La hermana Clara llegó a la casa de su hermana menor con una maleta pequeña y el crucifijo de madera colgándole sobre el hábito gris ya algo desgastado. Venía desde el convento de Puebla ella solo por tres días: quería sorprender a su sobrino Daniel el fin de semana de su vigésimo primer cumpleaños. “Ya es hombrecito”, le había dicho su hermana por teléfono, “pero sigue siendo el mismo niño tímido que se ponía colorado cuando lo abrazabas de pequeño”. Ella tenía 72 años.
Daniel no estaba en casa cuando Clara llegó. Su madre la recibió con abrazos y café, y luego se disculpó: tenía que ir al hospital a visitar a una tía enferma. “Daniel regresa como a las ocho. Está en la universidad… ya sabes cómo es, siempre con sus cosas”. Clara asintió sonriendo, acostumbrada a la soledad de los conventos. “No te preocupes, yo me quedo leyendo el breviario y preparando algo rico para cuando cumpla años mi muchachito”.
La hermana Clara empujó suavemente la puerta entreabierta del cuarto de Daniel. El sol de la tarde entraba oblicuo por la ventana, iluminando el crucifijo que colgaba sobre su pecho. Llevaba en las manos el paquetito envuelto con papel de regalo sencillo: el rosario de olivo y la tarjetita escrita con su letra temblorosa de anciana. “Para mi sobrinito querido en sus veintiún años. Que la Virgen te proteja siempre. Tía Clara”.
Dio un paso dentro. El ordenador estaba encendido. La pantalla brillaba con luz azulada.
Y entonces lo vio.
Una imagen grande, sin censura. Una mujer de cabello blanco recogido en un moño flojo, muy parecida a ella misma: arrugas en el cuello, hombros huesudos, pechos caídos bajo una camisola entreabierta. Estaba arrodillada sobre una cama, la espalda muy arqueada, las nalgas separadas por unas manos jóvenes. Un muchacho la penetraba por detrás, despacio, con un ritmo que hacía temblar la carne madura. El título parpadeaba en letras rojas: “Monjita jubilada de 68 años se deja follar el culo virgen por su sobrino”.
Clara se quedó paralizada. El paquetito se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un ruido sordo.
—No… —susurró, llevándose una mano temblorosa a la boca—. Esto no puede ser… Dios mío, esto no puede ser real.
Sus ojos, habituados a leer solo misales y biblias antiguas, no podían apartarse. La mujer de la pantalla gemía bajito, con una voz dulcísima, casi idéntica a la que Clara usaba para rezar el rosario:
—Ay, mi niño… despacito, por favor… que la hermanita ya no es joven… pero si tú lo deseas… mi culito es tuyo… todo tuyo… mételo más adentro, hijito… que duele rico cuando es por amor…
Clara sintió que las rodillas le fallaban. Se apoyó en el borde del escritorio. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
—¿Cómo…? —murmuró, incrédula—. ¿Cómo puede una mujer… una señora mayor… dejar que le hagan eso? ¿Por detrás? ¿En… en ese lugar?
Ella, que había sido monja desde los diecinueve años, que nunca había conocido varón, que apenas sabía de “las cosas del matrimonio” por las confesiones que escuchaba de reojo, no entendía. Sabía que existía el pecado de la carne, pero esto… esto era otro mundo. Un mundo donde mujeres como ella —arrugadas, canosas, con hábitos guardados en el armario— se ofrecían así, con palabras tan tiernas, tan maternales.
Intentó cerrar la pestaña. El ratón temblaba en su mano. Sin querer, dio clic en “reproducir”.
El vídeo continuó.
