
Seguimos cavando en el sótano, el pico y la pala golpeando la tierra con un ritmo que ya se había vuelto casi automático. El sudor me corría por la cara, por la espalda, mezclándose con el polvo que se levantaba cada vez que clavaba el pico.
Seguimos llenando sacos, uno tras otro. Cuando teníamos una pila decente, bajó al sótano el señor mayor, el de los sesenta y tantos, con la camisa de cuadros y la cara de buena persona. Llevaba un cigarro apagado detrás de la oreja.
—Hay que hacer otro viaje a la finca —dijo, señalando los sacos—. Llevaremos los que ya están llenos.
Me miró un segundo, luego a papá.
—Tu hijo va conmigo. Tú quédate llenando más.
Papá asintió sin protestar. Yo tragué saliva. Temí que el señor mayor también quisiera algo sexual. Pero no podía negarme. Subí los sacos a la furgoneta con él. Él ayudó mucho, no solo me miró trabajar. Cuando terminamos, arrancamos. Dos kilómetros de camino de tierra, el motor rugiendo, el polvo entrando por las ventanillas abiertas.
En cuanto salimos del pueblo, el señor mayor habló, la voz ronca y lenta.—Sé lo que hiciste con mi hijo y con mi nieta.
Me quedé helado. Miré al frente, las manos apretando el volante.
—¿Cómo…?
Él soltó una risa seca.—Mi nieta suele decir que es hermana de su padre. No sé por qué hace eso, pero en fin, cosas suyas.
Asentí, sin saber qué decir.
—Se lo que hiciste —repitió—. Vamos a lo importante. Mi hijo es un desastre, pero es mi hijo. En esta zona nos conocemos todos y creo que tú también has sido un tanto desastroso. Aprovecha tu segunda oportunidad.
Permanecimos en silencio un rato. El camino de tierra traqueteaba bajo las ruedas. El señor mayor continuó:
—Te recomiendo que no te acerques a mi hijo. No es una buena influencia. Pero mi nieta es otra cosa. La pobrecita tiene algunos problemas. Su madre consumió drogas durante el embarazo. Y por ejemplo padece de terrores nocturnos. Le cuesta mucho dormir. Pero cuando la he dejado en casa dormía la siesta como un bebé.
No entendía de qué iba esta conversación. No sabía qué decir. Por fin llegamos a la finca y descargamos los sacos entre los dos. El señor mayor los descargaba de dos en dos sin esfuerzo, como quien ha hecho eso toda la vida. Yo no sabía qué decir, así que por puro nervio le pregunté:
—¿Cuántos años tiene usted?
—Ochenta —respondió, sin inmutarse.
Me quedé de piedra. Parecía más joven. Cuando acabamos de esparcir la tierra, el señor mayor lió un cigarro con tabaco de liar y me ofreció uno. Acepté. Lió otro para él, me dio fuego. Empezamos a fumar en silencio. El humo subía lento en el aire caliente. Esto me ponía de los nervios. Por fin habló:
—Sé que en unos meses te largas de la comarca. Pero si antes de irte le haces un poco de caso a mi nieta y le haces feliz, te daré 100€ por cada vez que la vea dormir en paz y no atormentada por pesadillas. Aquí tienes 100€ por lo de hoy. Y su número de móvil. Si quieres le llamas, si no quieres no. Solo hazla un poco feliz. Pero si le haces daño, te mato y te echo de comer a los cerdos.
Le creí. Aunque tenía apariencia pacífica, su voz tenía algo que no admitía bromas. Volvimos a la casa en la furgoneta, en silencio. Bajamos al sótano con papá y acabamos el trabajo. La última tanda de tierra la tiramos entre los dos. Allí tuvimos una conversación.
—Has trabajado bien —dijo papá—. Pero hasta que te vayas vas a ser mi puto esclavo. No te voy a dar ni un puto euro.
Asentí con la cabeza. Sabía que le debía demasiado. Me monté en la furgoneta y volvimos a casa.
