You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa 2 PARTE 2

Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa 2 PARTE 2


Pagaron el conjunto —Ana lo dejó puesto bajo el vestido, el encaje negro pegándose a su piel sudorosa y caliente como una segunda capa de deseo, los pezones gruesos y oscuros empujando contra la tela fina del vestido hasta marcar relieves prominentes que se movían con cada respiración profunda, mientras la tanga hundida entre los pliegues hinchados del coño absorbía el flujo continuo que chorreaba en pulsos lentos y viscosos, dejando la entrepierna del vestido oscura y pegajosa, el aroma almizclado subiendo en oleadas densas cada vez que daba un paso— y caminaron hacia las salas. El pasillo del cine estaba más tranquilo que el centro comercial, pero el aire ya se sentía más pesado, cargado de un olor sutil y penetrante: sudor femenino salado mezclado con el almizcle crudo de coños excitados, el toque salino de líquido preseminal que escapaba de vergas endurecidas en pantalones ajustados y el leve aroma a semen seco que perduraba en algunas butacas de sesiones anteriores.

En la cartelera luminosa se desplegaban títulos explícitos, todos centrados en uniones familiares presentadas con fotografías elegantes pero profundamente sugestivas: “El Regreso al Origen”, con una madre voluptuosa abrazando a su hijo adulto desde atrás, sus tetas pesadas aplastadas contra la espalda de él mientras una mano descendía hacia su entrepierna; “La Sangre que Une”, mostrando a un padre maduro besando profundo a su hija adulta, lenguas visibles entrelazadas y manos grandes apretando nalgas firmes bajo una falda subida; “Abuela Eterna”, con una abuela de curvas abundantes sentada en el regazo de su nieto, el vestido abierto dejando ver tetas colgantes y un coño maduro reluciendo, prometiendo explorar cómo el lazo materno trasciende generaciones en escenas de entrega total. Ana señaló una en particular, sus dedos temblando ligeramente de anticipación.

—Esa —dijo, con una sonrisa satisfecha que curvaba sus labios carnosos y húmedos—. “Abuela, mi primera mujer”. Perfecta para recordarte de dónde vienes, mi amor.

Compraron boletos y entraron a la sala oscura, el aire ya cargado de gemidos suaves y entrecortados que se filtraban desde las butacas, el sonido húmedo y rítmico de cuerpos moviéndose en penumbra: chapoteos sutiles de coños resbalosos tragando vergas, respiraciones agitadas sincronizadas con el audio de la película que empezaba, el olor denso y animal de sexo colectivo impregnando cada rincón como una niebla caliente. En las filas delanteras, una madre montaba despacio a su hijo, las caderas girando en círculos amplios mientras el coño maduro lo envolvía hasta la base, tetas pesadas rebotando contra su pecho con cada bajada profunda, gemidos roncos escapando de su garganta mientras el semen de corridas anteriores chorreaba por los muslos y goteaba al suelo. Más atrás, una pareja tabú —madre e hija— se movía con discreción: la madre lamía el cuello de la joven con lengua plana y caliente, dejando rastros de saliva que brillaban, mientras una mano desaparecía bajo la falda para hundir dedos en el coño apretado y húmedo de la hija, que arqueaba la espalda con temblores visibles, el flujo chorreando por los nudillos y dejando la piel interna de sus muslos brillante y pegajosa. El sonido de lenguas entrelazadas, saliva chorreando y coños contrayéndose en espasmos llenaba el espacio, mezclado con el ronroneo bajo del proyector y el latido acelerado del corazón de Daniel mientras Ana lo guiaba hacia la fila trasera, su mano apretando la de él con posesión cruda.

La sala del cine estaba envuelta en una penumbra densa y cálida, el aire cargado de un olor sutil pero penetrante a cuerpos sudorosos, perfume barato y floral que se mezclaba con el almizcle inconfundible de excitación contenida: sudor salado femenino que perlaba la piel de muslos abiertos, flujo viscoso evaporándose de coños hinchados y palpitantes, el toque salino y crudo de líquido preseminal que brotaba de vergas endurecidas en pantalones ajustados, y el leve aroma a semen espeso y seco que perduraba en algunas butacas de sesiones anteriores, impregnando el terciopelo gastado como una huella permanente de placer compartido. La pantalla grande proyectaba ya los créditos iniciales de “Abuela, Mi Primera Mujer”, la luz azulada y parpadeante reflejándose en rostros enrojecidos y ojos vidriosos, mientras las butacas crujían suavemente con los movimientos discretos de las parejas dispersas: un chapoteo húmedo y rítmico de coños resbalosos tragando vergas, respiraciones agitadas sincronizadas con el audio bajo de la película, gemidos roncos ahogados que se filtraban como ecos en la oscuridad.

