Era una tarde cualquiera de verano, de esas en que el calor se pega a la piel y hace que todo se sienta más lento, más pesado. Juan entró corriendo al baño de la planta baja, desesperado por llegar a tiempo, sin siquiera tocar la puerta.
— ¡Abue! Perdón, perdón, es que me estoy meando… — soltó de carrerilla mientras empujaba la puerta.
Allí estaba ella.
Sentada en el inodoro, con las piernas un poco abiertas, la falda floreada subida apenas hasta medio muslo, las braguitas blancas de algodón grueso bajadas hasta los tobillos. Doña Carmen, sesenta y ocho años, cabello plateado recogido en un moño flojo, mejillas sonrosadas de inmediato. Sus manos intentaron inútilmente cubrirse el regazo mientras soltaba un gritito ahogado.
— ¡Ay, Dios mío, Juanito! ¡¿Qué haces?! ¡Sal, sal ahorita mismo!
El chico se quedó paralizado un segundo. No era solo la vergüenza de haberla pillado. Era… todo lo demás. Las piernas gruesas pero aún torneadas, los muslos pálidos que se juntaban con suavidad, y sobre todo… esos glúteos. Redondos, llenos, desbordando por los lados del asiento de madera. Blancos, con esa textura ligeramente acolchada que tienen las mujeres que han vivido mucho y han comido bien. Nunca los había visto así, tan expuestos, tan reales.
— Lo… lo siento, abue… no vi nada, te juro… — mintió mientras retrocedía, pero sus ojos se quedaron pegados un instante de más.
Cerró la puerta. El corazón le latía en la garganta. Y en otro lugar también.
A partir de esa tarde algo cambió.
Al día siguiente, mientras ella fregaba los platos, él se ofreció a ayudarla a guardar las ollas en el mueble bajo.
— Déjame a mí, abue, que tú ya estás cansadita.
Se agachó detrás de ella, muy cerca. Cuando Carmen se inclinó para alcanzar un plato hondo, Juan “accidentalmente” apoyó la pelvis contra sus nalgas, solo un roce, pero lo suficiente para sentir la blandura, el calor que emanaba a través de la tela fina de la falda.
— Ay, perdón, abuelita… es que está muy estrecho aquí.
Ella soltó una risita nerviosa, sin voltear.
— No pasa nada, mijo… nomás ten cuidaito.
No se apartó. No dijo nada más.pero su mente de mujer de sesenta y ocho años, viuda desde hacía quince años pensaba asi:
«Es mi nieto… es solo un muchacho cariñoso. No lo hace con mala intención. Si me enojo, lo voy a lastimar, y él es lo único que me queda de familia cerca. Además… hace tanto que nadie me toca. Ni un abrazo largo, ni una mano en la espalda. ¿Qué daño hace un rocecito inocente?»
Esa fue su primera excusa. La que usó para no gritarle el primer día que él “accidentalmente” se pegó a ella mientras guardaban las ollas
El nieto siempre buscando situaciones para poder tocar esos glúteos grandes de la abuelita
Los días siguientes fueron una escalada lenta, calculada, casi científica.
Le pedía que le ayudara a buscar algo en el clóset bajo de la recámara: él se ponía detrás, la abrazaba “por los lados” para alcanzar más alto, y sus manos terminaban inevitablemente resbalando hacia abajo, apretando apenas esos glúteos generosos mientras murmuraba:
— Es que no llego, abue… ¿me ayudas un poquito más?
Ella se sonrojaba, balbuceaba un “ay, qué vergüenza, Juanito…”, pero nunca se enojaba de verdad. Solo bajaba la mirada, se mordía el labio inferior y seguía ordenando la ropa como si nada.
En otra ocasión :Abue, ¿me ayudas a buscar el cargador? Creo que se cayó atrás de las cajas.
Carmen se arrodilló frente al clóset, la falda de algodón se subió sola hasta medio muslo. Juan se puso justo detrás, de rodillas también, como si estuviera ayudando. Cuando ella se inclinó más, él pegó su pelvis contra sus nalgas. Esta vez no fue un roce rápido: se quedó allí, presionando suave pero firme. Sintió cómo los glúteos se aplastaban contra su erección creciente.
