
Era otro atardecer sofocante en el barrio obrero de Houston, donde el sol se hundía como una bola de fuego derretida, dejando el cielo teñido de un naranja sucio que se reflejaba en las calles agrietadas y los techos de lata oxidada. Yo, Albert, con mis 35 años pesando como una mochila llena de piedras, llegaba a casa después de un día en la oficina donde los números en la pantalla habían sido solo un borrón, mi mente atrapada en un torbellino de dudas y visiones perturbadoras. La cerveza vacía en la basura me había carcomido todo el día, un detalle pequeño pero acusador, como una huella en la arena que no podía ignorar. Yessica estaba en la sala, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, su piel morena brillando bajo la luz amarillenta de la lámpara, vestida con uno de esos shorts cortos que acentuaban sus curvas exageradas, su culo prominente hundiendo el cojín como si reclamara territorio. Me miró con esa sonrisa cálida pero distraída, su cabello negro azabache suelto sobre los hombros, y me besó en la mejilla cuando me acerqué.
Me armé de valor, sintiendo cómo el pulso me latía en las sienes como un tambor lejano. No podía seguir fingiendo que todo estaba bien; la sospecha me estaba devorando vivo. “Cariño, quiero saber algo”, dije, sentándome a su lado, mi voz saliendo más temblorosa de lo que pretendía. “¿Tuviste alguna visita estos días?” Ella parpadeó, su expresión cambiando a una de sorpresa fingida, o al menos eso me pareció. “No, mi nene, todo bacano. ¿Por qué?”, respondió con su acento dominicano rodando suave, inclinando la cabeza como si fuera una pregunta inocente. Tragué saliva, tratando de mantener la compostura. “Por nada, es que me pareció ver una cerveza vacía en nuestra basura”. Ella se encogió de hombros, cruzando los brazos bajo sus pechos voluptuosos, haciendo que se elevaran ligeramente. “Ah, debió haberla botado ahí el viejo sucio. Ya sabes cómo es, siempre tirando su basura por todos lados”. “Mmmm, ya”, murmuré, no convencido, sintiendo un nudo en el estómago. “¿No has hablado con él?” Ella negó con la cabeza, mirando hacia la ventana donde el crepúsculo se filtraba. “No, solo el buenos días, buenas tardes. Nada más, amor”.
Fruncí el ceño, el valor evaporándose pero forzándome a continuar. “No quiero que hables con él”. Ella se giró hacia mí, una risa nerviosa escapando de sus labios carnosos, burlona, como si encontrara mi preocupación divertida. “¿Te dan celos?” Su tono era juguetón, pero había un brillo en sus ojos negros que me inquietó, como si supiera más de lo que decía. “Pues me preocupa”, respondí, mi voz ganando algo de firmeza. “No quiero otro problema, que te haga algo”. Ella puso una mano en mi rodilla, su tacto cálido pero condescendiente. “No, amor, todo controlado. No pasa nada”. Nos quedamos en silencio un momento, el aire cargado de una tensión invisible, antes de que decidiera dejarlo ahí. Cenamos en la cocina, tacos sobrantes que recalentó, hablando de nimiedades: el trabajo, el clima, evitando el elefante en la habitación. Pero por dentro, yo bullía.
Nos acostamos temprano esa noche, el ventilador de techo girando perezosamente, moviendo el aire húmedo sin refrescarlo. Yessica se acurrucó a mi lado, su cuerpo curvilíneo pegado al mío, su respiración volviéndose pausada y regular mientras se dormía. Yo, en cambio, no podía pegar ojo. Mi cabeza giraba como un carrusel descontrolado, reproduciendo escenas: Don Braulio en nuestra casa, sus manos ásperas en las nalgas de Yessica, la cerveza vacía como prueba muda. Giré la cabeza para mirarla, la sábana cubriéndola parcialmente, y entonces lo vi: en su pierna, cerca de la entrepierna, un moretón morado, redondo como un chupetón, oculto bajo el borde de su pijama corto. Mi corazón se aceleró, la sangre rugiendo en mis oídos. ¿Cómo no lo había notado antes? Imaginé muchas cosas: labios gruesos succionando su piel morena, gemidos ahogados, su cuerpo arqueándose. El miedo se mezcló con esa excitación perversa, esos pensamientos cuckold que me asaltaban como ladrones en la noche. No pude más; mi mano bajó bajo las sábanas, agarrando mi polla ya endurecida por la tormenta emocional. Me masturbé ahí mismo, a su lado, movimientos rápidos y desesperados, imaginando a Don Braulio marcándola, reclamándola. Me corrí en mi mano, un chorro caliente y pegajoso que fue como una válvula de escape para todas mis emociones reprimidas: rabia, celos, deseo prohibido. Limpié en silencio, avergonzado pero aliviado temporalmente, y finalmente me dormí en un sueño agitado.
Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Llamaba a Yessica cada hora, con excusas tontas: “¿Necesitas algo del supermercado?”, “¿Todo bien en casa?”. Estaba nervioso, mi pierna temblando bajo el escritorio, sudando más de lo normal en la oficina con aire acondicionado. Ella respondía con paciencia, pero notaba un tono de irritación creciente en su voz. Después del trabajo, me detuve en un minimarket del barrio para comprar cosas para la cena: pollo, verduras, una botella de soda. Al salir, con las bolsas en la mano, me topé con uno de los amigos de Don Braulio, el tipo flaco con la cicatriz en la mejilla, tatuajes desvaídos asomando por el cuello de su camiseta sucia. Se veía visiblemente drogado, los ojos rojos e inyectados, apestando a marihuana como si acabara de salir de una nube de humo, con unas cervezas en una bolsa de papel en la mano. Me reconoció al instante, una sonrisa torcida iluminando su rostro demacrado. “Ey, wero, eres el vecino del Braulio, jajaja”, se rio, un sonido áspero y entrecortado, tambaleándose un poco. “Vaya tipo ese viejo, verdad”.
Asentí cautelosamente, queriendo alejarme, pero él me detuvo con un gesto. “Te voy a platicar algo solo porque estoy enojado con él. Tú crees, el vato le he hecho muchos paros y ahora que necesito ayuda me la niega. Que se vaya a la mierda”, dijo enojado, balbuceando, su aliento cargado de alcohol y hierba. “¿Qué pasa, man? ¿Todo bien?”, pregunté, más por cortesía que por curiosidad, sintiendo un escalofrío. Él miró alrededor, como si temiera ser oído, y extendió la mano. “Mira, wero, dame unos dólares para más cerveza y te cuento”. Dudé un segundo, pero saqué un billete de diez de mi bolsillo y se lo di; la promesa de información era demasiado tentadora. Él lo agarró con avidez, metiéndolo en su bolsillo. “Mira, ese viejo me contó a mí y a otro compa que le agarró las nalgas a tu mujer, que la nalgueó, pero eso no es todo… Él dice que ella gemía… que a ella le gustó y que al final le abrió las nalgas y le dio un beso en el mero culo”. Me quedé helado, el mundo deteniéndose a mi alrededor, las bolsas pesando como plomo en mis manos. El tipo continuó, ajeno a mi shock: “Pues mira, esto no sé si sea verdad pero él alardeó que en estos días previos que ella lo invitó a comer a tu casa… Yo no sé, wero, pero ten cuidado, saca a tu mujer de ahí”. Acto seguido, se dio la vuelta y se alejó tambaleando, dejándome allí, paralizado, el corazón latiendo como un martillo.
Moría por dentro, las palabras del tipo resonando en mi cabeza como un eco maligno. Gemía… le gustó… beso en el culo… invitó a comer. Los pensamientos cuckold me rondaban, excitándome a pesar del dolor, imaginando a Yessica disfrutando en secreto, su cuerpo traicionándola. Llegué a casa con la mente hecha un caos, decidido a confrontarla. Yessica estaba en la cocina, preparando algo, su trasero rebotando mientras se movía. Abrí la boca para soltar todo, pero ella me paró en seco, girándose con una expresión de fastidio. “Ya deja el tema del viejo a un lado, Albert. Sigue ya tu vida en paz”. Su tono era defensivo, casi protector, como si lo defendiera después de haber sido enemigos a muerte. Me quedé mudo, la rabia atascada en la garganta, y asentí, fingiendo que lo dejaba pasar. Cenamos en silencio, el aire espeso como melaza.
Pero no me quedé quieto. Al día siguiente, en el trabajo, pedí dos días de descanso, alegando una migraña persistente. A Yessica no le dije nada; fingiría ir al trabajo como siempre, saliendo por la mañana con mi maletín, pero regresaría a escondidas, aparcando lejos y entrando por la puerta trasera para vigilar. Quería ver con mis propios ojos si algo pasaba, si Don Braulio volvía, si mis peores miedos se materializaban. Esa noche, mientras yacía despierto junto a ella, planeando mi vigilancia, el barrio parecía más oscuro que nunca, un laberinto de secretos que me tragaba entero. Al día siguiente, salí como de costumbre, besándola en la mejilla, pero mi corazón latía con anticipación. Aparqué a dos cuadras, caminé de regreso sigilosamente y me escondí en el armario de la sala, con la puerta entreabierta, esperando. Las horas pasaron lentas, el sudor corriéndome por la espalda, hasta que oí un golpe en la puerta. Yessica abrió, y allí estaba él, Don Braulio, con esa sonrisa ladina. “Morena, vine por esa plática que quedamos”, dijo, y ella lo dejó pasar, cerrando la puerta detrás de él. Mi mundo se derrumbó en silencio, pero no podía moverme, atrapado en mi escondite, escuchando cada palabra, cada risa. Continuará.
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