La mujer mayor miraba a la cámara con ojos húmedos de vergüenza y placer:
—Nunca pensé que me gustaría… pero cuando mi sobrino me lo pidió… no pude negarme. Es regalo de cumpleaños, ¿sabes? Mi culito virgen para él… todo entero… hasta el fondo… Ay, hijito, sí… así… rómpeme si quieres… que la tía monja te ama tanto…
Clara se cubrió la cara con las dos manos, pero espió entre los dedos. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—No puedo creerlo… —repetía en voz baja—. Una señora de mi edad… hablando como si fuera lo más natural del mundo… ofreciéndole… ofreciéndole el… el culito… a su propio sobrino…
Y entonces, en medio del horror y la incredulidad, surgió algo más. Una idea pequeña, cálida, peligrosa. Una idea que le hizo apretar los muslos bajo el hábito.
“Daniel… mi Daniel… ¿esto es lo que mira? ¿Esto es lo que sueña? ¿Mujeres como yo… arrodilladas… entregándose por detrás… con voz dulce… llamándolo ‘hijito’?”
Se sentó en la cama de él, las piernas débiles. El vídeo seguía reproduciéndose en voz baja. Otra escena: una monja de verdad (o disfrazada) de setenta años, con velo y todo, inclinada sobre el altar de una capilla vacía, mientras un joven seminarista la tomaba por detrás. Ella rezaba entre gemidos:
—Señor… perdóname… pero mi sobrino lo necesita… ay, mételo más hondo… que la hermana Clara… quiero decir… la hermana te lo da con todo el amor…
Clara apagó el monitor de golpe. Pero la imagen ya estaba dentro de ella.
Se quedó allí, temblando, durante casi una hora. Rezaba y se interrumpía. Pensaba y se sonrojaba.
“Yo no sé de esas cosas… nunca he sentido nada ahí… ni siquiera sé si duele o si se puede… Yo soy virgen en todo, Señor. Pero… pero él es mi sobrino. Lo crié casi como hijo. Mañana cumple veintiún años… y yo solo tengo este cuerpo viejo, gastado por la oración y los años. ¿Y si…?”
Se mordió el labio inferior, arrugado por el tiempo.
“¿Y si yo pudiera ser ese regalo? ¿Aunque no sepa cómo se hace? ¿Aunque me dé miedo y vergüenza? Podría arrodillarme… como en el vídeo… separar las piernas… y decirle con mi voz de siempre: ‘Despacito, mi niño… que la tía monja te abre su culito aunque no sepa nada… pero te lo doy porque te quiero más que a mi propia alma…’”
El solo pensamiento la hizo sentir un calor desconocido entre las piernas, algo que nunca había sentido en setenta y dos años de vida.
“No es pecado si es por amor, ¿verdad? El Señor dice que el amor todo lo disculpa… Y él es tan bueno, tan tímido… Si esto es su secreto… yo puedo ser su secreto también.”
Cuando Daniel regresó esa noche, encontró a su tía Clara en la cocina, preparando chocolate caliente como siempre. Pero algo había cambiado. Sus ojos brillaban con una mezcla de pudor infinito y determinación dulce.
—Mi niño… —dijo ella con voz muy baja, casi quebrada, mientras le ponía la taza delante—. Hoy entré a tu cuarto… para dejarte el regalito.
Daniel se puso blanco.
Clara bajó la mirada, las mejillas arreboladas como una jovencita.
—Vi… vi esas imágenes. Esas señoras mayores… como yo. Haciendo… eso… por detrás. Diciendo cosas tan dulces… “despacito, hijito… que la abuelita te lo da todo…”
Se le escapó un suspiro tembloroso.
—No lo entiendo, Daniel. No sé cómo una mujer puede… ofrecer eso. Yo nunca… nunca he hecho nada parecido. Ni siquiera sé si mi cuerpo viejo todavía… sirve para eso. Pero…
Levantó los ojos hacia él. Había lágrimas en ellos, pero también una ternura inmensa.
—Pero mañana es tu cumpleaños. Y si eso es lo que tú sueñas… si eso es lo que te hace feliz… yo… yo puedo intentarlo.
Se acercó un paso, el crucifijo oscilando sobre su pecho flaco.
—Me arrodillaré en mi cama, como en tus vídeos. Me subiré el hábito hasta la cintura. Y te dejaré… que me lo hagas por detrás. Aunque me duela. Aunque no sepa cómo se respira cuando pasa. Te diré al oído, como ellas: “Mételo despacito, mi amor… que la tía monja te abre su culito virgen… porque te quiere más que a Dios en este momento”.
