
Los hombres se acercaban ahora, formando un círculo más apretado alrededor de ellas. El salón se llenaba con el sonido de respiraciones pesadas y el roce de telas al desabrocharse, mientras el aroma masculino —colonia cara, sudor fresco y el leve almizcle de excitación— se hacía más denso, envolviéndolas como una niebla caliente. Diálogos flotaban en el aire, variados y cargados de deseo, voces graves que cortaban el ritmo de la música.
—¿Quieres tocar? —preguntó Verónica a Raúl, su voz ronca y baja, mientras guiaba su mano grande hacia su teta liberada. Los dedos de él se cerraron alrededor de la carne suave y pesada, apretando con firmeza que hizo que el globo se deformara bajo la presión, el pezón oscuro endureciéndose aún más contra la palma cálida. Verónica sintió cómo la carne se hundía bajo esos dedos, un calor que se extendía desde el pecho hasta su vientre y hacía que su coño se contrajera con un pulso profundo, liberando un chorrito tibio que empapó la braguita hasta que la tela se pegó completamente a los labios hinchados.
—Muéstrame más de ese coño tuyo —pidió un invitado a Alejandra, su voz áspera mientras sus ojos se clavaban en la falda corta que ya se había subido lo suficiente para insinuar la humedad entre sus muslos. Pero ella negó con una sonrisa provocadora, los labios carnosos curvándose en una mueca juguetona que contrastaba con el rubor que le subía por el cuello.
—Aún no. Primero, disfruten el baile.
El ritmo se intensificaba, toques que se volvían caricias deliberadas: manos ásperas recorrían los muslos gruesos de Verónica, dedos separando ligeramente la carne para rozar la piel interior donde el sudor y la humedad se mezclaban en un brillo pegajoso. Otros dedos rozaban los pezones expuestos, pellizcándolos con suavidad que hacía que Verónica arqueara la espalda, sus pechos elevándose y temblando con cada contacto. El roce de miembros endurecidos contra sus cuerpos era constante: uno presionaba contra la cadera de Verónica, la tela de los pantalones húmeda por el líquido preseminal que goteaba a través, dejando un rastro caliente y viscoso que se transfería a su falda. Ella frotó sus pechos contra el torso de Raúl con más fuerza, sintiendo cómo el miembro grueso palpitaba contra su cadera, el glande hinchado dejando más líquido preseminal que empapaba la tela y se filtraba hasta su piel.
Finalmente, Raúl las guio al sofá central, donde se sentaron rodeadas por el círculo de cuerpos. Los hombres se acercaron más, desabrochando pantalones con movimientos rápidos y seguros. Miembros erectos saltaron libres: gruesos, venosos, algunos goteando líquido preseminal desde la punta brillante, el olor salino y almizclado invadiendo el espacio entre ellas. Verónica tomó uno de ellos entre sus pechos pesados, apretándolos con fuerza para envolverlo por completo. La carne suave y pesada lo envolvió como un guante caliente, el miembro deslizándose entre el valle profundo mientras ella subía y bajaba con movimientos lentos y rítmicos. La punta goteante de líquido preseminal rozaba su barbilla con cada ascenso, dejando un rastro pegajoso que bajaba por su cuello y se acumulaba entre sus pechos. Ella inclinó la cabeza y lamió la punta, la lengua recorriendo el glande hinchado con círculos lentos, saboreando el sabor salado y ligeramente amargo que se extendía por su boca.
Alejandra alternaba besos profundos con varios hombres, su lengua explorando bocas ajenas con avidez mientras otros miembros se acercaban a su rostro. Uno de ellos rozaba sus labios carnosos, dejando un hilo de líquido preseminal que ella recogió con la punta de la lengua antes de abrir la boca para recibirlo. Su lengua recorría las venas hinchadas con lentitud, trazando cada relieve mientras succionaba con fuerza, sintiendo cómo el miembro palpitaba contra su paladar y liberaba más líquido preseminal que se acumulaba en su boca y goteaba por las comisuras de sus labios. Otro hombre se posicionó a su lado, frotando su miembro contra su mejilla, el calor y la humedad del líquido preseminal dejando un rastro brillante sobre su piel morena clara.
El salón vibraba con gemidos suaves y respiraciones aceleradas, el sonido de piel contra piel, de succión húmeda y de miembros deslizándose entre pechos y bocas. Verónica miró a su hija por encima del hombro de Raúl, una conexión silenciosa de complicidad brillando en sus ojos: un reconocimiento mutuo de que el placer ya no era solo una transacción, sino algo que las unía en el centro de ese caos creciente. Sus cuerpos temblaban con cada roce, cada lamida, cada presión, mientras el show se volvía cada vez más adulto, más crudo, más inevitable.
El salón parecía contraerse alrededor de ellas, el aire denso con el aroma de cuerpos calentados y deseo acumulado: una mezcla pesada de sudor masculino, colonia cara evaporada y el olor almizclado que emanaba de sus propios coños húmedos, un perfume crudo que se pegaba a la piel y a la garganta. Verónica y Alejandra permanecían sentadas en el sofá amplio de cuero negro, sus disfraces ahora desabrochados y arrugados, colgando en jirones coloridos que apenas cubrían nada. La tela húmeda se adhería a sus cuerpos como una segunda piel empapada, revelando pieles que brillaban bajo las luces tenues con una capa fina de sudor y fluidos mezclados. Los quince hombres formaban un semicírculo apretado, pantalones bajados o abiertos hasta los tobillos, miembros erectos apuntando como promesas inevitables: venosos, gruesos, algunos goteando líquido preseminal desde las puntas hinchadas que brillaban bajo la luz, el olor salino y ligeramente amargo flotando en el aire cada vez que uno se movía.
El maquillaje de payasa se corría en sus rostros: manchas blancas y rojas que se mezclaban con sudor y lágrimas de placer, convirtiendo sus expresiones en máscaras de placer crudo. Verónica sentía el peso de sus pechos pesados liberados parcialmente, colgando pesados y temblorosos, los pezones oscuros endurecidos por el roce constante de manos ajenas que las habían apretado, pellizcado y lamido hasta dejarlas sensibles y brillantes de saliva. Cada respiración hacía que los globos se elevaran y descendieran, la carne suave chocando contra sí misma con un movimiento lento que enviaba pulsos directos a su coño, donde los labios hinchados se separaban con cada latido, liberando un flujo tibio que goteaba por la hendidura profunda de sus nalgas voluptuosas y empapaba el cuero del sofá debajo de ella.
Alejandra, con su falda corta subida hasta las caderas, notaba la humedad entre sus piernas extendiéndose sin control: la braguita blanca había desaparecido bajo el pliegue de tela arrugada, dejando su coño expuesto al aire cálido del salón. Los labios mayores hinchados brillaban con una capa espesa de su propia excitación, el clítoris protuberante latiendo visiblemente mientras un hilo continuo de humedad descendía por la cara interna de sus muslos tonificados, dejando rastros brillantes que se perdían en las medias de red. Cada vez que apretaba los muslos para contener el flujo, el roce de la carne contra carne enviaba una corriente que la hacía arquear la espalda ligeramente, sus pechos medianos elevándose bajo el top entreabierto, los pezones rosados, duros y sensibles rozando la tela arrugada con cada inhalación acelerada.
