Calor, Fernet y la Vecina de Nueva Cba
Eran las once de la noche en Nueva Córdoba y el calor no te dejaba ni pensar. Yo estaba en mi departamento, un monoambiente interno en la calle Estrada, que era básicamente un horno de barro. Había venido de un pueblo del interior a estudiar ingeniería, pero lo único que estaba calculando esa noche era cuántos hielos me quedaban para el segundo fernet.
Como adentro no se podía estar, salí al balcón. Mi balcón daba justo al frente del de ella. Lucía. Una morocha estudiante de Derecho, de esas chetas impecables que siempre andan con la carpetita bajo el brazo y un perfume de gato. Hacía meses que la veia. La trola aprovechaba el sol de la tarde para tirarse en una reposera en su balcón con una bikini negra que era un hilo dental, literalmente. Yo me hacía el que leía algún apunte, pero la verdad que me quedaba viendo cómo se pasaba la crema por esas piernotas y ese culazo que parecía tallado a mano, me cansaba de sacarle fotos con las cuales después me clavaba numerosas pajas en su honor.
Esa noche, la humedad te pegaba la ropa al cuerpo. Yo estaba en boxer, dándole al Branca con coca, cuando de repente: PUM! Oscuridad total. Apagón general en toda la manzana. Se cortaron los aires acondicionados y el silencio fue absoluto por dos segundos, hasta que...
— ¡Nooo, me estás jodiendo! —escuché una voz finita desde el frente.
Era ella. Apenas se veía por la luz de la luna, pero Lucía estaba apoyada en el barandal de su balcón.
— Se re cortó todo —le grité yo, para romper el hielo—. Parece que saltó un transformador por acá cerca (chamuyo, de donde iba a saber jaja).
— Ay, no te puedo creer —me dijo ella, y noté que la voz le temblaba un poco—. Odio la oscuridad, me pone súper nerviosa. ¿Vos tenés alguna luz de emergencia o algo? justo me estoy quedando sin batería en el celu encima.
— Nada, che. Pero tengo un branca ¿Querés un trago para pasar el embole?
Se quedó callada un segundo. Yo pensé que me iba a sacar cagando, pero el calor y el miedo a la oscuridad hacen milagros.
— ¿Sabés que sí? Pero vení para acá, por favor, que mi balcón es más grande y me da pánico estar sola acá adentro sin ver nada. Cruza, la puerta está abierta.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me puse una remera cualquiera, agarré la botella, el hielo y crucé el pasillo. Cuando entrar a su departamento, el olor a su perfume me pegó de entrada. Estaba todo oscuro, solo iluminado por un par de velas que había prendido.
— Menos mal que viniste —me dijo acercándose.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, casi se me cae el vaso. Lucía tenia un shorcito cortísimo, y una remerita que con el contraluz de las velas dejaba ver que abajo no tenía corpiño. Se le marcaban los pezones como dos piedras por el roce de la tela.
— Tomá, armate uno —le dije con la voz medio quebrada.
Nos sentamos en un sillón que tenía en el balcón. Empezamos a tomar y a charlar. Ella me contaba que estaba estresadísima con los finales, pero yo no podía dejar de mirarle las piernas. Con el calor, ella se abanicaba con la mano.
— Che, qué calor que hace, me estoy cocinando —susurró ella, y sin decir más, se saco el shorcito—. Total, no nos ve nadie con el apagón, ¿no?
Se quedó en una tanguita de encaje blanca, yo sin pensarlo media vez me saque mi bermuda, mudo, todavía sin poder creer la situación, a lo cual me dice:
— Ah si, mira —y se saca la remerita de algodón y las tetas le quedaron al aire, redonditas, perfectas, con las aureolas bien oscuras. Yo tenía la verga que me iba a explotar el boxer.
— ¿Te gusta lo que ves bonito? —me dijo con una sonrisa de puta que no le conocía.
Se me acercó y sentí el calor de su cuerpo. Me sacó el vaso de la mano, lo apoyó en el suelo y se me sentó encima. Sentí su humedad traspasando mi boxer.
— Haceme lo que quieras pero no me dejes sola —me susurró al oído mientras me mordía la oreja.
Le agarré ese culo firme con las dos manos y la pegué a mí. Afuera, en la calle, se escuchaban los bocinazos y el quilombo de Nueva Córdoba, pero ahí arriba, entre el olor a fernet y el sudor de nuestros cuerpos el tiempo para mi, se detuvo.
— Quedate tranquila, morocha... que de acá no me muevo hasta que vuelva la luz... y cuando vuelva la corto de nuevo —le dije, mientras le enterraba la cara entre las tetas.
