Hola que tal, como van, aqui otro capitulo mas de esta saga, espero que le gusten, esta por acabar, ademas viene otra serie de relatos mucho mas exoticos, apoyen con sus puntos y comenten, saludos 🔥

El aire en la oficina olía a café quemado, papel viejo y sudor rancio. El ventilador del techo zumbaba monótono, removiendo el mismo calor pesado sin refrescar nada. Mi escritorio era un caos de facturas y números rojos. El teléfono vibraba sin parar con acreedores cuya voz ya me resultaba familiar. El jefe pasaba lanzándome miradas que no necesitaban palabras. Hace unas semanas yo era el jefe. Tenía oficina con ventana al parque, empleados que me saludaban con respeto, reuniones donde mi palabra era ley. El olor a madera pulida de mi escritorio, el clic de la puerta cuando alguien entraba nervioso a pedirme algo… ahora era yo quien bajaba la mirada, quien firmaba informes inútiles, quien sentía el peso de la derrota en cada paso. Mientras tecleaba números sin sentido, mi mente volvía a Ana. Ayer le había gritado en la discusión sobre la bancarrota, echándole la culpa por gastos “innecesarios” cuando era yo quien no vio venir el desastre. Recordaba sus ojos vidriosos, los labios temblando, la forma en que se mordió la mejilla para no llorar. Su voz quebrada
ANA- No soy yo la que falló, Diego.
Y yo, en vez de abrazarla, la ignore. Ese eco aún me retumba en la cabeza. Me detuve, manos quietas sobre el teclado. El monitor parpadeaba con números rojos.
DIEGO PENSANDO- ¿Cuándo dejé de ser el hombre que la hacía reír bajo la lluvia?
El nudo en el pecho se apretó más. Me sentía un fracaso como esposo, un hombre que no podía proteger ni proveer a la mujer que amaba. El reloj marcaba las 5:15 p.m. El jefe ya se había ido. El silencio era peor que el ruido. Apagué el monitor, agarré mi chaqueta húmeda y salí. El pasillo olía a desinfectante barato y café frío. Afuera, el cielo gris y cargado, el aire húmedo anunciando lluvia. El olor a asfalto mojado y humo de autos me golpeó al abrir la puerta. No conduje directo a casa de Marco. No quería enfrentar a Ana con las manos vacías. Di vueltas sin rumbo, el motor viejo ronroneando con esfuerzo, los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. Terminé en un parque pequeño, bancos oxidados y árboles inclinados. Aparqué y me senté bajo la lluvia incipiente, ignorando el frío que calaba la ropa. El olor a tierra húmeda y hojas podridas subía del suelo. Miré al cielo, nubes oscuras arremolinándose como mis pensamientos. Quería cambiar. Quería luchar por ella.

El mensaje salió antes de que pudiera pensarlo dos veces. Lo envié y guardé el teléfono como si quemara. La mentira era pequeña, pero pesaba como plomo en el pecho. No estaba en camino. Estaba aquí, sentado en un banco oxidado de un parque olvidado, bajo una lluvia que caía lenta y triste, como lágrimas que nadie recoge. El olor a tierra mojada subía del suelo, mezclado con hojas podridas y el humo lejano de alguna chimenea que ya nadie encendía. Las gotas golpeaban el banco con un plic-plic rítmico y monótono, como un reloj que contaba el tiempo perdido. El frío calaba hasta los huesos, pero no era solo el agua, era el frío de dentro, ese que se instala cuando sabes que fallaste y no hay forma de volver atrás. La chaqueta se pegaba a la piel, pesada y oscura, y cada gota que resbalaba por mi cara parecía llevarse un poco más de mí. El parque estaba desierto, los árboles inclinados bajo el peso del agua, las hojas caídas formando un tapiz marrón y muerto. El cielo era una masa gris uniforme, sin un solo rayo de luz que rompiera la penumbra. Todo era gris: el banco, el suelo, el aire, mi ánimo. Me quedé mirando al cielo, sintiendo cómo la lluvia me lavaba la cara y no podía lavar la culpa. Recordé noches en que Ana y yo nos sentábamos en el balcón de nuestra antigua casa, mirando las estrellas, su cabeza en mi hombro, el olor a su pelo mezclado con el jazmín del jardín. Ahora no había estrellas, solo nubes que ocultaban todo. Entonces apareció él, un señor mayor, abrigo raído y descolorido, sombrero chorreante que parecía llevar el peso de muchos años. Caminaba despacio, pasos pesados y cansados, como si cada uno le recordara algo perdido. Se sentó en el banco con un suspiro largo y profundo, un sonido que parecía salir del fondo del alma. No dijo nada al principio. Sacó un cigarrillo arrugado, lo encendió con manos temblorosas —el encendedor chasqueó varias veces antes de prender— y el humo se elevó lento, gris, melancólico, mezclándose con la lluvia como un recuerdo que se disuelve. El olor acre del tabaco mojado llegó hasta mí, nostálgico y triste, como el aroma de una casa vacía donde alguien se fue hace mucho.

