Carmen, 35 años, sentía el cuerpo pegajoso después de toda la tarde limpiando. El sábado había sido perfecto para su esposo y sus dos hijos: fútbol desde las nueve de la mañana, comida con los amigos del equipo y probablemente no volverían antes de las ocho o nueve de la noche. Ella aprovechó para dejarla casa impecable.

Terminó exhausta cerca de las cuatro. Se quitó la ropa sudada, quedó en ropa interior y luego se despojó de todo para meterse a la ducha. Pero al abrir la llave solo salió agua fría. El cilindro de gas estaba vacío. Suspiró, se envolvió una toalla un segundo, pero la dejó caer de nuevo: total, estaba sola. Se puso solo el leggins negro ajustadísimo y el top blanco finito, sin sostén ni calzones, y salió descalza al pasillo.
Golpeó la puerta del frente. Ahí vivía Mateo, el muchacho nuevo del edificio, veinte años recién cumplidos, flaco, con lentes de armazón grueso, siempre tímido, saludaba bajito y se ponía rojo cuando ella le sonreía.

—¿Vecino? —dijo Carmen con voz normal, como si nada—. ¿Me ayudas un ratito con el gas? La válvula está dura y no puedo.
Mateo abrió la puerta y se quedó congelado. El top blanco era tan delgado que se transparentaban los pezones oscuros y erectos por el fresco del pasillo. El leggins negro se pegaba como segunda piel y marcaba todo: el monte de Venus hinchado, los labios mayores dibujados en un evidente camel toe. No llevaba nada debajo.
—Cla-claro… —balbuceó él, tragando saliva.
Entraron al departamento. Carmen lo llevó directo al baño. Ahí, sobre el piso de cerámica, estaba toda su ropa interior tirada: el calzón negro de encaje, el sostén a juego, todavía con el olor tibio de su cuerpo. Mateo los vio de reojo y sintió que la sangre le subía a la cara… y a otra parte.
Se agachó junto al cilindro, forcejeó un rato con la válvula y al fin logró cambiarlo. Cuando se levantó, Carmen estaba apoyada en el marco de la puerta, brazos cruzados debajo del pecho, lo que hacía que sus tetas se levantaran todavía más.

—Mil gracias, Mateo… ¿Quieres algo? Agua, café… ¿o una cerveza fría?
—Una cerveza está bien —respondió él con la voz un poco ronca.
Carmen fue a la cocina, regresó con dos latas heladas. Le pasó una y se quedó parada frente a él, muy cerca. Bebieron en silencio un par de sorbos. Ella lo miraba fijo, divertida por lo nervioso que estaba. Él bajó la vista… y no pudo evitar fijarse otra vez en ese camel toe tan descarado, en cómo el leggins se metía entre sus labios.
Entonces, casi sin pensarlo, extendió la mano y la apoyó en la nalga derecha de Carmen. No fue un roce tímido. Fue una palma abierta, apretando carne suave y firme al mismo tiempo.
Carmen no se movió. Solo sonrió de lado, dejó la cerveza en la mesita y dijo bajito:
—¿Y eso?
Mateo no contestó con palabras. Subió la otra mano y agarró la otra nalga. La atrajo contra él. Ella sintió la verga dura apretándose contra su vientre a través del jean. Se miraron un segundo. Luego ella le puso las manos en la nuca, se empinó y lo besó.

