
Era otro atardecer en el barrio obrero de Houston, donde el sol se hundía detrás de las casas bajas como un disco de fuego que se negaba a apagarse, dejando el aire cargado de un calor pegajoso que hacía que cada respiración se sintiera como un esfuerzo. Yo, Albert, con mi playera ya empapada de sudor del día en la oficina, me detuve en el borde del patio compartido, mi corazón latiendo con una mezcla de rabia contenida y terror puro. La confesión de Yessica la noche anterior me había dejado despierto hasta el amanecer, reproduciendo en mi mente cada detalle que ella había soltado entre sollozos. Su voz temblorosa, sus lágrimas calientes cayendo sobre mi pecho mientras yo la abrazaba en la cama, rogándole que me contara la verdad. “Por favor, amor, dime qué pasó. No puedo vivir con esta incertidumbre”, le había suplicado, mi mano acariciando su espalda curvada, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba como un arco a punto de romperse.
Al final, cedió, sentada en el borde de la cama con las manos apretadas en puños, sus ojos negros hinchados por el llanto. “Está bien, Albert, pero no hagas nada estúpido. Discutí con ese viejo porque llegó borracho y tiró su basura en nuestro lado del patio. Botellas vacías, latas de cerveza, todo regado como si fuera su maldito basurero. Le grité que lo recogiera, que ya estaba harta de sus porquerías. Él se rio, esa risa ronca y asquerosa, y me dijo: ‘¿Qué vas a hacer, morena? Soy un macho de verdad, no podrías conmigo’. Me puse furiosa, Albert, le apunté con el dedo en el pecho, empujándolo un poco, diciéndole que era un viejo inútil y que se largara. Pero él… él tomó mi mano con fuerza, como si fuera nada, y puso su otra mano en mi cuello. No apretó mucho, pero fue suficiente para que me quedara quieta, congelada por el miedo.”
Sus lágrimas empezaron a fluir más fuerte entonces, rodando por sus mejillas morenas, y yo sentí un nudo en la garganta, imaginando la escena: mi Yessica, tan fuerte y fogosa, atrapada por ese monstruo. “Dijo… ‘Es hora de que tengas tu primera lección’, y me dio la vuelta como si fuera una muñeca. Me puso el brazo alrededor del cuello, no para asfixiarme, pero sí para controlarme, y pegó su cuerpo al mío. Olía a alcohol rancio y sudor viejo, Albert, era repugnante. Me susurró al oído: ‘Métete a tu casa, puta, o yo lo haré’. Yo, con el corazón en la boca, le contesté ‘Vete a la mierda, apestoso viejo’, tratando de sonar valiente, pero mi voz temblaba. Acto seguido, empezó a nalguearme con la mano abierta, golpes fuertes que ardían a través de mis leggings. Me tomó del brazo y me arrastró hacia nuestra casa, como si fuera una niña rebelde.”
Yessica se cubrió la cara con las manos, sollozando más alto, y yo la abracé, mi propia rabia hirviendo por dentro, pero mezclada con esa excitación enferma que no podía controlar, esos pensamientos cuckold que me asaltaban como fantasmas. “Me metió a la fuerza, cerró la puerta de un portazo y siguió nalgueándome. Se sentó en el sofá, ese sofá donde vemos películas juntos, y me jaló hacia él. Me colocó encima de sus rodillas como a una niña castigada, Albert. Bajó mis leggings con todo y tanga, exponiendo mi culo desnudo, y empezó a darme nalgadas más fuertes. Gritaba, forcejeaba, le decía que lo denunciaría con la policía, que era un abusador. Pero él… él se rio y dijo que sus contactos en la pandilla podrían dañarnos, que mejor me quedara quieta y callada. Tuve mucho miedo, amor, pensé en ti, en nosotros, en lo que podría pasar si lo provocaba más. Después de un rato de nalgadas, que me dejaron el culo rojo y ardiendo, acercó su nariz a mi nalga y… y me dio un beso allí, diciendo ‘Pero qué peste a coño tienes, quítate perra, esta es la primera lección’. Luego se levantó, me empujó al sofá y se largó, como si nada.”
Yo
Me enfurecí en ese momento, quise salir corriendo a confrontarlo, a golpearlo, a hacer algo que demostrara que era un hombre. “¡Hijo de puta! ¡Voy a matarlo!”, grité, poniéndome de pie, pero Yessica me detuvo, agarrándome del brazo con fuerza. “¡Déjalo así, amor! Ya veremos qué hacemos. Cambiemos de casa o algo, no quiero que te pase nada. Ese viejo es peligroso.” Sabía que era imposible; esta casa era lo único que podíamos permitirnos con mi sueldo de contador y sus trabajos esporádicos como manicurista. Mudarnos significaría deudas, inestabilidad, y el barrio era lo que conocíamos. Asentí, la besé en la frente, pero por dentro, la tormenta rugía.
Al día siguiente, después de un turno interminable en la oficina donde los números en la pantalla se desdibujaban con imágenes de Don Braulio y Yessica, decidí armarme de valor. Yessica había ido a visitar a su madre en el otro lado de la ciudad, para “despejarse”, dijo, y yo aproveché el momento. Caminé hacia el patio compartido con los puños apretados, repitiendo en mi mente lo que le diría: que se mantuviera alejado, que si tocaba a mi esposa otra vez, llamaría a la policía, que no le tenía miedo. Pero al llegar, lo vi allí, en su lado del patio, sentado en una silla plegable oxidada bajo un toldo improvisado de lona. No estaba solo. Dos hombres más, viejos como él, con la misma aura de ex pandilleros, lo acompañaban. Uno era flaco, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, tatuajes en el cuello que decían “Northcombs 4 Life”, y una sonrisa torcida que mostraba dientes amarillentos. El otro era más robusto, con una cabeza rapada y gafas oscuras, brazos cruzados sobre una barriga similar a la de Don Braulio, y un anillo de calavera en el dedo medio.