Él levantó la vista. Sus ojos grises, hundidos, tenían esa profundidad de quien ha llorado mucho y ya no le quedan lágrimas.
SEÑOR MAYOR- Día gris, ¿verdad? —dijo, voz ronca, casi un susurro que se perdía en la lluvia
Asentí, el agua resbalando por mi cara, fría y sin consuelo.
DIEGO- Todos los días son grises cuando miras atrás y ves lo que dejaste escapar
Respondí, la voz quebrada, casi inaudible. Él expulsó humo que se disolvió en el aire húmedo.
SEÑOR MAYOR- Mi mujer solía decir que la lluvia limpia el alma. Yo creo que solo la moja. La moja y la deja más fría.
Hizo una pausa. El cigarrillo crepitaba débilmente bajo la lluvia, un sonido pequeño y triste.
SEÑOR MAYOR- Hace doce años que se fue. No por otra, no por dinero. Por mí. Por no saber callarme cuando debía hablar. Por no abrazarla cuando gritaba. Por dejar que el orgullo se comiera el amor. Ahora la casa huele a vacío. Huele a tabaco, a café frío y a recuerdos que no se van. Cada vez que enciendo uno de estos, siento que la estoy llamando… y ella no contesta.
Sus palabras cayeron pesadas, como gotas que golpean un tejado viejo. Le conté. No sé por qué, pero le conté. La bancarrota, las deudas, cómo Ana y yo nos habíamos perdido en el camino. Cómo le gritaba por cosas pequeñas porque no podía gritarle al mundo. Cómo la última vez que la abracé de verdad fue hace meses, y ni siquiera lo recordaba bien. Cómo su risa ya no sonaba en casa, solo suspiros y silencios. El nudo en la garganta se hizo más grande mientras hablaba, la voz temblando con cada recuerdo. Cuando terminé, él apagó el cigarrillo en el suelo mojado con un siseo triste.
SEÑOR MAYOR- Hijo… el amor no muere de golpe. Se enfría poco a poco. Se enfría cuando dejas de mirarla a los ojos. Cuando respondes con monosílabos. Cuando el "te quiero" se convierte en un mensaje en vez de un beso en la nuca. Yo lo dejé enfriar. Y cuando quise prenderlo otra vez, ya solo quedaban cenizas y frío.
Hizo una pausa larga. La lluvia golpeaba más fuerte, el sonido llenando el silencio entre nosotros como un llanto silencioso.
SEÑOR MAYOR- Recuerdo una noche —siguió, voz más baja, casi rota—. Ella me pidió que la acompañara a ver las estrellas. Yo estaba cansado, dije "mañana". Ese "mañana" nunca llegó. Ahora miro las estrellas solo, y cada una me recuerda lo idiota que fui. Cada una es un "lo siento" que nunca dije.
Me quedé callado. El agua me chorreaba por la cara, mezclándose con algo que no eran solo gotas de lluvia. El frío me calaba los huesos, pero era el frío del alma lo que más dolía.
DIEGO- ¿Qué hago? —pregunté, casi un susurro ahogado.
Él me miró fijo, ojos grises llenos de una tristeza antigua.
SEÑOR MAYOR— Ve a casa. No con flores ni promesas grandes. Ve con la verdad. Dile que te equivocaste. Que la descuidaste. Que la amas y que estás dispuesto a cambiar, no con palabras, con hechos. Y cuando te mire con desconfianza, no te enojes. Acéptalo. El perdón no se exige, se gana con tiempo.
Hizo otra pausa, el humo de su último cigarrillo ya disipado.
SEÑOR MAYOR- Y si te rechaza… al menos sabrás que lo intentaste. Que no te rendiste como yo.
Me dio una palmada en el hombro, mano fría y arrugada, pero firme.
SEÑOR MAYOR- Ve, hijo. Antes de que sea demasiado tarde.
Me levanté. El frío de la lluvia ahora se sentía diferente, como un empujón triste pero necesario. Caminé hacia el auto, el agua chorreando por mi chaqueta como lágrimas que nadie limpia. El frío me calaba los huesos, pero ahora era un frío que empujaba, que decía "no esperes más". Caminé hacia el auto, pisando charcos que salpicaban con un splash splash triste, el olor a tierra mojada y hojas podridas persistiendo como un recuerdo que no se va. El señor me miró desde su banco, cigarrillo apagado entre los dedos, y levantó la mano en un gesto saludo. "Suerte, hijo", murmuró, voz ronca perdida en la lluvia. El olor dulce cortaba el aroma húmedo de la tormenta. Encendí el motor. Esta vez sí iba en camino. Y esta vez no mentía. Di marcha atrás, el limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. En el camino, encontré una tiendita de esquina aún abierta, luces amarillas parpadeando bajo la tormenta. Entré, el timbre de la puerta tintineando débil, el olor a flores frescas mezclándose con el de pan rancio y dulces envueltos. Con el poco dinero que me quedaba —apenas unas monedas sueltas que tintineaban en mi bolsillo—, compré un ramo de rosas rojas. Pétalos suaves y fragantes, gotas de lluvia brillando en ellos como joyas tristes, el tallo áspero y verde contra mi palma fría.
DIEGO- Para mi esposa, dije al vendedor, voz baja. Él sonrió:
VENDEDOR- Nada como flores para arreglar un mal día.
Las coloqué en el asiento del pasajero, el olor dulce y fresco cortando el aroma húmedo de la tormenta. Conduje hacia casa, la lluvia golpeando el parabrisas como metralla, el sonido rítmico de los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado, el olor a rosas invadiendo el auto como una promesa de renovación. Pero antes de llegar, en medio de la tormenta, vi a una chica en la acera

llorando bajo la lluvia, empapada hasta los huesos. Pelo castaño pegado a la cara como algas húmedas, ropa chorreando agua que formaba charcos a sus pies, hombros temblando de frío y sollozos. Me detuve, el motor ronroneando bajo, bajé la ventana, el viento húmedo golpeándome la cara, el olor a lluvia y asfalto mojado intensificándose
DIEGO- Oye… no te quedes ahí, vas a enfermar. Entra al auto, te llevo a donde sea.
Ella levantó la vista, ojos rojos e hinchados como heridas abiertas, dudó un segundo, el agua resbalando por su cara mezclado con lágrimas saladas. El olor a lluvia y perfume dulce entró al auto cuando abrió la puerta, goteando agua en el asiento como un río pequeño, el tapiz absorbiéndola con un sonido suave y absorbente.
DESCONOCIDA- Gracias… no sé qué hago aquí
Dijo, voz temblorosa, entrecortada, el frío haciendo que sus dientes castañetearan, el sonido clac clac como un código de dolor. Le pregunté qué pasaba, el auto avanzando lento bajo la lluvia torrencial, el sonido de las gotas martilleando el techo como un tambor incesante. Ella se abrió como un dique roto, las palabras saliendo entre sollozos ahogados.
DESCONOCIDA- Soy una idiota… me equivoqué. Me equivoque con una persona que daría todo por mi, nose que me pasa lo tenia todo con el, amor, paz, estabilidad y por una simple noche de seducción, y unas copas de mas, le puse los cuernos, sabiendo que es la mejor persona del mundo. ¿Cómo pude? Lo amo, pero lo traicioné. Fui una tonta, discutimos por nada y ahora… ahora lo perdí todo. Me siento sucia, rota. Cada vez que pienso en él, me duele aquí —se tocó el pecho—, como si me arrancaran algo vivo.
DESCONOCIDA- ¿Tú cómo haces para seguir cuando sabes que la heriste así?

Me sentí identificado, el volante frío bajo mis palmas sudorosas.
DIEGO- Yo también… con mi esposa. No cuernos exactamente, pero la descuidé. Las deudas nos matan, pero soy yo el que falló. Le grité ayer por cosas que no eran su culpa. La vi llorar y no la abracé. Ahora no sé cómo mirarla a los ojos. Me siento un fracaso.

Ella me miró, ojos brillantes de lágrimas.
DESCONOCIDA- ¿Cómo lo haces? ¿Cómo sigues adelante cuando sabes que la heriste así? ¿Cómo le dices "lo siento" cuando sientes que no basta?
Respiré hondo, el olor a rosas dulces cortando la humedad del auto.
DIEGO— No lo sé todavía. Pero hoy un señor muy sabio me dijo algo que no puedo sacarme de la cabeza: "El amor se enfría poco a poco. No lo dejes apagar". Me habló de su mujer, de cómo la dejó ir por orgullo. De cómo ahora mira las estrellas solo, recordando noches que nunca volvieron. Me dijo que vaya a casa con la verdad, sin excusas. Que la abrace aunque me rechace. Que el perdón se gana con tiempo, no con palabras.
Ella asintió, el agua goteando de su pelo al asiento con un plic plic suave.
DESCONOCIDA— La persona que te digo... yo... él me ayudó anoche. Estaba mal, me recogió, me consoló. Pero yo… vi algo que no era, me puse celosa, le grité, salí furiosa. No pasó nada, pero lo traté como si fuera el peor. Ahora me arrepiento tanto… cada vez que pienso en su cara cuando me fui, me muero un poco más. ¿Cómo le digo que lo extraño? ¿Que me equivoqué? ¿Que daría lo que fuera por volver atrás?
Le conté más. Le hablé de Ana, de cómo su risa ya no sonaba en casa, de cómo la última vez que la abracé de verdad fue hace meses. De cómo el "te quiero" se había convertido en mensajes fríos.
DIEGO —¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué harías si pudieras volver atrás?
Ella suspiró, el sonido tembloroso.—Le diría la verdad desde el principio. Le diría que me siento insegura, que tengo miedo de perderlo. Que lo amo tanto que a veces me asusto. Que no quiero lastimarlo nunca más. Le pediría que me perdone, aunque sé que no lo merezco. Y si no me perdona… al menos sabría que fui honesta.
Asentí, el limpiaparabrisas chirriando, el sonido hipnótico.
DIEGO —Ese señor me dijo algo más: "No esperes a que sea tarde". Creo que tiene razón. Voy a casa a decirle todo. A abrazarla aunque me rechace. A empezar de nuevo, aunque sea desde cero.
Ella me miró, ojos brillando con algo nuevo.
DESCONOCIDDA— ¿Y si no te perdona?
DIEGO— Entonces viviré sabiendo que lo intenté. Que no me rendí.
Hizo una pausa larga.
DESCONOCIDA —Gracias… por escucharme. Nadie me había escuchado así en mucho tiempo. Me haces sentir… menos sola por cierto, me llamo VALERIA.
Le sonreí débil.
DIEGO— Tú también. Me haces sentir que no soy el único idiota que arruinó algo bueno. Mucho gusto Diego
Miró el ramo de flores en el asiento.
VALERIA— ¿Son para ella?
DIEGO— Si para ella. Para Ana. No sé si bastarán, pero es un comienzo.
Ella tocó un pétalo con dedo tembloroso.
VALERIA— Son hermosas. Ella va a ver que te importa. Que estás intentando. Y si no lo ve… al menos sabrás que lo hiciste.
La conversación siguió, el auto avanzando lento bajo la tormenta. Hablamos de errores pequeños que se convierten en grandes, de cómo el orgullo nos ciega, de cómo el "lo siento" cuesta tanto cuando más se necesita. Al final, la invité:
DIEGO- Ven a casa. Cámbiate, toma algo caliente. Mi hermano y mi esposa están allí, no estás sola. Te dejo en tu casa después.
Ella aceptó, y conduje los últimos minutos en silencio, el ramo de flores ahora compartiendo asiento con una desconocida que sentía lo mismo que yo, el olor a lluvia, perfume y esperanza invadiendo el auto. Avanzamos un par de cuadras cuando su expresión corporal empezó a impasientarse, como si sintiera algo raro, llegamos me baje del auto y cuando saco mis llaves y las itroduzco en la cerradura, giro la chapa ella dice
VALERIA- Conozco este lugar

