Luciano era uno de tantos encerrados injustamente. Lejos de asaltar o matar a alguien, su crimen había sido pertenecer a un grupo opositor al Gobierno que defendía ideas políticas contrarias.
Siendo un “niño bonito” en aquel penal, no fue raro que la Directora, Karla Herlinda Gómez, le echara el ojo desde sus primeros días por lo guapillo. La mujer de gruesa complexión era toda una matrona que se devoraba a cualquier preso que le abriera su lujurioso apetito. Era una total ninfómana que utilizaba su situación de poder para exprimir verga a su gusto.
Fue por ello que a la voz de “tráiganmelo”, sus subordinados le llevaron a Luciano una noche.
—¿A dónde me llevan? Tengo derechos. No pueden... —reclamaba repetidamente Luciano, mientras era conducido por los pasillos.
—¡Aquí no tienes nada pendejo! ¡Y cállate chingada madre! —le respondieron.
Poco después:
—Esperen afuera, ya saben, si los necesito les llamo —ordenó Herlinda.
Los custodios asintieron sumisamente dejando a la Directora del penal y al preso solos.
La mujer lo miró de arriba abajo.
—Pues qué se traen. Tengo mis derechos y no voy a permitir que...
—¡Tú aquí no tienes una mierda! —respondió la Directora ladrándole a la cara.
La fuerte voz dejó de una pieza al joven hombre.
—Bueno, por lo menos dígame qué hice. Yo nunca he dado broncas.
—No se trata de lo que hiciste, sino de lo que vas a hacer —le respondió, y se desabotonó la blusa.
La rubicunda mujer se retiró el sujetador mostrándole los grandes y colgantes pechos desnudos. Estos estaban rematados por unos pezones bien oscuros cuyas areolas ostentaban dilatado diámetro. Era una señora más bien del tipo grueso, no de delicadas facciones, más bien de duros rasgos, pero con un apetito sexual que la desbordaba.
Luciano se quedó totalmente impactado.
—Me las vas a glasear —dijo agarrándose a sí misma las ubres—, pero antes te voy a hacer el favor de comerte la verga.
Y no mentía.
—Madre de Dios... mira nada más el tamaño de esta cosa —dijo Herlinda al ver por vez primera el falo de Luciano.
El fuste era generoso. A la ruda hembra se le hizo agua la panocha.
Se metió hasta la raíz el rígido trozo de carne. Tragó el badajo de un solo bocado hasta que sus labios tocaron los huevos y, pese a que se lo metía hasta el mero fondo de su garganta, no daba señas de asquearse como otras mujeres al sentir el glande tocar su úvula. Se notaba que estaba acostumbrada.
Luciano sería un esclavo sexual en sus manos. La mujer ya lo tenía decidido.
Por su parte, pese a que no era una preciosura de hembra, a Luciano no le fue difícil mantener su erección durante aquella situación, durante aquel mame. Era un muchacho con buena condición física y gozaba de los bríos propios de la juventud.
Mostrándose benévola, pese a su estatus, le dijo:
—Manoséame tú también, ¡ándale!
«Bueno», pensó en su interior aquel muchacho, aunque se quedó callado y sólo actuó como le ordenaban.
Le amasó las tetas colgantes y acarició su cabellera negra. Luego fue el turno de sus amplias posaderas cuando ambos se recostaron en el diván cercano, donde hicieron un clásico 69.
—No te me vayas a venir todavía porque si lo haces te lo arranco de una mordida —amenazó Herlinda cuando sintió que su macho estaba a punto de explotar de tanta succión.
El muchacho tuvo que hacer el máximo esfuerzo de voluntad y aguantarse las ganas, pese a que aquella no dejaba de succionarle con toda la fuerza de sus pulmones.
Cuando a la Señora ya se le estaba escurriendo la verija...
—¡Ya!, ¡quiero que me la metas!
La Directora, quedándose en cuatro, sólo se acomodó lo suficiente para que aquél se la ensartara desde atrás.
Entrar en ella fue fácil debido a lo abierta y lo babeada que estaba. La saliva del chico y las propias secreciones de la señora chorreaban de aquella entrada. Pese al tamaño del visitante la cueva que lo recibía se le abría noblemente, como si se derritiera a su paso.
