
El lunes por la mañana me despertó mi padre dando golpes en la puerta de la habitación de Marta. La luz entraba fuerte por la persiana rota, y el calor ya era insoportable aunque apenas eran las siete.
—¿Qué coño haces en la cama de tu hermana? —gruñó desde el umbral.
Me incorporé despacio, la sábana cayendo hasta la cintura.
—A Marta le di un masaje en mi cama y se quedó dormida —respondí, la voz ronca por el sueño y el porro de anoche—. Me dio pena despertarla y me acosté en su cama.
Papá me miró un segundo largo, evaluándome. Luego se encogió de hombros.
—Ok. Hoy no te necesito, pero estate atento por si acaso. En principio tengo tarea hasta la noche. Cuida de las chicas, hoy tu madre no trabaja.
Se dio la vuelta y se fue. Oí el portazo de la furgoneta y el motor alejándose por el camino de tierra. Me quedé tumbado un rato, mirando el techo agrietado. El cuerpo me pesaba, pero no podía volver a dormir del todo. El craving de coca empezaba a arañar por dentro: un vacío en el pecho, pensamientos obsesivos que volvían una y otra vez (“solo una raya y se me pasa”). Intenté ignorarlo. Cerré los ojos.
Al rato noté que no estaba solo en la cama. Un cuerpo cálido se pegó a mi espalda, tetas suaves contra mis omóplatos, una mano bajando por mi abdomen hasta agarrarme la pija. Se me puso dura de inmediato, sin preguntar, sin permiso. El corazón me dio un vuelco. No sabía si era Marta o mamá, pero el cuerpo ya había decidido.
Me di la vuelta despacio.
Era mamá. Desnuda, el pelo revuelto, los ojos brillantes, todavía oliendo a porro y a sexo de la noche anterior.
—Despierta, cariño —susurró, apretándome la pija con la mano—. Ya he descansado y quiero más.
— Pero Marta nos puede pillar —dije, la voz temblando. Mamá me dio una torta suave en la cara, el sonido seco resonando en la habitación.
—Me importa una mierda —respondió.
Me besó con furia, lengua profunda, mordiéndome el labio inferior hasta que sentí el sabor metálico. Respondí al beso, mis manos bajando por su espalda, agarrándole el culo con fuerza, separando las nalgas. Nos tocamos por todas partes: yo pellizcándole los pezones, ella rascándome la espalda con las uñas, dejando marcas rojas. Le metí dos dedos en la vagina, bombeando rápido, sintiendo cómo se mojaba al instante. Ella me masturbó con la mano, apretando la cabeza de la pija con el pulgar, mientras me metía dos dedos en el culo, girándolos con saña.
De repente se bajó y empezó a chupármela. Lengua girando alrededor de la cabeza, metiéndola profunda, gimiendo mientras me miraba a los ojos. Metió dos dedos en mi culo de golpe, presionando la próstata, bombeando al mismo ritmo que la boca. Gemí fuerte, las caderas subiendo solas.
Entonces la puerta se abrió.
Marta entró desnuda, el pelo revuelto, los ojos todavía somnolientos pero brillantes. Venía de mi cuarto, la habitación donde había dormido.
Los tres nos quedamos quietos. Mamá con mi pija en la boca, dos dedos en mi culo. Yo con los dedos dentro de ella. Marta en la puerta, mirándonos. Un segundo de silencio absoluto. Y de repente los tres nos reímos. Una risa nerviosa, culpable, liberadora. Como si nos hubiéramos pillado haciendo algo prohibido pero al mismo tiempo inevitable.
Marta dijo:—Esto es muy fuerte. Necesito una rayita.
Sacó una bolsa de un cajón de su mesa de estudio, la abrió con los dientes y esparció un poco de polvo blanco sobre la superficie de madera. Con una tarjeta de crédito que tenía a mano, hizo tres rayas perfectas, gruesas y largas. Esnifó la primera con un sonido seco, cerrando los ojos un segundo, como si el subidón le recorriera el cuerpo como un rayo. Me miró con una sonrisa torcida y me ofreció el tubito metálico. Yo esnifé la segunda. La coca entró como fuego en la nariz, subiendo directo al cerebro, borrando el cansancio, la culpa, todo. El corazón me latió fuerte, la pija se me endureció más si cabe.
Mamá miró la tercera raya, aún de pie, desnuda, con las manos en las caderas.
—Supongo que la tercera es para mí, ¿no? —dijo, con una voz que sonaba a desafío.