Daniel y Ana se acomodaron en la fila trasera, en un rincón donde la luz de la pantalla apenas llegaba, dejando sus rostros en sombras suaves y sus cuerpos casi invisibles para los demás. Ana se sentó a su lado con gracia pesada, el vestido subido lo suficiente para que sus muslos gruesos y cálidos rozaran los de él, la piel interna brillante por el sudor y el flujo que chorreaba despacio desde su coño depilado, dejando rastros pegajosos que se enfriaban en el aire acondicionado y volvían a calentarse con cada roce. El calor de su cuerpo irradiaba a través de la tela fina como una promesa viva, el aroma almizclado de su excitación subiendo en oleadas densas y dulces, mezclándose con el olor salado de la verga de Daniel que aún palpitaba medio dura en los jeans, líquido preseminal brotando en pulsos calientes que empapaban la bragueta y goteaban por el interior de sus muslos pálidos.

En la pantalla, la abuela aparecía en primer plano: una mujer de sesenta y tantos, cuerpo voluptuoso moldeado por décadas de vida y placer acumulado, tetas pesadas y ligeramente caídas que colgaban libres bajo una blusa holgada, pezones oscuros y gruesos endurecidos marcándose contra la tela como si respondieran al mero hecho de ser observadas, las areolas anchas y arrugadas visibles a través del algodón fino, brillando con un leve sudor que hacía que la tela se pegara y rozara con cada respiración profunda. Criaba a su nieto huérfano como hijo propio desde pequeño, y la narración lenta y sensual mostraba cómo el lazo se profundizaba: caricias que empezaban maternales —una mano cálida en la nuca del joven, un beso tierno en la frente que derivaba en labios rozando la sien— se volvían más íntimas, dedos expertos bajando por el abdomen plano hasta la entrepierna, trazando el contorno de la verga que se endurecía bajo los pantalones, el tronco venoso hinchándose contra la tela hasta que el líquido preseminal brotaba en manchas oscuras y calientes. La abuela lo guiaba con voz grave y tierna, abriéndose las piernas con lentitud deliberada para mostrarle el coño maduro y depilado, labios mayores hinchados y rosados separados por la excitación, el clítoris prominente y rojo palpitando visiblemente bajo la luz suave, reluciendo con humedad natural que chorreaba despacio por el perineo y goteaba sobre las sábanas en hilos transparentes. “El origen siempre regresa, mi niño”, susurraba en la pantalla, la voz ronca vibrando con amor incondicional mientras él se inclinaba para lamerla despacio, lengua plana y caliente recorriendo los pliegues resbalosos desde la entrada hasta el clítoris, saboreando el flujo abundante que brotaba en chorros pequeños y calientes cada vez que succionaba suavemente, hasta que ella arqueaba la espalda con un gemido prolongado y gutural, las tetas pesadas temblando con cada contracción, el coño contrayéndose en espasmos rítmicos que expulsaban más flujo viscoso por la lengua del nieto.

Alrededor, la sala respondía al ritmo de la película con una cadencia orgánica y febril que se extendía por cada rincón oscuro, como si el deseo colectivo latiera al unísono con la pantalla. En la fila delantera, una tía madura y voluptuosa estaba montada sobre su sobrino de cara a ella: las caderas anchas girando en círculos amplios y lentos, el coño caliente y viscoso envolviéndolo hasta la base en cada bajada profunda, las paredes internas contrayéndose en espasmos rítmicos que lo ordeñaban con vida propia mientras las tetas pesadas rebotaban contra su pecho delgado, pezones oscuros y arrugados rozando la piel sudorosa en chispas de placer que bajaban directo a su verga palpitante. El flujo abundante chorreaba por los muslos de ella en riachuelos calientes y transparentes, goteando sobre las bolas del sobrino y dejando la butaca empapada en manchas oscuras y pegajosas, gemidos suaves y roncos escapando de su garganta en sincronía perfecta con los de la abuela en pantalla.