Ana cerró la puerta del cuarto con un bang seco y profundo que retumbó en la casa vacía, el eco amplificado por el silencio de la tarde como un trueno lejano que anunciaba tormenta inminente. El corazón le latía desbocado, un bum-bum-bum frenético y doloroso en el pecho, el pecho subiendo y bajando agitado, los pulmones llenándose de aire caliente y espeso, el sudor pegajoso cubriendo su piel como una capa caliente y resbaladiza, gotas gruesas resbalando lento por su cuello, entre el valle profundo de sus tetas grandes y firmes, dejando rastros salados que se evaporaban en el aire, intensificando el olor a sexo —salado, dulce, almizclado, animal— que impregnaba el cuarto como un perfume prohibido y pegajoso que se pegaba a las paredes, a las sábanas arrugadas, a la piel, invadiendo sus pulmones con cada inhalación profunda y temblorosa, un aroma espeso que le hacía salivar y apretar los muslos involuntariamente.
Marco estaba allí, desnudo, su verga aún semi-dura goteando los últimos restos de semen de la mamada anterior, perlas blancas y viscosas cayendo con un plic-ploc suave y obsceno al suelo de madera, el cuerpo musculoso brillando con sudor que resbalaba por sus pectorales definidos, surcos de gotas trazando caminos brillantes por los abdominales marcados, el pecho ancho subiendo y bajando con respiraciones pesadas y roncas, marcado por arañazos leves de sus uñas, rojos como heridas frescas que palpitaban con cada latido. La miró con ojos oscuros, hambrientos, casi feroces, el aliento entrecortado saliendo en puffs calientes y húmedos que le rozaban la cara, el olor a su sudor masculino, fuerte y terroso, mezclado con el jabón residual de la ducha y el semen seco en su glande, envolviéndola como una nube caliente y pesada que le hacía la boca agua y el coño palpitar.
MARCO- Ven aquí, puta… no me hagas esperar
Murmuró, voz ronca y dominante, extendiendo la mano, sus dedos gruesos temblando ligeramente por la adrenalina. Ana dudó un segundo, la culpa pinchándole el estómago como una daga fría
ANA PENSANDO— Diego está llegando… ¿qué estoy haciendo? Soy una traidora, una zorra sucia, mi marido me ama y yo aquí…
Pero el deseo la arrastró como una corriente imparable, sus jugos ya resbalando por sus muslos internos, calientes y pegajosos, el tacto viscoso recordándole lo mojada que estaba. Se acercó, su cuerpo expuesto, tetas grandes y firmes rebotando con cada paso, los pezones duros rozando la tela fina como un roce eléctrico que enviaba ondas de placer directo a su clítoris hinchado. Marco la agarró por la cintura, dedos fuertes hundiéndose en su carne suave, quemándola, el tacto áspero de sus callos contra su piel sensible.
MARCO- ¿Quieres que te folle, verdad? Dilo
Gruñó, labios rozando su oreja, aliento caliente y húmedo erizándole la piel del cuello. Ana tragó saliva, voz temblorosa pero cargada de deseo:
ANA- Yo... no se.
MARCO- DILO
ANA PENSANDO- A la mierda
ANA- Sí… quiero que me folles… me tienes tan mojada… ahh… no puedo parar de pensar en tu verga…
Marco sonrió sucio, besándola duro, labios calientes y posesivos, lengua invadiendo su boca como una conquista, sabor a su pre-semen salado mezclado con mi saliva, dulce y amargo, el sonido de succiones húmedas —mmph, slurp, gluck— llenando el cuarto. Sus manos bajaron a su culo, apretando las nalgas redondas y carnosas, dedos hundiéndose profundo en la carne, separándolas ligeramente, el aire fresco rozando mi ano expuesto, enviando un escalofrío que me hizo gemir
ANA- Mmm… sí… ábreme….
MARCOS- Te voy a romper este coño, vas a gritar mi nombre aunque Diego esté abajo,
Gruñó, mordiendo su labio inferior, el sabor metálico de sangre mezclándose con saliva. La tiró en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave, el tacto fresco contra mi espalda caliente contrastando deliciosamente.

La tiró en la cama, el colchón crujiendo bajo su peso como un lamento, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave y arrugado, el tacto fresco contra su espalda caliente contrastando deliciosamente, enviando escalofríos por su espina dorsal. Me abrió las piernas de un tirón brusco, rodillas temblando con un leve temblor, el coño expuesto al aire fresco, labios hinchados y brillantes de jugos que resbalaban lentos por mis muslos, el olor a mi excitación dulce y salada intensificándose en el cuarto cerrado, un aroma espeso y embriagador que le hacía salivar y apretar los muslos. Se posicionó entre ellas, verga dura palpitando contra mi entrada con un pulso vivo y caliente, la cabeza bulbosa rozando mi clítoris hinchado, enviando ondas de placer que me hicieron arquear la espalda con un gemido ahogado
ANA- Ahh… Marco… sí… métela ya… por favor….
MARCO- ¿Por favor? Di que eres mi puta… dilo,
Exigió, frotando la cabeza contra mis labios, jugos untándose en su glande.
ANA GRITANDO- Soy tu puta… ahh… soy tu zorra… métela… joder… necesito tu verga dentro…,
Gemí, voz quebrada de deseo. Empujó lento, el tronco grueso estirándome centímetro a centímetro, venas pulsando contra mis paredes internas como un latido vivo, el dolor placentero de ser llenada por completo, el tacto caliente y rígido invadiéndome, jugos salpicando con un sonido húmedo —squelch— al entrar. "
ANA- Ahh… qué rico… me estás abriendo… más…



