(Aclaración, este relato no está completo, la página no me dejó publicar la primera parte de la historia, solo desde el hotel me lo permitió, en inició del relato es muy dramático y no si es por eso)
El aire del hotel huele a limpieza industrial y a un toque de lavanda barata que intentan pasar por lujo. Mi habitación está en el décimo piso, con una ventana que mira hacia un cúmulo de edificios de cristal y hormigón —la ciudad donde Jake trabaja, a más de cuatrocientos kilómetros de mi casa, un lugar que nunca imaginé tener que conocer de esta manera. Lo encontré gracias a Marcos, un antiguo compañero de universidad suyo que todavía publicaba fotos esporádicas en redes sociales; en una de ellas, detrás de Jake sonriendo junto a un grupo de colegas, se distinguía el logotipo de la firma de arquitectura donde ahora desarrolla su carrera. Jake siempre fue reservado con su vida privada, nunca posteaba más que lo estrictamente necesario, así que encontrar esa pista fue como dar con una aguja en un pajar.
Ya son las nueve de la mañana, y no he cerrado los ojos en toda la noche. Mi cuerpo pesa como si llevara piedras en las venas, pero mi mente no cesa de volver al parque, a esos dieciséis horas que separan el presente del momento en que él se levantó del banco de madera y se alejó sin mirar atrás.
Recuerdo cómo sus dedos, tan seguros como siempre, depositaron una tarjeta de presentación sobre mi regazo. El papel era grueso, de color gris oscuro con letras doradas que reflejaban la luz del sol: JAKE MORALES | ARQUITECTO | DIRECTOR DE PROYECTOS. Debajo, un número de teléfono que no reconocía.
“Piénsalo,” dijo, su voz tan calmada como si estuviera hablando de un contrato comercial y no de algo que destrozaba cada uno de mis principios. “Si aceptas mi propuesta, contáctame a este número. Te aviso que lo único que quiero escuchar es si aceptas. De lo contrario, ni se te ocurra llamar o volverte a presentar ante mí porque tomaré medidas drásticas.”
No dijo más. Se giró con esa compostura que ahora lo definía, se mezcló con el flujo de personas del parque y desapareció entre los árboles, dejándome sola con la tarjeta entre las manos y el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.
Ahora, esa misma tarjeta yace sobre la mesita de noche junto a mi celular. He pasado horas sosteniéndolo, sintiendo el frío del vidrio contra mi piel, buscando en la lista de contactos el número que escribí a mano hace horas. Mis dedos han recorrido la pantalla una y otra vez, como si el simple acto de tocar los dígitos me preparara para lo que voy a hacer.
Al final, la determinación llega como un escalofrío que recorre mi columna. Ya no hay ilusiones de que pueda volver a ser su madre, de que podamos sentarnos a hablar como lo hicimos cuando él era pequeño, de que pueda pedirle perdón de verdad y que él me abrace diciendo que todo está bien. Ese capítulo se cerró para siempre en el parque, bajo el sol que iluminaba una realidad que yo mismo construí con mis errores.
Con la respiración atrapada en la garganta, presiono los dígitos uno por uno y pulso el botón de llamada. Los nervios me tiemblan hasta los dedos de los pies; el tono de espera suena como un martillo golpeando contra mi pecho, cada segundo se siente como una eternidad.
Finalmente, una voz se hace escuchar del otro lado —cálida, pero distante, como siempre:
“Hola, sí, quien habla. ¿En qué le puedo ayudar?”
Su voz me corta el aliento. Me abro la boca para hablar, pero solo sale un susurro que apenas puedo escuchar yo misma:
“Jake… soy mami… que acepta su propuesta…”
Hay un silencio breve del otro lado, luego su tono se endurece un poco, manteniéndose siempre controlado:
“Habla más alto, Elena. No te entiendo bien.”
Cierro los ojos, aprieto los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, y con toda la fuerza que me queda en el cuerpo, digo las palabras que destrozan cualquier resto de esperanza:
“ACEPTO, JAKE. ACEPTÓ SER TU AMANTE.”
La frase queda suspendida en el aire, pesada como plomo. Escucho un ligero suspiro del otro lado, seguido de lo que parece ser una sonrisa en su voz —una risa suave, casi divertida:
“Vez, no era tan difícil, ¿verdad?”
No puedo responder. Mi garganta está tan apretada que apenas puedo respirar.
“Ahora,” continúa, volviendo a su tono tranquilo y ordenado, “mándame la dirección de donde estás. Necesito saber dónde encontrarme contigo.”
La llamada se corta sin más. Dejo el celular sobre la cama, mi mano tiembla tanto que casi se me cae. Abro la aplicación de mensajes, busco el número que acaba de llamar y envío la dirección completa del hotel, letra por letra, como si cada palabra fuera un paso hacia un abismo del que no podré salir.
