Hola que tal, como van, aqui otro capitulo mas de esta saga, espero que le gusten, esta por acabar, ademas viene otra serie de relatos mucho mas exoticos, apoyen con sus puntos y comenten, saludos 🔥

El aire en la oficina olĂa a cafĂ© quemado, papel viejo y sudor rancio. El ventilador del techo zumbaba monĂłtono, removiendo el mismo calor pesado sin refrescar nada. Mi escritorio era un caos de facturas y nĂşmeros rojos. El telĂ©fono vibraba sin parar con acreedores cuya voz ya me resultaba familiar. El jefe pasaba lanzándome miradas que no necesitaban palabras. Hace unas semanas yo era el jefe. TenĂa oficina con ventana al parque, empleados que me saludaban con respeto, reuniones donde mi palabra era ley. El olor a madera pulida de mi escritorio, el clic de la puerta cuando alguien entraba nervioso a pedirme algo… ahora era yo quien bajaba la mirada, quien firmaba informes inĂştiles, quien sentĂa el peso de la derrota en cada paso. Mientras tecleaba nĂşmeros sin sentido, mi mente volvĂa a Ana. Ayer le habĂa gritado en la discusiĂłn sobre la bancarrota, echándole la culpa por gastos “innecesarios” cuando era yo quien no vio venir el desastre. Recordaba sus ojos vidriosos, los labios temblando, la forma en que se mordiĂł la mejilla para no llorar. Su voz quebrada
ANA- No soy yo la que fallĂł, Diego.
Y yo, en vez de abrazarla, la ignore. Ese eco aĂşn me retumba en la cabeza. Me detuve, manos quietas sobre el teclado. El monitor parpadeaba con nĂşmeros rojos.
DIEGO PENSANDO- ÂżCuándo dejĂ© de ser el hombre que la hacĂa reĂr bajo la lluvia?
El nudo en el pecho se apretĂł más. Me sentĂa un fracaso como esposo, un hombre que no podĂa proteger ni proveer a la mujer que amaba. El reloj marcaba las 5:15 p.m. El jefe ya se habĂa ido. El silencio era peor que el ruido. ApaguĂ© el monitor, agarrĂ© mi chaqueta hĂşmeda y salĂ. El pasillo olĂa a desinfectante barato y cafĂ© frĂo. Afuera, el cielo gris y cargado, el aire hĂşmedo anunciando lluvia. El olor a asfalto mojado y humo de autos me golpeĂł al abrir la puerta. No conduje directo a casa de Marco. No querĂa enfrentar a Ana con las manos vacĂas. Di vueltas sin rumbo, el motor viejo ronroneando con esfuerzo, los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. TerminĂ© en un parque pequeño, bancos oxidados y árboles inclinados. AparquĂ© y me sentĂ© bajo la lluvia incipiente, ignorando el frĂo que calaba la ropa. El olor a tierra hĂşmeda y hojas podridas subĂa del suelo. MirĂ© al cielo, nubes oscuras arremolinándose como mis pensamientos. QuerĂa cambiar. QuerĂa luchar por ella.

El mensaje saliĂł antes de que pudiera pensarlo dos veces. Lo enviĂ© y guardĂ© el telĂ©fono como si quemara. La mentira era pequeña, pero pesaba como plomo en el pecho. No estaba en camino. Estaba aquĂ, sentado en un banco oxidado de un parque olvidado, bajo una lluvia que caĂa lenta y triste, como lágrimas que nadie recoge. El olor a tierra mojada subĂa del suelo, mezclado con hojas podridas y el humo lejano de alguna chimenea que ya nadie encendĂa. Las gotas golpeaban el banco con un plic-plic rĂtmico y monĂłtono, como un reloj que contaba el tiempo perdido. El frĂo calaba hasta los huesos, pero no era solo el agua, era el frĂo de dentro, ese que se instala cuando sabes que fallaste y no hay forma de volver atrás. La chaqueta se pegaba a la piel, pesada y oscura, y cada gota que resbalaba por mi cara parecĂa llevarse un poco más de mĂ. El parque estaba desierto, los árboles inclinados bajo el peso del agua, las hojas caĂdas formando un tapiz marrĂłn y muerto. El cielo era una masa gris uniforme, sin un solo rayo de luz que rompiera la penumbra. Todo era gris: el banco, el suelo, el aire, mi ánimo. Me quedĂ© mirando al cielo, sintiendo cĂłmo la lluvia me lavaba la cara y no podĂa lavar la culpa. RecordĂ© noches en que Ana y yo nos sentábamos en el balcĂłn de nuestra antigua casa, mirando las estrellas, su cabeza en mi hombro, el olor a su pelo mezclado con el jazmĂn del jardĂn. Ahora no habĂa estrellas, solo nubes que ocultaban todo. Entonces apareciĂł Ă©l, un señor mayor, abrigo raĂdo y descolorido, sombrero chorreante que parecĂa llevar el peso de muchos años. Caminaba despacio, pasos pesados y cansados, como si cada uno le recordara algo perdido. Se sentĂł en el banco con un suspiro largo y profundo, un sonido que parecĂa salir del fondo del alma. No dijo nada al principio. SacĂł un cigarrillo arrugado, lo encendiĂł con manos temblorosas —el encendedor chasqueĂł varias veces antes de prender— y el humo se elevĂł lento, gris, melancĂłlico, mezclándose con la lluvia como un recuerdo que se disuelve. El olor acre del tabaco mojado llegĂł hasta mĂ, nostálgico y triste, como el aroma de una casa vacĂa donde alguien se fue hace mucho.