La folló en misionero primero, lento pero profundo, cada embestida golpeando su fondo con un thump sordo y vibrante que le hacía sentir el impacto en el útero, el sonido húmedo de piel contra piel —slap slap slap— resonando en el cuarto como un ritmo obsceno y pegajoso, el colchón crujiendo con cada movimiento, las sábanas arrugándose más, empapándose de sudor y jugos. El sudor resbalaba por su espalda, gotas gruesas cayendo al colchón con plic plic, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino de Marco, el aire volviéndose más denso, más caliente, más cargado. Sus tetas rebotaban con cada embestida, pezones duros rozando el pecho de él, el tacto áspero de su vello pectoral enviando chispas de placer que se sumaban al fuego entre sus piernas.
MARCO- Mmm… qué coño tan apretado y jugoso… ahh… eres mía… toma toda mi verga gruesa, puta….
Ana gemía bajito, mordiéndose el labio hasta que sangraba ligeramente, el sabor metálico en mi boca:
ANA- Sí… fóllame así, cabrón… ahh… me estás partiendo en dos… más profundo… joder… ahh… me vengo ya….
El orgasmo la golpeó como una ola violenta, ondas explosivas irradiando desde su clítoris, paredes internas contrayéndose alrededor de su tronco con un pulso apretado y caliente, jugos salpicando su verga y abdomen con splash splash splash, el olor a su liberación intensificándose, dulce y salado, pegajoso en el aire, el tacto caliente y viscoso empapando todo, el sonido húmedo resonando mientras su cuerpo temblaba, los dedos de los pies curvándose, la espalda arqueándose hasta que los omóplatos se separaron del colchón, un gemido ronco y prolongado escapando de su garganta, ahogado en la almohada que mordía para no gritar demasiado alto.
MARCO- Ahora cabalga, puta… móntame,




Marco la giró con fuerza, colocándola encima en cowgirl, el colchón crujiendo de nuevo, las sábanas empapadas pegándose a su piel. Se montó encima, tetas grandes rebotando salvajes con cada movimiento descendente, el sonido de carne moviéndose —boing boing suave—, manos en su pecho presionando, sintiendo su corazón latiendo rápido bajo sus palmas sudorosas y resbaladizas. El clítoris rozaba su pubis velloso y áspero con cada bajada, ondas de placer subiendo por su espina como fuego líquido, jugos salpicando sus bolas con squirt squirt squirt, el tacto viscoso empapándolo todo, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino. El orgasmo llegó de nuevo, paredes contrayéndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de él con plic plic plic.
MARCO- Cabalga mi verga, puta… ahh… sí… muévete más rápido… mmm… qué tetas tan grandes y jugosas…
Gemía Marco, manos en mis caderas guiándome, dedos hundiéndose en mi carne, el sudor resbalando por nuestros cuerpos, pegajoso y caliente, gotas cayendo de mis tetas a su pecho con plic plic. Aceleré, el clítoris rozando su pubis velloso, ondas de placer subiendo por mi espina:
ANA- Ahh… me corro otra vez… joder… sí… tu verga me llena tanto… ahh… puta madre….
Me vine fuerte, el orgasmo llegó de nuevo, paredes contrayéndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de él con plic plic plic. Me giré, culo redondo y firme hacia él, nalgas temblando con cada embestida descendente, la verga entrando profundo, golpeando mi punto G con un thump thump que me hacía ver estrellas.
ANA- Mira este culo perfecto… ahh… es tuyo… fóllalo… mmm… qué rico se siente…
Gemía yo, manos en sus muslos para apoyarme, uñas clavadas dejando marcas rojas. Marco agarró mis nalgas, abriéndolas amplio, viendo cómo su verga desaparecía dentro con un sonido húmedo squelch squelch:

MARCO- Sí… perra… cabalga más duro… ahh… tu coño me aprieta tanto… mmm… me vas a hacer venir….
Me vine otra vez, gritando ahogado:
ANA- Ahh… sí... joder… ahh…
El sonido slap slap slap resonando, piel húmeda chocando con fuerza.
MARCO- Toma… toda mi verga… puta… ahh… qué culo tan rico…,
Gruñó, mano en mi pelo tirando fuerte, el tirón doloroso y excitante, mi cabeza hacia atrás.
ANA- Sí… más fuerte… rómpeme el coño… ahh… cabrón… me vengo de nuevo… ahh…, grité yo, mordiendo la almohada, el sabor a tela en mi boca. Me vine explosiva, jugos salpicando sus bolas con splash splash, el olor a mi liberación llenando la habitación.


Nos acostamos de lado, él detrás, verga entrando lenta desde atrás, mano en mi teta apretando el pezón, el tacto áspero enviando chispas.
MARCO- Así… lento… siente cómo te lleno… mmm… puta mía…
Gemía él, embestidas profundas y circulares.
ANA- Ahh… sí… en esta posición me toca todo… ahh… no pares… joder…
Respondí, ondas pulsantes, jugos empapando las sábanas con un sonido húmedo.
MARCO- Toma… puta… ahh… qué coño tan caliente… mmm…
ANA- Sí… rómpeme… ahh… ahh…
Me sentó en su regazo, cara a cara, piernas alrededor de su cintura, verga entrando profundo mientras nos movíamos lento, tetas pegadas a su pecho, sudor mezclándose.
MARCO- Mírame… puta… siente cómo te lleno entero… ahh…
Manos en mi culo levantándome y bajándome.
ANA- Ahh… sí… me tienes toda… ahh… joder… sí…
Gemí yo, besándolo desesperada, lengua en lengua, sabor a sudor salado y deseo
MARCO- Así… apretado… mmm… qué rico se siente… ahh…, gruñó.
ANA- Sí… me estás matando… ahh… más… más… ahh…

MARCO- Te voy a llenar… puta… ahh… toma mi leche dentro… sí… ahh…
ANA- Sí… dentro… lléname el coño… ahh… me corro… joder… sí… ahh…

Se vino dentro, chorros calientes y espesos llenándome, pulsando profundo, el semen desbordando por mis labios, goteando por mi culo y muslos, el tacto caliente y pegajoso invadiéndome, el olor a semen fuerte y salado mezclado con mis jugos. Se derrumbaron exhaustos, cuerpos entrelazados, sudor pegándolos como pegamento caliente, respiraciones pesadas como jadeos animales, el olor a semen, jugos y sudor espeso en el aire. Marco besó mi cuello, lengua lamiendo sudor salado:
MARCO- No puedo parar… te necesito, ahh….
Yo temblaba, placer aún latiendo en su coño, semen goteando por sus muslos, pero la culpa asomando: Diego… ¿qué hice? Soy una traidora… pero se siente tan bueno… ahh… no quiero parar.El sonido de la puerta principal abriéndose nos congeló. Voces: Diego y… ¿una mujer? Pánico.
MARCO- Mierda… ve tú, finge que no estoy. Saldré por la ventana.
Me arreglé la bata, el semen goteando por mis muslos, el olor persistente. Bajé, el corazón a mil. En la sala: Diego con flores, y... Valeria?, empapada, confundida al verme.

