Hola soy Lucy, este es el capítulo más reciente que hice, espero que lo disfrute, para el siguiente tendrá que esperar me toma un tiempo escribirlo y recuerda que si me quieres me puedes seguir escribiendo en x/Twitter me puedes encontrar como:@lucy_escribe1.
2 - Consecuencias
El primer pensamiento de Rodrigo al abrir los ojos fue de alivio. Había sido una pesadilla. Una horrible, retorcida y absurda pesadilla. Todo aquello del juicio, el laboratorio, el cuerpo de adolescente... solo un mal sueño.
Sonrió con satisfacción, todavía sin abrir los ojos, disfrutando ese momento de paz antes de empezar el día. Pronto estaría con su café preparado por su asistente...
Pero entonces intentó estirar el brazo y sintió algo extraño. Una presión en el pecho. Un peso que no debería estar ahí.
Abrió los ojos de golpe.
El techo era blanco, desconocido, con una grieta que recorría una esquina. No era su techo. Nunca había sido su techo.
Y entonces sintió el peso otra vez. Esos dos bultos enormes colgando de su torso, moviéndose ligeramente con cada respiración.
—No... —susurró con voz aguda.
Se incorporó de un salto, y el movimiento brusco hizo que aquellos senos enormes rebotaran violentamente, golpeándole suavemente la parte superior de los brazos. La sensación era tan real, tan física, tan absolutamente presente, que cualquier esperanza de que hubiera sido un sueño se desvaneció al instante.
—¡NO! —gritó, y su voz sonó femenina, extraña, ajena.
Con furia contenida, bajó de la cama y dio un puñetazo al colchón con todas sus fuerzas. Pero su cuerpo ahora era más pequeño, más débil, y el golpe apenas movió la cama. Eso solo incrementó su ira. Golpeó una y otra vez la almohada, los puños hundiéndose en la tela barata, hasta que el agotamiento lo obligó a parar.
Respiraba agitada, sintiendo cómo aquellos malditos pechos subían y bajaban con cada jadeo. Se odiaba. Odiaba cada fibra de ese cuerpo que no le pertenecía.
Caminó hacia el espejo, aunque en el fondo ya sabía lo que iba a encontrar. Y allí estaba: la misma imagen del día anterior. Esa chica de pelo oscuro y lacio, de facciones suaves, de cuerpo exuberante y curvilíneo. Grandes pechos, caderas anchas, muslos gruesos. Llevaba puesta la misma camisa blanca con la que había dormido y arrugada, dejando ver parte de su ropa interior negra.
Apartó la mirada al instante. No podía soportarlo. No quería verla. No quería verla porque verla era aceptar que él era ella, y eso era algo a lo que no estaba dispuesto a rendirse.
Fue entonces cuando su estómago rugió con fuerza.
Se llevó una mano al vientre y se dio cuenta de que no había comido nada desde el día del juicio. Desde antes de todo esto. Desde que era él mismo.
Necesitaba comer.
Salió de la habitación hacia la cocina, maldiciendo cada paso, cada rebote de su pecho, cada mechón de pelo que se le metía en la cara. Abrió la nevera: casi vacía. Un par de cosas que no sabía ni qué eran. Abrió los armarios: platos, vasos, y en uno de ellos, varios paquetes de ramen instantáneos.
Rodrigo cogió uno y lo miró con desprecio. Jamás en su vida había cocinado. Para eso estaban las mujeres: su madre, sus asistentas, sus parejas ocasionales. Ellas cocinaban, limpiaban, atendían. Él solo daba órdenes y recogía los resultados.
Pero ahora no había nadie. Solo él. Solo ella.
Con rabia contenida, leyó las instrucciones del empaque. Parecía algo sencillo.
Y lo fue. Diez minutos después, tenía un tazón humeante de ramen entre las manos. Se sentó en el pequeño sofá de la sala, mirando aquella comida tan indigna de su paladar acostumbrado a restaurantes de lujo. Pero el hambre podía más que el orgullo.
El primer bocado fue un descubrimiento. Estaba caliente, sabroso, reconfortante. El segundo fue mejor. El tercero, directamente placentero.
Por un instante, mientras comía, casi olvidó dónde estaba, qué era. Por un instante, fue solo una persona disfrutando de una comida caliente. Casi se sintió en paz.
Pero entonces el tazón quedó vacío. Solo quedaba el caldo en el fondo.
Rodrigo se levantó del sofá sin pensar, sin calcular, sin recordar que su cuerpo ya no era el mismo. El centro de gravedad había cambiado. El peso en el pecho lo descompensó. Dio un paso torpe, trastabilló, y el tazón voló de sus manos.
—¡Ahhh! —gritó cuando el líquido caliente le cayó encima, empapándole la camisa blanca de arriba abajo.
El caldo no estaba hirviendo, pero sí lo suficientemente caliente como para que la piel le ardiera. Dejó escapar un pequeño gemido de dolor y sorpresa mientras sentía cómo el líquido se filtraba por la tela, cómo se colaba entre sus pechos, resbalando por la hendidura, empapando el sujetador, dejando una sensación pegajosa y húmeda terriblemente incómoda.
Miró hacia abajo y vio la camisa blanca, ahora completamente mojada, transparente, pegada a su piel, marcando con precisión obscena la forma de sus enormes senos. Podía ver a través de la tela el encaje negro del brasier, la curva de su propia carne. Era una imagen que le revolvió el estómago.
Sin pensarlo dos veces, se quitó la camisa. La arrancó de su cuerpo con violencia y la arrojó a una canasta de ropa sucia que había junto a la puerta de baño.
Allí estaba, de pie en medio de la sala, solo en ropa interior. Sujetador negro, bragas negras, y el cuerpo curvilíneo de una adolescente de senos descomunales. Se sintió expuesta, vulnerable, ridícula. Pero el olor a ramen que emanaba de su piel era insoportable, y la sensación pegajosa entre los pechos lo sacaba de quicio.
Sabía lo que tenía que hacer. Y no quería hacerlo.
Ducharse. Tener que desnudarse del todo, tener que tocar ese cuerpo, tener que verlo, tener que aceptarlo aunque solo fuera por unos minutos. La idea le resultaba aberrante.
Pero esas dos semanas que le habían dado eran para esto. Para acostumbrarse. Para aprender a vivir así. Por mucho que le repugnara la idea de hacerlo, no tenía elección.
Respiró hondo —sintiendo otra vez el peso en el pecho al hacerlo— y se dirigió al baño.
Una vez dentro, cerró la puerta. El baño era pequeño, con un espejo empañado por el uso, una ducha sencilla con cortina, y lo justo para sobrevivir. Rodrigo evitó mirarse al espejo. Prefirió centrarse en la ducha.
Abrió el grifo. El agua tardó unos segundos en calentarse.
Luego, con manos temblorosas, llevó las manos a la espalda para desabrochar el sujetador. Ya lo había hecho antes, pero no por eso era más fácil. Los dedos lucharon contra el broche hasta que, finalmente, cedió.
Los pechos cayeron hacia adelante con un peso que aún no lograba asimilar. Por un momento, los sostuvo con sus propias manos, sintiendo aquella masa de carne suave y pesada. Eran tan grandes que sus manos no alcanzaban a cubrirlos por completo. Eran cálidos, increíblemente suaves, y se hundían con la presión más leve. Tuvo que apartar las manos rápidamente, como si quemaran.
Se quitó las bragas y las dejó en el suelo, junto al sujetador. Por fin estaba completamente desnuda.
Sin mirarse, apartó la cortina y se metió en la ducha.
El agua caliente cayó sobre su piel y fue... diferente. Las sensaciones recorrían su cuerpo de una manera nueva, más intensa en algunas zonas, más suave en otras. El agua resbalaba por sus hombros, bajaba por la curva de su espalda, se deslizaba entre sus pechos formando pequeños ríos que luego caían al suelo. Rodrigo cerró los ojos, tratando de no pensar, de no sentir, de no ser consciente de lo que estaba pasando.
Pero llegó el momento de enjabonarse. No podía evitarlo.
Agarro la barra de jabón y empezó a limpiarse. Los brazos, finos y suaves. Los hombros, más estrechos de lo que recordaba. El cuello, delicado. Y luego bajó.
Los pechos.
El jabón resbaló sobre sus senos y Rodrigo contuvo el aliento. Eran tan grandes que tenía que sostenerlos para enjabonarlos bien. La sensación del jabón, de sus propias manos deslizándose sobre aquella piel nueva, era tan extraña, tan íntima, que sintió que le faltaba el aire. Eran suaves, increíblemente suaves. Pesados. Cálidos. Reales.
Apartó las manos y siguió con el vientre, más plano de lo que estaba acostumbrado, más tonificado. Luego las caderas, anchas, femeninas. Los muslos, gruesos, poderosos. Las nalgas, prominentes y firmes.
Todo en él —en ella— era redondez, suavidad, curvas.
Solo le quedaba un lugar. El último. Ese que separaba a un hombre de una mujer.
Rodrigo se quedó quieto bajo el agua, con la mano dudando, sin atreverse a bajar. No quería. No podía. Pero el olor a ramen aún estaba ahí, y el jabón no había llegado a todas partes.
Finalmente, con el corazón acelerado, bajó la mano.