Más a la izquierda, una variante tabú pero tolerada en las sombras: una hermana mayor de curvas pronunciadas tenía a su hermana menor de rodillas entre sus piernas abiertas, la lengua plana y caliente recorriendo con devoción los pliegues resbalosos del coño joven y depilado, succionando el clítoris hinchado y rojo que palpitaba visiblemente hasta que chorros pequeños de flujo brotaban en su boca y chorreaban por la barbilla. La hermana mayor arqueaba la espalda con temblores visibles, mordiéndose el labio inferior para contener los jadeos que se escapaban como suspiros entrecortados, las manos de la menor apretando las nalgas firmes y redondas, dedos hundiéndose en la carne suave mientras un flujo caliente y abundante goteaba por sus muslos y empapaba el asiento en un charco brillante.

En otro asiento cercano, un primo adulto y su prima joven se movían con embestidas pausadas pero profundas: ella inclinada hacia adelante sobre el respaldo de la butaca delantera, el vestido subido hasta la cintura mientras la verga gruesa y venosa se deslizaba una y otra vez en el coño apretado y húmedo, los labios mayores hinchados envolviendo el tronco en cada penetración lenta, el clítoris frotándose contra la base peluda con cada choque sutil que hacía temblar sus muslos. Ella empujaba hacia atrás con movimientos circulares, el culo redondo y firme chocando contra el vientre de él en slaps carnosos y húmedos, mientras sus tetas medianas colgaban libres bajo la blusa desabrochada, pezones rosados endurecidos apuntando al frente con cada gemido ahogado que escapaba de su garganta, mezclándose con el sonido húmedo y obsceno de la película que llenaba la sala.

El aire vibraba con el chapoteo constante de coños resbalosos tragando vergas, el roce de lenguas entrelazadas chorreando saliva, respiraciones agitadas y gemidos roncos que se sincronizaban en una cadencia colectiva, el olor denso de fluidos mezclados —semen espeso, flujo dulce y almizclado, sudor salado— saturando cada rincón como una niebla caliente que hacía que la piel se erizara y la excitación latiera en cada cuerpo presente.

Ana no esperó más. Su mano descendió al regazo de Daniel con una lentitud deliberada que hacía que el tiempo se estirara en el aire cargado de la sala, los dedos hábiles desabrochando el botón de los jeans con un clic suave que resonó como una promesa, bajando el cierre con un sonido metálico lento y preciso que dejó expuesta la verga ya dura y venosa. Saltó libre con un movimiento brusco, el tronco grueso y curvado palpitando al aire fresco de la oscuridad, la piel tensa y caliente brillando bajo la luz parpadeante de la pantalla, la punta roja e hinchada goteando líquido preseminal en hilos gruesos y transparentes que chorreaban despacio por el glande y bajaban por el tronco en riachuelos calientes y viscosos, dejando la piel reluciente y pegajosa, cada vena hinchada latiendo visiblemente con urgencia dolorosa. Ella recogió una gota con el pulgar, extendiéndola por toda la longitud en movimientos suaves y circulares, untando el fluido salado y brillante hasta que la verga quedó completamente resbalosa y brillante, el glande sensible hinchándose más bajo su toque experto, el líquido preseminal brotando en pulsos frescos que se mezclaban con su saliva cuando lo rozaba con la yema, haciendo que el tronco temblara en su palma como si tuviera vida propia.

Se inclinó hacia él, el cabello cayendo como una cortina oscura y revuelta que rozaba la piel sudorosa de su rostro y cuello, el aroma de su shampoo floral mezclado con el almizcle intenso de su propio coño subiendo en oleadas densas que llenaban el espacio reducido entre ellos. Abrió la boca despacio, labios carnosos y húmedos estirándose alrededor de la base en un abrazo cálido y apretado, la garganta contrayéndose en espasmos rítmicos que masajeaban la punta sensible mientras la lengua presionaba la parte inferior del tronco con firmeza lenta y tortuosa, girando en círculos que hacían que el líquido preseminal brotara más abundante y se mezclara con su saliva espesa y caliente. Subía y bajaba con maestría absoluta, la boca succionando con fuerza en cada retiro hasta que la punta salía con un pop húmedo y obsceno, solo para hundirse de nuevo hasta que la nariz se enterraba en el vello púbico, saliva chorreando por la barbilla en hilos largos y brillantes que goteaban sobre sus tetas aún marcadas bajo el vestido, los pezones endurecidos rozando la tela con cada movimiento de cabeza y enviando temblores sutiles por su propio cuerpo, las areolas arrugadas y anchas dejando rastros húmedos que se pegaban al encaje negro debajo. Daniel jadeó, las manos enredadas en su cabello revuelto y húmedo de sudor, los dedos apretando mechones mientras empujaba instintivamente las caderas hacia arriba, la verga temblando dentro de su boca en pulsos desesperados que amenazaban con vaciarse ya, el placer atravesándolo como corriente eléctrica que recorría cada nervio desde la base hasta la punta, haciendo que sus bolas se contrajeran pesadas y listas.

