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Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa 2 PARTE 1

Un Mundo Donde Tu Mamá es tu Esposa 2 PARTE 1


Daniel se despertó esa mañana con un peso persistente en el cuerpo, no el de las tetas cálidas y suaves de Ana aplastadas contra su pecho, sino el de un agotamiento profundo que se mezclaba con una claridad mental inesperada. La habitación estaba inundada por la luz matutina que se colaba entre las persianas, proyectando sombras alargadas sobre las sábanas revueltas y empapadas de fluidos secos: manchas irregulares de semen espeso y flujo femenino que se habían secado en patrones blancos y translúcidos, dejando la tela rígida en algunos lugares y pegajosa en otros. El olor flotaba denso en el aire cerrado —una mezcla almizclada de sudor salado, vainilla del jabón de Ana y el aroma crudo y animal de sexo prolongado—, impregnando cada rincón como si la habitación misma hubiera absorbido las horas de unión febril.

Su verga aún dolía ligeramente, un recordatorio latente y pulsante de las corridas repetidas de la noche anterior. La piel del tronco estaba enrojecida e hinchada por el roce constante, las venas marcadas bajo la superficie sensible, y la punta seguía sensible al menor roce de la tela de los boxers, donde restos de líquido preseminal y flujo seco formaban una costra fina que tiraba al moverse. Recordaba con precisión visceral cómo se había hundido una y otra vez en el calor viscoso del coño de Ana: la entrada estrecha abriéndose para tragárselo entero, las paredes internas contrayéndose en oleadas rítmicas que lo ordeñaban sin piedad, el flujo caliente chorreando por sus bolas y empapando las sábanas mientras ella empujaba las caderas hacia arriba para recibirlo más profundo, los gemidos roncos de Ana vibrando contra su cuello cada vez que se corría dentro, chorros potentes que la llenaban hasta desbordar y goteaban por sus muslos gruesos en riachuelos calientes y pegajosos.

Ella ya no estaba a su lado; un ruido distante en la cocina —el tintineo suave de platos, el siseo de aceite en la sartén— sugería que había bajado a preparar algo, dejándolo solo en ese santuario de libros y posters que ahora parecía una jaula distorsionada. El colchón aún conservaba la huella profunda de sus cuerpos entrelazados, una depresión ovalada donde el peso combinado de Ana había hundido las espirales durante horas, y en el centro de esa huella una mancha oscura y húmeda marcaba el lugar exacto donde su coño había estado presionado contra las sábanas mientras lo montaba sin descanso.

Se levantó con lentitud, las piernas flacas temblando un poco al pisar el piso frío, y sintió cómo la verga semidura se balanceaba pesadamente entre sus muslos, rozando la tela interior de los boxers con cada paso y enviando pequeñas descargas de placer doloroso. El abdomen se contrajo involuntariamente al recordar el momento en que Ana había apretado sus muslos gruesos alrededor de su cintura, atrapándolo dentro mientras sus paredes internas pulsaban en espasmos finales, ordeñándolo hasta que no quedó nada más que dar. Caminó hasta el escritorio con el miembro aún sensible rozando contra la tela húmeda, dejando un rastro sutil de líquido preseminal fresco que empapaba la tela en la punta.

Se sentó frente a la laptop en su escritorio desordenado. La mente, esa máquina analítica entrenada en paradojas cuánticas y realidades alternativas, se negaba a aceptar la rendición total del cuerpo. “Esto no es mi mundo”, pensó, y en un impulso bautizó esa realidad perversa con un nombre que le permitiera racionalizarla: Mundo Madre. Un universo donde el lazo entre madre e hijo era el eje de todo, un colapso social que convertía el deseo prohibido en ley inquebrantable. Abrió el navegador con dedos temblorosos, ignorando el pulso sutil que empezaba a endurecer su verga bajo los boxers, y comenzó a teclear consultas simples: “historia de las relaciones familiares”, “leyes sobre matrimonio madre-hijo”, “mitos sobre uniones maternas”.

Los resultados lo inundaron como una avalancha digital. Artículos académicos detallaban cómo, desde civilizaciones antiguas, la unión entre madre e hijo se consideraba el vínculo primordial, un ciclo eterno de creación y retorno. Mitos prehispánicos reinterpretados hablaban de diosas que gestaban y luego reclamaban a sus vástagos como compañeros eternos, sus cuerpos abundantes simbolizando la fertilidad inagotable: tetas pesadas que goteaban leche divina, coños maduros que se abrían como flores carnívoras para recibir la semilla del hijo y devolverla multiplicada en placer infinito. Leyes modernas, promulgadas siglos atrás, protegían esa conexión como un derecho inalienable: cualquier intento de romperla se diagnosticaba como un desequilibrio emocional, tratado con terapias de inmersión sensorial —sesiones prolongadas donde la madre desnuda guiaba la verga del hijo de vuelta a su interior, embistiéndolo lentamente hasta que el orgasmo compartido restableciera el equilibrio, chorros calientes de semen llenando el coño mientras ella gemía palabras de amor maternal y posesivo.

Estadísticas gubernamentales mostraban sociedades estables, con tasas de felicidad elevadas y criminalidad mínima, atribuidas al placer compartido que fortalecía los lazos: gráficos de frecuencia orgásmica diaria, promedios de corridas internas por semana, mediciones de flujo vaginal que aumentaba proporcionalmente al tiempo de unión. Daniel leyó con los ojos muy abiertos, el corazón latiéndole fuerte en el pecho, sintiendo un nudo en el estómago que no era solo horror, sino una excitación latente que hacía que su verga palpitara contra la tela de los boxers con más insistencia. La punta se hinchaba sensible, líquido preseminal brotando en gotas gruesas que empapaban la tela en un círculo oscuro y pegajoso, el tronco endureciéndose hasta doler con cada latido mientras imaginaba —contra su voluntad— el coño de Ana como ese paraíso definitivo: paredes suaves y calientes que lo habían envuelto la noche anterior, contrayéndose en espasmos rítmicos que lo ordeñaban sin descanso, el flujo abundante chorreando por sus bolas y mezclándose con su semen hasta dejar las sábanas empapadas y brillantes.

