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Jugando fuerte con mi hermana. XIV

Jugando fuerte con mi hermana. XIV


Estoy tumbado en la cama, en este ático que parece más un trastero rehabilitado que una vivienda. Es la primera noche en San Sebastián, y el frío se cuela por todas partes. La ventana que da al techo no cierra bien —un marco viejo de madera que se ha hinchado con la humedad—, y entra un aire helado que me pone la piel de gallina. Marta duerme a mi lado, de lado, con la respiración profunda y tranquila. Su calor corporal es lo único que me salva de tiritar del todo. Me acerco un poco más, intentando pegarme a su espalda, a sus piernas, a ese culo grande y firme que siempre ha sido mi debilidad secreta. Quiero darle calor, pero en realidad es ella la que me lo da a mí. Su cuerpo irradia como una estufa, y cuanto más me pego, más se me acelera el pulso. Me pongo cachondo sin remedio. La polla se me endurece contra su nalga, y tengo que respirar hondo para no moverme demasiado y despertarla.
Pienso en cómo hemos llegado aquí.
Cuando llegamos al “ático”, la realidad me cayó encima. Esto no es una vivienda. Es una antigua buhardilla que alguien rehabilitó a la desesperada para alquilarla como “apartamento céntrico”. En las fotos de Idealista parecía decente: dos habitaciones, cocina americana, baño completo. Decían que tenía 45 m². Mentira. Cuando abrimos la puerta, el techo bajaba tanto que en las esquinas tengo que agacharme para no darme en la cabeza. Solo se puede estar de pie en el centro exacto. La “habitación” pequeña es un baño donde para sentarte en el inodoro tienes que inclinarte hacia delante como si estuvieras rezando, porque si no te das con la viga. La ducha es un cubículo donde apenas entras de lado, y el agua sale tibia a duras penas. El monoambiente principal tiene una cama grande (menos mal, porque es lo único cómodo), una cocina minúscula con fogones de dos fuegos, una mesa plegable con dos sillas que parecen de camping, y una ventana que da a un tejado inclinado. Hay goteras en la esquina del baño —gotas que caen cada pocos minutos cuando llueve, como ahora—. El casero dijo que era “temporal”, pero huele a humedad y a moho viejo.
Pocos días antes de venir, los sitios que teníamos reservados se cayeron. Uno por “problemas con el propietario”, otro porque el inquilino anterior no se fue. Buscamos a la desesperada, y este era lo único que quedaba en presupuesto. Las fotos estaban tomadas con gran angular y luz perfecta; en realidad parece una caja de zapatos. Marta se rió cuando entramos: “Bueno, Caco, al menos estamos juntos y no pagamos una fortuna”. Yo no me reí. Me siento estafado, pero también culpable: si no tuviera este historial de mierda, si no dependiera de ella para la cuenta corriente, no estaríamos aquí.
Me pego más a su espalda. Su pelo largo huele a champú de coco y a sudor del día. Su respiración es calmada, profunda. Yo no puedo dormir. Tengo frío, pero también calor por dentro. La polla me late contra su culo, y cada vez que respiro hondo, rozo más. No sé si despertarla o no. No sé si quiero que despierte y me mire con esa cara de “¿qué pasa, Caco?” o si prefiero quedarme así, sufriendo en silencio. San Sebastián es bonita por fuera, pero por dentro... por dentro seguimos siendo los mismos hermanos jodidos que éramos en el pueblo.
Mañana será el segundo día de trabajo. Y esta cama, por incómoda que sea la casa, es lo único que me mantiene cuerdo ahora mismo.
Estoy tumbado en la cama, pegado a la espalda de Marta, escuchando su respiración profunda y regular. El frío se cuela por la ventana mal cerrada y me eriza la piel, pero su cuerpo me da un calor que me mantiene vivo. Intento no moverme mucho para no despertarla, pero la cabeza no me deja en paz. No puedo dejar de pensar en el primer día de trabajo.