— Ay, Juanito… estás muy pegadito, mijo — murmuró ella, con la voz temblorosa.
— Es que no hay espacio, abue… ¿te molesta?
Ella tardó tres segundos en contestar. Tres segundos en los que sintió el calor de él, la dureza, y algo dentro de su vientre que llevaba dormido años se removió.
— No… no me molesta — dijo al fin, casi en susurro—. Nomás… ten cuidadito.
Juan se atrevió a más. Puso las manos en sus caderas “para equilibrarse” y las deslizó hacia abajo, cubriendo completamente ambos cachetes por encima de la falda. Los apretó. Los amasó despacio, como si estuviera midiendo su peso, su blandura.
Carmen soltó un suspiro largo. Sintió vergüenza… pero también un calorcito rico entre las piernas.
«Es mi sangre… no puede ser malo. Y se siente… Dios, se siente bien que me agarren así. Hace tanto tiempo…
Otra tarde, mientras veían televisión en el sillón, él se sentó muy pegado
Abue, te ves cansada. Ven, échate aquí un rato.
La
La acostó boca abajo en el sillón grande. Empezó por los hombros, bajó por la espalda, y cuando llegó a la cintura, sus manos se abrieron como alas sobre sus glúteos.
Esta vez metió las manos por debajo de la falda. Directo a la piel. Las braguitas de algodón blanco eran tan viejitas que casi no ofrecían resistencia. Sus palmas calientes cubrieron toda la carne: dedos extendidos, pulgares hundidos en la hendidura, separando apenas los cachetes.
— Juanito… eso ya es muy abajo — protestó débilmente, pero no cerró las piernas.
— Es que aquí se te acumula mucho estrés, abue. ¿Sientes cómo se relaja?
Y apretó más fuerte. Amasó. Levantó cada nalga por separado, sintiendo cómo la carne se desbordaba entre sus dedos. Luego dejó que un dedo medio se deslizara por el centro, rozando apenas el elástico de las braguitas, presionando suavemente contra el ano fruncido por encima de la tela.
Carmen enterró la cara en el cojín. Gemía bajito, casi sin voz.
«Ay, Virgen Santa… ¿qué estoy dejando que me haga? Pero… pero es rico. Me da cosquillitas adentro. Nadie me ha tocado ahí nunca… ni mi difunto. ¿Y si solo es cariño? ¿Y si yo soy la mala por sentirlo rico?»
Una mañana, mientras ella barría el patio, él salió con una botella de aceite de bebé que había comprado “para los calambres de la pierna”.
— Mira, abue, esto es buenísimo. La vecina me dijo que te lo untara en las piernas y en… bueno, donde te duela.
Ella dudó, pero al final se sentó en la sillita de plástico del patio, levantó un poco la falda y dejó que él le untara las pantorrillas. Luego los muslos. Luego… más arriba.
Cuando sus dedos resbalaron por el interior de los glúteos, rozando apenas la tela de las braguitas, Carmen cerró los ojos y murmuró:
— Ay, Dios… qué cosas me haces, muchacho…
Pero su voz ya no era de regaño. Era ronca. Temblorosa. Consentidora.
Esa noche, ya en la penumbra de la sala, él se atrevió a más.
Se sentó detrás de ella en el sillón grande, la abrazó por la cintura y le susurró al oído:
— Abue… ¿te puedo decir algo?
— Dime, mijo…
— Desde aquel día en el baño… no puedo dejar de pensar en tu cuerpo. En cómo se veían tus nalgas… tan grandes, tan suaves. Quiero… quiero tocarlas de verdad. Sin pretextos.
Silencio largo.
Ella giró apenas la cabeza, lo miró con ojos vidriosos.
— Juanito… eso está muy mal. Soy tu abuela…
— Lo sé. Pero tú también lo sientes, ¿verdad? Cuando te toco… respiras diferente. Te pones colorada, pero no te vas. Te gusta.