Raúl se arrodilló frente a Verónica, su miembro grueso rozando el muslo grueso de ella mientras él lamía el líquido preseminal que goteaba de la punta de otro hombre que ella envolvía con sus pechos. La lengua de Raúl trazaba círculos lentos alrededor del glande hinchado del desconocido, recogiendo el líquido preseminal espeso y brillante antes de que Verónica apretara más sus pechos alrededor del miembro, sintiendo cómo palpitaba entre la carne suave y caliente, el calor del cuerpo de Raúl contra su muslo enviando ondas que se concentraban en su clítoris. El líquido preseminal goteaba abundantemente ahora, dejando hilos viscosos que bajaban por el valle entre sus pechos y se acumulaban en su ombligo, mezclándose con el sudor que corría por su vientre.
Pero el ritmo cambió cuando un invitado sugirió algo más coordinado, su voz ronca cortando el aire cargado.
—Que la madre lama a la hija mientras nosotros las tomamos por detrás —dijo, y varios gruñeron en aprobación.
Verónica, con un vistazo a su hija —una mirada cargada de complicidad, deseo y una ternura protectora que aún sobrevivía en medio del caos—, tomó la iniciativa para guiar la transición.
—Acércate, hija —murmuró Verónica, su voz ronca por los besos previos y los gemidos contenidos, extendiendo una mano hacia Alejandra. Sus dedos temblaban ligeramente al rozar la piel de su hija, el contacto enviando un escalofrío compartido que hizo que ambos coños se contrajeran al unísono, liberando más humedad que goteó sobre el sofá en gotas silenciosas.
Verónica se movió, arrodillándose detrás de su hija en el suelo alfombrado, el cual absorbía el sudor que caía de sus cuerpos en gotas pesadas y calientes. La alfombra ya estaba oscura en manchas irregulares bajo ellas, empapada de fluidos que se filtraban entre las fibras, un olor almizclado y salino que subía desde el piso y se mezclaba con el calor que emanaba de sus pieles. Verónica se inclinó hacia adelante, separando las piernas de Alejandra con gentileza pero con firmeza, sus manos grandes deslizándose por los muslos tonificados de su hija hasta abrirlos lo suficiente para exponer el coño completamente. Los labios mayores hinchados brillaban con una capa espesa de humedad propia, el clítoris protuberante latiendo visiblemente bajo la luz tenue, rosado y sensible. Verónica extendió la lengua para lamerlo con lentitud deliberada, la punta plana recorriendo la longitud de la hendidura desde la entrada hasta el clítoris, recogiendo el sabor salado y dulce de la excitación fresca de su hija. El líquido se extendía en su boca, tibio y ligeramente ácido, haciendo que Verónica cerrara los ojos por un instante mientras su propio coño se contraía en respuesta, liberando un chorrito caliente que goteó por la cara interna de sus muslos gruesos y cayó al suelo en gotas silenciosas.
Alejandra gimió en voz baja, el sonido ronco y bajo escapando de su garganta mientras arqueaba la espalda, su culo en forma de corazón elevándose alto y firme hacia el techo. Las nalgas redondas se separaron ligeramente con el movimiento, revelando la hendidura profunda donde el ano apretado palpitaba con cada lamida de su madre, y el coño expuesto goteaba más profusamente, el líquido descendiendo por los pliegues hinchados hasta acumularse en la base de su clítoris antes de caer en hilos brillantes sobre la alfombra. Varios hombres se posicionaron detrás de Verónica, sus miembros erectos rozando la piel sudorosa de sus nalgas voluptuosas. Uno de ellos, con manos firmes y callosas, aferró las nalgas grandes, separándolas con fuerza para exponer el coño y el ano de Verónica, ambos brillantes de humedad y dilatados por la excitación. Entró por detrás con una embestida lenta pero profunda, el miembro grueso abriendo los labios hinchados y hundiéndose hasta la base en su coño húmedo, estirándola con un calor abrasador que se expandía por su vientre y hacía que sus pechos colgaran más pesados, balanceándose con cada impulso. El glande rozaba las paredes internas con cada retirada, dejando un rastro de líquido preseminal que se mezclaba con su propia humedad y goteaba por sus muslos en chorros espesos.
Otro hombre se unió rápidamente, turnándose con precisión: salía uno con un sonido húmedo de succión, entraba el siguiente de inmediato, cada embestida más profunda que la anterior, cada miembro dejando un rastro abundante de líquido preseminal que se acumulaba en la entrada de su coño y bajaba por sus nalgas en riachuelos calientes que empapaban la alfombra debajo. El culo de Verónica temblaba con cada impacto, las nalgas voluptuosas rebotando en oleadas suaves que hacían que la carne se separara y volviera a unirse con un sonido rítmico y obsceno.
Alejandra, inclinada hacia adelante para recibir los miembros en su boca, chupaba con avidez alternada. Su lengua recorría las venas hinchadas de uno con movimientos largos y lentos, trazando cada relieve pulsante antes de cerrar los labios alrededor del glande y succionar con fuerza, sintiendo cómo el líquido preseminal se acumulaba en la punta y se derramaba en su boca en gotas espesas y saladas. Luego pasaba al siguiente, la lengua girando alrededor del glande antes de hundirlo hasta la garganta, la saliva mezclada con líquido preseminal goteando por su barbilla y cayendo sobre sus pechos medianos, donde se acumulaba en el valle entre ellos y bajaba por su vientre plano. El sonido de succión húmeda se mezclaba con los golpes rítmicos contra el culo de Verónica, creando un eco constante que llenaba el salón junto con los gemidos bajos y las respiraciones aceleradas de los hombres.
—Sigue lamiendo así… me hace sentir tan llena —susurró Alejandra, su voz entrecortada por el miembro que empujaba contra su garganta, las palabras saliendo roncas y húmedas mientras otro glande rozaba sus labios, dejando un hilo de líquido preseminal que ella recogió con la lengua antes de abrir la boca para recibirlo por completo. Su coño se contraía con cada lamida de su madre, los músculos internos apretándose alrededor de nada mientras la lengua de Verónica exploraba más profundo, lamiendo los pliegues internos y succionando el clítoris hinchado con delicadeza que hacía que sus nalgas temblaran y más humedad se derramara sobre la boca de su madre.
Verónica respondió con una pasada más insistente de su lengua, explorando los pliegues hinchados de su hija con la punta plana y lenta, abriéndolos para llegar al interior rosado y caliente donde la humedad se acumulaba en abundancia. Saboreaba cada gota que fluía de Alejandra, el sabor salado y dulce intensificándose con cada lamida profunda que hacía que los músculos internos de su hija se contrajeran alrededor de nada, apretando y liberando más líquido que se derramaba directamente sobre su boca abierta. Verónica succionaba el clítoris hinchado con delicadeza al principio, luego con más fuerza, la lengua girando en círculos pequeños que hacían que Alejandra temblara de pies a cabeza. Mientras tanto, su propio cuerpo se sacudía con cada penetración posterior: el miembro que la llenaba por detrás entraba hasta la base con un golpe sordo, el glande rozando las paredes internas de su coño y presionando contra el punto más sensible, haciendo que sus nalgas voluptuosas rebotaran en oleadas pesadas y que un chorro de su propia humedad se escapara alrededor del miembro, goteando por sus muslos gruesos en riachuelos calientes que se mezclaban con el líquido preseminal que los hombres dejaban al turnarse. El olor a sexo se intensificaba, un aroma musgoso y salino que se pegaba a la piel, impregnaba el cabello y llenaba cada inhalación con el hedor crudo de coños empapados, miembros goteantes y sudor compartido.
Un hombre eyaculó prematuramente sobre el cabello de Verónica, chorros calientes y espesos que se enredaron en sus ondas negras, cayendo en gotas pesadas que resbalaban por su nuca y bajaban por su espalda hasta acumularse en el hueco lumbar antes de deslizarse entre sus nalgas. El semen caliente contrastaba con el sudor frío que ya cubría su piel, pero ella no se detuvo, enfocada en el placer de su hija: su lengua seguía trabajando los pliegues con avidez, lamiendo el clítoris hinchado hasta que Alejandra arqueaba la espalda más, elevando su culo en forma de corazón hacia el techo, las nalgas temblando con cada espasmo.
