You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Explorando el mundo swinger

La habitación del hotel estaba en penumbras, solo la luz tenue de la lámpara de noche iluminaba las sábanas blancas. Ángel y Mery, casados hace quince años, estaban parados al pie de la cama como dos adolescentes en su primera cita. Los dos temblaban un poco, pero de pura excitación mezclada con nervios. Habían decidido darle un giro a su matrimonio, probar el mundo swinger, y ahí estaba ella: Lourdes, la chica de 22 años vestida de blanco, con su piel canela brillando y una sonrisa pícara que decía “yo sé lo que hago”.

Explorando el mundo swinger

—Tranquilos, cariños —dijo Lourdes con voz suave pero segura, acercándose despacio—. Yo les voy a guiar. Ustedes solo déjense llevar, ¿ya? Esto va a estar bien rico.

Mery tragó saliva. Hacía quince años que no tocaba a una mujer. En la universidad había tenido sus aventuritas, pero desde que se casó con Ángel todo había sido solo él. Ahora, con el corazón latiéndole a mil, vio cómo Lourdes separaba frente a ella y le acariciaba la mejilla con el dorso de los dedos.

—Primero tú, mamacita —susurró Lourdes—. Te voy a poner bien mojada para que tu marido vea lo caliente que estás.

Le quitó el vestido negro despacio, dejando a Mery solo en tanga y brasier. Las manos jóvenes de Lourdes recorrieron sus hombros, bajaron por sus brazos y se detuvieron en sus tetas. Las apretó suave, con los pulgares rozando los pezones que ya estaban duros como piedritas.

—Ay, qué tetas más lindas tienes, Mery… bien firmes todavía —murmuró, y se inclinó para chupar uno de los pezones, lamiéndolo en círculos mientras su mano bajaba por la barriguita hasta meterse dentro de la tanga.

Mery soltó un gemido ahogado. —Ay, Lourdes… qué rico, carajo…

Ángel estaba sentado en la silla al lado, con los ojos bien abiertos y la verga ya marcándose dura debajo del pantalón. No podía creer lo que veía: su esposa, su Mery de siempre, abriendo las piernas mientras la chica de blanco le metía dos dedos despacio.

Lourdes los movía adentro y afuera, curvándolos para tocar ese punto que hace que las piernas tiemblen. Con la otra mano le frotaba el clítoris en circulitos rápidos.

—Así, mi amor… suéltate. Siente cómo te mojo los deditos —le decía al oído, mordiéndole el lóbulo—. ¿Hace cuánto no te tocaba una mujer, eh? Se nota que estás bien necesitada…

Mery empezó a jadear más fuerte, las caderas moviéndose solas contra la mano de Lourdes. —Más rápido… por favor… ay, me voy a correr…

Lourdes sonrió y aceleró, metiendo los dedos más profundo, el sonido húmedo llenando la habitación. De repente Mery arqueó la espalda, apretó las sábanas con las dos manos y soltó un grito ronco:

—¡Me vengo! ¡Ay, mierda, me vengo fuerte!

Todo su cuerpo tembló, las piernas se le cerraron alrededor de la mano de Lourdes mientras un chorrito caliente le salía, mojando los dedos y la sábana. Se quedó temblando, respirando como si hubiera corrido una maratón, con los ojos cerrados y una sonrisa de pura felicidad.

Lourdes sacó los dedos despacio, los chupó mirándola a los ojos y luego miró a Ángel.

—Ahora te toca a ti, papito. Ven aquí.

Ángel se acercó casi corriendo. Lourdes lo empujó suave sobre la cama, al lado de su esposa que todavía estaba recuperándose. Le bajó el pantalón y la verga saltó dura, gruesa, con la cabeza brillando de lo excitado que estaba.

—Miren qué palo tiene tu marido, Mery —dijo Lourdes riendo—. Ahora tú míralo bien mientras yo lo atiendo.

Se arrodilló entre las piernas de Ángel y se la metió a la boca de una sola vez, hasta el fondo. Ángel gruñó y agarró la cabeza de la chica. Lourdes la chupaba con ganas, saliva corriendo por los huevos, haciendo ruidos fuertes y mojados. Con una mano le acariciaba a Mery la concha todavía sensible, manteniéndola caliente.