Fue rápido. Un par de pasadas con jabón, sintiendo la ausencia de lo que antes había estado ahí, sintiendo la presencia de lo que ahora había en su lugar. No se detuvo a explorar. No quiso saber más de lo estrictamente necesario. Era un cuerpo. Solo un cuerpo. No era ella. No era él. No era nada.
Terminó de enjabonarse las piernas y luego se lavó el pelo. Lo hizo como siempre había hecho, con los mismos movimientos, aunque ahora el pelo le llegaba más abajo de los hombros y necesitaba más producto. Le daba igual si lo hacía mal. No le importaba.
Cerró el grifo. El agua dejó de caer.
Salió de la ducha, cogió una toalla que estaba en un estante y comenzó a secarse. Lo hizo deprisa, sin mirarse, sin prestar atención. Luego se enrolló la toalla alrededor del cuerpo, tapando todo lo que pudiera, y salió del baño.

Iba hacia la habitación cuando algo la detuvo.
Toc, toc, toc.
Alguien llamaba a la puerta del departamento.
Rodrigo se quedó paralizada. ¿Quién podía ser? Nadie sabía que estaba aquí. Nadie debería saberlo. Quizá era el hombre de bata blanca, o alguno de los agentes, viniendo a comprobar que no había huido.
Sin pensarlo, sin ser consciente de su aspecto, con la toalla malajustada y el pelo aún goteando, abrió la puerta.
Un hombre joven, de unos veintitantos años, estaba al otro lado. Vestía algo casual , y llevaba el pelo ligeramente despeinado. Tenía la boca abierta, a punto de decir algo, pero cuando vio a Rodrigo se quedó completamente en blanco.
La miró de arriba abajo. La toalla, sujeta apenas sobre los pechos. El escote que se insinuaba. Las piernas descubiertas. El pelo mojado cayendo sobre lo hombros.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Necesitas algo? —preguntó, sin vergüenza, porque en el fondo todavía no sentía que aquel cuerpo fuera suyo, y por tanto no sentía que estuviera mostrando nada propio.
El chico parpadeó. Tosió. Se ruborizó visiblemente.
—Eh... yo... sí, bueno —tartamudeó, haciendo un esfuerzo evidente por recuperar la compostura y no mirar sus pechos, aunque fracasaba estrepitosamente—. Venía a... a saludar. Soy del edificio. El encargado me dijo que alguien nuevo se había mudado al 5B, así que... quería presentarme.
Hizo una pausa, tragó saliva, y sonrió con nerviosismo.
—Me llamo Kevin. Pero todos mis amigos me llaman sac.
Se quedó en silencio, esperando. Esperando que ella se presentara.
Rodrigo tardó un segundo en entenderlo. Luego, haciendo un esfuerzo sobrehumano, recordó el nombre que le habían impuesto. El nombre que odiaba. El nombre que no era suyo.
—Ah... —dijo, con voz todavía algo ronca—. Me mudé ayer. Me llamo...
Hizo una pausa. Las palabras se le atragantaban.
—...Lucía.
Kevin asintió, sonriendo con más confianza ahora.
—Lucía. Bonito nombre. Bueno, yo también soy nuevo aquí, así que si necesitas ayuda con algo, no dudes en decírmelo. Vivo abajo, en el 4B.
Miró hacia el pasillo, incómodo, y luego de nuevo a ella, haciendo otro esfuerzo sobrehumano por mantener la mirada en su cara.
—Bueno, te dejo. Se ve que estás... ocupada. Nos vemos, Lucía.
Rodrigo no dijo nada. Solo asintió y cerró la puerta.
Se quedó apoyada contra la madera, respirando hondo. Eso había sido... extraño. Ese chico, Kevin, la había mirado como si... como si...
No quería terminar ese pensamiento.
Se apartó de la puerta y fue a la habitación a vestirse.
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Una semana después.
Los días habían pasado con una lentitud exasperante.
Rodrigo no había salido del departamento. No veía razón para hacerlo. Tenía comida suficiente, agua, un techo. Fuera solo estaba el mundo, y el mundo significaba peligro, significaba que alguien pudiera descubrirla, significaba tener que interactuar con gente que la vería como lo que ahora era.
Así que se había quedado encerrada.
Había aprendido algunas cosas en esa semana. A moverse con más cuidado, aunque todavía tropezaba de vez en cuando. A vestirse sola, aunque odiaba cada prenda que tenía que ponerse. A soportar la visión de su propio reflejo, aunque apartaba la mirada en cuanto podía.
Había tenido situaciones incómodas. Ir al baño, por ejemplo, seguía siendo una experiencia extraña y humillante. Sentarse en lugar de... bueno, ya no había "en lugar de". Ahora solo podía sentarse. Y limpiarse era diferente. Y todo era diferente.
Dormir también era difícil. Con esos pechos tan grandes, no encontraba postura. Si se ponía boca arriba, le pesaban y casi no podía respirar. Si se ponía de lado, uno se aplastaba contra el colchón de manera incómoda y el otro colgaba de manera extraña. Se movía mucho por las noches, despertándose constantemente, incapaz de encontrar una posición que no le recordara constantemente lo que era.
Tampoco había vuelto a ver a Kevin. Ni a nadie. El edificio estaba en silencio.
Pero aquella noche, mientras intentaba dormir por enésima vez, dando vueltas en la cama, sintiendo aquellos enormes pechos moverse con cada giro, no pudo evitar preguntarse qué vendría después.
En una semana empezaban las clases.
En una semana tendría que salir de ese departamento.
En una semana tendría que enfrentarse al mundo siendo Lucía.
Y la idea le helaba la sangre.
Pero por mucho que lo intentara, no podía escapar de la realidad.
Al día siguiente.
La luz del sol entraba por la ventana sin cortinas, golpeándole directamente en la cara. Rodrigo frunció el ceño y giró la cabeza, tratando de ignorarla, de seguir durmiendo. Pero ya era imposible.
Abrió los ojos y volvió a enfrentarse a ese techo blanco con grietas. El techo que no era suyo. La cama que no era suya. El cuerpo que no era suyo.
Se quedó un momento inmóvil, mirando al vacío, preguntándose qué demonios valía la pena hacer ese día. ¿Para qué levantarse? No tenía nada que hacer. Nadie a quien ver. Ningún lugar a donde ir. La escuela empezaba en una semana, pero hasta entonces... ¿qué?
Podía quedarse en la cama todo el día. No era como si alguien fuera a reclamarle. No era como si alguien se preocupara por lo que hiciera o dejara de hacer.
Rodrigo suspiró, sintiendo el peso de sus pechos aplastados contra el colchón en la posición incómoda en la que había terminado durmiendo. Otra noche de dar vueltas, de no encontrar postura, de despertarse cada dos horas. Estaba agotada.
—¿Para qué levantarse? —murmuró en voz alta, con esa voz aguda que seguía sonándole ajena.
Pero justo en ese momento...
Toc, toc, toc.
Alguien llamaba a la puerta.
Rodrigo se incorporó de golpe, el corazón acelerado. ¿Quién podía ser tan temprano? ¿Kevin otra vez? ¿Algún otro vecino viniendo a presentarse? ¿O quien...?
Se levantó de la cama. Seguía con la ropa interior de la noche anterior, un sujetador sencillo y unas bragas negras que había encontrado. No le importó. Ya había aprendido que la vergüenza era un lujo que no podía permitirse.
Caminó hacia la puerta, sintiendo otra vez ese molesto rebote en el pecho con cada paso. Se detuvo un instante, respiró hondo, y abrió.
Un hombre estaba al otro lado.
Alto, de expresión severa, vestido con un traje oscuro impecable. Llevaba gafas de sol a pesar de estar en el interior del edificio, y en una mano sostenía un maletín negro de aspecto oficial.
Rodrigo lo reconoció al instante. Era uno de ellos. Uno de los hombres que la habían llevado al laboratorio. Uno de los que la habían metido en esta pesadilla.
—¿Qué necesitas? —preguntó Rodrigo, con la voz fría, desafiante.
El hombre no sonrió. No se disculpó. Solo habló, con un tono plano y profesional.
—Necesito hablar con usted. Es importante. ¿Puedo pasar?
Rodrigo frunció el ceño, confundida. Una parte de ella quería cerrarle la puerta en la cara. Otra parte, más pequeña pero más insistente, le decía que debía escuchar lo que tenía que decir.
—Pasa —dijo al final, apartándose para dejarle paso.
El hombre entró sin mirarla siquiera. Sus ojos recorrieron el pequeño departamento con una frialdad clínica, como si evaluara cada rincón, cada mueble desgastado, cada detalle.
Rodrigo cerró la puerta y se quedó de pie, cruzando los brazos sobre el pecho. Luego recordó que ese gesto solo hacía que sus pechos parecieran más grandes y los bajó de inmediato, incómoda.
—¿De qué se trata? —preguntó, impaciente.
El hombre se volvió hacia ella. Se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos grises e inexpresivos.
—Soy un agente del gobierno. Estoy encargado de supervisarlo mientras cumple su condena.
Rodrigo arqueó una ceja. El tono del hombre era tan frío, tan indiferente, que parecía que estuviera hablando del tiempo o de cualquier otra cosa mundana. Como si supervisar a un hombre convertido en una adolescente fuera su trabajo de nueve a cinco.