La secuencia fluía sin pausa, pero pronto Raúl indicó un cambio con un gesto de cabeza y una orden baja. Guiando a Verónica hacia una mesa baja en el centro del salón, la ayudó a tumbarse boca arriba. El mármol frío contrastó brutalmente con su piel ardiente, haciendo que sus pechos pesados se extendieran a los lados, temblorosos y expuestos, los pezones oscuros erguidos como puntas duras que apuntaban al techo, rodeados de areolas anchas que se arrugaban con la sensibilidad extrema. Un hombre se colocó entre sus piernas abiertas, separándolas más con manos firmes en sus muslos gruesos, y se deslizó en su coño con embestidas profundas que hacían que su vientre se contrajera alrededor del miembro grueso. Cada entrada estiraba sus paredes internas hasta el límite, el glande golpeando profundo y enviando ondas de placer que la obligaban a arquear la espalda contra el mármol frío. Otro se arrodilló sobre su pecho, posicionando su miembro entre las tetas, que Verónica apretó con fuerza para frotarlo en movimientos ascendentes y descendentes. La carne suave y caliente envolvió el miembro por completo, el líquido preseminal goteando abundantemente sobre su cuello en hilos espesos y calientes que bajaban hacia su clavícula, dejando rastros pegajosos que se mezclaban con el sudor y el semen ya seco de eyaculaciones previas.
Alejandra se acercó por un lado, besando los labios de su madre con ternura inesperada, sus lenguas entrelazándose en un beso húmedo y salado que sabía a líquido preseminal, sudor y excitación compartida. Las bocas se abrían más, las lenguas se enredaban con avidez mientras la saliva se derramaba por las comisuras y bajaba por sus barbillas. Mientras tanto, Alejandra guiaba manos ajenas hacia su propio coño, dedos gruesos que se hundían en su humedad con facilidad, explorando los pliegues hinchados y rodeando el clítoris con círculos insistentes que la hacían jadear contra la boca de Verónica. Los dedos entraban y salían con ritmo creciente, curvándose para rozar el punto interno sensible, haciendo que su coño se contrajera alrededor de ellos y liberara más líquido que goteaba por su mano y caía sobre la mesa en gotas brillantes.
—Tu piel sabe a nosotros… a todo esto —murmuró Alejandra entre besos, su aliento cálido rozando la mejilla de su madre mientras un dedo se hundía más profundo, curvándose para presionar contra las paredes internas y hacerla temblar. El beso se interrumpía solo para que ambas jadearan, sus bocas abiertas y húmedas, los labios hinchados por la fricción constante, mientras el salón entero parecía latir al ritmo de sus cuerpos entrelazados y penetrados.
Verónica respondió apretando más sus pechos alrededor del miembro, envolviéndolo con fuerza deliberada hasta que la carne suave y pesada lo comprimió por completo entre el valle profundo y caliente. Sintió el pulso acelerado contra su piel, cada latido del glande hinchado transmitiéndose directamente a sus pezones oscuros que rozaban la base del miembro con cada movimiento ascendente y descendente. El líquido preseminal goteaba abundantemente desde la punta, dejando hilos espesos y calientes que se deslizaban por el canal entre sus pechos, acumulándose en su clavícula antes de bajar por su cuello en riachuelos pegajosos que se mezclaban con el sudor y el semen seco de eyaculaciones previas. Mientras tanto, el hombre entre sus piernas aceleraba, golpeando con fuerza que hacía rebotar su culo voluptuoso contra la mesa baja: cada embestida profunda hundía el miembro hasta la raíz, el glande presionando contra las paredes internas de su coño y estirándola hasta el límite, haciendo que sus nalgas grandes se separaran y volvieran a unirse con un sonido húmedo y rítmico. El impacto enviaba ondas por su vientre, contrayendo sus músculos internos alrededor del miembro invasor y liberando chorros tibios de su propia humedad que salpicaban los muslos del hombre y goteaban sobre el mármol frío en charcos brillantes. El salón resonaba con sonidos de piel chocando, gemidos suaves y respiraciones entrecortadas, el olor a sudor ahora dominado por el almizcle espeso de fluidos corporales: coños empapados, líquido preseminal salado y semen fresco que impregnaba el aire como una niebla densa.
Sin romper el flujo, dos hombres fuertes levantaron a Alejandra en el aire, sus brazos musculosos sosteniéndola por las caderas y la espalda con una firmeza que hacía que sus nalgas se separaran ligeramente al elevarla. Uno la penetró de pie, su miembro grueso abriendo los labios hinchados de su coño estrecho con una lentitud inicial que se volvió embestida profunda al hundirse hasta la base. Alejandra envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavando los talones en su espalda mientras su coño se contraía alrededor del grosor invasor, los músculos internos apretando y liberando en pulsos que hacían que más humedad se derramara por la unión de sus cuerpos y bajara por sus muslos tonificados en hilos brillantes. El otro la agarró por detrás, rozando primero la punta caliente contra su culo en forma de corazón, lubricada por el sudor y la humedad que bajaba copiosamente de su coño. Entró lentamente, el glande abriendo el anillo apretado de su ano con una presión constante que la hizo arquearse hacia atrás, los músculos internos cediendo centímetro a centímetro hasta que el miembro se hundió por completo, llenándola con un calor abrasador que se expandía por su vientre y hacía que sus pechos medianos rebotaran con cada movimiento sincronizado de los dos hombres. Las embestidas alternaban en un ritmo perfecto: uno salía mientras el otro empujaba más profundo, creando una fricción constante que estiraba ambos orificios al límite y hacía que su coño y su ano se contrajeran alrededor de los miembros invasores, liberando más humedad que goteaba por sus muslos y caía al suelo en gotas pesadas.
Otros hombres la rodeaban, tocando sus pechos con palmas ásperas que apretaban la carne firme y pellizcaban los pezones rosados hasta hacerlos doler de placer, dejando marcas rojas en la piel morena clara. Bocas hambrientas besaban su cuello, succionando la piel sensible y dejando chupetones que se oscurecían rápidamente, mientras dedos gruesos se hundían en su humedad adicional, frotando el clítoris hinchado con círculos rápidos y presionando contra el punto interno sensible a través de la pared delgada que separaba ambos orificios. Las penetraciones alternaban sin pausa: uno salía con un sonido húmedo de succión, dejando el ano o el coño abierto y palpitante antes de que el otro empujara más profundo, el glande golpeando contra las paredes internas y enviando espasmos que la hacían arquearse más, sus nalgas temblando con cada impacto.
—No pares… llena cada parte de mí —pidió Alejandra, su voz un susurro ronco y entrecortado por el miembro que empujaba contra su garganta, los ojos cerrados en éxtasis mientras lágrimas de placer se mezclaban con el maquillaje corrido en sus mejillas. Su coño y su ano se contraían al unísono alrededor de los miembros que la llenaban, apretando con fuerza que hacía que los hombres gruñeran de placer, mientras más líquido preseminal goteaba de sus puntas y se mezclaba con su propia humedad en un flujo constante que bajaba por sus muslos y empapaba el suelo debajo de ella.
Verónica observaba desde la mesa, su propio placer intensificándose al ver a su hija entregada, los ojos entrecerrados fijos en el cuerpo esbelto de Alejandra que se sacudía en el aire, sostenido por aquellos hombres fuertes. Esa visión hizo que su coño se contrajera con más fuerza alrededor del miembro que la penetraba, impulsándola a mover las caderas hacia atrás con avidez, absorbiendo cada embestida profunda con un apretón interno caliente y húmedo que hacía gruñir al hombre y lo obligaba a hundirse más hasta que sus bolas golpeaban contra sus nalgas voluptuosas.