Daniel temblaba entero.
Clara sonrió con esa sonrisa antigua, santa y pecadora a la vez.
—Solo prométeme que me dirás… cuando estés muy adentro… “Gracias, tía Clara… gracias por regalarme tu culito de monja vieja”.
Y le acarició la mejilla con dedos temblorosos de anciana.
—Ahora bébete el chocolate, hijito. Mañana… mañana tendrás el regalo más secreto y más dulce que una tía pueda dar.
Se dio la vuelta hacia el fregadero, tarareando bajito “Ave María”, mientras por dentro su corazón de religiosa anciana latía como nunca: asustado, incrédulo, pero ya completamente entregado a la fantasía que acababa de descubrir… y que ahora, por amor, estaba dispuesta a cumplir.
Respuesta rápida
Subió al cuarto de huéspedes, que estaba justo al lado del de Daniel. La puerta de él estaba entreabierta. Clara entró con la intención de dejarle sobre la cama el regalo que había traído: un rosario de cuentas de olivo bendecido por el obispo y una tarjeta escrita con su letra cuidadosa y temblorosa.
Pero al dar un paso dentro, sus ojos se posaron en la pantalla del ordenador que Daniel había dejado encendida. No estaba en modo suspensión. El navegador mostraba una pestaña grande, abierta sin pudor.
Clara se quedó quieta. Leyó el título de la página: “Maduras devotas se entregan por detrás – Vol. 47”. Debajo, una miniatura mostraba a una mujer de unos sesenta años, con el cabello plateado recogido en un moño deshecho, arrodillada sobre una cama, la espalda arqueada, mientras un joven la tomaba por detrás con evidente placer. El rostro de la mujer mostraba una mezcla de vergüenza y éxtasis. El título del vídeo era explícito: “Monjita jubilada reza mientras la llenan el culito”.
Clara sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Quiso retroceder, pero sus pies no obedecieron. Sus dedos huesudos tocaron apenas el ratón y, sin querer, dio clic en reproducir. El sonido estaba bajo, pero alcanzó a escuchar la voz dulce y temblorosa de la actriz:
—Ay, hijo… despacito, por favor… que la hermanita ya no está acostumbrada… pero si tú lo necesitas… yo te lo doy todo… todo…
Clara apagó el monitor con un movimiento brusco. El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Se sentó en la cama de Daniel, las piernas flojas. Intentó rezar un avemaría, pero las palabras se le enredaban.
Cuando Daniel llegó esa noche, encontró a su tía en la cocina preparando chocolate caliente. Llevaba el hábito puesto todavía, el cabello blanco perfectamente recogido bajo el velo corto. Le sonrió con esa dulzura antigua que él siempre había asociado con olor a incienso y a ropa guardada con lavanda.
—Mi niño grande… ya casi cumples veintiuno —dijo ella, sirviéndole una taza—. Pronto serás todo un hombre.
Daniel se sentó frente a ella, nervioso. Notó que las manos de su tía temblaban un poco más de lo normal.
—Tía… ¿estás bien?
Clara bajó la mirada hacia la taza, luego la levantó lentamente hasta los ojos de él.
—Hoy entré a tu cuarto para dejarte el regalo… —susurró—. Vi… vi lo que estabas viendo.
Daniel se puso blanco. Quiso hablar, pero no salió nada.
—No tienes que decir nada, hijito —continuó ella, la voz muy suave, casi maternal—. Solo quiero que sepas que no estoy enfadada. Ni escandalizada… bueno, quizás un poquito al principio. —Sonrió con timidez—. Pero luego pensé… ¿y si el Señor permite que yo vea esto por alguna razón?
Daniel tragó saliva. No sabía dónde meter las manos.
Clara se acercó un paso más. El crucifijo osciló sobre su pecho.