—¿Supervisarme? —repitió Rodrigo, con una sonrisa sarcástica—. Así que tú eres el que...
—Sé que en realidad no es mujer —la interrumpió el agente, sin dejarle terminar—. Sé que fue condenado a dos años viviendo así por sus crímenes, sus abusos de poder y su comportamiento con las mujeres. Así que ahórrese el discurso de víctima.
Rodrigo cerró la boca, sorprendida por la brusquedad.
El agente continuó, imperturbable.
—Soy el encargado de supervisar su castigo. El experimento todavía está en desarrollo, y necesito hacer informes periódicos. Pero puede estar tranquila —dijo, usando el femenino con total naturalidad—. A excepción de hoy, solo vendré una vez al mes. No voy a interactuar en su vida cotidiana. Solo le haré algunas preguntas, responderé dudas si las tiene, y le entregaré ciertas cosas.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
El agente no respondió de inmediato. En lugar de eso, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña libreta negra. La abrió, y Rodrigo pudo ver que estaba llena de anotaciones escritas con letra pequeña y ordenada.
—Antes de eso —dijo el agente, levantando la vista hacia ella—, necesito hacerle unas preguntas.
Rodrigo apretó la mandíbula, pero asintió. No tenía elección.
—Primera pregunta —comenzó el agente, con la misma voz plana—. ¿Cómo le va con su nuevo cuerpo? ¿Ya se ha acostumbrado?
Rodrigo soltó un bufido. ¿Cómo que si ya se había acostumbrado? ¿Llevaba solo una semana encerrada en aquel infierno de carne y hormonas.
—No —respondió, con voz cortante—. Todavía no me acostumbro. El centro de gravedad es diferente, me desequilibro todo el tiempo. Y en especial...
Hizo una pausa. Se sentía ridículo hablando de esto.
—En especial estos —dijo al fin, señalando su pechos con un gesto brusco—. ¿Por qué tenían que ser tan enormes? ¿Fue necesario?
El agente anotó algo en su libreta sin levantar la vista.
—El gobierno no tuvo control sobre cómo sería su nuevo cuerpo —respondió, con total indiferencia—. La configuración física fue completamente aleatoria.
Rodrigo abrió la boca para protestar, pero el agente ya estaba con la siguiente pregunta.
—¿Ha tenido algún problema con su residencia o con algún vecino?
Rodrigo negó con la cabeza, cruzándose de brazos otra vez y volviéndolos a bajar al instante.
—No. No he hablado con casi nadie desde que llegué. Solo uno que vino a presentarse.
El agente asintió, anotando.
—¿Puedo preguntar algo yo? —dijo Rodrigo, con tono ácido—. ¿No podían haberme puesto en un lugar mejor? Esto es demasiado pequeño, demasiado miserable...
—No —la interrumpió el agente, sin rodeos—. Eso es parte del castigo. Y no se le olvide que sigue siendo un criminal.
Rodrigo sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Criminal. Esa palabra le ardía. Pero antes de que pudiera responder, el agente continuó, pasando a la siguiente pregunta de su libreta.
—Ahora que es mujer... ¿se arrepiente de lo que le hizo a esa secretaria? ¿O a alguna de las otras mujeres que acosó?
El silencio cayó como un muro entre ellos.
Rodrigo se quedó completamente quieta. Su expresión cambió. La ira que había estado sintiendo se transformó en algo más oscuro, más retorcido. Apretó los puños con fuerza, las uñas clavándose en las palmas.
Recordar a esa secretaria. A esa mujer de mirada asustada que se atrevió a denunciarlo. A esas otras que también hablaron. A todas ellas, atreviéndose a manchar su nombre, a poner en riesgo su imperio...
La rabia le quemaba por dentro.
El agente observó su expresión sin inmutarse. Anotó algo en la libreta.
—Bueno —dijo, cerrando la libreta y guardándola en el bolsillo—. Todavía tiene tiempo para pensar sobre ello.
Rodrigo no dijo nada. Seguía mirando al suelo, los puños aún apretados.
—Con esas respuestas basta por ahora —continuó el agente—. Ahora, ¿tiene alguna pregunta o algo que quiera saber?
Rodrigo permaneció en silencio unos segundos más. Luego, sin levantar la vista del suelo, habló. Su voz era baja, casi avergonzada.
—¿Qué quieren que haga con este cuerpo? —preguntó—. ¿Cuál es el propósito?
El agente la miró, y por un instante, algo parecido a la paciencia cruzó sus ojos grises.
—Ya debe imaginárselo —respondió—. El propósito es que entienda mejor a las mujeres. Que sea más empático con ellas. Por sus actitudes y su comportamiento. Para que sea mejor persona. No tiene que hacer nada extraordinario. Solo vivir como si fuera una adolescente. Eso es todo.
Rodrigo levantó la vista, con el ceño fruncido. Vivir como si fuera una adolescente. Eso era todo. Como si fuera sencillo. Como si no fuera la cosa más humillante y aterradora que le había pasado en la vida.
El agente, aparentemente satisfecho con la conversación, se acercó a la pequeña mesa del comedor y posó el maletín sobre ella. Lo abrió con un clic metálico.
—Bueno, con esto aclarado, voy a entregarle unas cosas.
Rodrigo se acercó, mirando con desconfianza el contenido del maletín.
El agente sacó primero una carpeta de cartón grueso y la dejó sobre la mesa.
—Estos son sus nuevos documentos —dijo—. Acta de nacimiento, identificación oficial, historial escolar, certificados de vacunación... todo lo que necesita para acreditar su nueva identidad.
Puso la carpeta a un lado y volvió a meter la mano en el maletín. Sacó otra carpeta, más delgada, y la dejó junto a la primera.
—Estos son los papeles de la escuela. Su horario, el reglamento, la carta de aceptación... Ya está inscrita. Empieza en una semana.
Rodrigo miró las carpetas con una mezcla de resignación y asco. Todo preparado. Todo listo. No había escapatoria.
El agente siguió sacando cosas. Esta vez fue una bolsa de plástico negra, cerrada con una cremallera. La dejó sobre la mesa y la abrió.
—Son sus uniformes para ir a la escuela —explicó—. Tiene que usarlos sí o sí. Es obligatorio.
Rodrigo no necesitó mirar dentro para saber lo que había. Podía verlo a través del plástico transparente de la bolsa: faldas, blusas blancas, chaquetas, calcetas... Todo increíblemente femenino. Todo increíblemente escolar.
Su expresión de rechazo fue tan evidente que el agente, por primera vez, pareció divertirse. Solo un instante. Luego volvió a su frialdad habitual.
—Por último —dijo, metiendo la mano en el maletín una vez más—. Esto.
Sacó un teléfono celular. Pequeño, moderno, con una funda de color rosa pálido.
Rodrigo abrió los ojos de par en par.
—¿Me van a dar un celular? —preguntó, incrédula.
El agente asintió, sosteniendo el teléfono entre sus dedos.
—Sería raro que una adolescente no tuviera celular —explicó—. Además, en esta época se utiliza mucho para los estudios. También para emergencias.
Rodrigo extendió la mano para cogerlo, pero el agente retiró el brazo en el último momento.
—Antes de que se lo entregue —dijo, con la voz más seria que nunca—. No intente hacer ninguna tontería con esto. El gobierno la está vigilando. Ya sabe lo que va a pasar si hace algo que no debe.
Rodrigo apretó los dientes.
—Sí, sí, lo entiendo —dijo con sarcasmo—. Ni privacidad puedo tener.
El agente la ignoró por completo. Le puso el teléfono en la mano y cerró el maletín con otro clic metálico.
—Eso es todo por esta ocasión —anunció, guardándose las gafas de sol en el bolsillo de la chaqueta—. Si ocurre una emergencia, en el celular tiene mi contacto. Por motivos de seguridad no puedo darle mis datos personales, pero puede llamarme y preguntar por el Agente G.
Rodrigo miró el teléfono en su mano, todavía procesando todo.
—¿Agente G? —repitió, con incredulidad—. ¿Eso es todo? ¿Un nombre en clave?
El agente no respondió. Ya se dirigía hacia la puerta.
—Le recomiendo que revise los documentos y los uniformes —dijo, sin volverse—. Y que aproveche esta semana para seguir adaptándose. La escuela no le va a poner las cosas fáciles.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Rodrigo se quedó donde estaba, mirándolo.
Justo antes de cerrar, el agente se volvió por un instante.
—Y, Lucía... —dijo, usando ese nombre otra vez—. Buena suerte. La va a necesitar.
Cerró la puerta.
Rodrigo se quedó sola en el pequeño departamento, con las carpetas sobre la mesa, la bolsa de los uniformes a medio abrir, y un teléfono rosa en la mano.
—Qué puta mierda —murmuró, dejándose caer en la silla más cercana.
Habían pasado varios días desde la visita del agente. Rodrigo había dejado las carpetas de documentos sobre la mesa sin apenas mirarlas. Una hojeada rápida le bastó para confirmar lo que ya sabía: papeles falsos, una identidad falsa, una vida falsa. Todo en orden para seguir con aquella farsa.