Llegamos tarde. La culpa fue de RENFE, de ADIF o de la puta que los parió a todos juntos. La idea era coger el tren del día anterior, dormir en San Sebastián y presentarnos tranquilos por la mañana. Pero no. El tren se retrasó tres horas en Madrid-Chamartín, luego otra en Valladolid por “problemas técnicos en la vía”, y al final llegamos a la estación del Norte a las seis de la mañana, con los ojos como platos y la ropa arrugada. Encima no había taxis. Ni uno. La gente salía corriendo hacia los buses urbanos, pero nosotros no teníamos ni puta idea de dónde estaba la parada. Nos guiamos con el GPS del móvil, arrastrando las maletas por calles empedradas de la Parte Vieja. Kale Boulevar 22. El casero había dejado las llaves en la cervecería de los bajos, una garagardotegia con nombre vasco que no supe pronunciar. El camarero nos miró como si fuéramos marcianos, nos dio el sobre con las llaves y murmuró un “ongietorri” seco.
Subimos las escaleras estrechas hasta el ático. Cuando abrimos la puerta, la decepción nos cayó encima como un mazazo. Las fotos mentían. Me limité a dejar la maleta en el suelo y a vestirme a toda prisa con el traje gris que compré en Madrid. Camisa blanca aún como recién planchada (mama tiene sus trucos), zapatos negros, corbata mal puesta. Marta se cambió en dos minutos: traje de chaqueta ajustado, camisa blanca, moño como el de una institutriz del S.XIX. Y obvio sin dejar ver sus tatuajes. Hasta pensó en quitarse los pircing.
Salimos sin desayunar. Esta vez sí pillamos un taxi en la Parte Vieja, pero aun así llegamos casi una hora tarde al Gobierno Civil. El guardia de la entrada nos miró con cara de pocos amigos, nos pasó el arco y nos dijo que subiéramos al tercer piso. Nos recibieron formalmente en una sala gris con mesas metálicas y fluorescentes que zumbaban. Firmas, fotos carnet (la mía salió con cara de muerto), entrega de carnés provisionales, explicación de horarios y normas de seguridad. Cada uno quedó con su “enlace”: una funcionaria de unos cincuenta años para mí, un tipo serio con bigote para Marta. Nos separaron y cada uno fue a su puesto.
Mucho formulario, números de cuenta (di el de Marta, como acordamos; ella me miró de reojo y asintió), petición de datos bancarios, revisión de títulos. Cuando por fin llegué a mi escritorio —un cubículo con pantalla vieja y teclado lleno de migas—, un guardia civil se acercó. Alto, ancho, uniforme impecable. Me pidió que le acompañara. Caminamos por pasillos interminables, bajamos escaleras. Observé que los guardias civiles están relajados pero son todos tiarrones, como si fueran comandos: hombros anchos, manos grandes, mirada que no parpadea. También vi de pasada el puesto de control principal: fusiles de asalto colgados en la pared, cajas de munición, chalecos antibalas. Como para empezar una guerra.
El guardia civil me condujo por pasillos largos y fríos del Gobierno Civil, un edificio que por fuera parece un palacio histórico —fachada neoclásica con columnas y balcones de hierro forjado—, pero por dentro es un laberinto fortificado. Pasamos por puertas blindadas disimuladas como madera normal, cámaras en cada esquina, y un olor a piedra antigua mezclado con desinfectante. Se nota que este lugar fue construido para resistir: muros gruesos como para aguantar un asedio, y en los bajos, rumor de que hay búnkeres subterráneos, con salidas secretas al río Urumea. El guardia no dijo nada, solo caminó rápido, su uniforme verde oliendo a plancha reciente.
Llegamos al despacho del subdelegado. Era elegante: muebles de caoba, cuadros con motivos vascos en las paredes, un escudo de España discreto en la mesa. Pero se veía el pasado militar: la puerta era de acero camuflado bajo paneles de madera, y las ventanas tenían cristales transparentes pero tan gruesos que podrían detener un cañonazo —vidrio antibalas de varios centímetros, con un leve tinte que distorsionaba la vista de la calle. Dentro me esperaban el subdelegado —un hombre de unos 60 años, traje gris impecable, cara de funcionario curtido— y un comandante de la Guardia Civil, alto como un armario, con bigote recortado y ojos que te escaneaban como un detector de mentiras. Los dos me dieron la mano, firme pero fría, y me hicieron señales de que no hablara: dedo en los labios, mirada seria. El comandante pulsó un botón en un aparato extraño sobre la mesa —un distorsionador de voces, de esos que generan ruido blanco y garabatean el audio si alguien intenta escuchar con un micrófono direccional o láser.