—Mañana es tu cumpleaños —dijo casi en un susurro—. Y yo… yo ya soy vieja, Daniel. Muy vieja. Pero todavía tengo cuerpo. Todavía puedo… dar.
Él levantó la vista, incrédulo.
—Tía…
—Shhh —ella puso un dedo tembloroso sobre los labios de él—. No digas que no lo has imaginado. Lo vi en esos vídeos. Mujeres como yo… o más jóvenes que yo, pero con el mismo cabello blanco, las mismas arrugas. Arrodilladas. Ofreciéndose por detrás. Con voz dulce. Diciendo “despacito, hijo… que duele rico…”
Daniel sintió que el pantalón se le tensaba de golpe.
Clara dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que él podía oler el jabón de convento y el leve aroma a incienso que siempre llevaba impregnado.
—Nadie sabrá nada —susurró ella—. Mañana, cuando tu mamá salga temprano a misa… subes a mi cuarto. Yo me pondré de rodillas en la cama… como en tus vídeos. Y te dejaré… que me lo hagas. Despacito al principio. Hasta que me acostumbre. Y después… más fuerte. Todo lo que necesites, mi niño.
Daniel respiraba agitado. No podía creer lo que escuchaba.
—¿Lo harías… de verdad, tía?
Clara asintió muy despacio. Sus ojos brillaban con una mezcla de pudor y algo más oscuro, más antiguo.
—Te lo ofrezco como regalo de cumpleaños —dijo con voz de oración—. Pero tienes que prometerme una cosa…
—¿Qué?
—Cuando estés dentro… muy adentro… quiero que me digas al oído: “Gracias, hermanita Clara… gracias por abrirme tu culito de monja vieja”. ¿Me lo dirás?
Daniel solo pudo asentir.
Ella sonrió con dulzura infinita, como si acabara de prometerle un dulce.
—Entonces está decidido. —Le acarició la mejilla con el dorso de la mano huesuda—. Ahora termina tu chocolate… que mañana tienes que estar muy fuerte, mi amor.
Y se dio la vuelta hacia el fregadero, tarareando bajito un himno mariano, mientras su sobrino se quedaba sentado, temblando, con el corazón a punto de estallar y la entrepierna dolorosamente dura, contando las horas que faltaban para su vigésimo primer cumpleaños
Daniel no estaba en casa cuando Clara llegó. Su madre la recibió con abrazos y café, y luego se disculpó: tenía que ir al hospital a visitar a una tía enferma. “Daniel regresa como a las ocho. Está en la universidad… ya sabes cómo es, siempre con sus cosas”. Clara asintió sonriendo, acostumbrada a la soledad de los conventos. “No te preocupes, yo me quedo leyendo el breviario y preparando algo rico para cuando cumpla años mi muchachito”.
La hermana Clara empujó suavemente la puerta entreabierta del cuarto de Daniel. El sol de la tarde entraba oblicuo por la ventana, iluminando el crucifijo que colgaba sobre su pecho. Llevaba en las manos el paquetito envuelto con papel de regalo sencillo: el rosario de olivo y la tarjetita escrita con su letra temblorosa de anciana. “Para mi sobrinito querido en sus veintiún años. Que la Virgen te proteja siempre. Tía Clara”.
Dio un paso dentro. El ordenador estaba encendido. La pantalla brillaba con luz azulada.
Y entonces lo vio.
Una imagen grande, sin censura. Una mujer de cabello blanco recogido en un moño flojo, muy parecida a ella misma: arrugas en el cuello, hombros huesudos, pechos caídos bajo una camisola entreabierta. Estaba arrodillada sobre una cama, la espalda muy arqueada, las nalgas separadas por unas manos jóvenes. Un muchacho la penetraba por detrás, despacio, con un ritmo que hacía temblar la carne madura. El título parpadeaba en letras rojas: “Monjita jubilada de 68 años se deja follar el culo virgen por su sobrino”.
Clara se quedó paralizada. El paquetito se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un ruido sordo.
—No… —susurró, llevándose una mano temblorosa a la boca—. Esto no puede ser… Dios mío, esto no puede ser real.
