En cuanto las puertas se abren en el tercer piso, Jake me jala del brazo hacia afuera, sujetándome con más fuerza aún. Caminamos por un pasillo con alfombra gruesa que amortigua nuestros pasos, pasando frente a puertas numeradas que parecen guardar secretos oscuros. De repente se detiene, y su voz suena con un matiz de emoción que nunca antes había escuchado en él: “Llegamos.”
Sin dudar, mete la llave en la cerradura, abre la puerta y me tira del brazo para meternos los dos dentro. Cierra la puerta con un golpe seco que hace eco en la habitación.
Antes de que pueda reaccionar, me empuja bruscamente contra la madera fría de la puerta. Su cuerpo se apoya sobre el mío, aprisionándome entre él y la cerradura. Una de sus manos se posa sobre mi cuello, aplicando una presión ligera pero firme que me impide moverme, mientras la otra baja hasta mi pecho. Sus dedos pasan suavemente de un seno al otro, rozando la tela delgada que apenas me cubre, haciendo que mi piel se erice.
Se acerca su rostro al mío; nuestros labios están separados por solo milímetros. Siento su aliento cálido sobre mi piel. Presiona un poco más la mano en mi cuello, y de repente choca sus labios contra los míos en un beso brusco, sin ternura. Intenta meter su lengua dentro de mi boca, pero yo mantengo los labios cerrados con fuerza, negándome a permitirlo. En respuesta, la mano que está en mi pecho se desplaza hasta mi seno derecho, y pellizca con fuerza mi pezón a través de la tela. Un gemido ahogado se escapa de mi garganta, y en ese instante él introduce su lengua en mi boca, dominando el beso con una intensidad que me deja sin aliento.
Cuando Jake finalmente se aleja un poco, siento cómo el aire vuelve a llenar mis pulmones en un jadeo entrecortado. Intento tragar la nube de emociones que se apiña en mi garganta: vergüenza por cómo me ha tocado, rabia por su desprecio, dolor por el niño que fue y el hombre que se ha convertido, y un miedo profundo que me hace temblar desde los huesos. Cierro los ojos con fuerza, apretando los puños hasta que el dolor en mis manos compita con el que arde en mi pecho, tratando de contener el llanto que amenaza con desbordarme. Pero es inútil. Un sollozo gutural se escapa de mí, y luego otro, hasta que las lágrimas brotan como un río desbordado, calando la tela de la ropa que me puso. Mi cuerpo tiembla con cada convulsión de dolor; las piernas dejan de sostenerme, doblándose como si estuvieran hechas de cera blanda, y me encuentro de rodillas en el suelo frío de la habitación, apoyando las manos en el suelo para no caerme del todo. En ese instante, mi mente se llena de imágenes rotas: Jake pequeño, durmiendo sobre mi pecho mientras cantaba canciones de cuna; sus brazos alrededor de mi cintura cuando tenía miedo de los truenos; la sonrisa que iluminaba su rostro cuando le ganaba un premio en la escuela. Todo eso se choca brutalmente con la realidad que me rodea ahora, con la mano que me ha pellizcado y el beso que me ha arrebatado, creando un torbellino que me hace sentir como si me estuviera desmoronando por dentro.
Jake se queda de pie unos instantes, observándome con los ojos entrecerrados y una expresión extasiada que no logro descifrar —como si mi sufrimiento fuera el espectáculo más bello que hubiera visto en su vida. Luego, se agacha lentamente a mi lado, moviéndose con la misma compostura que siempre ha tenido, sin prisa, sin alterarse. Sus manos se colocan suavemente sobre mis hombros, y después pasa una alrededor de mi espalda, mientras la otra se posa en mi rostro, acariciando mi mejilla con los dedos para limpiar las lágrimas que siguen cayendo. “Shhh,” susurra, con esa voz cálida que alguna vez me consoló en mis peores momentos, pero ahora suena extraña, distorsionada. “Tranquila, Elena. No te hagas daño.” Comienza a levantarme con cuidado, apoyando su cuerpo contra el mío para darme soporte, mientras su mano en mi espalda se mueve en círculos lentos, frotando la piel a través de la tela para calmar mis estremecimientos. Su tacto es suave, casi cariñoso, y por un instante mi mente se niega a aceptar que sea el mismo hombre que me ha humillado hasta el límite.
Lentamente, mis sollozos comienzan a aminorar, y logro ponerme de pie, apoyando toda mi espalda contra la madera fría de la puerta. Mis piernas aún tiemblan, pero ya puedo mantener el equilibrio. Jake mantiene una mano en mi espalda, mientras la otra sigue en mi rostro, acariciando mi barbilla con el pulgar. Se queda mirándome a los ojos por un momento, y su expresión es ahora más seria, aunque en sus pupilas brilla ese mismo fuego oscuro que vi antes. “Y Elena?” dice, su voz baja pero clara, sin un solo matiz de nerviosismo. Mientras habla, la mano que está en mi espalda empuja con fuerza, pegando su cuerpo contra el mío de un golpe seco. La presión me hace respirar hondo, sintiendo cada curva de su torso contra la mía. “¿Te gustó el beso de tu hijo?”
La pregunta me corta el aliento. Se queda ahí, colgando en el aire entre nosotros, mientras mi mente intenta procesar lo que acaba de decir. Quiero responder, decirle que no, que eso está mal, que somos madre e hijo, pero no logro articular ni una sola palabra antes de que su mano se deslice rápidamente por mi espalda, bajando hasta mi culo. Sus dedos se cierran con fuerza sobre la carne, palpiéndola con violencia, apretando y soltando varias veces como si fuera un objeto que le pertenece. Luego, sin previo aviso, empuja la parte superior de mi cuerpo hacia adelante, haciendo que mi pecho y mi cara queden presionados contra la puerta, mientras mi espalda se arquea hacia él. El golpe me hace gemir de sorpresa y dolor, sintiendo cómo la madera fría se adhiere a mi piel.
“A mí,” dice Jake, y escucho la sonrisa en su voz, “me ha encantado. Tu boca es requisita.” Antes de que pueda reaccionar, vuelve a acercar sus labios a los míos, intentando besarme de nuevo. Pero esta vez cierro la mandíbula con toda mi fuerza, apretándola hasta sentir dolor en las encías, negándome a dejarlo entrar. Jake se separa un centímetro, y su risa suave se hace escuchar en la oscuridad de la habitación —una risa contenta, como si mi resistencia fuera un juego que le divierte mucho. Mueve la mano que estaba en mi barbilla, pasando el dedo gordo por mi labio inferior con cuidado, rozando la piel húmeda por las lágrimas y el sudor, como si estuviera explorando una superficie tierna y preciada.
Después, su mano se posa de nuevo en mi mandíbula, pero esta vez con fuerza, sujetándome con firmeza mientras la gira hacia un costado, exponiendo mi mejilla y mi cuello. Me siento indefensa, sin poder mover la cabeza, mientras su rostro se acerca lentamente a mi piel. Comienza a lamerla, desde la comisura de mi boca hasta la sien, pasando por la mejilla, con la lengua caliente y húmeda que hace que mi piel se erice de una mezcla de rechazo y extraña sensación. Su lengua sube hasta mi oído, donde se detiene, y siento cómo su aliento cálido golpea mi piel sensible. “Verte llorar,” susurra, tan cerca que sus palabras parecen vibrar en mi cabeza, “lo excita mucho, mami.” En ese momento, los sollozos vuelven a invadirme, sacudiendo mi cuerpo de nuevo, mientras mis manos agarran la bisagra de la puerta con fuerza, tratando de encontrar algún punto de apoyo en medio del caos que me rodea.
Intento articular palabras, entre sollozos: “Jake… no… esto no puede ser… somos…” pero mis palabras se atascan en la garganta, saliendo entrecortadas y rotas. Jake se ríe suavemente, un sonido suave que me hace sentir más vulnerable aún. Luego, su rostro desciende hasta mi cuello, y siento la punta de su lengua trazando líneas por la piel, jugando con los puntos sensibles que él mismo parece conocer demasiado bien. Cada vez que su lengua toca un lugar donde la piel es más fina, mi cuerpo da un pequeño salto, un estremecimiento involuntario que me hace sentir avergonzada de mí misma. Después de unos minutos de esos movimientos lentos y tortuosos, sus labios se posan en la parte más sensible de mi cuello, justo debajo del lóbulo del oído, y comienza a succionar con fuerza. Un calor extraño se extiende por mi cuerpo, caliente y abrumador, mientras mi mente lucha contra ello, llenándose de pensamientos negativos —de cómo todo esto está mal, de cómo he fallado como madre, de cómo el niño que amé con locura ahora está haciendo esto conmigo.
Después de lo que parece una eternidad, Jake deja de succionar mi cuello y se separa un paso, manteniéndome bajo su mirada intensa. Siento cómo la piel donde estuvo su boca arde como si hubiera pasado una llama por ella, y ese calor se extiende por todo mi cuerpo, acumulándose en cada rincón desde que cruzamos la puerta de esta habitación. Mis manos aún agarran la bisagra de la puerta, los nudillos blancos por la tensión, mientras él me observa en silencio, sus ojos recorriendo mi rostro como si estuviera estudiando una obra de arte. Luego, habla con una voz seria, tranquila como siempre: “Con todo el maquillaje corrido, incluso llorando… no deja de ser una mujer bellísima, Elena.”
Me quedo petrificada, sintiendo cómo esas palabras golpean mi mente con más fuerza que cualquier golpe físico. Lo que menos esperaba era que me alabase así, en medio de todo este caos. En mi cabeza, la voz de la razón grita a todo pulmón —Él es tu hijo, esto está mal, tienes que escapar—, pero de repente, una diminuta voz que no reconocía cobra vida en un rincón oscuro de mi mente, susurrando Es bueno sentirte deseada, después de tanto tiempo sola… quizás no es tan malo como parece. Se me nubla la vista por el conflicto que se libra en mi interior; recuerdo cómo después de la muerte de su padre, mi vida se redujo a trabajar y criar a Jake, dejando de lado cualquier atisbo de deseo o vanidad. Jake me saca de mis pensamientos con un ligero movimiento de cabeza, su expresión inmutable.
“Sabía que ese bodystocking de lencería negro te quedaría de maravilla,” dice, dando un paso hacia mí. Instintivamente, retrocedo hasta que mi espalda choca de nuevo con la puerta, sintiendo cómo un rubor intenso sube por mi cuello hasta mis mejillas, caliente y humillante. No puedo controlarlo, ni entender por qué mi cuerpo reacciona así. Jake observa mi rostro con una expresión divertida, como si encontrara graciosa mi timidez, y da otro paso más, hasta que apenas nos separamos un centímetro. Sin decir nada más, lleva ambas manos a mi cuerpo: una se posa sobre mi seno izquierdo, la otra entre mi cuello y el hombro derecho. Comienza a palpar, manosear y masajear con movimientos lentos y precisos, presionando suavemente la carne bajo la tela fina. De vez en cuando, sus dedos encuentran mis pezones —completamente cubiertos por el bodystocking pero sensibles como nunca— y los pellizca con firmeza, haciendo que mi respiración se corte en un suspiro ahogado.
Siento cómo el calor en mi cuerpo aumenta aún más, una llama que se alimenta de cada toque, cada rozamiento. Mi mente lucha con todas sus fuerzas contra lo que siente mi cuerpo —Esto es incorrecto, Jake es mi hijo— pero la lujuria creciente se cuela entre mis pensamientos como una serpiente, entorpeciendo mi voluntad. “J-Jake… esto que estamos haciendo… no puede ser…” digo, pero mi voz sale floja, entrecortada por tartamudeos, y sé que no suena como una negativa firme. Mi propio cuerpo me traiciona: mis pechos se endurecen bajo sus manos, y una humedad se forma entre mis piernas que me hace sentir avergonzada hasta las raíces del pelo. Jake se detiene un instante, como si escuchara mis palabras con atención, luego avanza su rostro hasta el mío, llevando sus labios hasta mi oído.
Siente su aliento caliente sobre mi piel antes de soplar suavemente, haciendo que un escalofrío recorra mi espalda. “Para el final de la noche,” susurra, su voz baja y melodiosa, “tu boca tal vez no lo pida… pero tu mente y cuerpo rotarán más por mi miembro, madre.” Intento responder con firmeza, pero mis palabras salen entrecortadas: “Eso… eso no pasará…” Jake se separa un poco, sonriendo con calma: “Bueno, entonces tenemos toda la noche para averiguarlo.”
Mueve ambas manos de mis pechos para ayudarme a quitar la chaqueta de cuero que llevaba puesta. Mi cuerpo obedece sin que yo lo ordene, levantando los brazos para que ella deslice por mis hombros, dejándola caer al suelo con un suave golpe. Luego, sus manos deslizan por mi espalda, palpiendo la tela suave y elástica del bodystocking, recorriendo cada curva, cada vértebra hasta llegar a mis caderas. Me siento tensa, esperando lo que vendrá, mientras él se agacha frente a mí, su rostro a la altura de mis caderas. Con cuidado, toma la falda corta de cuero que apenas cubre mis nalgas, desabrocha el pequeño broche que la sujetaba y la desliza lentamente por mis piernas. Toca mis muslos para que los separe un poco, y la falda cae al suelo junto a la chaqueta. Antes de que pueda respirar hondo, siento su mano derecha moverse hacia mi entrepierna, cubierta solo por la fina tela negra. Sus dedos comienzan a jugar con el área sensible, rozando, presionando y haciendo pequeños círculos que hacen que mis piernas tiemblen. Intento reprimir los gemidos que quieren escapar, apretando los dientes y agarrando la puerta con ambas manos, pero cada toque envía una ráfaga de placer que se mezcla con mi angustia, haciendo que mi mente dé vueltas entre el rechazo y la necesidad de más.