Él levantĂł la vista. Sus ojos grises, hundidos, tenĂan esa profundidad de quien ha llorado mucho y ya no le quedan lágrimas.
SEĂ‘OR MAYOR- DĂa gris, Âżverdad? —dijo, voz ronca, casi un susurro que se perdĂa en la lluvia
AsentĂ, el agua resbalando por mi cara, frĂa y sin consuelo.
DIEGO- Todos los dĂas son grises cuando miras atrás y ves lo que dejaste escapar
RespondĂ, la voz quebrada, casi inaudible. Él expulsĂł humo que se disolviĂł en el aire hĂşmedo.
SEĂ‘OR MAYOR- Mi mujer solĂa decir que la lluvia limpia el alma. Yo creo que solo la moja. La moja y la deja más frĂa.
Hizo una pausa. El cigarrillo crepitaba débilmente bajo la lluvia, un sonido pequeño y triste.
SEĂ‘OR MAYOR- Hace doce años que se fue. No por otra, no por dinero. Por mĂ. Por no saber callarme cuando debĂa hablar. Por no abrazarla cuando gritaba. Por dejar que el orgullo se comiera el amor. Ahora la casa huele a vacĂo. Huele a tabaco, a cafĂ© frĂo y a recuerdos que no se van. Cada vez que enciendo uno de estos, siento que la estoy llamando… y ella no contesta.
Sus palabras cayeron pesadas, como gotas que golpean un tejado viejo. Le contĂ©. No sĂ© por quĂ©, pero le contĂ©. La bancarrota, las deudas, cĂłmo Ana y yo nos habĂamos perdido en el camino. CĂłmo le gritaba por cosas pequeñas porque no podĂa gritarle al mundo. CĂłmo la Ăşltima vez que la abracĂ© de verdad fue hace meses, y ni siquiera lo recordaba bien. CĂłmo su risa ya no sonaba en casa, solo suspiros y silencios. El nudo en la garganta se hizo más grande mientras hablaba, la voz temblando con cada recuerdo. Cuando terminĂ©, Ă©l apagĂł el cigarrillo en el suelo mojado con un siseo triste.
SEĂ‘OR MAYOR- Hijo… el amor no muere de golpe. Se enfrĂa poco a poco. Se enfrĂa cuando dejas de mirarla a los ojos. Cuando respondes con monosĂlabos. Cuando el "te quiero" se convierte en un mensaje en vez de un beso en la nuca. Yo lo dejĂ© enfriar. Y cuando quise prenderlo otra vez, ya solo quedaban cenizas y frĂo.
Hizo una pausa larga. La lluvia golpeaba más fuerte, el sonido llenando el silencio entre nosotros como un llanto silencioso.
SEÑOR MAYOR- Recuerdo una noche —siguió, voz más baja, casi rota—. Ella me pidió que la acompañara a ver las estrellas. Yo estaba cansado, dije "mañana". Ese "mañana" nunca llegó. Ahora miro las estrellas solo, y cada una me recuerda lo idiota que fui. Cada una es un "lo siento" que nunca dije.
Me quedĂ© callado. El agua me chorreaba por la cara, mezclándose con algo que no eran solo gotas de lluvia. El frĂo me calaba los huesos, pero era el frĂo del alma lo que más dolĂa.
DIEGO- ¿Qué hago? —pregunté, casi un susurro ahogado.
Él me miró fijo, ojos grises llenos de una tristeza antigua.
SEÑOR MAYOR— Ve a casa. No con flores ni promesas grandes. Ve con la verdad. Dile que te equivocaste. Que la descuidaste. Que la amas y que estás dispuesto a cambiar, no con palabras, con hechos. Y cuando te mire con desconfianza, no te enojes. Acéptalo. El perdón no se exige, se gana con tiempo.
Hizo otra pausa, el humo de su Ăşltimo cigarrillo ya disipado.
SEÑOR MAYOR- Y si te rechaza… al menos sabrás que lo intentaste. Que no te rendiste como yo.
Me dio una palmada en el hombro, mano frĂa y arrugada, pero firme.
SEÑOR MAYOR- Ve, hijo. Antes de que sea demasiado tarde.
Me levantĂ©. El frĂo de la lluvia ahora se sentĂa diferente, como un empujĂłn triste pero necesario. CaminĂ© hacia el auto, el agua chorreando por mi chaqueta como lágrimas que nadie limpia. El frĂo me calaba los huesos, pero ahora era un frĂo que empujaba, que decĂa "no esperes más". CaminĂ© hacia el auto, pisando charcos que salpicaban con un splash splash triste, el olor a tierra mojada y hojas podridas persistiendo como un recuerdo que no se va. El señor me mirĂł desde su banco, cigarrillo apagado entre los dedos, y levantĂł la mano en un gesto saludo. "Suerte, hijo", murmurĂł, voz ronca perdida en la lluvia. El olor dulce cortaba el aroma hĂşmedo de la tormenta. EncendĂ el motor. Esta vez sĂ iba en camino. Y esta vez no mentĂa. Di marcha atrás, el limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. En el camino, encontrĂ© una tiendita de esquina aĂşn abierta, luces amarillas parpadeando bajo la tormenta. EntrĂ©, el timbre de la puerta tintineando dĂ©bil, el olor a flores frescas mezclándose con el de pan rancio y dulces envueltos. Con el poco dinero que me quedaba —apenas unas monedas sueltas que tintineaban en mi bolsillo—, comprĂ© un ramo de rosas rojas. PĂ©talos suaves y fragantes, gotas de lluvia brillando en ellos como joyas tristes, el tallo áspero y verde contra mi palma frĂa.
DIEGO- Para mi esposa, dije al vendedor, voz baja. Él sonrió:
VENDEDOR- Nada como flores para arreglar un mal dĂa.
Las coloquĂ© en el asiento del pasajero, el olor dulce y fresco cortando el aroma hĂşmedo de la tormenta. Conduje hacia casa, la lluvia golpeando el parabrisas como metralla, el sonido rĂtmico de los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado, el olor a rosas invadiendo el auto como una promesa de renovaciĂłn. Pero antes de llegar, en medio de la tormenta, vi a una chica en la acera

llorando bajo la lluvia, empapada hasta los huesos. Pelo castaño pegado a la cara como algas hĂşmedas, ropa chorreando agua que formaba charcos a sus pies, hombros temblando de frĂo y sollozos. Me detuve, el motor ronroneando bajo, bajĂ© la ventana, el viento hĂşmedo golpeándome la cara, el olor a lluvia y asfalto mojado intensificándose
DIEGO- Oye… no te quedes ahĂ, vas a enfermar. Entra al auto, te llevo a donde sea.
Ella levantĂł la vista, ojos rojos e hinchados como heridas abiertas, dudĂł un segundo, el agua resbalando por su cara mezclado con lágrimas saladas. El olor a lluvia y perfume dulce entrĂł al auto cuando abriĂł la puerta, goteando agua en el asiento como un rĂo pequeño, el tapiz absorbiĂ©ndola con un sonido suave y absorbente.
DESCONOCIDA- Gracias… no sĂ© quĂ© hago aquĂ
Dijo, voz temblorosa, entrecortada, el frĂo haciendo que sus dientes castañetearan, el sonido clac clac como un cĂłdigo de dolor. Le preguntĂ© quĂ© pasaba, el auto avanzando lento bajo la lluvia torrencial, el sonido de las gotas martilleando el techo como un tambor incesante. Ella se abriĂł como un dique roto, las palabras saliendo entre sollozos ahogados.
DESCONOCIDA- Soy una idiota… me equivoquĂ©. Me equivoque con una persona que darĂa todo por mi, nose que me pasa lo tenia todo con el, amor, paz, estabilidad y por una simple noche de seducciĂłn, y unas copas de mas, le puse los cuernos, sabiendo que es la mejor persona del mundo. ÂżCĂłmo pude? Lo amo, pero lo traicionĂ©. Fui una tonta, discutimos por nada y ahora… ahora lo perdĂ todo. Me siento sucia, rota. Cada vez que pienso en Ă©l, me duele aquà —se tocĂł el pecho—, como si me arrancaran algo vivo.
DESCONOCIDA- ÂżTĂş cĂłmo haces para seguir cuando sabes que la heriste asĂ?

Me sentĂ identificado, el volante frĂo bajo mis palmas sudorosas.
DIEGO- Yo también… con mi esposa. No cuernos exactamente, pero la descuidé. Las deudas nos matan, pero soy yo el que falló. Le grité ayer por cosas que no eran su culpa. La vi llorar y no la abracé. Ahora no sé cómo mirarla a los ojos. Me siento un fracaso.

Ella me miró, ojos brillantes de lágrimas.
DESCONOCIDA- ÂżCĂłmo lo haces? ÂżCĂłmo sigues adelante cuando sabes que la heriste asĂ? ÂżCĂłmo le dices "lo siento" cuando sientes que no basta?
Respiré hondo, el olor a rosas dulces cortando la humedad del auto.
DIEGO— No lo sĂ© todavĂa. Pero hoy un señor muy sabio me dijo algo que no puedo sacarme de la cabeza: "El amor se enfrĂa poco a poco. No lo dejes apagar". Me hablĂł de su mujer, de cĂłmo la dejĂł ir por orgullo. De cĂłmo ahora mira las estrellas solo, recordando noches que nunca volvieron. Me dijo que vaya a casa con la verdad, sin excusas. Que la abrace aunque me rechace. Que el perdĂłn se gana con tiempo, no con palabras.
Ella asintiĂł, el agua goteando de su pelo al asiento con un plic plic suave.
DESCONOCIDA— La persona que te digo... yo... Ă©l me ayudĂł anoche. Estaba mal, me recogiĂł, me consolĂł. Pero yo… vi algo que no era, me puse celosa, le gritĂ©, salĂ furiosa. No pasĂł nada, pero lo tratĂ© como si fuera el peor. Ahora me arrepiento tanto… cada vez que pienso en su cara cuando me fui, me muero un poco más. ÂżCĂłmo le digo que lo extraño? ÂżQue me equivoquĂ©? ÂżQue darĂa lo que fuera por volver atrás?
Le contĂ© más. Le hablĂ© de Ana, de cĂłmo su risa ya no sonaba en casa, de cĂłmo la Ăşltima vez que la abracĂ© de verdad fue hace meses. De cĂłmo el "te quiero" se habĂa convertido en mensajes frĂos.
DIEGO —¿Y tĂş? —pregunté—. ÂżQuĂ© harĂas si pudieras volver atrás?
Ella suspirĂł, el sonido tembloroso.—Le dirĂa la verdad desde el principio. Le dirĂa que me siento insegura, que tengo miedo de perderlo. Que lo amo tanto que a veces me asusto. Que no quiero lastimarlo nunca más. Le pedirĂa que me perdone, aunque sĂ© que no lo merezco. Y si no me perdona… al menos sabrĂa que fui honesta.
AsentĂ, el limpiaparabrisas chirriando, el sonido hipnĂłtico.
DIEGO —Ese señor me dijo algo más: "No esperes a que sea tarde". Creo que tiene razón. Voy a casa a decirle todo. A abrazarla aunque me rechace. A empezar de nuevo, aunque sea desde cero.
Ella me mirĂł, ojos brillando con algo nuevo.
DESCONOCIDDA— ¿Y si no te perdona?
DIEGO— Entonces vivirĂ© sabiendo que lo intentĂ©. Que no me rendĂ.
Hizo una pausa larga.
DESCONOCIDA —Gracias… por escucharme. Nadie me habĂa escuchado asĂ en mucho tiempo. Me haces sentir… menos sola por cierto, me llamo VALERIA.
Le sonreà débil.
DIEGO— Tú también. Me haces sentir que no soy el único idiota que arruinó algo bueno. Mucho gusto Diego
MirĂł el ramo de flores en el asiento.
VALERIA— ¿Son para ella?
DIEGO— Si para ella. Para Ana. No sé si bastarán, pero es un comienzo.
Ella tocó un pétalo con dedo tembloroso.
VALERIA— Son hermosas. Ella va a ver que te importa. Que estás intentando. Y si no lo ve… al menos sabrás que lo hiciste.
La conversación siguió, el auto avanzando lento bajo la tormenta. Hablamos de errores pequeños que se convierten en grandes, de cómo el orgullo nos ciega, de cómo el "lo siento" cuesta tanto cuando más se necesita. Al final, la invité:
DIEGO- Ven a casa. Cámbiate, toma algo caliente. Mi hermano y mi esposa están allĂ, no estás sola. Te dejo en tu casa despuĂ©s.
Ella aceptĂł, y conduje los Ăşltimos minutos en silencio, el ramo de flores ahora compartiendo asiento con una desconocida que sentĂa lo mismo que yo, el olor a lluvia, perfume y esperanza invadiendo el auto. Avanzamos un par de cuadras cuando su expresiĂłn corporal empezĂł a impasientarse, como si sintiera algo raro, llegamos me baje del auto y cuando saco mis llaves y las itroduzco en la cerradura, giro la chapa ella dice
VALERIA- Conozco este lugar

