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Relatos cornudo : el nuevo ministro y la fe de tener un hijo

Relatos cornudo : el nuevo ministro y la fe de tener un hijo
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Kathia deslizó su mano de uñas perfectamente manicuras sobre la madera cálida del banco de la iglesia, sintiendo cómo la falda plisada de su vestido azul marino se tensaba contra sus muslos gruesos y suaves. A sus 29 años, seguía siendo una visión que cortaba el aliento: cabello negro azabache cayendo como una cascada sedosa hasta la mitad de su espalda, labios carnosos pintados de un rosa sutil que invitaba a pecar en silencio, y esos ojos oscuros, grandes, con una inocencia fingida que ocultaba un pasado que aún palpitaba bajo su piel. Pero lo que realmente hacía que los hombres —incluso los más devotos— giraran la cabeza era su pecho. Esas tetas enormes, operadas de una época de juventud y locura , kathia en sus veintes tuvo el abandono de su padre y tuvo que trabajar en los bares para hombres, . Ella tenia esos Dos globos perfectos, firmes, que se desbordaban contra la tela ajustada del vestido, marcando los pezones apenas disimulados por el sujetador push-up que siempre usaba. Israel, su esposo, las adoraba en secreto; decía que eran “la bendición que Dios le había dado para tentarlo a él solo”. Pero Kathia sabía la verdad: esas tetas habían pagado sus cuentas, habían hecho que extraños babearan y le metieran billetes en el tanga mientras giraba en el tubo bajo luces rojas y música que hacía vibrar su coño.
Ahora, a los cuatro años de casada, todo era diferente. Israel, su salvador de 33 años, delgado, moreno, con gafas de montura fina y siempre impecable en sus trajes de banco, la había sacado de aquel infierno de luces estroboscópicas y manos sudorosas. La había llevado a la iglesia adventista, la había bautizado en agua fría mientras murmuraba versículos sobre redención. Desde entonces, Kathia era la esposa perfecta: sumisa, callada, manipulable como arcilla húmeda entre las manos de su macho. Cada quince días, como un ritual sagrado, Israel la follaba. Siempre en la misma posición: misionero, lento, dulce, con los ojos cerrados y susurrando “alabado sea el Señor” mientras se corría dentro de ella. Nunca más de diez minutos. Nunca un gemido fuerte. Nunca una mano que le apretara el culo o le tirara del pelo como en los viejos tiempos. Kathia lo aceptaba todo con una sonrisa pasiva, abriendo las piernas sin protestar, porque Israel era su esposo, su guía espiritual, su todo.
Pero el vacío entre sus piernas no se llenaba. Cuatro años intentando. Cuatro años de pruebas negativas. Cuatro años en los que Kathia se tocaba el vientre plano por las noches, deseando con una ferocidad casi pecaminosa sentir un hijo creciendo dentro de ella. “Quiero ser madre”, le repetía a Israel con voz suave, sumisa, mientras él le acariciaba el cabello. “Dios nos dará el momento”, respondía él, ajustándose las gafas y volviendo a su Biblia. Y Kathia asentía, bajando la mirada, porque era lo que hacía siempre: someterse.
Esa mañana de domingo, sin embargo, algo cambió en el aire de la iglesia.
El pastor Fernando estaba enfermo de COVID, y en su lugar había llegado el sustituto: el ministro Benito Roldán. Un hombre de unos sesenta años, alto, de piel oscura y cabello gris perfectamente peinado, con una sonrisa que parecía tallada en miel y pecado. Vestía un traje negro impecable que marcaba sus hombros anchos, y en su mano derecha siempre llevaba una Biblia gastada de cuero. Los rumores lo perseguían como un perfume barato: en su antigua congregación, decían que había follado a más de una esposa cristiana en la sacristía, que las había hecho arrodillarse no solo para orar. Nunca se probó nada, claro. Benito era demasiado inteligente para eso. Usaba la palabra de Dios como un látigo de terciopelo: carismático, hipócrita, un viejo verde que había descubierto que la religión era el mejor burdel disfrazado. Dinero fácil, respeto automático y, de vez en cuando, un coño devoto y apretado que se abría como una flor ante sus sermones.
Cuando Benito entró al templo esa mañana y sus ojos se posaron en Kathia por primera vez, el mundo se detuvo.