Siento cómo sus dedos aumentan el ritmo, presionando con más firmeza sobre la tela que apenas me separa de su tacto. Mi cuerpo reacciona por sí solo, contra toda mi voluntad: un calor ardiente se concentra en mi entrepierna, y siento cómo un flujo cálido empapa la tela fina. Me estremezco de vergüenza – ¿cómo puedo ser tan débil, cómo puedo dejar que esto me afecte así? Intento contener un gemido entre los dientes, pero se escapa como un suspiro roto. Justo en ese momento, Jake se detiene. Sus manos se posan sobre la tela que cubre mi intimidad, y con los dedos de ambas manos, rompe la tela con precisión, como si lo hubiera planeado desde el principio. El aire frío de la habitación golpea mi piel descubierta, y siento cómo mi clítoris se endurece por la sensación, mientras mi vagina se abre y cierra involuntariamente.
Levanto la vista hacia él, los ojos llenos de lágrimas y confusión, y encuentro su mirada fija en mí – tranquila, como siempre, pero con una chispa de emoción en los ojos que nunca antes había visto. Luego, abre la boca y pronuncia las palabras que hunden en mi pecho como un puñal caliente: “Gracias por la comida, mami.”
Mami. La palabra cae en el aire entre nosotros como un rayo en una tarde clara. Nunca antes me había llamado así – siempre fue “mamá” cuando era pequeño, luego solo “Elena” cuando creció. En este instante, esa única sílaba desata una tormenta de emociones en mi interior: recuerdos de cuando lo llevaba en mis brazos, cuando me aferraba a mi blusa diciendo “mamá” cada vez que tenía miedo; el dolor de haberme quedado sola después de la muerte de su padre, de haber dedicado cada instante a él; la angustia de lo que está sucediendo ahora. Todo se mezcla en un torbellino que se concentra en mi cuerpo, y de repente, un orgasmo sacude cada músculo, cada nervio. Mi espalda se arquea hacia adelante, mis manos agarran fuertemente la bisagra de la puerta hasta sentir dolor en los nudillos, y un grito ahogado se escapa de mi garganta. Mis piernas tiemblan como si no pudieran sostenerme, y siento cómo mi cuerpo libera otra oleada de líquido, caliente y abundante.
Jake observa el espectáculo en silencio, su expresión serena pero iluminada por esa misma emoción. Sin dudar, se agacha frente a mí y lleva su boca directamente a mi entrepierna. Comienza a tragar la humedad que ha salido de mí, succionando con fuerza, sus labios presionados contra mi piel sensible. Instintivamente, mis manos se deslizan hasta su cabellera, y la empujo contra mí sin pensar, buscando más de ese placer que me hace olvidar todo lo demás. Los segundos se sienten como horas – cada lamida, cada succión envía corrientes eléctricas por mi cuerpo. Cuando por fin el orgasmo desaparece, dejándome temblando y jadeante, mi mente vuelve a la realidad con un golpe seco. Me doy cuenta de lo que he hecho – he empujado a mi propio hijo hacia mi cuerpo, he cedido al impulso más básico sin importar la locura de la situación.
Vergüenza me recorre por completo, caliente y abrasadora. Me critico a mí misma en silencio: ¿Cómo pudiste? ¿No tienes ningún respeto por ti misma? ¿Por tu hijo? Pero antes de que pueda moverme, Jake comienza a mover su lengua por mi vagina con lentitud, explorando cada rincón. Su lengua se desliza por los pliegues de mi piel, rozando suavemente el clítoris que aún late de sensibilidad, luego baja hasta la entrada de mi vagina, introduciéndose ligeramente antes de volver a subir. Siente cómo la punta de su lengua traza círculos pequeños y precisos alrededor de mi clítoris, luego se detiene para succionarlo suavemente, mientras sus dedos se posan sobre mis muslos, sujetándome con firmeza. Cada movimiento es calculado, preciso, como si conociera cada centímetro de mi cuerpo mejor que yo misma.
Mi cuerpo aún no se ha recuperado del orgasmo anterior; mis piernas tiemblan cada vez más, y siento cómo la fuerza me abandona. “Jake… por favor… detente…” susurro, pero mi voz sale débil, casi inaudible. Él hace caso omiso, continuando con sus movimientos, su lengua ahora más rápida, más intensa. En un acto desesperado, intento apartar su cabeza de mi entrepierna, poniendo ambas manos en sus hombros y empujando con toda la fuerza que me queda. Pero Jake envuelve ambos brazos alrededor de mis muslos y presiona mis caderas contra su cabeza con firmeza, impidiéndome moverme. Intento tirar de su cabello para alejarlo, pero en ese momento mis piernas ceden por completo, y todo el peso de mi cuerpo cae sobre él.
Justo cuando creo que ambos caerán al suelo frío, Jake se ajusta con agilidad, sosteniéndome con fuerza contra su pecho. Su compostura nunca se rompe – se mantiene tranquilo, incluso mientras carga mi cuerpo como si fuera liviano como una pluma. Camina con paso seguro hacia la cama del centro de la habitación, y me acuesta suavemente sobre las sábanas blancas y frescas. Yo estoy exhausta, mi respiración es entrecortada y profunda, mis ojos casi se cierran por la fatiga y el placer que aún recorre mi cuerpo. Jake se acuesta sobre el borde de la cama, a un lado mío, y me observa en silencio.
Durante unos minutos, solo siento una sensación relajante que se extiende por todo mi cuerpo, cálida y suave. Mis pensamientos conflictivos desaparecen por un tiempo, como si la mente se hubiera apagado para darme un respiro. No veo nada, no pienso en nada – solo siento la suavidad de las sábanas bajo mi piel y el ritmo lento de mi propio corazón. Cuando por fin vuelvo en mí, mi vista se centra en Jake, que está sentado a mi lado. Se ha quitado casi toda su ropa: la camisa de vestir y los zapatos yacen en el suelo cerca de la cama, y solo lleva puesto un par de bóxers negros. Veo su físico – atlético, trabajado, con músculos definidos pero no exagerados, como el de alguien que cuida su cuerpo sin ostentarlo. Sus manos se mueven suavemente por mi cuerpo: pasan sobre mis pechos, rozando la tela restante del bodystocking, luego deslizan por mi panza plana, por mis caderas y hasta mis piernas, con un tacto ligero que hace que mi piel se erice. Levanto la vista y encuentro su mirada fija en mí – tranquila, observadora, como si estuviera estudiando cada una de mis en cima de la entrepierna de Jake, poniendo una rodilla a cada lado de la cadera de Jake, para seguidamente empezar a mover sus caderas, frotando la erección
Mi cuerpo aún tiembla con el eco del placer que me ha invadido, cada músculo tenso y relajado a la vez, y la suavidad de las sábanas de algodón blanco se siente casi irreal contra mi piel caliente y brillante de sudor. Jake se acerca silenciosamente, sus movimientos siempre medidos y precisos, y se acuesta al lado mío. Su presencia es un muro firme y constante a mi lado; con un brazo que pasa suavemente por debajo de mi espalda, toma mi torso sudado –yo sigo boca arriba, la cabeza girada hacia él– y me gira con cuidado hasta que nuestros cuerpos queden entrelazados de frente. Mi mejilla reposa sobre su pecho, sintiendo el ritmo lento y seguro de su corazón bajo mi piel, el latido fuerte y constante que contrasta con el vuelco de los míos. Su brazo se desliza hasta mi cintura, sus dedos cerrándose con firmeza pero sin apretar demasiado, sujetándome como si fuera un ancla en medio de un mar agitado, pegando aún más nuestras formas –sus músculos definidos contra mis curvas suaves– hasta que no queda espacio entre nosotros. La cercanía me envuelve como una manta cálida; ya no siento ese nudo de rechazo que me estrujaba el estómago al principio, solo una mezcla de calma profunda y una tensión que late bajo la piel, como una llama que se alimenta de cada roce.
Levanto la vista hasta su rostro –su expresión sigue serena, sus ojos de color avellana claro y concentrados en mí, con un brillo que no había visto antes– y susurro, con la voz aún un poco rota por los sollozos anteriores: “No seas tan brusco…” Mi mano derecha se eleva hasta su espalda, apoyándose en los músculos definidos de su dorso, sintiendo cómo se contraen y relajan bajo mi tacto, el calor que emana de él calentando mi palma. “No me iré a ningún lado, Jake… te lo prometo. No tienes por qué apurar las cosas.” Justo en ese momento, siento cómo su erección, contenida aún en sus bóxers de algodón negro, frota con suavidad contra mi pierna izquierda. La tela ya está húmeda por el pre-semen, que se siente cálido y viscoso a través de la tela, y la sensación de su firmeza contra mi piel sensible me hace estremecer de punta a punta. Sin pensar demasiado, empiezo a mover mis caderas en un círculo lento, mientras mi pierna se ajusta más a su cuerpo, rozándolo con una presión que va aumentando poco a poco, buscando ese contacto que hace vibrar mis sentidos hasta la médula. Jake emite un gemido bajo, corto y controlado –la única muestra de emoción que permite escapar hasta ahora– y ajusta su posición, arqueando ligeramente la pelvis para que el roce sea más profundo, sus dedos apretando un poco más mi cintura en señal de respuesta.
Siente cómo su cuerpo presiona contra el mío, su erección buscando más contacto, y de repente una de sus manos se posa en mi cabello –su tacto suave pero seguro– jalando suavemente hacia abajo hasta que mi mirada quede nivelada con la suya. Sus ojos están intensos, casi oscuros por la pasión contenida, y en ese segundo veo cómo se inclina lentamente, sus labios a centímetros del mío, el aliento cálido que exhala oliendo a menta y algo único que es solo suyo. Pero yo no puedo esperar; me adelanto con un movimiento brusco, y mis labios chocan con los suyos con fuerza, hambrientos, como si necesitara su contacto para respirar. En mi cabeza, la voz de la razón grita a todo pulmón –¿Qué estás haciendo? ¿No recuerdas cómo te encontraste en esta situación, cómo te hizo sentir antes?–, pero la lujuria que corre por mis venas es más fuerte, calentando mi piel hasta hacerla temblar y nublando mi juicio. Una pequeña voz en el fondo de mi mente me susurra –Has estado sola tanto tiempo… años sin sentirte deseada, sin que alguien te vea como una mujer y no como una sombra del pasado… él te desea, y eso es real–, y dejo que esa sensación me guíe, abriendo la boca para dejar que su lengua se encuentre con la mía en un baile lento y profundo.
La pasión se enciende entre nosotros como un fuego que se propaga rápidamente, y me siento mover con una agresividad que no conocía en mí misma, como si algo dentro de mí se hubiera desatado por fin. Con un esfuerzo coordinado, mi mano se apoya en su pecho mientras mi pierna se coloca por detrás de su cadera, girando su cuerpo con fuerza pero sin rudeza hasta que quede boca arriba, mientras seguimos besándonos con cada vez más intensidad, nuestros labios y lenguas entrelazados. Me subo encima de él, acomodando mis caderas en la parte alta de su entrepierna, poniendo una rodilla a cada lado de sus caderas para mantener el equilibrio, mis muslos presionando contra su piel caliente. Mis manos se apoyan en su pecho, sintiendo su musculatura bajo mi tacto, cómo se contrae con cada respiración profunda que toma, mientras empiezo a mover mis caderas en un ritmo lento pero constante, frotándome contra su erección a través de la tela. La fricción es intensa, haciendo que mis gemidos se mezclen con los suyos en el beso, mientras la humedad entre mis piernas aumenta cada vez más.
Entre un roce y otro, Jake separa un poco sus labios de los míos –sus respiraciones ya son más agitadas, aunque su postura sigue controlada– y dice, con la voz un poco jadeante pero siempre clara: “Quiero sentirte… sin nada entre nosotros… quiero sentir tu piel contra mi erección.” Pero yo no respondo con palabras; solo lo vuelvo a besar, más profundamente aún, mordiendo suavemente su labio inferior mientras mis movimientos se vuelven más rápidos y firmes. Hasta que siente un tirón suave pero firme en mi cabello que me aleja de su rostro, justo lo suficiente para que nuestros ojos se encuentren. Jake me mira a los ojos, y en su expresión hay un brillo de autoridad que no puedo ignorar: “Obedece, Elena.” Mi primera reacción es negarme –Nadie me ordena nada, nunca más– pienso, recuerdo de cómo me han tratado en el pasado, pero mis acciones van en contra de mis pensamientos. Empiezo a bajar muy despacito por su cuerpo, empezando por besar su cuello, donde la piel está caliente y huele a jabón de almendras y sudor, dejando pequeños besos húmedos en su piel. Luego mis labios descienden por su pecho, lamiendo y chupando cada uno de sus pezones, sintiendo cómo se endurecen bajo mi tacto, antes de seguir hacia abajo, por su panza plana y firme, hasta llegar a la cintura de sus bóxers.
Me detengo ahí, apoyando mis manos en sus muslos fuertes, y dudas cruzan mi mente como ráfagas de viento frío –¿Estoy segura de esto? ¿No estoy moviéndome demasiado rápido, sin pensar en las consecuencias?–. Veo cómo su erección presiona contra la tela, haciendo un bulto prominente, y sacudo esos pensamientos con esfuerzo, concentrándome en el presente. Con los dedos temblorosos, agarro el elástico de sus bóxers y los bajo lentamente, lo suficiente para dejar libre su erección. Al tocarla con la palma de mi mano, siento el calor que emana de ella, firme y caliente, casi vibrando bajo mi tacto. Es grande, con venas que recorren su longitud como ríos en relieve, y palpita con fuerza, con más pre-semen que resbala por la cabeza rojiza. En ese instante, me vienen recuerdos de Rodrigo –mi exmarido–, de cómo éramos tan naturales juntos, cómo el sexo oral era parte de un vínculo lleno de complicidad y cariño, cómo él siempre tomaba su tiempo para mimarme antes de que llegáramos a ese punto. Pero con Jake es diferente: hay una tensión nueva, un fuego que no conocía, y abrir mi boca parece un desafío mayor que nunca, como si estuviera a punto de cruzar una línea que no podría volver a cruzar. Finalmente, me acerco lentamente, abro los labios y saco la lengua, apoyando solo la puntita en la cabeza de su pene. El calor que siente es inmediato, intenso, y el sabor salado y ligeramente dulce del pre-semen llena mi boca en un instante. No quiero hacerle esperar más, así que empiezo a mover mi lengua despacio por toda la cabeza, trazando círculos suaves y recogiendo cada gota que brota, explorando cada curva y textura con cuidado.