Ana cerrĂł la puerta del cuarto con un bang seco y profundo que retumbĂł en la casa vacĂa, el eco amplificado por el silencio de la tarde como un trueno lejano que anunciaba tormenta inminente. El corazĂłn le latĂa desbocado, un bum-bum-bum frenĂ©tico y doloroso en el pecho, el pecho subiendo y bajando agitado, los pulmones llenándose de aire caliente y espeso, el sudor pegajoso cubriendo su piel como una capa caliente y resbaladiza, gotas gruesas resbalando lento por su cuello, entre el valle profundo de sus tetas grandes y firmes, dejando rastros salados que se evaporaban en el aire, intensificando el olor a sexo —salado, dulce, almizclado, animal— que impregnaba el cuarto como un perfume prohibido y pegajoso que se pegaba a las paredes, a las sábanas arrugadas, a la piel, invadiendo sus pulmones con cada inhalaciĂłn profunda y temblorosa, un aroma espeso que le hacĂa salivar y apretar los muslos involuntariamente.
Marco estaba allĂ, desnudo, su verga aĂşn semi-dura goteando los Ăşltimos restos de semen de la mamada anterior, perlas blancas y viscosas cayendo con un plic-ploc suave y obsceno al suelo de madera, el cuerpo musculoso brillando con sudor que resbalaba por sus pectorales definidos, surcos de gotas trazando caminos brillantes por los abdominales marcados, el pecho ancho subiendo y bajando con respiraciones pesadas y roncas, marcado por arañazos leves de sus uñas, rojos como heridas frescas que palpitaban con cada latido. La mirĂł con ojos oscuros, hambrientos, casi feroces, el aliento entrecortado saliendo en puffs calientes y hĂşmedos que le rozaban la cara, el olor a su sudor masculino, fuerte y terroso, mezclado con el jabĂłn residual de la ducha y el semen seco en su glande, envolviĂ©ndola como una nube caliente y pesada que le hacĂa la boca agua y el coño palpitar.
MARCO- Ven aquĂ, puta… no me hagas esperar
MurmurĂł, voz ronca y dominante, extendiendo la mano, sus dedos gruesos temblando ligeramente por la adrenalina. Ana dudĂł un segundo, la culpa pinchándole el estĂłmago como una daga frĂa
ANA PENSANDO— Diego está llegando… ÂżquĂ© estoy haciendo? Soy una traidora, una zorra sucia, mi marido me ama y yo aquĂ…
Pero el deseo la arrastrĂł como una corriente imparable, sus jugos ya resbalando por sus muslos internos, calientes y pegajosos, el tacto viscoso recordándole lo mojada que estaba. Se acercĂł, su cuerpo expuesto, tetas grandes y firmes rebotando con cada paso, los pezones duros rozando la tela fina como un roce elĂ©ctrico que enviaba ondas de placer directo a su clĂtoris hinchado. Marco la agarrĂł por la cintura, dedos fuertes hundiĂ©ndose en su carne suave, quemándola, el tacto áspero de sus callos contra su piel sensible.
MARCO- ÂżQuieres que te folle, verdad? Dilo
Gruñó, labios rozando su oreja, aliento caliente y húmedo erizándole la piel del cuello. Ana tragó saliva, voz temblorosa pero cargada de deseo:
ANA- Yo... no se.
MARCO- DILO
ANA PENSANDO- A la mierda
ANA- SĂ… quiero que me folles… me tienes tan mojada… ahh… no puedo parar de pensar en tu verga…
Marco sonriĂł sucio, besándola duro, labios calientes y posesivos, lengua invadiendo su boca como una conquista, sabor a su pre-semen salado mezclado con mi saliva, dulce y amargo, el sonido de succiones hĂşmedas —mmph, slurp, gluck— llenando el cuarto. Sus manos bajaron a su culo, apretando las nalgas redondas y carnosas, dedos hundiĂ©ndose profundo en la carne, separándolas ligeramente, el aire fresco rozando mi ano expuesto, enviando un escalofrĂo que me hizo gemir
ANA- Mmm… sĂ… ábreme….
MARCOS- Te voy a romper este coño, vas a gritar mi nombre aunque Diego esté abajo,
Gruñó, mordiendo su labio inferior, el sabor metálico de sangre mezclándose con saliva. La tiró en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave, el tacto fresco contra mi espalda caliente contrastando deliciosamente.

La tirĂł en la cama, el colchĂłn crujiendo bajo su peso como un lamento, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave y arrugado, el tacto fresco contra su espalda caliente contrastando deliciosamente, enviando escalofrĂos por su espina dorsal. Me abriĂł las piernas de un tirĂłn brusco, rodillas temblando con un leve temblor, el coño expuesto al aire fresco, labios hinchados y brillantes de jugos que resbalaban lentos por mis muslos, el olor a mi excitaciĂłn dulce y salada intensificándose en el cuarto cerrado, un aroma espeso y embriagador que le hacĂa salivar y apretar los muslos. Se posicionĂł entre ellas, verga dura palpitando contra mi entrada con un pulso vivo y caliente, la cabeza bulbosa rozando mi clĂtoris hinchado, enviando ondas de placer que me hicieron arquear la espalda con un gemido ahogado
ANA- Ahh… Marco… sĂ… mĂ©tela ya… por favor….
MARCO- ¿Por favor? Di que eres mi puta… dilo,
Exigió, frotando la cabeza contra mis labios, jugos untándose en su glande.
ANA GRITANDO- Soy tu puta… ahh… soy tu zorra… métela… joder… necesito tu verga dentro…,
GemĂ, voz quebrada de deseo. EmpujĂł lento, el tronco grueso estirándome centĂmetro a centĂmetro, venas pulsando contra mis paredes internas como un latido vivo, el dolor placentero de ser llenada por completo, el tacto caliente y rĂgido invadiĂ©ndome, jugos salpicando con un sonido hĂşmedo —squelch— al entrar. "
ANA- Ahh… qué rico… me estás abriendo… más…