Carmen bajó la mirada. Sus manos temblaban.
— Ay, hijo… no sé qué me pasa… pero sí… sí me gusta. Me da vergüenza decirlo… pero me gusta mucho.
Él deslizó las manos por debajo de la falda, despacio. Las metió por dentro de las braguitas. Las palmas llenas con esa carne tibia, abundante. Apretó. Amasó. Separó ligeramente los glúteos y dejó que un dedo se deslizara por la hendidura, rozando el ano fruncido.
Carmen gimió bajito, apoyó la cabeza en el respaldo.
— Despacito, mijo… despacito… que me da miedo… pero no pares…
Juan se inclinó hacia su oído.
— Abue… quiero entrar ahí. Quiero meterla en tu colita. ¿Me dejas? Dime que sí…
Ella tardó en contestar. Su respiración era un jadeo entrecortado.
— Ay, Diosito… perdóname… pero sí… sí te dejo, mi vida… pero con mucho cuidado… que nunca he… nunca me han…
Él sonrió contra su cuello, ya abriendo el cierre de su pantalón.
— Te voy a cuidar mucho, abuelita… te lo prometo. Vas a sentir rico… ya verás.
Y mientras la luna entraba por la ventana, las manos del nieto seguían explorando, abriendo camino, preparándola poco a poco para lo que ambos sabían que ya no tenía vuelta atrás.
la casa estaba en silencio absoluto. Solo se oía el tic-tac lejano del reloj de pared y la respiración acelerada de ambos en la recámara de Doña Carmen. Ella había cerrado la puerta con llave, algo que nunca hacía. Se había puesto el camisón más bonito que aún conservaba: uno de satén rosa viejo, con encaje en el escote, que se le pegaba un poco a la barriguita y se le subía por los muslos gruesos cuando se movía. Se sentía ridícula, pero también… deseada. Y eso bastaba.
Juan entró descalzo, con los ojos brillantes de anticipación. Llevaba una botella pequeña de lubricante que había comprado esa tarde en la farmacia del centro, diciendo que era “para los dolores de las articulaciones”. Cerró la puerta detrás de él y se acercó despacio.
— Abuelita… ¿estás segura? —preguntó, aunque su voz ya temblaba de impaciencia.
Carmen estaba sentada al borde de la cama, con las manos apretadas en el regazo. Bajó la mirada, las mejillas ardiendo.
— No estoy segura de nada, mijo… pero ya no quiero seguir fingiendo que no lo deseo. Toda la semana me has estado preparando… tocándome, abriéndome despacito… y cada vez que me metes los dedos ahí atrás, siento que me derrito. Quiero darte lo que quieres. Quiero ser tu… tu capricho.
Juan se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y las besó.
— Eres mucho más que un capricho, abue. Eres la mujer más rica que he visto en mi vida. Y esta noche vas a sentir cuánto te deseo.
La ayudó a ponerse de pie. Le levantó el camisón por encima de la cabeza con delicadeza, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Cuando quedó desnuda, solo con las braguitas blancas de algodón, él se quedó mirándola largo rato. Los senos grandes y caídos, la barriguita suave, las caderas anchas, y sobre todo… esos glúteos redondos, pesados, que se movían ligeramente con cada respiración.
— Date la vuelta, abuelita… enséñamela bien.
Carmen obedeció, tímida pero obediente. Se giró y apoyó las manos en el colchón, inclinándose hacia adelante. La posición hizo que sus nalgas se abrieran un poco, dejando ver la tela blanca tensa entre ellas.
Juan se colocó detrás. Bajó las braguitas despacio, dejándolas caer a los tobillos. Pasó las manos por toda la carne expuesta: acarició, apretó, separó. Luego abrió la botella de lubricante y dejó caer un chorro generoso directamente en la hendidura. El líquido frío la hizo estremecerse.
— Ay… está frío, Juanito…
— Ya se calienta, mi vida. Relájate.