Jake ya jadea en voz alta ahora, sus manos apoyadas en las sábanas a cada lado de su cabeza, los nudillos blancos por la tensión. Yo poso mis labios alrededor de la cabeza de su erección, sentiendo cómo se ajusta a la forma de mi boca, y empiezo a succionar con calma, explorando con mi lengua los pliegues y venas que recorren su miembro, moviendo mi cabeza en un ritmo lento y constante. De repente, una de sus manos se posa en mi cabeza, presionando suavemente para que trague más de la mitad de su longitud. No me resisto; por el contrario, mi lengua se mueve con maestría por todo el miembro, mientras Jake empieza a mover sus caderas en un ritmo que se ajusta a mis movimientos, cada empuje controlado pero lleno de pasión. Pasados unos minutos, sus movimientos se vuelven más rápidos y furiosos, y ahora ambas manos están sobre mi cabeza, guiándome con firmeza pero sin hacer daño. “Elena…” dice, con la voz entrecortada por el placer, sus ojos cerrados y la cabeza reclinada hacia atrás, “quiero que trages todo… ahora… déjame sentirte…” Segundos después, siento cómo su cuerpo se tensa por completo, y su semen caliente, espeso y abundante inunda mi garganta en oleadas. Cierro los ojos y trago todo lo que puedo, mientras sus cuerpos tiembla con la intensidad del orgasmo, su aliento jadeante llenando el aire entre nosotros.
La última ola caliente y espesa desciende por mi garganta en oleadas gruesas, y la tragó sin pensarlo dos veces —la textura espesa y el sabor salado se asientan en mi lengua antes de desaparecer por completo. Como si mi cuerpo supiera lo que debía hacer antes que mi mente pudiera cuestionarlo, deslizo mis labios por la longitud de su miembro con la suavidad de seda sobre madera, sintiendo cada vena que se yergue bajo la piel tersa y caliente hasta sacarlo de mi boca con un ligero chasquido. Mi vista se queda clavada en él: está rojo carmesí en la punta, brillante por el sudor y los restos viscosos de la intimidad que acabamos de compartir, y pulsa con cada latido de su corazón. No puedo creerlo: mis manos aún tiemblan sobre sus muslos, las yemas de los dedos sensibles al calor que emana de su piel, y un cosquilleo extraño recorre mi columna vertebral hasta llegar a la base de mi cráneo al pensar en cómo mis labios acaban de estar envueltos alrededor de él, cómo he tragado todo lo que me ha dado. Al bajar la mirada, veo que algunos restos translúcidos se han quedado adheridos a la piel arrugada de sus bolas, brillando como pequeñas perlas bajo la luz tenue de la lámpara de mesita que se filtra desde la habitación. Sin darme cuenta de lo que hago, me inclino de nuevo, pasando mi lengua por la piel suave y caliente de la zona —suave como la tela de un bebé pero caliente como el asfalto en un día de verano— limpiándolo con movimientos lentos y cuidadosos, trazando círculos pequeños con la punta de mi lengua como si estuviera tratando una cosa frágil, como una joya que no puedo permitirme romper.
Cuando termino, levanto la cabeza y encuentro sus ojos avellana clavados en mí, tan tranquilos como el agua de un lago sin viento, sin un solo gesto que revele emoción fuera de lugar —ni una ceja fruncida, ni un músculo tenso en el rostro. En un arranque de osadía que no reconozco en mí misma, curve los labios en una sonrisa ligeramente torcida y saco la lengua brevemente, mostrándole la superficie limpia y húmeda, demostrando que no queda nada en mi boca. Jake solo cierra los ojos por un instante, sus pestañas largas descansando sobre sus mejillas pálidas, luego tumba su cabeza sobre la almohada blanca de algodón, sus hombros descendiendo en un suspiro controlado que hace que su pecho se contraiga y se relaje con precisión. Su cuerpo sigue tenso bajo mí —sus abdominales se yerguen como rocas pulidas— pero su compostura nunca se rompe: ni un solo movimiento brusco, ni una palabra fuera de tono, como si hubiera practicado esta calma durante años.
Me arrastro lentamente por su torso, sintiendo cómo la piel caliente y sudada de su pecho se desliza bajo mis manos, cada músculo definido como si estuviera esculpido en piedra caliente. Sus abdominales se contraen con cada respiración, y mis dedos dejan huellas húmedas en su piel a medida que avanzo. Me coloco sobre él de nuevo, apoyando mi cabeza en el hueco de su cuello y su pecho, tan cerca que puedo sentir el latido acelerado de su corazón golpeando contra mi mejilla con un ritmo rápido y constante que contrasta con la absoluta calma de sus gestos. El aroma de su piel me envuelve: mezcla de jabón de almendras, sudor y algo profundamente masculino que me hace sentir a la vez segura y perdida. De vez en cuando, mi boca se acerca a su piel, dejando besos suaves y húmedos en la curva de su cuello —donde la piel es más fina y puedo sentir el pulso de su arteria carotídea— y en la protuberancia de su clavícula, que se yerge como un faro en la oscuridad. Mis labios parecen tener voluntad propia, buscando el contacto cálido de su cuerpo como si fuera un refugio contra un frío que no puedo nombrar. Después de un rato, siento cómo sus manos se colocan con firmeza sobre mi espalda y mi cintura, envolviéndome en un abrazo ajustado que me pega aún más a él, hasta que no queda ni un centímetro de aire entre nuestros cuerpos. Sus dedos se mueven con suavidad por mi piel a través de la tela mojada, trazando círculos pequeños que hacen que mi piel se erice de punta en punta, como si cada toque fuera una chispa que se extiende por todo mi cuerpo.
El sudor corre por mi cuerpo en ríos calientes, trazando senderos por mi espalda, mis senos y mi panza, mezclándose con el que emana de Jake hasta que el bodystocking negro que aún llevo puesto está completamente empapado, pesado como una manta húmeda. La tela se adhiere a mi torso como una segunda piel, húmeda y pegajosa entre mis piernas, donde la humedad propia se ha mezclado con el calor de nuestro contacto hasta formar una capa espesa y tibia. De repente, un recuerdo corta mi mente como un rayo en una tarde clara: Jake de pequeño, con unos siete años, corriendo por el parque de Independencia en un día de verano que parecía nunca terminar, su cabello rubio pegado a la frente por el sudor en mechones, su camiseta de algodón azul completamente mojada hasta quedar translúcida. Nunca tuvo buen sentido del olfato —recuerdo cómo una vez se negó a bañarse después de jugar al fútbol con sus amigos, sentándose en el sofá con los calcetines sucios y diciendo con los ojos brillantes que no olía a nada. Tuve que llevarlo a la ducha a la fuerza, sujetándolo por la mano mientras él protestaba con quejos suaves, reprendiéndolo con ternura mientras le untaba jabón en la espalda: “Mi amor, si transpirás tanto, tenés que lavarte antes de que el olor se quede en tu piel, ¿no ves?”. Pero ahora, un aroma penetra mis fosas nasales que no reconocí nunca antes: es fuerte, casi repugnante en su crudeza, una mezcla de sudor masculino concentrado, el olor acre y metálico de la pasión, y algo indefinible que me recuerda a la ferocidad de un instinto primitivo, como el olor de la tierra mojada después de una tormenta. Y aunque una parte de mí quiere apartarse, sentir el fresco del aire acondicionado en mi rostro, otra la encuentra irresistible, como un afrodisíaco ancestral que calienta mi sangre desde dentro, haciendo que mis piernas tiemblen y mi respiración se acelere.
“Está haciendo un calor infernal”, dice Jake en voz baja, su respiración aún un poco agitada pero su tono tan tranquilo como siempre, como si estuviera comentando el clima y no lo que acabamos de hacer. Muevo la cabeza para mirarlo y veo que su mirada se dirige a la cama: las sábanas blancas de algodón egipcio ahora están manchadas con grandes círculos oscuros de sudor que se extienden como charcos por la tela, los lugares donde nuestros cuerpos han estado en contacto marcados con claridad. Sus manos siguen recorriendo mi cuerpo con precisión, como si estuviera mapeando cada curva, y cuando llega al torso, sus dedos rozan la tela mojada del bodystocking con una ligereza que hace que mi piel tiemble. “Estás completamente empapada”, añade, con un ligero matiz de curiosidad en su voz, como si estuviera estudiando un fenómeno natural. “La prenda está hecha agua, parece que te hayas metido en un río con ella puesta”.
Miro a sus ojos, sintiendo cómo el calor me arde desde dentro, como si una llama estuviera consumiéndome por dentro, empezando en mi entrepierna y extendiéndose hasta mis manos y pies. Mi piel está caliente al tacto, y siento cómo las venas en mis muñecas se yerguen bajo la superficie. “Ardo”, susurro, la voz rota por la sequedad de mi garganta, que se siente como si estuviera cubierta de arena. “Siento que me quemo por dentro”. Antes de que pueda decir más, saco la lengua y comienzo a lamer su cuello, siguiendo el camino del sudor que corre por su piel caliente en un sendero delgado y salado. Mi lengua se desliza por la curva de su cuello con la suavidad de un animal que lame a su cría, recogiendo cada gota de sudor, sabrosa y salada en mi lengua, haciéndome sentir más sedienta que nunca. Jake se queda inmóvil por un instante, sus manos sobre mi espalda se tensan ligeramente pero no se mueven, luego sus dedos toman mi cuerpo con firmeza, sin ser brusco pero con una autoridad que no puedo ignorar, como la de un capitán que dirige su barco en medio de una tormenta. En un movimiento coordinado y fluido, me gira sobre la cama hasta que queda él encima, su cuerpo cubriendo el mío con la pesadez reconfortante de una manta. Cuando intento volver a acercar mi boca a su cuello, buscando ese sabor salado que me obsesiona, él me impide con un ligero apretón en la cintura que hace que mi respiración se corte, luego choca sus labios contra los míos en un beso lasivo y profundo. Sus labios son gruesos y cálidos, dominan los míos con intensidad, su lengua se introduce en mi boca con determinación, explorando cada rincón de mi boca con precisión, rozando la mía, chupándola suavemente hasta que después de unos segundos se separa lentamente, dejándome jadeante y con la cabeza girando, como si hubiera bebido una copa de vino fuerte.
Jake se levanta de un salto, moviéndose con la misma agilidad que siempre caracterizó a su paso —incluso de niño, se movía como un gato, silencioso y preciso. Extiende una mano hacia mí, y cuando la tomo, su agarre es firme pero cuidadoso, como si estuviera sosteniendo un cristal que podría romperse; me arrastra suavemente hasta el borde de la cama, sus dedos envueltos en los míos con una fuerza que me hace sentir segura, luego pasa sus brazos alrededor de mi cintura y me levanta del suelo con facilidad, como si yo pesara nada más que un pluma. Me sostiene contra su pecho, sintiendo cómo su sudor se mezcla aún más con el mío, formando una capa húmeda entre nuestros cuerpos, mientras su boca se abalanza sobre mi cuello, lamiendo el sudor que corre por mi piel con movimientos lentos y persistentes, siguiendo cada curva, cada protuberancia de mis costillas con la punta de su lengua. Mientras lo hace, camina con paso seguro hacia la puerta de la habitación, girando la manija con su hombro con destreza y dirigiéndonos hacia el pasillo que conduce al baño. Los pasos de sus zapatos de cuero negro —que aún lleva puestos— resuenan en el silencio del pasillo con un sonido seco y rítmico, mezclados con mis propios jadeos cada vez que su lengua toca un punto sensible de mi piel, como el hueco de mi clavícula o la base de mi cuello.
Una vez dentro del baño, Jake me baja suavemente hasta dejarme de pie frente a él, sus manos nunca abandonan mi cuerpo hasta que estoy firme sobre el suelo frío de porcelana. La luz del techo fluorescente ilumina la habitación de un blanco brillante y duro, haciendo que mis ojos se cierren por un instante antes de acostumbrarse lentamente. Sus manos se acercan al escote del bodystocking, agarrando la tela con firmeza entre sus dedos, sus uñas cortas y limpias hundiéndose ligeramente en la tela elástica. “Sosténte bien”, me dice, su voz clara y tranquila, como si estuviera dándome instrucciones para cruzar la calle. En tres intentos precisos, tira de la tela con fuerza controlada: primero por el lado izquierdo, donde la tela se rasga con un crujido suave; luego por el derecho, con el mismo movimiento calculado; y finalmente tira hacia abajo, rompiéndola por el centro hasta que la prenda queda en tiras negras sobre el suelo frío del baño. Me quedo completamente desnuda ante él, sintiendo cómo la luz fría golpea mi piel sudada y caliente, haciendo que cada curva, cada pelo en mi cuerpo se destaque con claridad. Jake mira mi cuerpo de arriba abajo con una expresión seria, sus ojos avellana recorren cada centímetro de mí como si estuviera estudiando un mapa, luego levanta la vista hacia mí y ordena con calma, sin alzar la voz: “Quítame los bóxers”.