El grupo se reorganizó en el piso alfombrado, donde Verónica y Alejandra se colocaron a cuatro patas una al lado de la otra, sus cuerpos alineados como en un ritual compartido. Las rodillas se hundían en la alfombra ya empapada, los codos temblando por el esfuerzo mientras sus espaldas se arqueaban en curvas idénticas pero distintas: la de Verónica más ancha y madura, la de Alejandra más esbelta y juvenil. Los hombres rotaban en una cadena fluida y voraz: primero penetraban a Verónica con fuerza, sus manos grandes aferrando sus caderas anchas, clavando los dedos en la carne blanda mientras el miembro grueso entraba en su coño con golpes profundos y rápidos, sintiendo cómo su culo grande absorbía los impactos con oleadas suaves y pesadas de carne caliente que rebotaba contra sus pelvis, las nalgas separándose y uniéndose con cada embestida, dejando que el líquido preseminal y su propia humedad salpicaran hacia atrás en gotas brillantes. Luego pasaban a Alejandra, disfrutando la estrechez de su coño joven que los envolvía como un guante caliente y apretado, el balanceo juguetón de su culo en forma de corazón que se contraía alrededor de ellos con cada entrada, las nalgas firmes temblando en un ritmo rápido y perfecto mientras el miembro se hundía hasta el fondo y salía cubierto de su humedad espesa.
Ellas se tomaban de las manos, entrelazando dedos sudorosos y resbaladizos, las palmas pegadas por el calor compartido, y se miraban a los ojos entre jadeos entrecortados, un lazo invisible fortaleciéndose en medio del caos, una conexión profunda que brillaba más allá del placer físico. Verónica se inclinó hacia su hija, sus pechos pesados colgando pesados y balanceándose con cada embestida, y la besó brevemente en los labios, un toque tierno y húmedo que contrastaba con las penetraciones brutales que sacudían sus cuerpos. Sus lenguas se rozaron apenas un segundo, saboreando el líquido preseminal y el sudor ajeno en la boca de la otra.
—Siento tu calor a mi lado… no me sueltes —dijo Verónica, su voz entrecortada por un gemido suave y ronco cuando un hombre entraba más profundo en su coño, el glande presionando contra ese punto sensible que la hacía temblar entera.
Alejandra respondió apretando la mano con fuerza, sus dedos entrelazados temblando con cada rotación, el cuerpo esbelto sacudiéndose mientras el líquido preseminal goteaba abundantemente por sus muslos tonificados, mezclándose con su propia humedad espesa que bajaba en hilos brillantes hasta la alfombra, formando pequeños charcos bajo ella. Su coño se contraía alrededor de cada miembro que la llenaba, apretando con desesperación mientras el placer la recorría en oleadas que la dejaban sin aliento, los ojos fijos en los de su madre, compartiendo el éxtasis en silencio.
La intensidad subió cuando se acostaron en el piso alfombrado, el cual ya estaba empapado y caliente bajo sus cuerpos. Verónica se tumbó boca arriba primero, el suelo áspero rozando su espalda sudorosa mientras un hombre se colocaba debajo de ella, guiando su miembro grueso hacia la entrada de su coño con una mano firme en su cadera. Entró desde abajo con un movimiento ascendente lento y deliberado, abriendo sus labios hinchados y hundiéndose hasta la base en una sola pasada profunda que la hizo arquear la espalda. Sus pechos pesados se aplastaron contra el pecho velludo de él con cada embestida hacia arriba, la carne pesada y suave comprimiéndose y rebotando con un temblor constante, los pezones oscuros rozando el vello áspero y enviando chispas de placer que bajaban directo a su clítoris hinchado. Otro hombre se posicionó detrás, arrodillándose entre sus nalgas separadas, y penetró su ano con lentitud controlada: la punta caliente presionó contra el anillo apretado, lubricado por el sudor y la humedad que goteaba de su coño, hasta que cedió centímetro a centímetro, llenándola con un calor abrasador que se expandía por su vientre y la hacía contraerse alrededor de ambos miembros al mismo tiempo. El doble llenado la estiraba hasta el límite, las paredes internas de su coño y su ano apretando en pulsos sincronizados que hacían que los hombres gruñeran de placer, mientras chorros tibios de su propia humedad escapaban alrededor del miembro delantero y bajaban por sus muslos gruesos en riachuelos espesos.
Alejandra, a centímetros de distancia, adoptó la misma postura: se tumbó boca arriba sobre la alfombra húmeda, un hombre colocándose debajo para entrar en su coño estrecho desde abajo, el miembro grueso abriendo sus pliegues hinchados y hundiéndose con un movimiento ascendente que la hizo jadear. Sus pechos medianos se elevaron y descendieron con cada impulso, los pezones rosados endurecidos rozando el pecho del hombre en un roce constante que enviaba descargas directas a su clítoris. Otro se posicionó detrás, rozando primero la punta caliente contra su ano apretado, lubricado por la humedad que goteaba copiosamente de su coño, y entró lentamente, estirándola con una presión firme que la hizo arquear la espalda y elevar las caderas. El doble llenado la llenó por completo, los dos miembros moviéndose en un ritmo alternado que hacía que su coño y su ano se contrajeran alrededor de ellos, apretando con desesperación mientras más humedad se derramaba por sus muslos tonificados y caía al piso en gotas brillantes.
Sus gemidos suaves se entremezclaban en un coro íntimo de placer compartido, roncos y entrecortados, resonando en el salón como una sinfonía desordenada. El sudor corría por sus espaldas en riachuelos calientes, gotas que se unían en charcos oscuros en el piso alfombrado, mientras el olor a sexo se volvía abrumador: un velo denso de almizcle crudo, coños empapados, anos dilatados, líquido preseminal salado y semen fresco que impregnaba cada respiración y nublaba los sentidos hasta que el mundo se reducía al calor, al roce y al pulso constante dentro de ellas.
Diálogos fragmentados surgían entre jadeos y gemidos:
—Mueve así… justo ahí, me estiras tanto —indicó Verónica, guiando al hombre debajo con un movimiento circular de caderas que hacía que el miembro en su coño rozara el punto más sensible, mientras el de atrás empujaba más profundo en su ano, la doble presión enviando espasmos que la hacían temblar entera.
Alejandra, sintiendo el pulso doble dentro de su cuerpo, agregó con voz ronca y entrecortada:
—Empuja más… quiero sentirlos chocar dentro.
Sus palabras se perdían en un gemido cuando ambos hombres aceleraron, los miembros moviéndose en un ritmo opuesto que la llenaba y vaciaba alternadamente, el líquido preseminal goteando abundantemente de las puntas y mezclándose con su propia humedad en un flujo constante que bajaba por sus muslos y se acumulaba bajo su culo en forma de corazón. Verónica, a su lado, sentía lo mismo: los dos miembros en su interior chocando a través de la pared delgada que los separaba, cada embestida enviando ondas de placer que la hacían apretar más fuerte, sus pechos rebotando pesados contra el pecho del hombre debajo mientras chorros tibios escapaban de su coño y empapaban todo a su alrededor.
Los hombres comparaban en murmullos entre embestidas, voces graves y entrecortadas que flotaban sobre el ritmo constante de piel contra piel.
—Las tetas de la madre son como almohadas calientes… pero el culo de la hija aprieta como un vicio.
