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Semen en la noche incestuosa

Valentina Chávez es laprotagonista de esta historia. Tiene 19 años y una belleza que roba el aliento:cabello negro largo, liso y sedoso que le llega casi a la cintura, piel morenaclara impecable, ojos café oscuro profundos y expresivos, cejas definidas,pestañas largas y labios carnosos que parecen siempre listos para una sonrisatraviesa. Su cuerpo es de curvas perfectas y pronunciadas: busto lleno y firme,cintura estrecha que resalta aún más sus caderas anchas y glúteos redondos,elevados y tonificados.  
Vive en León, Guanajuato,en una casa cómoda pero no ostentosa, junto a su hermano mayor Iván Chávez,de 22 años. Iván es el típico hermano mayor protector, intenso y leal hasta lamédula. Físicamente es una máquina: mide alrededor de 1.82 m, hombros anchoscomo puerta, brazos venosos y gruesos, pecho marcado, abdomen en tabla de lavary piernas que parecen columnas de mármol.  
Iván es apasionado del deportefísico: entrena pesas pesado 5-6 días a la semana, juega fútbol americano (fuelinebacker en su etapa universitaria) y es fanático incondicional del ClubLeón. Tiene el escudo tatuado en el pecho, va a casi todos los partidos enel Estadio León y su playlist de gym está llena de himnos del equipo. Cuando noestá en el gimnasio o viendo fútbol, está corriendo, haciendo sparring omotivando a sus amigos en redes.
Valentina, por su parte, estudia MarketingDigital y Diseño de Moda en la Universidad de Guanajuato (campus León).Sueña con lanzar su propia marca de lencería para mujeres con curvas reales:prendas que abracen el cuerpo, hagan sentir sexy y poderosa sin sacrificarcomodidad. Sus ideales giran en torno a la independencia económica, el amorpropio, la familia, la salud mental y vivir sin pedir permiso para brillar.Quiere viajar por el mundo (Italia y Dubái están en su lista top), dominaringlés y francés, y algún día tener su propio estudio de fotos y contenido.
¿Por qué Valentina aún notiene novio? Está en una etapa de enfoque total en sí misma. “No necesito anadie que me complete, ya estoy completa. Quiero alguien ambicioso, que respetemi espacio, que no se sienta amenazado por una mujer que sabe lo que quiere yque sume a mi vida en vez de restar. Mi hermano Iván espanta a la mitad solocon mirarlos pero la verdad es que prefiero estar sola a mal acompañada. Estoydisfrutando mi juventud, mi cuerpo y mis metas.”
El momento que lo cambió todo…Una tarde, Valentina necesitaba revisar algo rápido en internet y la laptop deIván estaba abierta en la sala (él había salido al gym). Sin pensarlo mucho, latomó. Al mover el mouse, se abrió una carpeta de fotos en el escritorio. Entreselfies de entrenamiento y memes del León, apareció esa foto: Ivánfrente al espejo, en ropa interior mínima, mano en el abdomen, piernas abiertasmostrando cada fibra muscular… y ese bulto evidente, grueso y marcado bajo latela negra y amarilla.
Valentina sintió un calor subirlepor el cuello hasta las mejillas. Su corazón latió fuerte, como si hubieracorrido 5 km. Nunca había sentido algo así por su propio hermano: una mezcla deadmiración por su físico brutal, curiosidad prohibida y un cosquilleo intenso,casi eléctrico, en la parte baja del vientre. Se quedó mirando la pantalla mástiempo del que debería. Notó cómo las venas de sus brazos se marcaban, cómo suscuádriceps parecían tallados en piedra, y sobre todo ese volumen en laentrepierna que la tela apenas contenía. Algo se despertó en ella: deseo crudo,confuso, culpable… pero imposible de ignorar.
Sin darse cuenta, hizo clicderecho y envió la foto a su correo. Cerró la laptop rápido, con las manostemblando un poco, y se fue a su cuarto. Esa noche no pudo dormir pensando eneso. Se repetía que era normal admirar un cuerpo así, que era su hermano ypunto… pero el calor no se iba. Desde entonces, cada vez que lo ve salir delbaño con toalla o entrenando en el patio, su mente regresa a esa imagen.  