Se acercó a la mesa, se inclinó y esnifó la tercera con un movimiento experto, sin pestañear. Se enderezó, cerró los ojos y soltó un suspiro largo.
—Ummm, es buena —murmuró, lamiéndose los labios—. ¿Seguimos?
Marta y mama se miraron un segundo, como si compartieran un secreto que yo no conocía. Luego se echaron sobre mí al mismo tiempo, como dos lobas en celo. Me empujaron contra la cama con fuerza, el colchón crujiendo bajo el impacto. Caí de espaldas, y ellas se subieron encima, una a cada lado, sus cuerpos desnudos pegados al mío, tetas operadas de Marta rozando mi pecho, las de mamá pequeñas pero firmes contra mi hombro.
Empezaron a besarme por todas partes: Marta me mordió el cuello, dientes clavados profundo hasta que sentí la piel romperse, un dolor agudo que me hizo gemir. Mamá me lamió la oreja, lengua profunda, luego me pellizcó el pezón con las uñas, girándolo fuerte hasta que se puso rojo. "Cabrón", susurró Marta, dándome una torta en la cara, el sonido seco retumbando en la habitación. Yo respondí agarrando el culo de mamá, separando las nalgas y metiendo un dedo seco en su ano, empujando con rabia. Ella gritó, "sí, puta, más", y me devolvió una torta en los huevos, dolor que me subió por la columna.
Marta bajó por mi pecho, lamiendo el sudor, mordisqueando los pezones hasta que sangraban un poco, "te voy a romper, hermano", gruñó, insultándome mientras me pellizcaba el interior del muslo, uñas hundidas en la carne. Mamá se unió, las dos bajando al mismo tiempo a mi pija. Me la chuparon juntas, lenguas lamiendo el tronco desde ambos lados, cabezas chocando, salpicando saliva. Marta me mordió la base, dientes apretando hasta que dolía, mamá chupando la cabeza como si quisiera succionarla entera. Luego se besaron sobre mi pija, lenguas mezcladas, mordiéndose los labios mutuamente, "zorra", "puta", se insultaban entre besos, mientras me masturbaban con las manos, apretando fuerte, girando el puño.
Nos reorganizamos en un triángulo en la cama. Yo tumbado de lado, mi cara entre las piernas de mamá, lamiéndole el coño con furia, lengua profunda, chupando el clítoris como si quisiera arrancarlo, metiendo tres dedos en la vagina y dos en el culo, bombeando violento, estirándola. Mamá gemía alto, "más fuerte, hijo de puta", dándome tortas en la cabeza, pellizcándome las orejas hasta que ardían. Ella tenía la cara entre las piernas de Marta, lamiéndola el ano y la vagina alternando, mordidas en los glúteos que dejaban marcas rojas, dedos metidos profundo, girando con saña. "Te voy a destrozar, hija", gruñía, insultándola mientras le daba palmadas en el coño, el sonido húmedo resonando. Marta cerraba el triángulo chupándome la pija, metiendo tres dedos en mi culo, estimulando la próstata con rabia, mordidas en los huevos que me hacían gritar de dolor y placer, "aguanta, maricón", me escupía, pellizcándome la piel sensible del interior del muslo hasta que se ponía morada.
El acto se volvió más violento. Nos movimos, yo encima de mamá, lamiéndole el culo desde atrás, lengua entrando y saliendo profundo, mordidas en las nalgas que le arrancaban gritos, dientes hundidos hasta que sangraba un poco, metiendo cuatro dedos en su vagina y tres en el ano, bombeando como un pistón, estirándola al límite. Ella me daba tortas en la pija desde abajo, apretando los huevos fuerte, "duele, ¿eh? Cabrón", insultándome mientras se retorcía. Marta se unió desde atrás, lamiéndome el culo a mí, metiendo dos dedos en mi ano mientras me mordía los glúteos, uñas clavadas en la espalda, rascando profundo hasta dejar surcos rojos. "Te voy a marcar, hermano", gruñía, dándome palmadas en los huevos que resonaban como latigazos.
Vimos las pinzas en el escritorio de Marta: unas pinzas de metal, de esas para papeles gruesos, con resortes fuertes. Mamá las cogió primero, se levantó y me puso una en el pezón derecho, apretando fuerte. El dolor fue instantáneo, agudo, como una descarga eléctrica. Gemí, pero no la quité. "Ahora tú", dijo, y yo le puse una en el clítoris, pellizcando la carne sensible. Ella gritó, "joder, sí", y me devolvió una en los huevos, apretando hasta que sentí las lágrimas en los ojos. Marta se unió, poniéndome una en el ano, pellizcando la piel alrededor, dolor que me hizo arquear la espalda. "Puta, toma", dije yo, poniéndole una en el pezón, girando para que doliera más. Mamá le puso una a Marta en el clítoris, y las tres gritamos, insultándonos: "zorra", "cabrón", "puta", mientras nos lamíamos y metíamos dedos por todas partes, el dolor amplificando el placer hasta el límite.