Sin dudar, me agacho frente a él, mis manos encontrando el elástico de sus bóxers de algodón negro restantes, que se siente suave y fresco bajo mis dedos a pesar del sudor. Los bajo lentamente, sintiendo cómo la tela se desliza por sus muslos fuertes y calientes, cada centímetro de piel descubierta revelando músculos definidos que se contraen con cada respiración, hasta llegar a sus rodillas. “Subí los pies, amor”, le digo suavemente, mi voz cargada de una ternura que no espero sentir en este momento, y Jake obedece con su habitual compostura, levantando primero uno y luego el otro con un movimiento fluido para que pueda dejar la prenda en el suelo frío del baño, donde cae con un sonido suave. Al alzar la vista, mi mirada se queda clavada en su miembro —ya está completamente erecto, firme como una vara de roble y pulsante bajo la luz blanca, con venas azules que se destacan bajo la piel caliente como ríos en un mapa topográfico. Jake sonríe ligeramente, con un tono burlón en su voz pero sin perder la calma, sus labios curvándose en una mueca que mezcla deseo y superioridad: “¿Por qué no vas a lamer el sudor de mis bolas ahora, Elena?”
La burla me hace estirar los labios en una mueca que mezcla deseo y determinación. No permitiré que me reduzca a un objeto de burla, ni ahora ni nunca. Me inclino de nuevo, llevando mi boca a sus bolas, sintiendo el calor que emana de ellas contra mi lengua como el de un fuego acogedor en una noche fría. Empiezo a lamer y chupar con cuidado, la punta de mi lengua explorando cada pliegue de piel, chupando suavemente cada bola como si estuviera saboreando una fruta madura, mientras una de mis manos se enrosca alrededor de su miembro, masajeándolo de abajo hacia arriba con movimientos lentos y precisos, presionando ligeramente cada vez que llego a la punta. Mi otra mano desliza por su espalda baja hasta llegar a su culo, palpiendo la piel firme y caliente, presionando suavemente los músculos que se contraen con cada toque mío. Un recuerdo me cruza la mente —cuando Jake era pequeño, se quejaba cada vez que le tenía que aplicar crema en la espalda después de una quemadura solar en la playa de Villa Gesell, rechazando mi tacto con timidez, diciendo que le picaba. Yo le hablaba en voz baja mientras extendía la crema con movimientos suaves: “Es para que no te duela más, mi amor, ten paciencia”. Ahora el contacto es algo completamente distinto, cargado de una intensidad que me hace temblar desde los pies hasta la cabeza, como si estuviera en el borde de un precipicio.
Jake se queda inmóvil por un instante, sus manos a sus lados se cierran en puños pero luego se relajan, luego lleva una mano a mi cabeza, apoyándola suavemente sin ejercer presión, sus dedos enredándose en mi cabello con una suavidad que me sorprende. Siento cómo su miembro tiembla bajo mi mano, un movimiento rápido y violento que hace que mi corazón lata con más fuerza, y sé que está perdido en el placer, aunque su rostro sigue sereno como siempre. Retiro mi boca de sus bolas, levantando la vista para mirarlo a los ojos, y mi voz sale baja y seductora, como un susurro que corta el aire del baño y resuena en las paredes de azulejos: “Jake ha sido un niño malo”. Muevo mi mano por su culo con más firmeza, masajeándolo en círculos, presionando con suficiente fuerza para sentir cómo los músculos se relajan bajo mi tacto, y repito las palabras con un matiz más duro, cargado de una autoridad que no sabía que poseía: “Has sido muy cruel con la mujer que te crío, que te dio la vida, que te cuidó cuando nadie más lo hizo”. En ese momento, introduzco un dedo en su ano con cuidado, moviéndolo lentamente mientras mi pulgar masajea la piel circundante; siento cómo su cuerpo se tensa por un instante, sus abdominales se contraen como rocas, antes de relajarse con un suspiro suave que escapa de sus labios.
Un salto violento recorre su miembro bajo mi mano, un movimiento tan brusco que casi me hace soltarlo, un signo del intenso placer que está experimentando. Dejo de masajearlo, llevando mi lengua a lo largo de su longitud en una sola lamida lenta y profunda, desde la base hasta la cabeza, recogiendo cada gota de pre-semen que brota de la punta rojiza. Luego me pongo de pie frente a él, mis piernas aún tiemblan un poco bajo mi peso, pero mi mirada es fija en la suya, dura como el acero, y digo con claridad, sin dejar lugar a dudas: “Y un niño malo merece un castigo”.
Jake solo sonríe con calma, sus ojos avellana brillan con una luz que no reconozco, y lleva sus manos a mi espalda, deslizándolas por mi piel húmeda hasta que nuestros cuerpos están pegados de nuevo, el calor de sus músculos calentando mi piel. Su tacto es firme pero suave, como si estuviera sosteniendo algo valioso, y pregunta con una voz serena que contrasta con la tensión que llena el aire: “¿Ese castigo será que me corra en todos tus agujeros, mami?” Una de sus manos se desplaza hasta mi culo, apretándolo con fuerza suficiente para hacer que mis rodillas tiemblen y un gemido se escape de mis labios bajo mi aliento, mientras continúa con la misma compostura: “Principalmente en este agujero”. Sin más preámbulos, introduce un dedo con dificultad —la entrada se resiste al principio, tensa por la tensión y la inexperiencia— seguido de otro, sus movimientos precisos y controlados, estirando suavemente hasta que mi cuerpo se adapta.
Un gemido fuerte se escapa de mis labios, tomada por sorpresa por la mezcla de dolor y placer que recorre mi cuerpo. Jake levanta mi trasero con su mano, ajustando mi posición con cuidado para que sus dedos se claven más profundamente en las paredes anales, y el ardor que se extiende por mi vientre hace que pegue un gran grito que resuena en el baño cerrado, rebotando en los azulejos blancos. En ese instante, apoya mi cadera contra su entrepierna, y mis piernas se enroscan instintivamente alrededor de su cadera para sostenerme, mis muslos calientes presionando contra su piel firme, mis dedos de los pies enroscándose en la piel de sus glúteos.
Conmigo cargada sobre él, Jake se mueve con agilidad hasta la ducha, sus pasos firmes y seguros sobre el suelo de porcelana húmeda. Extiende una mano para abrir la regadera, y el agua fría golpea nuestros cuerpos de golpe, un chorro fuerte que hace que mi piel se erice de punta en punta y mi respiración se corte en un jadeo. El agua se escurre por nuestros cuerpos, borrando el sudor y los restos de nuestra intimidad, pero Jake no pierde tiempo: levanta un poco mi cuerpo con su brazo derecho, apoyándome bajo mis muslos, y su mano libre guía su miembro hasta la entrada de mi coño, rozando la piel húmeda con la punta. Cuando la cabeza del pene entra en mí, deja caer mi cuerpo de golpe, causando una penetración salvaje que llena mis sentidos de una intensidad abrumadora, haciendo que mis ojos se cierren y mi espalda se arquee hacia atrás. Un orgasmo sacude mi cuerpo en segundos, violento y repentino, haciendo que mis músculos se contraigan y un grito ahogado se escape de mi garganta, ahogado por el ruido del agua.
Jake no le da tregua, empezando a embestir con un ritmo rápido y firme, cada empuje preciso y profundo, haciendo que nuestro cuerpo golpee contra el muro de azulejos con un sonido sordo. Gimo como loca, cada empuje enviándome más profundamente en la mezcla de placer y confusión que me consume, mis manos aferrándose a sus hombros con fuerza suficiente para dejar marcas en su piel. Cada vez que suelto un gemido, Jake me mira con una sonrisa de satisfacción en sus labios, sus ojos nunca abandonan los míos, como si estuviera disfrutando de cada pequeño movimiento de mi rostro. Sin aviso, se abalanza sobre mi boca, besándome con fuerza para ahogar los siguientes sonidos que intentan escapar de mí, su lengua dominando la mía con la misma intensidad con la que me penetra. Mis brazos se enroscan instintivamente alrededor de su cuello, aferrándome a él mientras acelera sus embestidas, cada uno más profundo que el anterior, haciendo que el muro frío presione contra mi espalda con cada movimiento.
Pasados unos minutos, sus movimientos se vuelven más rápidos y descontrolados —la única muestra de pérdida de compostura que permite— y se despega de mis labios, arrojando la cabeza hacia atrás y dando un gran grito que se mezcla con el ruido del agua mientras se corre en mi interior, su cuerpo temblando con la intensidad del orgasmo. Al mismo tiempo, yo también siento cómo la tensión acumulada se libera en un oleaje de placer tan fuerte.
Jake baja despacio mi cuerpo, sus manos sosteniéndome con la misma firmeza cuidadosa que siempre ha tenido. Apenas los dedos de mis pies rozan el suelo frío de porcelana, mis piernas ceden por completo al cansancio —cada músculo tiembla como si hubiera corrido una maratón, y la fuerza que me mantenía en pie desaparece en un instante. Me caigo de rodillas, el impacto suavizado por la almohadilla de goma que cubre el suelo de la ducha, y mi cuerpo se inclina hacia adelante como si fuera un muñeco de trapo. En un movimiento fluido, Jake se agacha y se sienta detrás de mí, sus piernas extendidas a los lados para rodearme, y me permite recostarme sobre su pecho, mis espaldas pegándose a su torso cálido y húmedo.
El agua sigue cayendo sobre nosotros en chorros gruesos y fríos, borrando las últimas huellas de lo que acabamos de hacer, escurriéndose por mi pelo en mechones pesados, mojando la piel de Jake hasta que sentimos cómo el calor de nuestros cuerpos empieza a calentar el líquido que nos baña. Sus manos se colocan sobre mis brazos, acariciándolos con movimientos lentos que hacen que la tensión se escape de mis músculos, y su aliento caliente toca mi cuello cuando susurra: “Descansa un poco, Elena”. En ese momento, el ruido del agua se funde con el latido de su corazón bajo mi cabeza, y mis ojos se cierran por completo, sumergiéndome en un sueño profundo y pesado donde los límites entre lo que era y lo que es se desvanecen como humo en el aire húmedo del baño.
Han pasado dos meses desde aquella noche en el hotel.
Estoy sentada en la mesa de la cocina, las manos envueltas alrededor de la taza de té negro que emana un humo cálido y aromático. La cocina de Jake es grande, con encimeras de granito negro y muebles de roble oscuro que le dan un aire moderno pero acogedor —muy distinta a mi vieja casa, con sus paredes pintadas de amarillo pálido y sus muebles desgastados por el tiempo. Hace tres semanas que vivo aquí, después de que durante uno de nuestros encuentros los fines de semana —siempre los fines de semana, cuando el mundo parece dejar de existir para nosotros— me tomó la mano mientras estábamos en su cama, su mirada tan tranquila como siempre, y dijo: “Viví conmigo. Alquila tu casa, no la necesitas más”. No hubo discusión, no hubo insistencia: solo sus palabras, firmes y claras, y yo supe que no podía decir que no.
El té caliente calienta mis manos y se desliza por mi garganta con un sabor amargo y reconfortante cuando de repente suena mi celular —un pitido corto y repetitivo que he programado como alarma. Son las cuatro de la tarde, hora de empezar los preparativos para la sorpresa que le tengo. Jake siempre tuvo un fetiche particular: me encanta verme disfrazada de personajes femeninos de sus películas, videojuegos y animes favoritos. Cada vez que encuentra uno que le gusta, sus ojos brillan con una luz suave y me pregunta si me gustaría interpretarlo; y yo, siempre, digo que sí. Esta vez será Julie, la protagonista de Heavy Metal 2000 —la vimos hace una semana y media en su sala de cine en casa, y me quedé prendada de aquel atuendo rojo ajustado que usa en la batalla final: cuero brillante, tirantes finos, un corte alto que deja al descubierto mis piernas y un diseño que acentúa cada curva de mi cuerpo. Cuando se lo mencioné, Jake simplemente sonrió y me pasó la plata por transferencia bancaria, sin decir nada más —él siempre me da lo que necesito, ya sea maquillaje de alta gama, ropa elegante o estos disfraces que tanto le gustan.
Muevo la taza sobre la mesa, escuchando el sonido suave del vidrio contra la madera, y mi mente vuelve a esos primeros días después del hotel. Fue tan difícil, más de lo que jamás podría explicar con palabras. Mis emociones eran un caos completo: por un lado, la voz de la moral que me gritaba que todo estaba mal, que Jake era mi hijo, que estábamos cruzando una línea que no debería existir; por el otro, la sensación de estar viva como nunca antes, de ser deseada como una mujer y no solo como una madre, una sombra del pasado. Esa voz que me atormentaba cada vez que veía a Jake —que me recordaba que él había sido el niño que llevaba en mis brazos, que me pedía cuentos antes de dormir— fue perdiendo fuerza con cada encuentro, con cada toque que me hacía sentir más que solo una madre. Ahora, hemos establecido nuestras reglas: en la calle, cuando hay gente alrededor, somos madre e hijo —él me toma del brazo con ternura, me pregunta cómo estoy, habla de cosas cotidianas como cualquier otro par de familiares. Pero en esta casa, cuando las puertas se cierran y la cortinas se bajan, somos algo completamente distinto: hembra y macho, unidos por una pasión que parece tener vida propia.
Miro el reloj de pared —las seis de la tarde. Jake volverá en dos horas; estuvo un día fuera por trabajo, y la espera me tiene temblando de emoción. Sé que esta noche le espera una sesión de coito salvaje, como las que nos gustan tanto —incluso sé que probablemente habrá una sección anal ruda pero placentera, como él prefiere cuando ha estado tiempo sin verme. Me pongo de pie, dejando la taza en el fregadero, y camino hacia su dormitorio donde ya tengo el cosplay rojo colgado en el armario, listo para ponérmelo. Mis manos tiemblan un poco de emoción mientras abro la puerta, y sonrío pensando en la expresión tranquila pero satisfecha que tendrá en el rostro cuando me vea.
