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Jugando fuerte con mi hermana. 27 Toca deporte.

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Jugando fuerte con mi hermana. XXVII Toca deporte.
Marta se pone la camiseta larga que usa de pijama —le llega hasta medio muslo— y yo me ajusto la toalla alrededor de la cintura. El pelo todavía gotea, la piel húmeda. Nos miramos un segundo, ella con una sonrisa traviesa y yo con cara de “qué coño va a ser ahora”.
Abro la puerta con cuidado, solo una rendija al principio. Ahí están los vecinos de abajo: la pareja que siempre nos mira raro cuando coincidimos en la escalera. Tienen ochenta y pico, fácil. En su día debieron ser dos torres: él alto y ancho, ella también alta para su generación, con esa postura recta que se mantiene aunque el cuerpo ya no responda. Ahora los años les han encorvado los hombros, les han aflojado la piel del cuello y les han puesto esa lentitud en los movimientos que dice “cuidado, que me rompo”.
Van vestidos de andar por casa: él con un pantalón de chándal viejo y un jersey de lana con coderas, zapatillas de felpa grises que parecen de hospital; ella con bata de flores descoloridas, medias gruesas y las mismas zapatillas feas pero calentitas que abrigan los pies fríos de los viejos.
Ella habla primero, voz temblorosa pero clara:
—Hola, vecinos… Perdón por molestar tan tarde. Nos hemos atrevido a llamar porque necesitamos un favor.
Hace una pausa. Marta, que ya está en modo protector —ella siempre ha sido más empática que yo—, abre la puerta del todo y pone voz suave:
—Claro, vecina, no molestáis. Si está en nuestra mano, contad con nosotros.
El hombre carraspea, se apoya en el bastón que lleva en la mano derecha.
—En realidad es sencillo. El sistema eléctrico de esta casa tiene casi cien años y aguanta bien… pero creo que se ha fundido un fusible. El problema es que el automático está casi en el techo y nuestra casa tiene unos techos altísimos. Yo hasta hace un par de años me subía a una escalera sin problemas, pero ahora me mareo con solo mirar para arriba.
Mira al suelo un segundo, como si le costara admitir la debilidad.
—Es fácil: subir, ver qué fusible está roto y sustituirlo. No más de cinco minutos.
Marta ni lo duda:—Por supuesto. Pero es que nos habéis pillado recién salidos de la ducha. En cinco minutos nos vestimos, bajamos a vuestro piso y Carlos arregla lo que haga falta. Para algo es ingeniero.
Los dos vecinos se relajan visiblemente. Ella pone una mano en el brazo de él.
—Ay, muchas gracias… No sabéis lo que nos ayudáis.
Él asiente, agradecido.—Os esperamos abajo. La puerta está abierta. No corráis, eh, que no hay prisa.
Cierran la puerta con suavidad. Marta y yo nos miramos. Ella se ríe bajito.
—Joder, Caco… de folladores a electricistas en tres minutos.
Yo sonrío, todavía con la adrenalina del sexo bajando.
—Así es la vida en el ático. Venga, ponte algo que no se te vea el culo.
Nos vestimos rápido: yo pantalón de chándal y sudadera, ella leggins y camiseta larga. Bajamos las escaleras —las mismas que subimos hace un rato jadeando de placer— y entramos en el piso de abajo.
El olor a casa vieja: naftalina, sopa de cocido de hace días, cera de muebles. Techos altísimos, como han dicho: cuatro metros o más, molduras antiguas, lámparas de araña con bombillas fundidas. El automático está ahí arriba, en una caja de madera vieja pegada al techo del pasillo.
El hombre trae una escalera de tijera plegable, de esas antiguas de madera. Me subo con cuidado —la escalera cruje pero aguanta—. Marta me sujeta abajo por si acaso. Abro la tapa: fusibles de porcelana, uno negro, quemado. Lo quito, lo sustituyo por uno igual que tienen en una cajita de latón. Bajo, pruebo el interruptor general. Las luces vuelven.
—Listo —digo.
La mujer junta las manos.—Ay, qué alegría… Gracias, de verdad. ¿Queréis tomar algo? ¿Un café, un anisete?
Marta sonríe.—No, gracias, vecina. Estamos cansados del día. Pero si volvéis a necesitar algo, ya sabéis dónde estamos.