Las palabras se perdían en gruñidos bajos, pero el contraste que señalaban era evidente en cada mirada: los pechos de Verónica colgaban pesados y suaves, envolviendo miembros con una calidez que los hacía desaparecer entre la carne abundante, mientras el culo de Alejandra se contraía alrededor de cada intrusión con una estrechez que arrancaba jadeos roncos de los hombres que la tomaban.
El clímax de esta fase llegó cuando Alejandra se sentó sobre el rostro de un hombre, su coño presionando directamente contra su boca abierta. Los labios hinchados se abrieron contra la lengua insistente que exploraba cada pliegue húmedo, lamiendo desde la entrada dilatada hasta el clítoris hinchado con pasadas largas y firmes que hacían que su cuerpo temblara entero. El hombre succionaba con avidez, la lengua curvándose para penetrar ligeramente la entrada mientras sus manos aferraban sus nalgas en forma de corazón, separándolas para exponer más carne rosada y húmeda. Al mismo tiempo, otro la penetraba desde atrás con embestidas firmes y profundas, el miembro grueso abriendo su ano con cada avance hasta hundirse por completo, el glande presionando contra las paredes internas y creando una fricción abrasadora que se mezclaba con las lamidas frontales. Un tercero se posicionó frente a su rostro, ofreciéndole su miembro erecto que ella tomó hasta el fondo, la garganta acomodándose al grosor con un esfuerzo que hacía que lágrimas de placer se mezclaran con el maquillaje corrido en sus mejillas. La saliva y el líquido preseminal goteaban por su barbilla, cayendo sobre sus pechos medianos que rebotaban con cada impacto simultáneo de los tres hombres.
Verónica hacía lo mismo a un lado: su boca ocupada con un miembro que empujaba profundo, la garganta dilatándose para recibirlo entero mientras succionaba con fuerza, la lengua girando alrededor de las venas hinchadas y recogiendo cada gota de líquido preseminal que se derramaba en su boca. Su coño estaba lleno por otro que entraba y salía con ritmo constante, el glande golpeando contra el fondo y rozando las paredes internas hasta que su humedad espesa salpicaba hacia afuera con cada retirada. Sus pechos rebotaban con cada impacto, pesados y libres, los pezones oscuros rozando contra la piel ajena de los hombres que las apretaban y pellizcaban, dejando marcas rojas en la carne morena cálida mientras chorros de líquido preseminal y saliva se acumulaban en el valle entre ellas y bajaban por su vientre en riachuelos pegajosos.
El salón era un tapiz de movimientos entrelazados: cuerpos chocando con sonidos húmedos y rítmicos, fluidos goteando en charcos oscuros sobre la alfombra ya saturada, gemidos suaves elevándose como una sinfonía desordenada que se mezclaba con gruñidos masculinos y el chapoteo constante de carne contra carne. Verónica y Alejandra intercambiaban miradas cargadas de conexión a través del caos, sus ojos brillando con lágrimas de placer y una complicidad profunda; sus manos se buscaban ocasionalmente, dedos entrelazados sudorosos que se apretaban con fuerza, un recordatorio silencioso de que, en medio de la entrega grupal, seguían unidas por algo más que los cuerpos que las llenaban. El placer se acumulaba en capas gruesas e irresistibles: cada penetración doble estiraba sus orificios hasta el límite, cada lamida exploraba rincones sensibles que las hacían temblar, cada miembro en su boca o entre sus tetas dejaba rastros calientes de líquido preseminal que se mezclaban con su propia humedad y el semen que ya cubría sus pieles en manchas espesas. El grupo no se detenía, extendiendo la escalada con una paciencia voraz que prolongaba el éxtasis, empujándolas una y otra vez hacia ese borde que prometía romperse en cualquier momento, pero que ellas mismas retrasaban con cada contracción, cada lamida, cada mirada compartida que las mantenía unidas en el centro del torbellino.
Verónica y Alejandra, exhaustas pero aún vibrantes de deseo residual, se arrodillaron en el centro del piso alfombrado, sus rodillas hundiéndose en la tela empapada que ya se había oscurecido con manchas irregulares de sudor, humedad y fluidos mezclados. El suelo caliente y pegajoso se adhería a su piel, un recordatorio constante de todo lo que había sucedido, mientras gotas de sudor y semen descendían por sus espaldas y se acumulaban en pequeños charcos bajo ellas. Los quince hombres formaron un círculo apretado alrededor, sus siluetas imponentes proyectando sombras alargadas que se movían como un ritual vivo sobre sus cuerpos desnudos. Los disfraces yacían desechados a un lado, telas coloridas arrugadas y manchadas de líquido preseminal, saliva y humedad, dejando sus cuerpos completamente expuestos: los pechos pesados de Verónica pendiendo pesados y temblorosos, con venas sutiles marcadas por el roce constante de manos y bocas, los pezones oscuros hinchados y erguidos como si aún reclamaran más atención; el culo en forma de corazón de Alejandra elevándose firme y redondo, con huellas rojas de dedos que lo habían aferrado con fuerza, la piel morena clara brillando con una capa espesa de sudor y fluidos que se deslizaban despacio por la hendidura profunda hasta acumularse en la base de sus muslos tonificados.
Los hombres comenzaron a pasar uno a uno, un flujo constante y voraz que iniciaba con penetraciones en las bocas. Verónica abría los labios gruesos y carnosos para recibir el primero, su lengua envolviendo el miembro venoso con movimientos lentos y profundos mientras chupaba con succión firme y húmeda. El glande hinchado rozaba el fondo de su garganta, liberando líquido preseminal espeso y salado que descendía por su barbilla en hilos brillantes y caía sobre sus pechos en gotas calientes que resbalaban por los pezones oscuros y se acumulaban en el valle entre ellos. Cada succión hacía que sus mejillas se hundieran ligeramente, la saliva mezclada con líquido preseminal derramándose por las comisuras de su boca y bajando por su cuello en riachuelos pegajosos que empapaban su pecho.
Alejandra hacía lo mismo al lado, alternando con rapidez y avidez: su boca se cerraba alrededor de uno, los labios carnosos envolviendo el grosor mientras succionaba hasta que el líquido preseminal se acumulaba en su lengua en gotas abundantes y saladas, el sabor inundando su boca antes de pasar al siguiente. Dejaba un hilo viscoso y brillante que conectaba sus labios con la punta reluciente cada vez que se retiraba, la saliva goteando por su barbilla y cayendo sobre sus pechos medianos, donde se mezclaba con el sudor y resbalaba por el contorno firme de sus tetas hasta llegar al vientre plano. Su garganta se dilataba para recibir miembros más gruesos, el esfuerzo haciendo que lágrimas de placer se mezclaran con el maquillaje corrido en sus mejillas, dejando rastros negros y blancos que se perdían en su cuello.
Los toques se extendían por todo: manos ásperas frotaban sus pechos y culos con avidez, dedos gruesos pellizcando pezones endurecidos hasta hacerlos doler de placer, palmas abiertas masajeando la carne suave hasta dejar marcas rojas temporales. Dedos se hundían en pliegues húmedos para estimular con círculos insistentes, rozando clítoris hinchados y penetrando coños y anos ya dilatados, sacando más humedad que descendía por sus muslos en chorros tibios. Verónica sentía cómo un hombre lamía su pezón oscuro con lengua áspera, succionando la punta sensible, mientras otro entraba en su boca, el sabor salado y almizclado inundando sus sentidos y haciendo que su coño se contrajera vacío, liberando más líquido que bajaba por sus nalgas voluptuosas. Alejandra arqueaba la espalda cuando unas palmas ásperas masajeaban su culo, separando las nalgas firmes para que un dedo explorara la entrada posterior, lubricada por la humedad que descendía copiosamente de su coño, el dedo curvándose para presionar contra las paredes internas y hacerla temblar entera mientras su clítoris latía expuesto al aire caliente del salón.