El viernes por la tarde, eltimbre sonó a las 6:30. Valentina acababa de terminar de limpiar su habitaciónhasta dejarla impecable para sus tíos. Su madre, doña Carmen, abrió la puertacon una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Juan Luis! ¡Martha! ¡Qué gustoverlos! Pasen, pasen.
El tío Juan Luis, de 48 años,alto, de bigote grueso y mirada siempre un poco demasiado intensa, entrócargando dos maletas. Al ver a Valentina, que bajaba las escaleras con un shortde mezclilla corto y una blusa blanca ajustada, se quedó clavado un segundo.Sus ojos recorrieron sin disimulo el cuerpo de su sobrina: las caderas anchas,la cintura marcada, el busto que se movía suavemente con cada paso. “Carajo…cómo creció esta chamaca”, pensó.
Valentina se acercó a saludar. Eltío abrió los brazos.
—Ven acá, mi reina. ¡Cuántotiempo!
La abrazó fuerte, demasiadofuerte. Su mano derecha se posó justo en la curva baja de su espalda, casirozando el inicio de sus glúteos. Con la otra mano la apretó contra su pecho,sintiendo claramente cómo sus senos se aplastaban contra él. Valentina sintióel calor de ese cuerpo masculino, el olor a colonia fuerte y algo más… algo quela incomodó. El tío bajó la cara y le dio un beso “de saludo”… pero sus labiosrozaron la comisura de los de ella, muy cerca, casi en la boca. Valentina setensó, pero no dijo nada. Estaba confundida, paralizada. “¿Fue sin querer?”, sepreguntó. El tío se separó sonriendo, con una mirada oscura que nadie más notó.
—Estás preciosa, Valentina. Yaeres toda una mujer —dijo, y su mano le dio un último apretón en la cinturaantes de soltarla.
Ella solo sonrió forzada ymurmuró un “gracias, tío”.
Después de la cena y de que todosse acomodaran, doña Carmen tomó a Valentina del brazo en la cocina.
—Hija, ya sabes… tus tíos sequedan en tu habitación. Es la más grande y cómoda. Tú puedes dormir en la deIván. Su cama es king size, caben los dos sin problema.
—Mamá, no… por favor. Ya compartícon Iván cuando éramos niños, pero ahora…
—Ahora nada —la cortó su madre,bajando la voz pero firme—. No vamos a mandar a tu tío Juan Luis y a tu tía aun hotel. Sería una grosería. Si no quieres dormir con tu hermano, ya sabesdónde está la puerta.
Valentina discutió casi diezminutos. Su madre no cedió ni un milímetro. Su papá, Manuel, estaba en la salaplaticando fútbol con el tío y ni siquiera levantó la vista cuando ella lo mirósuplicante. Él adoraba a Juan Luis. No iba a intervenir.
Resignada, con el corazónlatiéndole fuerte, Valentina subió a cambiar las sábanas de su cama para lostíos y luego se fue a su nuevo “dormitorio” temporal.
Esa noche, después de bañarse, sepuso unas pantaletas negras de algodón muy pequeñas y una blusa ligera blancade tirantes. Encima se echó su bata de satén rosa corto, atándola bien para queno se le transparentara nada. Se miró al espejo. Estaba nerviosa. Muy nerviosa.
“Su cama es grande… pero igualvamos a estar cerca. Demasiado cerca.”
Entró al cuarto de Iván. Él aúnno subía. Se metió bajo las sábanas, del lado derecho, y se acomodó de lado,dándole la espalda a la mitad de la cama. El corazón le latía tan fuerte que losentía en los oídos.
Minutos después, la puerta seabrió. Iván entró sonriendo, recién bañado, solo con unos bóxers negrosajustados y una toalla al cuello. Exactamente igual que en la foto que ellahabía guardado. El bulto se marcaba claramente bajo la tela. Sus piernas gruesas,venosas, llenas de músculo. Valentina sintió un calor instantáneo entre laspiernas.