Marta ya estaba girándose hacia la puerta cuando el hombre, Gorka, carraspea otra vez.
—¿Habéis cenado?
Nos miramos. La verdad es que no. En el mercadillo picamos chistorra y queso, pero de cena nada. El estómago me ruge justo en ese momento, como si supiera que lo estaban preguntando.
—No —responde Marta, sincera.
Gorka sonríe, una sonrisa ancha que le arruga los ojos.
—Los sábados cocino yo. He hecho una tortilla de patatas gigante porque lo de calcular cantidades no se me da. Pero está muy rica.
La mujer, Maite, asiente con entusiasmo.—Que sí, que está riquísima. Y a nosotros nos sobra y al final la tenemos que tirar. Nos hacéis otro favor si aceptáis cenar con nosotros.
Marta me mira de reojo. Está en modo protector total: ve a dos ancianos solos, con un problema resuelto y ahora con comida de sobra. No hay forma de que diga que no.
—Vale —dice ella, sonriendo—. Pero solo si no es molestia.
—No es ninguna molestia —responde Maite, casi emocionada—. Pasad, pasad.
Nos llevan al salón. Es un piso grande, de los de antes: techos altos, molduras, muebles de madera oscura que huelen a cera y a tiempo. Maite empieza a preparar la mesa con rapidez: mantel de hule floreado, platos hondos y llanos, cubiertos que tintinean, vasos de Duralex gruesos. Gorka va a la cocina y vuelve con una fuente enorme: tortilla de patatas dorada por fuera, jugosa por dentro, con ese olor a aceite de oliva, cebolla pochada y huevo que llena la habitación.
Nos sentamos. Nosotros hemos comido poco hoy. Y de cena no cuenta beberse los jugos vaginales de Marta hace un rato. Me río por dentro de la burrada que acabo de pensar, pero me contengo para no poner cara rara.
Traen también agua, gaseosa y una botella de vino tinto de la Rioja Alavesa que ya habíamos probado en el mercadillo. Sirven generosas raciones. La tortilla está verdaderamente buena: cremosa en el centro, crujiente en los bordes, con la patata bien impregnada de huevo. Pido repetir casi sin darme cuenta. Los abuelos sonríen felices y me sirven más. A Marta también le ofrecen y ella acepta.
Mientras comemos, empiezan las presentaciones.
—Por cierto —dice Maite, limpiándose la boca con la servilleta—, me llamo Maite y mi marido se llama Gorka.
Marta responde con naturalidad:
—Encantada. Yo Marta y mi hermano Carlos.
Maite alza las cejas un poco.—Pensábamos que erais esposos. En ese ático solo hay una cama…
Gorka la corta con un gesto suave.—Deja a los jóvenes en paz, Maite. Ellos sabrán cómo se organizan. Están los alquileres como para exigir palacios.
Los dos se ríen bajito, con esa risa de gente mayor que ya ha visto mucho.
Maite insiste, sin maldad:—No he dicho nada malo, solo me ha sorprendido. ¿Y a qué os dedicáis?
Contesto yo:
—Somos funcionarios de la administración civil del Estado. Carreteras no transferidas y otras infraestructuras.
Gorka asiente, impresionado.
—¿Trabajáis juntos?
Marta sonríe.—No exactamente. Yo estudié derecho y mi hermano ingeniero. San Sebastián es muy caro y para empeorar las cosas los sitios que habíamos buscado para alojarnos nos dejaron tirados en el último momento. Este ático fue lo único que encontramos. Nuestra idea es pedir el traslado a otra parte de España en cuanto podamos. Mientras, pues por ahora en este ático o si se alarga intentaremos buscar otro sitio mejor.
La conversación fluye amena. Hablamos del trabajo, de lo difícil que está la vivienda, de lo bonito que es Donosti aunque caro. La tortilla desaparece rápido. Gorka trae una botella de pacharán casero.
—Uno chupito para rematar —dice.
Aceptamos. Uno se convierte en dos, luego en tres. El pacharán baja dulce y fuerte, con ese toque de endrina que calienta el pecho. Nos enseñan fotos en el móvil: hijos, nietos, ya dos bisnietos. Son abuelos pero no están anticuados; manejan el teléfono con soltura, zoom, fotos en horizontal. Nos reímos con anécdotas de los niños pequeños.