La bolsa con los uniformes seguía exactamente donde la había dejado el agente, cerrada y sin abrir. No quería verlos. No quería tocarlos. Ya tendría suficiente cuando llegara el momento de ponérselos. Hasta entonces, prefería fingir que no existían.
Lo único que había usado era el teléfono. Pasar el tiempo era difícil en aquel departamento vacío y silencioso, sin televisión, sin ordenador, sin nada que le recordara la vida de lujo a la que estaba acostumbrado. Al menos el celular le daba algo que hacer. Pero sin internet, por supuesto, las opciones eran limitadas. Podía mirar la hora, revisar los pocos contactos que habían cargado en la agenda (el agente, una farmacia, un número de emergencias), o simplemente mirar la pantalla de inicio como un idiota.
Había sido una semana tranquila. Demasiado tranquila. Nadie llamaba a la puerta. Nadie molestaba. El edificio parecía vacío la mayor parte del tiempo.
Pero había un problema. Un problema que empezó hace tres noches y que Rodrigo temía que volviera a repetirse aquella noche.
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Eran casi las once de la noche. Rodrigo estaba en la cama, dando vueltas como de costumbre, tratando de encontrar una posición cómoda. Pero nada funcionaba. Sus pechos enormes se interponían siempre, aplastándose, moviéndose, pesando.
Cerró los ojos y trató de relajarse.
Y entonces empezó.
Primero fue un gemido bajo, casi imperceptible. Rodrigo pensó que se lo había imaginado. Pero luego vino otro. Y otro. Y pronto se convirtió en una serie de sonidos rítmicos, inconfundibles, absolutamente obscenos.
—No otra vez —murmuró Rodrigo, apretando los ojos con fuerza.
Eran gemidos. Gemidos de placer. Venían del departamento de al lado.
La primera noche, Rodrigo había intentado ignorarlos. Se había tapado los oídos con la almohada y había esperado a que pasaran. Había durado lo que parecía una eternidad.
La segunda noche había sido peor. Los gemidos eran más fuertes, más prolongados. Rodrigo había maldecido en voz baja durante horas, hasta que finalmente el silencio volvió y pudo quedarse dormida ya casi de madrugada.
Y ahora era la tercera noche.
—Maldita sea —siseó, incorporándose en la cama.
Los gemidos seguían. Eran tan ruidosos que parecía que estuvieran en la misma habitación. Rodrigo se tapó los oídos con las manos. Nada. Agarró la almohada y la presionó contra su cabeza. Los sonidos seguían filtrándose, inconfundibles, imposibles de ignorar.
—¿Por qué tiene que ser tan ruidoso? —se quejó en voz alta, sabiendo que nadie la escuchaba.
Se removió en la cama, incómoda. El sujetador le apretaba, las tiras le molestaban en los hombros. Con un movimiento brusco, se lo quitó y lo arrojó al suelo. Sus pechos cayeron, libres pero todavía más evidentes, más presentes.
No ayudó a estar más cómoda. Los gemidos seguían.
Rodrigo intentó todo lo que se le ocurrió: ponerse boca abajo con la almohada sobre la cabeza, taparse los oídos con los dedos, incluso intentar contar mentalmente para distraerse. Nada funcionaba. Aquellos malditos sonidos se colaban en su cerebro como un taladro, impidiéndole pensar, impidiéndole descansar.
Finalmente, cuando el reloj marcaba las tres de la madrugada y los gemidos por fin cesaron, Rodrigo pudo quedarse dormida. Pero el sueño fue corto, agitado, lleno de pesadillas confusas en las que su cuerpo cambiaba de forma constantemente.
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La mañana siguiente fue brutal.
Rodrigo se despertó con los ojos irritados, la cabeza pesada y un mal genio. Había dormido apenas unas horas. Se miró en el espejo del baño y casi no se reconoció: ojeras oscuras bajo sus ojos, el pelo enmarañado, la expresión hundida.
—Esto no puede seguir así —se dijo a sí misma, apretando los dientes.
Solo le quedaba ese fin de semana antes de que empezara la maldita escuela. Necesitaba dormir. Necesitaba descansar. Necesitaba que ese vecino de mierda dejara de hacer tanto ruido por las noches.
Ya no aguantaba más.
Salió del baño, usado una blusa blanca fina, demasiado transparente para su gusto, pero no le importaba— y salió del departamento sin pensarlo dos veces. La furia la impulsaba, la rabia la guiaba.
Se plantó frente a la puerta de al lado. La puerta del departamento del que salían aquellos gemidos insoportables.
Golpeó.
No golpeó con suavidad. Golpeó con el puño cerrado, una y otra vez, sin parar, hasta que sus nudillos empezaron a dolerle.
—¡Oye! —gritó, con su voz aguda—. ¡Abre! ¡Ya!
Unos segundos de silencio. Luego, ruido de pasos arrastrándose hacia la puerta.
La puerta se abrió.
Y Rodrigo se quedó paralizada.
Era un hombre. Pero no un hombre cualquiera. Era enorme. Moreno, musculoso, de brazos gruesos como troncos y hombros anchos. Llevaba el torso desnudo, mostrando un abdomen marcado y un pectoral que parecía esculpido en piedra. Tenía el pelo corto y negro, y una mandíbula cuadrada que le daba un aspecto rudo, casi intimidante.
Parecía molesto. Se estaba tallando un ojo con el dorso de la mano, como si acabaran de despertarlo.
—¿Quién toca así a esta hora? —gruñó, con voz profunda y grave. Luego bajó la mano y miró a Rodrigo con el ceño fruncido—. ¿Quién eres tú?
Rodrigo tragó saliva. No había esperado esto. Había imaginado a un hombre común, quizá alguien mayor, alguien delgado... no a esta montaña de músculos que la miraba como si fuera una mosca molesta.
Pero la furia pudo más que el miedo.
—Soy tu vecina —respondió, enderezando la espalda—. Del departamento de al lado.
El hombre parpadeó, confundido. Se rascó la barbilla, con el ceño todavía fruncido.
—Ese departamento estaba vacío —dijo, como si hablara solo.
—Pues ya no lo está —respondió Rodrigo, impaciente—. Me acabo de mudar. Pero ese no es el asunto.
El hombre bostezó ruidosamente, sin disimular su desinterés. Ni siquiera la estaba mirando. Sus ojos vagaban por el pasillo, por el techo, por cualquier sitio que no fuera ella.
Rodrigo sintió cómo la sangre le hervía.
—¡Oye! —le gritó, dando un paso al frente—. ¡¿Me estás escuchando?!
El hombre por fin la miró.
Y su expresión cambió.
Sus ojos se abrieron un poco más. Una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en su rostro. Sus pupilas recorrieron a Rodrigo de arriba abajo, deteniéndose en ciertos lugares que a ella le habría gustado que no mirara.
Se dio cuenta entonces. La blusa blanca que llevaba era más fina de lo que creía. Con la luz del pasillo, se volvía casi transparente. Y debajo... debajo no llevaba sujetador. Se lo había quitado la noche anterior y no se había molestado en ponerse otro antes de salir.
Los pezones se marcaban contra la tela. Los pechos, enormes y libres, se movían ligeramente con cada respiración.
El hombre lo había notado. Y le gustaba.
—¿Me estás escuchando? —repitió Rodrigo, con la voz más cortante.
El hombre parpadeó, como saliendo de un trance. Su sonrisa se ensanchó.
—Sí, sí —dijo, con un tono mucho más amable que antes—. Lo siento, pensé que no había nadie al lado. No sabía que habían alquilado ese departamento.
Se enderezó, estirando los hombros. Rodrigo notó lo grande que era en comparación con ella. Le sacaba más de una cabeza y era el doble de ancho.
—Voy a intentar no hacer tanto ruido —continuó el hombre, con esa sonrisa todavía en los labios—. Pero creo que no nos hemos presentado.
Extendió su mano.
—Manuel Sánchez. Mucho gusto.
Rodrigo dudó un segundo, pero al final alargó su mano. La mano de Manuel envolvió completamente la suya. Era cálida, áspera, y el contraste de tamaños era casi ridículo: su mano pequeña y fina desapareció entre los dedos de él.
—Lucía —respondió, retirando la mano tan rápido como pudo.
—Lucía —repitió Manuel, saboreando el nombre—. Bonito nombre. Espero que nos llevemos bien, vecina.
Rodrigo asintió, sin ganas de seguir allí.
—Sí, ajá —dijo, dando un paso atrás—. Solo no hagas más ruido.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia su puerta. Sintió la mirada de Manuel en su espalda, en sus caderas, en sus piernas. La piel se le puso de gallina.
Abrió la puerta y entró sin mirar atrás. Cerró con llave y se apoyó contra la madera, respirando hondo.
—Qué tipo más raro —murmuró.
---
En el pasillo, Manuel seguía de pie frente a su puerta, observando la puerta cerrada del departamento 5B. Su sonrisa se había convertido en una mueca pícara, casi peligrosa.
Se pasó una mano por la barbilla, recordando la imagen de aquella chica: el pelo oscuro, la cara de enfado, los ojos llenos de furia... y ese cuerpo. Esa blusa transparente que dejaba ver todo. Esos pechos enormes moviéndose libremente. Esa cintura estrecha. Esas caderas anchas.
Se relamió los labios.
