Llevo meses, años incluso, sintiéndome como un animal enjaulado. Mi matrimonio se ha convertido en una rutina fría: besos robados por obligación, caricias predecibles, un sexo que más que placer me provoca aburrimiento. Necesito algo más. Algo real.

El sonido de la puerta del jardín al abrirse me hace girar la cabeza. A través de la ventana entreabierta, veo a mi nuevo vecino, don Ricardo, un hombre de cincuenta años con el pelo canoso peinado hacia atrás y una barba de varios días que le da un aire de lobo experimentado. Lo he visto antes, claro, desde que se mudó hace un par de semanas, pero hoy es diferente. Hoy lleva puestos unos pantalones cortos de deporte que dejan poco a la imaginación. No puedo apartar la mirada de ese bulto obsceno que se marca bajo la tela, grueso y largo, como si llevara un salchicha de esas de feria metida en el calzoncillo. Un escalofrío me recorre la espalda. Dios mío, ¿es eso real? Varias veces a la semana mientras coincidimos en el pasillo me lo restriega.
Me acerco sigilosamente a la ventana, asegurándome de que la cortina me cubra lo suficiente como para no ser vista, pero lo bastante separada como para espiar sin obstáculos. Ricardo está regando las plantas del jardín trasero, el chorro de agua golpeando las hojas con un sonido relajante. Sus brazos, gruesos y velludos, se tensan con cada movimiento, y la camiseta blanca que lleva pegada al torso deja ver su enorme barriga abultada. Pero no es su enorme panza lo que me tiene hipnotizada. Es eso. Ese monstruo entre sus piernas que parece crecer con cada segundo que pasa. Me llevo una mano al pecho, sintiendo cómo mi corazón late desbocado, y la otra desciende sin que pueda evitarlo, rozando el encaje de mis bragas ya húmedas.
Por un par de días lo veo con curiosidad mientras nos vemos en los pasillos es muy cortés pero cuando puede se recarga de más para que sienta su enorme verga contra mi, y e visto como me ve como un lobo hambriento que a localizado a su presa.
Una tarde que tomaba el sol en el jardín lo ví salió como era su costumbre a regar las plantas su barriga salia de su playera su short dejaba ver una perfecta forma de su enorme verga me quedé como hipnotiza viendolo cuando una voz me regreso a la realidad.

—¿Te gusta lo que ves, cariño?
La voz grave y ronca de Ricardo me hace saltar como si me hubieran electrocutado, con los brazos cruzados y una sonrisa lasciva que me clava en el sitio.
—no nada señor —balbuceo, intentando cubrirme con las manos, pero es inútil. Mis pezones están duros como piedras, y el rubor que me quema las mejillas delata cada uno de mis pensamientos sucios.
Ricardo se acerca con calma, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Sus ojos, oscuros y brillantes, recorren mi cuerpo desnudó con una lentitud deliberada, deteniéndose en mis pechos, en mi vientre, en el triángulo rojizo entre mis muslos.
—No te avergüences, Diana —dice, y el modo en que pronuncia mi nombre, como si lo saboreara, me hace temblar—. Llevas días mirándome como una perra en celo. Y yo no soy de los que ignoran una invitación.
—¿Yo no he—!
—No mientas —me interrumpe, acercándose otro paso. Ahora puedo olerlo: un aroma a sudor masculino, a colonía barata y a algo más primal, algo que me hace apretar los muslos—. Te he visto asomada a la ventana cada vez que salgo al jardín. Te he visto morderte los labios desde tu ventana pequeña zorra—Su mano se alza, y antes de que pueda reaccionar, me roza un pezón con el dorso de los nudillos—
Un gemido ahogado se me escapa de los labios. Sus palabras son vulgares, sucias, pero en lugar de ofenderme, me excitan aún más. Nadie me ha hablado así en años. Mi esposo ni siquiera se atrevería.
—¿Y si te digo que te equivo—?
No termino la frase. Ricardo me agarra de la muñeca y me atrae contra su cuerpo con un movimiento brusco. Siento el calor de su piel a través de la camiseta, el vello áspero de su pecho rozándome los pezones, y entonces lo siento: esa protuberancia enorme y dura presionando contra mi bajo vientre. Jadeo, los ojos desorbitados.