Ella estaba sentada en el tercer banco, exactamente como en aquella foto que alguien tomó sin que se diera cuenta: el vestido azul marino abrazando cada curva, una mano apoyada en el banco y la otra levantada para apartarse el cabello del cuello, dejando a la vista la curva perfecta de su escote. A su lado, el bolso Louis Vuitton que Israel le había regalado “para que parezcas una dama de Dios”, descansaba como un trofeo del pasado. Sus tetas operadas se elevaban con cada respiración, pesadas, redondas, desafiando la modestia del vestido. Benito sintió un calor inmediato en la entrepierna. “Joder…”, pensó, aunque su boca solo sonrió con santidad. “Esta puta tiene cuerpo de puta cara, pero cara de santa”.
Kathia levantó la vista cuando él subió al púlpito. Sus ojos se encontraron un segundo. Ella bajó la mirada al instante, sonrojándose como la buena cristiana que fingía ser. Pero Benito ya había visto lo suficiente: el leve temblor de sus labios, la forma en que sus muslos se apretaron bajo la tela, la manera en que sus pezones se endurecieron contra el sujetador al sentir su mirada pesada sobre ella.
Durante el sermón, Benito habló de “tentaciones disfrazadas de bendición”, de “cuerpos que Dios nos da para probar nuestra fe”. Sus ojos, sin embargo, no dejaban de volver a Kathia. Ella escuchaba con las manos cruzadas sobre el regazo, pero sentía cada palabra como una caricia entre las piernas. El calor subía por su vientre. “Quiero un hijo…”, pensó, y por un instante imaginó que no era Israel quien la llenaba, sino algo más… algo prohibido.
Después del servicio, Benito se acercó. Primero la encontró en el banco, arrodillada , las manos juntas en oración, los ojos cerrados, el cardigan blanco abierto dejando ver el vestido ajustado que marcaba sus tetas como un pecado. El viejo pastor se detuvo a su lado, Biblia en mano, y la miró desde arriba.
—Hermana Kathia, ¿verdad? —su voz era grave, aterciopelada, llena de esa autoridad que hacía que las mujeres se mojaran sin querer—. Me han hablado mucho de ti. De tu testimonio de fe…
Kathia levantó la vista, las mejillas encendidas. Sus manos seguían juntas, pero sus dedos se entrelazaban con fuerza, como si intentara contener algo que crecía dentro de ella.
—Sí, pastor… Benito —respondió con voz suave, sumisa, casi un susurro—. Dios ha sido bueno conmigo.
Benito sonrió, y su mirada bajó un segundo a ese escote que subía y bajaba con cada respiración. Imaginó sus tetas operadas rebotando mientras la follaba contra el altar, pero su cara solo mostró piedad.
—Ven, hija. Hablemos un momento.
La llevó al pasillo central , ella de pie ahora, Benito gesticulaba con la Biblia abierta, explicándole “la importancia de la obediencia absoluta al llamado de Dios”, pero sus ojos devoraban cada detalle: la forma en que la blusa se tensaba sobre sus tetas, el leve olor a perfume caro que emanaba de su cuello, la manera en que ella inclinaba la cabeza hacia un lado, escuchando como una niña buena.
—Hermana… —dijo bajando la voz, acercándose un paso más de lo necesario—. He visto en ti un fuego que muchos aquí no tienen. Un deseo profundo. ¿Es el deseo de ser madre lo que te quema por dentro?
Kathia tragó saliva. Nadie le había preguntado tan directo. Sus ojos se humedecieron un poco.
—Sí, pastor… Lo deseo con toda mi alma.
Benito puso una mano en su hombro, “consolándola”. El contacto fue eléctrico. Ella sintió el calor de esa palma grande y pesada atravesar la tela. Él, por su parte, olió su cabello y pensó en cómo se vería ese mismo cabello desparramado sobre su cama mientras la hacía gritar pidiendo más.
—Dios tiene planes para ti, Kathia. Planes que tal vez… requieran una guía más fuerte que la que tienes ahora. Ire a verlos a ti y a tu marido “ el hermano Israel”. Hablaremos en privado. Oraremos juntos. Y quizás… encontremos la forma de que ese deseo se cumpla.
Kathia asintió, pasiva, manipulable, con el corazón latiéndole entre las piernas. No sabía que acababa de abrir la puerta al diablo disfrazado de pastor.
Esa misma noche, en la intimidad de su habitación , Kathia se miró en el espejo del dormitorio. La blusa blanca abierta, la falda gris bajada hasta las caderas, dejando ver su cuerpo semidesnudo. Sus tetas enormes, operadas, colgaban pesadas y perfectas, pezones oscuros endurecidos por el aire frío. El panty blanco apenas cubría su coño afelpado. Se pasó las manos por las tetas, apretándolas suavemente, sintiendo su peso, recordando cómo en los bares los hombres pagaban por tocarlas.
Se acostó en la cama, abrió las piernas apenas, y cerró los ojos. No se tocó. Todavía no. Pero en su mente, la voz grave de Benito Roldán repetía: “Dios tiene planes para ti… planes que tal vez requieran una guía más fuerte”.
Y por primera vez en cuatro años, Kathia sintió que su sumisión… podría tener un nuevo amo.


continuara

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