Siempre supe que el lugar de mi hermana era bajo mi mando. Todo empezó con esos juegos de medianoche; yo entraba a su cuarto y la buscaba entre las sábanas. Ella se quedaba inmóvil, fingiendo un sueño profundo, pero yo sentía cómo su respiración se cortaba y cómo su cuerpo se encendía mientras mis manos la recorrían. Sabía que no estaba dormida, y ella sabía que yo lo sabía.
Hoy, ese juego es nuestra adicción. Lo que más me calienta es la previa: seguido me manda fotos que me paralizan el corazón. Imágenes de sus pies perfectos, de sus dedos hundiéndose en su humedad o de su pecho marcado por el deseo. Me las manda con mensajes cortos que me recuerdan quién es el único dueño de su intimidad.
Cuando finalmente la tengo frente a mí, me busca con esa voz suave que me desarma y me susurra al oído:
—"Hermanito... ya no aguanto más. Necesito sentirte de verdad, no solo en fotos."
La puse en mi posición favorita: boca arriba, con sus piernas levantadas y apoyadas sobre mis hombros. Desde ahí tengo la vista perfecta de su mirada de entrega total. Mientras le recorría la piel, ella mordía su labio y me mostraba la lengua, gimiendo bajito:
—"Mirame, hermano... mirá cómo me tenés. Haceme lo que quieras, soy tuya por sangre y por elección."
No hubo espacio para la delicadeza. La poseí con la fuerza de años de deseo acumulado, sintiendo esa conexión que nos quema a los dos. Ella clavaba sus uñas en mis brazos y, entre jadeos, me pedía el final que sella nuestro pacto:
—"Cojeme fuerte, hermano... Llename todo lo que puedas. Quiero sentir tu leche bien adentro mío, que no quede rastro de nadie más. Marcame."
Al terminar, después de vaciarme en ella, la obligué a quedarse así, con las piernas arriba, para verla chorreando . Ella me miró con una sonrisa cómplice y me dijo:
—"Gracias, hermanito... deberíamos hacerlo más seguido ."
Hoy, ese juego es nuestra adicción. Lo que más me calienta es la previa: seguido me manda fotos que me paralizan el corazón. Imágenes de sus pies perfectos, de sus dedos hundiéndose en su humedad o de su pecho marcado por el deseo. Me las manda con mensajes cortos que me recuerdan quién es el único dueño de su intimidad.
Cuando finalmente la tengo frente a mí, me busca con esa voz suave que me desarma y me susurra al oído:
—"Hermanito... ya no aguanto más. Necesito sentirte de verdad, no solo en fotos."
La puse en mi posición favorita: boca arriba, con sus piernas levantadas y apoyadas sobre mis hombros. Desde ahí tengo la vista perfecta de su mirada de entrega total. Mientras le recorría la piel, ella mordía su labio y me mostraba la lengua, gimiendo bajito:
—"Mirame, hermano... mirá cómo me tenés. Haceme lo que quieras, soy tuya por sangre y por elección."
No hubo espacio para la delicadeza. La poseí con la fuerza de años de deseo acumulado, sintiendo esa conexión que nos quema a los dos. Ella clavaba sus uñas en mis brazos y, entre jadeos, me pedía el final que sella nuestro pacto:
—"Cojeme fuerte, hermano... Llename todo lo que puedas. Quiero sentir tu leche bien adentro mío, que no quede rastro de nadie más. Marcame."
Al terminar, después de vaciarme en ella, la obligué a quedarse así, con las piernas arriba, para verla chorreando . Ella me miró con una sonrisa cómplice y me dijo:
—"Gracias, hermanito... deberíamos hacerlo más seguido ."
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