De repente miro el reloj de pared: las once de la noche.
—Madre mía —digo—. Ya es tarde.
Los abuelos se sorprenden.—Anda, no nos habíamos dado cuenta.
Nos levantamos. Besos en las mejillas, abrazos fuertes de los que dan los viejos. Prometemos repetir otro día.
Marta insiste, ya en la puerta:—Si necesitáis cualquier cosa, no dudéis en llamarnos. De verdad.
Maite nos aprieta las manos.—Sois unos ángeles. Buenas noches.
Subimos las escaleras. Cerramos la puerta del ático. Marta se apoya en ella y me mira.
—Qué majos son.
Yo asiento.—Y qué bien nos han tratado.
Nos quitamos la ropa despacio, sin prisa. Nos metemos en la cama, abrazados, todavía con el sabor del pacharán en la boca y el calor de la tortilla en el estómago.
El día ha sido largo. Pero ha acabado bien.
Mañana es domingo.


El domingo se arrastró hasta nosotros sin prisas. No había despertador, ni obligaciones, solo la luz grisácea colándose por la persiana a medio bajar y el peso cálido del cuerpo de Marta pegado al mío bajo las sábanas revueltas. Abrí los ojos despacio y lo primero que sentí fue un martilleo sordo en las sienes. El pacharán del vecino. Joder, qué bueno estaba anoche… y qué cabrón resultaba después.
Me llevé una mano a la frente y solté un gruñido bajo. Al instante, Marta se removió a mi lado, emitió el mismo sonido que yo y se tapó los ojos con el antebrazo.
—¿Tú también? —pregunté con la voz todavía pastosa.
Ella soltó una risa ronca, sin abrir los ojos del todo.—Como si me hubieran dado con un bate en la cabeza. Ese pacharán es un hijo de puta traicionero.
Nos miramos un segundo y estallamos en carcajadas bajas, de esas que duelen un poco más por la resaca pero que no puedes parar. Los dos con la misma cara de mierda, los mismos ojos hinchados. Hermanos hasta en la resaca.
—Venga —dije incorporándome despacio—, hay que mover el cuerpo o esto se pone peor. ¿Urgull?
Marta dudó un instante, valorando si quedarse en la cama era mejor plan, pero al final asintió con una sonrisa torcida.
—Urgull. Y subimos corriendo. A ver si sudamos esta mierda.
Media hora después ya estábamos en la calle, con las zapatillas gastadas, ropa deportiva y el pelo hecho un desastre. El aire fresco de la mañana nos dio una bofetada agradable. Empezamos trotando suave por el paseo, subiendo el ritmo poco a poco hasta que el monte nos tragó. La cuesta de Urgull no perdona, pero nosotros la conocíamos de memoria. Sudor en los ojos, respiración que quema, piernas que arden. Justo lo que necesitábamos para espantar el pacharán.

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Cuando llegamos arriba, cerca de las antiguas baterías, nos paramos a recuperar el aliento. El mar estaba gris y quieto abajo, Donostia parecía de juguete. Me giré hacia ella, todavía jadeando.
—¿Te acuerdas de dónde estaba exactamente la batería esa que nos llevó mamá? La del cañón más grande.
Marta puso los ojos en blanco, pero ya estaba sonriendo.
—Claro que me acuerdo. Tú siempre te pierdes como un gilipollas. Ven.
Como siempre, fue ella la que encontró el sendero casi invisible entre los pinos y los helechos. Caminamos un par de minutos más hasta el claro: el viejo cañón oxidado, medio cubierto de musgo, apuntando al vacío.
Apenas puse un pie allí, le solté una palmada brutal en el culo, abierta, que resonó como un disparo entre los árboles. Marta se giró en redondo, con los ojos encendidos de sorpresa y deseo.
—¿Qué coño…?
No le di tiempo a terminar. La agarré por la cintura y la besé con toda la hambre que llevaba acumulada desde que nos despertamos. 

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Nuestras manos bajaron al mismo tiempo: yo metí los dedos por dentro de sus mallas deportivas, directo a su coño ya empapado; ella me agarró la polla por encima del pantalón y apretó fuerte. Gemimos los dos contra la boca del otro.