—Esto será divertido —dijo en voz baja, para sí mismo.
Y entró en su departamento, cerrando la puerta con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
2 - Consecuencias
El primer pensamiento de Rodrigo al abrir los ojos fue de alivio. Había sido una pesadilla. Una horrible, retorcida y absurda pesadilla. Todo aquello del juicio, el laboratorio, el cuerpo de adolescente... solo un mal sueño.
Sonrió con satisfacción, todavía sin abrir los ojos, disfrutando ese momento de paz antes de empezar el día. Pronto estaría con su café preparado por su asistente...
Pero entonces intentó estirar el brazo y sintió algo extraño. Una presión en el pecho. Un peso que no debería estar ahí.
Abrió los ojos de golpe.
El techo era blanco, desconocido, con una grieta que recorría una esquina. No era su techo. Nunca había sido su techo.
Y entonces sintió el peso otra vez. Esos dos bultos enormes colgando de su torso, moviéndose ligeramente con cada respiración.
—No... —susurró con voz aguda.
Se incorporó de un salto, y el movimiento brusco hizo que aquellos senos enormes rebotaran violentamente, golpeándole suavemente la parte superior de los brazos. La sensación era tan real, tan física, tan absolutamente presente, que cualquier esperanza de que hubiera sido un sueño se desvaneció al instante.
—¡NO! —gritó, y su voz sonó femenina, extraña, ajena.
Con furia contenida, bajó de la cama y dio un puñetazo al colchón con todas sus fuerzas. Pero su cuerpo ahora era más pequeño, más débil, y el golpe apenas movió la cama. Eso solo incrementó su ira. Golpeó una y otra vez la almohada, los puños hundiéndose en la tela barata, hasta que el agotamiento lo obligó a parar.
Respiraba agitada, sintiendo cómo aquellos malditos pechos subían y bajaban con cada jadeo. Se odiaba. Odiaba cada fibra de ese cuerpo que no le pertenecía.
Caminó hacia el espejo, aunque en el fondo ya sabía lo que iba a encontrar. Y allí estaba: la misma imagen del día anterior. Esa chica de pelo oscuro y lacio, de facciones suaves, de cuerpo exuberante y curvilíneo. Grandes pechos, caderas anchas, muslos gruesos. Llevaba puesta la misma camisa blanca con la que había dormido y arrugada, dejando ver parte de su ropa interior negra.
Apartó la mirada al instante. No podía soportarlo. No quería verla. No quería verla porque verla era aceptar que él era ella, y eso era algo a lo que no estaba dispuesto a rendirse.
Fue entonces cuando su estómago rugió con fuerza.
Se llevó una mano al vientre y se dio cuenta de que no había comido nada desde el día del juicio. Desde antes de todo esto. Desde que era él mismo.
Necesitaba comer.
Salió de la habitación hacia la cocina, maldiciendo cada paso, cada rebote de su pecho, cada mechón de pelo que se le metía en la cara. Abrió la nevera: casi vacía. Un par de cosas que no sabía ni qué eran. Abrió los armarios: platos, vasos, y en uno de ellos, varios paquetes de ramen instantáneos.
Rodrigo cogió uno y lo miró con desprecio. Jamás en su vida había cocinado. Para eso estaban las mujeres: su madre, sus asistentas, sus parejas ocasionales. Ellas cocinaban, limpiaban, atendían. Él solo daba órdenes y recogía los resultados.
Pero ahora no había nadie. Solo él. Solo ella.
Con rabia contenida, leyó las instrucciones del empaque. Parecía algo sencillo.
Y lo fue. Diez minutos después, tenía un tazón humeante de ramen entre las manos. Se sentó en el pequeño sofá de la sala, mirando aquella comida tan indigna de su paladar acostumbrado a restaurantes de lujo. Pero el hambre podía más que el orgullo.
El primer bocado fue un descubrimiento. Estaba caliente, sabroso, reconfortante. El segundo fue mejor. El tercero, directamente placentero.
Por un instante, mientras comía, casi olvidó dónde estaba, qué era. Por un instante, fue solo una persona disfrutando de una comida caliente. Casi se sintió en paz.
Pero entonces el tazón quedó vacío. Solo quedaba el caldo en el fondo.
Rodrigo se levantó del sofá sin pensar, sin calcular, sin recordar que su cuerpo ya no era el mismo. El centro de gravedad había cambiado. El peso en el pecho lo descompensó. Dio un paso torpe, trastabilló, y el tazón voló de sus manos.
—¡Ahhh! —gritó cuando el líquido caliente le cayó encima, empapándole la camisa blanca de arriba abajo.
El caldo no estaba hirviendo, pero sí lo suficientemente caliente como para que la piel le ardiera. Dejó escapar un pequeño gemido de dolor y sorpresa mientras sentía cómo el líquido se filtraba por la tela, cómo se colaba entre sus pechos, resbalando por la hendidura, empapando el sujetador, dejando una sensación pegajosa y húmeda terriblemente incómoda.
Miró hacia abajo y vio la camisa blanca, ahora completamente mojada, transparente, pegada a su piel, marcando con precisión obscena la forma de sus enormes senos. Podía ver a través de la tela el encaje negro del brasier, la curva de su propia carne. Era una imagen que le revolvió el estómago.
Sin pensarlo dos veces, se quitó la camisa. La arrancó de su cuerpo con violencia y la arrojó a una canasta de ropa sucia que había junto a la puerta de baño.
Allí estaba, de pie en medio de la sala, solo en ropa interior. Sujetador negro, bragas negras, y el cuerpo curvilíneo de una adolescente de senos descomunales. Se sintió expuesta, vulnerable, ridícula. Pero el olor a ramen que emanaba de su piel era insoportable, y la sensación pegajosa entre los pechos lo sacaba de quicio.
Sabía lo que tenía que hacer. Y no quería hacerlo.
Ducharse. Tener que desnudarse del todo, tener que tocar ese cuerpo, tener que verlo, tener que aceptarlo aunque solo fuera por unos minutos. La idea le resultaba aberrante.
Pero esas dos semanas que le habían dado eran para esto. Para acostumbrarse. Para aprender a vivir así. Por mucho que le repugnara la idea de hacerlo, no tenía elección.
Respiró hondo —sintiendo otra vez el peso en el pecho al hacerlo— y se dirigió al baño.
Una vez dentro, cerró la puerta. El baño era pequeño, con un espejo empañado por el uso, una ducha sencilla con cortina, y lo justo para sobrevivir. Rodrigo evitó mirarse al espejo. Prefirió centrarse en la ducha.
Abrió el grifo. El agua tardó unos segundos en calentarse.
Luego, con manos temblorosas, llevó las manos a la espalda para desabrochar el sujetador. Ya lo había hecho antes, pero no por eso era más fácil. Los dedos lucharon contra el broche hasta que, finalmente, cedió.
Los pechos cayeron hacia adelante con un peso que aún no lograba asimilar. Por un momento, los sostuvo con sus propias manos, sintiendo aquella masa de carne suave y pesada. Eran tan grandes que sus manos no alcanzaban a cubrirlos por completo. Eran cálidos, increíblemente suaves, y se hundían con la presión más leve. Tuvo que apartar las manos rápidamente, como si quemaran.
Se quitó las bragas y las dejó en el suelo, junto al sujetador. Por fin estaba completamente desnuda.
Sin mirarse, apartó la cortina y se metió en la ducha.
El agua caliente cayó sobre su piel y fue... diferente. Las sensaciones recorrían su cuerpo de una manera nueva, más intensa en algunas zonas, más suave en otras. El agua resbalaba por sus hombros, bajaba por la curva de su espalda, se deslizaba entre sus pechos formando pequeños ríos que luego caían al suelo. Rodrigo cerró los ojos, tratando de no pensar, de no sentir, de no ser consciente de lo que estaba pasando.
Pero llegó el momento de enjabonarse. No podía evitarlo.
Agarro la barra de jabón y empezó a limpiarse. Los brazos, finos y suaves. Los hombros, más estrechos de lo que recordaba. El cuello, delicado. Y luego bajó.
Los pechos.
El jabón resbaló sobre sus senos y Rodrigo contuvo el aliento. Eran tan grandes que tenía que sostenerlos para enjabonarlos bien. La sensación del jabón, de sus propias manos deslizándose sobre aquella piel nueva, era tan extraña, tan íntima, que sintió que le faltaba el aire. Eran suaves, increíblemente suaves. Pesados. Cálidos. Reales.
Apartó las manos y siguió con el vientre, más plano de lo que estaba acostumbrado, más tonificado. Luego las caderas, anchas, femeninas. Los muslos, gruesos, poderosos. Las nalgas, prominentes y firmes.
Todo en él —en ella— era redondez, suavidad, curvas.
Solo le quedaba un lugar. El último. Ese que separaba a un hombre de una mujer.
Rodrigo se quedó quieto bajo el agua, con la mano dudando, sin atreverse a bajar. No quería. No podía. Pero el olor a ramen aún estaba ahí, y el jabón no había llegado a todas partes.
Finalmente, con el corazón acelerado, bajó la mano.
Fue rápido. Un par de pasadas con jabón, sintiendo la ausencia de lo que antes había estado ahí, sintiendo la presencia de lo que ahora había en su lugar. No se detuvo a explorar. No quiso saber más de lo estrictamente necesario. Era un cuerpo. Solo un cuerpo. No era ella. No era él. No era nada.
