Les comparto mí primer experiencia de masaje tántrico.
Paraná. Enero, 2026.
Llegué con el cuerpo cargado de expectativa. Era mi primera vez y eso se sentía en cada músculo: una tensión leve pero persistente, como si algo dentro de mí estuviera atento a todo. El ambiente, sin embargo, parecía dispuesto a recibirme sin exigencias. La luz cálida, el aroma suave, la música apenas perceptible… y el ventilador girando con su murmullo constante, un sonido que me resultaba extrañamente tranquilizador y que empezó a envolverme como un sostén invisible. Hacía mucho tiempo que venía buscando un momento así, después de experiencias previas ingratas y frustrantes que me habían dejado más tensión que alivio. Tal vez por eso percibía cada detalle con tanta intensidad: porque, por fin, sentía que estaba entrando en una experiencia hermosa.
La terapeuta, linda y de presencia cálida, me habló con voz serena, explicándome el proceso con claridad y naturalidad. Cuando me indicó que me desvistiera y me recostara boca abajo, dudé un instante y pregunté, casi con inocencia, si también debía quitarme la ropa interior. Me respondió con la misma calma: sí, toda. Ese pequeño momento me relajó más de lo que esperaba; su naturalidad transformó lo que podía haber sido incomodidad en confianza.
Al recostarme, el aire templado recorrió la piel desnuda y la sensibilidad se volvió inmediata. Sentí entonces el primer hilo de aceite tibio deslizándose sobre la espalda: una caricia líquida que despertó los sentidos antes incluso de que sus manos empezaran a moverse. Cuando sus palmas siguieron ese rastro, el contacto fue continuo, fluido, como si no existiera separación entre un movimiento y el siguiente. El aroma sutil del aceite y la textura sedosa sobre la piel hacían que cada roce se prolongara más allá del instante.
Sus manos avanzaron por la espalda y los hombros con precisión lenta y firme, liberando tensiones profundas. Mi respiración comenzó a cambiar sin que me lo propusiera: más amplia, más consciente. Por momentos sentía que inhalaba no solo aire, sino espacio; y al exhalar, era como si soltara capas invisibles de rigidez acumulada. El sonido del ventilador se volvió parte de ese ritmo, como un acompañamiento constante.
Cuando descendió hacia las piernas y los glúteos, algo en mí se abrió todavía más. El cuerpo se volvió ligero, receptivo, y las sensaciones empezaron a expandirse hacia adentro. A veces la mente se iba hacia impulsos primarios, instintivos, como si una energía antigua despertara desde lo profundo. Pero lo notable era que el propio masaje me traía de regreso: sin palabras, sin esfuerzo, solo con el ritmo de sus manos y mi respiración, esa intensidad se transformaba en una sensación más amplia, más serena, casi luminosa.
Cuando me pidió que me diera vuelta, lo hice despacio… y apareció una breve vergüenza inevitable al quedar expuesto. Fue apenas un instante. Su actitud tranquila, respetuosa y cálida desarmó cualquier incomodidad antes de que pudiera instalarse. En su presencia, el cuerpo dejaba de sentirse observado y simplemente se sentía aceptado.
Ahora sus manos continuaron por el pecho, el abdomen y las piernas. El aceite tibio facilitaba un deslizamiento continuo que hacía que cada movimiento pareciera atravesar la piel y resonar dentro. La respiración se volvió todavía más profunda, y comencé a notar una circulación interna de sensaciones: calor que se expandía, pulsaciones sutiles, una corriente suave recorriéndome desde el centro hacia las extremidades.
La excitación creció de forma intensa pero sostenida, como una ola que asciende con calma. El cuerpo respondió con pulsaciones internas cada vez más claras hasta que el clímax llegó acompañado de contracciones profundas que me atravesaron por completo. De mis labios escapó un sonido involuntario, un suspiro quebrado que se sincronizó con cada pulsación, como si el cuerpo hablara en su propio idioma.
Después vino una quietud plena. No era vacío, sino integración. Permanecí con los ojos cerrados sintiendo cómo la respiración volvía a asentarse, cómo las sensaciones se acomodaban dentro de mí, como si algo interno hubiera encontrado un equilibrio nuevo.
Entonces, con mucha delicadeza, la terapeuta me ayudó a incorporarme y me dijo suavemente que me levantara despacio, que podía marearme. Incluso ese gesto final formaba parte del cuidado: desde el inicio hasta el cierre había guiado cada transición con atención y presencia.
Ya vestido, me preguntó cómo me sentía, cómo estaba. Su interés era genuino. Intenté responderle con naturalidad, pero me costaba sostenerle la mirada. Había en mí una mezcla de pudor y gratitud silenciosa: ella había visto mi cuerpo sin defensas, había presenciado mi vulnerabilidad más íntima, y aun así su trato seguía siendo simple, humano, respetuoso.
Salí con una sensación difícil de nombrar. No era solo relajación. Era claridad, calma, una percepción distinta de mi propio cuerpo. Había llegado con nervios… y me iba con la impresión silenciosa de haber habitado mi cuerpo de verdad, sin tensión, sin prisa, por primera vez en mucho tiempo.