La giré sin delicadeza, la empujé contra el cañón frío. Le bajé las mallas y las bragas de un tirón hasta los tobillos. Marta se inclinó hacia delante, manos apoyadas en el metal oxidado, culo en pompa, ofreciéndoseme.
Me bajé el pantalón lo justo, alineé y la penetré de una embestida profunda, vaginal, sin nada entre nosotros. Empecé a bombear con fuerza mientras le daba azotes secos, duros, uno tras otro. La palma me ardía, pero no paré. Su culo se puso rojo casi al instante, la piel hinchada y caliente bajo mis manos.
—Más —jadeó ella, voz rota—. Más fuerte, joder.
Aumenté el ritmo. Azotes que dejaban marcas, embestidas que la hacían gritar cada vez más alto, el sonido rebotando en el bosque. Le agarré las caderas con saña, clavándole los dedos, y seguí follándola sin piedad hasta que su cuerpo se tensó como un arco, tembló violentamente y se corrió con un grito ahogado que se perdió en el viento. Sus piernas flaquearon, pero la sostuve.
—Para… espera… —susurró, todavía temblando.
Me detuve dentro de ella, pero no me salí. Le dejé recuperar el aliento, aunque mantuve las manos firmes en sus caderas, impidiéndole moverse o subirse nada.
—Descansa —le dije al oído, voz ronca y oscura—. Pero quédate así, expuesta.
Escupí en su ano, lo extendí con los dedos, abriéndola despacio, preparándola. Luego alineé la polla y empujé, centímetro a centímetro, hasta entrar del todo. Marta soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer puro. Una vez dentro, perdí el control. La follé el culo con fuerza, rápido, sin contemplaciones. Me pegué a su espalda, metí las manos bajo el top deportivo y atrapé sus pezones. Los pellizqué con saña, retorcí los piercings hasta que ella arqueó la espalda y soltó un grito entrecortado.
—Más… joder, más… —suplicó.
Aceleré todavía más, embistiendo profundo mientras le retorcía los pezones sin piedad. El placer me subió como una ola y me corrí dentro de su culo, gruñendo contra su cuello, llenándola entera.
Justo en ese momento oímos pasos y voces acercándose por el sendero.
—Mierda —mascullé.
Nos separamos a toda hostia. Pantalones arriba en dos segundos. Corrimos a fingir estiramientos contra un árbol cercano, como si lleváramos media hora allí tranquilamente.
Aparecieron tres chavales, veintipocos, pinta de porreros absoluta: ojos rojos como tomates, risas lentas, olor a hierba que llegaba antes que ellos.
Una chica con el pelo morado y sudadera oversized nos vio primero.—Kaixo —saludó con una sonrisa bobalicona—. ¿Vais a estar mucho tiempo aquí? No es por echaros, eh, pero… es nuestro lugar secreto.
Se rio como si hubiera dicho la hostia de gracioso. Estaba colocadísima.
Le devolví la sonrisa más natural que pude, todavía con el corazón a mil y el cuerpo ardiendo.
—Tranquila, ya nos íbamos. —Hice una pausa, olí el aire—. Oye… ¿no tendréis por ahí algo de lo que estáis fumando? Nos vendría de lujo para el bajón.
Se miraron entre sí, se hicieron los locos al unísono.
—Qué va, qué va —dijo uno con rastas—. Aquí solo venimos a charlar, a ver el paisaje, esas cosas…
Marta soltó una carcajada genuina.—Claro, claro. Paisajistas de manual.
Nos miramos todos un segundo y estallamos en risas. La tensión se evaporó.
—Venga, nos largamos —dije, dándole un toquecito en el hombro a Marta—. Que aproveche el sitio secreto.
Les dijimos adiós con la mano mientras empezábamos a bajar trotando por el sendero.
Cuando ya estábamos lo bastante lejos, Marta me miró de reojo, con una sonrisa traviesa.
—Menuda follada nos hemos pegado… y encima casi nos pillan con la polla dentro. Menos mal que esta vez estoy sudada y si sale el semen no se va a notar en el pantalón.
Sonreí, todavía con el subidón recorriéndome las venas y recordando aquella primera noche de Marta en Barcelona.
—Y ha valido cada puto segundo.
Seguimos trotando hacia casa, el sudor mezclándose con el olor a bosque, a sexo y a adrenalina. El dolor de cabeza ya era historia.

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