Si bien las penetraciones así le brindaron placer, la seño ordenó:
—¡Sodomízame...! Eso me encanta.
El otro se sorprendió; ninguna mujer le había pedido eso por propia boca.
—A ver si no te..., digo, si no le duele —él advirtió.
—No digas pendejadas y ya encájamelo, no seas puto —recibió por contestación.
A pesar de sus palabras la mujer sintió el rigor de una verga tan gruesa y larga como la de aquel joven entrometiéndose en tan cerrado canal. En el penal no abundaban de esa calidad precisamente. Tuvo que morderse los labios para no gritar a la primera metida.
—Usted me dice si me detengo —tuvo la amabilidad de decirle a la tosca mujer.
—¡No... no te detengas! Me la sacas y te mando a los separos. Métemelo hasta las tripas.
«Está re-loca», pensó aquél.
Cuando por fin le entró toda, Karla Herlinda se mordió un puño para ahogar un grito de dolor. Todo aquel ariete se resguardaba dentro de su agujero y el malestar de tal acto se repartía entre ambos, aunque la que más lo padecía era ella a quien se le dilataba el esfínter al máximo de su capacidad. Luciano sólo sentía la incomodidad de sentir bien apretado su pito como si éste estuviese siendo ahorcado.
—Ahora sácamela despacio y vuélvemela a meter, pero de golpe —ordenó Herlinda.
Luciano obedeció pues no podría ser de otra forma.
—¡Hijo de puta, me vas a partir en dos! —gritaba ella.
Dadas las palabras de la Directora el otro dudaba en parar o no, sin embargo, para ese momento, se había convencido que detenerse a mitad de aquel desesperado bombeo sería un error, uno que sin duda aquella lo haría pagar. Tenía que demostrarle que era capaz de satisfacer su voraz apetito. Con escasos minutos de conocerla, Luciano se había dado cuenta de que Karla Herlinda Gómez Cayuela era un hembra insaciable. Una mujer a quien le convenía complacer en su lujuria con tal de salir bien librado.
Al final de tal cópula, Luciano le irrigó el desagüe cloacal con su batida leche. Ésta no sólo se mezcló con las heces de la señora, sino que se combinó también con sangre del joven quien expulsó tal a través de su pene, al verse afectado por tan apretado castigo.
Ambos aún jadeaban por el esfuerzo cuando:
—Será mejor que te me repongas rápido. Ni te creas que te voy a perdonar y te voy a dejar ir sin que me las dejes bañadas —y prácticamente le embarró sus dos tetazas en plena cara—. Te doy chance de que te tomes un trago y te relajes un par de minutos, pero me cumples.
Y fue así como dio comienzo una relación entre recluso y Directora de Penal que le brindaría comodidades al primero, pero que exigiría de éste toda su energía y disposición en cualquier momento que a aquella le viniese en gana.
Se haría parte de su rutina en presidio el tener que saciar las ansias de aquella mujer, prácticamente dueña del penal.
Cuando ella lo solicitaba aquél acudía.
A veces le servía de montura siendo cabalgado hasta el hartazgo; otras le entregaba toda la leche que guardara en sus huevos hasta quedar estos secos; ocasionalmente le daba por la trastienda, sacándole los pedos.
—¡...así, así, sácame toda la mierda de la cola, ay carajo...! —le gritaba mientras ella estaba bien empinadita parando las nalgas, y él se la metía en una posición de lo más incómoda, pues tal cual fueran perros, trasero contra trasero, y sin mirarse de frente, copulaban. Ella así se lo había ordenado, era una de tantas posiciones perversas que disfrutaba realizar.
Había ocasiones que, debido a tales maneras tan poco ortodoxas de hacerlo, a Luciano se le doblaba la reata dolorosamente y ni modo, tenía que tolerar.
Nunca antes había estado sometido a ninguna mujer, ni mucho menos a una de tal calibre; la señora no tenía llenadera.