¿Cómo podía ser tan lógico aquí? ¿Un mundo donde el coño de la madre era el paraíso definitivo, donde rechazarla equivalía a una patología cuántica del alma? La pantalla brillaba con imágenes ilustrativas incrustadas en los artículos: diagramas anatómicos elegantes que mostraban la verga del hijo penetrando profundo en el útero materno, flechas indicando el flujo de semen hacia el cérvix, leyendas que hablaban de “fertilidad reforzada por el lazo sanguíneo”. Daniel tragó saliva, la mano bajando instintivamente para apretar la base de su erección a través de la tela, sintiendo cómo el líquido preseminal seguía brotando en pulsos calientes, humedeciendo sus dedos y dejando un rastro viscoso que olía a deseo crudo y prohibido. El nudo en su estómago se apretó más, una mezcla de repulsión intelectual y hambre animal que lo hacía jadear suavemente, la verga temblando bajo su palma mientras la mente luchaba por no rendirse del todo al calor que subía desde su entrepierna.

La saturación de información lo dejó casi entumecido, la mente girando en espirales de incredulidad. Sin pensarlo mucho, sus dedos teclearon una nueva búsqueda: “madre e hijo”. Los resultados derivaron a sitios de videos explícitos, no ocultos ni prohibidos, sino destacados como entretenimiento saludable, con miniaturas elegantes que mostraban cuerpos maduros entrelazados en poses de entrega absoluta, tetas pesadas aplastadas contra pechos delgados, coños abiertos recibiendo vergas con naturalidad reverente.

Abrió uno al azar: una madre voluptuosa, de piel ligeramente bronceada y curvas que desbordaban el encuadre, se movía sobre su hijo con movimientos fluidos y profundos. Sus tetas grandes temblaban con cada bajada, pezones oscuros y gruesos endurecidos como piedrecitas que rozaban el pecho del joven en chispas de placer visible. El coño resbaloso se abría para tragárselo entero hasta la base, labios mayores hinchados y rosados envolviendo el tronco venoso en un abrazo caliente y viscoso, el flujo abundante chorreando por las bolas de él y dejando riachuelos brillantes que captaban la luz de la cámara. Ella gemía con voz grave y satisfecha, el timbre ronco vibrando en el audio mientras empujaba las caderas hacia abajo una y otra vez, las paredes internas contrayéndose visiblemente alrededor de la verga en espasmos rítmicos que lo ordeñaban sin piedad. “Sí, mi hombre, córrete dentro de mí como siempre”, susurraba contra su oído, la lengua lamiendo el lóbulo mientras arqueaba la espalda, el culo carnoso temblando con cada impacto.

Daniel sintió el calor subirle por el abdomen en oleadas lentas y abrasadoras, la verga endureciéndose del todo contra la tela de los boxers hasta que la punta roja y sensible empujaba la costura, líquido preseminal brotando en gotas gruesas y calientes que empapaban la tela en un círculo oscuro y pegajoso. El olor sutil de su propia excitación se mezcló con el aroma residual de Ana que aún impregnaba su piel y la habitación.

Cambió de video con la mano temblorosa: este mostraba una chupada experta, la boca materna abriéndose amplia para tragarse la verga entera con devoción absoluta. Los labios carnosos se estiraban alrededor de la base, la garganta contrayéndose en pulsos rítmicos que masajeaban la punta sensible mientras la lengua presionaba la parte inferior del tronco, girando en círculos lentos y firmes. Saliva espesa chorreaba por la barbilla y goteaba sobre las tetas pesadas que colgaban libres, pezones arrugados y erectos rozando los muslos del hijo con cada movimiento de cabeza. Los ojos de ella brillaban de amor incondicional, fijos en los del joven mientras succionaba con fuerza, las mejillas hundiéndose al retirar la boca hasta la punta y volver a hundirla hasta que la nariz se enterraba en el vello púbico. Un gemido vibró alrededor de la verga, enviando ondas de placer directo a las bolas que ella masajeaba con dedos suaves pero posesivos.

La mano de Daniel bajó instintivamente, deslizándose bajo la cintura de los boxers para apretar la base con firmeza rítmica, el pulgar rozando la punta hinchada donde el líquido preseminal seguía brotando en pulsos calientes y viscosos, extendiéndose por el tronco en una capa brillante que facilitaba el movimiento. Jadeaba entrecortado, el pecho subiendo y bajando con rapidez mientras pasaba a otro clip: corridas calientes desbordándose del coño hinchado, chorros espesos y blancos saliendo en arcos potentes que se mezclaban con el flujo abundante de la madre, goteando por sus muslos gruesos y dejando rastros pegajosos que brillaban bajo la luz. Ella arqueaba la espalda con un gemido prolongado de placer puro, las paredes del coño contrayéndose en espasmos visibles que expulsaban más semen y flujo, el clítoris rojo e inflamado palpitando al aire mientras sus tetas temblaban con cada réplica del orgasmo compartido.

Daniel aceleró el movimiento de su mano, la verga palpitando con urgencia dolorosa, el líquido preseminal chorreando por sus dedos y dejando la palma resbalosa. El nudo en su estómago se apretaba más, una mezcla de repulsión intelectual y hambre animal que lo hacía jadear con voz ronca, la mente luchando por no rendirse del todo al calor que subía desde su entrepierna y lo empujaba al borde.