Terminó de enjabonarse las piernas y luego se lavó el pelo. Lo hizo como siempre había hecho, con los mismos movimientos, aunque ahora el pelo le llegaba más abajo de los hombros y necesitaba más producto. Le daba igual si lo hacía mal. No le importaba.
Cerró el grifo. El agua dejó de caer.
Salió de la ducha, cogió una toalla que estaba en un estante y comenzó a secarse. Lo hizo deprisa, sin mirarse, sin prestar atención. Luego se enrolló la toalla alrededor del cuerpo, tapando todo lo que pudiera, y salió del baño.

Iba hacia la habitación cuando algo la detuvo.
Toc, toc, toc.
Alguien llamaba a la puerta del departamento.
Rodrigo se quedó paralizada. ¿Quién podía ser? Nadie sabía que estaba aquí. Nadie debería saberlo. Quizá era el hombre de bata blanca, o alguno de los agentes, viniendo a comprobar que no había huido.
Sin pensarlo, sin ser consciente de su aspecto, con la toalla malajustada y el pelo aún goteando, abrió la puerta.
Un hombre joven, de unos veintitantos años, estaba al otro lado. Vestía algo casual , y llevaba el pelo ligeramente despeinado. Tenía la boca abierta, a punto de decir algo, pero cuando vio a Rodrigo se quedó completamente en blanco.
La miró de arriba abajo. La toalla, sujeta apenas sobre los pechos. El escote que se insinuaba. Las piernas descubiertas. El pelo mojado cayendo sobre lo hombros.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Necesitas algo? —preguntó, sin vergüenza, porque en el fondo todavía no sentía que aquel cuerpo fuera suyo, y por tanto no sentía que estuviera mostrando nada propio.
El chico parpadeó. Tosió. Se ruborizó visiblemente.
—Eh... yo... sí, bueno —tartamudeó, haciendo un esfuerzo evidente por recuperar la compostura y no mirar sus pechos, aunque fracasaba estrepitosamente—. Venía a... a saludar. Soy del edificio. El encargado me dijo que alguien nuevo se había mudado al 5B, así que... quería presentarme.
Hizo una pausa, tragó saliva, y sonrió con nerviosismo.
—Me llamo Kevin. Pero todos mis amigos me llaman sac.
Se quedó en silencio, esperando. Esperando que ella se presentara.
Rodrigo tardó un segundo en entenderlo. Luego, haciendo un esfuerzo sobrehumano, recordó el nombre que le habían impuesto. El nombre que odiaba. El nombre que no era suyo.
—Ah... —dijo, con voz todavía algo ronca—. Me mudé ayer. Me llamo...
Hizo una pausa. Las palabras se le atragantaban.
—...Lucía.
Kevin asintió, sonriendo con más confianza ahora.
—Lucía. Bonito nombre. Bueno, yo también soy nuevo aquí, así que si necesitas ayuda con algo, no dudes en decírmelo. Vivo abajo, en el 4B.
Miró hacia el pasillo, incómodo, y luego de nuevo a ella, haciendo otro esfuerzo sobrehumano por mantener la mirada en su cara.
—Bueno, te dejo. Se ve que estás... ocupada. Nos vemos, Lucía.
Rodrigo no dijo nada. Solo asintió y cerró la puerta.
Se quedó apoyada contra la madera, respirando hondo. Eso había sido... extraño. Ese chico, Kevin, la había mirado como si... como si...
No quería terminar ese pensamiento.
Se apartó de la puerta y fue a la habitación a vestirse.
---
Una semana después.
Los días habían pasado con una lentitud exasperante.
Rodrigo no había salido del departamento. No veía razón para hacerlo. Tenía comida suficiente, agua, un techo. Fuera solo estaba el mundo, y el mundo significaba peligro, significaba que alguien pudiera descubrirla, significaba tener que interactuar con gente que la vería como lo que ahora era.
Así que se había quedado encerrada.
Había aprendido algunas cosas en esa semana. A moverse con más cuidado, aunque todavía tropezaba de vez en cuando. A vestirse sola, aunque odiaba cada prenda que tenía que ponerse. A soportar la visión de su propio reflejo, aunque apartaba la mirada en cuanto podía.
Había tenido situaciones incómodas. Ir al baño, por ejemplo, seguía siendo una experiencia extraña y humillante. Sentarse en lugar de... bueno, ya no había "en lugar de". Ahora solo podía sentarse. Y limpiarse era diferente. Y todo era diferente.
Dormir también era difícil. Con esos pechos tan grandes, no encontraba postura. Si se ponía boca arriba, le pesaban y casi no podía respirar. Si se ponía de lado, uno se aplastaba contra el colchón de manera incómoda y el otro colgaba de manera extraña. Se movía mucho por las noches, despertándose constantemente, incapaz de encontrar una posición que no le recordara constantemente lo que era.
Tampoco había vuelto a ver a Kevin. Ni a nadie. El edificio estaba en silencio.
Pero aquella noche, mientras intentaba dormir por enésima vez, dando vueltas en la cama, sintiendo aquellos enormes pechos moverse con cada giro, no pudo evitar preguntarse qué vendría después.
En una semana empezaban las clases.
En una semana tendría que salir de ese departamento.
En una semana tendría que enfrentarse al mundo siendo Lucía.
Y la idea le helaba la sangre.
Pero por mucho que lo intentara, no podía escapar de la realidad.
Al día siguiente.
La luz del sol entraba por la ventana sin cortinas, golpeándole directamente en la cara. Rodrigo frunció el ceño y giró la cabeza, tratando de ignorarla, de seguir durmiendo. Pero ya era imposible.
Abrió los ojos y volvió a enfrentarse a ese techo blanco con grietas. El techo que no era suyo. La cama que no era suya. El cuerpo que no era suyo.
Se quedó un momento inmóvil, mirando al vacío, preguntándose qué demonios valía la pena hacer ese día. ¿Para qué levantarse? No tenía nada que hacer. Nadie a quien ver. Ningún lugar a donde ir. La escuela empezaba en una semana, pero hasta entonces... ¿qué?
Podía quedarse en la cama todo el día. No era como si alguien fuera a reclamarle. No era como si alguien se preocupara por lo que hiciera o dejara de hacer.
Rodrigo suspiró, sintiendo el peso de sus pechos aplastados contra el colchón en la posición incómoda en la que había terminado durmiendo. Otra noche de dar vueltas, de no encontrar postura, de despertarse cada dos horas. Estaba agotada.
—¿Para qué levantarse? —murmuró en voz alta, con esa voz aguda que seguía sonándole ajena.
Pero justo en ese momento...
Toc, toc, toc.
Alguien llamaba a la puerta.
Rodrigo se incorporó de golpe, el corazón acelerado. ¿Quién podía ser tan temprano? ¿Kevin otra vez? ¿Algún otro vecino viniendo a presentarse? ¿O quien...?
Se levantó de la cama. Seguía con la ropa interior de la noche anterior, un sujetador sencillo y unas bragas negras que había encontrado. No le importó. Ya había aprendido que la vergüenza era un lujo que no podía permitirse.
Caminó hacia la puerta, sintiendo otra vez ese molesto rebote en el pecho con cada paso. Se detuvo un instante, respiró hondo, y abrió.
Un hombre estaba al otro lado.
Alto, de expresión severa, vestido con un traje oscuro impecable. Llevaba gafas de sol a pesar de estar en el interior del edificio, y en una mano sostenía un maletín negro de aspecto oficial.
Rodrigo lo reconoció al instante. Era uno de ellos. Uno de los hombres que la habían llevado al laboratorio. Uno de los que la habían metido en esta pesadilla.
—¿Qué necesitas? —preguntó Rodrigo, con la voz fría, desafiante.
El hombre no sonrió. No se disculpó. Solo habló, con un tono plano y profesional.
—Necesito hablar con usted. Es importante. ¿Puedo pasar?
Rodrigo frunció el ceño, confundida. Una parte de ella quería cerrarle la puerta en la cara. Otra parte, más pequeña pero más insistente, le decía que debía escuchar lo que tenía que decir.
—Pasa —dijo al final, apartándose para dejarle paso.
El hombre entró sin mirarla siquiera. Sus ojos recorrieron el pequeño departamento con una frialdad clínica, como si evaluara cada rincón, cada mueble desgastado, cada detalle.
Rodrigo cerró la puerta y se quedó de pie, cruzando los brazos sobre el pecho. Luego recordó que ese gesto solo hacía que sus pechos parecieran más grandes y los bajó de inmediato, incómoda.
—¿De qué se trata? —preguntó, impaciente.
El hombre se volvió hacia ella. Se quitó las gafas de sol, revelando unos ojos grises e inexpresivos.
—Soy un agente del gobierno. Estoy encargado de supervisarlo mientras cumple su condena.
Rodrigo arqueó una ceja. El tono del hombre era tan frío, tan indiferente, que parecía que estuviera hablando del tiempo o de cualquier otra cosa mundana. Como si supervisar a un hombre convertido en una adolescente fuera su trabajo de nueve a cinco.
—¿Supervisarme? —repitió Rodrigo, con una sonrisa sarcástica—. Así que tú eres el que...
