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La carita de la abuela

Feliz cumpleaños, mi vida!
La abuelita Rosa, de 68 años, era la típica abuelita bonachona de los cuentos: pelo blanco recogido en un moño suave, mejillas sonrosadas, delantal siempre limpio y una sonrisa que parecía capaz de curar cualquier pena. Adoraba a su único nieto, Daniel, un estudiante de 22 años que vivía con ella mientras terminaba la universidad. Para Rosa, Dani era su sol, su todo. Lo mimaba con galletas recién horneadas, le planchaba la ropa y le daba besitos en la frente cada noche antes de dormir.
Ese sábado por la mañana, mientras Daniel estaba en la biblioteca estudiando para los exámenes finales, Rosa entró en su habitación con la aspiradora. Quería dejarle todo impecable para su cumpleaños al día siguiente. Al pasar el trapo por el escritorio, el ordenador —que él había dejado encendido— se despertó. La pantalla mostró una carpeta abierta: “Favoritos maduras”.
Rosa frunció el ceño, curiosa. Pensó que sería tarea de la uni. Pero al hacer clic sin querer…
Oh Dios mío…
¿Qué es esto? pensó, con las manos temblando sobre el ratón.
La primera imagen: una señora de unos 60 años, rodillas en el suelo, ojos cerrados, lengua afuera… y una gruesa corrida blanca cubriéndole toda la cara, chorreando por las arrugas, pegada a las pestañas, goteando desde la barbilla hasta el cuello.
La siguiente: otra abuelita de pelo canoso, gafas empañadas de semen, sonriendo feliz mientras más chorros le salpicaban la frente.
Y otra… y otra… Todas mujeres mayores, todas con la cara completamente bañada en leche caliente de chicos jóvenes. Títulos como: “Abuela recibe su regalo de cumpleaños”, “Corrida facial para mi vecina madura”, “La carita de mi abuelita favorita”.
Rosa se quedó paralizada, el corazón latiéndole en la garganta.
Ay, mi Dani… mi niño… ¿esto es lo que te gusta? ¿Mujeres como yo? ¿Caritas de abuelitas llenas de… de tu cosita?
Se mordió el labio inferior. Un calorcito raro, olvidado hace décadas, empezó a subirle por el vientre.
Pero… yo soy su abuela. No puedo… ¿o sí?
Miró la foto más grande: una señora con moño blanco exactamente como el suyo, la cara chorreando semen espeso, y debajo el texto: “La mejor forma de agradecerle a la abuelita que te crio”.
Mmm…
Si él busca esto… si sueña con esto… ¿y si yo le doy el regalo que de verdad quiere?
Se miró en el espejo del armario. Se tocó las mejillas suaves, todavía tersas a pesar de las finas arruguitas.
Mi carita… mi carita de abuelita buena… ¿querrá Dani pintarla así?
Esa noche, después de la cena de cumpleaños, Rosa le pidió a Daniel que se sentara en el sofá. Llevaba puesto su vestido favorito, el azul clarito que él siempre decía que la hacía verse “tan linda”. Había apagado casi todas las luces. Solo una lamparita tenue iluminaba su rostro.
—Mi niño… —dijo con voz suave, casi temblorosa—. Mañana es tu cumpleaños, pero quiero darte tu regalo esta noche… algo especial, solo para ti.
Daniel levantó una ceja, sonriendo.
—¿Qué es, abue? ¿Más galletas?
Rosa negó con la cabeza. Se arrodilló despacito frente a él, entre sus piernas abiertas. Le temblaban las manos al desabrocharle el pantalón.
—Ay, mi vida… hoy limpiando tu cuarto… vi tus cositas en la compu —susurró, roja como un tomate—. Todas esas abuelitas… con la carita llena de… de tu lechecita caliente.
Daniel se quedó helado, pero su verga ya empezaba a endurecerse bajo los dedos de su abuela.
—Abue… yo… no era mi intención que vieras…
—Shhh, calladito —lo interrumpió ella, sacándole la polla ya medio dura. Era grande, gruesa, con venas marcadas. Rosa la miró como quien mira un tesoro—. Toda la tarde estuve pensando… en que mi nieto tan guapo, tan hombre ya… sueña con corridas en caritas de abuelitas. Y yo… yo tengo la carita más bonita para ti, ¿verdad, mi amor?
Dios santo, estoy loca… pero cómo me late el coñito…
Quiero sentirlo. Quiero que me use la cara como en sus videos. Quiero ser su abuelita puta favorita.
Se lamió los labios lentamente, mirándolo a los ojos.
—Quiero ser tu regalo, Dani. Quiero que me pintes la carita toda blanca con tu lechita rica. Toda la cara de tu abuelita… llena de semen de su nieto. ¿Me dejas?
Daniel gimió, agarrándola suavemente del moño blanco.
—Abue… joder… sí… toda la vida he fantaseado con esto.
Rosa sonrió, esa sonrisa dulce de siempre, pero ahora con un brillo travieso en los ojos. Empezó a chupársela con ternura, como si estuviera dando un beso largo y húmedo. La mamaba despacio, con amor, gimiendo bajito cada vez que la punta le llegaba al fondo de la garganta.
—Mmm… qué rica estás, mi niño… tan dura para tu abuelita…
Mientras lo chupaba, no dejaba de hablarle bajito:
—Imagínate… mañana cuando te levantes… me verás en la cocina preparando el desayuno… con la carita todavía pegajosa de tu corrida de anoche… ¿te gustaría eso, eh? Tu abuelita bonachona caminando por la casa con semen seco en las mejillas…
Daniel jadeaba, apretando el moño.
—Abue… voy a correrme… ¿dónde quieres?
Rosa sacó la verga de su boca con un “pop” húmedo y se sentó sobre sus talones. Levantó la cara, cerró los ojos y sacó la lengua como las mujeres de los videos.
—Aquí, mi vida… en la carita de tu abuelita. Toda. No te guardes nada. Píntame como a tus abuelitas favoritas.
Daniel se puso de pie, agarrándose la polla hinchada. Empezó a pajearse rápido, apuntando directo a esa carita angelical.
—Abue… te quiero… ¡toma!
El primer chorro fue potente, grueso, le cruzó la frente y le cayó justo en el ojo izquierdo. Rosa soltó un gemidito de sorpresa y placer.
—Ay… qué caliente… sigue, mi amor… más…
Segundo chorro: directo en la mejilla derecha, resbalando hasta la comisura de los labios.
Tercero: en la nariz, chorreando por ambos lados.
Cuarto y quinto: le llenaron la lengua extendida, blanco espeso acumulándose.
Rosa no se movía. Solo gemía bajito, con la cara cada vez más cubierta. El semen le corría por las arruguitas, le pegaba las pestañas, le goteaba desde la barbilla hasta el escote.
Cuando Daniel terminó, exhausto, se quedó mirando a su abuelita: moño blanco perfecto, cara completamente bañada en su corrida, sonriendo feliz con los ojos cerrados.
—Feliz cumpleaños, mi niño… —susurró ella, lamiéndose los labios llenos de semen—. ¿Te gustó tu regalo?
Daniel se arrodilló, le besó la frente pegajosa y le susurró al oído:
—Abue… este es el mejor regalo del mundo. Mañana… ¿puedo repetir?
Rosa abrió un ojito, el que no estaba completamente cubierto de leche, y le guiñó.
—Todos los días, mi vida. La carita de tu abuelita es tuya cuando quieras.
Y así, la abuelita bonachona se convirtió en la puta facial favorita de su nieto pervertido… para siempre.

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