—Quiero que ahora me cojas tú —ella decía, en el tono de escuincla exigiendo su capricho, pese a ya haberlo montado por más de una hora.
Con su notorio deseo exacerbado aquello era una tortura para Luciano quien debía darle caña como buen semental, a pesar de su cansancio. Pero ni modo, tenía que aguantar si no quería tener problemas. Pero pese a su aguante los tuvo.
Y es que entre las visitas familiares de un compañero de celda iba la nieta de éste, quien era una chica bien jovencita y, por tanto, bendecida por los dones propios de la mocedad.
Ya de por sí, al ser tan chamaca, no era del interés de Luciano, no obstante, él para ella sí le interesaba. Y no sólo por verlo varonil y atractivo, sino porque de su abuelo había escuchado que aquel estaba allí por sus ideales políticos.
La ilusionada chiquilla lo vio como un héroe idealista y por ello le “tiraba el calzón” de manera descarada cada que iba de visita.
«Ahí viene otra vez... me cae que es re necia, palabra», se decía Luciano al verla acercársele, tan coqueta cual era.
—Oye, ¿es cierto que eres un... un idealista? —le preguntaba la interesada muchacha, siempre repegándosele.
Luciano negaba aquellas afirmaciones diciendo que era un peligroso delincuente y que no debería acercársele. Aquél estaba muy consciente de que no debería involucrarse con la hija de otro convicto y mucho menos con una tan tiernita. No importándole esto, la chiquilla insistía. Y tanto insistió que no tuvo de otra... Luciano no era de palo, ¡se la chingó!
En los baños fue donde la chiquilla vio por primera ocasión una verga en toda su magnitud.
“¡No manches!”, se dijo sorprendida, no sólo del tamaño y dureza, sino también de su vivacidad, pues ésta se movía de un lado a otro cabeceando, como si estuviera viva.
Ella sabía cómo eran los penes, por supuesto, lo había visto en el internet, pero nunca había visto uno real frente a ella; sobre todo uno tan de buen tamaño y totalmente erecto. No obstante pronto pasó de la sorpresa a la acción natural pues, como si estuviese educada para ello, comenzó a besar y chupetear la cabeza y el fuste del mencionado miembro.
Obviamente no se lo pudo chupar con maestría, pues carecía de experiencia, y ni siquiera se lo metió entero a la boca, más sin embargo lo compensó chupándole muy rico los huevos. Bien sabía que eso a los hombres les encanta, lo había aprendido de amigas más experimentadas.
Luciano, en retribución, le dio unas lamidas a su panochita de escuintla inexperta, las primeras lengüeteadas de su joven vida.
La chamaca se retorció como tlaconete en sal.
Se enroscaba; se arqueaba; se encrespaba. Era como una infante padeciendo un inmisericorde ataque de cosquillas; le brotaron lágrimas a borbotones de la puritita desesperación al no tolerar éxtasis tan gozoso.
Su clítoris quedó rosadito de tanto chupe y succión por parte de Luciano.
Paso inmediato fue que el pene le hiciera los honores a esa pequeña raja que la chamaca poseía.
La cabezona se le presentó delante y comenzó a entrar. Sin embargo para la chiquilla el tamaño fue demasiado. Era obvio que a su cuerpo aún le faltaba desarrollarse para recibir una cosa así.
Ella misma pidió que parara y Luciano estuvo de acuerdo. En principio no quería infligir dolor, ni mucho menos daño, a una escuincla inocente. Además, dado que ella chillaba como cochino en matadero, temió que algún otro preso la escuchara y se le armara con el abuelo de la chamaca. O peor, que otros acudieran como perros en celo, a aprovecharse de ella. Pero lo peor fue lo que sucedió...
No faltó quien estuviera de mirón y que luego fuera con el chisme que pasó de boca a boca, de preso a preso, y de preso a custodio, y así llegó hasta oídos de la misma Directora.
—Ese infeliz se va a arrepentir de haberme jugado sucio —encabronada dijo.
Herlinda aborrecía que “sus” hombres cogieran con otras, no lo toleraba.
Dio orden para que Luciano las pagara canutas por haber tenido sexo con aquella chiquilla.