Una vez enviado el mensaje, me acuesto sobre la cama con las sábanas blancas frías contra mi rostro y empiezo a llorar. No son sollozos desgarradores como en el parque, sino lágrimas lentas y calientes que se filtran por la tela, mojando el algodón con todo el dolor que he acumulado en cinco años. Espero que el sueño me venza, que pueda descansar unas horas antes de que llegue lo que sea que haya aceptado.
El tiempo pasa en un torbellino de pensamientos y sombras. Cuando finalmente abro los ojos, el sol ya se inclina por el oeste, y el reloj de la mesita marca las dos de la tarde. Mi cabeza late con dolor, pero mi celular titila con una nueva notificación de WhatsApp.
“A las 5 de la tarde te llegará una entrega. Es un presente que te compré. Cuando llegue, te llamo.”
La frase está escrita con la misma precisión que todo lo que hace Jake. Sostengo el celular contra mi pecho, sintiendo el vibración débil de la pantalla contra mi piel, y me pregunto qué clase de regalo puede darle un hijo a su madre cuando lo que han acordado es algo que ni siquiera puedo nombrar en voz alta.
Las agujas del reloj del salón del hotel avanzan con lentitud tortuosa hasta marcar las cinco en punto. A las 5:02, justo cuando mi nerviosismo ya me tiene caminando de un extremo de la habitación al otro como una fiera enjaulada, un golpe suave pero preciso suena en la puerta. Mi corazón da un salto hasta la garganta; me quedo inmóvil por un instante, con la mano sobre el pecho, antes de avanzar hacia la entrada.
“¿Quién es?” pregunto, mi voz más áspera de lo que esperaba.
“Entrega para Elena Obregón,” responde una voz joven y amable del otro lado. “¿Es este el lugar correcto?”
“Sí, sí, es aquí,” digo, y doy vuelta la perilla con dedos que tiemblan apenas. Al abrir la puerta, encuentro a una chica de unos veinte años, con el uniforme de una empresa de mensajería y una caja rectangular envuelta en papel negro mate entre sus manos. Le sonrío con lo mejor de mis fuerzas, tomo el paquete con ambas manos —pesa más de lo que esperaba— y firmo el papel de confirmación con una caligrafía entrecortada.
“Muchas gracias,” le digo, y cierro la puerta con un clic suave. Mi mano tiembla tanto que casi dejo caer la caja al llevarla hasta la cama, donde la deposito con cuidado sobre las sábanas blancas que aún conservan el rastro de mis lágrimas de horas antes.
Me quedo mirándola por unos segundos, como si esperara que alguna señal me indicara qué encontraré dentro. Finalmente, con los dedos temblorosos, desato la cinta adhesiva que la cierra y levanto la tapa. Lo que veo me deja paralizada, con la boca abierta y la respiración atrapada en los pulmones. Saco el contenido con cuidado, como si se tratara de algo peligroso, y lo extiendo sobre la cama. No entiendo. ¿Cómo pudo Jake pedir comprar algo así? ¿En serio espera que me lo ponga? Mi mente da vueltas, buscando alguna explicación que no encuentre, preguntándome si esto es otra forma de castigo, de hacerle pagar por lo que hice.
Pasaron cuarenta minutos desde que recibí la entrega —tiempo que empleé en sentarme en el borde de la cama, mirando el paquete como si fuera un animal desconocido— cuando el celular suena de golpe sobre la mesita de noche. Contesto al instante, sin siquiera mirar la pantalla:
“Hola…”
Pero no tengo tiempo de decir más. Jake’s voz, calmada y precisa como siempre, invade el altavoz:
“¿Qué te pareció el regalo que te mandé?”
La pregunta me descoloca completamente. Me quedo callada por un instante, antes de que la indignación tome cuerpo en mi voz:
“¿Qué esperas que haga con esa ropa, Jake? ¿En serio crees que voy a ponérmela?”
“Si no es obvio,” contesta, sin alterarse ni un ápice. “La tienes que poner para nuestro primer encuentro en unas horas. Ya te enviaré la dirección del lugar.”
Mi voz se eleva un poco, cargada de dolor y confusión:
“¿Por qué me haces esto? ¿Quieres humillarme así? Si me pongo eso… pareceré una prostituta.”
Hay un breve silencio del otro lado de la línea, luego su tono se hace un poco más seco, pero sigue siendo controlado:
“Si no quieres, podemos cancelar todo. Olvidar que esto nunca pasó y cada uno seguirá por su lado. La decisión es tuya, Elena.”
La posibilidad de volver atrás pasa por mi mente como un farol en la oscuridad, pero luego recuerdo su rostro en el parque, la indiferencia en sus ojos cuando me dijo que ya no tenía lugar en su vida como madre. No puedo perder esta única oportunidad de estar cerca de él, por más extraña y dolorosa que sea.