—Vamos a buscar a tu madre —dijo—. Ya habrá acabado en la peluquería.
Subimos a la furgoneta. El camino al pueblo fue corto, solo unos minutos de tierra y asfalto roto. La peluquería estaba en la calle principal, un local pequeño con un toldo descolorido y el nombre escrito en letras doradas medio borradas: “Peluquería Mari”. Mamá estaba fuera, esperando en la puerta, con la bata blanca doblada en el brazo y el pelo perfecto, brillante, como si acabara de salir de una revista. Siempre decía lo mismo: “Una peluquera mal peinada causa desconfianza”. Llevaba un vestido ligero de algodón, sandalias y esa expresión tranquila que tenía cuando estaba contenta. Era un tanto hippy, con collares de piedras y pulseras que tintineaban al moverse. Ella era la que cuidaba las macetas de marihuana en el invernadero, las regaba, las podaba, las mimaba como si fueran flores de jardín.
—Hola, chicos —dijo, subiendo atrás—. ¿Cómo ha ido la chapuza?
Papá gruñó algo que sonó a “bien”. Yo solo asentí.
Con tanto trabajo se nos había pasado la hora de comer. En otros tiempos hubiéramos ido a algún bar o restaurante del pueblo a comer algo decente, un menú del día con tortilla y ensalada, o unas raciones con cerveza. Pero la economía familiar no estaba para esos gastos. Papá conducía en silencio, mamá tarareaba una canción vieja, y yo miraba por la ventanilla, sintiendo el peso de los 200 euros en el bolsillo interior del chándal. Hacía mucho tiempo que no tenía tanto dinero en las manos. Por los pufos que dejé en tarjetas de crédito y bancos, ni siquiera tenía cuenta corriente. Todo lo que entraba iba directo a pagar deudas o a papá y mamá.
Llegamos a casa. Mamá entró primero y fue directa a la cocina.
—Voy a preparar algo rápido —dijo—. Vosotros asearos, que oléis a tierra y a hombre.
Papá y yo nos miramos. Fuimos al patio trasero, a la ducha de camping. El agua fría me golpeó como agujas, pero me lavé bien, restregándome el polvo, el sudor, los restos de todo lo que había pasado. Cuando terminé, papá ya estaba dentro. Mamá había preparado una ensalada con tomate del huerto, atún de lata, huevo cocido y pan duro remojado en agua. Comimos en la mesa del salón, en silencio. Los padres pusieron la tele, un programa de cotilleos que a mamá le gustaba ver mientras fregaba los platos. Yo me excusé.
—Voy a echarme un rato —dije—. Estoy muerto.
Me metí en la habitación, cerré la puerta y me tiré en la cama. El sueño llegó rápido, profundo, como si el cuerpo hubiera estado esperando ese momento. Dormí hasta el día siguiente.
Cuando me desperté era bastante temprano, pero ya hacía un calor horroroso. Esa casa estaba mal diseñada: en verano se convertía en un horno, en invierno en una nevera. Me quedé tumbado un rato, mirando el techo agrietado, sintiendo el peso de la noche anterior. Los 200 euros seguían en el bolsillo del chándal. Los saqué, los conté otra vez. 100 del señor mayor por la nieta, 60 del hijo, 40 de la nieta. Dinero sucio, pero dinero.
Me acordé del número que me había dado el señor mayor. Lo tenía apuntado en un papel arrugado. Lo saqué del bolsillo, miré la pantalla del móvil. Dudé un segundo. Luego escribí un mensaje corto:
“Hola, soy Carlos. ¿Cómo estás hoy?” La respuesta llegó casi al instante.
“Bien, gracias por preguntar ¿Quieres dar un paseo en coche?”
“No tengo coche”, respondí.
“Entonces yo te voy a buscar. Dime dónde vives.”
Le di la dirección de la casa.
Ella contestó: “En un rato voy. Prepárate.”