Empezó con los dedos, como las noches anteriores. Uno, luego dos, moviéndose en círculos lentos, abriéndola con paciencia. Carmen gemía bajito, las rodillas temblorosas.
— ¿Te gusta así, abue? ¿Te gusta que te prepare para mí?
— Sí… sí, mijo… me gusta… me da mucha vergüenza, pero me gusta tanto…
Cuando sintió que estaba lo suficientemente abierta y resbaladiza, Juan se bajó los pantalones. Su miembro estaba duro, hinchado, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Se untó más lubricante y se colocó justo en la entrada.
— Respira hondo, abuelita… voy a entrar despacito. Si duele mucho, me dices y paro.
Carmen asintió, mordiéndose el labio. Apoyó la frente en la sábana y separó un poco más las piernas.
Juan presionó la punta. La resistencia era fuerte al principio. Ella soltó un quejidito agudo.
— Ay… ay… despacio, por favor…
— Ya casi, mi reina… relájate… déjame entrar…
Empujó un poco más. La cabeza entró con un pequeño “pop” que hizo gemir a los dos al mismo tiempo. Carmen apretó las sábanas con fuerza.
— Dios… está grande… me llena toda…
— Shhh… ya está adentro la punta. Respira… así, mi vida…
Se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara. Luego avanzó centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo apretado lo envolvía con calor abrasador. Cuando estuvo completamente dentro, los dos jadearon al unísono.
— Toda… toda adentro, abue… mírate… tu colita se tragó todo mi pene…
Carmen sollozaba de placer y vergüenza mezclados.
— Me siento… tan sucia… tan llena… pero no pares… no pares, Juanito…
Él empezó a moverse. Primero lento, salidas casi completas y entradas suaves. Cada vez que entraba del todo, sus testículos golpeaban suavemente contra los labios húmedos de ella. Carmen empezó a empujar hacia atrás, buscando más.
— Más rápido… ay, Dios… más rápido, mijo…
Juan obedeció. Agarró sus caderas con ambas manos y aumentó el ritmo. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, junto con los gemidos roncos de la abuela.
— ¿Te gusta, abuelita? ¿Te gusta que tu nieto te coja el culo?
— Sí… sí… me encanta… me encanta que me uses así… que me hagas tuya…
Él se inclinó sobre su espalda, besándole el cuello, mordisqueándole la oreja.
— Eres mía, abue… esta colita es mía… voy a llenarte cuando quiera… ¿verdad que sí?
— Sí… lléname… lléname cuando quieras… soy tuya… toda tuya…
El ritmo se volvió frenético. Juan embestía con fuerza, sintiendo cómo los glúteos grandes se aplastaban contra su pelvis en cada golpe. Carmen ya no contenía los gemidos; gritaba bajito, suplicante.
— Me vengo… ay, Juanito… me estoy viniendo…
Su cuerpo se tensó, el ano se contrajo alrededor de él en espasmos fuertes. Eso fue suficiente. Juan gruñó, se hundió hasta el fondo y se vació dentro de ella, chorro tras chorro caliente, marcándola por dentro.
Se quedaron así un largo rato, jadeando, él aún dentro, abrazándola por la cintura. Lentamente salió, dejando un hilo blanco que se deslizaba por la hendidura abierta.
Carmen se giró, se dejó caer sentada en la cama y lo miró con ojos vidriosos.
— Mi niño… mi niño malo… me has hecho cosas que nunca imaginé…
Juan se arrodilló frente a ella, le besó los muslos, luego la barriguita, luego los senos.
— Y esto apenas empieza, abuelita. Ahora que ya te entregaste… voy a pedirte mucho más.
Ella sonrió, tímida pero feliz, y le acarició el cabello.
— Pídeme lo que quieras, mijo… esta vieja ya no tiene fuerzas para negarte nada.
Y mientras la luna seguía iluminando la habitación, la dulce y cariñosa Doña Carmen se recostó en la cama, abrió las piernas y dejó que su nieto lujurioso volviera a empezar… esta vez sin ninguna excusa, sin ninguna vergüenza que los detuviera.