La curiosidad se volvió morbosa; tecleó “porno tabú”. Los resultados eran variados, pero etiquetados como fetiches exóticos en un mundo donde la norma era precisamente lo contrario. Los videos de parejas sin lazos familiares aparecían casi como reliquias curiosas: hombres y mujeres comunes follándose con pasión cruda y directa, coños depilados recibiendo embestidas profundas y rápidas, labios mayores hinchados abriéndose alrededor de vergas gruesas que entraban y salían en ritmo frenético, el flujo chorreando por los muslos en hilos transparentes mientras los cuerpos chocaban con sonidos húmedos y carnosos. En los comentarios, usuarios escribían con una mezcla de fascinación y distancia: “interesante, pero nada como el calor de una madre”, “se siente frío sin ese lazo de sangre”, “bonito, pero no me moja el coño como cuando es mi hijo”.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal, el contraste golpeándolo como una paradoja viva: en su mundo original esos actos serían cotidianos o románticos; aquí se reducían a un nicho extraño, casi nostálgico. Su verga palpitaba con más fuerza contra la palma, el tronco hinchado y venoso latiendo en pulsos calientes que enviaban oleadas de placer doloroso desde la base hasta la punta roja y sensible.

Luego llegaron las variantes más intensas. Un video de padre-hija: un hombre maduro, de cuerpo firme pero marcado por los años, hundía la verga gruesa en el coño joven y apretado de su hija adulta. Ella tenía tetas medianas pero firmes que rebotaban con cada embestida brutal, pezones rosados endurecidos apuntando al techo mientras arqueaba la espalda y susurraba con voz entrecortada “papá, más fuerte, rómpeme”. El coño de la hija se abría visiblemente alrededor del tronco, labios menores estirados al máximo, el clítoris hinchado y rojo frotándose contra la base peluda con cada choque. El flujo brotaba en chorros pequeños y claros cada vez que él se retiraba, goteando por las bolas pesadas del padre y dejando la piel brillante y pegajosa. Él gruñía posesivo, las manos grandes apretando las nalgas redondas de ella, separándolas para hundirse más profundo, el ano fruncido contrayéndose con cada golpe.

Otro clip mostraba padre-hijo: penetraciones lentas y deliberadas en un culo firme y estrecho. El joven estaba de rodillas sobre la cama, el culo alzado como ofrenda, las nalgas separadas por manos fuertes que dejaban marcas rojas en la piel pálida. La verga del padre entraba despacio, centímetro a centímetro, el anillo muscular dilatándose alrededor del tronco grueso y venoso, lubricado por saliva y un chorro generoso de gel que chorreaba por el perineo y goteaba sobre las bolas del hijo. El joven gemía entrecortado, la verga propia dura y goteando líquido preseminal en hilos largos que caían sobre las sábanas, mientras el padre empujaba con lentitud tortuosa, la punta rozando puntos internos que lo hacían temblar entero. “Eres mío, hijo”, gruñía el padre con voz grave, una mano envolviendo la verga del joven para masturbarla al mismo ritmo de las embestidas, sacándole chorros de líquido preseminal que salpicaban el abdomen plano.

Daniel aceleró el movimiento de su mano, la palma resbalosa por el líquido preseminal que brotaba en pulsos calientes y abundantes, chorreando por el tronco y goteando sobre sus dedos en hilos viscosos que brillaban bajo la luz de la pantalla. La verga palpitaba con fuerza desbocada, la punta hinchada y roja, sensible al roce de su pulgar que trazaba círculos lentos alrededor del glande, extendiendo el fluido en una capa brillante que facilitaba cada pasada. El horror y el deseo chocaban en su interior como ondas superpuestas, haciendo que su respiración se entrecortara en jadeos roncos y cortos; imaginaba esos actos en su mundo original, donde serían normales o prohibidos de forma inversa, y el contraste lo excitaba aún más, el nudo en su estómago apretándose hasta doler mientras la verga temblaba al borde del orgasmo, bolas contraídas y pesadas listas para vaciarse.

Hasta que el sonido de la puerta principal lo detuvo en seco: Ana regresaba. El clic del cerrojo resonó como un disparo en el silencio cargado de la habitación, y Daniel congeló la mano alrededor de la base, la verga aún palpitando furiosamente contra su palma, líquido preseminal chorreando por los nudillos en riachuelos calientes que caían sobre sus muslos pálidos. El corazón le martilleaba en los oídos, el placer interrumpido colgando como una promesa dolorosa mientras los pasos de Ana subían por la escalera.

Ana regresó con una bolsa de papel en la mano, el aroma fresco de frutas maduras y hierbas recién cortadas invadiendo la habitación desde la cocina y mezclándose con el olor denso y animal que aún impregnaba el aire: sudor salado, vainilla de su jabón y el almizcle crudo de sexo prolongado que se adhería a las sábanas y a la piel de Daniel. Vestía un vestido ligero de algodón blanco que se adhería a sus curvas generosas como una segunda piel húmeda, la tela fina y casi transparente en los lugares donde el sudor la había pegado al cuerpo. El escote profundo dejaba ver el valle ancho y cálido entre sus tetas grandes y suaves, la carne abundante desbordando ligeramente por los lados con cada respiración profunda, los pezones oscuros y gruesos endurecidos marcándose contra la tela en relieves prominentes que se movían con el balanceo natural de su caminar, las areolas arrugadas visibles a través del algodón mojado como círculos oscuros que invitaban al tacto. La falda corta se ceñía a sus caderas anchas y al abdomen redondeado, subiéndose lo suficiente al moverse para revelar el inicio de los muslos gruesos, donde la piel interna brillaba con un leve sudor y un rastro sutil de flujo que se había escapado durante el día, dejando la tela ligeramente oscura y pegajosa en la entrepierna, el aroma almizclado de su excitación latente filtrándose hacia arriba con cada paso.

Sus ojos oscuros se posaron en Daniel con esa calidez posesiva habitual, pero se entrecerraron un instante al notar la pantalla aún abierta en la laptop —miniaturas de videos explícitos congeladas en frames obscenos: tetas pesadas rebotando, coños abiertos recibiendo vergas hasta la base— y el bulto evidente en sus boxers. La verga endurecida presionaba la tela fina y desgastada, el tronco venoso hinchado y palpitante delineándose con claridad bajo el algodón, la punta roja y sensible empujando la costura hasta formar un pico húmedo donde el líquido preseminal había brotado en gotas gruesas y calientes, empapando la tela en un círculo oscuro que se extendía lentamente hacia abajo, dejando rastros pegajosos que brillaban bajo la luz matutina y olían a deseo salado y urgente. El bulto temblaba ligeramente con cada latido, la verga atrapada y ansiosa rozando la tela interior con cada respiración agitada de Daniel, el calor irradiando desde su entrepierna como una promesa que no podía ocultar.