Me quedé mirando el móvil. No sabía qué estaba haciendo. Pero un paseo en coche era mejor que ir al apartamento turístico donde estaba Marta y sus amigas. Eso me estaba tentando todo el tiempo, como una llamada que no podía ignorar. Pero sabía que si iba, todo se complicaría más. Así que me vestí con lo primero que encontré: camiseta vieja, pantalón corto, zapatillas. Me lavé la cara, me puse las gafas de sol y esperé en el patio, fumando un cigarro mientras el sol empezaba a pegar fuerte.
De repente oí el rugido de un motor que no pertenecía a ningún tractor ni furgoneta del pueblo. Era profundo, grave, como un animal grande respirando. Miré hacia el camino de tierra y vi aparecer un Ferrari 488 Pista rojo, brillante como un caramelo bajo el sol de mediodía. Un deportivo que debía costar unos 300.000 euros fácil, líneas agresivas, llantas negras, escape que sonaba a trueno contenido.
El coche se detuvo frente a la casa levantando una nube de polvo fino. La puerta del conductor se abrió y bajó ella: Llevaba una pamela blanca de ala ancha que le cubría media cara, gafas de sol grandes estilo años 50, un vestido midi blanco de corte clásico con escote barco, mangas tres cuartos y falda plisada que se movía con el viento caliente. Parecía una actriz de Hollywood de los años 50: elegante, sofisticada, fuera de lugar en medio de este secarral. Pero sonreía como una niña que acaba de recibir el mejor regalo del mundo.

Me quedé paralizado. Yo con mi camiseta vieja, pantalón corto sudado y zapatillas rotas. Me sentí ridículo, como un mendigo delante de una reina.
Blanca corrió hacia mí con los brazos abiertos, como si fuera a abrazarme, pero cuando estaba a dos pasos se paró en seco, las mejillas se le pusieron rojas y bajó la mirada. Extendió la mano con timidez.
—Hola… —dijo bajito.
No supe si reírme o llorar. Opté por lo intermedio: le di la mano, la apreté suave y luego me incliné para darle un beso en una mejilla. Luego el otro, pero muy cerca de la boca, rozando apenas la comisura. Ella sonrió como si le hubiera dado el mundo.
—Hola —respondí—. Por cierto… ¿Cómo te llamas?
—Blanca —dijo, quitándose las gafas un segundo para mirarme a los ojos—. Y creo que tú te llamas Carlos.
—Sí —dije—. Encantado de conocerte.
No sabía cómo tratarla. No quería hacerle daño. Ella parecía frágil, aunque tuviera ese coche y esa ropa. Blanca miró alrededor, como si se acordara de algo.
—¿Quieres conducir? —preguntó, señalando el Ferrari.
Miré mi ropa.—Estás muy elegante y yo hecho un desastre. Dame un par de minutos y me visto mejor.
—Vale —dijo ella, feliz—. Aquí te espero.
No podía dejarla al sol. El calor era brutal.—Por favor, pasa a la casa —le dije—. Hace calor pero al menos no te vas a quemar.
Entramos. En el salón estaba mamá, sentada con un libro y una taza de té helado. Cuando vio a Blanca se le iluminó la cara.
—¡Blanca! —dijo, levantándose—. ¿Qué haces por aquí?
—Hola, Mari —respondió Blanca, abrazándola como si fueran amigas de siempre—. He venido a ver a Carlos.
Mamá me miró con una ceja levantada, pero no dijo nada. Yo aproveché para escabullirme a la habitación. Me puse lo único decente que tenía: un pantalón de vestir gris oscuro (el de la oposición) y una camisa blanca planchada que mamá me había dejado preparada “por si acaso”. Me peiné rápido, me puse colonia barata y volví al salón.
Mamá me hizo gestos de extrañeza (“¿qué pasa aquí?”), pero le indiqué con la mano que ya hablaríamos.
Blanca me miró de arriba abajo y sonrió.—Estás guapo —dijo.