Paraná. Enero, 2026.
Llegué con el cuerpo cargado de expectativa. Era mi primera vez y eso se sentía en cada músculo: una tensión leve pero persistente, como si algo dentro de mí estuviera atento a todo. El ambiente, sin embargo, parecía dispuesto a recibirme sin exigencias. La luz cálida, el aroma suave, la música apenas perceptible… y el ventilador girando con su murmullo constante, un sonido que me resultaba extrañamente tranquilizador y que empezó a envolverme como un sostén invisible. Hacía mucho tiempo que venía buscando un momento así, después de experiencias previas ingratas y frustrantes que me habían dejado más tensión que alivio. Tal vez por eso percibía cada detalle con tanta intensidad: porque, por fin, sentía que estaba entrando en una experiencia hermosa.
La terapeuta, linda y de presencia cálida, me habló con voz serena, explicándome el proceso con claridad y naturalidad. Cuando me indicó que me desvistiera y me recostara boca abajo, dudé un instante y pregunté, casi con inocencia, si también debía quitarme la ropa interior. Me respondió con la misma calma: sí, toda. Ese pequeño momento me relajó más de lo que esperaba; su naturalidad transformó lo que podía haber sido incomodidad en confianza.
Al recostarme, el aire templado recorrió la piel desnuda y la sensibilidad se volvió inmediata. Sentí entonces el primer hilo de aceite tibio deslizándose sobre la espalda: una caricia líquida que despertó los sentidos antes incluso de que sus manos empezaran a moverse. Cuando sus palmas siguieron ese rastro, el contacto fue continuo, fluido, como si no existiera separación entre un movimiento y el siguiente. El aroma sutil del aceite y la textura sedosa sobre la piel hacían que cada roce se prolongara más allá del instante.
Sus manos avanzaron por la espalda y los hombros con precisión lenta y firme, liberando tensiones profundas. Mi respiración comenzó a cambiar sin que me lo propusiera: más amplia, más consciente. Por momentos sentía que inhalaba no solo aire, sino espacio; y al exhalar, era como si soltara capas invisibles de rigidez acumulada. El sonido del ventilador se volvió parte de ese ritmo, como un acompañamiento constante.
Cuando descendió hacia las piernas y los glúteos, algo en mí se abrió todavía más. El cuerpo se volvió ligero, receptivo, y las sensaciones empezaron a expandirse hacia adentro. A veces la mente se iba hacia impulsos primarios, instintivos, como si una energía antigua despertara desde lo profundo. Pero lo notable era que el propio masaje me traía de regreso: sin palabras, sin esfuerzo, solo con el ritmo de sus manos y mi respiración, esa intensidad se transformaba en una sensación más amplia, más serena, casi luminosa.
Cuando me pidió que me diera vuelta, lo hice despacio… y apareció una breve vergüenza inevitable al quedar expuesto. Fue apenas un instante. Su actitud tranquila, respetuosa y cálida desarmó cualquier incomodidad antes de que pudiera instalarse. En su presencia, el cuerpo dejaba de sentirse observado y simplemente se sentía aceptado.
Ahora sus manos continuaron por el pecho, el abdomen y las piernas. El aceite tibio facilitaba un deslizamiento continuo que hacía que cada movimiento pareciera atravesar la piel y resonar dentro. La respiración se volvió todavía más profunda, y comencé a notar una circulación interna de sensaciones: calor que se expandía, pulsaciones sutiles, una corriente suave recorriéndome desde el centro hacia las extremidades.
La excitación creció de forma intensa pero sostenida, como una ola que asciende con calma. El cuerpo respondió con pulsaciones internas cada vez más claras hasta que el clímax llegó acompañado de contracciones profundas que me atravesaron por completo. De mis labios escapó un sonido involuntario, un suspiro quebrado que se sincronizó con cada pulsación, como si el cuerpo hablara en su propio idioma.
Después vino una quietud plena. No era vacío, sino integración. Permanecí con los ojos cerrados sintiendo cómo la respiración volvía a asentarse, cómo las sensaciones se acomodaban dentro de mí, como si algo interno hubiera encontrado un equilibrio nuevo.
Entonces, con mucha delicadeza, la terapeuta me ayudó a incorporarme y me dijo suavemente que me levantara despacio, que podía marearme. Incluso ese gesto final formaba parte del cuidado: desde el inicio hasta el cierre había guiado cada transición con atención y presencia.
Ya vestido, me preguntó cómo me sentía, cómo estaba. Su interés era genuino. Intenté responderle con naturalidad, pero me costaba sostenerle la mirada. Había en mí una mezcla de pudor y gratitud silenciosa: ella había visto mi cuerpo sin defensas, había presenciado mi vulnerabilidad más íntima, y aun así su trato seguía siendo simple, humano, respetuoso.
Salí con una sensación difícil de nombrar. No era solo relajación. Era claridad, calma, una percepción distinta de mi propio cuerpo. Había llegado con nervios… y me iba con la impresión silenciosa de haber habitado mi cuerpo de verdad, sin tensión, sin prisa, por primera vez en mucho tiempo.
0 comentarios - Mí primer experiencia tantra! 🙌