ANA- Tú… ¿qué haces aquí?. Y que diablos haces con mi esposo?. Valeria se sonrojó, avergonzada
VALERIA- Yo… salí furiosa anoche. Marco tenía razón… no pasó nada, fue un malentendido.
Yo, ofendida, en bata y tanga expuesta:
ANA- ¿Por qué mierda volviste?.
Hostil, celosa.
VALERIA- Él me encontró en la lluvia… solo hablamos. Me siento arrepentida por todo.
DIEGO CONFUNDIDO- Ana, la conoces? cálmate… es solo una chica que necesitaba ayuda.
La tensión en el aire, yo sintiendo el semen de Marco dentro, la culpa y los celos quemándome
Continuara....
Gracias por leer nuevamente este relato, espero que les haya gustado, dejenme sus opiniones en los comentarios y sus puntos para continuar
Saludos🔥

El aire en la oficina olía a café quemado, papel viejo y sudor rancio. El ventilador del techo zumbaba monótono, removiendo el mismo calor pesado sin refrescar nada. Mi escritorio era un caos de facturas y números rojos. El teléfono vibraba sin parar con acreedores cuya voz ya me resultaba familiar. El jefe pasaba lanzándome miradas que no necesitaban palabras. Hace unas semanas yo era el jefe. Tenía oficina con ventana al parque, empleados que me saludaban con respeto, reuniones donde mi palabra era ley. El olor a madera pulida de mi escritorio, el clic de la puerta cuando alguien entraba nervioso a pedirme algo… ahora era yo quien bajaba la mirada, quien firmaba informes inútiles, quien sentía el peso de la derrota en cada paso. Mientras tecleaba números sin sentido, mi mente volvía a Ana. Ayer le había gritado en la discusión sobre la bancarrota, echándole la culpa por gastos “innecesarios” cuando era yo quien no vio venir el desastre. Recordaba sus ojos vidriosos, los labios temblando, la forma en que se mordió la mejilla para no llorar. Su voz quebrada
ANA- No soy yo la que falló, Diego.
Y yo, en vez de abrazarla, la ignore. Ese eco aún me retumba en la cabeza. Me detuve, manos quietas sobre el teclado. El monitor parpadeaba con números rojos.
DIEGO PENSANDO- ¿Cuándo dejé de ser el hombre que la hacía reír bajo la lluvia?
El nudo en el pecho se apretó más. Me sentía un fracaso como esposo, un hombre que no podía proteger ni proveer a la mujer que amaba. El reloj marcaba las 5:15 p.m. El jefe ya se había ido. El silencio era peor que el ruido. Apagué el monitor, agarré mi chaqueta húmeda y salí. El pasillo olía a desinfectante barato y café frío. Afuera, el cielo gris y cargado, el aire húmedo anunciando lluvia. El olor a asfalto mojado y humo de autos me golpeó al abrir la puerta. No conduje directo a casa de Marco. No quería enfrentar a Ana con las manos vacías. Di vueltas sin rumbo, el motor viejo ronroneando con esfuerzo, los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. Terminé en un parque pequeño, bancos oxidados y árboles inclinados. Aparqué y me senté bajo la lluvia incipiente, ignorando el frío que calaba la ropa. El olor a tierra húmeda y hojas podridas subía del suelo. Miré al cielo, nubes oscuras arremolinándose como mis pensamientos. Quería cambiar. Quería luchar por ella.

El mensaje salió antes de que pudiera pensarlo dos veces. Lo envié y guardé el teléfono como si quemara. La mentira era pequeña, pero pesaba como plomo en el pecho. No estaba en camino. Estaba aquí, sentado en un banco oxidado de un parque olvidado, bajo una lluvia que caía lenta y triste, como lágrimas que nadie recoge. El olor a tierra mojada subía del suelo, mezclado con hojas podridas y el humo lejano de alguna chimenea que ya nadie encendía. Las gotas golpeaban el banco con un plic-plic rítmico y monótono, como un reloj que contaba el tiempo perdido. El frío calaba hasta los huesos, pero no era solo el agua, era el frío de dentro, ese que se instala cuando sabes que fallaste y no hay forma de volver atrás. La chaqueta se pegaba a la piel, pesada y oscura, y cada gota que resbalaba por mi cara parecía llevarse un poco más de mí. El parque estaba desierto, los árboles inclinados bajo el peso del agua, las hojas caídas formando un tapiz marrón y muerto. El cielo era una masa gris uniforme, sin un solo rayo de luz que rompiera la penumbra. Todo era gris: el banco, el suelo, el aire, mi ánimo. Me quedé mirando al cielo, sintiendo cómo la lluvia me lavaba la cara y no podía lavar la culpa. Recordé noches en que Ana y yo nos sentábamos en el balcón de nuestra antigua casa, mirando las estrellas, su cabeza en mi hombro, el olor a su pelo mezclado con el jazmín del jardín. Ahora no había estrellas, solo nubes que ocultaban todo. Entonces apareció él, un señor mayor, abrigo raído y descolorido, sombrero chorreante que parecía llevar el peso de muchos años. Caminaba despacio, pasos pesados y cansados, como si cada uno le recordara algo perdido. Se sentó en el banco con un suspiro largo y profundo, un sonido que parecía salir del fondo del alma. No dijo nada al principio. Sacó un cigarrillo arrugado, lo encendió con manos temblorosas —el encendedor chasqueó varias veces antes de prender— y el humo se elevó lento, gris, melancólico, mezclándose con la lluvia como un recuerdo que se disuelve. El olor acre del tabaco mojado llegó hasta mí, nostálgico y triste, como el aroma de una casa vacía donde alguien se fue hace mucho.

Él levantó la vista. Sus ojos grises, hundidos, tenían esa profundidad de quien ha llorado mucho y ya no le quedan lágrimas.
SEÑOR MAYOR- Día gris, ¿verdad? —dijo, voz ronca, casi un susurro que se perdía en la lluvia
Asentí, el agua resbalando por mi cara, fría y sin consuelo.
DIEGO- Todos los días son grises cuando miras atrás y ves lo que dejaste escapar
Respondí, la voz quebrada, casi inaudible. Él expulsó humo que se disolvió en el aire húmedo.
SEÑOR MAYOR- Mi mujer solía decir que la lluvia limpia el alma. Yo creo que solo la moja. La moja y la deja más fría.
Hizo una pausa. El cigarrillo crepitaba débilmente bajo la lluvia, un sonido pequeño y triste.
SEÑOR MAYOR- Hace doce años que se fue. No por otra, no por dinero. Por mí. Por no saber callarme cuando debía hablar. Por no abrazarla cuando gritaba. Por dejar que el orgullo se comiera el amor. Ahora la casa huele a vacío. Huele a tabaco, a café frío y a recuerdos que no se van. Cada vez que enciendo uno de estos, siento que la estoy llamando… y ella no contesta.
Sus palabras cayeron pesadas, como gotas que golpean un tejado viejo. Le conté. No sé por qué, pero le conté. La bancarrota, las deudas, cómo Ana y yo nos habíamos perdido en el camino. Cómo le gritaba por cosas pequeñas porque no podía gritarle al mundo. Cómo la última vez que la abracé de verdad fue hace meses, y ni siquiera lo recordaba bien. Cómo su risa ya no sonaba en casa, solo suspiros y silencios. El nudo en la garganta se hizo más grande mientras hablaba, la voz temblando con cada recuerdo. Cuando terminé, él apagó el cigarrillo en el suelo mojado con un siseo triste.
SEÑOR MAYOR- Hijo… el amor no muere de golpe. Se enfría poco a poco. Se enfría cuando dejas de mirarla a los ojos. Cuando respondes con monosílabos. Cuando el "te quiero" se convierte en un mensaje en vez de un beso en la nuca. Yo lo dejé enfriar. Y cuando quise prenderlo otra vez, ya solo quedaban cenizas y frío.
Hizo una pausa larga. La lluvia golpeaba más fuerte, el sonido llenando el silencio entre nosotros como un llanto silencioso.
SEÑOR MAYOR- Recuerdo una noche —siguió, voz más baja, casi rota—. Ella me pidió que la acompañara a ver las estrellas. Yo estaba cansado, dije "mañana". Ese "mañana" nunca llegó. Ahora miro las estrellas solo, y cada una me recuerda lo idiota que fui. Cada una es un "lo siento" que nunca dije.
Me quedé callado. El agua me chorreaba por la cara, mezclándose con algo que no eran solo gotas de lluvia. El frío me calaba los huesos, pero era el frío del alma lo que más dolía.
DIEGO- ¿Qué hago? —pregunté, casi un susurro ahogado.
Él me miró fijo, ojos grises llenos de una tristeza antigua.
SEÑOR MAYOR— Ve a casa. No con flores ni promesas grandes. Ve con la verdad. Dile que te equivocaste. Que la descuidaste. Que la amas y que estás dispuesto a cambiar, no con palabras, con hechos. Y cuando te mire con desconfianza, no te enojes. Acéptalo. El perdón no se exige, se gana con tiempo.
Hizo otra pausa, el humo de su último cigarrillo ya disipado.
SEÑOR MAYOR- Y si te rechaza… al menos sabrás que lo intentaste. Que no te rendiste como yo.
Me dio una palmada en el hombro, mano fría y arrugada, pero firme.
SEÑOR MAYOR- Ve, hijo. Antes de que sea demasiado tarde.
Me levanté. El frío de la lluvia ahora se sentía diferente, como un empujón triste pero necesario. Caminé hacia el auto, el agua chorreando por mi chaqueta como lágrimas que nadie limpia. El frío me calaba los huesos, pero ahora era un frío que empujaba, que decía "no esperes más". Caminé hacia el auto, pisando charcos que salpicaban con un splash splash triste, el olor a tierra mojada y hojas podridas persistiendo como un recuerdo que no se va. El señor me miró desde su banco, cigarrillo apagado entre los dedos, y levantó la mano en un gesto saludo. "Suerte, hijo", murmuró, voz ronca perdida en la lluvia. El olor dulce cortaba el aroma húmedo de la tormenta. Encendí el motor. Esta vez sí iba en camino. Y esta vez no mentía. Di marcha atrás, el limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado. En el camino, encontré una tiendita de esquina aún abierta, luces amarillas parpadeando bajo la tormenta. Entré, el timbre de la puerta tintineando débil, el olor a flores frescas mezclándose con el de pan rancio y dulces envueltos. Con el poco dinero que me quedaba —apenas unas monedas sueltas que tintineaban en mi bolsillo—, compré un ramo de rosas rojas. Pétalos suaves y fragantes, gotas de lluvia brillando en ellos como joyas tristes, el tallo áspero y verde contra mi palma fría.
DIEGO- Para mi esposa, dije al vendedor, voz baja. Él sonrió:
VENDEDOR- Nada como flores para arreglar un mal día.
Las coloqué en el asiento del pasajero, el olor dulce y fresco cortando el aroma húmedo de la tormenta. Conduje hacia casa, la lluvia golpeando el parabrisas como metralla, el sonido rítmico de los limpiaparabrisas chirriando contra el vidrio empañado, el olor a rosas invadiendo el auto como una promesa de renovación. Pero antes de llegar, en medio de la tormenta, vi a una chica en la acera