Por fin habló el subdelegado, con voz calmada pero autoritaria.—Bienvenido, o como dicen por aquí, ongietorri. Le he hecho venir porque a todos los destinados a estas oficinas se les hace una investigación de seguridad, y de usted hemos descubierto unas cuantas cosas interesantes.
El comandante pulsó otro botón, y en una pantalla gigante que ocupaba media pared se encendió un video.
Reconocí la escena al instante: era uno de mis vídeos antiguos de Barcelona, de aquellos días oscuros de orgías y drogas. Estaba atado a una X de madera que sobre una plataforma con ruedas permitía moverme y permitía acceder a mi cuerpo por todas partes, desnudo, las muñecas y tobillos sujetos con correas de cuero negro. Dos transexuales con máscaras venecianas —reconocí a Rosa por la forma de sus tetas operadas y el tatuaje de serpiente en el muslo, y a su amiga por el piercing en el ombligo— se acercaban con látigos y dildos en las manos.
Rosa me dio un azote brutal con el látigo plano en el pecho, dejando una marca roja que ardía en la pantalla. “Eres una puta barata, Carlos”, gritó con voz distorsionada por la máscara. Su amiga me agarró los pezones con fuerza, retorciéndolos hasta que grité, el dolor subiendo directo a la polla que ya estaba dura y goteando pre-cum. Me insultaban sin parar: “Maricón de mierda, abre el culo para tu dueña”. Rosa me untó lubricante frío en el ano con los dedos, metiendo uno, dos, tres de golpe, girándolos dentro, abriéndome como un agujero. “Mira cómo se le abre el culo a esta zorra”, dijo riendo. La amiga se colocó delante subida a una escalera, su polla dura y venosa ya tiesa quedaba a la altura de mi boca, y me la metió de un empujón, follándome la garganta hasta que babeaba y tosía, lágrimas corriendo por la cara. Rosa, detrás, me azotó el culo con la mano abierta, golpes secos que resonaban, dejando las nalgas rojas e hinchadas. “Toma, puta, por ser tan patético”. Luego cogió un dildo grueso, negro, venoso, y me lo clavó en el culo sin piedad, embistiéndome fuerte, profundo, el ano ardiendo alrededor del juguete. Me follaba como una máquina, el dildo entrando y saliendo con fuerza, golpeando la próstata cada vez. “Te encanta que te rompan el culo, ¿verdad, putita? Eres un agujero con patas”.
La amiga me pegaba en la cara con la polla, me obligaba a tragar hasta el fondo, ahogándome, saliva cayendo por la barbilla. Rosa sacó el dildo y me metió su propia polla, sodomizándome salvaje, el culo lleno, estirado al límite. “Toma polla de verdad, maricón”. Me follaba con embestidas brutales, las pelotas golpeando contra mis nalgas, mientras me azotaba la espalda y los muslos con el látigo. “Puto poco hombre, solo sirves para que te llenen de leche”. La amiga se corrió en mi boca, chorros calientes que me obligó a tragar, semen espeso bajando por mi garganta mientras tosía. Rosa siguió embistiendo, más fuerte, más profundo, hasta que se corrió dentro de mí, llenándome el culo de semen caliente que goteaba por mis muslos y por el suelo. Yo me corrí sin tocarme, la polla explotando en chorros largos y espesos sobre el suelo, el cuerpo temblando atado a la X, gimiendo de gusto puro, el ano contrayéndose alrededor de la polla de Rosa mientras me vaciaba dentro.
El video acabó ahí, la pantalla negra. Me quedé sentado, con la polla dura como una roca bajo el traje, intentando disimular. El subdelegado me miró fijamente, el comandante no dijo nada.
El subdelegado se inclinó hacia delante, las manos cruzadas sobre la mesa, y continuó con voz neutra, como si estuviera hablando del tiempo.