Ana se retiró con un sonido húmedo y obsceno, la verga brillando de saliva espesa y líquido preseminal, el tronco venoso hinchado y rojo latiendo al aire con urgencia dolorosa, gotas de su saliva mezclada chorreando por las bolas pesadas y contraídas, dejando rastros brillantes que goteaban al asiento en hilos pegajosos. Se levantó ligeramente el vestido con una mano temblorosa, revelando que no llevaba bragas: el coño depilado relucía con flujo abundante y caliente, labios mayores hinchados y rosados separados por la excitación extrema, brillando con una capa espesa de humedad que chorreaba despacio por el perineo y goteaba sobre el asiento en hilos viscosos y transparentes que se acumulaban en un charco pequeño y brillante debajo de ella, el clítoris asomando rojo e inflamado, palpitando visiblemente como un botón expuesto que rogaba por contacto directo, las paredes internas contrayéndose en espasmos suaves que expulsaban más flujo en pulsos calientes y abundantes. El aroma almizclado y dulce de su deseo llenó el espacio entre ellos, denso y animal, haciendo que la verga de Daniel latiera con más fuerza, el líquido preseminal brotando en chorros frescos que goteaban por el tronco y se mezclaban con el flujo que ya empapaba sus muslos.

Se sentó en su regazo de cara a él, las rodillas gruesas hundiéndose en los cojines a ambos lados de sus caderas flacas, guiando la verga con una mano experta hasta la entrada caliente y resbalosa, la punta rozando los labios hinchados y separados que se abrieron con facilidad, succionándola hacia adentro con un calor asfixiante y húmedo. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la cabeza abría paso entre los labios calientes y viscosos, las paredes suaves y aterciopeladas envolviéndolo como terciopelo vivo y palpitante, contrayéndose en espasmos involuntarios que lo apretaban con fuerza rítmica, el flujo caliente chorreando por la base y empapando las bolas de Daniel en riachuelos calientes que goteaban al asiento en gotas pesadas. Cuando estuvo completamente dentro, ambos jadearon al unísono: el coño la succionaba hacia adentro con vida propia, las paredes internas pulsando alrededor del tronco en oleadas calientes y húmedas que lo ordeñaban sin misericordia, el clítoris hinchado frotándose contra su vello púbico con cada pequeña contracción, enviando temblores que recorrían sus muslos gruesos y hacían que el flujo chorreara más abundante, el calor asfixiante envolviéndolo entero como si el coño maduro y experimentado nunca quisiera dejarlo ir, cada pulso enviando ondas de placer que recorrían sus cuerpos entrelazados en la penumbra, las tetas pesadas aplastadas contra su pecho mientras ella se inclinaba para besarlo con lengua profunda, saliva chorreando por sus barbillas en hilos calientes que se mezclaban con el sudor y el deseo que los consumía por completo.

Comenzó a moverse con lentitud tortuosa, subiendo despacio hasta que solo la punta hinchada y roja quedaba atrapada entre los labios mayores hinchados y resbalosos, el coño contrayéndose en espasmos suaves que succionaban la cabeza como si no quisiera dejarla escapar, el flujo caliente chorreando por el tronco venoso en riachuelos viscosos y transparentes que goteaban sobre las bolas de Daniel y empapaban el asiento debajo de ellos en manchas oscuras y pegajosas que brillaban bajo la luz parpadeante de la pantalla. Bajaba de golpe entonces, tragándosela entera en un movimiento fluido y brutal, el culo carnoso chocando contra sus muslos con un slap suave y rítmico que resonaba en la penumbra, la carne abundante temblando en ondas profundas que recorrían las nalgas desde la base hasta la parte superior, separándose ligeramente con cada impacto para revelar el ano fruncido y rosado que se contraía en pulsos involuntarios, el sudor perlando la piel suave y dejando rastros brillantes que facilitaban el roce resbaloso de sus dedos cuando los hundía más profundo.