— ¡Abue! Perdón, perdón, es que me estoy meando… — soltó de carrerilla mientras empujaba la puerta.
Allí estaba ella.
Sentada en el inodoro, con las piernas un poco abiertas, la falda floreada subida apenas hasta medio muslo, las braguitas blancas de algodón grueso bajadas hasta los tobillos. Doña Carmen, sesenta y ocho años, cabello plateado recogido en un moño flojo, mejillas sonrosadas de inmediato. Sus manos intentaron inútilmente cubrirse el regazo mientras soltaba un gritito ahogado.
— ¡Ay, Dios mío, Juanito! ¡¿Qué haces?! ¡Sal, sal ahorita mismo!
El chico se quedó paralizado un segundo. No era solo la vergüenza de haberla pillado. Era… todo lo demás. Las piernas gruesas pero aún torneadas, los muslos pálidos que se juntaban con suavidad, y sobre todo… esos glúteos. Redondos, llenos, desbordando por los lados del asiento de madera. Blancos, con esa textura ligeramente acolchada que tienen las mujeres que han vivido mucho y han comido bien. Nunca los había visto así, tan expuestos, tan reales.
— Lo… lo siento, abue… no vi nada, te juro… — mintió mientras retrocedía, pero sus ojos se quedaron pegados un instante de más.
Cerró la puerta. El corazón le latía en la garganta. Y en otro lugar también.
A partir de esa tarde algo cambió.
Al día siguiente, mientras ella fregaba los platos, él se ofreció a ayudarla a guardar las ollas en el mueble bajo.
— Déjame a mí, abue, que tú ya estás cansadita.
Se agachó detrás de ella, muy cerca. Cuando Carmen se inclinó para alcanzar un plato hondo, Juan “accidentalmente” apoyó la pelvis contra sus nalgas, solo un roce, pero lo suficiente para sentir la blandura, el calor que emanaba a través de la tela fina de la falda.
— Ay, perdón, abuelita… es que está muy estrecho aquí.
Ella soltó una risita nerviosa, sin voltear.
— No pasa nada, mijo… nomás ten cuidaito.
No se apartó. No dijo nada más.pero su mente de mujer de sesenta y ocho años, viuda desde hacía quince años pensaba asi:
«Es mi nieto… es solo un muchacho cariñoso. No lo hace con mala intención. Si me enojo, lo voy a lastimar, y él es lo único que me queda de familia cerca. Además… hace tanto que nadie me toca. Ni un abrazo largo, ni una mano en la espalda. ¿Qué daño hace un rocecito inocente?»
Esa fue su primera excusa. La que usó para no gritarle el primer día que él “accidentalmente” se pegó a ella mientras guardaban las ollas
El nieto siempre buscando situaciones para poder tocar esos glúteos grandes de la abuelita
Los días siguientes fueron una escalada lenta, calculada, casi científica.
Le pedía que le ayudara a buscar algo en el clóset bajo de la recámara: él se ponía detrás, la abrazaba “por los lados” para alcanzar más alto, y sus manos terminaban inevitablemente resbalando hacia abajo, apretando apenas esos glúteos generosos mientras murmuraba:
— Es que no llego, abue… ¿me ayudas un poquito más?
Ella se sonrojaba, balbuceaba un “ay, qué vergüenza, Juanito…”, pero nunca se enojaba de verdad. Solo bajaba la mirada, se mordía el labio inferior y seguía ordenando la ropa como si nada.
En otra ocasión :Abue, ¿me ayudas a buscar el cargador? Creo que se cayó atrás de las cajas.
Carmen se arrodilló frente al clóset, la falda de algodón se subió sola hasta medio muslo. Juan se puso justo detrás, de rodillas también, como si estuviera ayudando. Cuando ella se inclinó más, él pegó su pelvis contra sus nalgas. Esta vez no fue un roce rápido: se quedó allí, presionando suave pero firme. Sintió cómo los glúteos se aplastaban contra su erección creciente.