—Ey, ¿qué onda? —dijo él connaturalidad, tirando la toalla a una silla—. ¿Ya te acomodaste? Mamá me dijoque te quedas aquí el fin de semana. No hay pedo, la cama es gigante.
Valentina sonrió nerviosa, sinvoltear del todo.
—Sí… no había de otra. Los tíosse quedaron con mi cuarto.
Iván se rio bajito mientras semetía bajo las sábanas.
—Tranquila, no te voy a morder.Aunque sí estás rara desde que llegué. ¿Todo bien?
—Todo bien —mintió ella, con lavoz un poco temblorosa.
Iván apagó la luz del techo. Soloquedó la pequeña lámpara de noche encendida.
—Buenas noches, Val.
—Buenas noches, Iván…
Valentina se quedó rígida, deespaldas a él. El silencio era total. Solo se escuchaba la respiración de losdos.
En su cabeza no paraban lasimágenes y pensamientos:
“Está dormido casi desnudo… igualque en la foto. Ese bulto… Dios, es tan grueso. Si se acerca aunque sea unpoco… si se da la vuelta y se pega a mí… con esa verga tan larga y gorda…fácilmente me rompe el culo. Me la mete hasta el fondo y me destroza. Y si mela mete por la concha… me desvirga en un segundo. Me preña. Es un toro. Unsemental. Mi propio hermano… y tiene una verga de animal.”
Cada pensamiento la ponía máscachonda y más nerviosa al mismo tiempo. Sentía la entrepierna húmeda,caliente. Apretaba los muslos sin darse cuenta. El corazón le latía tan fuerteque tenía miedo de que él lo escuchara.
No podía cerrar los ojos. Cadavez que respiraba profundo, imaginaba que el cuerpo de Iván se movía y que, encualquier momento, ese bulto caliente y pesado rozaría sus glúteos. Y lo peor…una parte de ella, muy pequeña pero imposible de callar, casi deseaba quepasara.
Valentina permaneció así,despierta, tensa, excitada y aterrorizada, durante más de una hora. La nocheapenas empezaba.
Después de media hora de tensiónabsoluta, Valentina empezó a bajar un poco la guardia. El silencio en lahabitación era tan profundo que casi podía oír su propio pulso desacelerando.“Ya pasó lo peor… solo está dormido. Mañana será otro día”, se dijo a sí misma,intentando convencerse. Cerró los ojos por fin, respiró hondo y pensó que talvez podría dormir.
Pero entonces Iván cambió deposición.
Fue sutil al principio: unmovimiento lento, como si estuviera soñando. Se giró hacia ella y, sin abrirlos ojos, se acomodó justo detrás, pegando su pecho a la espalda de Valentina.El calor de su cuerpo la envolvió de inmediato, como una manta pesada y viva.Ella abrió los ojos de golpe. El sueño se evaporó en un segundo.
No se atrevió a moverse. Sintióel aliento cálido de Iván en su nuca, el roce accidental de su muslo contra elde ella. Su mente gritaba: “Si mueve la mano… si baja un poco más… me toca elculo, las piernas…”. Se preparó mentalmente para cualquier roce invasor, peronada pasó. Aún así, el miedo (y algo más oscuro) le mantenía los músculosrígidos.
“¿Qué hago? ¿Me levanto y voy conmis papás? No… imposible. Me van a regañar, van a preguntar, van a sospechar…”.Así que se quedó quieta, intentando distraerse. Empezó a deletrear en su cabezala letra de esa canción que estaba de moda en TikTok: “B-e-s-o-s d-e m-i-e-l,t-u c-u-e-r-p-o e-s m-i r-e-l…” Repetía las palabras una y otra vez, como unmantra, para no pensar en el calor que emanaba del cuerpo de su hermano ni enlo cerca que estaba esa… cosa que había visto en la foto.
De pronto, un ruido rompió elsilencio.
No era fuerte al principio, soloun crujido rítmico, casi discreto. Pero venía de la habitación contigua. De suhabitación.
Los resortes del colchónempezaron a sonar: crick… crick… crick… lento, pausado. Luego un golpeseco. Y otro. Y otro más fuerte.