Las tetas se balanceaban pesadas contra su pecho, la carne suave y sudorosa aplastándose con cada bajada violenta, pezones oscuros y gruesos rozando la camiseta en chispas de placer que endurecían aún más la verga dentro de ella, las areolas anchas y arrugadas dejando rastros húmedos de sudor y saliva residual que se mezclaban con el calor de sus cuerpos entrelazados, los pezones alargándose y endureciéndose hasta doler con cada roce áspero de la tela, enviando temblores que bajaban directo al coño y lo hacían apretar más alrededor del tronco. Ana giraba las caderas en círculos amplios y lentos, haciendo que la verga rozara cada rincón interno del coño maduro y caliente: la punta presionando contra el cérvix en cada rotación profunda, las paredes aterciopeladas contrayéndose alrededor del tronco en oleadas calientes y húmedas que lo apretaban como un puño vivo y viscoso, el clítoris hinchado y rojo frotándose contra su vello púbico con cada giro, enviando temblores que recorrían sus muslos gruesos y hacían que el flujo chorreara más abundante, goteando por las bolas de Daniel en hilos calientes que se enfriaban al contacto con el aire y volvían a calentarse con el siguiente movimiento, el aroma almizclado y dulce saturando el espacio reducido entre ellos como una niebla densa que hacía que cada respiración fuera más pesada y cargada de deseo.

Daniel la abrazó por la cintura con manos temblorosas, los dedos hundiéndose en la carne blanda y abundante de las nalgas, separándolas ligeramente para sentir cómo el ano fruncido rozaba sus nudillos con cada bajada, el anillo muscular contrayéndose en pulsos sutiles que coincidían con las contracciones del coño, el sudor perlando la piel suave y dejando rastros brillantes que facilitaban el roce resbaloso de sus dedos cuando los hundía más profundo, el calor irradiando desde ese punto prohibido y apretado que palpitaba contra su piel en sincronía con el coño que lo ordeñaba sin descanso. Ana gimió contra su cuello, el aliento caliente y húmedo erizándole cada vello de la nuca, la lengua lamiendo la piel sensible en líneas lentas y posesivas que dejaban rastros de saliva que se enfriaban al instante y volvían a calentarse con su respiración acelerada, mientras aceleraba el ritmo: bajadas más brutales y profundas que hacían temblar todo su cuerpo, el culo chocando con slaps carnosos y resonantes que llenaban el espacio entre ellos, el coño apretando en contracciones rítmicas y violentas que lo llevaban al borde, las paredes internas pulsando alrededor de la verga en oleadas calientes que succionaban cada vena hinchada, el flujo chorreando en chorros abundantes que empapaban sus muslos y goteaban al suelo en gotas pesadas y brillantes, el clítoris frotándose con urgencia contra la base hasta que temblores incontrolables recorrieron todo su cuerpo, el coño contrayéndose en espasmos cada vez más intensos que amenazaban con ordeñarlo hasta la última gota.

En la pantalla, la abuela se corría con un grito ronco y prolongado que reverberó en los altavoces de la sala, el cuerpo voluptuoso temblando entero mientras el coño maduro se contraía en espasmos violentos y rítmicos alrededor de la verga del nieto, las paredes internas pulsando con fuerza que lo ordeñaba sin piedad, expulsando chorros abundantes de flujo caliente y transparente que empapaban los muslos del joven en riachuelos brillantes y viscosos, goteando hasta las sábanas arrugadas en charcos relucientes que captaban la luz suave de la escena. La cámara se acercaba en un close-up lento y obsceno: los labios mayores hinchados y rosados abiertos al máximo, el clítoris rojo e inflamado palpitando visiblemente mientras el semen del nieto se mezclaba con su flujo, chorros espesos y blancos desbordándose por la entrada y chorreando por el perineo en hilos pegajosos que brillaban con cada contracción. “Sí, mi niño… lléname como siempre… devuélveme todo lo que te di… siente cómo te ordeño hasta la última gota”, gemía la abuela con voz grave y quebrada, las tetas pesadas temblando contra el pecho del joven mientras arqueaba la espalda, el culo carnoso alzado en un último empujón que hacía que la verga se hundiera hasta el fondo, el ano fruncido contrayéndose en pulsos sincronizados con el orgasmo que la sacudía entera, el flujo brotando en chorros pequeños pero constantes que salpicaban la piel del nieto y dejaban rastros calientes que se enfriaban al instante.