llorando bajo la lluvia, empapada hasta los huesos. Pelo castaño pegado a la cara como algas húmedas, ropa chorreando agua que formaba charcos a sus pies, hombros temblando de frío y sollozos. Me detuve, el motor ronroneando bajo, bajé la ventana, el viento húmedo golpeándome la cara, el olor a lluvia y asfalto mojado intensificándose
DIEGO- Oye… no te quedes ahí, vas a enfermar. Entra al auto, te llevo a donde sea.
Ella levantó la vista, ojos rojos e hinchados como heridas abiertas, dudó un segundo, el agua resbalando por su cara mezclado con lágrimas saladas. El olor a lluvia y perfume dulce entró al auto cuando abrió la puerta, goteando agua en el asiento como un río pequeño, el tapiz absorbiéndola con un sonido suave y absorbente.
DESCONOCIDA- Gracias… no sé qué hago aquí
Dijo, voz temblorosa, entrecortada, el frío haciendo que sus dientes castañetearan, el sonido clac clac como un código de dolor. Le pregunté qué pasaba, el auto avanzando lento bajo la lluvia torrencial, el sonido de las gotas martilleando el techo como un tambor incesante. Ella se abrió como un dique roto, las palabras saliendo entre sollozos ahogados.
DESCONOCIDA- Soy una idiota… me equivoqué. Me equivoque con una persona que daría todo por mi, nose que me pasa lo tenia todo con el, amor, paz, estabilidad y por una simple noche de seducción, y unas copas de mas, le puse los cuernos, sabiendo que es la mejor persona del mundo. ¿Cómo pude? Lo amo, pero lo traicioné. Fui una tonta, discutimos por nada y ahora… ahora lo perdí todo. Me siento sucia, rota. Cada vez que pienso en él, me duele aquí —se tocó el pecho—, como si me arrancaran algo vivo.
DESCONOCIDA- ¿Tú cómo haces para seguir cuando sabes que la heriste así?

Me sentí identificado, el volante frío bajo mis palmas sudorosas.
DIEGO- Yo también… con mi esposa. No cuernos exactamente, pero la descuidé. Las deudas nos matan, pero soy yo el que falló. Le grité ayer por cosas que no eran su culpa. La vi llorar y no la abracé. Ahora no sé cómo mirarla a los ojos. Me siento un fracaso.

Ella me miró, ojos brillantes de lágrimas.
DESCONOCIDA- ¿Cómo lo haces? ¿Cómo sigues adelante cuando sabes que la heriste así? ¿Cómo le dices "lo siento" cuando sientes que no basta?
Respiré hondo, el olor a rosas dulces cortando la humedad del auto.
DIEGO— No lo sé todavía. Pero hoy un señor muy sabio me dijo algo que no puedo sacarme de la cabeza: "El amor se enfría poco a poco. No lo dejes apagar". Me habló de su mujer, de cómo la dejó ir por orgullo. De cómo ahora mira las estrellas solo, recordando noches que nunca volvieron. Me dijo que vaya a casa con la verdad, sin excusas. Que la abrace aunque me rechace. Que el perdón se gana con tiempo, no con palabras.
Ella asintió, el agua goteando de su pelo al asiento con un plic plic suave.
DESCONOCIDA— La persona que te digo... yo... él me ayudó anoche. Estaba mal, me recogió, me consoló. Pero yo… vi algo que no era, me puse celosa, le grité, salí furiosa. No pasó nada, pero lo traté como si fuera el peor. Ahora me arrepiento tanto… cada vez que pienso en su cara cuando me fui, me muero un poco más. ¿Cómo le digo que lo extraño? ¿Que me equivoqué? ¿Que daría lo que fuera por volver atrás?
Le conté más. Le hablé de Ana, de cómo su risa ya no sonaba en casa, de cómo la última vez que la abracé de verdad fue hace meses. De cómo el "te quiero" se había convertido en mensajes fríos.
DIEGO —¿Y tú? —pregunté—. ¿Qué harías si pudieras volver atrás?
Ella suspiró, el sonido tembloroso.—Le diría la verdad desde el principio. Le diría que me siento insegura, que tengo miedo de perderlo. Que lo amo tanto que a veces me asusto. Que no quiero lastimarlo nunca más. Le pediría que me perdone, aunque sé que no lo merezco. Y si no me perdona… al menos sabría que fui honesta.
Asentí, el limpiaparabrisas chirriando, el sonido hipnótico.
DIEGO —Ese señor me dijo algo más: "No esperes a que sea tarde". Creo que tiene razón. Voy a casa a decirle todo. A abrazarla aunque me rechace. A empezar de nuevo, aunque sea desde cero.
Ella me miró, ojos brillando con algo nuevo.
DESCONOCIDDA— ¿Y si no te perdona?
DIEGO— Entonces viviré sabiendo que lo intenté. Que no me rendí.
Hizo una pausa larga.
DESCONOCIDA —Gracias… por escucharme. Nadie me había escuchado así en mucho tiempo. Me haces sentir… menos sola por cierto, me llamo VALERIA.
Le sonreí débil.
DIEGO— Tú también. Me haces sentir que no soy el único idiota que arruinó algo bueno. Mucho gusto Diego
Miró el ramo de flores en el asiento.
VALERIA— ¿Son para ella?
DIEGO— Si para ella. Para Ana. No sé si bastarán, pero es un comienzo.
Ella tocó un pétalo con dedo tembloroso.
VALERIA— Son hermosas. Ella va a ver que te importa. Que estás intentando. Y si no lo ve… al menos sabrás que lo hiciste.
La conversación siguió, el auto avanzando lento bajo la tormenta. Hablamos de errores pequeños que se convierten en grandes, de cómo el orgullo nos ciega, de cómo el "lo siento" cuesta tanto cuando más se necesita. Al final, la invité:
DIEGO- Ven a casa. Cámbiate, toma algo caliente. Mi hermano y mi esposa están allí, no estás sola. Te dejo en tu casa después.
Ella aceptó, y conduje los últimos minutos en silencio, el ramo de flores ahora compartiendo asiento con una desconocida que sentía lo mismo que yo, el olor a lluvia, perfume y esperanza invadiendo el auto. Avanzamos un par de cuadras cuando su expresión corporal empezó a impasientarse, como si sintiera algo raro, llegamos me baje del auto y cuando saco mis llaves y las itroduzco en la cerradura, giro la chapa ella dice
VALERIA- Conozco este lugar