Cambiamos posiciones: mamá sentada en mi cara, ahogándome con su coño, moviéndose arriba y abajo con violencia, dándome tortas en el pecho mientras me pellizcaba los pezones con las pinzas aún puestas. Yo le lamía el ano y la vagina, metiendo cuatro dedos en cada sitio, estirándola con rabia, mordiéndole los muslos interno hasta que sangraban. Marta me chupaba la pija desde abajo, mordidas en el tronco que dejaban marcas, tres dedos en mi culo girando como un taladro, pellizcándome los huevos con las pinzas, dolor que me hacía gritar contra el coño de mamá. "Aguanta, maricón de mierda", me escupía Marta, dándome tortas en la cara.
El clímax llegó en un torbellino de dolor y placer. Mamá se corrió primero, un grito que retumbó en la casa, líquidos chorreando por mi cara, cuerpo convulsionando como si tuviera un ataque, apretando las pinzas en mis pezones hasta que dolía como fuego. Yo aceleré los dedos en su culo y vagina, mordiéndole el clítoris con los dientes. Marta me chupaba más rápido, metiendo cuatro dedos en mi ano, estimulando la próstata con saña, y se corrió tocándose el coño, un gemido ahogado contra mi pija, uñas clavadas en mis muslos. Yo exploté al final, semen salpicando la boca de Marta, espasmos que me dejaron temblando, el dolor de las pinzas y las mordidas amplificando todo hasta que vi estrellas.
Nos quedamos tirados en el suelo, jadeando, cubiertos de sudor, saliva, semen, sangre de las mordidas y marcas moradas de pellizcos y tortas. Las pinzas aún puestas en algunos sitios, el dolor residual latiendo como un corazón extra. Mamá se rió bajito, exhausta.
Los tres estábamos en la cama de Marta, desnudos, sudorosos, jadeando todavía por lo que acababa de pasar. El aire de la habitación estaba espeso, cargado de olor a sexo, porro y coca. Mamá se incorporó un poco, apoyándose en un codo, el pelo revuelto pegado a la frente.
—¿Hay más coca? —preguntó, con la voz ronca y los ojos brillantes.
Marta se rió bajito, se estiró hacia la mesilla de noche y sacó la bolsa pequeña que tenía escondida en el cajón. La abrió con los dientes, volcó un montoncito de polvo blanco directamente sobre mi pija, que descansaba semi-blanda sobre mi muslo.
—Aquí tienes —dijo Marta, mirándome con una sonrisa perversa.
Con la misma tarjeta de antes preparó dos rayas perfectas sobre mi tronco, una a cada lado de la cabeza. Se inclinó la primera y esnifó una con un sonido seco, cerrando los ojos un segundo mientras el subidón le subía. Mamá hizo lo mismo con la segunda, lamiéndose los labios después, como si acabara de probar el mejor vino del mundo.
—Ummm, sí que es buena —murmuró mamá, frotándose la nariz.
Yo intenté incorporarme.—Chicas, tregua… por favor. Estoy muerto.
Marta se rió y negó con la cabeza. Metió la mano en la bolsa otra vez, sacó un cacho pequeño de cristal (un pedazo de roca de speed o MDMA cristalizado, no sé exactamente qué era) y me lo metió en la boca sin preguntar.
—Toma, maricón. Para que te pongas cachondo rápido —dijo, empujándolo con el dedo hasta que lo tuve bajo la lengua.
El sabor amargo se extendió al instante. Lo tragué con saliva, sabiendo que en 10–15 minutos iba a estar como nuevo, la pija dura y el cerebro en llamas otra vez.
Mientras yo intentaba recuperarme, las dos mujeres se giraron la una hacia la otra. Se besaron con furia, lenguas chocando, mordiéndose los labios hasta que sangraban un poco. Mamá le agarró las tetas operadas a Marta, pellizcando los pezones con piercings, girándolos con saña. Marta respondió metiendo dos dedos en la vagina de mamá, bombeando rápido, "zorra, cómo estás de mojada", le escupió en la cara. Mamá le dio una torta fuerte en el culo, el sonido seco resonando, "cállate, puta, y chúpame el coño".