Ana siguió el mismo ritmo, su orgasmo llegando violento y devastador: las paredes del coño pulsando alrededor de la verga de Daniel en oleadas intensas y calientes, contrayéndose como un puño vivo que lo apretaba sin misericordia, ordeñándolo con espasmos rítmicos que lo succionaban hacia adentro mientras temblaba entera, uñas clavadas en sus hombros dejando surcos rojos que ardían de placer doloroso, el cuerpo entero convulsionando en temblores que recorrían sus muslos gruesos y hacían que las tetas pesadas rebotaran contra su pecho en golpes suaves y carnosos. El flujo brotaba en chorros abundantes y calientes que empapaban la base de la verga y chorreaban por sus bolas pesadas, goteando al asiento en riachuelos pegajosos que brillaban bajo la luz parpadeante, el clítoris hinchado frotándose contra el vello púbico de él con cada contracción hasta que temblores incontrolables recorrían su cuerpo entero. “Sí, mi amor… córrete dentro de mamá… lléname como la abuela se llena… siente cómo te ordeño hasta la última gota… dame toda tu leche caliente”, gemía contra su oído con voz ronca y quebrada, el aliento caliente erizándole la piel mientras empujaba las caderas hacia abajo una última vez, el coño contrayéndose en un espasmo final que lo apretaba con fuerza brutal, expulsando más flujo en chorros que salpicaban sus muslos y dejaban la piel interna brillante y pegajosa.

Daniel no pudo contenerse más; se corrió dentro de ella con un gruñido gutural y profundo, chorros potentes y calientes llenándola hasta el borde, el semen espeso y blanco desbordándose por los labios hinchados en pulsos abundantes que chorreaban por sus muslos gruesos en riachuelos viscosos y brillantes, mezclándose con el flujo de ella en un charco caliente que goteaba al asiento y empapaba la tela bajo ellos. Cada chorro salía con fuerza, la verga palpitando dentro del coño que lo succionaba sin descanso, las paredes internas pulsando alrededor del tronco en oleadas que lo ordeñaban hasta la última gota, el semen rebosando y goteando por el perineo hasta mojar el ano fruncido que se contraía con cada réplica, el calor asfixiante envolviéndolo entero mientras ella apretaba más, exprimiendo cada pulso con contracciones deliberadas que prolongaban el placer hasta hacerlo casi doloroso. “Lléname, hijo mío… dame toda tu leche caliente… como la abuela recibe la de su niño… sí, así, no pares… lléname hasta que chorree por mis muslos”, jadeaba Ana contra su cuello, la voz ronca y entrecortada mientras sus caderas seguían moviéndose en círculos pequeños y desesperados, el coño contrayéndose en espasmos prolongados que prolongaban su propio clímax, el semen y el flujo mezclados chorreando por sus piernas en hilos espesos que se enfriaban al contacto con el aire y volvían a calentarse con el siguiente pulso.

La película continuaba en segundo plano, la abuela y su nieto aún unidos en la pantalla, el coño maduro palpitando alrededor de la verga que se ablandaba lentamente dentro de ella, semen y flujo mezclados chorreando por los muslos en hilos espesos mientras ella susurraba “Esto es el origen… siempre regresa a mí, mi niño… siempre”, su voz grave resonando en los altavoces como un eco de lo que ocurría en la sala. Pero ellos se quedaron quietos un momento, cuerpos sudorosos y temblorosos pegados el uno al otro, el coño de Ana aún contrayéndose suavemente alrededor de la verga que se ablandaba dentro de ella, espasmos residuales que la hacían apretar en pulsos débiles pero insistentes, el semen desbordado goteando despacio por sus muslos y dejando rastros calientes y pegajosos que se enfriaban al contacto con el aire. Ana le besó la frente con ternura maternal, los labios húmedos rozando la piel sudorosa mientras susurraba contra ella:

—Esto es lo que somos, mi amor. Lo que siempre hemos sido. Mi coño siempre te espera… siempre te recibe… siempre te ordeña hasta que no queda nada más que dar.