Sus ojos, habituados a leer solo misales y biblias antiguas, no podían apartarse. La mujer de la pantalla gemía bajito, con una voz dulcísima, casi idéntica a la que Clara usaba para rezar el rosario:
—Ay, mi niño… despacito, por favor… que la hermanita ya no es joven… pero si tú lo deseas… mi culito es tuyo… todo tuyo… mételo más adentro, hijito… que duele rico cuando es por amor…
Clara sintió que las rodillas le fallaban. Se apoyó en el borde del escritorio. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.
—¿Cómo…? —murmuró, incrédula—. ¿Cómo puede una mujer… una señora mayor… dejar que le hagan eso? ¿Por detrás? ¿En… en ese lugar?
Ella, que había sido monja desde los diecinueve años, que nunca había conocido varón, que apenas sabía de “las cosas del matrimonio” por las confesiones que escuchaba de reojo, no entendía. Sabía que existía el pecado de la carne, pero esto… esto era otro mundo. Un mundo donde mujeres como ella —arrugadas, canosas, con hábitos guardados en el armario— se ofrecían así, con palabras tan tiernas, tan maternales.
Intentó cerrar la pestaña. El ratón temblaba en su mano. Sin querer, dio clic en “reproducir”.
El vídeo continuó.
La mujer mayor miraba a la cámara con ojos húmedos de vergüenza y placer:
—Nunca pensé que me gustaría… pero cuando mi sobrino me lo pidió… no pude negarme. Es regalo de cumpleaños, ¿sabes? Mi culito virgen para él… todo entero… hasta el fondo… Ay, hijito, sí… así… rómpeme si quieres… que la tía monja te ama tanto…
Clara se cubrió la cara con las dos manos, pero espió entre los dedos. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—No puedo creerlo… —repetía en voz baja—. Una señora de mi edad… hablando como si fuera lo más natural del mundo… ofreciéndole… ofreciéndole el… el culito… a su propio sobrino…
Y entonces, en medio del horror y la incredulidad, surgió algo más. Una idea pequeña, cálida, peligrosa. Una idea que le hizo apretar los muslos bajo el hábito.
“Daniel… mi Daniel… ¿esto es lo que mira? ¿Esto es lo que sueña? ¿Mujeres como yo… arrodilladas… entregándose por detrás… con voz dulce… llamándolo ‘hijito’?”
Se sentó en la cama de él, las piernas débiles. El vídeo seguía reproduciéndose en voz baja. Otra escena: una monja de verdad (o disfrazada) de setenta años, con velo y todo, inclinada sobre el altar de una capilla vacía, mientras un joven seminarista la tomaba por detrás. Ella rezaba entre gemidos:
—Señor… perdóname… pero mi sobrino lo necesita… ay, mételo más hondo… que la hermana Clara… quiero decir… la hermana te lo da con todo el amor…
Clara apagó el monitor de golpe. Pero la imagen ya estaba dentro de ella.
Se quedó allí, temblando, durante casi una hora. Rezaba y se interrumpía. Pensaba y se sonrojaba.
“Yo no sé de esas cosas… nunca he sentido nada ahí… ni siquiera sé si duele o si se puede… Yo soy virgen en todo, Señor. Pero… pero él es mi sobrino. Lo crié casi como hijo. Mañana cumple veintiún años… y yo solo tengo este cuerpo viejo, gastado por la oración y los años. ¿Y si…?”
Se mordió el labio inferior, arrugado por el tiempo.
“¿Y si yo pudiera ser ese regalo? ¿Aunque no sepa cómo se hace? ¿Aunque me dé miedo y vergüenza? Podría arrodillarme… como en el vídeo… separar las piernas… y decirle con mi voz de siempre: ‘Despacito, mi niño… que la tía monja te abre su culito aunque no sepa nada… pero te lo doy porque te quiero más que a mi propia alma…’”
El solo pensamiento la hizo sentir un calor desconocido entre las piernas, algo que nunca había sentido en setenta y dos años de vida.