Valentina se quedó helada.
Era inconfundible. Su tío JuanLuis y su tía Martha estaban follando. En su cama. En la cama que ella mismahabía tendido con sábanas limpias esa misma tarde.
El ritmo fue ganando velocidad.Primero lento, casi cariñoso. Luego más intenso. Los resortes empezaron abrincar con fuerza: CRICK-CRICK-CRICK-CRICK. Cada embestida hacíatemblar la estructura de madera. Y entonces llegaron las nalgadas.
¡PLAF!
Un sonido seco, carnoso, seguidode un gemido ahogado de la tía.
¡PLAF! ¡PLAF!
—Así… así, cabrón… más fuerte…—se escuchó la voz ronca de la tía, entre jadeos.
Valentina sintió una oleada deindignación. “¡En mi cama! ¡Me van a dejar la sábana llena de semen!”. Quisolevantarse, golpear la pared, gritarles que pararan… pero no podía. Estabaatrapada. Así que se quedó escuchando, furiosa y… curiosamente, empezando acalentarse.
Las imágenes se le metieron en lacabeza sin permiso: el tío Juan Luis encima de su esposa, sudado, con el bigotehúmedo, dándole nalgadas mientras ella aullaba como loba en celo. La tía conlas piernas abiertas, las tetas rebotando, pidiéndole más. Valentina cerró losojos con fuerza, avergonzada de sí misma. “¿Qué me pasa? ¿Por qué estoyimaginando esto?”.
Y entonces se dio cuenta de algopeor.
Iván ya no roncaba.
Antes había estado respirandoprofundo, con ese ronquido leve de hombre grande y cansado. Ahora… silencioabsoluto. Estaba despierto.
“Está despierto… y escucha todo”,pensó ella, con el corazón en la garganta.
En ese preciso instante, sintiócómo Iván se pegaba más. No fue un movimiento dormido. Fue deliberado.Centímetro a centímetro, su cuerpo se acercó hasta que el bulto duro y calientede su entrepierna quedó presionado justo contra la curva de sus glúteos.
Valentina dejó de respirar.
Entonces, sin decir una palabra,Iván deslizó un brazo por encima de su cintura. La jaló hacia atrás con fuerzaposesiva, como si fuera suya. El culo de Valentina chocó directamente contraesa verga gruesa, larga y completamente erecta. La tela de los bóxers de Ivánera tan delgada que sentía cada vena, cada centímetro de grosor, la cabezahinchada rozando justo entre sus nalgas.
Casi se le escapa un gemido.
Era enorme. Mucho más grande delo que había imaginado al ver la foto. La punta le llegaba casi hasta la partebaja de la espalda. Valentina sintió un latigazo de placer tan intenso que susmuslos se apretaron solos. Estaba a punto de venirse solo con el contacto.
Iván empezó a mover las caderas.Lento al principio. Frotándose contra ella. Carne contra carne a través de latela mínima. Cada roce hacía que la verga se deslizara arriba y abajo,presionando justo donde más sensible estaba.
Los gemidos de la habitación deal lado se volvieron más fuertes, más obscenos. La tía gritaba sin control. Eltío gruñía. Los resortes chillaban como locos.
Valentina estaba perdida. Quisogritar, empujarlo, armar un escándalo… pero su cuerpo no obedecía. Estabainmóvil, temblando, con la concha empapada y el culo ardiendo de tanto roce.
No supo cuánto tiempo pasó.Minutos. Tal vez más.
De pronto los sonidos de al ladocesaron. Un último gemido largo de la tía. Silencio.
Y entonces Iván aceleró.
Con movimientos rápidos ydesesperados, metió la mano por debajo de la bata y las pantaletas de Valentina,bajándolas apenas lo suficiente para dejarle el culo al descubierto. Carnecontra carne. La verga caliente y palpitante se deslizó entre sus nalgas,frotándose frenéticamente.
Valentina sintió el primer chorrocaliente golpearle la piel. Luego otro. Y otro más. Litros, parecía. Semenespeso, abundante, resbaloso, cubriéndole las nalgas, corriendo por la partebaja de su espalda, goteando entre sus piernas. Iván se corrió en completo silencio,solo con respiraciones entrecortadas y un último empujón fuerte contra ella.
