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Autobús abarrotado

El autobúsestaba abarrotado... En cada parada subía más gente, chicos ruidosos de lasafueras, vestidos solo con bañadores, con los músculos bien definidos; obrerosnegros, con la piel sudorosa, oliendo a mar y sal. A un lado, un anciano; alotro, un joven, ambos en bañador, aprovechando cada parada para acercarse a mí.

Autobús abarrotado

Tengo 19 años,tengo el pelo rubio muy fino que me llega hasta la cintura, un trasero pequeñoy firme, muslos gruesos y pechos grandes tan hermosos que nunca usé sujetador;es decir, excepto cuando voy a la playa. Estoy bronceada, lo que contrastaarmoniosamente con mis ojos felinos. Además, también tengo un rostro hermoso,inocente y juvenil, que vuelve locos a los hombres. Consciente de mi podersobre ellos, uso y abuso de ropa provocativa y sensual que me desnuda más de loque me viste. Me encanta sentir cómo se vuelven locos de deseo por mí, y aunquepodría tener a cualquiera, tengo una debilidad especial por los obreros de laconstrucción y los porteros. La audacia de los surfistas y los hombres guapos ybien vestidos me asusta e intimida. Los encuentro demasiado engreídos, y parademostrarles que no son tan superiores, me mantengo indiferente hacia ellos. Encambio, cuando regreso de la playa, atrayendo miradas con mi diminuto bikini yel pareo casualmente sobre mi hombro, no puedo ver un bar lleno de peonesagrícolas sin, antes de darme cuenta, entrar y sembrar el silencio. Pido unrefresco y lo bebo despacio, sorbiendo la pajita, mientras sus ojos devorancada centímetro de mi cuerpo. Cuando me voy, veo que todos están un poco locos,pero no se atreven a decir ni una palabra.

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Más adelante,me inclino sobre un quiosco y empiezo a hojear una revista de moda. El empleadosiempre encuentra una excusa para salir, colocar algunas revistas junto a mí ymirar mi culo prácticamente desnudo.
 
Incluso abrobien las piernas para que babee y me devore con la mirada.
 

Leo casi todala revista, y cuando me voy, creo que podría llevármela sin pagar y él ni sedaría cuenta.

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El otro día,sin embargo, casi me meto en problemas. Era un domingo soleado, la playa deIpanema estaba llena de gente de los suburbios. Los autobuses salíanabarrotados a media tarde, rumbo a la zona norte. Yo regresaba de la playa,como de costumbre, solo con bikini y sandalias, un pareo al hombro, un pequeñobolso atado a la muñeca, y estaba esperando a que cambiara el semáforo en lacalle Visconde de Pirajá cuando uno de esos autobuses se detuvo frente a mí.Todavía no estaba tan lleno como suele estar cuando salen de Copacabana, congente colgando de las puertas y ventanas, pero vi que no quedaban asientos.Antes de poder pensarlo, subí las escaleras y pasé por el molinete. Sentía queel corazón se me iba a salir del pecho. Tenía la piel de gallina, pero memantuve firme, con los brazos en alto, apoyada sobre las puntas de los pies. Encada parada, subía más gente, los ruidosos chicos de las afueras, solo conbañador, con los músculos bien definidos, trabajadores negros, con la pielsudorosa, oliendo a mar y sal. No tardó mucho; el autobús parecía una lata desardinas. A un lado, un anciano; al otro, un joven, ambos solo con bañador,aprovechando cada parada repentina para acercarse a mí. Primero sentí el vellode sus piernas rozando mis muslos. Al notar que no reaccionaba, el anciano seechó un poco hacia atrás y presionó su verga contra mi nalga izquierda. Al verque seguía sin hacer nada, y aprovechando una curva, apartó a alguien y seapretó contra mi espalda. Un mulato ocupó inmediatamente su lugar,descaradamente frente a mí, frotando su pene rígido bajo el bañador contra mimuslo. Otro joven hacía lo mismo al otro lado.
 

Y con cadanueva parada, el autobús se llenaba cada vez más.

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El viejo queestaba detrás de mí me apretaba tan fuerte que terminé medio inclinada sobre elpasajero sentado, quien descaradamente me frotaba el hombro contra laentrepierna con tanta fuerza que la parte delantera de mi bikini se bajó unpoco, dejando al descubierto mi suave vello púbico rubio. Podía sentir laerección del viejo bajo su bañador justo en medio de mis nalgas, ya estabaasustada y arrepentida. Pensé que debía saltar en ese mismo instante, peroestaba tan excitada que el sudor me corría por los muslos y no podía decidirme.
 