La follĂł en misionero primero, lento pero profundo, cada embestida golpeando su fondo con un thump sordo y vibrante que le hacĂa sentir el impacto en el Ăştero, el sonido hĂşmedo de piel contra piel —slap slap slap— resonando en el cuarto como un ritmo obsceno y pegajoso, el colchĂłn crujiendo con cada movimiento, las sábanas arrugándose más, empapándose de sudor y jugos. El sudor resbalaba por su espalda, gotas gruesas cayendo al colchĂłn con plic plic, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino de Marco, el aire volviĂ©ndose más denso, más caliente, más cargado. Sus tetas rebotaban con cada embestida, pezones duros rozando el pecho de Ă©l, el tacto áspero de su vello pectoral enviando chispas de placer que se sumaban al fuego entre sus piernas.
MARCO- Mmm… quĂ© coño tan apretado y jugoso… ahh… eres mĂa… toma toda mi verga gruesa, puta….
Ana gemĂa bajito, mordiĂ©ndose el labio hasta que sangraba ligeramente, el sabor metálico en mi boca:
ANA- SĂ… fĂłllame asĂ, cabrĂłn… ahh… me estás partiendo en dos… más profundo… joder… ahh… me vengo ya….
El orgasmo la golpeĂł como una ola violenta, ondas explosivas irradiando desde su clĂtoris, paredes internas contrayĂ©ndose alrededor de su tronco con un pulso apretado y caliente, jugos salpicando su verga y abdomen con splash splash splash, el olor a su liberaciĂłn intensificándose, dulce y salado, pegajoso en el aire, el tacto caliente y viscoso empapando todo, el sonido hĂşmedo resonando mientras su cuerpo temblaba, los dedos de los pies curvándose, la espalda arqueándose hasta que los omĂłplatos se separaron del colchĂłn, un gemido ronco y prolongado escapando de su garganta, ahogado en la almohada que mordĂa para no gritar demasiado alto.
MARCO- Ahora cabalga, puta… móntame,




Marco la girĂł con fuerza, colocándola encima en cowgirl, el colchĂłn crujiendo de nuevo, las sábanas empapadas pegándose a su piel. Se montĂł encima, tetas grandes rebotando salvajes con cada movimiento descendente, el sonido de carne moviĂ©ndose —boing boing suave—, manos en su pecho presionando, sintiendo su corazĂłn latiendo rápido bajo sus palmas sudorosas y resbaladizas. El clĂtoris rozaba su pubis velloso y áspero con cada bajada, ondas de placer subiendo por su espina como fuego lĂquido, jugos salpicando sus bolas con squirt squirt squirt, el tacto viscoso empapándolo todo, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino. El orgasmo llegĂł de nuevo, paredes contrayĂ©ndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de Ă©l con plic plic plic.
MARCO- Cabalga mi verga, puta… ahh… sĂ… muĂ©vete más rápido… mmm… quĂ© tetas tan grandes y jugosas…
GemĂa Marco, manos en mis caderas guiándome, dedos hundiĂ©ndose en mi carne, el sudor resbalando por nuestros cuerpos, pegajoso y caliente, gotas cayendo de mis tetas a su pecho con plic plic. AcelerĂ©, el clĂtoris rozando su pubis velloso, ondas de placer subiendo por mi espina:
ANA- Ahh… me corro otra vez… joder… sĂ… tu verga me llena tanto… ahh… puta madre….
Me vine fuerte, el orgasmo llegĂł de nuevo, paredes contrayĂ©ndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de Ă©l con plic plic plic. Me girĂ©, culo redondo y firme hacia Ă©l, nalgas temblando con cada embestida descendente, la verga entrando profundo, golpeando mi punto G con un thump thump que me hacĂa ver estrellas.
ANA- Mira este culo perfecto… ahh… es tuyo… fóllalo… mmm… qué rico se siente…
GemĂa yo, manos en sus muslos para apoyarme, uñas clavadas dejando marcas rojas. Marco agarrĂł mis nalgas, abriĂ©ndolas amplio, viendo cĂłmo su verga desaparecĂa dentro con un sonido hĂşmedo squelch squelch:

MARCO- SĂ… perra… cabalga más duro… ahh… tu coño me aprieta tanto… mmm… me vas a hacer venir….
Me vine otra vez, gritando ahogado:
ANA- Ahh… sĂ... joder… ahh…
El sonido slap slap slap resonando, piel hĂşmeda chocando con fuerza.
MARCO- Toma… toda mi verga… puta… ahh… qué culo tan rico…,
Gruñó, mano en mi pelo tirando fuerte, el tirón doloroso y excitante, mi cabeza hacia atrás.
ANA- SĂ… más fuerte… rĂłmpeme el coño… ahh… cabrĂłn… me vengo de nuevo… ahh…, gritĂ© yo, mordiendo la almohada, el sabor a tela en mi boca. Me vine explosiva, jugos salpicando sus bolas con splash splash, el olor a mi liberaciĂłn llenando la habitaciĂłn.


Nos acostamos de lado, él detrás, verga entrando lenta desde atrás, mano en mi teta apretando el pezón, el tacto áspero enviando chispas.
MARCO- AsĂ… lento… siente cĂłmo te lleno… mmm… puta mĂa…
GemĂa Ă©l, embestidas profundas y circulares.
ANA- Ahh… sĂ… en esta posiciĂłn me toca todo… ahh… no pares… joder…
RespondĂ, ondas pulsantes, jugos empapando las sábanas con un sonido hĂşmedo.
MARCO- Toma… puta… ahh… qué coño tan caliente… mmm…
ANA- SĂ… rĂłmpeme… ahh… ahh…
Me sentĂł en su regazo, cara a cara, piernas alrededor de su cintura, verga entrando profundo mientras nos movĂamos lento, tetas pegadas a su pecho, sudor mezclándose.
MARCO- MĂrame… puta… siente cĂłmo te lleno entero… ahh…
Manos en mi culo levantándome y bajándome.
ANA- Ahh… sĂ… me tienes toda… ahh… joder… sĂ…
Gemà yo, besándolo desesperada, lengua en lengua, sabor a sudor salado y deseo
MARCO- AsĂ… apretado… mmm… quĂ© rico se siente… ahh…, gruñó.
ANA- SĂ… me estás matando… ahh… más… más… ahh…

MARCO- Te voy a llenar… puta… ahh… toma mi leche dentro… sĂ… ahh…
ANA- SĂ… dentro… llĂ©name el coño… ahh… me corro… joder… sĂ… ahh…

Se vino dentro, chorros calientes y espesos llenándome, pulsando profundo, el semen desbordando por mis labios, goteando por mi culo y muslos, el tacto caliente y pegajoso invadiéndome, el olor a semen fuerte y salado mezclado con mis jugos. Se derrumbaron exhaustos, cuerpos entrelazados, sudor pegándolos como pegamento caliente, respiraciones pesadas como jadeos animales, el olor a semen, jugos y sudor espeso en el aire. Marco besó mi cuello, lengua lamiendo sudor salado:
MARCO- No puedo parar… te necesito, ahh….
Yo temblaba, placer aún latiendo en su coño, semen goteando por sus muslos, pero la culpa asomando: Diego… ¿qué hice? Soy una traidora… pero se siente tan bueno… ahh… no quiero parar.El sonido de la puerta principal abriéndose nos congeló. Voces: Diego y… ¿una mujer? Pánico.
MARCO- Mierda… ve tú, finge que no estoy. Saldré por la ventana.
Me arreglé la bata, el semen goteando por mis muslos, el olor persistente. Bajé, el corazón a mil. En la sala: Diego con flores, y... Valeria?, empapada, confundida al verme.