— Ay, Juanito… estás muy pegadito, mijo — murmuró ella, con la voz temblorosa.
— Es que no hay espacio, abue… ¿te molesta?
Ella tardó tres segundos en contestar. Tres segundos en los que sintió el calor de él, la dureza, y algo dentro de su vientre que llevaba dormido años se removió.
— No… no me molesta — dijo al fin, casi en susurro—. Nomás… ten cuidadito.
Juan se atrevió a más. Puso las manos en sus caderas “para equilibrarse” y las deslizó hacia abajo, cubriendo completamente ambos cachetes por encima de la falda. Los apretó. Los amasó despacio, como si estuviera midiendo su peso, su blandura.
Carmen soltó un suspiro largo. Sintió vergüenza… pero también un calorcito rico entre las piernas.
«Es mi sangre… no puede ser malo. Y se siente… Dios, se siente bien que me agarren así. Hace tanto tiempo…
Otra tarde, mientras veían televisión en el sillón, él se sentó muy pegado
Abue, te ves cansada. Ven, échate aquí un rato.
La
La acostó boca abajo en el sillón grande. Empezó por los hombros, bajó por la espalda, y cuando llegó a la cintura, sus manos se abrieron como alas sobre sus glúteos.
Esta vez metió las manos por debajo de la falda. Directo a la piel. Las braguitas de algodón blanco eran tan viejitas que casi no ofrecían resistencia. Sus palmas calientes cubrieron toda la carne: dedos extendidos, pulgares hundidos en la hendidura, separando apenas los cachetes.
— Juanito… eso ya es muy abajo — protestó débilmente, pero no cerró las piernas.
— Es que aquí se te acumula mucho estrés, abue. ¿Sientes cómo se relaja?
Y apretó más fuerte. Amasó. Levantó cada nalga por separado, sintiendo cómo la carne se desbordaba entre sus dedos. Luego dejó que un dedo medio se deslizara por el centro, rozando apenas el elástico de las braguitas, presionando suavemente contra el ano fruncido por encima de la tela.
Carmen enterró la cara en el cojín. Gemía bajito, casi sin voz.
«Ay, Virgen Santa… ¿qué estoy dejando que me haga? Pero… pero es rico. Me da cosquillitas adentro. Nadie me ha tocado ahí nunca… ni mi difunto. ¿Y si solo es cariño? ¿Y si yo soy la mala por sentirlo rico?»
Una mañana, mientras ella barría el patio, él salió con una botella de aceite de bebé que había comprado “para los calambres de la pierna”.
— Mira, abue, esto es buenísimo. La vecina me dijo que te lo untara en las piernas y en… bueno, donde te duela.
Ella dudó, pero al final se sentó en la sillita de plástico del patio, levantó un poco la falda y dejó que él le untara las pantorrillas. Luego los muslos. Luego… más arriba.
Cuando sus dedos resbalaron por el interior de los glúteos, rozando apenas la tela de las braguitas, Carmen cerró los ojos y murmuró:
— Ay, Dios… qué cosas me haces, muchacho…
Pero su voz ya no era de regaño. Era ronca. Temblorosa. Consentidora.
Esa noche, ya en la penumbra de la sala, él se atrevió a más.
Se sentó detrás de ella en el sillón grande, la abrazó por la cintura y le susurró al oído:
— Abue… ¿te puedo decir algo?
— Dime, mijo…
— Desde aquel día en el baño… no puedo dejar de pensar en tu cuerpo. En cómo se veían tus nalgas… tan grandes, tan suaves. Quiero… quiero tocarlas de verdad. Sin pretextos.
Silencio largo.
Ella giró apenas la cabeza, lo miró con ojos vidriosos.
— Juanito… eso está muy mal. Soy tu abuela…
— Lo sé. Pero tú también lo sientes, ¿verdad? Cuando te toco… respiras diferente. Te pones colorada, pero no te vas. Te gusta.
Carmen bajó la mirada. Sus manos temblaban.