Sin dudar, mete la llave en la cerradura, abre la puerta y me tira del brazo para meternos los dos dentro. Cierra la puerta con un golpe seco que hace eco en la habitación.
Antes de que pueda reaccionar, me empuja bruscamente contra la madera fría de la puerta. Su cuerpo se apoya sobre el mío, aprisionándome entre él y la cerradura. Una de sus manos se posa sobre mi cuello, aplicando una presión ligera pero firme que me impide moverme, mientras la otra baja hasta mi pecho. Sus dedos pasan suavemente de un seno al otro, rozando la tela delgada que apenas me cubre, haciendo que mi piel se erice.
Se acerca su rostro al mío; nuestros labios están separados por solo milímetros. Siento su aliento cálido sobre mi piel. Presiona un poco más la mano en mi cuello, y de repente choca sus labios contra los míos en un beso brusco, sin ternura. Intenta meter su lengua dentro de mi boca, pero yo mantengo los labios cerrados con fuerza, negándome a permitirlo. En respuesta, la mano que está en mi pecho se desplaza hasta mi seno derecho, y pellizca con fuerza mi pezón a través de la tela. Un gemido ahogado se escapa de mi garganta, y en ese instante él introduce su lengua en mi boca, dominando el beso con una intensidad que me deja sin aliento.
Cuando Jake finalmente se aleja un poco, siento cómo el aire vuelve a llenar mis pulmones en un jadeo entrecortado. Intento tragar la nube de emociones que se apiña en mi garganta: vergüenza por cómo me ha tocado, rabia por su desprecio, dolor por el niño que fue y el hombre que se ha convertido, y un miedo profundo que me hace temblar desde los huesos. Cierro los ojos con fuerza, apretando los puños hasta que el dolor en mis manos compita con el que arde en mi pecho, tratando de contener el llanto que amenaza con desbordarme. Pero es inútil. Un sollozo gutural se escapa de mí, y luego otro, hasta que las lágrimas brotan como un río desbordado, calando la tela de la ropa que me puso. Mi cuerpo tiembla con cada convulsión de dolor; las piernas dejan de sostenerme, doblándose como si estuvieran hechas de cera blanda, y me encuentro de rodillas en el suelo frío de la habitación, apoyando las manos en el suelo para no caerme del todo. En ese instante, mi mente se llena de imágenes rotas: Jake pequeño, durmiendo sobre mi pecho mientras cantaba canciones de cuna; sus brazos alrededor de mi cintura cuando tenía miedo de los truenos; la sonrisa que iluminaba su rostro cuando le ganaba un premio en la escuela. Todo eso se choca brutalmente con la realidad que me rodea ahora, con la mano que me ha pellizcado y el beso que me ha arrebatado, creando un torbellino que me hace sentir como si me estuviera desmoronando por dentro.
Jake se queda de pie unos instantes, observándome con los ojos entrecerrados y una expresión extasiada que no logro descifrar —como si mi sufrimiento fuera el espectáculo más bello que hubiera visto en su vida. Luego, se agacha lentamente a mi lado, moviéndose con la misma compostura que siempre ha tenido, sin prisa, sin alterarse. Sus manos se colocan suavemente sobre mis hombros, y después pasa una alrededor de mi espalda, mientras la otra se posa en mi rostro, acariciando mi mejilla con los dedos para limpiar las lágrimas que siguen cayendo. “Shhh,” susurra, con esa voz cálida que alguna vez me consoló en mis peores momentos, pero ahora suena extraña, distorsionada. “Tranquila, Elena. No te hagas daño.” Comienza a levantarme con cuidado, apoyando su cuerpo contra el mío para darme soporte, mientras su mano en mi espalda se mueve en círculos lentos, frotando la piel a través de la tela para calmar mis estremecimientos. Su tacto es suave, casi cariñoso, y por un instante mi mente se niega a aceptar que sea el mismo hombre que me ha humillado hasta el límite.
Lentamente, mis sollozos comienzan a aminorar, y logro ponerme de pie, apoyando toda mi espalda contra la madera fría de la puerta. Mis piernas aún tiemblan, pero ya puedo mantener el equilibrio. Jake mantiene una mano en mi espalda, mientras la otra sigue en mi rostro, acariciando mi barbilla con el pulgar. Se queda mirándome a los ojos por un momento, y su expresión es ahora más seria, aunque en sus pupilas brilla ese mismo fuego oscuro que vi antes. “Y Elena?” dice, su voz baja pero clara, sin un solo matiz de nerviosismo. Mientras habla, la mano que está en mi espalda empuja con fuerza, pegando su cuerpo contra el mío de un golpe seco. La presión me hace respirar hondo, sintiendo cada curva de su torso contra la mía. “¿Te gustó el beso de tu hijo?”
La pregunta me corta el aliento. Se queda ahí, colgando en el aire entre nosotros, mientras mi mente intenta procesar lo que acaba de decir. Quiero responder, decirle que no, que eso está mal, que somos madre e hijo, pero no logro articular ni una sola palabra antes de que su mano se deslice rápidamente por mi espalda, bajando hasta mi culo. Sus dedos se cierran con fuerza sobre la carne, palpiéndola con violencia, apretando y soltando varias veces como si fuera un objeto que le pertenece. Luego, sin previo aviso, empuja la parte superior de mi cuerpo hacia adelante, haciendo que mi pecho y mi cara queden presionados contra la puerta, mientras mi espalda se arquea hacia él. El golpe me hace gemir de sorpresa y dolor, sintiendo cómo la madera fría se adhiere a mi piel.
“A mí,” dice Jake, y escucho la sonrisa en su voz, “me ha encantado. Tu boca es requisita.” Antes de que pueda reaccionar, vuelve a acercar sus labios a los míos, intentando besarme de nuevo. Pero esta vez cierro la mandíbula con toda mi fuerza, apretándola hasta sentir dolor en las encías, negándome a dejarlo entrar. Jake se separa un centímetro, y su risa suave se hace escuchar en la oscuridad de la habitación —una risa contenta, como si mi resistencia fuera un juego que le divierte mucho. Mueve la mano que estaba en mi barbilla, pasando el dedo gordo por mi labio inferior con cuidado, rozando la piel húmeda por las lágrimas y el sudor, como si estuviera explorando una superficie tierna y preciada.
Después, su mano se posa de nuevo en mi mandíbula, pero esta vez con fuerza, sujetándome con firmeza mientras la gira hacia un costado, exponiendo mi mejilla y mi cuello. Me siento indefensa, sin poder mover la cabeza, mientras su rostro se acerca lentamente a mi piel. Comienza a lamerla, desde la comisura de mi boca hasta la sien, pasando por la mejilla, con la lengua caliente y húmeda que hace que mi piel se erice de una mezcla de rechazo y extraña sensación. Su lengua sube hasta mi oído, donde se detiene, y siento cómo su aliento cálido golpea mi piel sensible. “Verte llorar,” susurra, tan cerca que sus palabras parecen vibrar en mi cabeza, “lo excita mucho, mami.” En ese momento, los sollozos vuelven a invadirme, sacudiendo mi cuerpo de nuevo, mientras mis manos agarran la bisagra de la puerta con fuerza, tratando de encontrar algún punto de apoyo en medio del caos que me rodea.
Intento articular palabras, entre sollozos: “Jake… no… esto no puede ser… somos…” pero mis palabras se atascan en la garganta, saliendo entrecortadas y rotas. Jake se ríe suavemente, un sonido suave que me hace sentir más vulnerable aún. Luego, su rostro desciende hasta mi cuello, y siento la punta de su lengua trazando líneas por la piel, jugando con los puntos sensibles que él mismo parece conocer demasiado bien. Cada vez que su lengua toca un lugar donde la piel es más fina, mi cuerpo da un pequeño salto, un estremecimiento involuntario que me hace sentir avergonzada de mí misma. Después de unos minutos de esos movimientos lentos y tortuosos, sus labios se posan en la parte más sensible de mi cuello, justo debajo del lóbulo del oído, y comienza a succionar con fuerza. Un calor extraño se extiende por mi cuerpo, caliente y abrumador, mientras mi mente lucha contra ello, llenándose de pensamientos negativos —de cómo todo esto está mal, de cómo he fallado como madre, de cómo el niño que amé con locura ahora está haciendo esto conmigo.
Después de lo que parece una eternidad, Jake deja de succionar mi cuello y se separa un paso, manteniéndome bajo su mirada intensa. Siento cómo la piel donde estuvo su boca arde como si hubiera pasado una llama por ella, y ese calor se extiende por todo mi cuerpo, acumulándose en cada rincón desde que cruzamos la puerta de esta habitación. Mis manos aún agarran la bisagra de la puerta, los nudillos blancos por la tensión, mientras él me observa en silencio, sus ojos recorriendo mi rostro como si estuviera estudiando una obra de arte. Luego, habla con una voz seria, tranquila como siempre: “Con todo el maquillaje corrido, incluso llorando… no deja de ser una mujer bellísima, Elena.”
Me quedo petrificada, sintiendo cómo esas palabras golpean mi mente con más fuerza que cualquier golpe físico. Lo que menos esperaba era que me alabase así, en medio de todo este caos. En mi cabeza, la voz de la razón grita a todo pulmón —Él es tu hijo, esto está mal, tienes que escapar—, pero de repente, una diminuta voz que no reconocía cobra vida en un rincón oscuro de mi mente, susurrando Es bueno sentirte deseada, después de tanto tiempo sola… quizás no es tan malo como parece. Se me nubla la vista por el conflicto que se libra en mi interior; recuerdo cómo después de la muerte de su padre, mi vida se redujo a trabajar y criar a Jake, dejando de lado cualquier atisbo de deseo o vanidad. Jake me saca de mis pensamientos con un ligero movimiento de cabeza, su expresión inmutable.
“Sabía que ese bodystocking de lencería negro te quedaría de maravilla,” dice, dando un paso hacia mí. Instintivamente, retrocedo hasta que mi espalda choca de nuevo con la puerta, sintiendo cómo un rubor intenso sube por mi cuello hasta mis mejillas, caliente y humillante. No puedo controlarlo, ni entender por qué mi cuerpo reacciona así. Jake observa mi rostro con una expresión divertida, como si encontrara graciosa mi timidez, y da otro paso más, hasta que apenas nos separamos un centímetro. Sin decir nada más, lleva ambas manos a mi cuerpo: una se posa sobre mi seno izquierdo, la otra entre mi cuello y el hombro derecho. Comienza a palpar, manosear y masajear con movimientos lentos y precisos, presionando suavemente la carne bajo la tela fina. De vez en cuando, sus dedos encuentran mis pezones —completamente cubiertos por el bodystocking pero sensibles como nunca— y los pellizca con firmeza, haciendo que mi respiración se corte en un suspiro ahogado.
Siento cómo el calor en mi cuerpo aumenta aún más, una llama que se alimenta de cada toque, cada rozamiento. Mi mente lucha con todas sus fuerzas contra lo que siente mi cuerpo —Esto es incorrecto, Jake es mi hijo— pero la lujuria creciente se cuela entre mis pensamientos como una serpiente, entorpeciendo mi voluntad. “J-Jake… esto que estamos haciendo… no puede ser…” digo, pero mi voz sale floja, entrecortada por tartamudeos, y sé que no suena como una negativa firme. Mi propio cuerpo me traiciona: mis pechos se endurecen bajo sus manos, y una humedad se forma entre mis piernas que me hace sentir avergonzada hasta las raíces del pelo. Jake se detiene un instante, como si escuchara mis palabras con atención, luego avanza su rostro hasta el mío, llevando sus labios hasta mi oído.
Siente su aliento caliente sobre mi piel antes de soplar suavemente, haciendo que un escalofrío recorra mi espalda. “Para el final de la noche,” susurra, su voz baja y melodiosa, “tu boca tal vez no lo pida… pero tu mente y cuerpo rotarán más por mi miembro, madre.” Intento responder con firmeza, pero mis palabras salen entrecortadas: “Eso… eso no pasará…” Jake se separa un poco, sonriendo con calma: “Bueno, entonces tenemos toda la noche para averiguarlo.”
Mueve ambas manos de mis pechos para ayudarme a quitar la chaqueta de cuero que llevaba puesta. Mi cuerpo obedece sin que yo lo ordene, levantando los brazos para que ella deslice por mis hombros, dejándola caer al suelo con un suave golpe. Luego, sus manos deslizan por mi espalda, palpiendo la tela suave y elástica del bodystocking, recorriendo cada curva, cada vértebra hasta llegar a mis caderas. Me siento tensa, esperando lo que vendrá, mientras él se agacha frente a mí, su rostro a la altura de mis caderas. Con cuidado, toma la falda corta de cuero que apenas cubre mis nalgas, desabrocha el pequeño broche que la sujetaba y la desliza lentamente por mis piernas. Toca mis muslos para que los separe un poco, y la falda cae al suelo junto a la chaqueta. Antes de que pueda respirar hondo, siento su mano derecha moverse hacia mi entrepierna, cubierta solo por la fina tela negra. Sus dedos comienzan a jugar con el área sensible, rozando, presionando y haciendo pequeños círculos que hacen que mis piernas tiemblen. Intento reprimir los gemidos que quieren escapar, apretando los dientes y agarrando la puerta con ambas manos, pero cada toque envía una ráfaga de placer que se mezcla con mi angustia, haciendo que mi mente dé vueltas entre el rechazo y la necesidad de más.