“No es pecado si es por amor, ¿verdad? El Señor dice que el amor todo lo disculpa… Y él es tan bueno, tan tímido… Si esto es su secreto… yo puedo ser su secreto también.”
Cuando Daniel regresó esa noche, encontró a su tía Clara en la cocina, preparando chocolate caliente como siempre. Pero algo había cambiado. Sus ojos brillaban con una mezcla de pudor infinito y determinación dulce.
—Mi niño… —dijo ella con voz muy baja, casi quebrada, mientras le ponía la taza delante—. Hoy entré a tu cuarto… para dejarte el regalito.
Daniel se puso blanco.
Clara bajó la mirada, las mejillas arreboladas como una jovencita.
—Vi… vi esas imágenes. Esas señoras mayores… como yo. Haciendo… eso… por detrás. Diciendo cosas tan dulces… “despacito, hijito… que la abuelita te lo da todo…”
Se le escapó un suspiro tembloroso.
—No lo entiendo, Daniel. No sé cómo una mujer puede… ofrecer eso. Yo nunca… nunca he hecho nada parecido. Ni siquiera sé si mi cuerpo viejo todavía… sirve para eso. Pero…
Levantó los ojos hacia él. Había lágrimas en ellos, pero también una ternura inmensa.
—Pero mañana es tu cumpleaños. Y si eso es lo que tú sueñas… si eso es lo que te hace feliz… yo… yo puedo intentarlo.
Se acercó un paso, el crucifijo oscilando sobre su pecho flaco.
—Me arrodillaré en mi cama, como en tus vídeos. Me subiré el hábito hasta la cintura. Y te dejaré… que me lo hagas por detrás. Aunque me duela. Aunque no sepa cómo se respira cuando pasa. Te diré al oído, como ellas: “Mételo despacito, mi amor… que la tía monja te abre su culito virgen… porque te quiere más que a Dios en este momento”.
Daniel temblaba entero.
Clara sonrió con esa sonrisa antigua, santa y pecadora a la vez.
—Solo prométeme que me dirás… cuando estés muy adentro… “Gracias, tía Clara… gracias por regalarme tu culito de monja vieja”.
Y le acarició la mejilla con dedos temblorosos de anciana.
—Ahora bébete el chocolate, hijito. Mañana… mañana tendrás el regalo más secreto y más dulce que una tía pueda dar.
Se dio la vuelta hacia el fregadero, tarareando bajito “Ave María”, mientras por dentro su corazón de religiosa anciana latía como nunca: asustado, incrédulo, pero ya completamente entregado a la fantasía que acababa de descubrir… y que ahora, por amor, estaba dispuesta a cumplir.
Respuesta rápida
Subió al cuarto de huéspedes, que estaba justo al lado del de Daniel. La puerta de él estaba entreabierta. Clara entró con la intención de dejarle sobre la cama el regalo que había traído: un rosario de cuentas de olivo bendecido por el obispo y una tarjeta escrita con su letra cuidadosa y temblorosa.
Pero al dar un paso dentro, sus ojos se posaron en la pantalla del ordenador que Daniel había dejado encendida. No estaba en modo suspensión. El navegador mostraba una pestaña grande, abierta sin pudor.
Clara se quedó quieta. Leyó el título de la página: “Maduras devotas se entregan por detrás – Vol. 47”. Debajo, una miniatura mostraba a una mujer de unos sesenta años, con el cabello plateado recogido en un moño deshecho, arrodillada sobre una cama, la espalda arqueada, mientras un joven la tomaba por detrás con evidente placer. El rostro de la mujer mostraba una mezcla de vergüenza y éxtasis. El título del vídeo era explícito: “Monjita jubilada reza mientras la llenan el culito”.