—No nos importa lo que usted hiciera en el pasado, incluso tampoco nos importa si vuelve a hacer esas cosas en el futuro. Este es un país libre y cada uno lleva su sexualidad como le da la gana. La cuestión es que si alguien se le acerca a usted y pretende hacerle chantaje con estas u otras imágenes, debe comunicárselo al comandante.
En ese momento, el comandante sacó una tarjeta del bolsillo de su uniforme y me la tendió. Era sencilla, blanca, con un número de móvil, una dirección de correo electrónico oficial del Ministerio del Interior, y solo un nombre: Marcos. No dijo ni una palabra. Me la guardé en el bolsillo, con las manos temblando. No me dejaron contestar. El subdelegado se levantó, dio por terminada la reunión con un “eso es todo”, y el comandante abrió la puerta. El mismo guardia civil que me había traído me esperó fuera y me condujo de vuelta a mi puesto por aquellos pasillos laberínticos, sin una palabra.
El edificio parecía más opresivo ahora, con sus muros de piedra que absorbían cualquier eco, y las puertas reforzadas que recordaban que esto no era solo una oficina, sino una fortaleza en territorio hostil.
Me senté en mi puesto, el corazón latiéndome en los oídos. Me sentía histérico, como si el mundo se cerrara alrededor. Si tuviera un gramo de coca, de speed o de lo que fuera, me lo metería de una, inhalando profundo hasta que el fuego me quemara las fosas nasales y me diera esa euforia falsa que borra todo. Menos mal que no tengo. Pero necesitaba calmarme de alguna manera, algo que me sacara de esta espiral. Saqué el móvil y llamé a Marta. Contestó al segundo tono.
—Caco, ¿qué pasa? Suenas fatal.
—Necesito verte. En privado. Ya.
Ella no preguntó más. Ya se había hecho un mapa mental del edificio —siempre ha sido más rápida que yo para orientarse—. Me dio indicaciones precisas: tercer piso, ala oeste, aseos mixtos al final del pasillo. “Te espero allí en cinco minutos”.

incesto


Llegué antes. Ella ya estaba dentro, apoyada en la pared de azulejos blancos, con el traje de chaqueta ajustado a su cuerpo tonificado, la camisa blanca desabrochada un botón más de lo necesario. De una la metí en un cubículo, cerré la puerta con pestillo y la senté en el inodoro. Me bajé los pantalones del traje, sacando la polla ya dura por la adrenalina y el pánico.
—Por favor, haz algo —le rogué, la voz ronca.
Marta se rió bajito, esa risa traviesa que me pone a mil, y me miró con esos ojos oscuros que saben todo de mí. Se inclinó hacia delante, me agarró la polla con una mano firme y empezó a chuparla sin preámbulos. La metió entera en la boca, succionando fuerte desde la base hasta la punta, la lengua girando alrededor del capullo hinchado. Me mordisqueó el tronco suave al principio, dientes rozando la piel sensible, luego más fuerte, un mordisco que dolió justo lo suficiente para que gimiera. Alternaba: chupadas profundas, garganta apretándome la polla hasta que babeaba saliva por la barbilla, y luego mordisquitos en los huevos, lamiéndolos antes de morderlos suave, enviando chispas de placer-dolor directo a mi espina dorsal. Me acariciaba los huevos con las uñas, rascando la piel arrugada, luego me los apretaba fuerte, como si quisiera exprimirlos, el dolor subiendo mezclado con el calor de su boca.
Yo le abrí la camisa de golpe, los botones aguantaron de milagro (sospecho que mama los reforzó), y le agarré las tetas grandes y firmes, operadas pero tan naturales al tacto. Las apreté duro, la carne cediendo bajo mis dedos, los pezones duros como piedras contra mis palmas. Jugué con ellos, retorciéndolos ayudándome con los piercings —esos aros plateados que llevaba desde hace años—, tirando fuerte hasta que vi sangre brotar alrededor, gotas rojas resbalando por la piel morena. Marta gimió con mi polla en la boca, el sonido vibrando alrededor de mí, pero no paró. Siguió chupando intensa, alternando placer y dolor: una palmada en los huevos que me hizo jadear, luego una caricia suave con la lengua en la base, mordisquitos en el capullo hinchado, apretándome los huevos hasta que dolía de verdad. Sabía cómo hacerlo, cómo llevarme al límite sin romperme. Yo empujaba contra su boca, follándole la garganta, las tetas rebotando en mis manos mientras las apretaba más, retorciendo los piercings hasta que la sangre goteaba por su abdomen.