Cuando terminó, se quedó quietoun segundo.
Luego, como si despertara de untrance, se dio la vuelta rápidamente. Quedó espalda contra espalda con ella. Nodijo nada. No se movió más.
Valentina permaneció inmóvil, conel culo empapado de semen caliente de su propio hermano, el corazón latiéndoleen la garganta y una mezcla de vergüenza, culpa, miedo… y un placer tan intensoque le temblaban las piernas.
La noche aún no terminaba.
No fue sino hasta que volvió aescuchar el ronquido profundo y rítmico de Iván —ese ronquido grave de hombregrande y exhausto— que Valeria finalmente se atrevió a moverse. Con muchocuidado, como si cualquier crujido pudiera delatarla, se deslizó fuera de lassábanas. El semen de su hermano, todavía tibio y abundante, le escurría por laparte trasera de los muslos y se acumulaba en la curva de sus nalgas. Cada pasoque daba sentía cómo se deslizaba más abajo, pegajoso, recordándole lo queacababa de pasar.
La casa estaba en absolutosilencio. Solo el zumbido lejano del refrigerador y, de pronto, el ruido de uncarro que pasó por la calle a toda velocidad. Valeria se detuvo frente a lapuerta de la habitación de sus padres. Estaba entreabierta, solo un resquiciode oscuridad. Eso le pareció rarísimo: sus padres siempre cerraban con llave,incluso ponían el seguro. La curiosidad le ganó al miedo. Empujó la puerta conla yema de los dedos.
Adentro, la luz de la lunaentraba por la ventana entreabierta y dibujaba sombras suaves sobre la enormecama. Sus padres dormían profundamente. Su madre de lado, con la bocaentreabierta y la respiración pesada. Su padre boca arriba, con los brazos abiertos,como un oso enorme y tierno durmiendo la siesta eterna. “Qué gordito y quélindo se ve cuando duerme”, pensó Valeria con una oleada de cariño quecontrastaba brutalmente con todo lo que había pasado esa noche.
Se acercó despacio hasta el ladode su madre y le tocó el hombro con suavidad.
—Mamá… —susurró.
Nada. Ni un movimiento. “Segurose tomó sus somníferos otra vez”, pensó. Luego rodeó la cama de puntitas hastallegar al lado de su padre. Iba a taparlo porque el pecho le quedabadescubierto y la corriente de aire fresco entraba por la ventana. Tomó la sábanacon dos dedos… y al rozar el vello espeso y áspero de su pecho sintió unasensación extraña: cálida, chistosa, casi placentera. En lugar de subir lasábana, la bajó un poco más, solo un poco.
Y entonces lo vio.
Su padre estaba completamentedesnudo debajo de la sábana. El pecho ancho, cubierto de pelo negro entrecano,bajaba y subía con cada respiración. El vientre redondeado, no como el abdomenmarcado de Iván, sino varonil a su manera: fuerte, vivido, tierno por el simplehecho de ser su papá. Los ojos de Valeria bajaron despacio, recorriendo elcuerpo hasta llegar a… eso.
Allí, entre muslos gruesos yvelludos, descansaba una verga flácida pero impresionante. Gruesa como elantebrazo, larga incluso en reposo, con una cabeza enorme cubierta por elprepucio fino y rosado. Parecía un hongo gigante y dormido. Valeria no pudoevitar sonreír en la oscuridad. “De ahí sacó Iván esa cosa tan grande… quégorda es la cabeza… qué chistosa la forma, cómo se curva un poquito hacia laizquierda…”.
Pensó en taparlo de una vez. Perola curiosidad era más fuerte.
“¿Y si… solo tantito? Para saberqué se siente… solo tocarla un segundo…”
La idea nació como un susurroinocente en su mente, pero creció rápido, alimentada por todo lo que habíavivido esa noche: el semen de su hermano todavía resbalándole por las piernas,los gemidos de sus tíos, el roce prohibido en la cama. Se arrodilló despacio ala altura de la cintura de su padre. Con la mano temblorosa apartó un poco elmuslo velludo para ver mejor. Ninguna reacción. Miró el rostro dormido de supapá: plácido, inocente, lejano.