“Haré lo que pidas,” digo, mi voz baja pero firme.
“Bien,” contesta Jake, con un matiz de satisfacción en su tono. “Te envío la dirección en quince minutos. Estaré esperando.”
La llamada se corta. Me quedo con el celular en la mano, mirando la ropa sobre la cama, y siento cómo el peso de lo que estoy a punto de hacer se apodera de mi cuerpo.
Pasaron unas horas desde entonces. Ahora me encuentro frente al espejo del baño del hotel, con la puerta cerrada y la luz cálida de la lámpara de pared iluminando cada rincón. Me he vestido despacio, con movimientos cuidadosos como si cada prenda me quemara la piel. Me miro al reflejo y me pregunto: “Elena, ¿qué estás haciendo a tus 49 años vistiéndote así para ir a tener sexo con tu hijo?”
Mi cuerpo, que mantengo en forma con entrenamiento constante, se ve reflejado con crudeza. Mi cintura es bastante estrecha, remarcada por el tejido ajustado que Jake mandó; vísto un bodystocking negro de malla fina que envuelve cada curva de mi figura entera. Encima, una chaqueta de cuero en mezcla de rojo y negro, de estilo abierto, que llega hasta la altura de la costilla apenas por debajo de los senos, dejando al descubierto el escote profundo y descarado del bodystocking —mis senos grandes apenas quedan cubiertos, con detalles de encaje que delinean los contornos y dejan al descubierto gran parte de mi pecho y los bordes de los pezones. En la parte inferior, una falda de cuero negra corta que apenas tapa las nalgas, resaltando aún más la forma trabajada y firme de mi glúteo que se perfila bajo el tejido transparente del bodystocking. Este se adhiere como una segunda piel desde el tronco hasta las puntas de los pies, mientras la malla uniforme acentúa la musculatura de mis piernas atléticas; la combinación de prendas crea un efecto provocador y continuo sobre mi piel. Todo el conjunto es vulgar, descarado, exactamente la ropa que una prostituta luciría en una esquina. No reconozco a la mujer que veo en el espejo: sus ojos están llenos de tristeza, pero hay una determinación en su mirada que no conocía hasta ahora. Me toco el rostro con las yemas de los dedos, sintiendo la piel fría bajo mis manos, y me pregunto qué habría pensado la Elena de hace cinco años si supiera en qué se convertiría su vida.
He estado esperando en esta esquina durante quince minutos, apoyada contra la pared fría de un edificio de ladrillos oscuros, con la cabeza baja y las manos entrelazadas sobre el abdomen. La ropa que Jake me mandó se adhiere a mi piel como una maldición; cada paso de los peatones que pasan cerca me hace sentir expuesta, vulnerable. Ya no tengo dudas de que su objetivo era humillarme: en menos de diez minutos, tres autos se han detenido junto a la acera, los conductores preguntándome con tono insinuante cuánto cobraba por mis servicios. Incluso varios hombres que pasaban se detuvieron un instante, mirándome de arriba abajo antes de hacer la pregunta. Con uno tuve que gritar que no era una prostituta, para que me dejara en paz, pero quien pasa me ve como una mujerzuela —¿cómo no iban a hacerlo, viéndome vestida de esa manera?
De repente, un auto de color gris oscuro se detiene suavemente frente a mí. No es un deportivo ostentoso, pero luce nuevo, pulido, con unos acabados que denotan cuidado y buen gusto. La puerta del pasajero se abre, y Jake baja del volante con su habitual compostura: camisa de vestir gris claro, pantalones negros bien planchados, zapatos de cuero brillantes. Se acerca hacia mí con una sonrisa en los labios —una sonrisa burlona, que no tiene nada que ver con la ternura que alguna vez vi en él.
“Hola, preciosa,” dice, inclinándose un poco hacia mí como si fuera a besarme la mejilla. “¿Te esperé mucho tiempo?”
Su voz es cálida, pero hay un brillo irónico en sus ojos que me hace estremecer. Justo cuando está a punto de abrirme la puerta del auto, una voz gruesa y ronca se hace escuchar detrás de mí:
“¿Qué pasa, puta? ¿Acaso mi dinero no es digno de una puta como tú?”
Me giro de golpe y encuentro al mismo hombre que se había acercado minutos antes, el que me había preguntado cuánto cobraba y al que tuve que hacer retroceder gritándole que no era lo que él creía. Ahora está acompañado de otro hombre más joven, ambos con sonrisas vulgares en los rostros.
Jake se gira hacia ellos sin perder la calma, incluso pone una mano sobre mi trasero, apretándolo con firmeza. Luego, en voz alta, para que todos los que pasan puedan escuchar:
“Lo siento, amigo, pero esta puta es solo de uso exclusivo mío.”