Se acercó con pasos deliberados, el movimiento de sus muslos gruesos rozándose audible en el silencio de la habitación, un susurro suave y constante de piel contra piel que delataba la humedad acumulada entre ellos, el calor irradiando desde su entrepierna como una promesa palpable. Posó la bolsa en el escritorio con un gesto lento que hizo que sus tetas se balancearan pesadas hacia adelante, la carne abundante temblando ligeramente bajo el vestido pegado al sudor, los pezones oscuros y gruesos endurecidos hasta el punto de doler, marcándose contra la tela fina como si intentaran atravesarla para buscar el contacto directo. Al inclinarse hacia él, sus tetas se desbordaron más en el escote, rozando ligeramente su brazo desnudo en un contacto eléctrico que le erizó cada vello del cuerpo, la piel cálida y suave presionando contra la suya con un peso delicioso, los pezones rozando la camiseta en chispas de placer que bajaron directo a su entrepierna.

Le dio un beso lento en los labios, la boca abriéndose para invadirlo con confianza suave pero posesiva, la lengua deslizándose profunda y húmeda, saboreando el aire cargado de su excitación —el sabor salado de su propio líquido preseminal aún en sus labios— mientras exploraba cada rincón de su boca con movimientos lentos y circulares que imitaban lo que su coño había hecho con su verga la noche anterior. Una mano bajó por su pecho huesudo hasta la cintura, los dedos trazando el contorno de la erección a través de la tela fina de los boxers, presionando con firmeza para sentir el tronco venoso hinchado y palpitante, la punta sensible empujando contra el algodón empapado donde el líquido preseminal seguía brotando en pulsos calientes y viscosos, extendiéndose en un charco pegajoso que humedecía sus nudillos.

—¿Ya estás listo para mí otra vez, mi amor? —susurró contra su boca, la voz ronca vibrando como una caricia audible, el aliento caliente rozando sus labios hinchados mientras apretaba con gentileza rítmica, sintiendo el pulso acelerado de la verga bajo su palma, cada latido enviando una gota más de líquido preseminal que chorreaba por sus dedos y goteaba sobre sus muslos—. Veo que has estado… explorando. Eso me pone el coño caliente, saber que piensas en mí mientras te tocas, que tu verga gotea por lo que has visto y por lo que yo te he dado.

Sus dedos se deslizaron bajo la cintura de los boxers, envolviendo directamente la base caliente y resbalosa, el pulgar rozando la punta hinchada para extender el líquido preseminal en círculos lentos y tortuosos, haciendo que Daniel jadeara contra su boca, las caderas empujando involuntariamente hacia su mano mientras el nudo de placer y confusión se apretaba más en su estómago. Ana gimió suavemente al sentirlo tan duro y goteante, su propio coño contrayéndose vacío bajo el vestido, el flujo caliente chorreando por la cara interna de sus muslos y dejando la piel brillante y pegajosa, el aroma almizclado subiendo entre ellos como una droga que los envolvía por completo.

Daniel jadeó, el cuerpo traicionero empujando contra su mano antes de que la razón lo obligara a apartarse ligeramente, las caderas moviéndose en un impulso involuntario que hizo que la verga se deslizara más dentro del agarre cálido de sus dedos, el tronco venoso palpitando con fuerza contra su palma mientras el líquido preseminal brotaba en chorros calientes y viscosos que empapaban aún más la tela y goteaban por sus nudillos en hilos pegajosos y brillantes. Las gafas se deslizaron por la nariz sudorosa, empañadas por el aliento agitado que escapaba entre sus labios entreabiertos, el rostro enrojecido hasta las orejas mientras intentaba recuperar el control, el pecho subiendo y bajando con respiraciones cortas y roncas.

Intentó cerrar la laptop con torpeza, los dedos temblorosos rozando el teclado sin precisión, pero Ana lo detuvo con una sonrisa juguetona y depredadora, su mano libre sujetando la tapa con gentileza firme mientras la otra seguía envolviendo la erección a través de la tela empapada, apretando con movimientos lentos y rítmicos que hacían que la punta hinchada empujara contra el algodón, el glande sensible rozando la costura húmeda en cada latido. Sus dedos se deslizaron un poco más abajo, masajeando las bolas pesadas y contraídas con la yema del pulgar, sintiendo cómo se tensaban bajo su toque, listas para vaciarse de nuevo.

—No seas tímido, esposo mío —dijo con tono cariñoso y firme, inclinándose más para que sus tetas presionaran contra su hombro, la carne suave y caliente desbordando el escote y aplastándose contra él con un peso delicioso, los pezones duros como piedrecitas rozando la camiseta en chispas de placer que bajaron directo a su entrepierna—. Mejor salgamos a distraernos un poco. Vamos al centro comercial; podemos comprar algo para la cena y… conectar en público. Te ayudará a aclarar esa cabeza tuya tan pensativa.

Su aliento caliente rozó la oreja de Daniel mientras hablaba, la lengua lamiendo apenas el lóbulo con un movimiento lento y húmedo que le erizó la piel del cuello entero. La mano que sostenía la verga apretó con más intención, el pulgar trazando círculos firmes alrededor de la punta a través de la tela, extendiendo el líquido preseminal en una capa resbalosa que facilitaba cada roce y hacía que Daniel jadeara más fuerte, las caderas empujando de nuevo contra su palma en un ritmo desesperado que no podía controlar. El coño de Ana, oculto bajo el vestido, palpitaba vacío y caliente, el flujo chorreando por la cara interna de sus muslos en riachuelos calientes que dejaban la piel brillante y pegajosa, el aroma almizclado subiendo entre ellos como una invitación silenciosa mientras ella se apartaba apenas lo suficiente para mirarlo a los ojos, los suyos oscuros brillando con hambre cruda y amor incondicional.