—Mírame —ordena, y obedezco sin pensarlo—. Esto es lo que quieres, ¿verdad? Una verga de verdad. No ese lápiz que tiene tu maridito.
—No deberíamos… —murmuro, pero mis manos ya se han movido solas, deslizándose por su enorme barriga hasta detenerse justo encima de la cintura de sus pantalones.
Ricardo ríe, un sonido bajo y sucio.
—Claro que no deberíamos. Pero tú no quieres que pare, ¿cierto? —Sus dedos se enredan en mi pelo, tirando con fuerza hasta que inclino la cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta—. Dímelo. Dime que quieres que te coga como la zorra caliente que eres.
Un escalofrío me recorre la columna. Debería empujarlo. Debería gritar. Debería algo. Pero en lugar de eso, mis labios se abren, y las palabras salen solas, arrasadas por el deseo:
—Sí. Por favor.
El gruñido que emite Ricardo es casi animal. En un segundo, sus manos están en mi culo, apretando la carne con fuerza antes de alzarme en vilo. Mis piernas se enroscan alrededor de su cintura por instinto, y entonces lo siento: el roce de su polla, enorme, a través de la tela de sus pantalones, deslizándose entre mis labios ya empapados. Gimo, clavando las uñas en sus hombros, mientras él me lleva hasta la puerta de su habitación que da justo al jardín la puerta de su departamento. El frío en mi espalda contrasta con el calor de su cuerpo pegado al mío.
—Vas a arrepentirte de haberme tentado, putita —gruñe, mordisqueándome el lóbulo de la oreja—. Porque una vez que pruebes esto, no vas a querer otra cosa.
Sus dedos se cuelan bajo el elástico de mis bragas, y antes de que pueda prepararme, dos de ellos se hunden en mi con un movimiento brusco. Un grito me sale de la garganta, ahogado por su boca cuando me besa con una ferocidad que me deja sin aliento. Sus dedos son gruesos, ásperos, y los mueve dentro de mí con una habilidad que me hace ver estrellas, curvándolos para rozar ese punto que ni yo misma sabía que existía.
—¡AAAAAA! —jadeo, retorciéndome contra su mano—. ¡Dios, así, así!
—Cállate —me ordena, apretando los labios contra mi oído—. No quiero que tu marido te oiga gemir como la puta que eres. Solo yo.
El recordatorio de mi esposo, que debe estar en la sala viendo la televisión, debería enfriarme. Pero en lugar de eso, me excita aún más. La idea de que pueda asomarse en cualquier momento, de que pueda vernos, me hace apretar los muslos alrededor de la mano de Ricardo, buscando más presión, más profundidad.
—Sácala —suplico, arrastrando las palabras entre jadeos—. Quiero verla.
Ricardo se echa hacia atrás solo lo suficiente para mirarme a los ojos, con una sonrisa que es pura lujuria.
—¿Estás segura? —pregunta, aunque ambos sabemos que no hay vuelta atrás—. Porque esto va a cambiar todo, Diana.
Asiento con la cabeza, incapaz de formar palabras. Sus dedos abandonan mi vagina con un sonido obsceno, y entonces, con una lentitud tortuosa, se desabrocha el nudo que sostiene su short.cuando la tela cae al suelo, contengo el aliento.
Joder.
No es solo grande. Es monstruosa. Gruesa como mi muñeca, con venas marcadas que serpentean bajo la piel oscura, y una cabeza roja y brillante que gotea precum. El olor a hombre, a sudor y a sexo, y mi boca se hace agua. Nunca he visto algo así. Ni en fotos. Ni en películas. Nada se compara.
—Dios mío… —murmuro, alargando la mano sin poder evitarlo.
Ricardo captura mi muñeca antes de que lo toque.
—Primero, de rodillas —ordena, empujándome hacia el suelo con un movimiento firme—. Vas a aprender a chupármela como a mí me gusta.
El frío del cesped bajo mis rodillas. Tengo la vista a la altura de su entrepierna, y esa verga parece aún más imponente desde aquí. Ricardo me agarra del pelo de nuevo, guiando mi cabeza hacia adelante hasta que mis labios rozan la punta húmeda. El sabor salado del precum explota en mi lengua, y un gemido me vibra en la garganta.
