezones y ya me encendí entera.

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Marta se removió a mi lado, cruzó las piernas con fuerza. Yo sentí cómo se me ponía dura casi al instante, la polla empujando dentro del vaquero. Intenté disimular cruzando una pierna sobre la otra, pero Marijó lo notó y sonrió de lado.
—Empecé a pellizcarme los pezones, primero suave, luego más fuerte… se me pusieron como clavitos, duros y rojos. Bajé una mano a la chochita, me acaricié el clítoris despacito al principio, pero ya sabéis cómo me gusta a mí… lo pellizqué, lo retorcí un poquito, me metí dos dedos, luego tres… sin prisa pero sin pausa. Me fui metiendo más profundo, sintiendo cómo me chorreaba por los muslos, cómo la barriga subía y bajaba con cada jadeo. Me pellizqué los pezones con la otra mano, fuerte, hasta que me dolió rico… y me corrí. Me corrí fuerte, temblando entera, con un gemidito que se me escapó sin querer.
Hizo una pausa, respiró hondo, y el autobús dio un bache que nos apretó más los tres.
—Y de repente oigo: “¿Se puede saber qué estás haciendo, niña? ¡Eso es una guarrada! ¡Vas a hacer daño a los bebés!”.
Era mi tía, que había vuelto antes de tiempo y ni me había enterado. Estaba plantada en la puerta del salón con la cara como un tomate, los ojos como platos.
Marta soltó una risita baja, pero se le notaba el rubor en las mejillas y cómo se le marcaban los pezones bajo la blusa. Yo ya estaba luchando con la erección, la polla tiesa como una piedra, apretada contra la tela.
—Pues me cabreé vivo —siguió Marijó—. Le solté: “Mis niños están felices porque su madre está feliz, tía. Déjame en paz, vieja amargada”. Y ahí se lió parda. Me llamó de todo: pervertida, desvergonzada, que iba a malcriar a los críos antes de nacer… Llegó a amenazarme con echarme de la casa si volvía a hacer “esas porquerías” bajo su techo. Discutimos un buen rato, gritando bajito pa que no se enteraran los vecinos. Al final me tuve que tragar el orgullo, pedirle perdón con la cabeza gacha y prometerle que no me iba a volver a tocar en su casa nunca más.
Se calló un segundo, miró hacia abajo con una sonrisa torcida.
—Aunque claro… lo que no le dije es que cuando se duerma esta noche, me voy a meter en el baño con la puerta cerrada y me voy a correr pensando en cómo me miró mientras me corría en el salón.
El autobús frenó en seco. Voz por megafonía: “Próxima parada: Gobierno Civil”.
Nos levantamos los tres. Marijó se puso de pie con cuidado, apoyándose en el respaldo. Yo intenté disimular la erección cruzándome la mochila por delante, pero era imposible. Caminamos hacia la puerta, Marta delante, Marijó en medio y yo detrás, con la polla latiendo contra la tela.
Justo antes de bajar, Marijó se giró un poquito hacia mí, se acercó al oído y susurró con esa voz gaditana melosa:
—¿Eso es por mí, pillín?
Me miró de reojo, sonrió con malicia y bajó primero, contoneando la cadera todo lo que le permitía la barriga.
Marta y yo nos miramos un segundo. Ella tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes0
.—Joder… —murmuré.
—Joder —repitió ella, y salimos del autobús bajo la lluvia fina, con el cuerpo todavía ardiendo.
Marijó se despidió con un guiño y un “luego os cuento más, pillines”, contoneando esa barriga enorme mientras se perdía por el pasillo del Gobierno Civil. Marta y yo nos quedamos un segundo en silencio, todavía con el cuerpo revuelto por la confesión. Ella me miró de reojo, con una media sonrisa.
—Joder, Caco… esa tía va a acabar matándonos de un infarto.
Yo solo pude asentir, ajustándome la mochila para disimular lo que todavía me quedaba de erección.
Entramos al edificio. En el control de seguridad nos esperaba el sargento de siempre: uniforme impecable, bigote recortado, mirada de quien lleva veinte años viendo pasar a funcionarios con cara de sueño. Nos saludó con un gesto seco de cabeza y nos hizo pasar al detector de metales sin muchas palabras. Pasamos sin problema y subimos directamente al despacho que ya conocíamos demasiado bien.