Marta se bajó, le separó las piernas a mamá y empezó a lamerle el clítoris con violencia, chupando fuerte, mordisqueando los labios mayores hasta que mamá gritaba. Sacó su dildo morado del cajón (grueso, venoso, de 20 cm), lo escupió encima y se lo metió a mamá de un empujón en la vagina. Mamá arqueó la espalda, "joder, sí, rómpeme", gritó, mientras Marta bombeaba con rabia, el dildo entrando y saliendo a toda velocidad, chorreando fluidos. Al mismo tiempo, Marta le lamía el clítoris y le metía un dedo en el culo, girándolo con saña.
Yo ya sentía el cristal subiendo: la pija se me puso dura como una piedra, el corazón latiendo en los oídos, la cabeza en llamas. Me acerqué gateando. Mamá me vio y abrió la boca. Le metí la pija hasta la garganta, follándole la boca mientras Marta seguía bombeando el dildo. "Chúpala, puta", le dije, agarrándole el pelo y empujando profundo hasta que se atragantaba, lágrimas en los ojos, pero sin parar.
Cambiamos de posición. Mamá se puso en cuatro en la cama, culo en pompa. Marta le metió el dildo morado en la vagina desde atrás, bombeando violento, dándole tortas en el culo que dejaban marcas rojas. Yo me puse delante, mamá me chupaba la pija mientras yo le pellizcaba los pezones con fuerza, girándolos hasta que gritaba contra mi tronco. Luego Marta sacó el dildo y se lo metió en el culo a mamá, despacio al principio, luego con violencia, "te voy a romper el culo, zorra", insultándola mientras le daba palmadas en la cara. Mamá gemía, "sí, hija, rómpeme", empujando hacia atrás.
Me puse detrás de Marta. Le metí la pija en la vagina de golpe, follándola fuerte mientras ella seguía metiendo el dildo en el culo de mamá. Las tres nos movíamos en un ritmo brutal, insultándonos: "maricón de mierda", "puta", "zorra", "cabrón".
Mamá se corrió primero, un grito que retumbó en la habitación, el cuerpo convulsionando, líquidos chorreando por el dildo. Marta aceleró, follándome hacia atrás, y se corrió poco después, apretándome la pija dentro, uñas clavadas en mi espalda hasta que sangré.
Yo aguanté. Las hice cambiar: mamá tumbada boca arriba, Marta sentada en su cara, mamá lamiéndole el coño y el culo mientras yo le follaba la boca a mamá, metiéndosela hasta la garganta. Luego puse a Marta en cuatro, le metí la pija en la vagina y el dildo morado en el culo (ella misma se lo metió, "dame más, cabrón"), follándola con violencia, dándole tortas en el culo y pellizcándole el clítoris. Mamá se unió desde abajo, lamiéndome los huevos y metiéndome tres dedos en el culo, girándolos con rabia, "córrete, maricón de mierda".
No aguanté más. Me corrí fuerte, semen salpicando la barriga de Marta, chorros calientes que cayeron sobre su piel. Las dos se inclinaron y chuparon mi semen de la barriga de Marta, lamiéndolo con la lengua, luego se besaron pasándoselo de boca en boca, "prueba a tu hermano, puta", se decían, escupiéndoselo mutuamente. Al final me lo pasaron a mí: Marta me agarró la cara y me metió la lengua con mi propio semen en la boca, mamá desde atrás me apretó los huevos y me besó el cuello, "trágatelo, maricón".
Nos quedamos los tres tirados en la cama, jadeando, cubiertos de sudor, semen, saliva y marcas rojas. El cristal aún me zumbaba en las venas, la cabeza en llamas, pero el cuerpo ya no daba para más.
Vi que las dos tenían más ganas, pero ni con cristal iba a poder follarlas. El cuerpo me pesaba, la pija colgaba floja, y aunque el subidón me zumbaba en la cabeza, la carne ya no respondía.
Así que me incorporé un poco en la cama, apoyándome en los codos, y decidí cambiar el ritmo.
—¿Vosotras habíais tenido sexo antes? —pregunté, mirando primero a una y luego a la otra.
Se rieron las dos al unísono, una risa baja y cómplice que me puso la piel de gallina. Negaron con la cabeza.
—¿Entonces? —insistí.
Marta se encogió de hombros, todavía con la mano en el muslo de mamá.
