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Me garcho a mi suegra en Pinamar (4)

Capítulo 4: El último rugido de la costa
Las palabras de Mariela en la cocina habían quedado flotando en el aire como una promesa eléctrica: "Si vuelvo a cruzar ese límite... no voy a saber frenar". Esa tarde, la última en Pinamar, el aire estaba pesado, cargado de una electricidad que solo nosotros entendíamos. El plan era despedir las vacaciones en los médanos de la frontera, viendo la puesta de sol.
Llegamos en las dos chatas. Claudio manejaba la principal, con Mariela de copiloto y nosotros atrás. El sol de la tarde le daba a la piel de mi suegra un tono bronceado que me hacía doler la vista; llevaba un vestidito playero blanco transparente que dejaba ver perfectamente los hilos de su bikini. Martina, ajena al incendio que yo cargaba encima, se colgó de mi cuello apenas bajamos.
Marti— "Mirá qué lindo, Fede... me encanta estar así, todos juntos".
Asentí, pero mis ojos se desviaron hacia el cuerpo de Mariela. Ella estaba de espaldas, bajando una heladerita, y el movimiento hizo que su vestido se subiera, dejando a la vista sus cola firme. Claudio destapó un champagne y el estallido del corcho rompió el silencio. Al brindar, los dedos de Mariela rozaron los míos sobre la copa de plástico. Fue un chispazo. Ella me sostuvo la mirada un segundo más de lo debido, desafiante, como diciendo: "¿Te vas a animar?".
Al caer el sol, el frío bajó de golpe. Empezamos a juntar todo. Martina se adelantó con su hermano y su cuñada hacia el otro auto para ganar asientos. Claudio estaba ocupado cerrando el baúl de la otra camioneta, renegando con una de las reposeras que se había trabado. Yo me quedé atrás, y Mariela aprovechó el rincón de sombra que formaba la chata para acorralarme.
M— "No tientes a la suerte, Federico", me siseó al oído mientras pasaba por mi lado, pero sus dedos me apretaron el brazo con fuerza.
F— "No es suerte, Mari. Es que no puedo dejar de pensar en lo que me dijiste. ¿Qué pasa si no frenás?"
Ella se enderezó de golpe. Estábamos ocultos por la carrocería. Me agarró del cuello de la remera y me estampó contra la puerta. Me besó con una furia animal, una mezcla de hambre y desesperación. Sus manos bajaron directo a mi entrepierna, apretando mi pija sobre la bermuda con una fuerza que me hizo soltar un gemido ahogado. Yo le levanté el vestido, buscando el calor de su piel, pero el ruido de la puerta del baúl de Claudio nos obligó a separarnos en seco.
C— "¡Eh! ¿Qué hacen? ¡Vamos que se nos enfría el asado!" —gritó Claudio.
M— "¡Ya vamos, pa! Fede me estaba ayudando con una astilla que se me clavó en el pie", mintió ella con una frialdad de actriz profesional.

El viaje de vuelta fue un suplicio de tensión. Llegamos a la casa, cenamos el último asado entre risas y anécdotas, pero yo no podía dejar de mirar sus labios. Después de comer, puse la excusa de que necesitaba caminar para bajar la comida. Salí a la calle oscura del barrio cerrado, pero a los pocos metros escuché unos pasos rápidos. No era Martina. Era ella.
M— "Claudio se fue a duchar y los chicos pusieron una película", me dijo recuperando el aliento. "Me dijeron que te traiga las llaves de la casa que 'te habías olvidado'".
Me tomó de la mano y me arrastró hacia una zona de pinos cerrados, detrás de una casa en construcción, donde el olor a cemento fresco lo inundaba todo. Apenas quedamos entre las sombras, se dio vuelta y me estampó contra una pared de ladrillos huecos.
M— "No me mires con esa cara de santito. Me estuviste provocando todo el día con ese bulto marcado en la malla", siseó mientras me bajaba el cierre de la bermuda con una violencia que me encendió.
F— "Vos sos la que no puede dejar de mirar, Mari. Te encanta saber que me tenés así".
Nos besamos como animales. Mis manos fueron directo a su cola, le levanté el vestido y confirmé mis sospechas: no llevaba tanga. La piel de sus cola estaba fresca por el sereno del bosque, pero su concha era un volcán. La di vuelta, apoyándola contra los ladrillos ásperos, y me bajé los pantalones. Me encontré con esa cola perfecta y firme que me había obsesionado todo el viaje.
F— "Si gritás, nos escuchan todos, suegrita...", le susurré separando sus labios húmedos con mis dedos.
M— "Entonces haceme callar de una vez, carajo", me retó.
La metí de un solo impulso, seco y profundo. Mariela soltó un quejido que ahogó mordiéndose el antebrazo para no gritar. El sonido de nuestros cuerpos chocando, ese clap, clap rítmico y húmedo, retumbaba en la obra vacía. Le agarré el pelo, tirándole la cabeza hacia atrás, y ella empezó a pedirme más con una voz rota, sucia, irreconocible.
M— "¡Así, pendejo... rompeme toda! Cogete a la mamá de tu novia... ¡Ay, Dios, qué grande la tenés, me hacés mierda!".
La di vuelta de nuevo para tenerla de frente. La alcé y ella me rodeó la cintura con sus piernas fuertes, hundiendo sus uñas en mi espalda. Sentir sus tetas operadas, calientes y apretadas contra mi pecho mientras la taladraba en el aire fue el pico de las vacaciones. Me buscaba la boca, me mordía el cuello, dejando marcas que mañana tendría que ocultar.
Cuando sentí que iba a explotar, se lo dije al oído:
F— "Te voy a llenar toda, Mari... mirame".
M— "¡Sí, llename! Que me quede tu leche hasta Buenos Aires... ¡toda para mí!".
Me descargué con una violencia que me dejó temblando, chorreando su interior mientras ella apretaba las piernas y terminaba de explotar, gimiendo mi nombre en un susurro quebrado que se perdió entre los pinos.
M— "Vestite rápido", dijo ella apenas recuperó el aire, recomponiéndose con una velocidad asombrosa mientras se limpiaba con un pañuelo. "Mañana salimos temprano. No quiero ni una sola mirada rara en la camioneta, ¿entendido?".
Volvimos por separado. Entré diez minutos después, haciéndome el que venía de una caminata larga. Martina estaba en el sillón.
Marti— "¡Al fin llegás! Mamá también salió a buscarte pero dice que no te encontró".
Miré a Mariela, que estaba sentada al lado de Claudio, tomándose un té con una calma aterradora. Me guiñó un ojo de forma casi imperceptible mientras le acariciaba el pelo a su marido. Esa noche dormí al lado de Martina, pero mi cuerpo todavía sentía el calor de su madre. Sabía que el viaje de vuelta mañana, con nosotros dos en el asiento de atrás y sus padres adelante, iba a ser un infierno de roces prohibidos bajo la manta.

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