Ana cerró la puerta del cuarto con un bang seco y profundo que retumbó en la casa vacía, el eco amplificado por el silencio de la tarde como un trueno lejano que anunciaba tormenta inminente. El corazón le latía desbocado, un bum-bum-bum frenético y doloroso en el pecho, el pecho subiendo y bajando agitado, los pulmones llenándose de aire caliente y espeso, el sudor pegajoso cubriendo su piel como una capa caliente y resbaladiza, gotas gruesas resbalando lento por su cuello, entre el valle profundo de sus tetas grandes y firmes, dejando rastros salados que se evaporaban en el aire, intensificando el olor a sexo —salado, dulce, almizclado, animal— que impregnaba el cuarto como un perfume prohibido y pegajoso que se pegaba a las paredes, a las sábanas arrugadas, a la piel, invadiendo sus pulmones con cada inhalación profunda y temblorosa, un aroma espeso que le hacía salivar y apretar los muslos involuntariamente.
Marco estaba allí, desnudo, su verga aún semi-dura goteando los últimos restos de semen de la mamada anterior, perlas blancas y viscosas cayendo con un plic-ploc suave y obsceno al suelo de madera, el cuerpo musculoso brillando con sudor que resbalaba por sus pectorales definidos, surcos de gotas trazando caminos brillantes por los abdominales marcados, el pecho ancho subiendo y bajando con respiraciones pesadas y roncas, marcado por arañazos leves de sus uñas, rojos como heridas frescas que palpitaban con cada latido. La miró con ojos oscuros, hambrientos, casi feroces, el aliento entrecortado saliendo en puffs calientes y húmedos que le rozaban la cara, el olor a su sudor masculino, fuerte y terroso, mezclado con el jabón residual de la ducha y el semen seco en su glande, envolviéndola como una nube caliente y pesada que le hacía la boca agua y el coño palpitar.
MARCO- Ven aquí, puta… no me hagas esperar
Murmuró, voz ronca y dominante, extendiendo la mano, sus dedos gruesos temblando ligeramente por la adrenalina. Ana dudó un segundo, la culpa pinchándole el estómago como una daga fría
ANA PENSANDO— Diego está llegando… ¿qué estoy haciendo? Soy una traidora, una zorra sucia, mi marido me ama y yo aquí…
Pero el deseo la arrastró como una corriente imparable, sus jugos ya resbalando por sus muslos internos, calientes y pegajosos, el tacto viscoso recordándole lo mojada que estaba. Se acercó, su cuerpo expuesto, tetas grandes y firmes rebotando con cada paso, los pezones duros rozando la tela fina como un roce eléctrico que enviaba ondas de placer directo a su clítoris hinchado. Marco la agarró por la cintura, dedos fuertes hundiéndose en su carne suave, quemándola, el tacto áspero de sus callos contra su piel sensible.
MARCO- ¿Quieres que te folle, verdad? Dilo
Gruñó, labios rozando su oreja, aliento caliente y húmedo erizándole la piel del cuello. Ana tragó saliva, voz temblorosa pero cargada de deseo:
ANA- Yo... no se.
MARCO- DILO
ANA PENSANDO- A la mierda
ANA- Sí… quiero que me folles… me tienes tan mojada… ahh… no puedo parar de pensar en tu verga…
Marco sonrió sucio, besándola duro, labios calientes y posesivos, lengua invadiendo su boca como una conquista, sabor a su pre-semen salado mezclado con mi saliva, dulce y amargo, el sonido de succiones húmedas —mmph, slurp, gluck— llenando el cuarto. Sus manos bajaron a su culo, apretando las nalgas redondas y carnosas, dedos hundiéndose profundo en la carne, separándolas ligeramente, el aire fresco rozando mi ano expuesto, enviando un escalofrío que me hizo gemir
ANA- Mmm… sí… ábreme….
MARCOS- Te voy a romper este coño, vas a gritar mi nombre aunque Diego esté abajo,
Gruñó, mordiendo su labio inferior, el sabor metálico de sangre mezclándose con saliva. La tiró en la cama, el colchón crujiendo bajo nuestro peso, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave, el tacto fresco contra mi espalda caliente contrastando deliciosamente.

La tiró en la cama, el colchón crujiendo bajo su peso como un lamento, las sábanas blancas arrugándose con un susurro suave y arrugado, el tacto fresco contra su espalda caliente contrastando deliciosamente, enviando escalofríos por su espina dorsal. Me abrió las piernas de un tirón brusco, rodillas temblando con un leve temblor, el coño expuesto al aire fresco, labios hinchados y brillantes de jugos que resbalaban lentos por mis muslos, el olor a mi excitación dulce y salada intensificándose en el cuarto cerrado, un aroma espeso y embriagador que le hacía salivar y apretar los muslos. Se posicionó entre ellas, verga dura palpitando contra mi entrada con un pulso vivo y caliente, la cabeza bulbosa rozando mi clítoris hinchado, enviando ondas de placer que me hicieron arquear la espalda con un gemido ahogado
ANA- Ahh… Marco… sí… métela ya… por favor….
MARCO- ¿Por favor? Di que eres mi puta… dilo,
Exigió, frotando la cabeza contra mis labios, jugos untándose en su glande.
ANA GRITANDO- Soy tu puta… ahh… soy tu zorra… métela… joder… necesito tu verga dentro…,
Gemí, voz quebrada de deseo. Empujó lento, el tronco grueso estirándome centímetro a centímetro, venas pulsando contra mis paredes internas como un latido vivo, el dolor placentero de ser llenada por completo, el tacto caliente y rígido invadiéndome, jugos salpicando con un sonido húmedo —squelch— al entrar. "
ANA- Ahh… qué rico… me estás abriendo… más…