Estiró los dedos y rozó apenas lapiel suave del tronco. Estaba tibia. Más tibia de lo que esperaba. Suave comoterciopelo sobre algo duro por dentro. El miedo le hizo retirar la mano alinstante, pero volvió. Esta vez la acarició de arriba abajo, muy despacio.Sintió las venas gruesas bajo la piel, la textura ligeramente rugosa delprepucio. Era pesado, carnoso, vivo.
Poco a poco fue agarrandoconfianza. Cerró los dedos alrededor del tronco. No alcanzaba a rodearlo porcompleto. “Dios… qué gruesa…”. La sintió palpitar una vez. Luego otra. Y empezóa crecer. Lenta pero imparable. La cabeza asomó del prepucio, rosada, brillante.Cuando estuvo semierecta cayó pesadamente sobre el estómago de su padre con ungolpe suave.
—Qué grande es… —pensó Valeria,fascinada—. Qué gruesa también… muy gruesa.
Volvió a tomarla. Esta vez conmás decisión. La midió con la mirada, con la mano. No cabía. Palpitaba como situviera corazón propio. Caliente. Hervía. Bajó la vista y vio los testículosenormes, colgando pesados entre los muslos. “Y qué huevos tan grandes…”.
Se acomodó mejor, inclinándosehacia adelante. Estaba a centímetros. La punta casi rozaba sus labios. Iba aabrir la boca… cuando miró de reojo a su madre. La culpa le pegó como unlatigazo.
“¿Acaso estoy loca…?”
Estuvo a punto de soltarla e irsecorriendo. Pero entonces recordó las palabras de su madre esa tarde:
“Eso si quieres, si no ya sabesdónde está la puerta…”
Un coraje sordo le subió por elpecho.
“Después de todo fuiste tú la queme orillaste a esto. Si no me hubieras mandado a dormir con Iván para darle micuarto a los tíos… nada de esto estaría pasando.”
Sin pensarlo más, abrió la boca yse metió el glande entero de un solo bocado.
La verga creció al instantedentro de su boca, llenándola por completo. El sabor era salado, masculino,único: una mezcla de piel limpia, sudor leve y algo más profundo, animal.Valeria cerró los ojos y empezó a mover la lengua. Inexperta, torpe al principio,pero con mucho énfasis. Lamía todo el tronco de abajo hacia arriba, besaba lacabeza hinchada, succionaba lo que podía meterse. Bajó la mano y tomó lostestículos, los masajeó, los apretó ligeramente entre los dedos, incluso losmordió con cuidado, sintiendo cómo se contraían.
La verga se puso tan dura ygrande que ya no cabía cómoda. Tuvo que retroceder. Al sacársela de la bocahizo un sonido húmedo y ruidoso, como cuando se chupa una paleta gigante. Lamiró: roja, brillante de saliva, venosa, imponente. Pero no se rindió. Volvió ala carga, más despacio esta vez. Aprendió rápido. En un par de minutos ya lamamaba como si llevara años haciéndolo: succionaba la cabeza, lamía la parte deabajo donde estaba más sensible, jugaba con la lengua en la ranura, volvía ameterse lo más profundo que podía sin ahogarse.
Su padre gemía bajito en sueños,hundido en un placer onírico del que nunca despertaría. Valeria se obsesionó.“Voy a venir y se la voy a mamar todas las veces que pueda… qué rica la tiene,qué rica es…”
Justo cuando sentía que podíaseguir horas, su madre se movió en la cama.
Valeria se congeló. Rápido tapó asu padre con la sábana, cubriendo todo, y retrocedió hacia las sombras al piede la cama.
—¿Valeria…? —preguntó su mamá convoz pastosa, adormilada, confundida. Las pastillas todavía la tenían noqueada.
Valeria pensó rápido, el corazóna mil.