Fue un beso con lengua desde el primer segundo. Hambriento. Carmen le mordió el labio inferior mientras le sacaba la camiseta por la cabeza. Él le levantó el top y dejó al aire esas tetas grandes, pesadas, con pezones grandes y duros. Los agarró con las dos manos, los pellizcó, los chupó como si llevara meses soñando con eso.
Carmen gimió bajito, le desabrochó el cinturón, le bajó el jean y el bóxer de un tirón. La verga de Mateo saltó, tiesa, gruesa, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Ella se arrodilló un segundo, solo para pasarle la lengua por toda la cabeza, saborearlo, y luego se puso de pie otra vez.
—Quítame esto —ordenó, señalando el leggins.
Mateo se lo bajó despacio, casi con reverencia. Cuando el leggins llegó a los tobillos, el coño de Carmen quedó a la altura de su cara: depilado, labios hinchados, brillantes de humedad. Olía a mujer caliente, a deseo acumulado. Él no pidió permiso: metió la cara ahí y empezó a lamerla con ganas, lengua plana recorriendo todo el surco, chupando el clítoris, metiendo la punta dentro.
Carmen se agarró del lavamanos y jadeó fuerte.
—Así… no pares…
Lo dejó lamerla hasta que sintió las piernas temblar. Luego lo empujó suave hacia atrás, lo hizo sentarse en el borde de la cama (habían salido del baño sin darse cuenta), y se subió encima de él a horcajadas.
Le agarró la verga con la mano, la apuntó y se dejó caer despacio. Los dos soltaron un gemido largo cuando él entró hasta el fondo. Carmen empezó a moverse, primero lento, sintiendo cómo la llenaba, cómo rozaba cada rincón. Luego más rápido. Las tetas le rebotaban frente a la cara de Mateo. Él las agarraba, las chupaba, le mordía los pezones mientras ella le clavaba las uñasen la espalda.
—Fóllame más duro —le susurró al oído.
Mateo la tomó de las caderas y empezó a embestir desde abajo con fuerza. Se escuchaba el choque de piel contra piel, el sonido mojado del coño de ella tragándose la verga una y otra vez. Carmen echaba la cabeza hacia atrás, gemía sin control.
—Te voy a correr… me voy a correr encima tuyo…
Él aceleró todavía más, sintiendo cómo ella se apretaba alrededor de su pene. De pronto Carmen se tensó entera, soltó un grito ahogado y se vino temblando, chorreando sobre la verga y los huevos de Mateo. Eso lo llevó al límite. Dos embestidas más y se vació dentro de ella, chorros calientes que Carmen sintió golpear bien adentro.
Se quedaron quietos un momento, jadeando, sudorosos, pegados. Ella todavía encima, con la verga de él ablandándose lentamente dentro.
Entonces, con voz ronca y satisfecha, Mateo preguntó casi en un susurro:
—¿Te gustó?
Carmen no respondió con palabras.
Solo sonrió, se inclinó y lo besó profundamente, metiéndole la lengua hasta el fondo, como diciendo “todavía no terminamos”. Sus caderas volvieron a moverse, lentas, buscando que él se pusiera duro otra vez dentro de ella.
Y así empezó todo.

Terminó exhausta cerca de las cuatro. Se quitó la ropa sudada, quedó en ropa interior y luego se despojó de todo para meterse a la ducha. Pero al abrir la llave solo salió agua fría. El cilindro de gas estaba vacío. Suspiró, se envolvió una toalla un segundo, pero la dejó caer de nuevo: total, estaba sola. Se puso solo el leggins negro ajustadísimo y el top blanco finito, sin sostén ni calzones, y salió descalza al pasillo.
Golpeó la puerta del frente. Ahí vivía Mateo, el muchacho nuevo del edificio, veinte años recién cumplidos, flaco, con lentes de armazón grueso, siempre tímido, saludaba bajito y se ponía rojo cuando ella le sonreía.

—¿Vecino? —dijo Carmen con voz normal, como si nada—. ¿Me ayudas un ratito con el gas? La válvula está dura y no puedo.
Mateo abrió la puerta y se quedó congelado. El top blanco era tan delgado que se transparentaban los pezones oscuros y erectos por el fresco del pasillo. El leggins negro se pegaba como segunda piel y marcaba todo: el monte de Venus hinchado, los labios mayores dibujados en un evidente camel toe. No llevaba nada debajo.
—Cla-claro… —balbuceó él, tragando saliva.
Entraron al departamento. Carmen lo llevó directo al baño. Ahí, sobre el piso de cerámica, estaba toda su ropa interior tirada: el calzón negro de encaje, el sostén a juego, todavía con el olor tibio de su cuerpo. Mateo los vio de reojo y sintió que la sangre le subía a la cara… y a otra parte.
Se agachó junto al cilindro, forcejeó un rato con la válvula y al fin logró cambiarlo. Cuando se levantó, Carmen estaba apoyada en el marco de la puerta, brazos cruzados debajo del pecho, lo que hacía que sus tetas se levantaran todavía más.