Clara sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Quiso retroceder, pero sus pies no obedecieron. Sus dedos huesudos tocaron apenas el ratón y, sin querer, dio clic en reproducir. El sonido estaba bajo, pero alcanzó a escuchar la voz dulce y temblorosa de la actriz:
—Ay, hijo… despacito, por favor… que la hermanita ya no está acostumbrada… pero si tú lo necesitas… yo te lo doy todo… todo…
Clara apagó el monitor con un movimiento brusco. El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Se sentó en la cama de Daniel, las piernas flojas. Intentó rezar un avemaría, pero las palabras se le enredaban.
Cuando Daniel llegó esa noche, encontró a su tía en la cocina preparando chocolate caliente. Llevaba el hábito puesto todavía, el cabello blanco perfectamente recogido bajo el velo corto. Le sonrió con esa dulzura antigua que él siempre había asociado con olor a incienso y a ropa guardada con lavanda.
—Mi niño grande… ya casi cumples veintiuno —dijo ella, sirviéndole una taza—. Pronto serás todo un hombre.
Daniel se sentó frente a ella, nervioso. Notó que las manos de su tía temblaban un poco más de lo normal.
—Tía… ¿estás bien?
Clara bajó la mirada hacia la taza, luego la levantó lentamente hasta los ojos de él.
—Hoy entré a tu cuarto para dejarte el regalo… —susurró—. Vi… vi lo que estabas viendo.
Daniel se puso blanco. Quiso hablar, pero no salió nada.
—No tienes que decir nada, hijito —continuó ella, la voz muy suave, casi maternal—. Solo quiero que sepas que no estoy enfadada. Ni escandalizada… bueno, quizás un poquito al principio. —Sonrió con timidez—. Pero luego pensé… ¿y si el Señor permite que yo vea esto por alguna razón?
Daniel tragó saliva. No sabía dónde meter las manos.
Clara se acercó un paso más. El crucifijo osciló sobre su pecho.
—Mañana es tu cumpleaños —dijo casi en un susurro—. Y yo… yo ya soy vieja, Daniel. Muy vieja. Pero todavía tengo cuerpo. Todavía puedo… dar.
Él levantó la vista, incrédulo.
—Tía…
—Shhh —ella puso un dedo tembloroso sobre los labios de él—. No digas que no lo has imaginado. Lo vi en esos vídeos. Mujeres como yo… o más jóvenes que yo, pero con el mismo cabello blanco, las mismas arrugas. Arrodilladas. Ofreciéndose por detrás. Con voz dulce. Diciendo “despacito, hijo… que duele rico…”
Daniel sintió que el pantalón se le tensaba de golpe.
Clara dio otro paso. Ahora estaba tan cerca que él podía oler el jabón de convento y el leve aroma a incienso que siempre llevaba impregnado.
—Nadie sabrá nada —susurró ella—. Mañana, cuando tu mamá salga temprano a misa… subes a mi cuarto. Yo me pondré de rodillas en la cama… como en tus vídeos. Y te dejaré… que me lo hagas. Despacito al principio. Hasta que me acostumbre. Y después… más fuerte. Todo lo que necesites, mi niño.
Daniel respiraba agitado. No podía creer lo que escuchaba.
—¿Lo harías… de verdad, tía?
Clara asintió muy despacio. Sus ojos brillaban con una mezcla de pudor y algo más oscuro, más antiguo.
—Te lo ofrezco como regalo de cumpleaños —dijo con voz de oración—. Pero tienes que prometerme una cosa…
—¿Qué?
—Cuando estés dentro… muy adentro… quiero que me digas al oído: “Gracias, hermanita Clara… gracias por abrirme tu culito de monja vieja”. ¿Me lo dirás?
Daniel solo pudo asentir.
Ella sonrió con dulzura infinita, como si acabara de prometerle un dulce.
—Entonces está decidido. —Le acarició la mejilla con el dorso de la mano huesuda—. Ahora termina tu chocolate… que mañana tienes que estar muy fuerte, mi amor.
Y se dio la vuelta hacia el fregadero, tarareando bajito un himno mariano, mientras su sobrino se quedaba sentado, temblando, con el corazón a punto de estallar y la entrepierna dolorosamente dura, contando las horas que faltaban para su vigésimo primer cumpleaños
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