
Marta se metió en mi cama desnuda, colocada aún de la fiesta del fin de semana. El colchón se hundió bajo su peso y, antes de que pudiera reaccionar, sentí su cuerpo pegado al mío por detrás. Sus tetas operadas, calientes, se apretaron contra mi espalda. Los piercings de los pezones, fríos y duros, me rozaron la piel como dos puntas de metal. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. No quería moverme. No quería sentir nada.
Pero lo sentía todo. Su aliento olía a alcohol dulce y marihuana. Su mano se posó en mi cadera, los dedos abiertos, sin apretar, pero sin retirarse.
Su coño depilado rozó mi culo por encima del bóxer. Noté la humedad, el calor. Mi pija empezó a endurecerse contra mi voluntad. La sangre me subió a la cabeza y a la entrepierna al mismo tiempo. Me odié por eso. Me odié por desearla. Me odié por no poder parar de imaginar cómo sería girarme y besarla, tocarla, entrar en ella.
—No puedo dormir… —susurró contra mi nuca—. ¿Me das un masaje con la crema?
Tenía un tarro pequeño en la mano. Crema casera, verde oscuro, olor fuerte a cannabis y eucalipto. Nuestra madre la hacía con las plantas del invernadero. Marta la había traído.
Ella se tumbó boca abajo, desnuda, con la crema en la mano. Me puse crema en las palmas y empecé por los hombros. La piel le brillaba bajo la luz tenue de la luna que se colaba por la persiana. Le masajeé despacio, bajando por la espalda, por la columna, por los lumbares. Cuando llegué a los glúteos, se le escapó un gemido bajito. Abrí las nalgas con cuidado, le puse crema en el interior de los muslos, rozando apenas el coño. Estaba húmeda. Muy húmeda. Mi pija se puso dura como una piedra dentro del bóxer. Me dolía de lo hinchada que estaba.
Le di la vuelta. Se quedó boca arriba, las tetas levantadas como montañas, los piercings brillando. Le masajeé el pecho, los pezones, los costados. Ella cerró los ojos y suspiró.
—Más abajo… —pidió.
Le puse crema en el vientre, en el monte de Venus. Le abrí las piernas con suavidad. Le masajeé los muslos, el interior, rozando los labios mayores con los dedos. Ella arqueó la espalda, separó más las piernas. El olor de su excitación me llenó la nariz. Quería bajarme el bóxer y metérsela. Quería follarla despacio, profundo, hasta que gritara mi nombre. Pero no podía. No debía. Era mi hermana.
Seguí masajeando. Le acaricié el clítoris con el pulgar, despacio, en círculos. Ella gimió más fuerte. Metí un dedo en su vagina, solo uno, despacio. Estaba caliente, apretada, mojada. Moví el dedo buscando el punto G. Ella se tensó, jadeó.
—Sigue… —susurró.
Le metí un segundo dedo. Bombeé despacio. Con la otra mano le acaricié el clítoris. Ella empezó a mover las caderas, a empujar contra mi mano. Se corrió en silencio, un temblor que le recorrió todo el cuerpo, un gemido ahogado que se le escapó entre los dientes. Luego se relajó, la respiración lenta. Se quedó dormida casi al instante, con una sonrisa tranquila. Yo no podía dormir.
Me levanté con cuidado, me puse el bóxer y fui al salón. La luz estaba encendida. Mamá estaba allí, sentada en el sofá, fumando un porro. Me miró y sonrió, como si me estuviera esperando.
—Ven, siéntate —dijo.
Me senté a su lado. El olor a marihuana llenó el aire. Ella dio una calada profunda y me ofreció el porro. Negué con la cabeza.
—No puedo —dije.
—Tranquilo —respondió ella—. Solo quería hablar contigo. Sé que estás hecho mierda. Y sé que Marta también. Pero os quiero igual. A los dos.
Me miró con esos ojos tranquilos, hippy, llenos de amor y de comprensión.—¿Quieres que te prepare algo? —preguntó—. ¿O prefieres quedarte aquí conmigo un rato?
Asentí. Me quedé allí, en silencio, mientras ella fumaba y yo intentaba no pensar en lo que acababa de pasar en mi habitación.
Mama y yo nos quedamos en silencio en el salón. El porro ardía lento entre los dedos de mamá, el humo subiendo en espirales hacia el techo. Yo estaba sentado en el sofá, con la cabeza apoyada en el respaldo, intentando que el mundo dejara de dar vueltas. Después de un rato, mamá me volvió a ofrecer el porro. Esta vez no dije que no. Di una calada profunda, el humo caliente llenándome los pulmones, y se lo devolví. Seguimos fumando en silencio, pasando el porro de uno a otro. El efecto llegó rápido: los músculos se me relajaron, la cabeza se me aclaró un poco, y el deseo que llevaba acumulando toda la noche se hizo más pesado, más imposible de ignorar.