Empieza a reír, y el hombre que había gritado se une a su risa, golpeándolo amistosamente en el hombro:
“¡Disfrútala, hermano! Es una tremenda hembra.”
“No le quepa duda,” contesta Jake, y esta vez aprieta mi nalga con fuerza brusca, tanto que doy un salto por el susto y un pequeño gemido se escapa de mis labios. “Le daré como cajón que no sierra, toda la noche.”
Los hombres se rieron de nuevo, y Jake me hace un gesto con la cabeza para que suba al auto. Me muevo como si estuviera en un sueño pesado, me introduzco en el pasajero y me siento contra el asiento de cuero negro, frío bajo mi piel. En cuanto cierro la puerta, las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas, calientes y abrasadoras. No entiendo cómo el niño que crié con tanto amor, el que me abrazaba temblando de miedo en mis brazos, puede tratarme así —como a una prostituta corriente, como si fuera su propiedad, algo que puede mostrar y regalar a sus conocidos.
Unos instantes después, Jake sube al volante y enciende el motor. Me mira de reojo y solo sonríe, como si mi sufrimiento fuera algo divertido, un espectáculo que le gusta ver. Eso me enoja más que todo lo demás; me giro hacia él, con los ojos llenos de lágrimas pero la voz cargada de indignación:
“¿Cómo pudiste hacer eso, Jake? ¿Cómo puedes humillarme así delante de extraños, rebajarme a esto?” Grito, golpeando ligeramente el panel del auto con mi mano. “Yo soy tu madre, por Dios. ¿No significa nada eso para ti?”
Jake mantiene la vista fija en la carretera mientras conduce, pero su sonrisa se hace más amplia. No altera su tono, sigue tan tranquilo como siempre:
“Llora ahora mientras puedas, Elena. Más tarde no tendrás tiempo de llorar.” Su mirada se desvía por un instante hacia mí, y hay un brillo oscuro en sus ojos que no reconozco. “De tu boca solo saldrán gemidos, y mi pene es lo único que dará vueltas en tu mente.”
La frase me corta el aliento. Me vuelvo a sentar en el asiento, apretando los puños hasta que mis nudillos se ponen blancos, y miro hacia la ventana, donde las luces de la ciudad pasan rápidamente, como si intentaran escapar de lo que está por venir.
El viaje en auto no dura más de cinco minutos, pero para mí se siente como una eternidad. Intento componerme, secando las huellas de las lágrimas en mis mejillas con la parte trasera de la mano, aunque mi rostro sigue ardiendo de vergüenza. A medida que avanzamos, me doy cuenta de que estamos entrando por el acceso de un hotel llamativo, con luces de colores parpadeantes y un letrero luminoso que titila en la oscuridad. Los coches que están estacionados alrededor parecen pertenecer a clientes que buscan servicios que no tienen nada que ver con una estadía normal en un alojamiento. No tengo dudas: se trata de un lugar especializado en clientela de prostitución. Mi estómago se contrae en un nudo apretado; pienso en cómo me verán a mí, vestida de esa manera, y me pregunto si alguien podrá adivinar la verdad —que el hombre que me acompaña no es mi cliente, sino mi propio hijo.
Jake estaciona el vehículo en un espacio reservado, apaga el motor y gira hacia mí con su habitual calma: “Sígueme,” dice, sin añadir nada más. Bajamos del auto y comienzo a caminar a su lado, tratando de ocultar mi cara con la palma de la mano, agachando la cabeza como si eso pudiera protegerme del mirar de los demás. Cada paso que doy por el vestíbulo lleno de hombres y mujeres que intercambian miradas significativas me hace sentir más expuesta, más humillada.
De repente, su mano se posa firme sobre mi cintura, agarrándome con fuerza y guiándome hacia el mostrador de recepción. Me quedo un paso atrás, mientras él se acerca al chico joven que atiende —un muchacho con la camisa de manga corta y una expresión aburrida en el rostro.
“Jake Morales,” dice mi hijo, con una voz clara y segura. “Tengo una reservación para la habitación 42.”
El recepcionista busca en la pantalla de su computadora durante unos segundos, luego saca una tarjeta con la llave electrónica y se la entrega. “Todo listo, señor. Que la pase bien.”
Jake se gira hacia mí, toma mi cintura de nuevo y me pega contra su cuerpo. Su mano caliente se siente quemante sobre mi piel, incluso a través de la tela. Me dirige hacia el ascensor, y mientras esperamos, sus ojos me recorren de arriba abajo con una mirada que no puedo definir —no es cariñosa, ni odiosa, sino algo entre deseo y satisfacción.
“¿Estás preparada?” me pregunta, su voz baja pero audible.