El sargento estaba sentado detrás de su mesa, con una carpeta abierta y un café humeante al lado. Nos indicó las dos sillas frente a él sin levantar mucho la vista.
—Pasen, pasen. ¿Y bien? ¿Algo de Kepa y Nekane?
Marta tomó la palabra primero, como siempre cuando hay que ir al grano.
—No vimos nada. Estuvimos bastante tiempo en el mercadillo, lo recorrimos varias veces, hicimos algunas compras y comimos en las degustaciones. No vimos ni a Kepa ni a Nekane.
El sargento soltó un suspiro largo, como si ya lo esperara.—Normal. Pasa muchas veces. Calculamos que teniendo el caserío en la zona participaría de alguna manera, aunque fuera de lejos… pero parece que no. Puede que simplemente no les interesara.
Hizo una pausa, dio un sorbo al café y nos miró alternativamente.
—¿Algo más?
Yo carraspeé.—Verá, sargento, Carmen . Nos encargó…
No me dejó terminar. Levantó una mano, gesto tajante.
—No. Pare. No quiero saber nada de lo que les encargue esa señora.
Marta y yo nos miramos, descolocados.
El sargento se reclinó en la silla, bajó la voz aunque estábamos solos.
—Doña Carmen está en teoría retirada de las labores de inteligencia. Lleva años fuera del organigrama oficial. Pero en su día alcanzó un grado… digamos que es de esas personas que nunca se retiran del todo. Tiene contactos, favores pendientes, información que nadie más maneja. Y sobre todo: tiene memoria. No la cabreen. Y si pueden, hagan lo que les pida. Sin preguntas.
Se hizo un silencio pesado. Marta abrió la boca para decir algo, pero el sargento ya se estaba levantando.
—Entrevista terminada. Gracias por venir. Les acompaño a la puerta.
Nos levantó con amabilidad pero firmeza, como quien despide a unos invitados que ya han cumplido. Bajamos en el ascensor en silencio. Cuando salimos al vestíbulo, la lluvia seguía cayendo fuera de los cristales.
Marta fue la primera en hablar.
—Tenemos que hablar con Carmen. Ya.
Asentí.—¿Los dos? ¿O voy yo solo?
Ella negó con la cabeza.—Los dos. Si es tan peligrosa como dice el sargento, mejor no ir separado.
Subimos al tercer piso por las escaleras interiores, evitando el ascensor oficial. El pasillo estaba desierto, solo el rumor lejano de teclados y alguna conversación amortiguada detrás de las puertas. Llegamos al despacho de Carmen. La puerta estaba entreabierta, la luz cálida saliendo por la rendija.
Empujé despacio.

Jugando fuerte con mi hermana. 28 algunas explicaciones.


Allí estaba ella, de pie junto a la ventana grande, mirando hacia fuera como si estuviera esperando exactamente esto. Traje de pantalón verde oscuro impecable, blusa blanca debajo, el pelo corto perfectamente peinado. Las manos entrelazadas delante del cuerpo, postura recta, expresión serena pero con esa dureza en los ojos que ya conocíamos. El despacho olía a café recién hecho y a libros viejos. Detrás de ella, el cuadro grande de paisaje montañoso, la estantería llena de tomos encuadernados, el escritorio de caoba.
Se giró despacio al oírnos entrar.
—Carlos. Marta. Pasad y cerrad la puerta.
Lo hicimos. El clic del pestillo sonó más fuerte de lo normal en el silencio.
Ella nos miró un segundo, evaluándonos.—Supongo que venís a pedirme explicaciones.
Carmen seguía de pie junto a la ventana, con esa postura recta que parecía tallada en piedra. La lluvia golpeaba el cristal en ráfagas suaves, como si el cielo estuviera llorando por algo que ya nadie recordaba. Di un paso adelante.
—Doña Carmen… en el mensaje que nos mandó el sábado dijo que hoy nos daría explicaciones. Nos gustaría que nos las diera.
Ella giró la cabeza despacio, nos miró a los dos con esos ojos grises que no parpadeaban casi nunca, y asintió una sola vez.
—Sentaos.
Señaló las dos sillas de cuero frente al escritorio. Nos sentamos. El cuero crujió bajo nuestro peso. Carmen rodeó la mesa con pasos lentos, se sentó en su sillón de alto respaldo y cruzó las manos sobre el tablero. La luz de la lámpara de mesa le ponía sombras duras en las arrugas de la frente.