Asintió sin palabras, el deseo y la confusión mezclándose en un nudo que le apretaba el pecho como una mano invisible, caliente y posesiva, mientras el pulso acelerado en su entrepierna no cedía, la verga aún medio dura y sensible rozando la tela interior de los boxers con cada movimiento torpe. Se levantó del escritorio con las piernas temblorosas, el miembro balanceándose pesadamente entre los muslos pálidos, la punta hinchada y roja dejando un rastro fresco de líquido preseminal que goteaba por el tronco venoso y humedecía la tela en manchas irregulares y pegajosas. Se vistió a prisa: primero los jeans, la tela áspera rozando la erección sensible cuando la acomodó con mano temblorosa, el cierre subiendo con dificultad sobre el bulto que aún presionaba contra la bragueta, delineando el contorno grueso y curvado del tronco que no terminaba de ablandarse. La camiseta se pegó al torso delgado y sudoroso, el algodón absorbiendo el sudor que perlaba su piel pálida desde el cuello hasta el abdomen, donde los músculos apenas esbozados se contraían con cada respiración agitada.

Bajaron al auto, un vehículo sencillo estacionado en la cochera sombreada, el aire todavía cargado del calor residual de la casa y del olor almizclado que los acompañaba como una sombra invisible. Ana caminaba delante con esa gracia pesada y sensual que tenían sus curvas abundantes: las caderas anchas balanceándose en un ritmo lento y deliberado, el culo carnoso moviéndose en ondas suaves bajo el vestido que se adhería a la piel húmeda, los pliegues de la tela marcando la separación profunda entre las nalgas cada vez que daba un paso. Daniel la seguía de cerca, los ojos traicioneros desviándose una y otra vez hacia el contorno de sus muslos gruesos, rozándose con un susurro constante, el brillo sutil de sudor y flujo que se escapaba entre ellos, dejando la piel interna reluciente bajo la luz tenue de la cochera.

Ana se sentó al volante con gracia pesada, el asiento crujiendo bajo su peso generoso mientras separaba ligeramente los muslos para ajustar la posición. El vestido se subió un poco más por los costados, revelando la carne suave y ligeramente celulítica de la cara interna de los muslos, donde un rastro brillante de excitación chorreaba despacio desde su coño depilado, los labios mayores hinchados y rosados asomando apenas bajo el borde de la tela, reluciendo con flujo viscoso que captaba la luz y dejaba la piel pegajosa y caliente. El aroma almizclado de su deseo subió de inmediato al habitáculo cerrado, dulce y animal, mezclándose con el olor a cuero viejo del auto y el sudor salado que aún perlaba la piel de ambos. Ana giró la llave con un movimiento lento, el motor ronroneando a la vida mientras sus tetas se balanceaban ligeramente con el gesto, los pezones endurecidos presionando contra el escote como si buscaran escapar del vestido para rozar el aire fresco.

Daniel se sentó a su lado, el asiento de vinilo pegándose a sus muslos pálidos y sudorosos, la verga medio dura aún presionando incómodamente contra los jeans, el bulto marcado y caliente rozando la costura interior con cada pequeño movimiento del auto. Cuando Ana pisó el acelerador, el vehículo salió de la cochera hacia la luz del sol, y el calor del día se coló por las ventanillas entreabiertas, intensificando el aroma compartido de sus cuerpos excitados mientras el nudo en el pecho de Daniel se apretaba más, mezcla de pánico y hambre que lo hacía jadear en silencio.

Durante el trayecto por las calles soleadas, con el asfalto reluciendo bajo el calor abrasador del mediodía que hacía que el aire vibrara en ondas visibles y escenas fugaces de parejas en banquetas —madres voluptuosas con manos de hijos hundidas profundo en sus culos amplios y carnosos, dedos separando la carne suave para rozar el ano fruncido mientras embestían sutilmente en público, besos profundos y húmedos que dejaban saliva brillante chorreando por labios hinchados y cuellos expuestos, tetas pesadas presionadas contra pechos delgados en roces que endurecían pezones visibles bajo telas finas—, Daniel decidió romper el silencio cómodo que ella mantenía con una mano en su rodilla, dedos acariciando la piel pálida con ternura distraída pero insistente, trazando círculos lentos que subían por el muslo interno y rozaban el borde de los jeans donde la verga aún medio dura palpitaba, líquido preseminal brotando en pulsos calientes que empapaban la tela interior y dejaban un aroma salado y almizclado subiendo desde su entrepierna.

—Mamá… Ana —corrigió, la voz quebrada por la incertidumbre, el pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas que no lograban disipar el calor que le subía por el abdomen—. ¿Y mi hermana? ¿Dónde está? ¿Y papá? No… no lo recuerdo bien.

Ana ladeó la cabeza un segundo, la expresión serena teñida de sorpresa genuina, sus ojos oscuros reflejando el tráfico en el espejo retrovisor mientras aceleraba suavemente, el movimiento haciendo que sus tetas se balancearan pesadas bajo el vestido, los pezones endurecidos rozando la tela con cada vibración del auto y enviando chispas de placer que bajaban directo a su coño, donde el flujo viscoso chorreaba por los labios hinchados y dejaba los muslos internos resbalosos y calientes.

—¿No recuerdas lo de hace un año, mi vida? —preguntó con voz suave y preocupada, la mano subiendo un poco por su muslo, los dedos rozando el borde de los jeans donde aún se notaba el bulto residual de la verga endurecida, el pulso caliente latiendo contra su palma mientras un chorro sutil de líquido preseminal empapaba más la tela—. Gabriela, tu hermana… ella inició un noviazgo con su hijo Luis justo en el cumpleaños de él. Luis acababa de cumplir dieciocho, y en la fiesta familiar se le acercó con esa confianza que siempre ha tenido, la besó profundo en la boca delante de todos, declarando que era su mujer desde siempre. Desde entonces viven juntos como pareja exclusiva. Debo admitir que pensé que Luis decidiría emparejarse con alguna otra mujer, en especial desde que lo descubrimos masturbándose con mi ropa interior en aquella ocasión, ¿recuerdas?