No logro articular una respuesta antes de que las puertas del ascensor se abran. Jake me lleva adentro, presiona el botón del tercer piso y vuelve a acercarse a mí, manteniéndome pegada a él. El silencio del ascensor es pesado, roto solo por el zumbido suave del motor mientras subimos
El aire del hotel huele a limpieza industrial y a un toque de lavanda barata que intentan pasar por lujo. Mi habitación está en el décimo piso, con una ventana que mira hacia un cúmulo de edificios de cristal y hormigón —la ciudad donde Jake trabaja, a más de cuatrocientos kilómetros de mi casa, un lugar que nunca imaginé tener que conocer de esta manera. Lo encontré gracias a Marcos, un antiguo compañero de universidad suyo que todavía publicaba fotos esporádicas en redes sociales; en una de ellas, detrás de Jake sonriendo junto a un grupo de colegas, se distinguía el logotipo de la firma de arquitectura donde ahora desarrolla su carrera. Jake siempre fue reservado con su vida privada, nunca posteaba más que lo estrictamente necesario, así que encontrar esa pista fue como dar con una aguja en un pajar.
Ya son las nueve de la mañana, y no he cerrado los ojos en toda la noche. Mi cuerpo pesa como si llevara piedras en las venas, pero mi mente no cesa de volver al parque, a esos dieciséis horas que separan el presente del momento en que él se levantó del banco de madera y se alejó sin mirar atrás.
Recuerdo cómo sus dedos, tan seguros como siempre, depositaron una tarjeta de presentación sobre mi regazo. El papel era grueso, de color gris oscuro con letras doradas que reflejaban la luz del sol: JAKE MORALES | ARQUITECTO | DIRECTOR DE PROYECTOS. Debajo, un número de teléfono que no reconocía.
“Piénsalo,” dijo, su voz tan calmada como si estuviera hablando de un contrato comercial y no de algo que destrozaba cada uno de mis principios. “Si aceptas mi propuesta, contáctame a este número. Te aviso que lo único que quiero escuchar es si aceptas. De lo contrario, ni se te ocurra llamar o volverte a presentar ante mí porque tomaré medidas drásticas.”
No dijo más. Se giró con esa compostura que ahora lo definía, se mezcló con el flujo de personas del parque y desapareció entre los árboles, dejándome sola con la tarjeta entre las manos y el eco de sus palabras resonando en mi cabeza.
Ahora, esa misma tarjeta yace sobre la mesita de noche junto a mi celular. He pasado horas sosteniéndolo, sintiendo el frío del vidrio contra mi piel, buscando en la lista de contactos el número que escribí a mano hace horas. Mis dedos han recorrido la pantalla una y otra vez, como si el simple acto de tocar los dígitos me preparara para lo que voy a hacer.
Al final, la determinación llega como un escalofrío que recorre mi columna. Ya no hay ilusiones de que pueda volver a ser su madre, de que podamos sentarnos a hablar como lo hicimos cuando él era pequeño, de que pueda pedirle perdón de verdad y que él me abrace diciendo que todo está bien. Ese capítulo se cerró para siempre en el parque, bajo el sol que iluminaba una realidad que yo mismo construí con mis errores.
Con la respiración atrapada en la garganta, presiono los dígitos uno por uno y pulso el botón de llamada. Los nervios me tiemblan hasta los dedos de los pies; el tono de espera suena como un martillo golpeando contra mi pecho, cada segundo se siente como una eternidad.
Finalmente, una voz se hace escuchar del otro lado —cálida, pero distante, como siempre:
“Hola, sí, quien habla. ¿En qué le puedo ayudar?”
Su voz me corta el aliento. Me abro la boca para hablar, pero solo sale un susurro que apenas puedo escuchar yo misma:
“Jake… soy mami… que acepta su propuesta…”
Hay un silencio breve del otro lado, luego su tono se endurece un poco, manteniéndose siempre controlado:
“Habla más alto, Elena. No te entiendo bien.”
Cierro los ojos, aprieto los labios hasta sentir el sabor metálico de la sangre, y con toda la fuerza que me queda en el cuerpo, digo las palabras que destrozan cualquier resto de esperanza:
“ACEPTO, JAKE. ACEPTÓ SER TU AMANTE.”
La frase queda suspendida en el aire, pesada como plomo. Escucho un ligero suspiro del otro lado, seguido de lo que parece ser una sonrisa en su voz —una risa suave, casi divertida:
“Vez, no era tan difícil, ¿verdad?”
No puedo responder. Mi garganta está tan apretada que apenas puedo respirar.
“Ahora,” continúa, volviendo a su tono tranquilo y ordenado, “mándame la dirección de donde estás. Necesito saber dónde encontrarme contigo.”
La llamada se corta sin más. Dejo el celular sobre la cama, mi mano tiembla tanto que casi se me cae. Abro la aplicación de mensajes, busco el número que acaba de llamar y envío la dirección completa del hotel, letra por letra, como si cada palabra fuera un paso hacia un abismo del que no podré salir.