Luciano ingresó al área de ejercicio de la prisión, dispuesto a ejercitar su cuerpo, lo que no sabía era la clase de “ejercicio” que le esperaba a su físico. Hasta ese día se había sentido protegido de cualquier riesgo dentro del penal, debido al trato que tenía con la Directora. De no ser así quizás bien pudo estar más alerta.
Debió escuchar lo que se rumoreaba a su alrededor, pues esas murmuraciones se centraban en su persona y, evidentemente, más le habría valido enterarse.



Mientras esos fuertes brazos le sujetaban, haciéndolo sentir impotente, Luciano experimentó una terrible sensación de angustia que le recorrió la médula espinal y se descargó hasta el último extremo de cada uno de sus apéndices.

¡Estaba por ser encajado!
¡Y todo por los pinches celos de una pinche vieja!
—Tienes la piel de señorita, bien suavecita, pero las nalgas bien duras —le decía “el Pinocho”, una vez lo tuvo a punto.
Luciano (posteriormente llamado “Luci”) fue forzado por los otros reclusos para que ofrendaba la cola involuntariamente a aquel verdugo.
—Y esto que tienes aquí mero es un tesoro —dijo el Pinocho al mismo tiempo que con dos dedos, cual pinzas, abría los cachetes traseros exponiendo el ano de Luciano.
“Va a ser la gloria entrar por este agujero... está bien pinche cerrado”, dijo, y al decir estas últimas palabras se ensalivó los dedos y lubricó rústicamente el orificio.
“¡Ya dale pito!”, reclamó uno de sus compañeros. “¡Encájasela!”, gritaban los otros.
Eran como animales, como una jauría de perros alrededor de otro que estaba por ser apareado como una perrita indefensa.
De violento empujón le hundió la vara de carne por en medio de las nalgas hasta que sus huevos chocaron con las suaves posaderas del pobre Luciano.
—¡Eso, apriétamelo! —exclamaba el Pinocho, a la vez que le jalaba del pelo, haciendo que la cabeza de Luciano se inclinara hacia atrás.
A éste le parecía vivir una aterradora pesadilla y sólo deseaba que aquello acabara pronto.
Siendo un “niño bonito” en aquel penal, no fue raro que la Directora, Karla Herlinda Gómez, le echara el ojo desde sus primeros días por lo guapillo. La mujer de gruesa complexión era toda una matrona que se devoraba a cualquier preso que le abriera su lujurioso apetito. Era una total ninfómana que utilizaba su situación de poder para exprimir verga a su gusto.
Fue por ello que a la voz de “tráiganmelo”, sus subordinados le llevaron a Luciano una noche.
—¿A dónde me llevan? Tengo derechos. No pueden... —reclamaba repetidamente Luciano, mientras era conducido por los pasillos.
—¡Aquí no tienes nada pendejo! ¡Y cállate chingada madre! —le respondieron.
Poco después:
—Esperen afuera, ya saben, si los necesito les llamo —ordenó Herlinda.
Los custodios asintieron sumisamente dejando a la Directora del penal y al preso solos.
La mujer lo miró de arriba abajo.
—Pues qué se traen. Tengo mis derechos y no voy a permitir que...
—¡Tú aquí no tienes una mierda! —respondió la Directora ladrándole a la cara.
La fuerte voz dejó de una pieza al joven hombre.
—Bueno, por lo menos dígame qué hice. Yo nunca he dado broncas.
—No se trata de lo que hiciste, sino de lo que vas a hacer —le respondió, y se desabotonó la blusa.
La rubicunda mujer se retiró el sujetador mostrándole los grandes y colgantes pechos desnudos. Estos estaban rematados por unos pezones bien oscuros cuyas areolas ostentaban dilatado diámetro. Era una señora más bien del tipo grueso, no de delicadas facciones, más bien de duros rasgos, pero con un apetito sexual que la desbordaba.
Luciano se quedó totalmente impactado.
—Me las vas a glasear —dijo agarrándose a sí misma las ubres—, pero antes te voy a hacer el favor de comerte la verga.
Y no mentía.