La rotación se intensificaba: ahora penetraban sus coños y anos en turnos fluidos, sin interrupciones, un vaivén constante que mantenía sus cuerpos en tensión perpetua. Un hombre se arrodillaba detrás de Verónica, entrando en su ano con embestidas cortas y precisas que la hacían contraerse alrededor de él con fuerza involuntaria, el anillo apretado dilatándose y cerrándose en pulsos que arrancaban gruñidos bajos del invasor. Cada retirada dejaba el orificio abierto y palpitante, brillando con una mezcla de sudor, líquido preseminal y su propia humedad que descendía despacio por la hendidura profunda de sus nalgas voluptuosas. Al mismo tiempo, otro ocupaba su boca, empujando hasta tocar el fondo de su garganta con un movimiento firme que la obligaba a abrir más los labios, la lengua presionada contra la base venosa mientras la saliva y el líquido preseminal se acumulaban en su boca y se derramaban por las comisuras en hilos espesos que bajaban por su barbilla y caían sobre sus pechos pesados. El líquido preseminal goteaba profusamente por sus barbillas y pechos, mezclándose con el sudor que corría en riachuelos por sus espaldas curvas, dejando rastros brillantes que se perdían entre las nalgas y empapaban la alfombra ya saturada.
Alejandra recibía lo mismo: un miembro grueso en su coño desde atrás, estirándola con calor pulsante que la llenaba hasta el fondo, el glande rozando las paredes internas sensibles y presionando contra ese punto que la hacía arquear la espalda cada vez que entraba. El coño estrecho se contraía alrededor del grosor invasor, apretando con desesperación mientras más humedad espesa escapaba por los bordes y bajaba por sus muslos tonificados en chorros tibios que brillaban bajo las luces tenues. Al frente, chupaba otro miembro con avidez, la boca abriéndose para recibirlo hasta la garganta, la lengua girando alrededor de las venas hinchadas mientras succionaba con fuerza, sintiendo cómo el líquido preseminal se acumulaba en su paladar y se derramaba por su lengua en gotas saladas que tragaba o dejaba escapar por las comisuras. Sus pechos medianos temblaban con cada impacto simultáneo, los pezones rosados endurecidos rozando contra la piel ajena cuando un hombre se inclinaba para pellizcarlos, enviando chispas directas a su clítoris que latía expuesto y sensible.
—Empuja con más fuerza… quiero sentir cada vena —gimió Verónica en voz baja, su aliento entrecortado contra el miembro que salía de su boca, la voz ronca y húmeda mientras lamía la punta antes de que otro tomara su lugar, el sabor salado inundando de nuevo su lengua.
Alejandra, con la voz ronca por la succión constante y los gemidos ahogados, añadió:
—Llena mi garganta… no te contengas ahora.
Los hombres comparaban en murmullos entrecortados, sus voces graves resonando en el salón como un fondo constante al ritmo de los golpes húmedos:
—Su ano aprieta como un puño caliente… pero el coño de la joven es tan estrecho que no quiero salir.
El círculo giraba sin pausa, cada hombre dejando su marca: chorros de líquido preseminal que salpicaban rostros y cabellos, dejando mechones pegajosos y brillantes que se enredaban en las ondas negras de Verónica y en la cascada larga de Alejandra. Algunos eyaculaban prematuramente sobre sus espaldas, semen caliente que caía en gotas espesas y se deslizaba por la curva de sus nalgas, acumulándose en la hendidura antes de gotear hacia el piso. El olor se volvía abrumador, una mezcla densa de semen incipiente, excitación femenina y sudor que nublaba el aire hasta que cada respiración llevaba el sabor salino y almizclado en la lengua. Sonidos de succión húmeda, golpes rítmicos de carne contra carne y gemidos ahogados llenaban el espacio, un coro desordenado que se elevaba con cada rotación, cada entrada profunda que las hacía temblar y contraerse al unísono. Sus cuerpos, cubiertos de una capa brillante de fluidos mezclados, brillaban bajo las luces como si estuvieran untados de aceite, el sudor corriendo por sus espaldas y pechos en riachuelos que se unían en charcos oscuros debajo de ellas, mientras el placer seguía acumulándose sin alivio, prolongando la entrega en un éxtasis que parecía no tener fin.
Sin romper el flujo, el grupo se reorganizó en un arreglo más íntimo. Verónica y Alejandra se colocaron frente a frente, rodillas contra rodillas, sus cuerpos desnudos chocando en el centro del salón con un contacto que era a la vez tierno y eléctrico. La piel sudorosa se pegaba al instante, pechos contra pechos, vientres rozándose en un calor compartido que hacía que cada respiración se sintiera como una caricia. Se besaron con profundidad, lenguas entrelazándose en un baile lento y salado, saboreando el rastro espeso de los hombres en sus bocas: el sabor salino del líquido preseminal, el almizcle de otros coños y anos, la saliva mezclada que aún goteaba por sus barbillas. Las lenguas se enredaban con hambre contenida, explorando paladares y dientes, mientras hilos de saliva se derramaban por sus labios y bajaban por sus cuellos en riachuelos brillantes que se perdían entre sus pechos.
Varias manos las guiaron con firmeza: hombres que se posicionaban detrás de cada una, sus miembros erectos rozando primero la piel caliente de las nalgas antes de alinearse con las entradas húmedas. Penetraron desde atrás al mismo tiempo, los glandes abriendo los labios hinchados de sus coños con una presión lenta que se volvía embestida profunda al hundirse hasta la raíz. Las embestidas comenzaban suaves, permitiendo que sintieran cada centímetro de grosor estirando sus paredes internas, pero ganaban ritmo rápidamente, haciendo que sus cuerpos se movieran hacia adelante en oleadas sincronizadas. Los pechos pesados de Verónica rozaban los pechos medianos de Alejandra en impactos suaves y resbaladizos, la carne pesada aplastándose contra la firmeza juvenil, los pezones oscuros y endurecidos frotándose contra los rosados y sensibles en un roce constante que enviaba chispas directas a sus clítoris hinchados.
El sudor facilitaba el roce, piel contra piel, que generaba un calor compartido casi sofocante, mientras los miembros entraban y salían de sus coños con sincronía casi perfecta. Verónica sentía el grosor estirándola desde atrás, cada embestida enviando ondas que recorrían su culo voluptuoso y lo hacían chocar contra las caderas del hombre con un sonido húmedo y rítmico; las nalgas grandes se separaban y volvían a unirse, la carne temblando en oleadas suaves mientras su coño se contraía alrededor del miembro invasor, apretando con desesperación que arrancaba gruñidos del hombre y liberaba más humedad espesa que descendía por sus muslos gruesos y caía al piso en charcos brillantes. Alejandra, con su figura esbelta temblando, apretaba alrededor del suyo con una estrechez que lo hacía jadear, el coño joven envolviéndolo como un guante caliente y pulsante, cada entrada profunda presionando contra ese punto interno que la hacía arquear la espalda y elevar las caderas, mientras su clítoris rozaba contra el vello púbico del hombre en un roce constante que la llevaba al borde del éxtasis sin llegar a romperlo.
—Mírame… estamos juntas en este fuego —susurró Verónica contra los labios de su hija, sus ojos café profundo sosteniendo la mirada mientras un gemido suave escapaba de su garganta al sentir el miembro empujar más profundo, el glande golpeando contra el fondo de su coño y enviando una corriente que la hacía temblar entera.