Daniel sintió un calor abrasador subirle por el cuello, extendiéndose como fuego líquido por su pecho y bajando directo a la entrepierna, imaginando sin querer a su hermana con esos senos pesados temblando al ritmo de embestidas profundas y rítmicas de su propio sobrino, el coño de ella envolviendo una verga joven con la misma devoción que Ana mostraba: paredes internas contrayéndose en pulsos calientes y viscosos, ordeñando el tronco venoso hasta que chorros espesos de semen caliente la llenaban hasta desbordar, goteando por los labios hinchados en riachuelos blancos y pegajosos que brillaban sobre la piel blanca de sus muslos. Tragó saliva con dificultad, la garganta seca y apretada mientras la verga palpitaba de nuevo contra los jeans, el tronco hinchado empujando la tela áspera con latidos dolorosos, líquido preseminal brotando en gotas calientes que empapaban la bragueta y dejaban un rastro resbaloso por el interior de los muslos, el aroma salado de su excitación subiendo en el aire confinado del auto. Abrió la boca para insistir en el padre, el aliento entrecortado rozando sus labios secos.

—¿Y pa…?

Pero Ana interrumpió con una sonrisa radiante, señalando el edificio grande y vidriado que aparecía al final de la avenida, sus tetas elevándose con la emoción, los pezones endurecidos rozando la tela del vestido en chispas visibles que bajaban directo a su coño palpitante.

—Llegamos, esposo mío. Vamos a disfrutar.

El centro comercial se alzaba ante ellos como un templo moderno de luz y vidrio, las puertas automáticas abriéndose con un susurro fresco que contrastaba con el calor abrasador del exterior, liberando una ráfaga de aire acondicionado que les erizó la piel sudorosa. El aire los envolvió de inmediato, cargado de un aroma sutil a perfume caro y dulzón, comida rápida grasienta y algo más primitivo e invasivo: el olor almizclado de cuerpos calientes y excitados que flotaba entre la multitud, un mélange de sudor femenino salado, flujo viscoso evaporándose de entrepiernas húmedas y el toque salino de líquido preseminal que se escapaba de vergas endurecidas en roces públicos. Daniel caminaba al lado de Ana, su mano grande y cálida envolviendo la de él con posesión natural, los dedos entrelazados en un agarre que transmitía el pulso acelerado de su excitación compartida, mientras sus ojos se abrían más y más ante el espectáculo que se desplegaba sin pudor: mujeres maduras con tetas pesadas desbordando escotes, pezones endurecidos marcándose contra telas finas como invitaciones silenciosas, culos amplios temblando con cada paso mientras hijos jóvenes hundían manos posesivas entre muslos gruesos, rozando coños relucientes de flujo que dejaban huellas húmedas en las faldas subidas.

En el pasillo central, una madre de curvas abundantes caminaba tomada de la mano de su hijo joven; él tenía la otra mano hundida bajo la falda de ella, los dedos moviéndose con lentitud deliberada entre los muslos gruesos y suaves, hundiéndose en la carne blanda para rozar los labios mayores hinchados del coño depilado, donde el flujo caliente y viscoso chorreaba por sus yemas y goteaba en hilos transparentes por la piel interna, haciendo que la tela se arrugara ligeramente con cada roce y dejara un rastro brillante que captaba la luz fluorescente del techo. Ella reía en voz baja, un sonido ronco y satisfecho que vibraba en su pecho, inclinándose para besarlo con lengua profunda, los labios carnosos y húmedos chocando en un sonido suave y obsceno que se perdía entre el bullicio, saliva mezclada chorreando por las barbillas mientras sus tetas pesadas se presionaban contra el torso del hijo, pezones erectos y arrugados rozando la camiseta en chispas de placer que bajaban directo a su entrepierna. Un poco más adelante, otra pareja —madre e hija esta vez— se había detenido junto a una vitrina reluciente; la madre, una mujer madura de tetas pesadas que desbordaban el escote ajustado, tenía a su hija adulta presionada contra el vidrio frío, lamiéndole el cuello con lengua plana y caliente que trazaba líneas húmedas por la piel sensible, dejando rastros de saliva que brillaban bajo la luz mientras una mano se deslizaba bajo la falda corta de la joven, dedos desapareciendo entre las piernas separadas para hundirse en el coño resbaloso, los labios internos envolviéndolos en calor viscoso y contrayéndose en pulsos involuntarios, el clítoris hinchado palpitando contra la palma experta. La hija arqueaba la espalda con un temblor visible, los ojos cerrados en placer contenido, un gemido suave escapando de sus labios entreabiertos mientras sus propias tetas se endurecían bajo la blusa, pezones rosados marcándose contra la tela fina como piedrecitas duras que buscaban roce, y un chorro sutil de flujo caliente chorreando por los dedos de la madre hasta gotear por sus muslos temblorosos. Nadie intervenía; algunos transeúntes miraban con curiosidad o sonrisas cómplices, pero la escena se mantenía en un límite aceptado, un tabú tolerado que no llegaba al extremo de la unión madre-hijo, aunque el aire alrededor vibraba con el aroma almizclado de excitación colectiva, sudores femeninos mezclados con el toque salino de vergas endurecidas presionando pantalones, fluidos escapando en rastros pegajosos que dejaban el ambiente cargado de una promesa cruda y palpable.