Mery, todavía jadeando, se acercó y empezó a besarle el cuello a su marido mientras Lourdes le mamaba la verga como si fuera un helado en pleno agosto.

—Qué rico te la chupa, amor… mírala —le susurraba Mery al oído, mordiéndole la oreja.

Lourdes se sacó la verga de la boca un segundo, escupió encima y empezó a jalarla rápido con la mano mientras lamía la cabeza.

—Quiero que te corras en mi boca, Ángel… pero primero quiero que tu esposa te vea bien adentro de mí.

Se subió encima de él, se quitó el vestidito blanco de un tirón y se sentó despacio en esa verga dura. Los tres soltaron un gemido al mismo tiempo cuando entró completo. Lourdes empezó a moverse arriba y abajo, las tetas jóvenes saltando, el culo rebotando contra los muslos de Ángel.

Mery no se aguantó y se acercó a besarle las tetas a Lourdes mientras ella cabalgaba a su marido. Las manos de las dos mujeres se encontraron en el cuerpo del hombre, tocándose todo.

—Más duro, Lourdes… móntalo fuerte —pedía Mery.

La chica aceleró, el sonido de piel contra piel llenando todo. Ángela garraba las caderas de Lourdes y la empujaba hacia abajo con cada movimiento.

—Estoy cerca… ay, carajo… —gruñó él.

Lourdes se bajó rápido, se metió la verga a la boca otra vez y empezó a chupar con todo. Ángel no aguantó más: soltó un rugido y se corrió fuerte, chorros calientes llenándole la boca a la chica de blanco. Lourdes tragó todo lo que pudo, el resto le chorreaba por la barbilla.

Los tres se quedaron tirados en la cama, sudados, respirando pesado, riéndose bajito.

Mery miró a su marido con los ojos brillantes.

—Esto recién empieza, mi amor…

Lourdes sonrió, se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo:

—Cuando quieran, parejita. Yo les enseño todo lo que quieran aprender.

Los tres seguían tirados en la cama, el aire pesado de sudor y deseo. Mery todavía respiraba agitada, con las mejillas rojas y una sonrisa boba. Ángel tenía la verga medio dura otra vez, brillando de saliva y restos de lo anterior. Lourdes, desnuda y confiada, se arrodilló entre ellos como una profesora traviesa.

—Ahora sí, parejita… vamos a hacer que se conecten de verdad —dijo con voz ronca—. Primero misionero clásico, bien juntitos, para que se miren a los ojos. Ángel, ponte encima de tu mujer.

Ángel se movió rápido, se colocó entre las piernas abiertas de Mery. Ella le abrió más los muslos con las manos, mirándolo con ojos brillantes de nervios y ganas.

Lourdes se acercó por el lado, acariciando la espalda de Ángel mientras él se apoyaba en los codos. Con la otra mano le agarró la verga y la guió despacio hasta la entrada mojada de Mery.

—Despacito al principio, papito… que sienta cada centímetro —susurró Lourdes, y fue empujando la cadera de Ángel para que entrara.

Mery soltó un gemido largo cuando la sintió llenarla completa. —Ay, amor…qué rico… te extrañaba así adentro.

Ángel empezó a moverse lento, profundo, besándole el cuello. Lourdes no se quedó quieta: una mano le acariciaba los huevos a Ángel con suavidad, masajeándolos mientras él entraba y salía. Con la otra mano le frotaba el clítoris a Mery en circulitos rápidos.

—Así, mi reina… siente cómo te abre tu marido mientras yo te toco aquí —le decía al oído a Mery, mordiéndole el lóbulo—. Míralo a los ojos, dile cuánto te gusta.

Mery jadeaba, las caderas subiendo para encontrarse con cada embestida. —Te amo… ay, carajo, me encanta cuando me das así…

Lourdes aceleró los dedos en el clítoris, haciendo que Mery se arqueara más. Ángel aumentó el ritmo, el sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenando la habitación.

Después de unos minutos intensos, Lourdes dio una palmada suave en el culo de Ángel. —Ahora en cuatro, mi amor. Quiero ver cómo le das por atrás a tu mujer.