—abre tu boca zorra —gruñe, y obedezco, separando los labios mientras él empuja su cabeza entre ellos.

El estiramiento es inmediato. Mis mandíbulas protestan, pero la excitación ahoga cualquier incomodidad. Ricardo no me da tregua: con un movimiento de cadera, me hunde otros dos centímetros, y entonces otro, y otro, hasta que siento la cabeza de su polla golpeando el fondo de mi garganta. Toso, ahogándome, pero sus manos en mi cabeza no me permiten retroceder.
—Así, puta —jadea, empezando a moverse con embestidas cortas y profundas—. Traga. Usa esa boquita caliente para lo que sirve.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas, pero no es dolor lo que siento. Es placer. Un placer sucio, prohibido, que me quema por dentro. Mis manos se aferran a sus muslos, las uñas hundiéndose en la carne, mientras él me usa la boca como si fuera su juguete personal. Cada vez que retrocede, un hilo de saliva y precum conecta mis labios con su polla, y cada vez que avanza, siento cómo se hincha aún más dentro de mí.
—Mira qué bien te lo comes —gruñe, tirándome del pelo para que levante la vista—. Eres una puta nacida, Diana. Y esto solo es el principio.
Siento cómo mis bragas se inundan, cómo mi vagina late con un ritmo desesperado. Necesito más. Necesito todo. Y cuando Ricardo por fin me suelta, dejándome toser y jadear, sé que no voy a parar hasta conseguirlo.
—Quiero que me la metas —digo, limpiándome la boca con el dorso de la mano, sin importarme el rimmel corrido ni el pelo despeinado—. Ahora. Aquí.
Ricardo sonríe, un gesto oscuro y triunfal.
—Como ordenes, jefa. Pero no aquí. —Me agarra de la mano y me levanta de un tirón abre la puerta y me avienta contra un sucio colchón y un par de cobijas mal olientes.
El miedo y la excitación se mezclan en un cóctel explosivo. Pero cuando Ricardo coloca su enorme verga contra mi es aún más dura y palpitante rosándo la entrada de mi vagina, sé que no hay vuelta atrás.

Y por primera vez en años, no quiero que la haya.

El sonido de la puerta del jardín al abrirse me hace girar la cabeza. A través de la ventana entreabierta, veo a mi nuevo vecino, don Ricardo, un hombre de cincuenta años con el pelo canoso peinado hacia atrás y una barba de varios días que le da un aire de lobo experimentado. Lo he visto antes, claro, desde que se mudó hace un par de semanas, pero hoy es diferente. Hoy lleva puestos unos pantalones cortos de deporte que dejan poco a la imaginación. No puedo apartar la mirada de ese bulto obsceno que se marca bajo la tela, grueso y largo, como si llevara un salchicha de esas de feria metida en el calzoncillo. Un escalofrío me recorre la espalda. Dios mío, ¿es eso real? Varias veces a la semana mientras coincidimos en el pasillo me lo restriega.
Me acerco sigilosamente a la ventana, asegurándome de que la cortina me cubra lo suficiente como para no ser vista, pero lo bastante separada como para espiar sin obstáculos. Ricardo está regando las plantas del jardín trasero, el chorro de agua golpeando las hojas con un sonido relajante. Sus brazos, gruesos y velludos, se tensan con cada movimiento, y la camiseta blanca que lleva pegada al torso deja ver su enorme barriga abultada. Pero no es su enorme panza lo que me tiene hipnotizada. Es eso. Ese monstruo entre sus piernas que parece crecer con cada segundo que pasa. Me llevo una mano al pecho, sintiendo cómo mi corazón late desbocado, y la otra desciende sin que pueda evitarlo, rozando el encaje de mis bragas ya húmedas.
Por un par de días lo veo con curiosidad mientras nos vemos en los pasillos es muy cortés pero cuando puede se recarga de más para que sienta su enorme verga contra mi, y e visto como me ve como un lobo hambriento que a localizado a su presa.
Una tarde que tomaba el sol en el jardín lo ví salió como era su costumbre a regar las plantas su barriga salia de su playera su short dejaba ver una perfecta forma de su enorme verga me quedé como hipnotiza viendolo cuando una voz me regreso a la realidad.