Una vez enviado el mensaje, me acuesto sobre la cama con las sábanas blancas frías contra mi rostro y empiezo a llorar. No son sollozos desgarradores como en el parque, sino lágrimas lentas y calientes que se filtran por la tela, mojando el algodón con todo el dolor que he acumulado en cinco años. Espero que el sueño me venza, que pueda descansar unas horas antes de que llegue lo que sea que haya aceptado.
El tiempo pasa en un torbellino de pensamientos y sombras. Cuando finalmente abro los ojos, el sol ya se inclina por el oeste, y el reloj de la mesita marca las dos de la tarde. Mi cabeza late con dolor, pero mi celular titila con una nueva notificación de WhatsApp.
“A las 5 de la tarde te llegará una entrega. Es un presente que te compré. Cuando llegue, te llamo.”
La frase está escrita con la misma precisión que todo lo que hace Jake. Sostengo el celular contra mi pecho, sintiendo el vibración débil de la pantalla contra mi piel, y me pregunto qué clase de regalo puede darle un hijo a su madre cuando lo que han acordado es algo que ni siquiera puedo nombrar en voz alta.
Las agujas del reloj del salón del hotel avanzan con lentitud tortuosa hasta marcar las cinco en punto. A las 5:02, justo cuando mi nerviosismo ya me tiene caminando de un extremo de la habitación al otro como una fiera enjaulada, un golpe suave pero preciso suena en la puerta. Mi corazón da un salto hasta la garganta; me quedo inmóvil por un instante, con la mano sobre el pecho, antes de avanzar hacia la entrada.
“¿Quién es?” pregunto, mi voz más áspera de lo que esperaba.
“Entrega para Elena Obregón,” responde una voz joven y amable del otro lado. “¿Es este el lugar correcto?”
“Sí, sí, es aquí,” digo, y doy vuelta la perilla con dedos que tiemblan apenas. Al abrir la puerta, encuentro a una chica de unos veinte años, con el uniforme de una empresa de mensajería y una caja rectangular envuelta en papel negro mate entre sus manos. Le sonrío con lo mejor de mis fuerzas, tomo el paquete con ambas manos —pesa más de lo que esperaba— y firmo el papel de confirmación con una caligrafía entrecortada.
“Muchas gracias,” le digo, y cierro la puerta con un clic suave. Mi mano tiembla tanto que casi dejo caer la caja al llevarla hasta la cama, donde la deposito con cuidado sobre las sábanas blancas que aún conservan el rastro de mis lágrimas de horas antes.
Me quedo mirándola por unos segundos, como si esperara que alguna señal me indicara qué encontraré dentro. Finalmente, con los dedos temblorosos, desato la cinta adhesiva que la cierra y levanto la tapa. Lo que veo me deja paralizada, con la boca abierta y la respiración atrapada en los pulmones. Saco el contenido con cuidado, como si se tratara de algo peligroso, y lo extiendo sobre la cama. No entiendo. ¿Cómo pudo Jake pedir comprar algo así? ¿En serio espera que me lo ponga? Mi mente da vueltas, buscando alguna explicación que no encuentre, preguntándome si esto es otra forma de castigo, de hacerle pagar por lo que hice.
Pasaron cuarenta minutos desde que recibí la entrega —tiempo que empleé en sentarme en el borde de la cama, mirando el paquete como si fuera un animal desconocido— cuando el celular suena de golpe sobre la mesita de noche. Contesto al instante, sin siquiera mirar la pantalla:
“Hola…”
Pero no tengo tiempo de decir más. Jake’s voz, calmada y precisa como siempre, invade el altavoz:
“¿Qué te pareció el regalo que te mandé?”
La pregunta me descoloca completamente. Me quedo callada por un instante, antes de que la indignación tome cuerpo en mi voz:
“¿Qué esperas que haga con esa ropa, Jake? ¿En serio crees que voy a ponérmela?”
“Si no es obvio,” contesta, sin alterarse ni un ápice. “La tienes que poner para nuestro primer encuentro en unas horas. Ya te enviaré la dirección del lugar.”
Mi voz se eleva un poco, cargada de dolor y confusión:
“¿Por qué me haces esto? ¿Quieres humillarme así? Si me pongo eso… pareceré una prostituta.”
Hay un breve silencio del otro lado de la línea, luego su tono se hace un poco más seco, pero sigue siendo controlado:
“Si no quieres, podemos cancelar todo. Olvidar que esto nunca pasó y cada uno seguirá por su lado. La decisión es tuya, Elena.”
La posibilidad de volver atrás pasa por mi mente como un farol en la oscuridad, pero luego recuerdo su rostro en el parque, la indiferencia en sus ojos cuando me dijo que ya no tenía lugar en su vida como madre. No puedo perder esta única oportunidad de estar cerca de él, por más extraña y dolorosa que sea.
“Haré lo que pidas,” digo, mi voz baja pero firme.