—Madre de Dios... mira nada más el tamaño de esta cosa —dijo Herlinda al ver por vez primera el falo de Luciano.
El fuste era generoso. A la ruda hembra se le hizo agua la panocha.
Se metió hasta la raíz el rígido trozo de carne. Tragó el badajo de un solo bocado hasta que sus labios tocaron los huevos y, pese a que se lo metía hasta el mero fondo de su garganta, no daba señas de asquearse como otras mujeres al sentir el glande tocar su úvula. Se notaba que estaba acostumbrada.
Luciano sería un esclavo sexual en sus manos. La mujer ya lo tenía decidido.
Por su parte, pese a que no era una preciosura de hembra, a Luciano no le fue difícil mantener su erección durante aquella situación, durante aquel mame. Era un muchacho con buena condición física y gozaba de los bríos propios de la juventud.
Mostrándose benévola, pese a su estatus, le dijo:
—Manoséame tú también, ¡ándale!
«Bueno», pensó en su interior aquel muchacho, aunque se quedó callado y sólo actuó como le ordenaban.
Le amasó las tetas colgantes y acarició su cabellera negra. Luego fue el turno de sus amplias posaderas cuando ambos se recostaron en el diván cercano, donde hicieron un clásico 69.
—No te me vayas a venir todavía porque si lo haces te lo arranco de una mordida —amenazó Herlinda cuando sintió que su macho estaba a punto de explotar de tanta succión.
El muchacho tuvo que hacer el máximo esfuerzo de voluntad y aguantarse las ganas, pese a que aquella no dejaba de succionarle con toda la fuerza de sus pulmones.
Cuando a la Señora ya se le estaba escurriendo la verija...
—¡Ya!, ¡quiero que me la metas!
La Directora, quedándose en cuatro, sólo se acomodó lo suficiente para que aquél se la ensartara desde atrás.
Entrar en ella fue fácil debido a lo abierta y lo babeada que estaba. La saliva del chico y las propias secreciones de la señora chorreaban de aquella entrada. Pese al tamaño del visitante la cueva que lo recibía se le abría noblemente, como si se derritiera a su paso.
Si bien las penetraciones así le brindaron placer, la seño ordenó:
—¡Sodomízame...! Eso me encanta.
El otro se sorprendió; ninguna mujer le había pedido eso por propia boca.
—A ver si no te..., digo, si no le duele —él advirtió.
—No digas pendejadas y ya encájamelo, no seas puto —recibió por contestación.
A pesar de sus palabras la mujer sintió el rigor de una verga tan gruesa y larga como la de aquel joven entrometiéndose en tan cerrado canal. En el penal no abundaban de esa calidad precisamente. Tuvo que morderse los labios para no gritar a la primera metida.
—Usted me dice si me detengo —tuvo la amabilidad de decirle a la tosca mujer.
—¡No... no te detengas! Me la sacas y te mando a los separos. Métemelo hasta las tripas.
«Está re-loca», pensó aquél.
Cuando por fin le entró toda, Karla Herlinda se mordió un puño para ahogar un grito de dolor. Todo aquel ariete se resguardaba dentro de su agujero y el malestar de tal acto se repartía entre ambos, aunque la que más lo padecía era ella a quien se le dilataba el esfínter al máximo de su capacidad. Luciano sólo sentía la incomodidad de sentir bien apretado su pito como si éste estuviese siendo ahorcado.
—Ahora sácamela despacio y vuélvemela a meter, pero de golpe —ordenó Herlinda.
Luciano obedeció pues no podría ser de otra forma.
—¡Hijo de puta, me vas a partir en dos! —gritaba ella.
Dadas las palabras de la Directora el otro dudaba en parar o no, sin embargo, para ese momento, se había convencido que detenerse a mitad de aquel desesperado bombeo sería un error, uno que sin duda aquella lo haría pagar. Tenía que demostrarle que era capaz de satisfacer su voraz apetito. Con escasos minutos de conocerla, Luciano se había dado cuenta de que Karla Herlinda Gómez Cayuela era un hembra insaciable. Una mujer a quien le convenía complacer en su lujuria con tal de salir bien librado.