—Primero contadme cómo tomaron las fotos. Y si alguien os vio.
Marta habló antes que yo, con voz calmada pero firme.—Las tomamos desde el camino, sin entrar en la finca. Un hombre salió de entre los árboles, nos vio y nos dijo que aunque la casa estuviera derruida era propiedad privada. Nada más. No nos siguió, no nos amenazó. Solo eso.
Carmen sacó el móvil del cajón, abrió la galería y nos mostró una foto. Era el mismo hombre: barba grisácea, gorra de lana calada hasta las cejas, expresión hosca pero no agresiva.
—¿Era este?
Los dos asentimos.
—Mi primo. El único que sigue rondando por allí. No os preocupéis, no dirá nada.
Guardó el móvil y se quedó callada un momento, mirando el cuadro de la pared como si viera otra cosa. Cuando habló de nuevo, la voz le salió más baja, más pesada, como si cada palabra le costara sacarla del fondo del pecho.
—Esa casa derruida… es donde nací.
Hizo una pausa larga. El reloj de pared marcaba los segundos con un tic-tac que parecía más lento de lo normal.
—En mis tiempos ya los niños nacían en los hospitales, pero yo me adelanté. Mi madre no llegó ni a la comadrona. Así que nací allí, en la cocina. Era una casa humilde, como todas las del pueblo. En casa hablábamos euskera, yo iba a la ikastola, jugaba con los críos del barrio… vida normal.
Se le quebró un poco la voz en la última palabra. Bajó la mirada a sus manos.
—Hasta que un día ETA mató a mi padre.
El silencio que siguió fue espeso, casi sólido. Marta se removió en la silla. Yo sentí un nudo frío en el estómago.
—Se dijo que era un chivato. Que había hablado con la Guardia Civil. Nunca se demostró. Pero bastó con el rumor. Mi madre… casi se vuelve loca. Empezó a dar la matraca a vecinos, a parientes, a cualquiera que se cruzara en su camino. “Decidme por qué mataron a mi marido”. Eso hizo que en el pueblo nos miraran fatal. Nos convertimos en apestados. Y empezaron las amenazas. Pintadas en la puerta, llamadas a medianoche, cristales rotos… Al final mi madre se hartó.
Carmen levantó la vista. Los ojos le brillaban, pero no lloraba. No parecía de las que lloran.
—Organizó una explosión con una bombona de butano. Dejó la casa en ruinas y nos fuimos. No volvimos nunca.
Marta murmuró:—Lo sentimos… debió ser muy duro.
Carmen levantó la mano, gesto seco, sin rabia pero sin permitir compasión.
—Duro fue. Nos trasladamos a Madrid, como tantos vascos que tuvieron que escapar de ETA. Yo hice oposiciones de administrativa y acabé en las oficinas de la policía. En un archivo, al principio. Pero dije que sabía euskera y empecé a colaborar en las investigaciones. Poco a poco subí. Mucho.
Se tomó otra pausa. El tic-tac del reloj seguía marcando, implacable.
—Mi madre, antes de morir, me hizo jurar una cosa: que no consentiría que esa casa se reconstruyera antes de que se supiera quién y por qué mataron a mi padre. Es uno de tantos crímenes que no se ha resuelto. Hoy en día quien lo hizo no podría ser condenado. Prescripción… Pero ni por esas.
Carmen se inclinó ligeramente hacia delante. La voz le salió más baja, más fría.
—Han intentado comprarme la casa. Me la han querido expropiar alegando que es un edificio histórico. Tuvimos hasta un juicio. Mi primo me reclama la casa. Pero yo lo dije bien claro en la sala: si quieren la casa, que me digan quién y por qué mataron a mi padre.
Se recostó de nuevo en el sillón. El rostro le había envejecido diez años en esos minutos.
—Esa es la historia. No hay más.
El despacho se quedó en silencio. Solo la lluvia contra el cristal y el tic-tac lejano. Marta y yo nos miramos. No sabíamos qué decir. Carmen sí.
—Ahora ya sabéis por qué os pedí esas fotos. Y por qué no quiero que nadie reconstruya nada allí hasta que alguien hable.
Nos despedimos de Carmen con un “gracias por contarnos” seco y educado. Ella solo asintió, sin sonreír, y cerró la puerta detrás de nosotros.