Sentí elaliento caliente y jadeante del anciano sobre mis hombros, su pecho y suvientre me obligaron a inclinarme aún más sobre el hombre sentado, haciendo quemis nalgas sobresalieran aún más, casi en posición para encontrarse con susexo.
 
Podía sentir suverga palpitando, y él, sin duda medio enloquecido y dándose cuenta de locompletamente dócil que era, me agarró la nalga derecha y se bajó la partedelantera del bañador.
 

Fue un shocksentir su pija, ya pegajosa, levantarse entre mis muslos, y advertir el roce desu vello púbico contra mis nalgas. Tanto es así que no pude evitar mirar haciaatrás por encima del hombro y soltar un tímido suspiro de protesta.

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Los otros doschicos se dieron cuenta rápidamente de lo que estaba pasando, y tambiénliberaron sus miembros, frotándolos contra mis muslos desnudos con la furia de unperro, sin molestarse ya en ocultarlo. El mulato incluso me mordió el hombro,frotando su cara en mi cabello. El tipo sentado pasó su mano por mi pecho y bajópor la parte delantera de mi bikini, insertando su dedo en mi concha, comenzandoa manipular mi clítoris con su pulgar, volviéndome loca y provocándomemúltiples orgasmos. Con su boca, estirando su cuello, me quitó el sujetador, liberandouna de mis tetas, que de inmediato devoró. El autobús iba a toda velocidad, yapenas podía mantener los ojos abiertos.
 
Lo único quepude ver fue a un hombre junto a la ventana frotándose la verga con la mano porencima del bañador, masturbándose y mirándome.
 
En la curvacerca del aeropuerto Santos Dumont, el hombre negro usó su otra mano parabajarme la parte baja del bikini por completo, hasta las rodillas.
 
Volví  a sentir la mano del anciano, que ahora meabría bien el culo y ajustaba su verga para forzar la penetración.


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De repente,aunque estaba súper excitada, entré en pánico y empecé a retorcerme paraescapar. Pero los hombres me presionaron, casi inmovilizándome. Me retorcí y,creo que por eso, el viejo perdió el control y sentí el chorro caliente de susemen golpear mi espalda, mis nalgas y mis muslos. Al mismo tiempo, como unlátigo, los otros dos tipos eyacularon sobre mi estómago, mi cintura, loscostados de mis muslos, y su semen goteó por los vellos de mi concha. El tipoque estaba sentado empezó a levantarse y a sacar su enorme verga, y estoysegura de que me habría cogido allí mismo, de pie delante de todos, si elautobús no se hubiera detenido en la parada de Praça XV, frente a los ferries.

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La multitudcomenzó a salir del autobús, creando huecos que aproveché, así como el hecho deque los tres estaban algo aturdidos por su orgasmo, para escapar rápidamente,apartando todo mientras me acomodaba el bikini con la mano. Salí a la acera dela Praça XV, desconcertada y asustada, todavía medio desnuda; mis tetas estabansueltas, sin sandalias, después de casi perder mi pareo. Y, sin el valor demirar para ver si me seguían, crucé los carriles entre los coches,arriesgándome a ser atropellada. Bajo el viaducto, entre los coches aparcados,me recompuse lo mejor que pude en esas circunstancias. Vi al hombre negro en laacera de enfrente, buscándome. Me escondí, esperé a que hubiera un hueco en eltráfico y, en cuanto vi un taxi, corrí hacia él y me subí, me dejé caer en el asientotrasero y suspiré, todavía pegajosa por el semen de los tres hombresdesconocidos.

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Todavía teníaque soportar las miradas codiciosas del conductor, que casi me devoraban."¡Uf! Nunca más...", me dije a mí misma, sintiendo, sin embargo, unafuerte oleada de calor mezclada con escalofríos cada vez que me encontraba conla mirada del conductor recorriendo cada centímetro de mi cuerpo.
 
Inmediatamente,las puntas de mis pechos se endurecieron hasta el punto de estallar...
 

...¡y entoncespensé que "nunca" podría ser una palabra demasiado fuerte!

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2 comentarios - Autobús abarrotado

NANDO-23-AVELL
Excelente post!!! Y mis felicitaciones al artista gráfico 🥵😈