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La noche en La Morocha

La noche en La Morocha

Soy cordobés y no me gusta el cuarteto, listo, ya lo dije.
Soy de ir a ver bandas de rock y cosas por el estilo. Pero el pesado de mi amigo, el "Gordo" Nico, me venía insistiendo hace meses: "Vení a La Morocha, culiau, que toca Ulises, vas a ver lo que son las minas, no seas amargo". Al final, de tanto que me rompió las bolas, me mandé.
Llegamos a la Maipú y ya el ambiente me invitaba al vino con Pritty. Apenas pisamos adentro pasó lo peor que podía pasar: el Nico se queda duro mirando para el costado, ve a una ex de él que no veía hace mil años, se miran, no se dicen ni "hola" y se empiezan a chapar como si se fuera a acabar el mundo.
— ¡Ya vuelvo, loco, esperame acá! —me gritó el traidor mientras se la llevaba para el fondo, dejándome más solo que un perro.
Ahí quedé yo, parado como un poste, con cara de no entender nada, rodeado de gente que bailaba como si les dieran cuerda. En eso, siento que me tocan el hombro. Me doy vuelta y era una morocha que se presenta como “la Yesica”.
Tenía una calza negra que le marcaba hasta el pensamiento y una musculosa blanca cortita. No era una belleza, para qué te voy a mentir. Tenía los ojos pintados como con carbón y una voz de lija que me dijo: — Qué hacés tan solo, hermoso? Sos de acá o te perdiste?
Yo, que estaba re incómodo y ya me había bajado medio vaso del Pritiau que compré para pasar el embole, le sonreí de compromiso. — Primera vez que vengo, me trajeron engañado —le dije.
— Uh ya vas a ver que bueno se pone esto —me tiró la mina y me agarró de la cintura.
Ahí aparecieron las amigas, la Vane y la Cochi. La Yesica me empezó a perrear un tema de Ulises, me apoyaba todo ese culazo y me decía guarangadas al oído. Yo, regalado como estaba y con el Nico desaparecido, empecé a pensar "bueno, tan mal no la estoy pasando".
— Vamos para tu casa, que acá hace mucho calor y las chicas quieren seguir el baile —me dijo la Yesi, dándome un beso con gusto a chicle de menta y vino.
Nos tomamos un taxi. En el viaje, las tres no paraban de hablar de que mi primera vez en La Morocha tenia que ser inolvidable. Compramos una ginebra en el kiosko debajo de mi edificio y entramos al depto tomándola asi como venia del pico.
Entramos y yo saqué lo poco que me quedaba de fernet. Arme una jarra y la Yesi le mando un cuarto de botella de ginebra adentro. “Cualquiera la culiada esta” pensé, pero no podía ser menos y me tomé un buen y largo trago pensando que la noche terminaba en fiesta inolvidable. Lo último que vi fue a la Jésica sentada en mis rodillas, sacándose la musculosa y dejándome ver unas tetas caídas pero enormes que me nublaron la vista. De ahí, el apagón.
Me desperté al medio día con la boca pastosa y un dolor atrás de la oreja. Estaba tirado al lado de la cama, en pelotas. El depto estaba mudo. Cuando busqué el celu para ver la hora no aparecía… Fui a buscar si estaba en la mesa y veo mi billetera y el dni suelto, limpita, sin un billete.. Se llevaron hasta un par de zapatillas Nike que estaban nuevas.
Me quería morir. El Nico me mandó un mensaje (que vi dos días después cuando recuperé el chip) diciendo: "Che culiau, me fui con la Sole, espero que hayas rescatado algo".
Y vaya si rescaté, rescaté una resaca monumental y el orgullo por el piso... manga de culiadas…

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