—Sé que en realidad no es mujer —la interrumpió el agente, sin dejarle terminar—. Sé que fue condenado a dos años viviendo así por sus crímenes, sus abusos de poder y su comportamiento con las mujeres. Así que ahórrese el discurso de víctima.
Rodrigo cerró la boca, sorprendida por la brusquedad.
El agente continuó, imperturbable.
—Soy el encargado de supervisar su castigo. El experimento todavía está en desarrollo, y necesito hacer informes periódicos. Pero puede estar tranquila —dijo, usando el femenino con total naturalidad—. A excepción de hoy, solo vendré una vez al mes. No voy a interactuar en su vida cotidiana. Solo le haré algunas preguntas, responderé dudas si las tiene, y le entregaré ciertas cosas.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
El agente no respondió de inmediato. En lugar de eso, metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña libreta negra. La abrió, y Rodrigo pudo ver que estaba llena de anotaciones escritas con letra pequeña y ordenada.
—Antes de eso —dijo el agente, levantando la vista hacia ella—, necesito hacerle unas preguntas.
Rodrigo apretó la mandíbula, pero asintió. No tenía elección.
—Primera pregunta —comenzó el agente, con la misma voz plana—. ¿Cómo le va con su nuevo cuerpo? ¿Ya se ha acostumbrado?
Rodrigo soltó un bufido. ¿Cómo que si ya se había acostumbrado? ¿Llevaba solo una semana encerrada en aquel infierno de carne y hormonas.
—No —respondió, con voz cortante—. Todavía no me acostumbro. El centro de gravedad es diferente, me desequilibro todo el tiempo. Y en especial...
Hizo una pausa. Se sentía ridículo hablando de esto.
—En especial estos —dijo al fin, señalando su pechos con un gesto brusco—. ¿Por qué tenían que ser tan enormes? ¿Fue necesario?
El agente anotó algo en su libreta sin levantar la vista.
—El gobierno no tuvo control sobre cómo sería su nuevo cuerpo —respondió, con total indiferencia—. La configuración física fue completamente aleatoria.
Rodrigo abrió la boca para protestar, pero el agente ya estaba con la siguiente pregunta.
—¿Ha tenido algún problema con su residencia o con algún vecino?
Rodrigo negó con la cabeza, cruzándose de brazos otra vez y volviéndolos a bajar al instante.
—No. No he hablado con casi nadie desde que llegué. Solo uno que vino a presentarse.
El agente asintió, anotando.
—¿Puedo preguntar algo yo? —dijo Rodrigo, con tono ácido—. ¿No podían haberme puesto en un lugar mejor? Esto es demasiado pequeño, demasiado miserable...
—No —la interrumpió el agente, sin rodeos—. Eso es parte del castigo. Y no se le olvide que sigue siendo un criminal.
Rodrigo sintió cómo la sangre le hervía en las venas. Criminal. Esa palabra le ardía. Pero antes de que pudiera responder, el agente continuó, pasando a la siguiente pregunta de su libreta.
—Ahora que es mujer... ¿se arrepiente de lo que le hizo a esa secretaria? ¿O a alguna de las otras mujeres que acosó?
El silencio cayó como un muro entre ellos.
Rodrigo se quedó completamente quieta. Su expresión cambió. La ira que había estado sintiendo se transformó en algo más oscuro, más retorcido. Apretó los puños con fuerza, las uñas clavándose en las palmas.
Recordar a esa secretaria. A esa mujer de mirada asustada que se atrevió a denunciarlo. A esas otras que también hablaron. A todas ellas, atreviéndose a manchar su nombre, a poner en riesgo su imperio...
La rabia le quemaba por dentro.
El agente observó su expresión sin inmutarse. Anotó algo en la libreta.
—Bueno —dijo, cerrando la libreta y guardándola en el bolsillo—. Todavía tiene tiempo para pensar sobre ello.
Rodrigo no dijo nada. Seguía mirando al suelo, los puños aún apretados.
—Con esas respuestas basta por ahora —continuó el agente—. Ahora, ¿tiene alguna pregunta o algo que quiera saber?
Rodrigo permaneció en silencio unos segundos más. Luego, sin levantar la vista del suelo, habló. Su voz era baja, casi avergonzada.
—¿Qué quieren que haga con este cuerpo? —preguntó—. ¿Cuál es el propósito?
El agente la miró, y por un instante, algo parecido a la paciencia cruzó sus ojos grises.
—Ya debe imaginárselo —respondió—. El propósito es que entienda mejor a las mujeres. Que sea más empático con ellas. Por sus actitudes y su comportamiento. Para que sea mejor persona. No tiene que hacer nada extraordinario. Solo vivir como si fuera una adolescente. Eso es todo.
Rodrigo levantó la vista, con el ceño fruncido. Vivir como si fuera una adolescente. Eso era todo. Como si fuera sencillo. Como si no fuera la cosa más humillante y aterradora que le había pasado en la vida.
El agente, aparentemente satisfecho con la conversación, se acercó a la pequeña mesa del comedor y posó el maletín sobre ella. Lo abrió con un clic metálico.
—Bueno, con esto aclarado, voy a entregarle unas cosas.
Rodrigo se acercó, mirando con desconfianza el contenido del maletín.
El agente sacó primero una carpeta de cartón grueso y la dejó sobre la mesa.
—Estos son sus nuevos documentos —dijo—. Acta de nacimiento, identificación oficial, historial escolar, certificados de vacunación... todo lo que necesita para acreditar su nueva identidad.
Puso la carpeta a un lado y volvió a meter la mano en el maletín. Sacó otra carpeta, más delgada, y la dejó junto a la primera.
—Estos son los papeles de la escuela. Su horario, el reglamento, la carta de aceptación... Ya está inscrita. Empieza en una semana.
Rodrigo miró las carpetas con una mezcla de resignación y asco. Todo preparado. Todo listo. No había escapatoria.
El agente siguió sacando cosas. Esta vez fue una bolsa de plástico negra, cerrada con una cremallera. La dejó sobre la mesa y la abrió.
—Son sus uniformes para ir a la escuela —explicó—. Tiene que usarlos sí o sí. Es obligatorio.
Rodrigo no necesitó mirar dentro para saber lo que había. Podía verlo a través del plástico transparente de la bolsa: faldas, blusas blancas, chaquetas, calcetas... Todo increíblemente femenino. Todo increíblemente escolar.
Su expresión de rechazo fue tan evidente que el agente, por primera vez, pareció divertirse. Solo un instante. Luego volvió a su frialdad habitual.
—Por último —dijo, metiendo la mano en el maletín una vez más—. Esto.
Sacó un teléfono celular. Pequeño, moderno, con una funda de color rosa pálido.
Rodrigo abrió los ojos de par en par.
—¿Me van a dar un celular? —preguntó, incrédula.
El agente asintió, sosteniendo el teléfono entre sus dedos.
—Sería raro que una adolescente no tuviera celular —explicó—. Además, en esta época se utiliza mucho para los estudios. También para emergencias.
Rodrigo extendió la mano para cogerlo, pero el agente retiró el brazo en el último momento.
—Antes de que se lo entregue —dijo, con la voz más seria que nunca—. No intente hacer ninguna tontería con esto. El gobierno la está vigilando. Ya sabe lo que va a pasar si hace algo que no debe.
Rodrigo apretó los dientes.
—Sí, sí, lo entiendo —dijo con sarcasmo—. Ni privacidad puedo tener.
El agente la ignoró por completo. Le puso el teléfono en la mano y cerró el maletín con otro clic metálico.
—Eso es todo por esta ocasión —anunció, guardándose las gafas de sol en el bolsillo de la chaqueta—. Si ocurre una emergencia, en el celular tiene mi contacto. Por motivos de seguridad no puedo darle mis datos personales, pero puede llamarme y preguntar por el Agente G.
Rodrigo miró el teléfono en su mano, todavía procesando todo.
—¿Agente G? —repitió, con incredulidad—. ¿Eso es todo? ¿Un nombre en clave?
El agente no respondió. Ya se dirigía hacia la puerta.
—Le recomiendo que revise los documentos y los uniformes —dijo, sin volverse—. Y que aproveche esta semana para seguir adaptándose. La escuela no le va a poner las cosas fáciles.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Rodrigo se quedó donde estaba, mirándolo.
Justo antes de cerrar, el agente se volvió por un instante.
—Y, Lucía... —dijo, usando ese nombre otra vez—. Buena suerte. La va a necesitar.
Cerró la puerta.
Rodrigo se quedó sola en el pequeño departamento, con las carpetas sobre la mesa, la bolsa de los uniformes a medio abrir, y un teléfono rosa en la mano.
—Qué puta mierda —murmuró, dejándose caer en la silla más cercana.
Habían pasado varios días desde la visita del agente. Rodrigo había dejado las carpetas de documentos sobre la mesa sin apenas mirarlas. Una hojeada rápida le bastó para confirmar lo que ya sabía: papeles falsos, una identidad falsa, una vida falsa. Todo en orden para seguir con aquella farsa.
La bolsa con los uniformes seguía exactamente donde la había dejado el agente, cerrada y sin abrir. No quería verlos. No quería tocarlos. Ya tendría suficiente cuando llegara el momento de ponérselos. Hasta entonces, prefería fingir que no existían.