Daniel sintió el calor subirle por el cuello como una oleada abrasadora que bajaba directo a la entrepierna, la verga endureciéndose de nuevo en los jeans con cada paso, el tronco venoso hinchándose contra la tela áspera hasta presionar incómodamente la bragueta, un pulso sutil de líquido preseminal brotando en la punta y empapando la tela interior en un rastro cálido y pegajoso. Ana lo notó; su pulgar rozó el dorso de su mano en un gesto tranquilizador pero cargado de intención, los dedos presionando la piel pálida con calidez que se extendía como fuego lento por su brazo. Sus ojos brillaban con diversión depredadora, oscuros y profundos, reflejando el deseo crudo que hacía palpitar su propio coño bajo el vestido.

—Relájate, mi amor —murmuró, acercando los labios a su oreja, el aliento caliente rozando la piel sensible—. Esto es lo normal. Mira cómo se aman.

En una esquina sombreada, un padre maduro tenía a su hija adulta presionada contra la pared fría: las manos grandes y ásperas apretaban las nalgas firmes y redondas de ella por encima de los shorts ajustados, los dedos hundiéndose profundo en la carne suave y cálida, separándola ligeramente para sentir el calor irradiando desde el coño depilado que palpitaba bajo la tela delgada, un flujo sutil chorreando por los labios hinchados y empapando el interior de los muslos en riachuelos viscosos que dejaban la piel brillante y pegajosa. Se besaban con avidez, lenguas visibles entrelazadas en un baile húmedo y posesivo, saliva espesa chorreando por las barbillas y goteando sobre el escote de la hija, donde sus tetas medianas se endurecían bajo la blusa, pezones rosados marcándose contra la tela como piedrecitas duras que buscaban roce adicional. La hija respondía empujando las caderas contra él, un roce sutil pero insistente que hacía que el bulto en los pantalones del padre se marcara más, la verga gruesa y venosa hinchándose contra la tela áspera, líquido preseminal brotando en pulsos calientes que empapaban la bragueta en un círculo oscuro y caliente, el aroma salado subiendo entre ellos mientras ella frotaba su clítoris hinchado contra la dureza, el coño contrayéndose vacío en espasmos involuntarios que intensificaban el deseo. La escena era discreta, semioculta por una columna, pero no invisible; una pareja cercana miró de reojo con leve desaprobación antes de seguir su camino, aunque el aire alrededor vibraba con el olor almizclado de su excitación compartida, sudores mezclados y fluidos escapando en rastros pegajosos que dejaban un rastro sutil en el piso.

Ana lo guio hacia una tienda de lencería, el escaparate lleno de conjuntos translúcidos y encajes diseñados para resaltar cuerpos maduros: sostenes de malla fina que dejaban los pezones oscuros y gruesos completamente expuestos al aire, tangas diminutas que se hundían profundo entre nalgas amplias y carnosas, dejando la carne suave desbordar por los lados en pliegues tentadores, babydolls con aberturas estratégicas en el abdomen y entre los muslos para que el coño depilado quedara accesible con un simple movimiento de cadera. La luz cálida de los focos interiores hacía brillar los tejidos sedosos y los detalles de encaje, proyectando sombras suaves sobre maniquíes con curvas exageradas que imitaban tetas pesadas y culos redondos, todos expuestos como ofrendas cotidianas.

Entraron sin dudar; la dependienta, una mujer de unos cuarenta con curvas generosas y tetas que desbordaban su propio uniforme ajustado, sonrió al reconocer a Ana y los saludó con familiaridad cálida, sus ojos recorriendo el cuerpo de Daniel con una complicidad que no disimulaba.

—Me probaré esto —dijo Ana, tomando un conjunto negro de encaje que apenas contendría sus tetas, la tela fina y casi transparente estirándose ya en sus dedos mientras imaginaba cómo se pegaría a su piel sudorosa—. Quiero verte mirarme.

Sus ojos se clavaron en los de él con esa intensidad posesiva, la voz ronca bajando un tono mientras sostenía el conjunto contra su pecho, dejando que el encaje rozara los pezones endurecidos a través del vestido, un roce que hizo que se marcaran aún más contra la tela húmeda, arrugados y prominentes como si suplicaran atención directa. El aroma de su excitación subió sutil pero inconfundible, almizclado y dulce, mezclándose con el perfume floral de la tienda y el olor residual de sus fluidos que aún perduraba en su piel desde el auto. Ana se giró ligeramente hacia el probador, el culo carnoso moviéndose en ondas hipnóticas bajo la falda, las nalgas separadas apenas lo suficiente para insinuar el pliegue profundo donde el flujo caliente había dejado la tela pegada a la piel interna de los muslos, brillante y resbalosa bajo la luz tenue.

Se metió en el probador amplio, dejando la cortina entreabierta lo suficiente para que Daniel pudiera ver cada detalle sin esfuerzo, la tela pesada colgando en pliegues que filtraban la luz tenue y creaban sombras suaves sobre su piel. Se quitó el vestido con lentitud deliberada, los dedos deslizándose por los tirantes para bajarlos uno a uno, la tela fina y húmeda pegándose a su cuerpo sudoroso antes de separarse con un sonido suave y pegajoso, como si resistiera dejarla ir. El vestido cayó al suelo en un susurro arrugado, acumulándose alrededor de sus tobillos en un charco blanco que contrastaba con la piel ligeramente bronceada de sus piernas. Quedó desnuda salvo por las bragas que ya estaban húmedas en la entrepierna, la tela oscura y translúcida adherida a los labios mayores hinchados, el contorno del coño depilado dibujado con precisión bajo el algodón empapado: los labios externos gruesos y rosados presionando contra la tela, separados ligeramente por la excitación, el clítoris hinchado asomando como un botón rojo y sensible que palpitaba visiblemente con cada respiración profunda. Un hilo viscoso de flujo se escapaba por el borde de las bragas, chorreando despacio por la cara interna de los muslos gruesos en riachuelos brillantes que captaban la luz y dejaban la piel reluciente y pegajosa, el aroma almizclado subiendo en oleadas cálidas desde su entrepierna abierta.