Salimos. Abrí la puerta del copiloto del Ferrari para ella. Se sentó con elegancia, cruzando las piernas. Cerré la puerta y rodeé el coche para subir al volante. El interior olía a cuero nuevo y a perfume caro. El motor rugió cuando arranqué.
No sabía a dónde llevarla, pero decidí salir a la carretera general y allí improvisar. El Ferrari devoraba los kilómetros. Por fin recordé dónde podía llevarla. Era un bar elegante del que había oído hablar alguna vez, en un club de golf privado a las afueras, de esos sitios donde la gente va más por postureo que por jugar al golf. El nombre era “Green 19”, y lo había visto mencionado en algún artículo de revista local como “el rincón más sofisticado de la comarca”. No sabía si era verdad, pero sonaba bien y estaba cerca.
Conduje el Ferrari con cuidado, concentrado en no meter la pata con una máquina que valía más que todo lo que yo había tenido en mi vida. Blanca no habló durante el viaje. Solo sonreía, mirando por la ventanilla, con la pamela ladeada y las gafas de sol reflejando el paisaje. Yo bastante tenía con controlar el coche: el acelerador era sensible, el cambio automático rapidísimo, y cada vez que pisaba un poco más fuerte sentía cómo el motor rugía como si tuviera vida propia.
Llegamos pronto. El parking estaba bastante lleno de coches de alta gama: Porsche, Mercedes AMG, algún Audi RS… Ninguno tan caro ni tan llamativo como el rojo que yo llevaba. Aparqué con cuidado en un hueco apartado, como si temiera rayarlo. Blanca bajó primero, se ajustó la pamela y miró alrededor.
—Nunca he estado aquí —dijo, con voz suave—. Pero se ve bonito.
—Yo tampoco —respondí—. Pero leí un artículo que decía que era un sitio bonito.
Los dos nos reímos un poco, nerviosos, como si estuviéramos fingiendo ser adultos normales.
Entramos al bar de la mano. El interior era elegante pero discreto: madera oscura, luces cálidas, mesas bajas con sillones de cuero, un piano de cola cerrado en una esquina. Olía a café bueno y a perfume caro. No había mucha gente; la mayoría debía estar jugando al golf.
Nos sentamos en una mesa junto a un ventanal con vistas al campo verde. El camarero, un hombre de unos 40 años con chaleco negro, se acercó con una sonrisa profesional.
—¿Qué quieren tomar?
Miré a Blanca.—¿Qué quieres tomar?
Ella se puso colorada al instante, bajó la vista y murmuró:—A ti.
Me reí.—Decía de beber —aclaré.
—Ah… —se rió ella también, aún más roja—. Me da igual, pero sin alcohol que me sienta fatal.
—¿Un mosto? —propuse.
—Vale.
Al final pedimos una cerveza para mí y un mosto para ella.
Como no había mucha gente, el camarero se quedó un momento charlando.
—Arriba hay unos reservados con vistas privilegiadas a los campos —nos dijo—. En condiciones normales hay que reservarlos con antelación, pero como es pronto ahora están vacíos. Si quieren subir, son suyos.
Blanca me miró con ojos brillantes.—¿Vamos?
Subimos. El reservado era pequeño pero perfecto: sofá de cuero, mesa baja, un ventanal enorme con vistas al green. La puerta se cerraba con pestillo. Nos dimos cuenta de que los cristales eran de esos que dejan ver hacia fuera pero desde fuera son como un espejo. Al descubrirlo, los dos nos reímos.
—Entonces podemos hacer cositas sin que nadie nos vea —dijo Blanca, con una mezcla de vergüenza y picardía.
La miré. Estaba ansiosa, los ojos brillantes, las manos temblando un poco. Eso me puso cachondo al instante.
Nos desnudamos despacio. Blanca se tumbó en la alfombra mullida, abierta, pasiva, estilo estrella de mar. Tenía un olor maravilloso: mezcla de perfume suave, sudor limpio y piel caliente. Lo mismo que la primera vez, empecé besándola por todas partes: el cuello, los hombros, los pechos grandes y pesados, los pezones oscuros que se endurecían bajo mi lengua. Bajé al vientre, a los muslos, a las axilas saladas, a los pies (los besé uno por uno, lamiendo los dedos). Ella gemía bajito, las manos en mi pelo.