—¿Te gusta lo que ves, cariño?
La voz grave y ronca de Ricardo me hace saltar como si me hubieran electrocutado, con los brazos cruzados y una sonrisa lasciva que me clava en el sitio.
—no nada señor —balbuceo, intentando cubrirme con las manos, pero es inútil. Mis pezones están duros como piedras, y el rubor que me quema las mejillas delata cada uno de mis pensamientos sucios.
Ricardo se acerca con calma, como un depredador que sabe que su presa no tiene escapatoria. Sus ojos, oscuros y brillantes, recorren mi cuerpo desnudó con una lentitud deliberada, deteniéndose en mis pechos, en mi vientre, en el triángulo rojizo entre mis muslos.
—No te avergüences, Diana —dice, y el modo en que pronuncia mi nombre, como si lo saboreara, me hace temblar—. Llevas días mirándome como una perra en celo. Y yo no soy de los que ignoran una invitación.
—¿Yo no he—!
—No mientas —me interrumpe, acercándose otro paso. Ahora puedo olerlo: un aroma a sudor masculino, a colonía barata y a algo más primal, algo que me hace apretar los muslos—. Te he visto asomada a la ventana cada vez que salgo al jardín. Te he visto morderte los labios desde tu ventana pequeña zorra—Su mano se alza, y antes de que pueda reaccionar, me roza un pezón con el dorso de los nudillos—
Un gemido ahogado se me escapa de los labios. Sus palabras son vulgares, sucias, pero en lugar de ofenderme, me excitan aún más. Nadie me ha hablado así en años. Mi esposo ni siquiera se atrevería.
—¿Y si te digo que te equivo—?
No termino la frase. Ricardo me agarra de la muñeca y me atrae contra su cuerpo con un movimiento brusco. Siento el calor de su piel a través de la camiseta, el vello áspero de su pecho rozándome los pezones, y entonces lo siento: esa protuberancia enorme y dura presionando contra mi bajo vientre. Jadeo, los ojos desorbitados.
—Mírame —ordena, y obedezco sin pensarlo—. Esto es lo que quieres, ¿verdad? Una verga de verdad. No ese lápiz que tiene tu maridito.
—No deberíamos… —murmuro, pero mis manos ya se han movido solas, deslizándose por su enorme barriga hasta detenerse justo encima de la cintura de sus pantalones.
Ricardo ríe, un sonido bajo y sucio.
—Claro que no deberíamos. Pero tú no quieres que pare, ¿cierto? —Sus dedos se enredan en mi pelo, tirando con fuerza hasta que inclino la cabeza hacia atrás, exponiendo mi garganta—. Dímelo. Dime que quieres que te coga como la zorra caliente que eres.
Un escalofrío me recorre la columna. Debería empujarlo. Debería gritar. Debería algo. Pero en lugar de eso, mis labios se abren, y las palabras salen solas, arrasadas por el deseo:
—Sí. Por favor.
El gruñido que emite Ricardo es casi animal. En un segundo, sus manos están en mi culo, apretando la carne con fuerza antes de alzarme en vilo. Mis piernas se enroscan alrededor de su cintura por instinto, y entonces lo siento: el roce de su polla, enorme, a través de la tela de sus pantalones, deslizándose entre mis labios ya empapados. Gimo, clavando las uñas en sus hombros, mientras él me lleva hasta la puerta de su habitación que da justo al jardín la puerta de su departamento. El frío en mi espalda contrasta con el calor de su cuerpo pegado al mío.
—Vas a arrepentirte de haberme tentado, putita —gruñe, mordisqueándome el lóbulo de la oreja—. Porque una vez que pruebes esto, no vas a querer otra cosa.
Sus dedos se cuelan bajo el elástico de mis bragas, y antes de que pueda prepararme, dos de ellos se hunden en mi con un movimiento brusco. Un grito me sale de la garganta, ahogado por su boca cuando me besa con una ferocidad que me deja sin aliento. Sus dedos son gruesos, ásperos, y los mueve dentro de mí con una habilidad que me hace ver estrellas, curvándolos para rozar ese punto que ni yo misma sabía que existía.
—¡AAAAAA! —jadeo, retorciéndome contra su mano—. ¡Dios, así, así!