—Lo siento, mamá… no quisedespertarte… lo que pasa es que Iván no me deja dormir con sus ronquidos… —dijoValeria con voz temblorosa pero intentando sonar lo más natural posible—.Estaba pensando que… ya que tu cama es tan grande… ¿tal vez me dejas dormir conustedes? Solo por esta noche…
Su madre se restregó los ojos,aún medio ida por las pastillas. Valeria no esperó respuesta: dio un brincoágil y se metió en medio de los dos, justo entre sus padres, cubriéndoserápidamente con la sábana hasta el cuello. Lo hizo para bloquear cualquierposibilidad de que su madre destapara a su padre y viera la erección quetodavía se marcaba bajo la tela fina. El corazón le latía tan fuerte que temíaque se oyera.
—Iré por un vaso de agua…—murmuró su madre, bostezando. Se levantó despacio, tambaleante, sin cuestionarnada más. Antes de salir miró a su esposo dormido y pensó en despertarlo paraavisarle, pero sabía que Manuel había llegado exhausto del trabajo el díaanterior y se había tomado su pastilla para dormir. No despertaría ni con unterremoto. Así que salió arrastrando los pies, dejando la puerta entreabierta.
En cuanto se quedó sola con supadre, Valeria giró la cabeza hacia él. Seguía boca arriba, respirando profundoy lento. La silueta de su verga, aún semierecta, se dibujaba claramente bajo lasábana como una serpiente gruesa y dormida. Un escalofrío le recorrió laespalda y bajó directo a su entrepierna. Estaba empapada otra vez. “Cómo megustaría que mamá no tuviera que volver…”, pensó, mordiéndose el labioinferior.
Minutos después su madre regresócon el vaso en la mano. Valeria ya estaba recostada, tapada hasta la barbilla,fingiendo somnolencia.
—Buenas noches, mamá… —susurró.
—Duerme ya, hija… —respondió sumadre, apagando la lámpara de noche y metiéndose en su lado de la cama. Cerrólos ojos y en menos de un minuto empezó a roncar suavemente.
Valeria contó mentalmente. Diezminutos eternos hasta que el ronquido de su madre se volvió constante yprofundo. Todos estaban boca arriba: la pierna izquierda de Valeria rozaba lapiel suave y tibia de su madre; la derecha, la pierna velluda, gruesa y pesadade su padre. El contraste la excitó más de lo que quería admitir.
No aguantó ni treinta segundosmás. Lanzó una mano exploradora bajo las sábanas, tanteando a ciegas hasta quesus dedos dieron con la verga de su padre. Había vuelto a su estado flácido,pero seguía siendo enorme, pesada, caliente. Acarició la punta con la yema deldedo y sintió un hilo espeso de líquido preseminal que se deslizaba por eltronco. Se le hizo agua la boca. Quería volver a chupársela, pero era demasiadoriesgoso con su madre al lado. Se conformó con masturbarlo despacio,envolviéndola con la mano lo mejor que podía.
—Ohhhh, mi vida… —susurró supadre en sueños, con voz ronca y satisfecha, convencido de que era su esposaquien lo tocaba.
De pronto él se movió. Valeriasoltó rápido. Su padre giró hacia ella, quedando de lado. Valeria se dio lavuelta también, quedando de espaldas a él para disimular. Sintió las manosgrandes y callosas de su padre posarse en su cintura. Se quedó paralizada. Losdedos se colaron por debajo de la bata de satén y de la blusa ligera, subiendohasta sus senos. Los tomó con ambas manos, masajeándolos con lentitud,deleitándose en su firmeza.
—Se me había olvidado que teníasestos senos espectaculares, cariño… —murmuró él, todavía más dormido quedespierto.
Valeria estaba en llamas. Hacíaaños que su padre no sentía tetas tan grandes y firmes; en su mente nubladadudaba si era un sueño o realidad, pero no podía parar. Sus pulgares rozabanlos pezones endurecidos mientras él se pegaba más a su espalda.
Un gemidito se le escapó aValeria sin querer. Eso fue suficiente. Su padre bajó una mano, buscó entre suspiernas. Valeria ya había hecho los malabares necesarios bajo las sábanas: sehabía bajado las pantaletas hasta los tobillos. No hizo falta lubricar: estabachorreando. Con la experiencia de un hombre maduro y el primer intento certero,la verga curvada se abrió paso y entró hasta el fondo de un solo empujón.