Cuando llegué al coño, estaba húmeda pero no mucho. Me esforcé: lengua plana cubriendo todo, luego más rápida en el clítoris, chupando suave, metiendo la punta dentro. Poco a poco empezó a reaccionar: caderas moviéndose, gemidos más altos, manos apretándome la cabeza. Se corrió fuerte, un temblor que le recorrió todo el cuerpo, líquidos calientes en mi boca.
Pero quería más. Se levantó, buscó en su bolso y sacó un condón con extra de lubricante.—Me lo han recomendado —dijo, tímida.
Me lo puse. Me eché encima con mucho cuidado. Entré despacio; era estrecha, tuve que empujar poco a poco, sintiendo cómo se abría. Gemí al sentirla apretarme. Empecé a moverme, ritmo lento, profundo. Ella gemía, “sí, así, cuidado…”. Aumenté poco a poco el ritmo, embestidas más rápidas. Acerqué la boca a la suya. Nos besamos mientras la penetraba, lengua con lengua, gemidos mezclados. Ella empezó a reaccionar de verdad, caderas empujando contra mí, uñas en mi espalda. Se corrió justo antes que yo, un orgasmo fuerte que la hizo apretarme dentro, un grito en mi boca. Yo no me corrí y le pedí cambiar de posición
—Mientras no me hagas daño, me pongo como quieras —dijo, riéndose.
—Ponte en cuatro, apoyada en el sofá —sugerí.
Se puso de rodillas en el sofá, el culo hacia mí, las manos en el respaldo. Me coloqué detrás, la penetré despacio de nuevo, sintiendo cómo entraba más profundo en esa posición. Mientras bombeaba, le acaricié el culo, pasando el dedo por el ano, presionando suave. Ella se tensó al instante.
—Por ahí no —dijo rápido—. Duele mucho.
No insistí. Retiré el dedo y seguí bombeando, ritmo constante, profundo, agarrándola por las caderas. Ella gemía más alto, empujando hacia atrás contra mí. Me corrí dentro del condón, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí.
Blanca sacó del bolso unas toallitas de papel y nos limpiamos. Nos quedamos desnudos en el sofá, abrazados, apoyados el uno en el otro, mirando el paisaje verde del campo de golf a través del cristal espejado. No dijimos nada. Solo respirábamos juntos, piel con piel, relajados, en silencio. El aire del reservado estaba caliente, cargado de olor a sexo, sudor y perfume de ella. Blanca apoyó la cabeza en mi hombro, su respiración lenta y tranquila.
Le acaricié el pelo despacio.
—A ti te han hecho mucho daño teniendo sexo, ¿cierto? —pregunté en voz baja.
Ella asintió, sin levantar la cabeza.—Ya te dije que los chicos de los pueblos solo quieren meterla y ya. Eso duele. Por eso me gustas tú, eres delicado conmigo.
Le puse una mano en el pecho, acariciándole las tetas grandes y suaves, rozando los pezones con los dedos. Se endurecieron al instante.
—Si te hago algo que no te guste o que te duela, me lo dices —le dije.
—Vale —susurró ella.
Me puse de rodillas frente a ella mientras seguía sentada en el sofá. Le abrí las piernas con cuidado. Me incliné y empecé a hacerle sexo oral. Lengua lenta al principio, cubriendo todo, luego más rápida en el clítoris, chupando suave. Paré un momento, la miré a los ojos.
—Confía en mí —le dije—. No te pongas tensa. En cuanto me digas que pare, yo lo hago.
—Vale —respondió, con voz temblorosa pero confiada.