De repente, mamá alargó la mano y me agarró la pija por encima del bóxer. Estaba dura, dolorosamente dura. Me miró con una sonrisa torcida.—¿Llevas ahí una pistola o es que te alegras de verme? —dijo en broma, apretando suave.
Me reí en silencio, sin voz, pero no dije nada. La mano se quedó ahí, inmóvil un segundo, luego apretó más fuerte.
—Vamos a hablar en serio —dijo, el tono había cambiando—. Sé que cuando estuvisteis en Barcelona tú y tu hermana hicisteis cosas inapropiadas. Una de las razones de la ruina familiar es que tuvimos que pagar a un hacker para que borrara esos vídeos de internet.
Me quedé helado. No lo sabía. Nadie me lo había dicho nunca. La miré, los ojos muy abiertos.
—¿Qué…?
Mamá apretó más fuerte la pija, hasta hacerme daño. El dolor me subió por la columna, pero no me aparté. Al contrario: me gustó.
—A ver si esta vez tenéis más cuidado —dijo, sin soltar.
A pesar del dolor, estaba disfrutando. La mezcla de vergüenza, culpa y excitación me tenía al borde.
—No sé qué decirte —murmuré—. Porque he dicho tantas cosas y he roto tantas promesas que no me vais a creer si prometo que no lo haré más.
Mamá aflojó un poco la presión, pero no me soltó.
—El sexo es sexo y el deseo no entiende de parentescos —dijo—. No te he pedido que no hagas nada con tu hermana. Te he pedido que no se sepa.
Estuvimos un poco en silencio. El porro se consumía solo en el cenicero. De repente, mamá metió la mano por debajo del bóxer y empezó a masturbarme. Movimientos lentos, firmes, expertos. Con la otra mano me retorció un pezón. El dolor y el placer se mezclaron.
—Ahora te voy a hacer una paja y descargas —dijo—. Así no tendrás tanta tentación.
Asentí, sin palabras.
Fue cambiando el ritmo: primero lento, con la palma abierta cubriendo todo el tronco. Luego más rápido, apretando la cabeza con los dedos. Luego con dos manos, una en la base y la otra girando en la punta. Me retorcía los pezones, alternando presión y pellizcos. Sudaba, el vestido pegado al cuerpo.
—Pues sí que aguantas —comentó, jadeando un poco—. Estoy sudando de tanto esfuerzo.
Se quitó el vestido de un tirón. No llevaba nada debajo. Estaba muy bien conservada: delgada pero todo en su sitio, tetas pequeñas pero firmes, piel suave, algún tatuaje discreto en la cadera. Me miró con una sonrisa tranquila.
—Se mira pero no se toca —dijo.
Siguió masturbándome. De repente me metió de golpe dos dedos en el culo. El dolor y la presión en la próstata me hicieron explotar. Me corrí fuerte, semen salpicando su mano y mi estómago, espasmos que me dejaron temblando.
Mamá se limpió la mano con una servilleta, se puso el vestido y me miró.
—Ahora duerme —dijo—. Y ten cuidado.
Se levantó y se fue a su habitación.
Yo me quedé allí, desnudo, pegajoso, con la cabeza dando vueltas. No sabía si sentir culpa, alivio o las dos cosas a la vez.
Mamá volvió al salón desnuda, el vestido tirado en algún sitio del pasillo. La luz tenue de la lámpara de pie le dibujaba sombras suaves en la piel, todavía firme, delgada pero con curvas en los sitios justos. Se paró frente a mí, mirándome como si me evaluara.
—Tu padre está más dormido que una piedra —dijo en voz baja—. Y yo ahora estoy cachonda. Vas a tener que hacer algo.
Me quedé quieto un segundo. Luego me levanté del sofá, me quité el bóxer y la camiseta. Estaba desnudo delante de ella, la pija dura otra vez, apuntando al techo. Me acerqué despacio y la besé.
Fue un beso suave al principio, labios contra labios, sin lengua. Pensé que jamás la había mirado con deseo sexual. Ni cuando era adolescente y mis amigos me decían que mi madre estaba muy buena, que tenía un culo de escándalo, que si fuera su madre se la follaría sin pensarlo. Nunca. Para mí siempre había sido mamá: la que me curaba las heridas, la que me regañaba, la que cuidaba las plantas de marihuana como si fueran flores de jardín. Pero ahora la tenía delante, desnuda, oliendo a porro y a piel caliente, y mi cuerpo no preguntaba nada.