Mery se giró rápido, se puso en cuatro con el culo en pompa, las rodillas bien abiertas. Ángel se arrodilló detrás, agarrándole las caderas. Lourdes se colocó al lado, una mano en la espalda de Mery para que arqueara más la cintura, la otra mano bajando para acariciar los pezones colgantes.

Ángel entró de una sola empujada profunda. Mery gritó de placer. —¡Sí, así!¡Más fuerte, mi rey!

Él empezó a bombear con fuerza, las nalgadas resonando. Lourdes metió una mano entre las piernas de Mery y le frotaba el clítoris desde abajo, mientras con la otra le pellizcaba los pezones. A veces bajaba la mano y le acariciaba los huevos a Ángel cuando salía casi completo, apretándolos suave para que empujara más duro.

—Dale, Ángel… rómpela… que sienta todo —gemía Lourdes, excitada ella misma—.Mery, di lo que quieres.

—Quiero que me cojas duro… ay, Lourdes, no pares de tocarme… me voy a venir otra vez…

El ritmo se volvió salvaje. Ángel agarraba las caderas con fuerza, embistiendo profundo. Mery temblaba entera, el orgasmo subiendo rápido. Cuando explotó, soltó un grito ahogado y se apretó alrededor de la verga de su marido, mojándolo todo.

Lourdes sonrió satisfecha. —Ahora tú, Mery… móntalo. Quiero verte cabalgarlo como reina.

Ángel se acostó boca arriba, la verga parada y brillante. Mery se subió encima, se acomodó y se dejó caer despacio, tragándosela entera con un gemido largo.

—Dios… qué rico se siente… —susurró, empezando a moverse arriba y abajo.

Lourdes se arrodilló al lado, una mano en el pecho de Ángel pellizcándole los pezones, la otra entre las piernas de Mery frotándole el clítoris mientras ella subía y bajaba. A veces metía dos dedos al lado de la verga, estirándola un poco más, haciendo que Mery jadeara más fuerte.

—Muévete más rápido, mamacita… rebota ese culito —le decía Lourdes, besándole el cuello a Mery—. Ángel, agárrale las tetas… apriétalas fuerte.

Ángel obedeció, agarrando las tetas de su esposa mientras ella cabalgaba con furia. El colchón crujía, los gemidos se mezclaban. Lourdes no paraba: dedos en el clítoris, caricias en los huevos de Ángel, besos en el hombro de Mery.

Mery aceleró, las caderas girando en círculos. —Estoy cerca… ay, los dos… me van a hacer venir otra vez…

Ángel gruñó, sintiendo que él también llegaba. —Ven conmigo, amor… córrete conmigo…

Lourdes frotó más rápido el clítoris. Mery explotó primero: un grito ronco, el cuerpo temblando, apretando la verga dentro. Eso fue suficiente para Ángel: empujó hacia arriba y se corrió fuerte, llenándola con chorros calientes mientras gemía su nombre.

Los tres se derrumbaron otra vez, jadeando, riendo entrecortado. Lourdes se acostó entre ellos, acariciando la barriga de Mery y el pecho de Ángel.

—Bien hecho, parejita… se portaron re bien —dijo con una sonrisa pícara—.¿Quieren descansar un ratito o seguimos? Porque yo todavía tengo ganas de enseñarles más cositas…

Mery miró a su marido con ojos brillantes. —¿Qué dices, mi amor? ¿Seguimos jugando?

Ángel solo sonrió y asintió, ya sintiendo cómo la verga empezaba a moverse otra vez.

Lourdes se incorporó un poco, con el cuerpo todavía brillante de sudor, y miró a la pareja con ojos llenos de hambre.

—Ahora me toca a mí gozar, parejita —dijo con voz ronca, mordiéndose el labio inferior—. Quiero sentir esa verga dura adentro mientras le como rico a tu mujer.

Se puso en cuatro en el centro de la cama, el culo bien levantado, las piernas abiertas. Miró por encima del hombro a Ángel y le guiñó un ojo.

—Ven, papito… métemela toda desde atrás. No seas tímido.

Ángel se arrodilló rápido detrás de ella, agarrándole las caderas. La verga ya estaba otra vez dura como piedra. Lourdes se inclinó hacia adelante y abrió las piernas de Mery con las manos, separándole los labios con los pulgares.

—Mery, mi reina… abre bien para mí —susurró, y bajó la cabeza para lamerle despacio el clítoris hinchado.