Me detuve en seco, el valor evaporándose como el sudor en mi frente. Ellos me miraron, y yo solo atiné a decir “Buenas tardes”, mi voz saliendo más como un susurro que como un saludo firme. Los dos hombres intercambiaron miradas y sonrieron, esa clase de sonrisa que sabe más de lo que dice. “Ey, qué tal, wero”, dijo el flaco, inclinándose hacia adelante, su acento chicano grueso y burlón. El robusto soltó una risita y agregó: “Sí, wero, ¿todo bien por aquí?” Don Braulio, con una cerveza en la mano y esa expresión de depredador dormido, me miró de arriba abajo, evaluándome como siempre. “Ven, wero, tómate un trago con nosotros. Ellos son mis amigos que me quedan de Northcombs, no temas, únetenos. Estamos recordando viejos tiempos, nada más.”
Me quedé allí, paralizado, sintiendo cómo el miedo me clavaba los pies al suelo. Los Northcombs… las historias que había oído en el barrio eran legendarias y aterradoras: tiroteos en las calles de los 80, guerras territoriales con pandillas rivales, robos a mano armada que terminaban en sangre. Estos tipos no eran solo viejos borrachos; eran reliquias de un mundo violento que yo solo conocía por rumores. “No… no gracias, Don Braulio. Solo venía a… eh, a saludar. Tengo cosas que hacer”, balbuceé, retrocediendo un paso, mi mente gritando que corriera, pero mi cuerpo moviéndose con lentitud torpe. El flaco se rio de nuevo, un sonido seco y áspero. “Mira al wero, parece que vio un fantasma. ¿Qué pasa, carnal? ¿Tu morena te mandó a espiarnos?” El robusto asintió, tomando un sorbo de su cerveza. “Sí, esa morena tuya es un volcán, eh. Braulio nos ha contado un par de cosas. Ven, siéntate, no mordemos… mucho.”
Don Braulio levantó la mano, silenciándolos con un gesto casual, pero su sonrisa ladina no desapareció. “Déjenlo, carnales. El wero es buena gente, solo un poco tímido. ¿Verdad, Albert? Si cambias de idea, la cerveza está fría.” Asentí rápidamente, murmurando un “Claro, gracias” antes de darme la vuelta y caminar de regreso a mi casa, mis piernas temblando como si hubiera escapado de una trampa. Cerré la puerta detrás de mí, apoyándome en ella, el corazón martilleando en mi pecho. ¿Qué había contado Don Braulio sobre Yessica? ¿Sus “lecciones”? La idea me revolvió el estómago, pero también avivó esa llama perversa en mi interior, imaginando a esos tres viejos hablando de ella, de su cuerpo, de lo que había pasado.
Yessica volvió esa noche, cansada pero con una sonrisa forzada, llevando una bolsa de compras de su madre: mangos frescos y plátanos para hacer un batido. “¿Cómo te fue, amor? ¿Todo bien aquí?”, preguntó, besándome en la mejilla, su perfume dulce mezclándose con el olor a humo de la ciudad. No le conté sobre el encuentro; no quería preocuparla más, o tal vez no quería admitir mi cobardía. “Bien, nada nuevo”, mentí, ayudándola a guardar las frutas, mis ojos inevitablemente bajando a su culo prominente mientras se agachaba frente al refrigerador, los leggings ajustados delineando cada curva. Esa noche, en la cama, la abracé más fuerte de lo usual, sintiendo su calor contra mí, pero mi mente estaba en otro lugar: en Don Braulio y sus amigos, en lo que podría venir después. El barrio parecía más pequeño, más asfixiante, y yo me sentía como un peón en un juego que no entendía.
Los días siguientes transcurrieron en una tensa normalidad. Yessica evitaba el patio compartido tanto como podía, saliendo solo para tender la ropa o regar las plantas, siempre mirando de reojo hacia la casa de al lado. Yo notaba cómo su paso se aceleraba, cómo su vaivén hipnótico parecía más cauteloso, como si temiera atraer atención no deseada. En el trabajo, me distraía constantemente, tecleando números erróneos, imaginando escenarios donde confrontaba a Don Braulio solo, o peor, donde él volvía por más “lecciones”. Una tarde, al regresar, encontré una nota en la puerta: una lata de cerveza vacía clavada con un clavo, y un papel arrugado que decía “Saludos del barrio, wero. No olvides el trago pendiente”. Era de él, obviamente, una provocación sutil que me heló la sangre.
Esa misma noche, mientras cenábamos tacos que Yessica había preparado –su especialidad dominicana con un toque texano–, oímos risas fuertes del patio de Don Braulio. Sus amigos estaban de nuevo allí, la música ranchera a volumen moderado pero audible, el humo de una barbacoa flotando en el aire. Yessica se tensó, su tenedor deteniéndose a medio camino. “Otra vez esos viejos. ¿Qué estarán tramando?”, murmuró, sus ojos fijos en la ventana. Yo tragué saliva, sintiendo el peso de mi inacción. “No sé, amor. Tal vez solo estén pasando el rato.” Pero por dentro, sabía que era más que eso. El barrio susurraba, Margaret me había mirado con lástima esa mañana desde su porche, y yo me preguntaba cuánto tiempo más podría ignorar la tormenta que se avecinaba. Yessica me tomó la mano sobre la mesa, su tacto cálido pero urgente. “Prométeme que no harás nada solo, Albert. Esperemos, quizás se calme.” Asentí, pero en mi mente, los pensamientos oscuros giraban: ¿y si no se calmaba? ¿Y si la “primera lección” era solo el comienzo?
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