Siento cómo sus dedos aumentan el ritmo, presionando con más firmeza sobre la tela que apenas me separa de su tacto. Mi cuerpo reacciona por sí solo, contra toda mi voluntad: un calor ardiente se concentra en mi entrepierna, y siento cómo un flujo cálido empapa la tela fina. Me estremezco de vergüenza – ¿cómo puedo ser tan débil, cómo puedo dejar que esto me afecte así? Intento contener un gemido entre los dientes, pero se escapa como un suspiro roto. Justo en ese momento, Jake se detiene. Sus manos se posan sobre la tela que cubre mi intimidad, y con los dedos de ambas manos, rompe la tela con precisión, como si lo hubiera planeado desde el principio. El aire frío de la habitación golpea mi piel descubierta, y siento cómo mi clítoris se endurece por la sensación, mientras mi vagina se abre y cierra involuntariamente.
Levanto la vista hacia él, los ojos llenos de lágrimas y confusión, y encuentro su mirada fija en mí – tranquila, como siempre, pero con una chispa de emoción en los ojos que nunca antes había visto. Luego, abre la boca y pronuncia las palabras que hunden en mi pecho como un puñal caliente: “Gracias por la comida, mami.”
Mami. La palabra cae en el aire entre nosotros como un rayo en una tarde clara. Nunca antes me había llamado así – siempre fue “mamá” cuando era pequeño, luego solo “Elena” cuando creció. En este instante, esa única sílaba desata una tormenta de emociones en mi interior: recuerdos de cuando lo llevaba en mis brazos, cuando me aferraba a mi blusa diciendo “mamá” cada vez que tenía miedo; el dolor de haberme quedado sola después de la muerte de su padre, de haber dedicado cada instante a él; la angustia de lo que está sucediendo ahora. Todo se mezcla en un torbellino que se concentra en mi cuerpo, y de repente, un orgasmo sacude cada músculo, cada nervio. Mi espalda se arquea hacia adelante, mis manos agarran fuertemente la bisagra de la puerta hasta sentir dolor en los nudillos, y un grito ahogado se escapa de mi garganta. Mis piernas tiemblan como si no pudieran sostenerme, y siento cómo mi cuerpo libera otra oleada de líquido, caliente y abundante.
Jake observa el espectáculo en silencio, su expresión serena pero iluminada por esa misma emoción. Sin dudar, se agacha frente a mí y lleva su boca directamente a mi entrepierna. Comienza a tragar la humedad que ha salido de mí, succionando con fuerza, sus labios presionados contra mi piel sensible. Instintivamente, mis manos se deslizan hasta su cabellera, y la empujo contra mí sin pensar, buscando más de ese placer que me hace olvidar todo lo demás. Los segundos se sienten como horas – cada lamida, cada succión envía corrientes eléctricas por mi cuerpo. Cuando por fin el orgasmo desaparece, dejándome temblando y jadeante, mi mente vuelve a la realidad con un golpe seco. Me doy cuenta de lo que he hecho – he empujado a mi propio hijo hacia mi cuerpo, he cedido al impulso más básico sin importar la locura de la situación.
Vergüenza me recorre por completo, caliente y abrasadora. Me critico a mí misma en silencio: ¿Cómo pudiste? ¿No tienes ningún respeto por ti misma? ¿Por tu hijo? Pero antes de que pueda moverme, Jake comienza a mover su lengua por mi vagina con lentitud, explorando cada rincón. Su lengua se desliza por los pliegues de mi piel, rozando suavemente el clítoris que aún late de sensibilidad, luego baja hasta la entrada de mi vagina, introduciéndose ligeramente antes de volver a subir. Siente cómo la punta de su lengua traza círculos pequeños y precisos alrededor de mi clítoris, luego se detiene para succionarlo suavemente, mientras sus dedos se posan sobre mis muslos, sujetándome con firmeza. Cada movimiento es calculado, preciso, como si conociera cada centímetro de mi cuerpo mejor que yo misma.
Mi cuerpo aún no se ha recuperado del orgasmo anterior; mis piernas tiemblan cada vez más, y siento cómo la fuerza me abandona. “Jake… por favor… detente…” susurro, pero mi voz sale débil, casi inaudible. Él hace caso omiso, continuando con sus movimientos, su lengua ahora más rápida, más intensa. En un acto desesperado, intento apartar su cabeza de mi entrepierna, poniendo ambas manos en sus hombros y empujando con toda la fuerza que me queda. Pero Jake envuelve ambos brazos alrededor de mis muslos y presiona mis caderas contra su cabeza con firmeza, impidiéndome moverme. Intento tirar de su cabello para alejarlo, pero en ese momento mis piernas ceden por completo, y todo el peso de mi cuerpo cae sobre él.
Justo cuando creo que ambos caerán al suelo frío, Jake se ajusta con agilidad, sosteniéndome con fuerza contra su pecho. Su compostura nunca se rompe – se mantiene tranquilo, incluso mientras carga mi cuerpo como si fuera liviano como una pluma. Camina con paso seguro hacia la cama del centro de la habitación, y me acuesta suavemente sobre las sábanas blancas y frescas. Yo estoy exhausta, mi respiración es entrecortada y profunda, mis ojos casi se cierran por la fatiga y el placer que aún recorre mi cuerpo. Jake se acuesta sobre el borde de la cama, a un lado mío, y me observa en silencio.
Durante unos minutos, solo siento una sensación relajante que se extiende por todo mi cuerpo, cálida y suave. Mis pensamientos conflictivos desaparecen por un tiempo, como si la mente se hubiera apagado para darme un respiro. No veo nada, no pienso en nada – solo siento la suavidad de las sábanas bajo mi piel y el ritmo lento de mi propio corazón. Cuando por fin vuelvo en mí, mi vista se centra en Jake, que está sentado a mi lado. Se ha quitado casi toda su ropa: la camisa de vestir y los zapatos yacen en el suelo cerca de la cama, y solo lleva puesto un par de bóxers negros. Veo su físico – atlético, trabajado, con músculos definidos pero no exagerados, como el de alguien que cuida su cuerpo sin ostentarlo. Sus manos se mueven suavemente por mi cuerpo: pasan sobre mis pechos, rozando la tela restante del bodystocking, luego deslizan por mi panza plana, por mis caderas y hasta mis piernas, con un tacto ligero que hace que mi piel se erice. Levanto la vista y encuentro su mirada fija en mí – tranquila, observadora, como si estuviera estudiando cada una de mis en cima de la entrepierna de Jake, poniendo una rodilla a cada lado de la cadera de Jake, para seguidamente empezar a mover sus caderas, frotando la erección
Mi cuerpo aún tiembla con el eco del placer que me ha invadido, cada músculo tenso y relajado a la vez, y la suavidad de las sábanas de algodón blanco se siente casi irreal contra mi piel caliente y brillante de sudor. Jake se acerca silenciosamente, sus movimientos siempre medidos y precisos, y se acuesta al lado mío. Su presencia es un muro firme y constante a mi lado; con un brazo que pasa suavemente por debajo de mi espalda, toma mi torso sudado –yo sigo boca arriba, la cabeza girada hacia él– y me gira con cuidado hasta que nuestros cuerpos queden entrelazados de frente. Mi mejilla reposa sobre su pecho, sintiendo el ritmo lento y seguro de su corazón bajo mi piel, el latido fuerte y constante que contrasta con el vuelco de los míos. Su brazo se desliza hasta mi cintura, sus dedos cerrándose con firmeza pero sin apretar demasiado, sujetándome como si fuera un ancla en medio de un mar agitado, pegando aún más nuestras formas –sus músculos definidos contra mis curvas suaves– hasta que no queda espacio entre nosotros. La cercanía me envuelve como una manta cálida; ya no siento ese nudo de rechazo que me estrujaba el estómago al principio, solo una mezcla de calma profunda y una tensión que late bajo la piel, como una llama que se alimenta de cada roce.
Levanto la vista hasta su rostro –su expresión sigue serena, sus ojos de color avellana claro y concentrados en mí, con un brillo que no había visto antes– y susurro, con la voz aún un poco rota por los sollozos anteriores: “No seas tan brusco…” Mi mano derecha se eleva hasta su espalda, apoyándose en los músculos definidos de su dorso, sintiendo cómo se contraen y relajan bajo mi tacto, el calor que emana de él calentando mi palma. “No me iré a ningún lado, Jake… te lo prometo. No tienes por qué apurar las cosas.” Justo en ese momento, siento cómo su erección, contenida aún en sus bóxers de algodón negro, frota con suavidad contra mi pierna izquierda. La tela ya está húmeda por el pre-semen, que se siente cálido y viscoso a través de la tela, y la sensación de su firmeza contra mi piel sensible me hace estremecer de punta a punta. Sin pensar demasiado, empiezo a mover mis caderas en un círculo lento, mientras mi pierna se ajusta más a su cuerpo, rozándolo con una presión que va aumentando poco a poco, buscando ese contacto que hace vibrar mis sentidos hasta la médula. Jake emite un gemido bajo, corto y controlado –la única muestra de emoción que permite escapar hasta ahora– y ajusta su posición, arqueando ligeramente la pelvis para que el roce sea más profundo, sus dedos apretando un poco más mi cintura en señal de respuesta.
Siente cómo su cuerpo presiona contra el mío, su erección buscando más contacto, y de repente una de sus manos se posa en mi cabello –su tacto suave pero seguro– jalando suavemente hacia abajo hasta que mi mirada quede nivelada con la suya. Sus ojos están intensos, casi oscuros por la pasión contenida, y en ese segundo veo cómo se inclina lentamente, sus labios a centímetros del mío, el aliento cálido que exhala oliendo a menta y algo único que es solo suyo. Pero yo no puedo esperar; me adelanto con un movimiento brusco, y mis labios chocan con los suyos con fuerza, hambrientos, como si necesitara su contacto para respirar. En mi cabeza, la voz de la razón grita a todo pulmón –¿Qué estás haciendo? ¿No recuerdas cómo te encontraste en esta situación, cómo te hizo sentir antes?–, pero la lujuria que corre por mis venas es más fuerte, calentando mi piel hasta hacerla temblar y nublando mi juicio. Una pequeña voz en el fondo de mi mente me susurra –Has estado sola tanto tiempo… años sin sentirte deseada, sin que alguien te vea como una mujer y no como una sombra del pasado… él te desea, y eso es real–, y dejo que esa sensación me guíe, abriendo la boca para dejar que su lengua se encuentre con la mía en un baile lento y profundo.
La pasión se enciende entre nosotros como un fuego que se propaga rápidamente, y me siento mover con una agresividad que no conocía en mí misma, como si algo dentro de mí se hubiera desatado por fin. Con un esfuerzo coordinado, mi mano se apoya en su pecho mientras mi pierna se coloca por detrás de su cadera, girando su cuerpo con fuerza pero sin rudeza hasta que quede boca arriba, mientras seguimos besándonos con cada vez más intensidad, nuestros labios y lenguas entrelazados. Me subo encima de él, acomodando mis caderas en la parte alta de su entrepierna, poniendo una rodilla a cada lado de sus caderas para mantener el equilibrio, mis muslos presionando contra su piel caliente. Mis manos se apoyan en su pecho, sintiendo su musculatura bajo mi tacto, cómo se contrae con cada respiración profunda que toma, mientras empiezo a mover mis caderas en un ritmo lento pero constante, frotándome contra su erección a través de la tela. La fricción es intensa, haciendo que mis gemidos se mezclen con los suyos en el beso, mientras la humedad entre mis piernas aumenta cada vez más.
Entre un roce y otro, Jake separa un poco sus labios de los míos –sus respiraciones ya son más agitadas, aunque su postura sigue controlada– y dice, con la voz un poco jadeante pero siempre clara: “Quiero sentirte… sin nada entre nosotros… quiero sentir tu piel contra mi erección.” Pero yo no respondo con palabras; solo lo vuelvo a besar, más profundamente aún, mordiendo suavemente su labio inferior mientras mis movimientos se vuelven más rápidos y firmes. Hasta que siente un tirón suave pero firme en mi cabello que me aleja de su rostro, justo lo suficiente para que nuestros ojos se encuentren. Jake me mira a los ojos, y en su expresión hay un brillo de autoridad que no puedo ignorar: “Obedece, Elena.” Mi primera reacción es negarme –Nadie me ordena nada, nunca más– pienso, recuerdo de cómo me han tratado en el pasado, pero mis acciones van en contra de mis pensamientos. Empiezo a bajar muy despacito por su cuerpo, empezando por besar su cuello, donde la piel está caliente y huele a jabón de almendras y sudor, dejando pequeños besos húmedos en su piel. Luego mis labios descienden por su pecho, lamiendo y chupando cada uno de sus pezones, sintiendo cómo se endurecen bajo mi tacto, antes de seguir hacia abajo, por su panza plana y firme, hasta llegar a la cintura de sus bóxers.
Me detengo ahí, apoyando mis manos en sus muslos fuertes, y dudas cruzan mi mente como ráfagas de viento frío –¿Estoy segura de esto? ¿No estoy moviéndome demasiado rápido, sin pensar en las consecuencias?–. Veo cómo su erección presiona contra la tela, haciendo un bulto prominente, y sacudo esos pensamientos con esfuerzo, concentrándome en el presente. Con los dedos temblorosos, agarro el elástico de sus bóxers y los bajo lentamente, lo suficiente para dejar libre su erección. Al tocarla con la palma de mi mano, siento el calor que emana de ella, firme y caliente, casi vibrando bajo mi tacto. Es grande, con venas que recorren su longitud como ríos en relieve, y palpita con fuerza, con más pre-semen que resbala por la cabeza rojiza. En ese instante, me vienen recuerdos de Rodrigo –mi exmarido–, de cómo éramos tan naturales juntos, cómo el sexo oral era parte de un vínculo lleno de complicidad y cariño, cómo él siempre tomaba su tiempo para mimarme antes de que llegáramos a ese punto. Pero con Jake es diferente: hay una tensión nueva, un fuego que no conocía, y abrir mi boca parece un desafío mayor que nunca, como si estuviera a punto de cruzar una línea que no podría volver a cruzar. Finalmente, me acerco lentamente, abro los labios y saco la lengua, apoyando solo la puntita en la cabeza de su pene. El calor que siente es inmediato, intenso, y el sabor salado y ligeramente dulce del pre-semen llena mi boca en un instante. No quiero hacerle esperar más, así que empiezo a mover mi lengua despacio por toda la cabeza, trazando círculos suaves y recogiendo cada gota que brota, explorando cada curva y textura con cuidado.