—Mil gracias, Mateo… ¿Quieres algo? Agua, café… ¿o una cerveza fría?
—Una cerveza está bien —respondió él con la voz un poco ronca.
Carmen fue a la cocina, regresó con dos latas heladas. Le pasó una y se quedó parada frente a él, muy cerca. Bebieron en silencio un par de sorbos. Ella lo miraba fijo, divertida por lo nervioso que estaba. Él bajó la vista… y no pudo evitar fijarse otra vez en ese camel toe tan descarado, en cómo el leggins se metía entre sus labios.
Entonces, casi sin pensarlo, extendió la mano y la apoyó en la nalga derecha de Carmen. No fue un roce tímido. Fue una palma abierta, apretando carne suave y firme al mismo tiempo.
Carmen no se movió. Solo sonrió de lado, dejó la cerveza en la mesita y dijo bajito:
—¿Y eso?
Mateo no contestó con palabras. Subió la otra mano y agarró la otra nalga. La atrajo contra él. Ella sintió la verga dura apretándose contra su vientre a través del jean. Se miraron un segundo. Luego ella le puso las manos en la nuca, se empinó y lo besó.

Fue un beso con lengua desde el primer segundo. Hambriento. Carmen le mordió el labio inferior mientras le sacaba la camiseta por la cabeza. Él le levantó el top y dejó al aire esas tetas grandes, pesadas, con pezones grandes y duros. Los agarró con las dos manos, los pellizcó, los chupó como si llevara meses soñando con eso.
Carmen gimió bajito, le desabrochó el cinturón, le bajó el jean y el bóxer de un tirón. La verga de Mateo saltó, tiesa, gruesa, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Ella se arrodilló un segundo, solo para pasarle la lengua por toda la cabeza, saborearlo, y luego se puso de pie otra vez.
—Quítame esto —ordenó, señalando el leggins.
Mateo se lo bajó despacio, casi con reverencia. Cuando el leggins llegó a los tobillos, el coño de Carmen quedó a la altura de su cara: depilado, labios hinchados, brillantes de humedad. Olía a mujer caliente, a deseo acumulado. Él no pidió permiso: metió la cara ahí y empezó a lamerla con ganas, lengua plana recorriendo todo el surco, chupando el clítoris, metiendo la punta dentro.
Carmen se agarró del lavamanos y jadeó fuerte.
—Así… no pares…
Lo dejó lamerla hasta que sintió las piernas temblar. Luego lo empujó suave hacia atrás, lo hizo sentarse en el borde de la cama (habían salido del baño sin darse cuenta), y se subió encima de él a horcajadas.
Le agarró la verga con la mano, la apuntó y se dejó caer despacio. Los dos soltaron un gemido largo cuando él entró hasta el fondo. Carmen empezó a moverse, primero lento, sintiendo cómo la llenaba, cómo rozaba cada rincón. Luego más rápido. Las tetas le rebotaban frente a la cara de Mateo. Él las agarraba, las chupaba, le mordía los pezones mientras ella le clavaba las uñasen la espalda.
—Fóllame más duro —le susurró al oído.
Mateo la tomó de las caderas y empezó a embestir desde abajo con fuerza. Se escuchaba el choque de piel contra piel, el sonido mojado del coño de ella tragándose la verga una y otra vez. Carmen echaba la cabeza hacia atrás, gemía sin control.
—Te voy a correr… me voy a correr encima tuyo…
Él aceleró todavía más, sintiendo cómo ella se apretaba alrededor de su pene. De pronto Carmen se tensó entera, soltó un grito ahogado y se vino temblando, chorreando sobre la verga y los huevos de Mateo. Eso lo llevó al límite. Dos embestidas más y se vació dentro de ella, chorros calientes que Carmen sintió golpear bien adentro.
Se quedaron quietos un momento, jadeando, sudorosos, pegados. Ella todavía encima, con la verga de él ablandándose lentamente dentro.
Entonces, con voz ronca y satisfecha, Mateo preguntó casi en un susurro:
—¿Te gustó?
Carmen no respondió con palabras.
Solo sonrió, se inclinó y lo besó profundamente, metiéndole la lengua hasta el fondo, como diciendo “todavía no terminamos”. Sus caderas volvieron a moverse, lentas, buscando que él se pusiera duro otra vez dentro de ella.
Y así empezó todo.
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