La película terminó con un fundido lento en la pantalla, la abuela y su nieto entrelazados en un abrazo sudoroso y satisfecho sobre las sábanas revueltas de la cama matrimonial, el coño maduro de ella aún contrayéndose en espasmos residuales alrededor de la verga que se ablandaba dentro, las paredes internas pulsando débilmente como si quisieran retenerlo un segundo más. El semen blanco y espeso desbordaba por los labios hinchados en chorros lentos y viscosos que chorreaban por los muslos arrugados de la abuela, dejando riachuelos brillantes que se extendían por la piel y se acumulaban en charcos pegajosos sobre las sábanas empapadas, captando la luz tenue de la lámpara de noche en reflejos perla que se movían con cada respiración agitada. Los créditos rodaron en silencio, letras blancas deslizándose sobre un fondo negro que parecía absorber la intensidad de lo que acababa de ocurrir, pero la sala no se vació de inmediato; parejas seguían moviéndose en las sombras, gemidos suaves prolongándose como ecos que se filtraban entre las butacas, el aire denso y caliente impregnado de olor a sexo reciente: sudor salado que perlaba la piel de muslos abiertos, flujo dulce y almizclado evaporándose de coños hinchados, el toque salino de semen espeso que goteaba despacio por troncos que se ablandaban, y el leve aroma a saliva mezclada con saliva que perduraba en besos interrumpidos. El sonido húmedo de cuerpos separándose —un chapoteo suave cuando una verga salía de un coño empapado, un suspiro ronco al soltar una teta pesada— se mezclaba con el zumbido bajo del proyector y el crujir ocasional de los asientos de terciopelo gastado.

Ana se levantó despacio de su regazo, las rodillas gruesas separándose con un leve temblor mientras el coño se contraía una última vez alrededor de la verga que salía con un sonido húmedo y suave, un pop viscoso que dejó la punta brillando de fluidos mezclados. El semen mezclado con flujo chorreó inmediatamente por el interior de sus muslos gruesos en riachuelos calientes y espesos, dejando rastros brillantes que descendían despacio por la piel suave y ligeramente celulítica, goteando hasta las rodillas en gotas pesadas que se enfriaban al contacto con el aire acondicionado y volvían a calentarse con el calor residual de su cuerpo. Se acomodó el vestido con gracia pesada, la tela fina subiéndose por un instante para revelar el encaje negro del conjunto nuevo aún pegado a su piel sudorosa, el sostén estirado al límite alrededor de las tetas pesadas que se balanceaban con cada movimiento, pezones oscuros y gruesos empujando contra el tejido como si quisieran rasgarlo, las areolas anchas y arrugadas visibles a través de los huecos finos, brillando con sudor que hacía que el encaje se adhiriera y rozara con cada respiración. Extendió la mano hacia Daniel, que se abrochaba los jeans con dedos temblorosos, la verga sensible y enrojecida palpitando aún con réplicas de placer, el tronco venoso hinchado rozando la tela áspera del cierre, líquido preseminal residual goteando por la punta y empapando la bragueta en un círculo oscuro que se extendía lentamente.

—Ven, mi amor —dijo con voz ronca y satisfecha, los ojos brillando en la penumbra como brasas que aún no se apagaban—. Ya es hora de volver a casa.

Salieron de la sala entre las últimas parejas que se despedían con besos profundos y manos que no se soltaban, lenguas entrelazadas chorreando saliva que goteaba por barbillas y cuellos, tetas pesadas aplastadas contra pechos delgados en abrazos que prolongaban el contacto, vergas semierectas presionando contra muslos húmedos en roces finales que dejaban rastros pegajosos. El pasillo del cine estaba más tranquilo, pero el bullicio del centro comercial aún llegaba en oleadas: risas lejanas que se mezclaban con gemidos ahogados filtrándose desde rincones oscuros, pasos apresurados que hacían crujir el piso de mármol, algún slap carnoso y húmedo de un culo chocando contra un vientre en un pasillo lateral. Ana caminaba con las caderas balanceándose en ese ritmo hipnótico que hacía temblar ligeramente su culo carnoso bajo el vestido, las nalgas moviéndose en ondas suaves y profundas que separaban la tela en pliegues que insinuaban el pliegue profundo entre ellas, el semen que aún goteaba por sus muslos dejando un rastro sutil y cálido que Daniel podía oler mezclado con su aroma natural de vainilla y deseo, el flujo y el semen combinados chorreando despacio por la cara interna de los muslos gruesos y dejando la piel brillante y pegajosa bajo la luz fluorescente del pasillo.

