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Sexo, poder y tecnología - Parte 1

Maribel se ajustó el vestido de seda roja antes de entrar a las oficinas de Aether IA. Era una morocha de curvas explosivas, de esas que no pueden pasar desapercibidas aunque quieran.

Esas tetas y ese culo le habían conseguido un laburo. Estaba en la lona y recurrió a un noviecito de la adolescencia que la había pegado con una startup de IA y estaba cagado en guita.

Sus pechos, grandes y redondos, empujaban la tela del vestido con cada respiración nerviosa, y su cola —su mayor orgullo, pesada y bien parada— se hamacaba con un ritmo natural de piba de barrio que sabe que es el centro de todas las miradas.

Estaba convencida de que, en cuanto Juan Pedro la viera, se olvidaría de los años de indiferencia y de los mensajes de WhatsApp que nunca contestó.

Pero la mujer que la recibió en el lobby no tenía nada de intimidante a primera vista.

—¡Ay, vos debés ser Maribel! ¡Qué alegría, gordi! —dijo una voz dulce, casi aniñada.

Era Vanina. Una mujer altísima y muy delgada, con una melena pelirroja que le caía sobre los hombros como una cascada de fuego. Tenía unos ojos celestes enormes que la miraban con una falsa admiración.

Vestía una blusa de gasa color crema, muy recatada, pero tan fina que dejaba ver sus pechos medianos y firmes. Lo que desentonaba con su actitud de "buenita" eran sus pezones, que se marcaban duros y punzantes contra la tela, revelando una excitación interna que nada tenía que ver con su sonrisa amable.

—Hola... buscaba a Juan Pedro —dijo Maribel, un poco descolocada por la efusividad.

—Juanpi está en una reunión importantísima, corazón. Pero me pidió especialmente que te cuidara yo.

Maribel había llegado contenta porque iba a hacerse unos mangos con un laburo "cheto" y hasta pensaba que por ahí garchándose a Juanpi se podía acomodar económicamente. No sabía lo que se le venía.

—Vanina se acercó y le tomó las manos con ternura, pero sus dedos eran largos y fríos—. Soy Vanina, su mano derecha. ¡Qué linda que sos! Pero... —Vanina frunció el ceño con una mueca de preocupación fingida, recorriendo el cuerpo de Maribel—... me parece que este vestido te queda un poquitito ajustado, ¿no? No me malinterpretes, tenés un cuerpo increíble, pero para el nivel que manejamos acá... capaz te hace ver un poco "barata", ¿entendés?

Maribel sintió que el calor le subía a la cara. La "amabilidad" de Vanina empezaba a picar.

—Vení, pasá a mi oficina, hablemos como chicas —siguió Vanina, pasando un brazo por la cintura de Maribel. Al hacerlo, su mano descendió "accidentalmente" y le dio un apretoncito a la nalga pesada de la morocha—. ¡Ay, qué dura que estás! Qué envidia, yo soy tan flaquita que parezco una tabla al lado tuyo.

Caminaron por el pasillo. Maribel, con su andar de morocha culona, y Vanina a su lado, como una vara de cristal, moviendo su colita chiquita y compacta con una elegancia que hacía que Maribel se sintiera torpe.

Una vez en la oficina, Vanina cerró la puerta y se sentó en el borde del escritorio, dejando que su falda subiera y mostrara sus piernas kilométricas.

—Te cuento, gordi. Acá entrenamos chatbots sexuales de IA. Es súper divertido, pero necesitamos chicas que tengan... bueno, que sepan "moverse". Juan me dijo que vos tenés mucha calle, y eso es genial. Vas a ganar una fortuna, mucho más de lo que sacarías en un OnlyFans —Vanina hizo una pausa y puso cara de horror—. ¡Ay, perdón! No quise decir que seas de esas chicas que se venden por internet... aunque, con ese cuerpo, ¡quién podría culparte si lo hicieras!

—Juan me comentó que estás pasando un momento difícil —continuó Vanina, suavizando la voz mientras se acercaba de nuevo a Maribel, casi invadiendo su espacio personal—. Y a mí me rompe el corazón ver a una mujer tan... exuberante como vos, desperdiciada. Porque seamos sinceras, gordi: sos una morocha de esas que cortan la respiración, pero te falta ese toque de "clase" que Juan Pedro busca ahora. Él ya no es el chico del barrio, ¿viste? Él es un visionario.

Maribel tragó saliva, sintiendo que sus pechos grandes subían y bajaban con fuerza, rozando la blusa de Vanina. La pelirroja no retrocedió; al contrario, sus ojos celestes brillaron con una intensidad que nada tenía de inocente al ver el escote de Maribel tan cerca.

—Entonces... ¿el trabajo es solo hablar con una computadora? —preguntó Maribel, tratando de aferrarse a la idea de un empleo normal.

—¡Ay, no, tontita! Es mucho más profundo —Vanina soltó una risita y le acomodó un mechón de pelo oscuro detrás de la oreja, dejando sus dedos apoyados un segundo de más en el cuello de Maribel—. Es un experimento de seducción total. Tenés que ser la musa de nuestra IA. Ella va a copiar tus gestos, tus gemidos, la forma en que movés esa cola impresionante... todo. Pero para que ella aprenda, vos tenés que "actuar".

Vanina se alejó un paso y la miró de arriba abajo con esa falsa preocupación que empezaba a ponerle los pelos de punta a Maribel.

—Pero mirate, estás toda tensa. Así no vamos a poder grabar nada. Juan Pedro quiere resultados rápidos. Él está mirando los informes de rendimiento todo el tiempo desde su oficina —señaló hacia arriba, al ventanal polarizado—. Si querés que te registre, tenés que ser la mejor. Y para eso, me tenés que dejar que yo te "moldee", ¿me dejás, tesoro?

Maribel asintió, casi hipnotizada por la mezcla de dulzura y autoridad de la pelirroja. Vanina sonrió, y esta vez, sus pezones, duros como piedras bajo la seda, parecieron confirmar su victoria.

—Perfecto. Primero, vamos a sacarte ese vestido rojo. Es un poco... "mucho", ¿no? —Vanina caminó hacia un armario metálico y sacó una percha con algo que parecía un conjunto de lencería, pero con cables y sensores integrados—. Vamos a ponerte algo más profesional. Algo que le guste a Juan.
Vanina se acercó a la espalda de Maribel y buscó el cierre del vestido. Sus dedos largos y fríos rozaron la piel de la morocha, enviando un escalofrío por su columna.

—Ay, Maribel... qué piel tan suave tenés —susurró Vanina al oído de la morocha, su voz ahora cargada de una malicia líquida—. Juanpi se va a volver loco cuando te vea convertida en una verdadera muñequita de datos. Pero por ahora, portate bien conmigo, que soy la que te va a convertir en una estrella.

El cierre bajó, dejando los hombros y la espalda de la morocha al aire. Vanina no se apuró; se quedó ahí, admirando el contraste entre su propia palidez delgada y la carnalidad morena y culona de la mujer que acababa de caer en su red.

—Mañana empezamos con el entrenamiento real, gordi. Hoy solo vamos a tomar tus medidas... todas tus medidas —concluyó Vanina, dándole una palmadita cariñosa pero firme en la mejilla, mientras en su mente ya empezaba a trazar el plan para desmantelar, pieza por pieza, la identidad de su nueva "amiga".

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