Mery soltó un gemido largo, agarrando las sábanas. —Ay, Lourdes… qué lengua tan caliente tienes…
Justo en ese momento Ángel empujó hacia adelante y entró de una sola vez en Lourdes, hasta el fondo. La chica soltó un grito ahogado contra la concha de Mery, el cuerpo temblándole del placer.

—¡Sí, carajo! Así… métemela toda, Ángel… no pares…

Ángel empezó a bombear fuerte, las nalgadas resonando en la habitación. Cada embestida hacía que la boca de Lourdes se pegara más a Mery, lamiendo en círculos rápidos, metiendo la lengua adentro y chupando el clítoris como si fuera un caramelo.

Mery gemía sin control, las caderas subiendo para pegarse más a la cara de Lourdes. —Sigue… ay, me vas a hacer venir otra vez… chúpame más fuerte…

Lourdes gemía contra ella, vibrando con cada empujón de Ángel. La mano de la chica bajó para frotarse el clítoris mientras la penetraban, acelerando el ritmo.

—Estoy cerca… ay, me vengo… —gruñó Lourdes entre lamidas.

Ángel agarró más fuerte las caderas y aceleró, embistiendo profundo. Lourdes explotó primero: un grito ahogado contra la vagina de Mery, el cuerpo temblando, apretando la verga dentro. Eso fue suficiente para que Mery también se corriera, arqueando la espalda y mojándole toda la boca a Lourdes.

Ángel salió despacio, todavía duro, respirando pesado. Lourdes se giró, con la barbilla brillando de los jugos de Mery, y sonrió pícara.

—Ahora las dos juntas, boca arriba… quiero que nos alternes, papito. Vas aprobar las dos conchas seguidas.

Mery y Lourdes se acostaron lado a lado, las piernas bien abiertas, las manos entrelazadas. Las dos miraban a Ángel con ojos brillantes.

—Empieza por mí —pidió Lourdes, abriéndose más con los dedos.
Ángel se colocó entre sus piernas, entró despacio y empezó a moverse. Lourdes gemía bajito, apretándole el culo con las piernas.

—Qué rico… más profundo… así…

Después de unas cuantas embestidas fuertes, Ángel salió y se movió hacia Mery.

—Ahora tú, mi amor —dijo, entrando en su esposa de un empujón.

Mery soltó un gemido ronco. —Ay, sí… métemela toda… te siento tan duro…

Ángel alternaba: cinco o seis embestidas fuertes en Lourdes, luego en Mery, y vuelta a empezar. Las dos mujeres se besaban entre gemidos, tocándose las tetas, pellizcándose los pezones mientras Ángel las penetraba una tras otra.

Lourdes metió una mano entre las piernas de Mery y le frotaba el clítoris mientras Ángel la cogía. Mery hacía lo mismo con Lourdes.

—Más rápido… alterna más rápido… —pedía Lourdes jadeando.

Ángel obedecía, el sonido húmedo y los gemidos llenando todo. Las caderas chocaban, las tetas rebotaban, las manos se tocaban por todos lados.

Mery fue la primera en llegar otra vez. —Ay, me vengo… no pares… —gritó, apretando la verga dentro mientras temblaba.

Ángel salió y entró en Lourdes con fuerza. Ella se corrió casi al instante, las piernas temblando alrededor de su cintura.

—Ahora tú, Ángel… córrete donde quieras… —dijo Lourdes entre jadeos.

Ángel aceleró, alternando dos o tres embestidas en cada una, hasta que no aguantó más. Salió de Lourdes, se arrodilló entre las dos y se jaló fuerte. Chorros calientes cayeron sobre las barrigas y tetas de las dos mujeres, que se reían y gemían mientras se untaban el semen con las manos, besándose con lengua.

Los tres se derrumbaron exhaustos, sudados, pegajosos, riéndose bajito.

Lourdes, todavía jadeando, les dio un beso a cada uno en la boca.

—Esto fue solo el comienzo, parejita… cuando quieran traigo a mi amiga Carla. Ella es más loca que yo.

Mery miró a Ángel con una sonrisa traviesa.

Ángel solo asintió, ya imaginando lo que vendría.



lesbianas

0 comentarios - Explorando el mundo swinger