— Ay, hijo… no sé qué me pasa… pero sí… sí me gusta. Me da vergüenza decirlo… pero me gusta mucho.
Él deslizó las manos por debajo de la falda, despacio. Las metió por dentro de las braguitas. Las palmas llenas con esa carne tibia, abundante. Apretó. Amasó. Separó ligeramente los glúteos y dejó que un dedo se deslizara por la hendidura, rozando el ano fruncido.
Carmen gimió bajito, apoyó la cabeza en el respaldo.
— Despacito, mijo… despacito… que me da miedo… pero no pares…
Juan se inclinó hacia su oído.
— Abue… quiero entrar ahí. Quiero meterla en tu colita. ¿Me dejas? Dime que sí…
Ella tardó en contestar. Su respiración era un jadeo entrecortado.
— Ay, Diosito… perdóname… pero sí… sí te dejo, mi vida… pero con mucho cuidado… que nunca he… nunca me han…
Él sonrió contra su cuello, ya abriendo el cierre de su pantalón.
— Te voy a cuidar mucho, abuelita… te lo prometo. Vas a sentir rico… ya verás.
Y mientras la luna entraba por la ventana, las manos del nieto seguían explorando, abriendo camino, preparándola poco a poco para lo que ambos sabían que ya no tenía vuelta atrás.
la casa estaba en silencio absoluto. Solo se oía el tic-tac lejano del reloj de pared y la respiración acelerada de ambos en la recámara de Doña Carmen. Ella había cerrado la puerta con llave, algo que nunca hacía. Se había puesto el camisón más bonito que aún conservaba: uno de satén rosa viejo, con encaje en el escote, que se le pegaba un poco a la barriguita y se le subía por los muslos gruesos cuando se movía. Se sentía ridícula, pero también… deseada. Y eso bastaba.
Juan entró descalzo, con los ojos brillantes de anticipación. Llevaba una botella pequeña de lubricante que había comprado esa tarde en la farmacia del centro, diciendo que era “para los dolores de las articulaciones”. Cerró la puerta detrás de él y se acercó despacio.
— Abuelita… ¿estás segura? —preguntó, aunque su voz ya temblaba de impaciencia.
Carmen estaba sentada al borde de la cama, con las manos apretadas en el regazo. Bajó la mirada, las mejillas ardiendo.
— No estoy segura de nada, mijo… pero ya no quiero seguir fingiendo que no lo deseo. Toda la semana me has estado preparando… tocándome, abriéndome despacito… y cada vez que me metes los dedos ahí atrás, siento que me derrito. Quiero darte lo que quieres. Quiero ser tu… tu capricho.
Juan se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y las besó.
— Eres mucho más que un capricho, abue. Eres la mujer más rica que he visto en mi vida. Y esta noche vas a sentir cuánto te deseo.
La ayudó a ponerse de pie. Le levantó el camisón por encima de la cabeza con delicadeza, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Cuando quedó desnuda, solo con las braguitas blancas de algodón, él se quedó mirándola largo rato. Los senos grandes y caídos, la barriguita suave, las caderas anchas, y sobre todo… esos glúteos redondos, pesados, que se movían ligeramente con cada respiración.
— Date la vuelta, abuelita… enséñamela bien.
Carmen obedeció, tímida pero obediente. Se giró y apoyó las manos en el colchón, inclinándose hacia adelante. La posición hizo que sus nalgas se abrieran un poco, dejando ver la tela blanca tensa entre ellas.
Juan se colocó detrás. Bajó las braguitas despacio, dejándolas caer a los tobillos. Pasó las manos por toda la carne expuesta: acarició, apretó, separó. Luego abrió la botella de lubricante y dejó caer un chorro generoso directamente en la hendidura. El líquido frío la hizo estremecerse.
— Ay… está frío, Juanito…
— Ya se calienta, mi vida. Relájate.
Empezó con los dedos, como las noches anteriores. Uno, luego dos, moviéndose en círculos lentos, abriéndola con paciencia. Carmen gemía bajito, las rodillas temblorosas.