Llegaron al estacionamiento subterráneo, el eco de sus pasos resonando en el espacio concreto frío y húmedo, el aire más fresco golpeando sus cuerpos sudorosos y erizándoles la piel en un contraste que hacía que los pezones de Ana se endurecieran aún más bajo el encaje, marcándose contra el vestido como relieves prominentes que rozaban la tela con cada paso. Subieron al auto; Ana se sentó al volante con un movimiento pesado que hizo crujir el asiento de vinilo bajo su peso generoso, el vestido subiéndose lo suficiente para revelar la piel interna de los muslos brillante de fluidos, el semen y el flujo mezclados dejando rastros espesos que descendían despacio por la carne suave hasta acumularse en el borde del asiento, goteando en gotas pesadas que se enfriaban al contacto con el cuero y volvían a calentarse con el calor de su cuerpo. Encendió el motor con un giro suave de la llave, el ronroneo vibrando a través del chasis y subiendo por sus muslos abiertos, haciendo que el coño aún sensible palpitara en réplicas débiles, un chorro sutil de semen desbordado escapando y goteando por el asiento en un hilo blanco que se extendía lentamente.

Pero no arrancó de inmediato. Miró a Daniel de reojo, una sonrisa serena curvando sus labios carnosos y húmedos, el cabello revuelto cayendo sobre los hombros en mechones pegados al sudor, los ojos oscuros brillando con una mezcla de satisfacción profunda y ternura posesiva que hacía que el corazón de él latiera más fuerte.

Daniel, con el corazón aún latiéndole fuerte por el clímax reciente y la mente girando en espirales de imágenes —la abuela en pantalla corriéndose con gritos roncos mientras su coño ordeñaba la verga del nieto, chorros de flujo salpicando muslos y sábanas; las parejas en la sala moviéndose en sombras con gemidos ahogados y cuerpos sudorosos pegados; el coño de Ana ordeñándolo hasta vaciarlo, contrayéndose en espasmos que lo succionaban sin descanso—, rompió el silencio con la voz baja pero insistente, el aliento entrecortado rozando sus labios secos.

—¿Y papá? —preguntó de nuevo—. ¿Qué pasó con él? No me has dicho…

Ana giró la cabeza hacia él, los ojos oscuros profundos y tranquilos, como si la pregunta fuera algo inevitable pero ya resuelto desde hace mucho tiempo. Apagó el motor con un movimiento suave, dejando que el silencio del estacionamiento los envolviera por completo, solo interrumpido por el leve goteo de fluidos que aún escapaban de su coño y caían sobre el asiento en gotas pesadas.

—Lo que debe suceder —dijo con voz serena pero cargada de una certeza absoluta que no admitía dudas—, desapareció.

El motor quedó en silencio total. Daniel sintió un frío recorrerle la espina dorsal, contrastando con el calor residual que aún latía entre sus piernas, la verga sensible palpitando débilmente contra los jeans empapados, el semen y el flujo de Ana mezclados dejando rastros pegajosos que se enfriaban en su piel. Ana no añadió más; solo extendió la mano y le acarició la mejilla con ternura maternal, los dedos cálidos y húmedos rozando su piel pálida, dejando un rastro sutil de fluidos que olían a ella, a ellos, antes de volver a encender el auto.

El vehículo salió del estacionamiento subterráneo hacia la luz del atardecer que teñía el cielo de naranja y rosa, dejando atrás el centro comercial y su mundo de placer normalizado, mientras el eco de esas palabras quedaba suspendido en el aire entre ellos, pesado y definitivo, como el semen que aún chorreaba despacio por los muslos de Ana y goteaba al piso del auto en gotas lentas que marcaban el camino de regreso a casa. El sol se hundía en el horizonte, proyectando sombras alargadas sobre las calles que ahora parecían más silenciosas, más cargadas, como si el mundo entero supiera lo que acababa de ocurrir en esa sala oscura y lo que aún quedaba por venir. Ana conducía con una mano en el volante y la otra posada en el muslo de Daniel, los dedos rozando la tela húmeda de los jeans donde la verga se ablandaba lentamente, un toque ligero pero posesivo que recordaba sin palabras que nada había terminado, que el ciclo continuaba, que su coño —aún palpitante y lleno de él— siempre estaría listo para recibirlo de nuevo cuando llegaran a casa. El tráfico fluía lento a su alrededor, autos pasando con luces encendidas que reflejaban en el parabrisas, pero dentro del vehículo solo existía el silencio compartido, el olor de sus cuerpos mezclados y el latido constante de lo que eran: madre e hijo, esposa y esposo, origen y destino en un mundo que no conocía otra forma de amar.

0 comentarios - Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa 2 PARTE 2