—A mí me da igual —dijo—. Sexo es sexo y ya sabéis que me van tanto los chicos como las chicas. Pero tu mamá no sabía que eras bisexual.
Nuestra madre soltó una carcajada suave, casi avergonzada.
—Pues sí lo soy —admitió, mirándome a los ojos—. Siempre lo he sido. Nunca me había planteado el incesto, pero sabiendo que vosotros lo habíais practicado me dio curiosidad.
Se rieron las dos otra vez, como si acabaran de descubrir un secreto que las unía más. Luego se miraron un segundo largo y se besaron dulcemente, labios contra labios, lengua rozando lengua sin prisa, sin violencia. Fue un beso tierno, casi inocente, que contrastaba con todo lo que acababa de pasar. Cuando se separaron, mamá suspiró.
—Me parece, mamá, que tú y yo somos iguales —dijo Marta, con una sonrisa torcida.
—Así parece —respondió ella.
Se levantaron de la cama casi al mismo tiempo. Mamá se estiró, el cuerpo todavía marcado por mordidas y pellizcos.
—Hay que lavarse —dijo—. Apestamos. Y habrá que desayunar.

Aprovechando el calor de la mañana, los tres salimos al patio trasero, desnudos, sin pudor. La ducha de camping estaba allí: un cubículo de plástico con manguera y un calentador eléctrico que apenas calentaba. El agua salía tibia, casi fría al principio. Nos metimos uno detrás de otro.
Primero mamá: se puso bajo el chorro, se enjabonó el pelo y el cuerpo con jabón barato, el agua resbalando por sus tetas, por su vientre, por el culo. Luego Marta: entró detrás, se enjabonó rápido, riendo cuando el jabón le entró en los ojos. Yo fui el último.
El agua ya estaba tibia (el calentador eléctrico hacía lo que podía), y el jabón barato olía a limpio artificial. Me puse champú en el pelo, cerré los ojos y empecé a frotar, intentando que el agua se llevara el sudor, el semen seco y la culpa que aún me quemaba por dentro.
De repente sentí un empujón fuerte contra la pared de plástico. El impacto me sacó el aire de los pulmones. El agua fría me golpeó la cara. Antes de que pudiera reaccionar, algo grueso y firme me entró por el culo de un empujón seco, abriéndome sin piedad. El dolor fue inmediato, agudo, pero se mezcló con un placer prohibido que me subió por la columna. Al mismo tiempo, unas tetas grandes y operadas se apretaron contra mi espalda, los piercings de los pezones rozándome la piel como dos puntas de metal frío. El contraste me hizo gemir.
Era Marta. No usaba su dildo morado. Llevaba un arnés que no sabía de donde había sacado. Sentía cada centímetro entrando y saliendo, golpeando la próstata con precisión. Al mismo tiempo, sus tetas se aplastaban contra mi espalda, los piercings clavándose en mi piel con cada movimiento. El agua resbalaba entre nosotros, mezclándose con el jabón y el sudor.
—Te gusta, ¿verdad, maricón? —susurró Marta al oído, mordiéndome el lóbulo con fuerza—. Mamá me lo prestó. Dijo que te iba a encantar sentirla así.
No respondí. Solo gemí, apoyando las manos en la pared, las piernas temblando. Ella aceleró, follándome con más violencia, una mano en mi cadera, la otra rodeándome para agarrarme la pija y masturbarme al mismo ritmo. La pija se me puso dura de inmediato, recordándome a Rosa en Barcelona, follándome igual en la ducha, y el placer me nubló la mente.
Mamá se quedó mirando desde fuera del cubículo, fumando un cigarro, los ojos brillantes de excitación. Dio una última calada y lo tiró al suelo.
—Sigue, hija —dijo—. Haz que se corra.
Marta obedeció. Empujó más profundo, el consolador golpeando la próstata con cada embestida, su mano apretando mi pija con fuerza, girando el puño en la cabeza. Me mordió el hombro, dientes clavados hasta que sentí la piel romperse, un dolor dulce que me hizo arquear la espalda. "Córrete, puta", gruñó, y yo exploté: semen salpicando la pared de plástico, espasmos que me dejaron temblando, las piernas cediendo.
Marta salió despacio, me dio una palmada fuerte en el culo que resonó en el patio y salió riendo del cubículo. Mamá me miró, dio una calada imaginaria al cigarro ya apagado y sonrió.
—Desayuno en cinco minutos —dijo, y se fue hacia la casa.
Yo me quedé bajo el agua un rato más, el cuerpo exhausto, la cabeza en blanco.
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