Continuará…
Eran las once de la noche en Nueva Córdoba y el calor no te dejaba ni pensar. Yo estaba en mi departamento, un monoambiente interno en la calle Estrada, que era básicamente un horno de barro. Había venido de un pueblo del interior a estudiar ingeniería, pero lo único que estaba calculando esa noche era cuántos hielos me quedaban para el segundo fernet.
Como adentro no se podía estar, salí al balcón. Mi balcón daba justo al frente del de ella. Lucía. Una morocha estudiante de Derecho, de esas chetas impecables que siempre andan con la carpetita bajo el brazo y un perfume de gato. Hacía meses que la veia. La trola aprovechaba el sol de la tarde para tirarse en una reposera en su balcón con una bikini negra que era un hilo dental, literalmente. Yo me hacía el que leía algún apunte, pero la verdad que me quedaba viendo cómo se pasaba la crema por esas piernotas y ese culazo que parecía tallado a mano, me cansaba de sacarle fotos con las cuales después me clavaba numerosas pajas en su honor.
Esa noche, la humedad te pegaba la ropa al cuerpo. Yo estaba en boxer, dándole al Branca con coca, cuando de repente: PUM! Oscuridad total. Apagón general en toda la manzana. Se cortaron los aires acondicionados y el silencio fue absoluto por dos segundos, hasta que...
— ¡Nooo, me estás jodiendo! —escuché una voz finita desde el frente.
Era ella. Apenas se veía por la luz de la luna, pero Lucía estaba apoyada en el barandal de su balcón.
— Se re cortó todo —le grité yo, para romper el hielo—. Parece que saltó un transformador por acá cerca (chamuyo, de donde iba a saber jaja).
— Ay, no te puedo creer —me dijo ella, y noté que la voz le temblaba un poco—. Odio la oscuridad, me pone súper nerviosa. ¿Vos tenés alguna luz de emergencia o algo? justo me estoy quedando sin batería en el celu encima.
— Nada, che. Pero tengo un branca ¿Querés un trago para pasar el embole?
Se quedó callada un segundo. Yo pensé que me iba a sacar cagando, pero el calor y el miedo a la oscuridad hacen milagros.
— ¿Sabés que sí? Pero vení para acá, por favor, que mi balcón es más grande y me da pánico estar sola acá adentro sin ver nada. Cruza, la puerta está abierta.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me puse una remera cualquiera, agarré la botella, el hielo y crucé el pasillo. Cuando entrar a su departamento, el olor a su perfume me pegó de entrada. Estaba todo oscuro, solo iluminado por un par de velas que había prendido.
— Menos mal que viniste —me dijo acercándose.
Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra, casi se me cae el vaso. Lucía tenia un shorcito cortísimo, y una remerita que con el contraluz de las velas dejaba ver que abajo no tenía corpiño. Se le marcaban los pezones como dos piedras por el roce de la tela.
— Tomá, armate uno —le dije con la voz medio quebrada.
Nos sentamos en un sillón que tenía en el balcón. Empezamos a tomar y a charlar. Ella me contaba que estaba estresadísima con los finales, pero yo no podía dejar de mirarle las piernas. Con el calor, ella se abanicaba con la mano.
— Che, qué calor que hace, me estoy cocinando —susurró ella, y sin decir más, se saco el shorcito—. Total, no nos ve nadie con el apagón, ¿no?
Se quedó en una tanguita de encaje blanca, yo sin pensarlo media vez me saque mi bermuda, mudo, todavía sin poder creer la situación, a lo cual me dice:
— Ah si, mira —y se saca la remerita de algodón y las tetas le quedaron al aire, redonditas, perfectas, con las aureolas bien oscuras. Yo tenía la verga que me iba a explotar el boxer.
— ¿Te gusta lo que ves bonito? —me dijo con una sonrisa de puta que no le conocía.
Se me acercó y sentí el calor de su cuerpo. Me sacó el vaso de la mano, lo apoyó en el suelo y se me sentó encima. Sentí su humedad traspasando mi boxer.
— Haceme lo que quieras pero no me dejes sola —me susurró al oído mientras me mordía la oreja.
Le agarré ese culo firme con las dos manos y la pegué a mí. Afuera, en la calle, se escuchaban los bocinazos y el quilombo de Nueva Córdoba, pero ahí arriba, entre el olor a fernet y el sudor de nuestros cuerpos el tiempo para mi, se detuvo.
— Quedate tranquila, morocha... que de acá no me muevo hasta que vuelva la luz... y cuando vuelva la corto de nuevo —le dije, mientras le enterraba la cara entre las tetas.
Continuará…
1 comentarios - Calor, Fernet y la Vecina de Nueva Cba