Una vez fuera, en el rellano de la escalera, me sentí como si me hubieran dado un mazazo en el pecho. Tristeza, rabia, impotencia… todo mezclado. Y debajo de todo eso, joder, lo que me pedía el cuerpo era sexo. Sexo duro. Violento. Como si solo doliendo pudiera sacar esa porquería que nos había echado encima la jefa. Me sentí un tarado absoluto, pero era lo que había.
Me acerqué a Marta, le hablé bajito al oído mientras bajábamos las escaleras.
—¿En dos horas en el baño ese que nadie usa?
Ella me miró un segundo, leyó en mis ojos lo mismo que yo veía en los suyos: la misma necesidad oscura.
—Sí —dijo simplemente.
Nos separamos en el pasillo. Cada uno a su puesto. Yo despaché expedientes como un autómata: sellos, firmas, correos internos. El reloj avanzaba lentísimo. Cuando pasaron las dos horas exactas, me levanté, fingí ir al baño de planta y me dirigí al de la planta baja, ese que huele a humedad y a desinfectante viejo, el que todo el mundo evita porque la luz parpadea y el espejo está rajado.
Entré. Estaba vacío. Aproveché para mear, me lavé las manos con agua fría. El corazón me latía fuerte en las sienes.
La puerta se abrió. Era Marta.
—Perdón por llegar tarde —susurró—. Una compañera no paraba de darme instrucciones. Nunca acababa.
No hubo más preámbulos. Nos metimos en el último cubículo, el más alejado. Ella fue a besarme. Yo la paré con una mano en el pecho.—Necesito que me hagas doler —le dije al oído, voz ronca—. Esta mierda que nos ha echado encima la jefa solo se me va con dolor.
Marta me miró fijo. Los ojos le brillaban oscuros.
—A mí me pasa lo mismo. Pero a ver si no nos hacemos sangre de verdad.
Nos bajamos los pantalones y la ropa interior al mismo tiempo. Sin preliminares. Empezamos a darnos tortas en los genitales. Manos abiertas, secas, duras. Yo le di en el clítoris, en los labios vaginales, alternando con pellizcos fuertes que le arrancaban jadeos ahogados. Ella me devolvió en los huevos, en la polla, golpes que dolían como puñaladas pero que me ponían más duro todavía. Nos pellizcamos, retorcimos, arañamos. Dolor puro, crudo. El cubículo olía a sudor y a excitación. Los golpes resonaban contra las paredes.




— Encúlame aquí mismo. Sin lubricante. Nada.- Dijo ella, con voz temblorosa pero firme.
Me alineé y empujé. Entré seco, de golpe. Dolor para los dos. Ella se tensó, gimió largo y bajo. Empecé a bombear duro, sin piedad, cada embestida un castigo mutuo. Le agarré las caderas, clavé los dedos. Seguí hasta que me corrí dentro, gruñendo contra su nuca, llenándola. Marta se corrió un poco después, temblando, todavía con mi polla dentro mientras seguía bombeando por inercia.
Nos quedamos quietos un segundo, respirando agitados. Luego nos separamos despacio.
—Lo siento —dije, voz baja.
—¿Estás mejor? —preguntó ella.
—Sí. Joder, sí. Mucho mejor.
—Yo también —admitió—. Se me ha quitado todo ese peso.
—Somos unos tarados —murmuré.
—Seguramente —dijo ella, con un poco de tristeza en la voz—. Pero al menos no le hacemos daño a nadie… y nos tenemos el uno al otro.
Nos dimos un beso tierno en la boca, sin lengua, solo labios suaves, como disculpa mutua. Luego salimos con cuidado, uno detrás del otro, comprobando que el baño seguía vacío.
Casi al mismo tiempo dijimos:—Tenemos que dejar de hacer esto o nos van a pillar.
Nos miramos y nos reímos bajito, nerviosos, liberados.
Volvimos a nuestros puestos mucho más relajados. El día siguió, pero ya no pesaba tanto.

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1 comentarios - Jugando fuerte con mi hermana. 28 algunas explicaciones.

metalchono +1
Buena imagen de Marijó.
locodantra
Me alegro de que te guste. Me costó un cierto esfuezro. Tuve que engañar a la IA para que la desnudara jajjajaja