Jake ya jadea en voz alta ahora, sus manos apoyadas en las sábanas a cada lado de su cabeza, los nudillos blancos por la tensión. Yo poso mis labios alrededor de la cabeza de su erección, sentiendo cómo se ajusta a la forma de mi boca, y empiezo a succionar con calma, explorando con mi lengua los pliegues y venas que recorren su miembro, moviendo mi cabeza en un ritmo lento y constante. De repente, una de sus manos se posa en mi cabeza, presionando suavemente para que trague más de la mitad de su longitud. No me resisto; por el contrario, mi lengua se mueve con maestría por todo el miembro, mientras Jake empieza a mover sus caderas en un ritmo que se ajusta a mis movimientos, cada empuje controlado pero lleno de pasión. Pasados unos minutos, sus movimientos se vuelven más rápidos y furiosos, y ahora ambas manos están sobre mi cabeza, guiándome con firmeza pero sin hacer daño. “Elena…” dice, con la voz entrecortada por el placer, sus ojos cerrados y la cabeza reclinada hacia atrás, “quiero que trages todo… ahora… déjame sentirte…” Segundos después, siento cómo su cuerpo se tensa por completo, y su semen caliente, espeso y abundante inunda mi garganta en oleadas. Cierro los ojos y trago todo lo que puedo, mientras sus cuerpos tiembla con la intensidad del orgasmo, su aliento jadeante llenando el aire entre nosotros.
La última ola caliente y espesa desciende por mi garganta en oleadas gruesas, y la tragó sin pensarlo dos veces —la textura espesa y el sabor salado se asientan en mi lengua antes de desaparecer por completo. Como si mi cuerpo supiera lo que debía hacer antes que mi mente pudiera cuestionarlo, deslizo mis labios por la longitud de su miembro con la suavidad de seda sobre madera, sintiendo cada vena que se yergue bajo la piel tersa y caliente hasta sacarlo de mi boca con un ligero chasquido. Mi vista se queda clavada en él: está rojo carmesí en la punta, brillante por el sudor y los restos viscosos de la intimidad que acabamos de compartir, y pulsa con cada latido de su corazón. No puedo creerlo: mis manos aún tiemblan sobre sus muslos, las yemas de los dedos sensibles al calor que emana de su piel, y un cosquilleo extraño recorre mi columna vertebral hasta llegar a la base de mi cráneo al pensar en cómo mis labios acaban de estar envueltos alrededor de él, cómo he tragado todo lo que me ha dado. Al bajar la mirada, veo que algunos restos translúcidos se han quedado adheridos a la piel arrugada de sus bolas, brillando como pequeñas perlas bajo la luz tenue de la lámpara de mesita que se filtra desde la habitación. Sin darme cuenta de lo que hago, me inclino de nuevo, pasando mi lengua por la piel suave y caliente de la zona —suave como la tela de un bebé pero caliente como el asfalto en un día de verano— limpiándolo con movimientos lentos y cuidadosos, trazando círculos pequeños con la punta de mi lengua como si estuviera tratando una cosa frágil, como una joya que no puedo permitirme romper.
Cuando termino, levanto la cabeza y encuentro sus ojos avellana clavados en mí, tan tranquilos como el agua de un lago sin viento, sin un solo gesto que revele emoción fuera de lugar —ni una ceja fruncida, ni un músculo tenso en el rostro. En un arranque de osadía que no reconozco en mí misma, curve los labios en una sonrisa ligeramente torcida y saco la lengua brevemente, mostrándole la superficie limpia y húmeda, demostrando que no queda nada en mi boca. Jake solo cierra los ojos por un instante, sus pestañas largas descansando sobre sus mejillas pálidas, luego tumba su cabeza sobre la almohada blanca de algodón, sus hombros descendiendo en un suspiro controlado que hace que su pecho se contraiga y se relaje con precisión. Su cuerpo sigue tenso bajo mí —sus abdominales se yerguen como rocas pulidas— pero su compostura nunca se rompe: ni un solo movimiento brusco, ni una palabra fuera de tono, como si hubiera practicado esta calma durante años.
Me arrastro lentamente por su torso, sintiendo cómo la piel caliente y sudada de su pecho se desliza bajo mis manos, cada músculo definido como si estuviera esculpido en piedra caliente. Sus abdominales se contraen con cada respiración, y mis dedos dejan huellas húmedas en su piel a medida que avanzo. Me coloco sobre él de nuevo, apoyando mi cabeza en el hueco de su cuello y su pecho, tan cerca que puedo sentir el latido acelerado de su corazón golpeando contra mi mejilla con un ritmo rápido y constante que contrasta con la absoluta calma de sus gestos. El aroma de su piel me envuelve: mezcla de jabón de almendras, sudor y algo profundamente masculino que me hace sentir a la vez segura y perdida. De vez en cuando, mi boca se acerca a su piel, dejando besos suaves y húmedos en la curva de su cuello —donde la piel es más fina y puedo sentir el pulso de su arteria carotídea— y en la protuberancia de su clavícula, que se yerge como un faro en la oscuridad. Mis labios parecen tener voluntad propia, buscando el contacto cálido de su cuerpo como si fuera un refugio contra un frío que no puedo nombrar. Después de un rato, siento cómo sus manos se colocan con firmeza sobre mi espalda y mi cintura, envolviéndome en un abrazo ajustado que me pega aún más a él, hasta que no queda ni un centímetro de aire entre nuestros cuerpos. Sus dedos se mueven con suavidad por mi piel a través de la tela mojada, trazando círculos pequeños que hacen que mi piel se erice de punta en punta, como si cada toque fuera una chispa que se extiende por todo mi cuerpo.
El sudor corre por mi cuerpo en ríos calientes, trazando senderos por mi espalda, mis senos y mi panza, mezclándose con el que emana de Jake hasta que el bodystocking negro que aún llevo puesto está completamente empapado, pesado como una manta húmeda. La tela se adhiere a mi torso como una segunda piel, húmeda y pegajosa entre mis piernas, donde la humedad propia se ha mezclado con el calor de nuestro contacto hasta formar una capa espesa y tibia. De repente, un recuerdo corta mi mente como un rayo en una tarde clara: Jake de pequeño, con unos siete años, corriendo por el parque de Independencia en un día de verano que parecía nunca terminar, su cabello rubio pegado a la frente por el sudor en mechones, su camiseta de algodón azul completamente mojada hasta quedar translúcida. Nunca tuvo buen sentido del olfato —recuerdo cómo una vez se negó a bañarse después de jugar al fútbol con sus amigos, sentándose en el sofá con los calcetines sucios y diciendo con los ojos brillantes que no olía a nada. Tuve que llevarlo a la ducha a la fuerza, sujetándolo por la mano mientras él protestaba con quejos suaves, reprendiéndolo con ternura mientras le untaba jabón en la espalda: “Mi amor, si transpirás tanto, tenés que lavarte antes de que el olor se quede en tu piel, ¿no ves?”. Pero ahora, un aroma penetra mis fosas nasales que no reconocí nunca antes: es fuerte, casi repugnante en su crudeza, una mezcla de sudor masculino concentrado, el olor acre y metálico de la pasión, y algo indefinible que me recuerda a la ferocidad de un instinto primitivo, como el olor de la tierra mojada después de una tormenta. Y aunque una parte de mí quiere apartarse, sentir el fresco del aire acondicionado en mi rostro, otra la encuentra irresistible, como un afrodisíaco ancestral que calienta mi sangre desde dentro, haciendo que mis piernas tiemblen y mi respiración se acelere.
“Está haciendo un calor infernal”, dice Jake en voz baja, su respiración aún un poco agitada pero su tono tan tranquilo como siempre, como si estuviera comentando el clima y no lo que acabamos de hacer. Muevo la cabeza para mirarlo y veo que su mirada se dirige a la cama: las sábanas blancas de algodón egipcio ahora están manchadas con grandes círculos oscuros de sudor que se extienden como charcos por la tela, los lugares donde nuestros cuerpos han estado en contacto marcados con claridad. Sus manos siguen recorriendo mi cuerpo con precisión, como si estuviera mapeando cada curva, y cuando llega al torso, sus dedos rozan la tela mojada del bodystocking con una ligereza que hace que mi piel tiemble. “Estás completamente empapada”, añade, con un ligero matiz de curiosidad en su voz, como si estuviera estudiando un fenómeno natural. “La prenda está hecha agua, parece que te hayas metido en un río con ella puesta”.
Miro a sus ojos, sintiendo cómo el calor me arde desde dentro, como si una llama estuviera consumiéndome por dentro, empezando en mi entrepierna y extendiéndose hasta mis manos y pies. Mi piel está caliente al tacto, y siento cómo las venas en mis muñecas se yerguen bajo la superficie. “Ardo”, susurro, la voz rota por la sequedad de mi garganta, que se siente como si estuviera cubierta de arena. “Siento que me quemo por dentro”. Antes de que pueda decir más, saco la lengua y comienzo a lamer su cuello, siguiendo el camino del sudor que corre por su piel caliente en un sendero delgado y salado. Mi lengua se desliza por la curva de su cuello con la suavidad de un animal que lame a su cría, recogiendo cada gota de sudor, sabrosa y salada en mi lengua, haciéndome sentir más sedienta que nunca. Jake se queda inmóvil por un instante, sus manos sobre mi espalda se tensan ligeramente pero no se mueven, luego sus dedos toman mi cuerpo con firmeza, sin ser brusco pero con una autoridad que no puedo ignorar, como la de un capitán que dirige su barco en medio de una tormenta. En un movimiento coordinado y fluido, me gira sobre la cama hasta que queda él encima, su cuerpo cubriendo el mío con la pesadez reconfortante de una manta. Cuando intento volver a acercar mi boca a su cuello, buscando ese sabor salado que me obsesiona, él me impide con un ligero apretón en la cintura que hace que mi respiración se corte, luego choca sus labios contra los míos en un beso lasivo y profundo. Sus labios son gruesos y cálidos, dominan los míos con intensidad, su lengua se introduce en mi boca con determinación, explorando cada rincón de mi boca con precisión, rozando la mía, chupándola suavemente hasta que después de unos segundos se separa lentamente, dejándome jadeante y con la cabeza girando, como si hubiera bebido una copa de vino fuerte.
Jake se levanta de un salto, moviéndose con la misma agilidad que siempre caracterizó a su paso —incluso de niño, se movía como un gato, silencioso y preciso. Extiende una mano hacia mí, y cuando la tomo, su agarre es firme pero cuidadoso, como si estuviera sosteniendo un cristal que podría romperse; me arrastra suavemente hasta el borde de la cama, sus dedos envueltos en los míos con una fuerza que me hace sentir segura, luego pasa sus brazos alrededor de mi cintura y me levanta del suelo con facilidad, como si yo pesara nada más que un pluma. Me sostiene contra su pecho, sintiendo cómo su sudor se mezcla aún más con el mío, formando una capa húmeda entre nuestros cuerpos, mientras su boca se abalanza sobre mi cuello, lamiendo el sudor que corre por mi piel con movimientos lentos y persistentes, siguiendo cada curva, cada protuberancia de mis costillas con la punta de su lengua. Mientras lo hace, camina con paso seguro hacia la puerta de la habitación, girando la manija con su hombro con destreza y dirigiéndonos hacia el pasillo que conduce al baño. Los pasos de sus zapatos de cuero negro —que aún lleva puestos— resuenan en el silencio del pasillo con un sonido seco y rítmico, mezclados con mis propios jadeos cada vez que su lengua toca un punto sensible de mi piel, como el hueco de mi clavícula o la base de mi cuello.
Una vez dentro del baño, Jake me baja suavemente hasta dejarme de pie frente a él, sus manos nunca abandonan mi cuerpo hasta que estoy firme sobre el suelo frío de porcelana. La luz del techo fluorescente ilumina la habitación de un blanco brillante y duro, haciendo que mis ojos se cierren por un instante antes de acostumbrarse lentamente. Sus manos se acercan al escote del bodystocking, agarrando la tela con firmeza entre sus dedos, sus uñas cortas y limpias hundiéndose ligeramente en la tela elástica. “Sosténte bien”, me dice, su voz clara y tranquila, como si estuviera dándome instrucciones para cruzar la calle. En tres intentos precisos, tira de la tela con fuerza controlada: primero por el lado izquierdo, donde la tela se rasga con un crujido suave; luego por el derecho, con el mismo movimiento calculado; y finalmente tira hacia abajo, rompiéndola por el centro hasta que la prenda queda en tiras negras sobre el suelo frío del baño. Me quedo completamente desnuda ante él, sintiendo cómo la luz fría golpea mi piel sudada y caliente, haciendo que cada curva, cada pelo en mi cuerpo se destaque con claridad. Jake mira mi cuerpo de arriba abajo con una expresión seria, sus ojos avellana recorren cada centímetro de mí como si estuviera estudiando un mapa, luego levanta la vista hacia mí y ordena con calma, sin alzar la voz: “Quítame los bóxers”.