Se puso el conjunto con movimientos pausados y calculados, primero el sostén de encaje negro que apenas contenía sus tetas enormes: la tela se estiró al límite cuando la ajustó por detrás, los pezones oscuros y gruesos empujando contra los agujeros del encaje como si quisieran escapar, arrugados y erectos hasta el punto de doler, las areolas anchas y texturadas visibles a través de los huecos finos, brillando con un leve sudor que hacía que el encaje se pegara a la piel húmeda. Las tetas se desbordaron por los lados del sostén, la carne suave temblando con cada ajuste, pezones rozando la tela áspera en chispas de placer que bajaban directo a su coño, donde el flujo aumentaba y empapaba más las bragas. Luego la tanga: la deslizó despacio por las caderas anchas, la tela fina hundiéndose entre los pliegues suaves de su coño, los labios mayores hinchados presionando contra el encaje negro hasta que la tela se volvió casi transparente por la humedad, delineando cada curva del monte depilado, el clítoris prominente frotándose contra el hilo central con cada movimiento y enviando temblores sutiles por sus muslos. El encaje se pegó a los labios resbalosos, absorbiendo el flujo caliente que chorreaba en pulsos lentos, dejando la tela oscura y brillante, el aroma de su excitación intensificándose hasta llenar el probador estrecho como una niebla densa y dulce.

Salió del probador girando despacio frente a Daniel, el conjunto negro contrastando con su piel cálida, las tetas pesadas balanceándose libres dentro del encaje estirado, pezones oscuros y gruesos asomando por los huecos como invitaciones crudas, el abdomen redondeado subiendo y bajando con respiraciones agitadas que hacían temblar toda la carne abundante. La tanga se hundía profundo entre las nalgas carnosas, separando los pliegues suaves del culo y dejando la carne desbordar por los lados en ondas hipnóticas con cada paso, mientras entre los muslos el encaje relucía empapado, los labios mayores hinchados y separados presionando contra la tela, un chorro sutil de flujo escapando por el borde y goteando por la cara interna de los muslos en riachuelos calientes que brillaban bajo la luz tenue del probador. Ana se detuvo frente a él, las caderas ligeramente ladeadas para que viera el perfil completo, el coño palpitando visiblemente bajo el encaje, el clítoris hinchado frotándose contra la tela con cada respiración, y sus ojos oscuros clavados en los de Daniel con una mezcla de ternura maternal y hambre animal que lo dejó sin aliento.

Salió del probador girando despacio, el culo carnoso moviéndose en ondas hipnóticas que recorrían la carne abundante desde la base hasta la parte superior, las nalgas separadas ligeramente por la postura y dejando entrever el pliegue profundo donde la tanga negra se hundía como un hilo oscuro, el encaje pegado a la piel sudorosa y brillante de sudor y flujo que chorreaba despacio por la cara interna de los muslos gruesos, dejando riachuelos viscosos que brillaban bajo la luz tenue del probador y goteaban hasta el suelo en gotas calientes y transparentes. El conjunto negro se adhería a su cuerpo como una segunda piel húmeda, el sostén de encaje estirado al límite alrededor de las tetas enormes, los pezones oscuros y gruesos asomando por los huecos del tejido en relieves prominentes y arrugados, endurecidos hasta el punto de doler, las areolas anchas y texturadas visibles a través de los agujeros finos, brillando con un leve sudor que hacía que el encaje se pegara y rozara cada vez que respiraba, enviando chispas de placer directo a su coño palpitante.

Se acercó a Daniel hasta que sus tetas rozaron su pecho a través de la camiseta, la carne suave y caliente desbordando el encaje y aplastándose contra él con un peso delicioso y pesado, los pezones duros como piedrecitas rozando la tela de su camiseta en círculos lentos y tortuosos que endurecían aún más su propia verga atrapada en los jeans. El calor de su piel irradiaba como una promesa viva, el aroma almizclado de su excitación subiendo en oleadas densas desde entre sus muslos, dulce y animal, mezclándose con el olor salado de su propio líquido preseminal que empapaba la bragueta de Daniel.

—Tócame —susurró, guiando su mano hacia uno de los pezones erectos, la voz ronca y grave vibrando contra su oído mientras colocaba los dedos de él sobre el relieve duro y arrugado—. Dime si te gusta cómo me queda.

Daniel deslizó los dedos por el encaje áspero, pellizcando el pezón con suavidad al principio, sintiendo cómo se endurecía aún más bajo su toque, la areola contrayéndose en arrugas más pronunciadas mientras tiraba ligeramente, el pezón alargándose entre sus dedos como si suplicara más presión. Lo apretó con más firmeza, girándolo despacio entre pulgar e índice, el gemido suave de Ana escapando de su garganta como un ronroneo profundo que vibró en su pecho y bajó directo a la verga de él, que palpitó con fuerza contra los jeans, líquido preseminal brotando en chorros calientes que empapaban más la tela y goteaban por el interior de sus muslos pálidos. Bajó la mano por el abdomen redondeado, rozando la piel suave y ligeramente sudorosa que temblaba bajo sus dedos, hasta llegar al borde de la tanga donde el encaje se hundía entre los pliegues hinchados del coño. Los dedos se deslizaron bajo la tela fina y empapada, encontrando los labios resbalosos y separados, calientes y viscosos por el flujo abundante que chorreaba en pulsos lentos, el clítoris hinchado y rojo palpitando contra su yema como un corazón vivo y ansioso. Ana gimió suavemente, arqueando la espalda para presionar más contra su palma, el coño contrayéndose en espasmos involuntarios que succionaban sus dedos hacia adentro, el flujo caliente chorreando por su mano en riachuelos pegajosos que goteaban por su muñeca y caían al suelo en gotas brillantes.

—Vamos al cine —dijo con voz ronca y entrecortada, retirando su mano con lentitud tortuosa para no terminar allí mismo, los dedos brillando de flujo viscoso que ella llevó a sus labios para saborearlo con la lengua plana, un gemido bajo escapando mientras lamía cada gota—. Hay una película que nos va a gustar.

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