—AUAUUHHHHHHHHHHGHHHH… —Valeriamordió la almohada para ahogar el grito. El dolor fue agudo, pero breve. Sintiócómo el himen se rompía, cómo la llenaba por completo por primera vez. Su padregruñó bajito, sin abrir los ojos.
—Si esto es un sueño… debe ser unsueño… un bendito sueño del que nunca quiero despertar… esas pastillas vaya queayudan… —pensó él en voz alta, casi inaudible, mientras empezaba a bombeardespacio.
Al principio fue lento, casicariñoso. Pero en pocos minutos la fuerza aumentó. Cada embestida era profunda,brutal, controlada. Valeria sentía los testículos pesados golpeando contraella. Su padre la tomó de las caderas con fuerza bestial, clavándola en sulugar.
Los huevos estaban a reventar. Élaceleró, gruñendo. Valeria pensó: “Si no me muevo, papá me preña… me hace unhijo… o un hermanito…”. El pánico y la excitación se mezclaron. Intentóapartarse un poco, pero su padre la sujetó con más fuerza, perfilándoseperfecto para descargar. En segundos empezó a chorrear: chorros gruesos,calientes, interminables. Litros de semen inundándola, apuntando directo alfondo con puntería letal.
Valeria se vino sin poderevitarlo. Un orgasmo brutal la recorrió de pies a cabeza. Tuvo que morderse ellabio hasta casi sangrar para no gritar. Su padre soltó un último:
—OOOOOHHHHHHHHHH…
Y se vació por completo. La vergase retiró despacio, blanda ya, y él volvió a caer en sueño profundo, sin abrirlos ojos ni una sola vez. No tenía idea de que acababa de desvirgar a su propiahija.
Valeria se quedó quieta variosminutos, temblando, asimilando. Había entrado virgen a esa habitación y saldríamujer. Mareada, se sentó en la cama. El aire fresco de la noche le rozó la pielsudorosa. Buscó sus pantaletas al pie de la cama, se las puso y salió ensilencio rumbo a la habitación de Iván. Se metió bajo las sábanas, exhausta, yse durmió casi al instante.
Al día siguiente fue la última enbajar. Escuchó voces desde la planta baja: sus padres discutiendo. Se metió ala ducha rápido, se lavó bien los rastros de la noche —semen seco entre laspiernas, sangre leve en las bragas— y bajó intentando parecer normal.
En la cocina estaban todos: Ivány los tíos de buen humor, riendo. Sus padres, en cambio, tensos.
Al verla entrar, su madre la mirófijo.
—Valeria, tú estuviste anoche enla habitación, ¿cierto?
Valeria dudó un segundo. Miró atodos: su padre evitaba sus ojos, Iván la observaba con una mezcla de miedo yculpa (seguramente pensando en lo del culo), los tíos ajenos a todo.
—No, mamá… —dijo con voz firme—.Iván durmió conmigo. Pregúntale a él si salí de la habitación.
Su madre volteó a ver a Iván. Éltragó saliva, pálido.
—Sí, mamá… Valeria jamás salió dela habitación —mintió, con la voz un poco temblorosa.
—Te lo dije —le espetó el padre ala madre—. Todo fue producto de tu sonambulismo.
—Bueno… —murmuró la madre,dudando pero ya más convencida—. Pero eso no te salva de que tengas que lavarla sábana. Mira que haberla manchado de sangre… seguramente te salió de lanariz mientras dormías y, como te tomas esas pastillas, ni siquiera te distecuenta…
Valeria sintió un calor subirlepor el cuello. Bajó la mirada al plato, conteniendo una sonrisa nerviosa. Nadiesabía nada. Nadie sospechaba. Pero ella… ella ya no era la misma. Y algo ledecía que esa noche había sido solo el principio.



Semen en la noche incestuosa
Imagen descrita: Valeria presume el culito que se lleno de leche de dos hombres una misma noche.

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