— ¿Te gusta así, abue? ¿Te gusta que te prepare para mí?
— Sí… sí, mijo… me gusta… me da mucha vergüenza, pero me gusta tanto…
Cuando sintió que estaba lo suficientemente abierta y resbaladiza, Juan se bajó los pantalones. Su miembro estaba duro, hinchado, con la punta ya brillante de líquido preseminal. Se untó más lubricante y se colocó justo en la entrada.
— Respira hondo, abuelita… voy a entrar despacito. Si duele mucho, me dices y paro.
Carmen asintió, mordiéndose el labio. Apoyó la frente en la sábana y separó un poco más las piernas.
Juan presionó la punta. La resistencia era fuerte al principio. Ella soltó un quejidito agudo.
— Ay… ay… despacio, por favor…
— Ya casi, mi reina… relájate… déjame entrar…
Empujó un poco más. La cabeza entró con un pequeño “pop” que hizo gemir a los dos al mismo tiempo. Carmen apretó las sábanas con fuerza.
— Dios… está grande… me llena toda…
— Shhh… ya está adentro la punta. Respira… así, mi vida…
Se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara. Luego avanzó centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo apretado lo envolvía con calor abrasador. Cuando estuvo completamente dentro, los dos jadearon al unísono.
— Toda… toda adentro, abue… mírate… tu colita se tragó todo mi pene…
Carmen sollozaba de placer y vergüenza mezclados.
— Me siento… tan sucia… tan llena… pero no pares… no pares, Juanito…
Él empezó a moverse. Primero lento, salidas casi completas y entradas suaves. Cada vez que entraba del todo, sus testículos golpeaban suavemente contra los labios húmedos de ella. Carmen empezó a empujar hacia atrás, buscando más.
— Más rápido… ay, Dios… más rápido, mijo…
Juan obedeció. Agarró sus caderas con ambas manos y aumentó el ritmo. El sonido de carne contra carne llenaba la habitación, junto con los gemidos roncos de la abuela.
— ¿Te gusta, abuelita? ¿Te gusta que tu nieto te coja el culo?
— Sí… sí… me encanta… me encanta que me uses así… que me hagas tuya…
Él se inclinó sobre su espalda, besándole el cuello, mordisqueándole la oreja.
— Eres mía, abue… esta colita es mía… voy a llenarte cuando quiera… ¿verdad que sí?
— Sí… lléname… lléname cuando quieras… soy tuya… toda tuya…
El ritmo se volvió frenético. Juan embestía con fuerza, sintiendo cómo los glúteos grandes se aplastaban contra su pelvis en cada golpe. Carmen ya no contenía los gemidos; gritaba bajito, suplicante.
— Me vengo… ay, Juanito… me estoy viniendo…
Su cuerpo se tensó, el ano se contrajo alrededor de él en espasmos fuertes. Eso fue suficiente. Juan gruñó, se hundió hasta el fondo y se vació dentro de ella, chorro tras chorro caliente, marcándola por dentro.
Se quedaron así un largo rato, jadeando, él aún dentro, abrazándola por la cintura. Lentamente salió, dejando un hilo blanco que se deslizaba por la hendidura abierta.
Carmen se giró, se dejó caer sentada en la cama y lo miró con ojos vidriosos.
— Mi niño… mi niño malo… me has hecho cosas que nunca imaginé…
Juan se arrodilló frente a ella, le besó los muslos, luego la barriguita, luego los senos.
— Y esto apenas empieza, abuelita. Ahora que ya te entregaste… voy a pedirte mucho más.
Ella sonrió, tímida pero feliz, y le acarició el cabello.
— Pídeme lo que quieras, mijo… esta vieja ya no tiene fuerzas para negarte nada.
Y mientras la luna seguía iluminando la habitación, la dulce y cariñosa Doña Carmen se recostó en la cama, abrió las piernas y dejó que su nieto lujurioso volviera a empezar… esta vez sin ninguna excusa, sin ninguna vergüenza que los detuviera.
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