La folló en misionero primero, lento pero profundo, cada embestida golpeando su fondo con un thump sordo y vibrante que le hacía sentir el impacto en el útero, el sonido húmedo de piel contra piel —slap slap slap— resonando en el cuarto como un ritmo obsceno y pegajoso, el colchón crujiendo con cada movimiento, las sábanas arrugándose más, empapándose de sudor y jugos. El sudor resbalaba por su espalda, gotas gruesas cayendo al colchón con plic plic, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino de Marco, el aire volviéndose más denso, más caliente, más cargado. Sus tetas rebotaban con cada embestida, pezones duros rozando el pecho de él, el tacto áspero de su vello pectoral enviando chispas de placer que se sumaban al fuego entre sus piernas.
MARCO- Mmm… qué coño tan apretado y jugoso… ahh… eres mía… toma toda mi verga gruesa, puta….
Ana gemía bajito, mordiéndose el labio hasta que sangraba ligeramente, el sabor metálico en mi boca:
ANA- Sí… fóllame así, cabrón… ahh… me estás partiendo en dos… más profundo… joder… ahh… me vengo ya….
El orgasmo la golpeó como una ola violenta, ondas explosivas irradiando desde su clítoris, paredes internas contrayéndose alrededor de su tronco con un pulso apretado y caliente, jugos salpicando su verga y abdomen con splash splash splash, el olor a su liberación intensificándose, dulce y salado, pegajoso en el aire, el tacto caliente y viscoso empapando todo, el sonido húmedo resonando mientras su cuerpo temblaba, los dedos de los pies curvándose, la espalda arqueándose hasta que los omóplatos se separaron del colchón, un gemido ronco y prolongado escapando de su garganta, ahogado en la almohada que mordía para no gritar demasiado alto.
MARCO- Ahora cabalga, puta… móntame,




Marco la giró con fuerza, colocándola encima en cowgirl, el colchón crujiendo de nuevo, las sábanas empapadas pegándose a su piel. Se montó encima, tetas grandes rebotando salvajes con cada movimiento descendente, el sonido de carne moviéndose —boing boing suave—, manos en su pecho presionando, sintiendo su corazón latiendo rápido bajo sus palmas sudorosas y resbaladizas. El clítoris rozaba su pubis velloso y áspero con cada bajada, ondas de placer subiendo por su espina como fuego líquido, jugos salpicando sus bolas con squirt squirt squirt, el tacto viscoso empapándolo todo, el olor a sudor salado mezclándose con jugos dulces y el almizcle masculino. El orgasmo llegó de nuevo, paredes contrayéndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de él con plic plic plic.
MARCO- Cabalga mi verga, puta… ahh… sí… muévete más rápido… mmm… qué tetas tan grandes y jugosas…
Gemía Marco, manos en mis caderas guiándome, dedos hundiéndose en mi carne, el sudor resbalando por nuestros cuerpos, pegajoso y caliente, gotas cayendo de mis tetas a su pecho con plic plic. Aceleré, el clítoris rozando su pubis velloso, ondas de placer subiendo por mi espina:
ANA- Ahh… me corro otra vez… joder… sí… tu verga me llena tanto… ahh… puta madre….
Me vine fuerte, el orgasmo llegó de nuevo, paredes contrayéndose alrededor de su tronco, jugos desbordando, el cuerpo temblando, las tetas balanceándose con violencia, sudor goteando de sus pezones al pecho de él con plic plic plic. Me giré, culo redondo y firme hacia él, nalgas temblando con cada embestida descendente, la verga entrando profundo, golpeando mi punto G con un thump thump que me hacía ver estrellas.
ANA- Mira este culo perfecto… ahh… es tuyo… fóllalo… mmm… qué rico se siente…
Gemía yo, manos en sus muslos para apoyarme, uñas clavadas dejando marcas rojas. Marco agarró mis nalgas, abriéndolas amplio, viendo cómo su verga desaparecía dentro con un sonido húmedo squelch squelch:

MARCO- Sí… perra… cabalga más duro… ahh… tu coño me aprieta tanto… mmm… me vas a hacer venir….
Me vine otra vez, gritando ahogado:
ANA- Ahh… sí... joder… ahh…
El sonido slap slap slap resonando, piel húmeda chocando con fuerza.
MARCO- Toma… toda mi verga… puta… ahh… qué culo tan rico…,
Gruñó, mano en mi pelo tirando fuerte, el tirón doloroso y excitante, mi cabeza hacia atrás.
ANA- Sí… más fuerte… rómpeme el coño… ahh… cabrón… me vengo de nuevo… ahh…, grité yo, mordiendo la almohada, el sabor a tela en mi boca. Me vine explosiva, jugos salpicando sus bolas con splash splash, el olor a mi liberación llenando la habitación.


Nos acostamos de lado, él detrás, verga entrando lenta desde atrás, mano en mi teta apretando el pezón, el tacto áspero enviando chispas.
MARCO- Así… lento… siente cómo te lleno… mmm… puta mía…
Gemía él, embestidas profundas y circulares.
ANA- Ahh… sí… en esta posición me toca todo… ahh… no pares… joder…
Respondí, ondas pulsantes, jugos empapando las sábanas con un sonido húmedo.
MARCO- Toma… puta… ahh… qué coño tan caliente… mmm…
ANA- Sí… rómpeme… ahh… ahh…
Me sentó en su regazo, cara a cara, piernas alrededor de su cintura, verga entrando profundo mientras nos movíamos lento, tetas pegadas a su pecho, sudor mezclándose.
MARCO- Mírame… puta… siente cómo te lleno entero… ahh…
Manos en mi culo levantándome y bajándome.
ANA- Ahh… sí… me tienes toda… ahh… joder… sí…
Gemí yo, besándolo desesperada, lengua en lengua, sabor a sudor salado y deseo
MARCO- Así… apretado… mmm… qué rico se siente… ahh…, gruñó.
ANA- Sí… me estás matando… ahh… más… más… ahh…

MARCO- Te voy a llenar… puta… ahh… toma mi leche dentro… sí… ahh…
ANA- Sí… dentro… lléname el coño… ahh… me corro… joder… sí… ahh…

Se vino dentro, chorros calientes y espesos llenándome, pulsando profundo, el semen desbordando por mis labios, goteando por mi culo y muslos, el tacto caliente y pegajoso invadiéndome, el olor a semen fuerte y salado mezclado con mis jugos. Se derrumbaron exhaustos, cuerpos entrelazados, sudor pegándolos como pegamento caliente, respiraciones pesadas como jadeos animales, el olor a semen, jugos y sudor espeso en el aire. Marco besó mi cuello, lengua lamiendo sudor salado:
MARCO- No puedo parar… te necesito, ahh….
Yo temblaba, placer aún latiendo en su coño, semen goteando por sus muslos, pero la culpa asomando: Diego… ¿qué hice? Soy una traidora… pero se siente tan bueno… ahh… no quiero parar.El sonido de la puerta principal abriéndose nos congeló. Voces: Diego y… ¿una mujer? Pánico.
MARCO- Mierda… ve tú, finge que no estoy. Saldré por la ventana.
Me arreglé la bata, el semen goteando por mis muslos, el olor persistente. Bajé, el corazón a mil. En la sala: Diego con flores, y... Valeria?, empapada, confundida al verme.

ANA- Tú… ¿qué haces aquí?. Y que diablos haces con mi esposo?. Valeria se sonrojó, avergonzada
VALERIA- Yo… salí furiosa anoche. Marco tenía razón… no pasó nada, fue un malentendido.
Yo, ofendida, en bata y tanga expuesta:
ANA- ¿Por qué mierda volviste?.
Hostil, celosa.
VALERIA- Él me encontró en la lluvia… solo hablamos. Me siento arrepentida por todo.
DIEGO CONFUNDIDO- Ana, la conoces? cálmate… es solo una chica que necesitaba ayuda.
La tensión en el aire, yo sintiendo el semen de Marco dentro, la culpa y los celos quemándome
Continuara....
Gracias por leer nuevamente este relato, espero que les haya gustado, dejenme sus opiniones en los comentarios y sus puntos para continuar
Saludos🔥
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