“Bien,” contesta Jake, con un matiz de satisfacción en su tono. “Te envío la dirección en quince minutos. Estaré esperando.”
La llamada se corta. Me quedo con el celular en la mano, mirando la ropa sobre la cama, y siento cómo el peso de lo que estoy a punto de hacer se apodera de mi cuerpo.
Pasaron unas horas desde entonces. Ahora me encuentro frente al espejo del baño del hotel, con la puerta cerrada y la luz cálida de la lámpara de pared iluminando cada rincón. Me he vestido despacio, con movimientos cuidadosos como si cada prenda me quemara la piel. Me miro al reflejo y me pregunto: “Elena, ¿qué estás haciendo a tus 49 años vistiéndote así para ir a tener sexo con tu hijo?”
Mi cuerpo, que mantengo en forma con entrenamiento constante, se ve reflejado con crudeza. Mi cintura es bastante estrecha, remarcada por el tejido ajustado que Jake mandó; vísto un bodystocking negro de malla fina que envuelve cada curva de mi figura entera. Encima, una chaqueta de cuero en mezcla de rojo y negro, de estilo abierto, que llega hasta la altura de la costilla apenas por debajo de los senos, dejando al descubierto el escote profundo y descarado del bodystocking —mis senos grandes apenas quedan cubiertos, con detalles de encaje que delinean los contornos y dejan al descubierto gran parte de mi pecho y los bordes de los pezones. En la parte inferior, una falda de cuero negra corta que apenas tapa las nalgas, resaltando aún más la forma trabajada y firme de mi glúteo que se perfila bajo el tejido transparente del bodystocking. Este se adhiere como una segunda piel desde el tronco hasta las puntas de los pies, mientras la malla uniforme acentúa la musculatura de mis piernas atléticas; la combinación de prendas crea un efecto provocador y continuo sobre mi piel. Todo el conjunto es vulgar, descarado, exactamente la ropa que una prostituta luciría en una esquina. No reconozco a la mujer que veo en el espejo: sus ojos están llenos de tristeza, pero hay una determinación en su mirada que no conocía hasta ahora. Me toco el rostro con las yemas de los dedos, sintiendo la piel fría bajo mis manos, y me pregunto qué habría pensado la Elena de hace cinco años si supiera en qué se convertiría su vida.
He estado esperando en esta esquina durante quince minutos, apoyada contra la pared fría de un edificio de ladrillos oscuros, con la cabeza baja y las manos entrelazadas sobre el abdomen. La ropa que Jake me mandó se adhiere a mi piel como una maldición; cada paso de los peatones que pasan cerca me hace sentir expuesta, vulnerable. Ya no tengo dudas de que su objetivo era humillarme: en menos de diez minutos, tres autos se han detenido junto a la acera, los conductores preguntándome con tono insinuante cuánto cobraba por mis servicios. Incluso varios hombres que pasaban se detuvieron un instante, mirándome de arriba abajo antes de hacer la pregunta. Con uno tuve que gritar que no era una prostituta, para que me dejara en paz, pero quien pasa me ve como una mujerzuela —¿cómo no iban a hacerlo, viéndome vestida de esa manera?
De repente, un auto de color gris oscuro se detiene suavemente frente a mí. No es un deportivo ostentoso, pero luce nuevo, pulido, con unos acabados que denotan cuidado y buen gusto. La puerta del pasajero se abre, y Jake baja del volante con su habitual compostura: camisa de vestir gris claro, pantalones negros bien planchados, zapatos de cuero brillantes. Se acerca hacia mí con una sonrisa en los labios —una sonrisa burlona, que no tiene nada que ver con la ternura que alguna vez vi en él.
“Hola, preciosa,” dice, inclinándose un poco hacia mí como si fuera a besarme la mejilla. “¿Te esperé mucho tiempo?”
Su voz es cálida, pero hay un brillo irónico en sus ojos que me hace estremecer. Justo cuando está a punto de abrirme la puerta del auto, una voz gruesa y ronca se hace escuchar detrás de mí:
“¿Qué pasa, puta? ¿Acaso mi dinero no es digno de una puta como tú?”
Me giro de golpe y encuentro al mismo hombre que se había acercado minutos antes, el que me había preguntado cuánto cobraba y al que tuve que hacer retroceder gritándole que no era lo que él creía. Ahora está acompañado de otro hombre más joven, ambos con sonrisas vulgares en los rostros.
Jake se gira hacia ellos sin perder la calma, incluso pone una mano sobre mi trasero, apretándolo con firmeza. Luego, en voz alta, para que todos los que pasan puedan escuchar:
“Lo siento, amigo, pero esta puta es solo de uso exclusivo mío.”
Empieza a reír, y el hombre que había gritado se une a su risa, golpeándolo amistosamente en el hombro:
“¡Disfrútala, hermano! Es una tremenda hembra.”