Alejandra respondió con un beso más intenso, sus dedos entrelazándose en el cabello húmedo de su madre, tirando ligeramente para acercarla más mientras sus lenguas se enredaban de nuevo:
—Tu calor me envuelve… no me sueltes, sigue moviéndote conmigo.
El beso se profundizó aún más, bocas abiertas y húmedas, lenguas chocando con avidez mientras sus cuerpos se mecían al ritmo de las embestidas simultáneas. Sus coños se contraían al unísono, apretando alrededor de los miembros que las llenaban, liberando chorros tibios de humedad que salpicaban hacia atrás y empapaban los muslos de los hombres. Los pechos de Verónica se aplastaban contra los pechos de Alejandra con cada impulso hacia adelante, la carne pesada rozando la firmeza juvenil en un contacto resbaladizo por el sudor y los fluidos, pezones endurecidos frotándose uno contra el otro en un roce que las hacía jadear dentro del beso. El placer se acumulaba en oleadas compartidas, sus cuerpos temblando juntos, unidos no solo por las manos entrelazadas, sino por el calor que latía entre sus piernas y el deseo que las mantenía pegadas en medio del caos de cuerpos y gemidos que las rodeaba.
Los culos se movían al unísono, el rebote pesado y ondulante de las nalgas de Verónica contrastando con el balanceo firme y preciso de las de Alejandra, cada impacto haciendo que la carne se separara y volviera a unirse con un sonido húmedo y rítmico que resonaba en el salón. Las nalgas voluptuosas de Verónica temblaban en oleadas suaves y amplias, absorbiendo cada embestida hasta que la piel morena cálida se enrojecía por el roce constante, mientras el culo en forma de corazón de Alejandra se contraía con fuerza alrededor de los miembros que la penetraban, las nalgas firmes elevándose y descendiendo en un arco perfecto que hacía que los hombres gruñeran con cada entrada profunda, el glande golpeando contra las paredes internas y liberando más líquido preseminal que se mezclaba con la humedad espesa de sus coños. Fluidos bajaban por sus muslos en riachuelos calientes y brillantes, dejando rastros pegajosos que se unían en el piso en charcos oscuros y viscosos, mientras el aroma se intensificaba con notas de almizcle crudo y sal que impregnaban la habitación, un velo denso que se pegaba a la piel y a la lengua con cada respiración.
El caos culminante llegó cuando las posicionaron tumbadas una sobre la otra: Verónica abajo, su espalda contra el alfombrado empapado que se adhería a su piel sudorosa como una segunda capa caliente y pegajosa; Alejandra encima, sus cuerpos pegados por el sudor y los fluidos acumulados que los unían en un contacto resbaladizo y constante. Los pechos pesados de Verónica se aplastaban contra los pechos medianos de su hija, la carne pesada y suave comprimiéndose con cada movimiento, los pezones oscuros rozando los rosados en un roce continuo que enviaba chispas directas a sus clítoris hinchados. Hombres alternaban penetraciones en sus coños y anos, rotando sin pausa: uno entraba en el coño de Verónica desde un ángulo lateral, el miembro grueso abriendo sus labios hinchados y hundiéndose con embestidas largas que la hacían arquearse contra su hija, el vientre contrayéndose alrededor del grosor mientras chorros tibios de su humedad escapaban por los bordes y salpicaban la piel de Alejandra; otro tomaba el ano de Alejandra, el glande presionando contra el anillo apretado hasta abrirlo por completo, entrando con lentitud inicial que se volvía ritmo feroz, el movimiento haciendo que sus pechos se frotaran contra las tetas de su madre en un roce constante y resbaladizo, la carne juvenil temblando contra la madura en impactos suaves que intensificaban el calor compartido.
Ellas se tocaban mutuamente: manos que recorrían espaldas empapadas, dedos que se hundían en curvas familiares con una ternura posesiva, rozando la piel sensible de las nalgas, deslizándose por la hendidura profunda hasta rozar los orificios dilatados donde los miembros entraban y salían sin descanso. Verónica gimió suavemente al sentir un miembro entrar en su ano mientras otro frotaba contra su coño, el doble estímulo estirándola hasta el límite y enviando espasmos violentos por su cuerpo, los músculos internos contrayéndose alrededor de ambos en pulsos desesperados que hacían que más humedad se derramara por sus muslos y se mezclara con el semen que ya cubría su piel en manchas espesas. Alejandra, con la respiración acelerada y entrecortada, recibía lo mismo: penetraciones alternas que la llenaban por turnos, un miembro saliendo de su coño con un sonido húmedo de succión antes de que otro empujara en su ano, el movimiento sincronizado haciendo que su culo en forma de corazón temblara con cada impacto, las nalgas firmes contrayéndose alrededor del grosor invasor mientras su clítoris rozaba contra el vello púbico del hombre debajo, enviando oleadas de placer que la hacían arquearse más y apretar los dedos en la espalda de su madre.
Sus cuerpos se movían juntos en un ritmo compartido, piel contra piel resbaladiza por el sudor y los fluidos, pechos aplastados una contra la otra en un roce constante que hacía que sus pezones se endurecieran aún más al frotarse, el calor de sus coños y anos unidos por la proximidad enviando vibraciones que se transmitían de una a la otra. Cada embestida las empujaba más cerca, sus gemidos suaves entrelazándose en un coro bajo y ronco, mientras el placer se acumulaba en capas imposibles de contener, sus coños contrayéndose al unísono alrededor de los miembros que las llenaban, liberando chorros tibios que salpicaban y se mezclaban en el piso debajo de ellas.
—No aguanto más… cúbreme con todo lo que tienes —pidió Alejandra, su voz un jadeo fragmentado que salió ronco y entrecortado, casi ahogado por el placer que la recorría en oleadas incontrolables.
Verónica, sintiendo el clímax aproximarse como una marea que subía desde lo más profundo de su vientre, añadió con la voz temblorosa y cargada de urgencia:
—Vénganse sobre nosotras… quiero sentir el calor en cada parte.
Otros hombres se unieron al final, rodeándolas por completo, sus miembros erectos y palpitantes apuntando hacia ellas como armas cargadas. Eyacularon sobre ellas en chorros abundantes y calientes, semen espeso que salía en arcos potentes y caía sobre sus cuerpos expuestos en gotas pesadas y pegajosas. Chorros blancos y calientes cubrieron los pechos pesados de Verónica, resbalando por la carne morena cálida en riachuelos lentos que se acumulaban en el valle profundo entre ellos antes de descender por los costados y gotear desde los pezones oscuros endurecidos, dejando un brillo viscoso que hacía que la piel reluciera bajo las luces tenues. El semen caliente contrastaba con el sudor frío que aún cubría su pecho, haciendo que los pezones se contrajeran aún más, sensibles al punto de doler con cada gota que caía directamente sobre ellos.
Sobre el culo en forma de corazón de Alejandra, el semen se acumulaba en el hueco perfecto de la curva, llenando la hendidura profunda entre las nalgas firmes antes de deslizarse despacio por la piel morena clara, dejando rastros espesos que se unían a la humedad que aún descendía de su coño y su ano dilatados. Gotas pesadas caían desde la parte superior de sus nalgas hasta la base, donde se mezclaban con el líquido preseminal y su propia excitación en un fluido brillante que bajaba por la cara interna de sus muslos tonificados y empapaba la alfombra debajo.