Al final de tal cópula, Luciano le irrigó el desagüe cloacal con su batida leche. Ésta no sólo se mezcló con las heces de la señora, sino que se combinó también con sangre del joven quien expulsó tal a través de su pene, al verse afectado por tan apretado castigo.
Ambos aún jadeaban por el esfuerzo cuando:
—Será mejor que te me repongas rápido. Ni te creas que te voy a perdonar y te voy a dejar ir sin que me las dejes bañadas —y prácticamente le embarró sus dos tetazas en plena cara—. Te doy chance de que te tomes un trago y te relajes un par de minutos, pero me cumples.
Y fue así como dio comienzo una relación entre recluso y Directora de Penal que le brindaría comodidades al primero, pero que exigiría de éste toda su energía y disposición en cualquier momento que a aquella le viniese en gana.
Se haría parte de su rutina en presidio el tener que saciar las ansias de aquella mujer, prácticamente dueña del penal.
Cuando ella lo solicitaba aquél acudía.
A veces le servía de montura siendo cabalgado hasta el hartazgo; otras le entregaba toda la leche que guardara en sus huevos hasta quedar estos secos; ocasionalmente le daba por la trastienda, sacándole los pedos.
—¡...así, así, sácame toda la mierda de la cola, ay carajo...! —le gritaba mientras ella estaba bien empinadita parando las nalgas, y él se la metía en una posición de lo más incómoda, pues tal cual fueran perros, trasero contra trasero, y sin mirarse de frente, copulaban. Ella así se lo había ordenado, era una de tantas posiciones perversas que disfrutaba realizar.
Había ocasiones que, debido a tales maneras tan poco ortodoxas de hacerlo, a Luciano se le doblaba la reata dolorosamente y ni modo, tenía que tolerar.
Nunca antes había estado sometido a ninguna mujer, ni mucho menos a una de tal calibre; la señora no tenía llenadera.
—Quiero que ahora me cojas tú —ella decía, en el tono de escuincla exigiendo su capricho, pese a ya haberlo montado por más de una hora.
Con su notorio deseo exacerbado aquello era una tortura para Luciano quien debía darle caña como buen semental, a pesar de su cansancio. Pero ni modo, tenía que aguantar si no quería tener problemas. Pero pese a su aguante los tuvo.
Y es que entre las visitas familiares de un compañero de celda iba la nieta de éste, quien era una chica bien jovencita y, por tanto, bendecida por los dones propios de la mocedad.
Ya de por sí, al ser tan chamaca, no era del interés de Luciano, no obstante, él para ella sí le interesaba. Y no sólo por verlo varonil y atractivo, sino porque de su abuelo había escuchado que aquel estaba allí por sus ideales políticos.
La ilusionada chiquilla lo vio como un héroe idealista y por ello le “tiraba el calzón” de manera descarada cada que iba de visita.
«Ahí viene otra vez... me cae que es re necia, palabra», se decía Luciano al verla acercársele, tan coqueta cual era.
—Oye, ¿es cierto que eres un... un idealista? —le preguntaba la interesada muchacha, siempre repegándosele.
Luciano negaba aquellas afirmaciones diciendo que era un peligroso delincuente y que no debería acercársele. Aquél estaba muy consciente de que no debería involucrarse con la hija de otro convicto y mucho menos con una tan tiernita. No importándole esto, la chiquilla insistía. Y tanto insistió que no tuvo de otra... Luciano no era de palo, ¡se la chingó!
En los baños fue donde la chiquilla vio por primera ocasión una verga en toda su magnitud.
“¡No manches!”, se dijo sorprendida, no sólo del tamaño y dureza, sino también de su vivacidad, pues ésta se movía de un lado a otro cabeceando, como si estuviera viva.
Ella sabía cómo eran los penes, por supuesto, lo había visto en el internet, pero nunca había visto uno real frente a ella; sobre todo uno tan de buen tamaño y totalmente erecto. No obstante pronto pasó de la sorpresa a la acción natural pues, como si estuviese educada para ello, comenzó a besar y chupetear la cabeza y el fuste del mencionado miembro.