ANA- Tú… ¿qué haces aqu�. Y que diablos haces con mi esposo?. Valeria se sonrojó, avergonzada
VALERIA- Yo… salĂ furiosa anoche. Marco tenĂa razĂłn… no pasĂł nada, fue un malentendido.
Yo, ofendida, en bata y tanga expuesta:
ANA- ¿Por qué mierda volviste?.
Hostil, celosa.
VALERIA- Él me encontró en la lluvia… solo hablamos. Me siento arrepentida por todo.
DIEGO CONFUNDIDO- Ana, la conoces? cálmate… es solo una chica que necesitaba ayuda.
La tensión en el aire, yo sintiendo el semen de Marco dentro, la culpa y los celos quemándome
Continuara....
Gracias por leer nuevamente este relato, espero que les haya gustado, dejenme sus opiniones en los comentarios y sus puntos para continuar
Saludos🔥

El aire en la oficina olĂa a cafĂ© quemado, papel viejo y sudor rancio. El ventilador del techo zumbaba monĂłtono, removiendo el mismo calor pesado sin refrescar nada. Mi escritorio era un caos de facturas y nĂşmeros rojos. El telĂ©fono vibraba sin parar con acreedores cuya voz ya me resultaba familiar. El jefe pasaba lanzándome miradas que no necesitaban palabras. Hace unas semanas yo era el jefe. TenĂa oficina con ventana al parque, empleados que me saludaban con respeto, reuniones donde mi palabra era ley. El olor a madera pulida de mi escritorio, el clic de la puerta cuando alguien entraba nervioso a pedirme algo… ahora era yo quien bajaba la mirada, quien firmaba informes inĂştiles, quien sentĂa el peso de la derrota en cada paso. Mientras tecleaba nĂşmeros sin sentido, mi mente volvĂa a Ana. Ayer le habĂa gritado en la discusiĂłn sobre la bancarrota, echándole la culpa por gastos “innecesarios” cuando era yo quien no vio venir el desastre. Recordaba sus ojos vidriosos, los labios temblando, la forma en que se mordiĂł la mejilla para no llorar. Su voz quebrada
ANA- No soy yo la que fallĂł, Diego.
Y yo, en vez de abrazarla, la ignore. Ese eco aĂşn me retumba en la cabeza. Me detuve, manos quietas sobre el teclado. El monitor parpadeaba con nĂşmeros rojos.
DIEGO PENSANDO- ÂżCuándo dejĂ© de ser el hombre que la hacĂa reĂr bajo la lluvia?
El nudo en el pecho se apretĂł más. Me sentĂa un fracaso como esposo, un hombre que no podĂa proteger ni proveer a la mujer que amaba. El reloj marcaba las 5:15 p.m. El jefe ya se habĂa ido. El silencio era peor que el ruido. ApaguĂ© el monitor, agarrĂ© mi chaqueta hĂşmeda y salĂ. El pasillo olĂa a desinfectante barato y cafĂ© frĂo. Afuera, el cielo gris y cargado, el aire hĂşmedo anunciando lluvia. El olor a asfalto mojado y humo de autos me golpeĂł al abrir la puerta. No conduje directo a casa de Marco. No querĂa enfrentar a Ana con las manos vacĂas. Di vueltas sin rumbo, el motor viejo ronroneando con esfuerzo, los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. TerminĂ© en un parque pequeño, bancos oxidados y árboles inclinados. AparquĂ© y me sentĂ© bajo la lluvia incipiente, ignorando el frĂo que calaba la ropa. El olor a tierra hĂşmeda y hojas podridas subĂa del suelo. MirĂ© al cielo, nubes oscuras arremolinándose como mis pensamientos. QuerĂa cambiar. QuerĂa luchar por ella.

El mensaje saliĂł antes de que pudiera pensarlo dos veces. Lo enviĂ© y guardĂ© el telĂ©fono como si quemara. La mentira era pequeña, pero pesaba como plomo en el pecho. No estaba en camino. Estaba aquĂ, sentado en un banco oxidado de un parque olvidado, bajo una lluvia que caĂa lenta y triste, como lágrimas que nadie recoge. El olor a tierra mojada subĂa del suelo, mezclado con hojas podridas y el humo lejano de alguna chimenea que ya nadie encendĂa. Las gotas golpeaban el banco con un plic-plic rĂtmico y monĂłtono, como un reloj que contaba el tiempo perdido. El frĂo calaba hasta los huesos, pero no era solo el agua, era el frĂo de dentro, ese que se instala cuando sabes que fallaste y no hay forma de volver atrás. La chaqueta se pegaba a la piel, pesada y oscura, y cada gota que resbalaba por mi cara parecĂa llevarse un poco más de mĂ. El parque estaba desierto, los árboles inclinados bajo el peso del agua, las hojas caĂdas formando un tapiz marrĂłn y muerto. El cielo era una masa gris uniforme, sin un solo rayo de luz que rompiera la penumbra. Todo era gris: el banco, el suelo, el aire, mi ánimo. Me quedĂ© mirando al cielo, sintiendo cĂłmo la lluvia me lavaba la cara y no podĂa lavar la culpa. RecordĂ© noches en que Ana y yo nos sentábamos en el balcĂłn de nuestra antigua casa, mirando las estrellas, su cabeza en mi hombro, el olor a su pelo mezclado con el jazmĂn del jardĂn. Ahora no habĂa estrellas, solo nubes que ocultaban todo. Entonces apareciĂł Ă©l, un señor mayor, abrigo raĂdo y descolorido, sombrero chorreante que parecĂa llevar el peso de muchos años. Caminaba despacio, pasos pesados y cansados, como si cada uno le recordara algo perdido. Se sentĂł en el banco con un suspiro largo y profundo, un sonido que parecĂa salir del fondo del alma. No dijo nada al principio. SacĂł un cigarrillo arrugado, lo encendiĂł con manos temblorosas —el encendedor chasqueĂł varias veces antes de prender— y el humo se elevĂł lento, gris, melancĂłlico, mezclándose con la lluvia como un recuerdo que se disuelve. El olor acre del tabaco mojado llegĂł hasta mĂ, nostálgico y triste, como el aroma de una casa vacĂa donde alguien se fue hace mucho.