Lo único que había usado era el teléfono. Pasar el tiempo era difícil en aquel departamento vacío y silencioso, sin televisión, sin ordenador, sin nada que le recordara la vida de lujo a la que estaba acostumbrado. Al menos el celular le daba algo que hacer. Pero sin internet, por supuesto, las opciones eran limitadas. Podía mirar la hora, revisar los pocos contactos que habían cargado en la agenda (el agente, una farmacia, un número de emergencias), o simplemente mirar la pantalla de inicio como un idiota.
Había sido una semana tranquila. Demasiado tranquila. Nadie llamaba a la puerta. Nadie molestaba. El edificio parecía vacío la mayor parte del tiempo.
Pero había un problema. Un problema que empezó hace tres noches y que Rodrigo temía que volviera a repetirse aquella noche.
---
Eran casi las once de la noche. Rodrigo estaba en la cama, dando vueltas como de costumbre, tratando de encontrar una posición cómoda. Pero nada funcionaba. Sus pechos enormes se interponían siempre, aplastándose, moviéndose, pesando.
Cerró los ojos y trató de relajarse.
Y entonces empezó.
Primero fue un gemido bajo, casi imperceptible. Rodrigo pensó que se lo había imaginado. Pero luego vino otro. Y otro. Y pronto se convirtió en una serie de sonidos rítmicos, inconfundibles, absolutamente obscenos.
—No otra vez —murmuró Rodrigo, apretando los ojos con fuerza.
Eran gemidos. Gemidos de placer. Venían del departamento de al lado.
La primera noche, Rodrigo había intentado ignorarlos. Se había tapado los oídos con la almohada y había esperado a que pasaran. Había durado lo que parecía una eternidad.
La segunda noche había sido peor. Los gemidos eran más fuertes, más prolongados. Rodrigo había maldecido en voz baja durante horas, hasta que finalmente el silencio volvió y pudo quedarse dormida ya casi de madrugada.
Y ahora era la tercera noche.
—Maldita sea —siseó, incorporándose en la cama.
Los gemidos seguían. Eran tan ruidosos que parecía que estuvieran en la misma habitación. Rodrigo se tapó los oídos con las manos. Nada. Agarró la almohada y la presionó contra su cabeza. Los sonidos seguían filtrándose, inconfundibles, imposibles de ignorar.
—¿Por qué tiene que ser tan ruidoso? —se quejó en voz alta, sabiendo que nadie la escuchaba.
Se removió en la cama, incómoda. El sujetador le apretaba, las tiras le molestaban en los hombros. Con un movimiento brusco, se lo quitó y lo arrojó al suelo. Sus pechos cayeron, libres pero todavía más evidentes, más presentes.
No ayudó a estar más cómoda. Los gemidos seguían.
Rodrigo intentó todo lo que se le ocurrió: ponerse boca abajo con la almohada sobre la cabeza, taparse los oídos con los dedos, incluso intentar contar mentalmente para distraerse. Nada funcionaba. Aquellos malditos sonidos se colaban en su cerebro como un taladro, impidiéndole pensar, impidiéndole descansar.
Finalmente, cuando el reloj marcaba las tres de la madrugada y los gemidos por fin cesaron, Rodrigo pudo quedarse dormida. Pero el sueño fue corto, agitado, lleno de pesadillas confusas en las que su cuerpo cambiaba de forma constantemente.
---
La mañana siguiente fue brutal.
Rodrigo se despertó con los ojos irritados, la cabeza pesada y un mal genio. Había dormido apenas unas horas. Se miró en el espejo del baño y casi no se reconoció: ojeras oscuras bajo sus ojos, el pelo enmarañado, la expresión hundida.
—Esto no puede seguir así —se dijo a sí misma, apretando los dientes.
Solo le quedaba ese fin de semana antes de que empezara la maldita escuela. Necesitaba dormir. Necesitaba descansar. Necesitaba que ese vecino de mierda dejara de hacer tanto ruido por las noches.
Ya no aguantaba más.
Salió del baño, usado una blusa blanca fina, demasiado transparente para su gusto, pero no le importaba— y salió del departamento sin pensarlo dos veces. La furia la impulsaba, la rabia la guiaba.
Se plantó frente a la puerta de al lado. La puerta del departamento del que salían aquellos gemidos insoportables.
Golpeó.
No golpeó con suavidad. Golpeó con el puño cerrado, una y otra vez, sin parar, hasta que sus nudillos empezaron a dolerle.
—¡Oye! —gritó, con su voz aguda—. ¡Abre! ¡Ya!
Unos segundos de silencio. Luego, ruido de pasos arrastrándose hacia la puerta.
La puerta se abrió.
Y Rodrigo se quedó paralizada.
Era un hombre. Pero no un hombre cualquiera. Era enorme. Moreno, musculoso, de brazos gruesos como troncos y hombros anchos. Llevaba el torso desnudo, mostrando un abdomen marcado y un pectoral que parecía esculpido en piedra. Tenía el pelo corto y negro, y una mandíbula cuadrada que le daba un aspecto rudo, casi intimidante.
Parecía molesto. Se estaba tallando un ojo con el dorso de la mano, como si acabaran de despertarlo.
—¿Quién toca así a esta hora? —gruñó, con voz profunda y grave. Luego bajó la mano y miró a Rodrigo con el ceño fruncido—. ¿Quién eres tú?
Rodrigo tragó saliva. No había esperado esto. Había imaginado a un hombre común, quizá alguien mayor, alguien delgado... no a esta montaña de músculos que la miraba como si fuera una mosca molesta.
Pero la furia pudo más que el miedo.
—Soy tu vecina —respondió, enderezando la espalda—. Del departamento de al lado.
El hombre parpadeó, confundido. Se rascó la barbilla, con el ceño todavía fruncido.
—Ese departamento estaba vacío —dijo, como si hablara solo.
—Pues ya no lo está —respondió Rodrigo, impaciente—. Me acabo de mudar. Pero ese no es el asunto.
El hombre bostezó ruidosamente, sin disimular su desinterés. Ni siquiera la estaba mirando. Sus ojos vagaban por el pasillo, por el techo, por cualquier sitio que no fuera ella.
Rodrigo sintió cómo la sangre le hervía.
—¡Oye! —le gritó, dando un paso al frente—. ¡¿Me estás escuchando?!
El hombre por fin la miró.
Y su expresión cambió.
Sus ojos se abrieron un poco más. Una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en su rostro. Sus pupilas recorrieron a Rodrigo de arriba abajo, deteniéndose en ciertos lugares que a ella le habría gustado que no mirara.
Se dio cuenta entonces. La blusa blanca que llevaba era más fina de lo que creía. Con la luz del pasillo, se volvía casi transparente. Y debajo... debajo no llevaba sujetador. Se lo había quitado la noche anterior y no se había molestado en ponerse otro antes de salir.
Los pezones se marcaban contra la tela. Los pechos, enormes y libres, se movían ligeramente con cada respiración.
El hombre lo había notado. Y le gustaba.
—¿Me estás escuchando? —repitió Rodrigo, con la voz más cortante.
El hombre parpadeó, como saliendo de un trance. Su sonrisa se ensanchó.
—Sí, sí —dijo, con un tono mucho más amable que antes—. Lo siento, pensé que no había nadie al lado. No sabía que habían alquilado ese departamento.
Se enderezó, estirando los hombros. Rodrigo notó lo grande que era en comparación con ella. Le sacaba más de una cabeza y era el doble de ancho.
—Voy a intentar no hacer tanto ruido —continuó el hombre, con esa sonrisa todavía en los labios—. Pero creo que no nos hemos presentado.
Extendió su mano.
—Manuel Sánchez. Mucho gusto.
Rodrigo dudó un segundo, pero al final alargó su mano. La mano de Manuel envolvió completamente la suya. Era cálida, áspera, y el contraste de tamaños era casi ridículo: su mano pequeña y fina desapareció entre los dedos de él.
—Lucía —respondió, retirando la mano tan rápido como pudo.
—Lucía —repitió Manuel, saboreando el nombre—. Bonito nombre. Espero que nos llevemos bien, vecina.
Rodrigo asintió, sin ganas de seguir allí.
—Sí, ajá —dijo, dando un paso atrás—. Solo no hagas más ruido.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y caminó hacia su puerta. Sintió la mirada de Manuel en su espalda, en sus caderas, en sus piernas. La piel se le puso de gallina.
Abrió la puerta y entró sin mirar atrás. Cerró con llave y se apoyó contra la madera, respirando hondo.
—Qué tipo más raro —murmuró.
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En el pasillo, Manuel seguía de pie frente a su puerta, observando la puerta cerrada del departamento 5B. Su sonrisa se había convertido en una mueca pícara, casi peligrosa.
Se pasó una mano por la barbilla, recordando la imagen de aquella chica: el pelo oscuro, la cara de enfado, los ojos llenos de furia... y ese cuerpo. Esa blusa transparente que dejaba ver todo. Esos pechos enormes moviéndose libremente. Esa cintura estrecha. Esas caderas anchas.
Se relamió los labios.
—Esto será divertido —dijo en voz baja, para sí mismo.
Y entró en su departamento, cerrando la puerta con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
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