Sobre sus rostros, el semen dejaba rastros pegajosos que se mezclaban con las lágrimas de placer que corrían por sus mejillas, manchando los restos de maquillaje corrido en líneas blancas y espesas que bajaban desde la frente hasta la barbilla. Chorros calientes salpicaban sus labios entreabiertos, goteando dentro de sus bocas abiertas en jadeos, donde lo saboreaban con lenguas que aún temblaban por el placer anterior. El semen se enredaba en sus cabellos húmedos, dejando mechones pegajosos que se adherían a la piel de sus frentes y cuellos, mientras más chorros caían sobre sus espaldas, resbalando por la columna vertebral hasta acumularse en el hueco lumbar antes de deslizarse entre sus nalgas y unirse al desborde que ya cubría sus cuerpos.
Ellas se besaban entre los chorros, labios hinchados y húmedos encontrándose en besos profundos y desesperados, lenguas entrelazándose para saborear el semen ajeno mezclado con su propia saliva, mientras dedos entrelazados se apretaban con fuerza, las palmas resbaladizas por el sudor y los fluidos compartidos. Verónica gimió en voz baja contra la boca de su hija, el sonido ronco y prolongado mientras su cuerpo convulsionaba en oleadas finales, el coño y el ano aún dilatados contrayéndose en espasmos vacíos que liberaban chorros tibios de su propia humedad. Alejandra respondía con gemidos suaves y entrecortados, su culo temblando con cada contracción, los músculos internos apretando alrededor de nada mientras el placer la recorría en pulsos violentos que la hacían arquear la espalda y elevar las caderas, sus pechos medianos presionándose contra las tetas de su madre en un roce resbaladizo y constante.
Sus cuerpos convulsionaban en un éxtasis compartido, temblando al unísono mientras los últimos chorros caían sobre ellas en salpicaduras calientes que cubrían cada centímetro expuesto: pechos, culos, espaldas, rostros, cabellos, muslos. El semen se acumulaba en charcos sobre sus pieles, resbalando despacio por las curvas y uniéndose en gotas pesadas que caían al piso en un sonido suave y constante. Ellas seguían besándose, lenguas explorando con lentitud ahora, saboreando el sabor salado y crudo que impregnaba sus bocas, mientras sus manos recorrían espaldas y caderas con ternura posesiva, dedos hundiéndose en la carne aún temblorosa, prolongando el contacto en medio del desborde que las cubría por completo. El placer residual las mantenía unidas, cuerpos pegados por el sudor, el semen y la humedad compartida, respiraciones entrecortadas sincronizándose en un ritmo lento que parecía no querer terminar.
Exhaustas, cubiertas de fluidos que secaban lentamente en su piel, Verónica y Alejandra se separaron con lentitud, los cuerpos aún temblando por las últimas contracciones del placer que las había atravesado como un incendio. El semen espeso y caliente se adhería a sus pechos, formando costras pegajosas que brillaban bajo las luces tenues del salón; chorros secos cubrían los pezones oscuros de Verónica, endurecidos hasta el dolor, mientras en los pechos medianos de Alejandra el líquido blanco se acumulaba en el valle entre ellos, resbalando despacio hacia el vientre plano antes de gotear sobre el piso ya empapado. Sus coños y anos dilatados palpitaban aún con espasmos residuales, los labios hinchados y enrojecidos goteando una mezcla viscosa de su propia humedad, líquido preseminal y semen que bajaba por los muslos en hilos lentos y brillantes, dejando rastros pegajosos que se enfriaban contra la piel caliente. El culo en forma de corazón de Alejandra temblaba ligeramente al moverse, la hendidura profunda entre las nalgas cubierta de semen que se acumulaba en el hueco perfecto antes de deslizarse hacia abajo, mientras el coño de Verónica, aún abierto y sensible, dejaba escapar gotas espesas que caían al suelo con un sonido suave y obsceno.
Recogieron sus disfraces rotos con manos temblorosas, la tela colorida pegándose a sus cuerpos húmedos como una segunda piel empapada de fluidos: los jirones se adherían a los pechos pesados de Verónica, delineando los pezones endurecidos y los restos de semen que se habían secado en la carne; la falda corta de Alejandra se pegaba a sus muslos, empapada de la mezcla que descendía de su coño y su ano, la tela translúcida marcando cada curva del culo que aún temblaba por los impactos recibidos. El olor era abrumador: semen salado, coños empapados, sudor maduro y juvenil mezclado en un almizcle denso que impregnaba el aire y se pegaba a sus narices, a sus cabellos, a sus lenguas aún hinchadas por la succión constante.
Raúl, aún recuperando el aliento, con el miembro semiblando colgando pesado entre sus piernas y brillando con restos de sus fluidos, les entregó un sobre grueso con el pago extra. Sus ojos verdes brillaban con una satisfacción profunda y posesiva mientras rozaba la mejilla de Verónica con un dedo, dejando un rastro húmedo de líquido preseminal que aún le quedaba en la yema.
—Valió cada peso —dijo él, la voz grave y ronca, mientras su mirada bajaba a los pechos cubiertos de semen de Verónica y luego al coño expuesto de Alejandra, donde un último hilo de líquido preseminal descendía despacio—. Vuelvan cuando quieran. Hay más de donde eso salió.
Ellas asintieron sin palabras, los cuerpos todavía vibrando con el eco del placer, saliendo al amanecer. El sol naciente teñía el cielo de Mazatlán en tonos rosados que contrastaban con la crudeza de sus pieles marcadas: semen seco en escamas blancas sobre pechos y culos, huellas rojas de dedos en muslos y nalgas, labios hinchados y enrojecidos por besos y succiones. En el auto, el silencio era cómplice, pero el olor de sexo aún impregnaba el espacio cerrado, pegándose a los asientos de vinilo y haciendo que cada movimiento enviara un cosquilleo residual entre sus piernas. Sus coños palpitaban con espasmos suaves, los anos dilatados aún sensibles al roce del asiento, mientras el semen seco crujía ligeramente en sus pieles con cada cambio de postura.
Llegaron al departamento y se ducharon juntas. El agua caliente caía sobre sus cuerpos marcados, lavando los rastros de la noche en riachuelos que se volvían lechosos al llevarse el semen acumulado. Verónica abrazó a su hija por detrás, sus pechos pesados y aún sensibles presionándose contra la espalda esbelta de Alejandra, los pezones rozando la piel mojada en un contacto que hacía que ambas temblaran. El agua corría entre sus cuerpos pegados, lavando el semen de sus pechos y vientres, pero dejando un calor residual que hacía que sus coños se contrajeran al unísono. Alejandra giró la cabeza, buscando los labios de su madre en un beso lento y profundo bajo el chorro caliente, lenguas entrelazándose mientras el agua caía sobre sus rostros y se llevaba los últimos restos de maquillaje corrido y semen seco.
—Nunca imaginé esto —murmuró Alejandra, su voz suave y ronca, mientras sus dedos recorrían la curva de los pechos de Verónica, rozando los pezones aún endurecidos.
Verónica sonrió con cansancio, pero con una chispa de algo nuevo en los ojos, mientras sus manos bajaban por la espalda de su hija hasta aferrar su culo en forma de corazón, apretando la carne firme que aún temblaba por los impactos recibidos.
Una vez secas, Verónica revisó el sobre: billetes suficientes para saldar deudas y más, un fajo grueso que olía a papel nuevo y a la promesa de un respiro. Pero el teléfono vibró en la mesita. Un mensaje de número desconocido, con una foto adjunta: ellas en el clímax, cuerpos entrelazados y cubiertos de semen espeso, pechos aplastados una contra la otra, coños y anos dilatados y brillantes, rostros con expresiones de éxtasis puro.
El texto decía: Lo que vi en la fiesta me encantó. Madre e hija entregadas sin reservas, curvas que no se olvidan. Si un día quieren follar profesionalmente, con pago asegurado y discreción total, contesten este mensaje. Hay clientes que pagarían mucho por repetir algo así.
Ver?
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