Él levantĂł la vista. Sus ojos grises, hundidos, tenĂan esa profundidad de quien ha llorado mucho y ya no le quedan lágrimas.
SEĂ‘OR MAYOR- DĂa gris, Âżverdad? —dijo, voz ronca, casi un susurro que se perdĂa en la lluvia
AsentĂ, el agua resbalando por mi cara, frĂa y sin consuelo.
DIEGO- Todos los dĂas son grises cuando miras atrás y ves lo que dejaste escapar
RespondĂ, la voz quebrada, casi inaudible. Él expulsĂł humo que se disolviĂł en el aire hĂşmedo.
SEĂ‘OR MAYOR- Mi mujer solĂa decir que la lluvia limpia el alma. Yo creo que solo la moja. La moja y la deja más frĂa.
Hizo una pausa. El cigarrillo crepitaba débilmente bajo la lluvia, un sonido pequeño y triste.
SEĂ‘OR MAYOR- Hace doce años que se fue. No por otra, no por dinero. Por mĂ. Por no saber callarme cuando debĂa hablar. Por no abrazarla cuando gritaba. Por dejar que el orgullo se comiera el amor. Ahora la casa huele a vacĂo. Huele a tabaco, a cafĂ© frĂo y a recuerdos que no se van. Cada vez que enciendo uno de estos, siento que la estoy llamando… y ella no contesta.
Sus palabras cayeron pesadas, como gotas que golpean un tejado viejo. Le contĂ©. No sĂ© por quĂ©, pero le contĂ©. La bancarrota, las deudas, cĂłmo Ana y yo nos habĂamos perdido en el camino. CĂłmo le gritaba por cosas pequeñas porque no podĂa gritarle al mundo. CĂłmo la Ăşltima vez que la abracĂ© de verdad fue hace meses, y ni siquiera lo recordaba bien. CĂłmo su risa ya no sonaba en casa, solo suspiros y silencios. El nudo en la garganta se hizo más grande mientras hablaba, la voz temblando con cada recuerdo. Cuando terminĂ©, Ă©l apagĂł el cigarrillo en el suelo mojado con un siseo triste.
SEĂ‘OR MAYOR- Hijo… el amor no muere de golpe. Se enfrĂa poco a poco. Se enfrĂa cuando dejas de mirarla a los ojos. Cuando respondes con monosĂlabos. Cuando el "te quiero" se convierte en un mensaje en vez de un beso en la nuca. Yo lo dejĂ© enfriar. Y cuando quise prenderlo otra vez, ya solo quedaban cenizas y frĂo.
Hizo una pausa larga. La lluvia golpeaba más fuerte, el sonido llenando el silencio entre nosotros como un llanto silencioso.
SEÑOR MAYOR- Recuerdo una noche —siguió, voz más baja, casi rota—. Ella me pidió que la acompañara a ver las estrellas. Yo estaba cansado, dije "mañana". Ese "mañana" nunca llegó. Ahora miro las estrellas solo, y cada una me recuerda lo idiota que fui. Cada una es un "lo siento" que nunca dije.
Me quedĂ© callado. El agua me chorreaba por la cara, mezclándose con algo que no eran solo gotas de lluvia. El frĂo me calaba los huesos, pero era el frĂo del alma lo que más dolĂa.
DIEGO- ¿Qué hago? —pregunté, casi un susurro ahogado.
Él me miró fijo, ojos grises llenos de una tristeza antigua.
SEÑOR MAYOR— Ve a casa. No con flores ni promesas grandes. Ve con la verdad. Dile que te equivocaste. Que la descuidaste. Que la amas y que estás dispuesto a cambiar, no con palabras, con hechos. Y cuando te mire con desconfianza, no te enojes. Acéptalo. El perdón no se exige, se gana con tiempo.
Hizo otra pausa, el humo de su Ăşltimo cigarrillo ya disipado.
SEÑOR MAYOR- Y si te rechaza… al menos sabrás que lo intentaste. Que no te rendiste como yo.
Me dio una palmada en el hombro, mano frĂa y arrugada, pero firme.
SEÑOR MAYOR- Ve, hijo. Antes de que sea demasiado tarde.
Me levantĂ©. El frĂo de la lluvia ahora se sentĂa diferente, como un empujĂłn triste pero necesario. CaminĂ© hacia el auto, el agua chorreando por mi chaqueta como lágrimas que nadie limpia. El frĂo me calaba los huesos, pero ahora era un frĂo que empujaba, que decĂa "no esperes más". CaminĂ© hacia el auto, pisando charcos que salpicaban con un splash splash triste, el olor a tierra mojada y hojas podridas persistiendo como un recuerdo que no se va. El señor me mirĂł desde su banco, cigarrillo apagado entre los dedos, y levantĂł la mano en un gesto saludo. "Suerte, hijo", murmurĂł, voz ronca perdida en la lluvia. El olor dulce cortaba el aroma hĂşmedo de la tormenta. EncendĂ el motor. Esta vez sĂ iba en camino. Y esta vez no mentĂa. Di marcha atrás, el limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. En el camino, encontrĂ© una tiendita de esquina aĂşn abierta, luces amarillas parpadeando bajo la tormenta. EntrĂ©, el timbre de la puerta tintineando dĂ©bil, el olor a flores frescas mezclándose con el de pan rancio y dulces envueltos. Con el poco dinero que me quedaba —apenas unas monedas sueltas que tintineaban en mi bolsillo—, comprĂ© un ramo de rosas rojas. PĂ©talos suaves y fragantes, gotas de lluvia brillando en ellos como joyas tristes, el tallo áspero y verde contra mi palma frĂa.
DIEGO- Para mi esposa, dije al vendedor, voz baja. Él sonrió:
VENDEDOR- Nada como flores para arreglar un mal dĂa.
Las coloquĂ© en el asiento del pasajero, el olor dulce y fresco cortando el aroma hĂşmedo de la tormenta. Conduje hacia casa, la lluvia golpeando el parabrisas como metralla, el sonido rĂtmico de los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado, el olor a rosas invadiendo el auto como una promesa de renovaciĂłn. Pero antes de llegar, en medio de la tormenta, vi a una chica en la acera

llorando bajo la lluvia, empapada hasta los huesos. Pelo castaño pegado a la cara como algas hĂşmedas, ropa chorreando agua que formaba charcos a sus pies, hombros temblando de frĂo y sollozos. Me detuve, el motor ronroneando bajo, bajĂ© la ventana, el viento hĂşmedo golpeándome la cara, el olor a lluvia y asfalto mojado intensificándose
DIEGO- Oye… no te quedes ahĂ, vas a enfermar. Entra al auto, te llevo a donde sea.
Ella levantĂł la vista, ojos rojos e hinchados como heridas abiertas, dudĂł un segundo, el agua resbalando por su cara mezclado con lágrimas saladas. El olor a lluvia y perfume dulce entrĂł al auto cuando abriĂł la puerta, goteando agua en el asiento como un rĂo pequeño, el tapiz absorbiĂ©ndola con un sonido suave y absorbente.
DESCONOCIDA- Gracias… no sĂ© quĂ© hago aquĂ
Dijo, voz temblorosa, entrecortada, el frĂo haciendo que sus dientes castañetearan, el sonido clac clac como un cĂłdigo de dolor. Le preguntĂ© quĂ© pasaba, el auto avanzando lento bajo la lluvia torrencial, el sonido de las gotas martilleando el techo como un tambor incesante. Ella se abriĂł como un dique roto, las palabras saliendo entre sollozos ahogados.
DESCONOCIDA- Soy una idiota… me equivoquĂ©. Me equivoque con una persona que darĂa todo por mi, nose que me pasa lo tenia todo con el, amor, paz, estabilidad y por una simple noche de seducciĂłn, y unas copas de mas, le puse los cuernos, sabiendo que es la mejor persona del mundo. ÂżCĂłmo pude? Lo amo, pero lo traicionĂ©. Fui una tonta, discutimos por nada y ahora… ahora lo perdĂ todo. Me siento sucia, rota. Cada vez que pienso en Ă©l, me duele aquà —se tocĂł el pecho—, como si me arrancaran algo vivo.
DESCONOCIDA- ÂżTĂş cĂłmo haces para seguir cuando sabes que la heriste asĂ?

Me sentĂ identificado, el volante frĂo bajo mis palmas sudorosas.
DIEGO- Yo también… con mi esposa. No cuernos exactamente, pero la descuidé. Las deudas nos matan, pero soy yo el que falló. Le grité ayer por cosas que no eran su culpa. La vi llorar y no la abracé. Ahora no sé cómo mirarla a los ojos. Me siento un fracaso.

Ella me miró, ojos brillantes de lágrimas.
DESCONOCIDA- ÂżCĂłmo lo haces? ÂżCĂłmo sigues adelante cuando sabes que la heriste asĂ? ÂżCĂłmo le dices "lo siento" cuando sientes que no basta?
Respiré hondo, el olor a rosas dulces cortando la humedad del auto.
DIEGO— No lo sĂ© todavĂa. Pero hoy un señor muy sabio me dijo algo que no puedo sacarme de la cabeza: "El amor se enfrĂa poco a poco. No lo dejes apagar". Me hablĂł de su mujer, de cĂłmo la dejĂł ir por orgullo. De cĂłmo ahora mira las estrellas solo, recordando noches que nunca volvieron. Me dijo que vaya a casa con la verdad, sin excusas. Que la abrace aunque me rechace. Que el perdĂłn se gana con tiempo, no con palabras.
Ella asintiĂł, el agua goteando de su pelo al asiento con un plic plic suave.
DESCONOCIDA— La persona que te digo... yo... Ă©l me ayudĂł anoche. Estaba mal, me recogiĂł, me consolĂł. Pero yo… vi algo que no era, me puse celosa, le gritĂ©, salĂ furiosa. No pasĂł nada, pero lo tratĂ© como si fuera el peor. Ahora me arrepiento tanto… cada vez que pienso en su cara cuando me fui, me muero un poco más. ÂżCĂłmo le digo que lo extraño? ÂżQue me equivoquĂ©? ÂżQue darĂa lo que fuera por volver atrás?
Le contĂ© más. Le hablĂ© de Ana, de cĂłmo su risa ya no sonaba en casa, de cĂłmo la Ăşltima vez que la abracĂ© de verdad fue hace meses. De cĂłmo el "te quiero" se habĂa convertido en mensajes frĂos.
DIEGO —¿Y tĂş? —pregunté—. ÂżQuĂ© harĂas si pudieras volver atrás?
Ella suspirĂł, el sonido tembloroso.—Le dirĂa la verdad desde el principio. Le dirĂa que me siento insegura, que tengo miedo de perderlo. Que lo amo tanto que a veces me asusto. Que no quiero lastimarlo nunca más. Le pedirĂa que me perdone, aunque sĂ© que no lo merezco. Y si no me perdona… al menos sabrĂa que fui honesta.
AsentĂ, el limpiaparabrisas chirriando, el sonido hipnĂłtico.
DIEGO —Ese señor me dijo algo más: "No esperes a que sea tarde". Creo que tiene razón. Voy a casa a decirle todo. A abrazarla aunque me rechace. A empezar de nuevo, aunque sea desde cero.
Ella me mirĂł, ojos brillando con algo nuevo.
DESCONOCIDDA— ¿Y si no te perdona?
DIEGO— Entonces vivirĂ© sabiendo que lo intentĂ©. Que no me rendĂ.
Hizo una pausa larga.
DESCONOCIDA —Gracias… por escucharme. Nadie me habĂa escuchado asĂ en mucho tiempo. Me haces sentir… menos sola por cierto, me llamo VALERIA.
Le sonreà débil.
DIEGO— Tú también. Me haces sentir que no soy el único idiota que arruinó algo bueno. Mucho gusto Diego
MirĂł el ramo de flores en el asiento.
VALERIA— ¿Son para ella?
DIEGO— Si para ella. Para Ana. No sé si bastarán, pero es un comienzo.
Ella tocó un pétalo con dedo tembloroso.
VALERIA— Son hermosas. Ella va a ver que te importa. Que estás intentando. Y si no lo ve… al menos sabrás que lo hiciste.
La conversación siguió, el auto avanzando lento bajo la tormenta. Hablamos de errores pequeños que se convierten en grandes, de cómo el orgullo nos ciega, de cómo el "lo siento" cuesta tanto cuando más se necesita. Al final, la invité:
DIEGO- Ven a casa. Cámbiate, toma algo caliente. Mi hermano y mi esposa están allĂ, no estás sola. Te dejo en tu casa despuĂ©s.
Ella aceptĂł, y conduje los Ăşltimos minutos en silencio, el ramo de flores ahora compartiendo asiento con una desconocida que sentĂa lo mismo que yo, el olor a lluvia, perfume y esperanza invadiendo el auto. Avanzamos un par de cuadras cuando su expresiĂłn corporal empezĂł a impasientarse, como si sintiera algo raro, llegamos me baje del auto y cuando saco mis llaves y las itroduzco en la cerradura, giro la chapa ella dice
VALERIA- Conozco este lugar