“No le quepa duda,” contesta Jake, y esta vez aprieta mi nalga con fuerza brusca, tanto que doy un salto por el susto y un pequeño gemido se escapa de mis labios. “Le daré como cajón que no sierra, toda la noche.”
Los hombres se rieron de nuevo, y Jake me hace un gesto con la cabeza para que suba al auto. Me muevo como si estuviera en un sueño pesado, me introduzco en el pasajero y me siento contra el asiento de cuero negro, frío bajo mi piel. En cuanto cierro la puerta, las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas, calientes y abrasadoras. No entiendo cómo el niño que crié con tanto amor, el que me abrazaba temblando de miedo en mis brazos, puede tratarme así —como a una prostituta corriente, como si fuera su propiedad, algo que puede mostrar y regalar a sus conocidos.
Unos instantes después, Jake sube al volante y enciende el motor. Me mira de reojo y solo sonríe, como si mi sufrimiento fuera algo divertido, un espectáculo que le gusta ver. Eso me enoja más que todo lo demás; me giro hacia él, con los ojos llenos de lágrimas pero la voz cargada de indignación:
“¿Cómo pudiste hacer eso, Jake? ¿Cómo puedes humillarme así delante de extraños, rebajarme a esto?” Grito, golpeando ligeramente el panel del auto con mi mano. “Yo soy tu madre, por Dios. ¿No significa nada eso para ti?”
Jake mantiene la vista fija en la carretera mientras conduce, pero su sonrisa se hace más amplia. No altera su tono, sigue tan tranquilo como siempre:
“Llora ahora mientras puedas, Elena. Más tarde no tendrás tiempo de llorar.” Su mirada se desvía por un instante hacia mí, y hay un brillo oscuro en sus ojos que no reconozco. “De tu boca solo saldrán gemidos, y mi pene es lo único que dará vueltas en tu mente.”
La frase me corta el aliento. Me vuelvo a sentar en el asiento, apretando los puños hasta que mis nudillos se ponen blancos, y miro hacia la ventana, donde las luces de la ciudad pasan rápidamente, como si intentaran escapar de lo que está por venir.
El viaje en auto no dura más de cinco minutos, pero para mí se siente como una eternidad. Intento componerme, secando las huellas de las lágrimas en mis mejillas con la parte trasera de la mano, aunque mi rostro sigue ardiendo de vergüenza. A medida que avanzamos, me doy cuenta de que estamos entrando por el acceso de un hotel llamativo, con luces de colores parpadeantes y un letrero luminoso que titila en la oscuridad. Los coches que están estacionados alrededor parecen pertenecer a clientes que buscan servicios que no tienen nada que ver con una estadía normal en un alojamiento. No tengo dudas: se trata de un lugar especializado en clientela de prostitución. Mi estómago se contrae en un nudo apretado; pienso en cómo me verán a mí, vestida de esa manera, y me pregunto si alguien podrá adivinar la verdad —que el hombre que me acompaña no es mi cliente, sino mi propio hijo.
Jake estaciona el vehículo en un espacio reservado, apaga el motor y gira hacia mí con su habitual calma: “Sígueme,” dice, sin añadir nada más. Bajamos del auto y comienzo a caminar a su lado, tratando de ocultar mi cara con la palma de la mano, agachando la cabeza como si eso pudiera protegerme del mirar de los demás. Cada paso que doy por el vestíbulo lleno de hombres y mujeres que intercambian miradas significativas me hace sentir más expuesta, más humillada.
De repente, su mano se posa firme sobre mi cintura, agarrándome con fuerza y guiándome hacia el mostrador de recepción. Me quedo un paso atrás, mientras él se acerca al chico joven que atiende —un muchacho con la camisa de manga corta y una expresión aburrida en el rostro.
“Jake Morales,” dice mi hijo, con una voz clara y segura. “Tengo una reservación para la habitación 42.”
El recepcionista busca en la pantalla de su computadora durante unos segundos, luego saca una tarjeta con la llave electrónica y se la entrega. “Todo listo, señor. Que la pase bien.”
Jake se gira hacia mí, toma mi cintura de nuevo y me pega contra su cuerpo. Su mano caliente se siente quemante sobre mi piel, incluso a través de la tela. Me dirige hacia el ascensor, y mientras esperamos, sus ojos me recorren de arriba abajo con una mirada que no puedo definir —no es cariñosa, ni odiosa, sino algo entre deseo y satisfacción.
“¿Estás preparada?” me pregunta, su voz baja pero audible.
No logro articular una respuesta antes de que las puertas del ascensor se abran. Jake me lleva adentro, presiona el botón del tercer piso y vuelve a acercarse a mí, manteniéndome pegada a él. El silencio del ascensor es pesado, roto solo por el zumbido suave del motor mientras subimos
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