Sin dudar, me agacho frente a él, mis manos encontrando el elástico de sus bóxers de algodón negro restantes, que se siente suave y fresco bajo mis dedos a pesar del sudor. Los bajo lentamente, sintiendo cómo la tela se desliza por sus muslos fuertes y calientes, cada centímetro de piel descubierta revelando músculos definidos que se contraen con cada respiración, hasta llegar a sus rodillas. “Subí los pies, amor”, le digo suavemente, mi voz cargada de una ternura que no espero sentir en este momento, y Jake obedece con su habitual compostura, levantando primero uno y luego el otro con un movimiento fluido para que pueda dejar la prenda en el suelo frío del baño, donde cae con un sonido suave. Al alzar la vista, mi mirada se queda clavada en su miembro —ya está completamente erecto, firme como una vara de roble y pulsante bajo la luz blanca, con venas azules que se destacan bajo la piel caliente como ríos en un mapa topográfico. Jake sonríe ligeramente, con un tono burlón en su voz pero sin perder la calma, sus labios curvándose en una mueca que mezcla deseo y superioridad: “¿Por qué no vas a lamer el sudor de mis bolas ahora, Elena?”
La burla me hace estirar los labios en una mueca que mezcla deseo y determinación. No permitiré que me reduzca a un objeto de burla, ni ahora ni nunca. Me inclino de nuevo, llevando mi boca a sus bolas, sintiendo el calor que emana de ellas contra mi lengua como el de un fuego acogedor en una noche fría. Empiezo a lamer y chupar con cuidado, la punta de mi lengua explorando cada pliegue de piel, chupando suavemente cada bola como si estuviera saboreando una fruta madura, mientras una de mis manos se enrosca alrededor de su miembro, masajeándolo de abajo hacia arriba con movimientos lentos y precisos, presionando ligeramente cada vez que llego a la punta. Mi otra mano desliza por su espalda baja hasta llegar a su culo, palpiendo la piel firme y caliente, presionando suavemente los músculos que se contraen con cada toque mío. Un recuerdo me cruza la mente —cuando Jake era pequeño, se quejaba cada vez que le tenía que aplicar crema en la espalda después de una quemadura solar en la playa de Villa Gesell, rechazando mi tacto con timidez, diciendo que le picaba. Yo le hablaba en voz baja mientras extendía la crema con movimientos suaves: “Es para que no te duela más, mi amor, ten paciencia”. Ahora el contacto es algo completamente distinto, cargado de una intensidad que me hace temblar desde los pies hasta la cabeza, como si estuviera en el borde de un precipicio.
Jake se queda inmóvil por un instante, sus manos a sus lados se cierran en puños pero luego se relajan, luego lleva una mano a mi cabeza, apoyándola suavemente sin ejercer presión, sus dedos enredándose en mi cabello con una suavidad que me sorprende. Siento cómo su miembro tiembla bajo mi mano, un movimiento rápido y violento que hace que mi corazón lata con más fuerza, y sé que está perdido en el placer, aunque su rostro sigue sereno como siempre. Retiro mi boca de sus bolas, levantando la vista para mirarlo a los ojos, y mi voz sale baja y seductora, como un susurro que corta el aire del baño y resuena en las paredes de azulejos: “Jake ha sido un niño malo”. Muevo mi mano por su culo con más firmeza, masajeándolo en círculos, presionando con suficiente fuerza para sentir cómo los músculos se relajan bajo mi tacto, y repito las palabras con un matiz más duro, cargado de una autoridad que no sabía que poseía: “Has sido muy cruel con la mujer que te crío, que te dio la vida, que te cuidó cuando nadie más lo hizo”. En ese momento, introduzco un dedo en su ano con cuidado, moviéndolo lentamente mientras mi pulgar masajea la piel circundante; siento cómo su cuerpo se tensa por un instante, sus abdominales se contraen como rocas, antes de relajarse con un suspiro suave que escapa de sus labios.
Un salto violento recorre su miembro bajo mi mano, un movimiento tan brusco que casi me hace soltarlo, un signo del intenso placer que está experimentando. Dejo de masajearlo, llevando mi lengua a lo largo de su longitud en una sola lamida lenta y profunda, desde la base hasta la cabeza, recogiendo cada gota de pre-semen que brota de la punta rojiza. Luego me pongo de pie frente a él, mis piernas aún tiemblan un poco bajo mi peso, pero mi mirada es fija en la suya, dura como el acero, y digo con claridad, sin dejar lugar a dudas: “Y un niño malo merece un castigo”.
Jake solo sonríe con calma, sus ojos avellana brillan con una luz que no reconozco, y lleva sus manos a mi espalda, deslizándolas por mi piel húmeda hasta que nuestros cuerpos están pegados de nuevo, el calor de sus músculos calentando mi piel. Su tacto es firme pero suave, como si estuviera sosteniendo algo valioso, y pregunta con una voz serena que contrasta con la tensión que llena el aire: “¿Ese castigo será que me corra en todos tus agujeros, mami?” Una de sus manos se desplaza hasta mi culo, apretándolo con fuerza suficiente para hacer que mis rodillas tiemblen y un gemido se escape de mis labios bajo mi aliento, mientras continúa con la misma compostura: “Principalmente en este agujero”. Sin más preámbulos, introduce un dedo con dificultad —la entrada se resiste al principio, tensa por la tensión y la inexperiencia— seguido de otro, sus movimientos precisos y controlados, estirando suavemente hasta que mi cuerpo se adapta.
Un gemido fuerte se escapa de mis labios, tomada por sorpresa por la mezcla de dolor y placer que recorre mi cuerpo. Jake levanta mi trasero con su mano, ajustando mi posición con cuidado para que sus dedos se claven más profundamente en las paredes anales, y el ardor que se extiende por mi vientre hace que pegue un gran grito que resuena en el baño cerrado, rebotando en los azulejos blancos. En ese instante, apoya mi cadera contra su entrepierna, y mis piernas se enroscan instintivamente alrededor de su cadera para sostenerme, mis muslos calientes presionando contra su piel firme, mis dedos de los pies enroscándose en la piel de sus glúteos.
Conmigo cargada sobre él, Jake se mueve con agilidad hasta la ducha, sus pasos firmes y seguros sobre el suelo de porcelana húmeda. Extiende una mano para abrir la regadera, y el agua fría golpea nuestros cuerpos de golpe, un chorro fuerte que hace que mi piel se erice de punta en punta y mi respiración se corte en un jadeo. El agua se escurre por nuestros cuerpos, borrando el sudor y los restos de nuestra intimidad, pero Jake no pierde tiempo: levanta un poco mi cuerpo con su brazo derecho, apoyándome bajo mis muslos, y su mano libre guía su miembro hasta la entrada de mi coño, rozando la piel húmeda con la punta. Cuando la cabeza del pene entra en mí, deja caer mi cuerpo de golpe, causando una penetración salvaje que llena mis sentidos de una intensidad abrumadora, haciendo que mis ojos se cierren y mi espalda se arquee hacia atrás. Un orgasmo sacude mi cuerpo en segundos, violento y repentino, haciendo que mis músculos se contraigan y un grito ahogado se escape de mi garganta, ahogado por el ruido del agua.
Jake no le da tregua, empezando a embestir con un ritmo rápido y firme, cada empuje preciso y profundo, haciendo que nuestro cuerpo golpee contra el muro de azulejos con un sonido sordo. Gimo como loca, cada empuje enviándome más profundamente en la mezcla de placer y confusión que me consume, mis manos aferrándose a sus hombros con fuerza suficiente para dejar marcas en su piel. Cada vez que suelto un gemido, Jake me mira con una sonrisa de satisfacción en sus labios, sus ojos nunca abandonan los míos, como si estuviera disfrutando de cada pequeño movimiento de mi rostro. Sin aviso, se abalanza sobre mi boca, besándome con fuerza para ahogar los siguientes sonidos que intentan escapar de mí, su lengua dominando la mía con la misma intensidad con la que me penetra. Mis brazos se enroscan instintivamente alrededor de su cuello, aferrándome a él mientras acelera sus embestidas, cada uno más profundo que el anterior, haciendo que el muro frío presione contra mi espalda con cada movimiento.
Pasados unos minutos, sus movimientos se vuelven más rápidos y descontrolados —la única muestra de pérdida de compostura que permite— y se despega de mis labios, arrojando la cabeza hacia atrás y dando un gran grito que se mezcla con el ruido del agua mientras se corre en mi interior, su cuerpo temblando con la intensidad del orgasmo. Al mismo tiempo, yo también siento cómo la tensión acumulada se libera en un oleaje de placer tan fuerte.
Jake baja despacio mi cuerpo, sus manos sosteniéndome con la misma firmeza cuidadosa que siempre ha tenido. Apenas los dedos de mis pies rozan el suelo frío de porcelana, mis piernas ceden por completo al cansancio —cada músculo tiembla como si hubiera corrido una maratón, y la fuerza que me mantenía en pie desaparece en un instante. Me caigo de rodillas, el impacto suavizado por la almohadilla de goma que cubre el suelo de la ducha, y mi cuerpo se inclina hacia adelante como si fuera un muñeco de trapo. En un movimiento fluido, Jake se agacha y se sienta detrás de mí, sus piernas extendidas a los lados para rodearme, y me permite recostarme sobre su pecho, mis espaldas pegándose a su torso cálido y húmedo.
El agua sigue cayendo sobre nosotros en chorros gruesos y fríos, borrando las últimas huellas de lo que acabamos de hacer, escurriéndose por mi pelo en mechones pesados, mojando la piel de Jake hasta que sentimos cómo el calor de nuestros cuerpos empieza a calentar el líquido que nos baña. Sus manos se colocan sobre mis brazos, acariciándolos con movimientos lentos que hacen que la tensión se escape de mis músculos, y su aliento caliente toca mi cuello cuando susurra: “Descansa un poco, Elena”. En ese momento, el ruido del agua se funde con el latido de su corazón bajo mi cabeza, y mis ojos se cierran por completo, sumergiéndome en un sueño profundo y pesado donde los límites entre lo que era y lo que es se desvanecen como humo en el aire húmedo del baño.
Han pasado dos meses desde aquella noche en el hotel.
Estoy sentada en la mesa de la cocina, las manos envueltas alrededor de la taza de té negro que emana un humo cálido y aromático. La cocina de Jake es grande, con encimeras de granito negro y muebles de roble oscuro que le dan un aire moderno pero acogedor —muy distinta a mi vieja casa, con sus paredes pintadas de amarillo pálido y sus muebles desgastados por el tiempo. Hace tres semanas que vivo aquí, después de que durante uno de nuestros encuentros los fines de semana —siempre los fines de semana, cuando el mundo parece dejar de existir para nosotros— me tomó la mano mientras estábamos en su cama, su mirada tan tranquila como siempre, y dijo: “Viví conmigo. Alquila tu casa, no la necesitas más”. No hubo discusión, no hubo insistencia: solo sus palabras, firmes y claras, y yo supe que no podía decir que no.
El té caliente calienta mis manos y se desliza por mi garganta con un sabor amargo y reconfortante cuando de repente suena mi celular —un pitido corto y repetitivo que he programado como alarma. Son las cuatro de la tarde, hora de empezar los preparativos para la sorpresa que le tengo. Jake siempre tuvo un fetiche particular: me encanta verme disfrazada de personajes femeninos de sus películas, videojuegos y animes favoritos. Cada vez que encuentra uno que le gusta, sus ojos brillan con una luz suave y me pregunta si me gustaría interpretarlo; y yo, siempre, digo que sí. Esta vez será Julie, la protagonista de Heavy Metal 2000 —la vimos hace una semana y media en su sala de cine en casa, y me quedé prendada de aquel atuendo rojo ajustado que usa en la batalla final: cuero brillante, tirantes finos, un corte alto que deja al descubierto mis piernas y un diseño que acentúa cada curva de mi cuerpo. Cuando se lo mencioné, Jake simplemente sonrió y me pasó la plata por transferencia bancaria, sin decir nada más —él siempre me da lo que necesito, ya sea maquillaje de alta gama, ropa elegante o estos disfraces que tanto le gustan.
Muevo la taza sobre la mesa, escuchando el sonido suave del vidrio contra la madera, y mi mente vuelve a esos primeros días después del hotel. Fue tan difícil, más de lo que jamás podría explicar con palabras. Mis emociones eran un caos completo: por un lado, la voz de la moral que me gritaba que todo estaba mal, que Jake era mi hijo, que estábamos cruzando una línea que no debería existir; por el otro, la sensación de estar viva como nunca antes, de ser deseada como una mujer y no solo como una madre, una sombra del pasado. Esa voz que me atormentaba cada vez que veía a Jake —que me recordaba que él había sido el niño que llevaba en mis brazos, que me pedía cuentos antes de dormir— fue perdiendo fuerza con cada encuentro, con cada toque que me hacía sentir más que solo una madre. Ahora, hemos establecido nuestras reglas: en la calle, cuando hay gente alrededor, somos madre e hijo —él me toma del brazo con ternura, me pregunta cómo estoy, habla de cosas cotidianas como cualquier otro par de familiares. Pero en esta casa, cuando las puertas se cierran y la cortinas se bajan, somos algo completamente distinto: hembra y macho, unidos por una pasión que parece tener vida propia.
Miro el reloj de pared —las seis de la tarde. Jake volverá en dos horas; estuvo un día fuera por trabajo, y la espera me tiene temblando de emoción. Sé que esta noche le espera una sesión de coito salvaje, como las que nos gustan tanto —incluso sé que probablemente habrá una sección anal ruda pero placentera, como él prefiere cuando ha estado tiempo sin verme. Me pongo de pie, dejando la taza en el fregadero, y camino hacia su dormitorio donde ya tengo el cosplay rojo colgado en el armario, listo para ponérmelo. Mis manos tiemblan un poco de emoción mientras abro la puerta, y sonrío pensando en la expresión tranquila pero satisfecha que tendrá en el rostro cuando me vea.
0 comentarios - Entre el Dolor de una Madre y el Placer de una Mujer Parte 2