Volví a bajar. Le lamí el coño despacio, metiendo la lengua dentro, chupando el clítoris. Luego le hice levantar las piernas, apoyándolas en mis hombros para acceder mejor al culo. Le lamí el ano, lengua plana, círculos suaves. A ella le gustó: gimió más fuerte, las caderas moviéndose. Volví a la vagina y al clítoris, pero dejé un dedo estimulando el asterisco. Ella se tensó un momento, pero no dijo nada. Metí un dedo en la vagina, buscando el punto G, estimulándolo con movimientos de “ven aquí”. Ella se fue poniendo más y más cachonda, gemidos altos, manos en mi pelo empujándome. Metí un segundo dedo en la vagina y el dedo del culo entró la primera falange, despacio. Ella jadeó, pero no paró.
Por fin se corrió brutalmente, un grito ahogado, el cuerpo convulsionando, líquidos calientes en mi boca. Se separó un poco, respirando agitada.
—Ufff… para que me vuelves loca —dijo, riéndose.
Los dos nos reímos. Me puse en pie y acerqué mi pene erecto a su boca. Ella se escapó rápido, negando con la cabeza.
—No, no… eso no —dijo—. Si quieres ponte un preservativo y me la metes.
Pero antes de que pudiéramos hacer nada, oímos al camarero desde el otro lado de la puerta.
—Lo siento, chicos, pero ya están acabando las partidas y vienen los clientes. Por favor, salid.
—En un par de minutos salimos.- Respondí.
Nos vestimos rápido. Blanca sacó del bolso más toallitas de papel y nos limpiamos. Cuando íbamos a salir, Blanca corrió hacia el camarero y le pagó ella. Salimos al parking.
—¿Por qué has pagado tú? —le pregunté.
—Sé que no andas bien de pasta y yo tengo de sobra —dijo—. El otro día te dije que solo tenía 40 porque no tenía más dinero en efectivo.
Nos montamos en el coche. Blanca se recostó en el asiento.
—Llévame a casa —dijo—. Me está dando mucho sueño.
Conduje hasta su casa, un chalet bonito y elegante en una urbanización tranquila. Cuando llegamos, Blanca se había quedado dormida con una sonrisa inocente. Tuve que bajarla en brazos, cargándola como a una niña. El abuelo abrió la puerta, me indicó en silencio dónde estaba la habitación de Blanca. La dejé en la cama con cuidado, tapándola con la sábana. El abuelo me hizo un gesto para que le siguiera.
Bajamos a la cocina. Allí conversamos.
—Lo primero —dijo—, lo prometido es deuda. Aquí están los 100 €.
Me dio el dinero. Luego me miró.
—Lo segundo: ¿quieres comer algo? Ya es hora.
No sabía qué decir. Pero pensé que iba siendo hora de hablar con alguien que no fuera de mi familia. Dentro de un par de meses me reincorporaría a la vida normal y tendría que relacionarme. Decidí aceptar.
—Muchas gracias por la invitación —dije.
El abuelo preparó unas setas a la plancha y unos filetes. Nos sentamos en la cocina y comimos en silencio. Para beber, agua y vino de calidad. Comimos sin hablar mucho. Cuando acabamos, el abuelo se levantó.
—Te llevo a tu casa —dijo.
Antes subimos a la habitación de Blanca. Allí la vimos dormir apaciblemente, la sonrisa aún en la cara, respirando tranquila.
Nos subimos a un 4x4 Toyota Land Cruiser de los buenos, color verde oscuro, con barro seco en los bajos y arañazos en la carrocería que demostraban que se usaba para trabajar en el campo, no para presumir. El abuelo arrancó y el motor diesel rugió grave y tranquilo. Miró el reloj del salpicadero.
—¿Tienes prisa? —preguntó.
—No realmente —respondí.
No sabía qué podía querer el abuelo. En vez de ir directo a casa, giró por un camino secundario y condujo unos veinte minutos hasta llegar a un club de carretera, uno de esos con letras rojas luminosas que decían “Club Paraíso”. Aparcó en la zona de atrás, donde había más camiones que coches.