Me corrí como un animal, chorros calientes en su boca, ella tragando todo, succionando hasta la última gota, los ojos clavados en los míos con esa mirada de “te tengo, Caco”. Me dejó vacío, temblando, el pánico del despacho evaporándose en el placer.
Cuando aún jadeaba por la corrida, con la polla todavía temblando y gotas de semen resbalando por mi muslo, Marta se levantó del inodoro con una sonrisa salvaje. Se subió encima, los tacones apoyados en los bordes del asiento, y se levantó la falda azul del traje hasta la cintura. No llevaba bragas. Su coño depilado, hinchado y brillante de humedad, quedó justo a la altura de mi boca. “Ahora me toca a mí, Caco”, dijo con voz ronca, agarrándome del pelo y empujándome contra ella.
Me lancé sin pensarlo. Le abrí los labios con los dedos y empecé a lamerle el clítoris duro, succionando fuerte, la lengua plana y rápida contra el botón hinchado. Ella gimió alto, apretándome la cabeza contra su coño. Metí dos dedos en su vagina de golpe, follándola con ellos mientras le chupaba el clítoris sin piedad, mordisqueándolo entre los dientes hasta que se arqueó y soltó un grito ahogado. “Más fuerte, joder”, gruñó. Saqué los dedos empapados y le metí uno en el culo, girándolo dentro mientras le lamía el coño con la lengua entera, de abajo arriba, saboreando su jugo salado y caliente.
Le pellizqué los labios mayores con fuerza, tirando de ellos hasta que se pusieron rojos, luego mordí el interior del muslo cerca del coño, dejando marcas de dientes. Volví al clítoris, chupándolo como si quisiera arrancarlo, mientras le metía tres dedos en la vagina y dos en el culo al mismo tiempo, follándola con los dos agujeros a la vez, los nudillos golpeando contra su carne. Ella se retorcía encima del inodoro, las piernas temblando, el culo apretándome los dedos como un puño caliente. Le mordí el clítoris fuerte, tirando con los dientes, y ella gritó de placer-dolor, el cuerpo convulsionando.
Metí la lengua en su coño, follándola con ella mientras los dedos seguían dentro del culo, girando y empujando profundo. Le pellizqué los labios del coño otra vez, retorciéndolos, y luego le di una palmada abierta en el monte de Venus que resonó en el cubículo. Marta se corrió como una bestia: el coño contrayéndose alrededor de mi lengua, chorros de líquido caliente salpicándome la cara, el culo apretándome los dedos hasta que dolía, gritando mi nombre entre jadeos. Su cuerpo temblaba entero, las piernas cediendo un segundo, y tuvo que agarrarse a mis hombros para no caerse.
Cuando terminó, se dejó caer hacia delante, jadeando contra mi pelo, el coño todavía palpitando contra mi boca. Yo seguía agachado para estar a la altura de su coño, la cara empapada de su corrida, la polla dura otra vez contra mi pierna. Ella me miró con los ojos vidriosos y una sonrisa satisfecha.
—Buen chico, Caco —susurró—. Ahora sí que podemos volver al trabajo.
Yo tenía ganas de más pero Marta adivinándome, me dijo:
-Toca volver al trabajo, no podemos liarla el primer día.
Marta agarro un poco de papel higiénico y se lo puso en los pezones. Cuando le miré extrañado dijo:
-No quiero que se me manche la camisa.
Volvimos cada uno a su oficina.
Al salir del trabajo llovía. Pero como parecía que llovía poco decidimos volver andando al apartamento. Sirimiri o calabobos le llaman a esa lluvia. 

filial


Llegamos calados a casa y entonces descubrimos el desastre.

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