Obviamente no se lo pudo chupar con maestría, pues carecía de experiencia, y ni siquiera se lo metió entero a la boca, más sin embargo lo compensó chupándole muy rico los huevos. Bien sabía que eso a los hombres les encanta, lo había aprendido de amigas más experimentadas.
Luciano, en retribución, le dio unas lamidas a su panochita de escuintla inexperta, las primeras lengüeteadas de su joven vida.
La chamaca se retorció como tlaconete en sal.
Se enroscaba; se arqueaba; se encrespaba. Era como una infante padeciendo un inmisericorde ataque de cosquillas; le brotaron lágrimas a borbotones de la puritita desesperación al no tolerar éxtasis tan gozoso.
Su clítoris quedó rosadito de tanto chupe y succión por parte de Luciano.
Paso inmediato fue que el pene le hiciera los honores a esa pequeña raja que la chamaca poseía.
La cabezona se le presentó delante y comenzó a entrar. Sin embargo para la chiquilla el tamaño fue demasiado. Era obvio que a su cuerpo aún le faltaba desarrollarse para recibir una cosa así.
Ella misma pidió que parara y Luciano estuvo de acuerdo. En principio no quería infligir dolor, ni mucho menos daño, a una escuincla inocente. Además, dado que ella chillaba como cochino en matadero, temió que algún otro preso la escuchara y se le armara con el abuelo de la chamaca. O peor, que otros acudieran como perros en celo, a aprovecharse de ella. Pero lo peor fue lo que sucedió...
No faltó quien estuviera de mirón y que luego fuera con el chisme que pasó de boca a boca, de preso a preso, y de preso a custodio, y así llegó hasta oídos de la misma Directora.
—Ese infeliz se va a arrepentir de haberme jugado sucio —encabronada dijo.
Herlinda aborrecía que “sus” hombres cogieran con otras, no lo toleraba.
Dio orden para que Luciano las pagara canutas por haber tenido sexo con aquella chiquilla.
Luciano ingresó al área de ejercicio de la prisión, dispuesto a ejercitar su cuerpo, lo que no sabía era la clase de “ejercicio” que le esperaba a su físico. Hasta ese día se había sentido protegido de cualquier riesgo dentro del penal, debido al trato que tenía con la Directora. De no ser así quizás bien pudo estar más alerta.
Debió escuchar lo que se rumoreaba a su alrededor, pues esas murmuraciones se centraban en su persona y, evidentemente, más le habría valido enterarse.



Mientras esos fuertes brazos le sujetaban, haciéndolo sentir impotente, Luciano experimentó una terrible sensación de angustia que le recorrió la médula espinal y se descargó hasta el último extremo de cada uno de sus apéndices.

¡Estaba por ser encajado!
¡Y todo por los pinches celos de una pinche vieja!
—Tienes la piel de señorita, bien suavecita, pero las nalgas bien duras —le decía “el Pinocho”, una vez lo tuvo a punto.
Luciano (posteriormente llamado “Luci”) fue forzado por los otros reclusos para que ofrendaba la cola involuntariamente a aquel verdugo.
—Y esto que tienes aquí mero es un tesoro —dijo el Pinocho al mismo tiempo que con dos dedos, cual pinzas, abría los cachetes traseros exponiendo el ano de Luciano.
“Va a ser la gloria entrar por este agujero... está bien pinche cerrado”, dijo, y al decir estas últimas palabras se ensalivó los dedos y lubricó rústicamente el orificio.
“¡Ya dale pito!”, reclamó uno de sus compañeros. “¡Encájasela!”, gritaban los otros.
Eran como animales, como una jauría de perros alrededor de otro que estaba por ser apareado como una perrita indefensa.
De violento empujón le hundió la vara de carne por en medio de las nalgas hasta que sus huevos chocaron con las suaves posaderas del pobre Luciano.
—¡Eso, apriétamelo! —exclamaba el Pinocho, a la vez que le jalaba del pelo, haciendo que la cabeza de Luciano se inclinara hacia atrás.
A éste le parecía vivir una aterradora pesadilla y sólo deseaba que aquello acabara pronto.
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