—Cállate —me ordena, apretando los labios contra mi oído—. No quiero que tu marido te oiga gemir como la puta que eres. Solo yo.
El recordatorio de mi esposo, que debe estar en la sala viendo la televisión, debería enfriarme. Pero en lugar de eso, me excita aún más. La idea de que pueda asomarse en cualquier momento, de que pueda vernos, me hace apretar los muslos alrededor de la mano de Ricardo, buscando más presión, más profundidad.
—Sácala —suplico, arrastrando las palabras entre jadeos—. Quiero verla.
Ricardo se echa hacia atrás solo lo suficiente para mirarme a los ojos, con una sonrisa que es pura lujuria.
—¿Estás segura? —pregunta, aunque ambos sabemos que no hay vuelta atrás—. Porque esto va a cambiar todo, Diana.
Asiento con la cabeza, incapaz de formar palabras. Sus dedos abandonan mi vagina con un sonido obsceno, y entonces, con una lentitud tortuosa, se desabrocha el nudo que sostiene su short.cuando la tela cae al suelo, contengo el aliento.
Joder.
No es solo grande. Es monstruosa. Gruesa como mi muñeca, con venas marcadas que serpentean bajo la piel oscura, y una cabeza roja y brillante que gotea precum. El olor a hombre, a sudor y a sexo, y mi boca se hace agua. Nunca he visto algo así. Ni en fotos. Ni en películas. Nada se compara.
—Dios mío… —murmuro, alargando la mano sin poder evitarlo.
Ricardo captura mi muñeca antes de que lo toque.
—Primero, de rodillas —ordena, empujándome hacia el suelo con un movimiento firme—. Vas a aprender a chupármela como a mí me gusta.
El frío del cesped bajo mis rodillas. Tengo la vista a la altura de su entrepierna, y esa verga parece aún más imponente desde aquí. Ricardo me agarra del pelo de nuevo, guiando mi cabeza hacia adelante hasta que mis labios rozan la punta húmeda. El sabor salado del precum explota en mi lengua, y un gemido me vibra en la garganta.
—abre tu boca zorra —gruñe, y obedezco, separando los labios mientras él empuja su cabeza entre ellos.

El estiramiento es inmediato. Mis mandíbulas protestan, pero la excitación ahoga cualquier incomodidad. Ricardo no me da tregua: con un movimiento de cadera, me hunde otros dos centímetros, y entonces otro, y otro, hasta que siento la cabeza de su polla golpeando el fondo de mi garganta. Toso, ahogándome, pero sus manos en mi cabeza no me permiten retroceder.
—Así, puta —jadea, empezando a moverse con embestidas cortas y profundas—. Traga. Usa esa boquita caliente para lo que sirve.
Las lágrimas me resbalan por las mejillas, pero no es dolor lo que siento. Es placer. Un placer sucio, prohibido, que me quema por dentro. Mis manos se aferran a sus muslos, las uñas hundiéndose en la carne, mientras él me usa la boca como si fuera su juguete personal. Cada vez que retrocede, un hilo de saliva y precum conecta mis labios con su polla, y cada vez que avanza, siento cómo se hincha aún más dentro de mí.
—Mira qué bien te lo comes —gruñe, tirándome del pelo para que levante la vista—. Eres una puta nacida, Diana. Y esto solo es el principio.
Siento cómo mis bragas se inundan, cómo mi vagina late con un ritmo desesperado. Necesito más. Necesito todo. Y cuando Ricardo por fin me suelta, dejándome toser y jadear, sé que no voy a parar hasta conseguirlo.
—Quiero que me la metas —digo, limpiándome la boca con el dorso de la mano, sin importarme el rimmel corrido ni el pelo despeinado—. Ahora. Aquí.
Ricardo sonríe, un gesto oscuro y triunfal.
—Como ordenes, jefa. Pero no aquí. —Me agarra de la mano y me levanta de un tirón abre la puerta y me avienta contra un sucio colchón y un par de cobijas mal olientes.
El miedo y la excitación se mezclan en un cóctel explosivo. Pero cuando Ricardo coloca su enorme verga contra mi es aún más dura y palpitante rosándo la entrada de mi vagina, sé que no hay vuelta atrás.

Y por primera vez en años, no quiero que la haya.
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