La besé otra vez, más profundo. La lengua entró despacio, encontrando la suya. Nos besamos repetidamente mientras nos acariciábamos por todas partes: yo bajando por su espalda, por los glúteos, apretando suave; ella subiendo por mi pecho, por los hombros, bajando hasta agarrarme la pija con la mano abierta, sin apretar, solo sosteniéndola. Gemí contra su boca.
De repente me paré. Apoyé la frente en la suya
—No sé cuáles son los límites —susurré—. No sé qué te gusta.
Mamá me miró a los ojos, la mano todavía en mi pija.
—Me gusta todo —dijo—. Pero no me la vas a meter. Solo sexo oral y quizás algún dedo.
Asentí. Volvimos a besarnos. La culpa me quemaba por dentro, pero el deseo era más fuerte. Quizás fuera por efectos retardados de la coca del viernes, quizás por el porro que acababa de fumar, quizás por todo lo que había pasado en los últimos días. No lo sabía. Solo sabía que estaba muy cachondo, que me follaría cualquier cosa en ese momento, y que esa cosa era mi madre.
Mamá me miró a los ojos, la mano todavía en mi pija, que palpitaba bajo su agarre. El salón estaba en penumbra, solo la luz de la lámpara de pie iluminando nuestros cuerpos desnudos. El humo del porro flotaba en el aire, denso y dulce, y el silencio de la casa nos envolvía como una manta pesada. No dije nada. Solo la besé de nuevo, profundizando el beso, mi lengua explorando la suya con urgencia. Ella respondió, su mano apretando más, moviéndose despacio arriba y abajo, reviviendo la erección que acababa de descargar.
La empujé suave contra la pared, mis manos bajando por sus hombros, por sus tetas pequeñas pero firmes, pellizcando los pezones con los dedos. Ella gimió contra mi boca, arqueando la espalda. Bajé la cabeza y le lamí el cuello, bajando al pecho. Chupé un pezón, lengua girando alrededor, mordisqueando suave al principio, luego más fuerte, dientes clavados hasta que se puso rojo. Ella jadeó, "joder, sí", y me devolvió un pellizco en el mío, girándolo con saña, un dolor agudo que me hizo gemir. Con la mano libre, bajé por su vientre, entre sus piernas. Estaba húmeda, caliente. Metí un dedo en su vagina, despacio, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí. Luego dos, bombeando rápido, girándolos para estimular las paredes internas. Ella empujaba las caderas contra mi mano, "más fuerte, cabrón".
Me arrodillé frente a ella. Le abrí las piernas con las manos en los muslos, lamiendo el interior, subiendo despacio hasta su coño. Lengua plana cubriendo los labios mayores, luego más precisa en el clítoris, chupando fuerte, metiendo la punta dentro. Ella gemía alto, las manos en mi pelo, tirando con fuerza hasta que dolía, arrancándome mechones. Metí tres dedos en su vagina, bombeando violento, con la otra mano separando las nalgas y lamiendo el ano. Lengua profunda, círculos rápidos, mordidas en los glúteos que dejaban marcas rojas, dientes hundidos en la carne. Ella gritó, "sí, así, muerde más", y me dio una torta en la cara, el sonido seco resonando en el salón, la mejilla ardiendo.
Cambiamos con violencia. Ella me empujó al sofá, me sentó de un tirón y se arrodilló entre mis piernas. Me besó el pecho, lamiendo los pezones, mordisqueando fuerte, dientes clavados hasta que sangraba un poco. Bajó por el abdomen, por los muslos, evitando la pija al principio. Me lamí las axilas, saladas por el sudor, luego los pies, chupando los dedos uno por uno, mordiendo el arco hasta que gemí de dolor. Mi pija palpitaba, dura como una piedra. Por fin bajó, la cogió con la mano y empezó sexo oral: lengua girando en la cabeza, bajando por el tronco, metiéndola profunda. Metió un dedo en mi culo, despacio al principio, luego dos de golpe, girándolos con saña, estimulando la próstata. Gemí fuerte, las caderas subiendo solas. Me pellizcó los huevos, apretando hasta que dolía, "aguanta, puta", gruñó.