Ana cerrĂł la puerta del cuarto con un bang seco y profundo que retumbĂł en la casa vacĂa, el eco amplificado por el silencio de la tarde como un trueno lejano que anunciaba tormenta inminente. El corazĂłn le latĂa desbocado, un bum-bum-bum frenĂ©tico y doloroso en el pecho, el pecho subiendo y bajando agitado, los pulmones llenándose de aire caliente y espeso, el sudor pegajoso cubriendo su piel como una capa caliente y resbaladiza, gotas gruesas resbalando lento por su cuello, entre el valle profundo de sus tetas grandes y firmes, dejando rastros salados que se evaporaban en el aire, intensificando el olor a sexo —salado, dulce, almizclado, animal— que impregnaba el cuarto como un perfume prohibido y pegajoso que se pegaba a las paredes, a las sábanas arrugadas, a la piel, invadiendo sus pulmones con cada inhalaciĂłn profunda y temblorosa, un aroma espeso que le hacĂa salivar y apretar los muslos involuntariamente.
Marco estaba allĂ, desnudo, su verga aĂşn semi-dura goteando los Ăşltimos restos de semen de la mamada anterior, perlas blancas y viscosas cayendo con un plic-ploc suave y obsceno al suelo de madera, el cuerpo musculoso brillando con sudor que resbalaba por sus pectorales definidos, surcos de gotas trazando caminos brillantes por los abdominales marcados, el pecho ancho subiendo y bajando con respiraciones pesadas y roncas, marcado por arañazos leves de sus uñas, rojos como heridas frescas que palpitaban con cada latido. La mirĂł con ojos oscuros, hambrientos, casi feroces, el aliento entrecortado saliendo en puffs calientes y hĂşmedos que le rozaban la cara, el olor a su sudor masculino, fuerte y terroso, mezclado con el jabĂłn residual de la ducha y el semen seco en su glande, envolviĂ©ndola como una nube caliente y pesada que le hacĂa la boca agua y el coño palpitar.
MARCO- Ven aquĂ, puta… no me hagas esperar
MurmurĂł, voz ronca y dominante, extendiendo la mano, sus dedos gruesos temblando ligeramente por la adrenalina. Ana dudĂł un segundo, la culpa pinchándole el estĂłmago como una daga frĂa
ANA PENSANDO— Diego está llegando… ÂżquĂ© estoy haciendo? Soy una traidora, una zorra sucia, mi marido me ama y yo aquĂ…
Pero el deseo la arrastrĂł como una corriente imparable, sus jugos ya resbalando por sus muslos internos, calientes y pegajosos, el tacto viscoso recordándole lo mojada que estaba. Se acercĂł, su cuerpo expuesto, tetas grandes y firmes rebotando con cada paso, los pezones duros rozando la tela fina como un roce elĂ©ctrico que enviaba ondas de placer directo a su clĂtoris hinchado. Marco la agarrĂł por la cintura, dedos fuertes hundiĂ©ndose en su carne suave, quemándola, el tacto áspero de sus callos contra su piel sensible.
MARCO- ÂżQuieres que te folle, verdad? Dilo
Gruñó, labios rozando su oreja, aliento caliente y húmedo erizándole la piel del cuello. Ana tragó saliva, voz temblorosa pero cargada de deseo:
ANA- Yo... no se.
MARCO- DILO
ANA PENSANDO- A la mierda
ANA- SĂ… quiero que me folles… me tienes tan mojada… ahh… no puedo parar de pensar en tu verga…
Marco sonriĂł sucio, besándola duro, labios calientes y posesivos, lengua invadiendo su boca como una conquista, sabor a su pre-semen salado mezclado con mi saliva, dulce y amargo, el sonido de succiones hĂşmedas —mmph, slurp, gluck— llenando el cuarto. Sus manos bajaron a su culo, apretando las nalgas redondas y carnosas, dedos hundiĂ©ndose profundo en la carne, separándolas ligeramente, el aire fresco rozando mi ano expuesto, enviando un escalofrĂo que me hizo gemir
ANA- Mmm… sĂ… ábreme….
MARCOS- Te voy a romper este coño, vas a gritar mi nombre aunque Diego esté abajo,
Gruñó, mordiendo su labio inferior, el sabor metálico de sangre mezclándose con saliva. La tiró en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave, el tacto fresco contra mi espalda caliente contrastando deliciosamente.

La tirĂł en la cama, el colchĂłn crujiendo bajo su peso como un lamento, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave y arrugado, el tacto fresco contra su espalda caliente contrastando deliciosamente, enviando escalofrĂos por su espina dorsal. Me abriĂł las piernas de un tirĂłn brusco, rodillas temblando con un leve temblor, el coño expuesto al aire fresco, labios hinchados y brillantes de jugos que resbalaban lentos por mis muslos, el olor a mi excitaciĂłn dulce y salada intensificándose en el cuarto cerrado, un aroma espeso y embriagador que le hacĂa salivar y apretar los muslos. Se posicionĂł entre ellas, verga dura palpitando contra mi entrada con un pulso vivo y caliente, la cabeza bulbosa rozando mi clĂtoris hinchado, enviando ondas de placer que me hicieron arquear la espalda con un gemido ahogado
ANA- Ahh… Marco… sĂ… mĂ©tela ya… por favor….
MARCO- ¿Por favor? Di que eres mi puta… dilo,
Exigió, frotando la cabeza contra mis labios, jugos untándose en su glande.
ANA GRITANDO- Soy tu puta… ahh… soy tu zorra… métela… joder… necesito tu verga dentro…,
GemĂ, voz quebrada de deseo. EmpujĂł lento, el tronco grueso estirándome centĂmetro a centĂmetro, venas pulsando contra mis paredes internas como un latido vivo, el dolor placentero de ser llenada por completo, el tacto caliente y rĂgido invadiĂ©ndome, jugos salpicando con un sonido hĂşmedo —squelch— al entrar. "
ANA- Ahh… qué rico… me estás abriendo… más…



