Lo nuestro no es un capricho, es una obsesión de sangre. No hay nada en este mundo que me caliente más que el hecho de que sea mi hermana. Esa complicidad de años, los celos que me tiene (es terriblemente posesiva) y las fotos que me manda cuando sabe que estoy laburando y no la puedo tocar, me están volviendo loco. El tabú es nuestro combustible.
hablamos esto
Ella: "¿Estás? No aguanto más... me puse la pollera cortita que te gusta."
Yo: "No me digas eso ahora... ¿qué tenés abajo?"
Ella: "Nada. Me estoy mirando los pies y me acuerdo de cómo me los chupabas. Tengo la concha empapada..."
Yo: "Sos una perra. Sabés que si voy ahora te estampo contra la pared."
Ella: "Vení... quiero que seas un animal. Sos mi hermano y sos el único que me hace chorrear así."
Yo: "Te voy a agarrar del pelo y te voy a obligar a que me mires a los ojos. Te voy a comer entera, desde los pies hasta el cuello, y después te voy a abrir de piernas para entrarte sin nada, sintiendo cómo me apretás."
Ella: "¡Hacelo! Quiero que me rompas toda. Quiero que me des tan duro que me olvide de todo menos de que sos vos el que me está cojiendo."
Yo: "Te voy a llenar de leche. Te voy a acabar tan adentro que vas a sentir que te quema la sangre. Quiero que me grites '¡Hermano, dame más!' mientras te vacío todo el chorro en el fondo."
Ella: "¡SÍ! Acabame adentro, quiero tu leche. Vení ya..."
El Encuentro: Posesión y Fetiche
Llegué al departamento y la tensión se podía cortar con un cuchillo. No hubo tiempo para palabras; la agarré de la nuca y le comí la boca con una rabia que solo nosotros entendemos. Sentir su lengua, ese sabor familiar mezclado con el deseo más prohibido, me puso la pija de piedra al instante.
La tiré en la cama y fui directo a lo que nos vuela la cabeza a los dos: sus pies. Ella sabe que son mi debilidad. Se los empecé a chupar uno por uno, recorriendo cada dedo con la lengua mientras la masturbaba. Ella se arqueaba, clavando las uñas en las sábanas y gimiendo bajito para que no nos escucharan los vecinos.
Cuando finalmente se la mandé, sin forro, el gemido que pegó fue desgarrador. La cojí con una violencia contenida de años. En cada estocada, le subía las piernas hasta mis hombros para poder chuparle los dedos de los pies mientras la penetraba.
Era una locura de sensaciones: el calor de su concha apretándome, el sabor de su piel en mi boca y sus gritos de "¡Hermano, seguí, chupame más fuerte!". La combinación de olores y ese sentimiento de estar haciendo algo "sucio" me volaron la mente.
Al final, la di vuelta, le abrí las piernas al máximo y la miré fijo a los ojos. Estaba ida. Justo cuando sentí que me venía el orgasmo, le metí la pija lo más profundo que pude y le vacié toda mi leche bien al fondo, bien adentro del útero. Ella se arqueó, me abrazó con una fuerza animal y me gritó al oído:
"¡Gracias, hermano... acabame toda, soy tuya!"
Nos quedamos ahí, pegados por el sudor y mi leche, sabiendo que este secreto de sangre nos va a unir para siempre.
hablamos esto
Ella: "¿Estás? No aguanto más... me puse la pollera cortita que te gusta."
Yo: "No me digas eso ahora... ¿qué tenés abajo?"
Ella: "Nada. Me estoy mirando los pies y me acuerdo de cómo me los chupabas. Tengo la concha empapada..."
Yo: "Sos una perra. Sabés que si voy ahora te estampo contra la pared."
Ella: "Vení... quiero que seas un animal. Sos mi hermano y sos el único que me hace chorrear así."
Yo: "Te voy a agarrar del pelo y te voy a obligar a que me mires a los ojos. Te voy a comer entera, desde los pies hasta el cuello, y después te voy a abrir de piernas para entrarte sin nada, sintiendo cómo me apretás."
Ella: "¡Hacelo! Quiero que me rompas toda. Quiero que me des tan duro que me olvide de todo menos de que sos vos el que me está cojiendo."
Yo: "Te voy a llenar de leche. Te voy a acabar tan adentro que vas a sentir que te quema la sangre. Quiero que me grites '¡Hermano, dame más!' mientras te vacío todo el chorro en el fondo."
Ella: "¡SÍ! Acabame adentro, quiero tu leche. Vení ya..."
El Encuentro: Posesión y Fetiche
Llegué al departamento y la tensión se podía cortar con un cuchillo. No hubo tiempo para palabras; la agarré de la nuca y le comí la boca con una rabia que solo nosotros entendemos. Sentir su lengua, ese sabor familiar mezclado con el deseo más prohibido, me puso la pija de piedra al instante.
La tiré en la cama y fui directo a lo que nos vuela la cabeza a los dos: sus pies. Ella sabe que son mi debilidad. Se los empecé a chupar uno por uno, recorriendo cada dedo con la lengua mientras la masturbaba. Ella se arqueaba, clavando las uñas en las sábanas y gimiendo bajito para que no nos escucharan los vecinos.
Cuando finalmente se la mandé, sin forro, el gemido que pegó fue desgarrador. La cojí con una violencia contenida de años. En cada estocada, le subía las piernas hasta mis hombros para poder chuparle los dedos de los pies mientras la penetraba.
Era una locura de sensaciones: el calor de su concha apretándome, el sabor de su piel en mi boca y sus gritos de "¡Hermano, seguí, chupame más fuerte!". La combinación de olores y ese sentimiento de estar haciendo algo "sucio" me volaron la mente.
Al final, la di vuelta, le abrí las piernas al máximo y la miré fijo a los ojos. Estaba ida. Justo cuando sentí que me venía el orgasmo, le metí la pija lo más profundo que pude y le vacié toda mi leche bien al fondo, bien adentro del útero. Ella se arqueó, me abrazó con una fuerza animal y me gritó al oído:
"¡Gracias, hermano... acabame toda, soy tuya!"
Nos quedamos ahí, pegados por el sudor y mi leche, sabiendo que este secreto de sangre nos va a unir para siempre.
0 comentarios - Secreto con mi Hermana: Pies, sexo y leche (Relato real)