Entramos. El sitio olía a tabaco viejo, cerveza y perfume barato. La barra estaba llena de luces de neón y espejos. El abuelo pidió dos cervezas sin preguntar. Nos sentamos en un rincón. Se acercaron varias chicas, pero él les hizo señas con la mano: todavía no.
Me miró fijo.
—Tengo curiosidad por saber qué le haces a mi nieta para tenerla tan contenta —dijo, sin rodeos—. Si no te importa, te pago una puta. La que tú quieras. Yo os veo desde un espejo. Y te doy otros 100 €.
Necesitaba pasta. Mucha. Sabía que iba a tener que comprar ropa nueva, desplazarme, alquilar algo en lo que vivir cuando me incorporara a mi puesto. No tenía ningún ahorro. Decidí que sí.
—Vale —dije.
El abuelo hizo una seña. Se fueron acercando de una en una, presentándose, dándome un beso en la mejilla y diciendo su nombre. Había ocho chicas, de todos los colores: latinas, rumanas, españolas, una negra, una asiática. Ninguna era especialmente guapa. Ante la duda, me decidí por una veterana que parecía latina. Tenía un buen par de tetas, pero también le sobraba algún kilo en la panza. Se llamaba Carmen.
Entramos en una habitación que efectivamente tenía muchos espejos en las paredes y el techo. El abuelo no nos acompañó, pero supongo que estaría detrás de alguno de esos espejos. Carmen cerró la puerta.
—Desnúdate y lávate en el bidé —dijo.
Lo hice. Cuando volví, me dijo:
—Túmbate en la cama.
Me tumbé. Ella empezó a besarme por todas partes: cuello, pecho, axilas, vientre, muslos. No iba a por la pija. Me lamía despacio, me pasaba las tetas con los pezones duros por la piel. Se me puso muy dura. Por fin bajó y empezó a hacerme sexo oral. Lo hacía bien: lengua girando, chupando fuerte, metiéndola profunda. De repente me metió un dedo por el culo. Me encantó y casi me corrí.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunté, jadeando.
—Porque has levantado las piernas como hacen los que les gusta eso —dijo, riendo.
Le pedí hacer un 69. Se puso encima. Le chupé el clítoris, la vagina y el culo. Ella reaccionó, gemía fuerte, parecía gustarle. Estuvimos así un rato, hasta que dijo:
—¿Quieres penetrarme?
—Sí.
Se separó.
—¿Qué posición?
—Misionero —dije.
Quería que el abuelo viera cómo se lo hacía a su nieta.
Se tumbó. Entré despacio. No era una vagina ajustada como la de Blanca, pero le di con cuidado. Poco a poco incrementé la velocidad. Acerqué la cara a la suya, pero cuando iba a besarla apartó la cara. Le acaricié las tetas mientras bombeaba. Le pedí cambiar.
—Ponte en cuatro, apoyada en la cama.
Se puso. Le di desde el primer momento bien duro. Cuando acerqué un dedo al ano, dijo:—Por ahí es más caro y no han pagado para eso. Y córrete ya que se acaba el tiempo.
Apreté las embestidas y por fin me corrí dentro del condón. Me limpié rápido y salí de la habitación.
En el bar me encontré con el abuelo. Me miró y se rió.
—Si llego a saber que aguantas tanto, contrato más tiempo —dijo.
Me dio los 100 €. Luego me llevó a casa en el Land Cruiser. El camino fue en silencio. Cuando llegamos, me bajé y el se despidió con un gesto.
—Cuida de Blanca —dijo.
Asentí. Entré en casa. Todos dormían. Me metí en la cama sin hacer ruido, el cuerpo cansado pero la cabeza dando vueltas.
Cuando creí que me iba a dormir sentí como mi hermana se metía en mi cama. Estaba desnuda y noté sus pezones con pirsing en mi espalda.
-Menuda fiesta te has perdido. ¿Quieres que te la cuente?
Me di cuenta de que aún estaba colocada, solo esperaba que esta vez no le hubiera sobrado nada.
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