La follĂł en misionero primero, lento pero profundo, cada embestida golpeando su fondo con un thump sordo y vibrante que le hacĂa sentir el impacto en el Ăştero, el sonido hĂşmedo de piel contra piel —slap slap slap— resonando en el cuarto como un ritmo obsceno y pegajoso, el colchĂłn crujiendo con cada movimiento, las sábanas arrugándose más, empapándose de sudor y jugos. El sudor resbalaba por su espalda, gotas gruesas cayendo al colchĂłn con plic plic, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino de Marco, el aire volviĂ©ndose más denso, más caliente, más cargado. Sus tetas rebotaban con cada embestida, pezones duros rozando el pecho de Ă©l, el tacto áspero de su vello pectoral enviando chispas de placer que se sumaban al fuego entre sus piernas.
MARCO- Mmm… quĂ© coño tan apretado y jugoso… ahh… eres mĂa… toma toda mi verga gruesa, puta….
Ana gemĂa bajito, mordiĂ©ndose el labio hasta que sangraba ligeramente, el sabor metálico en mi boca:
ANA- SĂ… fĂłllame asĂ, cabrĂłn… ahh… me estás partiendo en dos… más profundo… joder… ahh… me vengo ya….
El orgasmo la golpeĂł como una ola violenta, ondas explosivas irradiando desde su clĂtoris, paredes internas contrayĂ©ndose alrededor de su tronco con un pulso apretado y caliente, jugos salpicando su verga y abdomen con splash splash splash, el olor a su liberaciĂłn intensificándose, dulce y salado, pegajoso en el aire, el tacto caliente y viscoso empapando todo, el sonido hĂşmedo resonando mientras su cuerpo temblaba, los dedos de los pies curvándose, la espalda arqueándose hasta que los omĂłplatos se separaron del colchĂłn, un gemido ronco y prolongado escapando de su garganta, ahogado en la almohada que mordĂa para no gritar demasiado alto.
MARCO- Ahora cabalga, puta… móntame,




Marco la girĂł con fuerza, colocándola encima en cowgirl, el colchĂłn crujiendo de nuevo, las sábanas empapadas pegándose a su piel. Se montĂł encima, tetas grandes rebotando salvajes con cada movimiento descendente, el sonido de carne moviĂ©ndose —boing boing suave—, manos en su pecho presionando, sintiendo su corazĂłn latiendo rápido bajo sus palmas sudorosas y resbaladizas. El clĂtoris rozaba su pubis velloso y áspero con cada bajada, ondas de placer subiendo por su espina como fuego lĂquido, jugos salpicando sus bolas con squirt squirt squirt, el tacto viscoso empapándolo todo, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino. El orgasmo llegĂł de nuevo, paredes contrayĂ©ndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de Ă©l con plic plic plic.
MARCO- Cabalga mi verga, puta… ahh… sĂ… muĂ©vete más rápido… mmm… quĂ© tetas tan grandes y jugosas…
GemĂa Marco, manos en mis caderas guiándome, dedos hundiĂ©ndose en mi carne, el sudor resbalando por nuestros cuerpos, pegajoso y caliente, gotas cayendo de mis tetas a su pecho con plic plic. AcelerĂ©, el clĂtoris rozando su pubis velloso, ondas de placer subiendo por mi espina:
ANA- Ahh… me corro otra vez… joder… sĂ… tu verga me llena tanto… ahh… puta madre….
Me vine fuerte, el orgasmo llegĂł de nuevo, paredes contrayĂ©ndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de Ă©l con plic plic plic. Me girĂ©, culo redondo y firme hacia Ă©l, nalgas temblando con cada embestida descendente, la verga entrando profundo, golpeando mi punto G con un thump thump que me hacĂa ver estrellas.
ANA- Mira este culo perfecto… ahh… es tuyo… fóllalo… mmm… qué rico se siente…
GemĂa yo, manos en sus muslos para apoyarme, uñas clavadas dejando marcas rojas. Marco agarrĂł mis nalgas, abriĂ©ndolas amplio, viendo cĂłmo su verga desaparecĂa dentro con un sonido hĂşmedo squelch squelch:

MARCO- SĂ… perra… cabalga más duro… ahh… tu coño me aprieta tanto… mmm… me vas a hacer venir….
Me vine otra vez, gritando ahogado:
ANA- Ahh… sĂ... joder… ahh…
El sonido slap slap slap resonando, piel hĂşmeda chocando con fuerza.
MARCO- Toma… toda mi verga… puta… ahh… qué culo tan rico…,
Gruñó, mano en mi pelo tirando fuerte, el tirón doloroso y excitante, mi cabeza hacia atrás.
ANA- SĂ… más fuerte… rĂłmpeme el coño… ahh… cabrĂłn… me vengo de nuevo… ahh…, gritĂ© yo, mordiendo la almohada, el sabor a tela en mi boca. Me vine explosiva, jugos salpicando sus bolas con splash splash, el olor a mi liberaciĂłn llenando la habitaciĂłn.


Nos acostamos de lado, él detrás, verga entrando lenta desde atrás, mano en mi teta apretando el pezón, el tacto áspero enviando chispas.
MARCO- AsĂ… lento… siente cĂłmo te lleno… mmm… puta mĂa…
GemĂa Ă©l, embestidas profundas y circulares.
ANA- Ahh… sĂ… en esta posiciĂłn me toca todo… ahh… no pares… joder…
RespondĂ, ondas pulsantes, jugos empapando las sábanas con un sonido hĂşmedo.
MARCO- Toma… puta… ahh… qué coño tan caliente… mmm…
ANA- SĂ… rĂłmpeme… ahh… ahh…
Me sentĂł en su regazo, cara a cara, piernas alrededor de su cintura, verga entrando profundo mientras nos movĂamos lento, tetas pegadas a su pecho, sudor mezclándose.
MARCO- MĂrame… puta… siente cĂłmo te lleno entero… ahh…
Manos en mi culo levantándome y bajándome.
ANA- Ahh… sĂ… me tienes toda… ahh… joder… sĂ…
Gemà yo, besándolo desesperada, lengua en lengua, sabor a sudor salado y deseo
MARCO- AsĂ… apretado… mmm… quĂ© rico se siente… ahh…, gruñó.
ANA- SĂ… me estás matando… ahh… más… más… ahh…

MARCO- Te voy a llenar… puta… ahh… toma mi leche dentro… sĂ… ahh…
ANA- SĂ… dentro… llĂ©name el coño… ahh… me corro… joder… sĂ… ahh…

Se vino dentro, chorros calientes y espesos llenándome, pulsando profundo, el semen desbordando por mis labios, goteando por mi culo y muslos, el tacto caliente y pegajoso invadiéndome, el olor a semen fuerte y salado mezclado con mis jugos. Se derrumbaron exhaustos, cuerpos entrelazados, sudor pegándolos como pegamento caliente, respiraciones pesadas como jadeos animales, el olor a semen, jugos y sudor espeso en el aire. Marco besó mi cuello, lengua lamiendo sudor salado:
MARCO- No puedo parar… te necesito, ahh….
Yo temblaba, placer aún latiendo en su coño, semen goteando por sus muslos, pero la culpa asomando: Diego… ¿qué hice? Soy una traidora… pero se siente tan bueno… ahh… no quiero parar.El sonido de la puerta principal abriéndose nos congeló. Voces: Diego y… ¿una mujer? Pánico.
MARCO- Mierda… ve tú, finge que no estoy. Saldré por la ventana.
Me arreglé la bata, el semen goteando por mis muslos, el olor persistente. Bajé, el corazón a mil. En la sala: Diego con flores, y... Valeria?, empapada, confundida al verme.

ANA- Tú… ¿qué haces aqu�. Y que diablos haces con mi esposo?. Valeria se sonrojó, avergonzada
VALERIA- Yo… salĂ furiosa anoche. Marco tenĂa razĂłn… no pasĂł nada, fue un malentendido.
Yo, ofendida, en bata y tanga expuesta:
ANA- ¿Por qué mierda volviste?.
Hostil, celosa.
VALERIA- Él me encontró en la lluvia… solo hablamos. Me siento arrepentida por todo.
DIEGO CONFUNDIDO- Ana, la conoces? cálmate… es solo una chica que necesitaba ayuda.
La tensión en el aire, yo sintiendo el semen de Marco dentro, la culpa y los celos quemándome
Continuara....
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