Nos tumbamos en el suelo, en 69. Yo debajo, ella encima, mi cara ahogada entre sus piernas. Le lamí el coño con furia, lengua profunda, chupando el clítoris como si quisiera arrancarlo, metiendo tres dedos en la vagina y dos en el culo, bombeando violento, estirándola. Ella me chupaba la pija, mordidas en el tronco que dejaban marcas, dientes rozando la piel sensible, metiendo tres dedos en mi ano, girándolos con rabia. Los gemidos se mezclaban, el placer subiendo en oleadas. Le di una torta en el culo, fuerte, el sonido seco, la carne temblando. Ella me devolvió una en los huevos, dolor agudo que me hizo gritar, pero seguí lamiéndola, mordiéndole el interior del muslo hasta que sangraba, dientes hundidos.
El acto se volvió más violento. Nos separamos del 69. La puse en cuatro en el sofá, de rodillas. Le lamí el culo desde atrás, lengua entrando y saliendo profundo, mordidas en los glúteos que le arrancaban gritos, dientes clavados hasta que la piel se ponía morada. Metí cuatro dedos en su vagina, bombeando rápido como un pistón, con la otra mano pellizcando los pezones desde atrás, girándolos con saña hasta que ella lloraba de placer y dolor. "Más, cabrón, rómpeme", gritó, y me dio una torta en la cara cuando me incliné, la mejilla ardiendo de nuevo. Le di una palmada en el coño, fuerte, repetida, el sonido húmedo resonando, luego otra en el clítoris, pellizcándolo entre los dedos. Ella empujaba hacia atrás, gritando, "sí, duele, más".
Cambiamos. Ella me empujó al suelo de una patada, se sentó en mi cara con fuerza, ahogándome con su coño, moviéndose arriba y abajo como si quisiera asfixiarme, mientras me pellizcaba los pezones fuerte, girándolos hasta que sangraban, "aguanta, puta". Yo le lamía el ano y la vagina alternando, metiendo cuatro dedos en el coño y tres en el culo, estirándola con violencia, mordiéndole los glúteos desde abajo. Le di tortas en el culo, repetidas, fuertes, la carne roja y temblando. Ella respondió mordiéndome el interior del muslo, dientes hundidos profundo, un dolor que me hizo correrme casi al instante, pero me contuve.
Nos corrimos juntos, yo lamiéndola con furia, ella chupándome la pija como si quisiera arrancarla. Su orgasmo fue brutal, un grito que retumbó en el salón, líquidos calientes chorreando por mi cara, cuerpo convulsionando como si tuviera un ataque. El mío subió rápido, semen salpicando su cara y su pecho, espasmos que me dejaron vacío, temblando.
Nos quedamos tumbados en el suelo, jadeando, cubiertos de sudor, saliva, semen y marcas rojas: mordidas que sangraban un poco, pellizcos morados, tortas que dejaban huellas de mano en la piel. Ella se rió bajito, exhausta.
—Ahora sí que podré dormir —dijo.
Yo no dije nada. La culpa volvía, pesada como una piedra, pero el placer residual me tenía flotando.
Nos quedamos los dos recuperando la respiración en el sofá, cuerpos desnudos y sudorosos pegados, el aire del salón cargado de olor a sexo, porro y piel caliente. El pecho de mamá subía y bajaba rápido, los pezones todavía duros y enrojecidos por los pellizcos y mordidas. Yo tenía el corazón latiéndome en los oídos, la pija semi-blanda descansando sobre mi muslo, semen seco pegajoso en el estómago y en su mano.
Mamá soltó un suspiro largo, casi una risa.
—Pues sí que eres un buen amante —dijo, la voz ronca, satisfecha—. Hacía años que no tenía un orgasmo como este. Ahora entiendo a Marta.
Me miró de reojo, con una sonrisa cansada pero traviesa.—Otro día lo repetiremos. Que ya no estoy para echar dos seguidos como este.
Se movió para levantarse, apoyando una mano en mi hombro para impulsarse. Yo la agarré por la cintura con fuerza, tirando de ella hacia mí. La besé con furia en la boca, lengua profunda, dientes rozando sus labios, como si quisiera devorarla. Ella se sorprendió un segundo, pero respondió al instante: me devolvió el beso con la misma rabia, mordiéndome el labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de la sangre, las manos clavándose en mi nuca, tirando de mi pelo. Nos besamos así un buen rato, respirando por la nariz, jadeando, como si no hubiéramos tenido suficiente.
Al final se separó despacio, los labios hinchados y brillantes, los ojos todavía encendidos.—Sí —susurró, con una risa baja—. Esto hay que repetirlo.
Se levantó del sofá, el cuerpo marcado por mordidas rojas, pellizcos morados y huellas de mis manos en los glúteos. Me miró una última vez, desnuda y sin pudor, antes de girarse y caminar hacia el pasillo. Su culo se movía con cada paso, y yo me quedé allí, sentado, respirando agitado, la culpa y el deseo peleando dentro de mí como dos animales.
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