Aunque terminé la llamada, mi verga seguía dura como una barra de hierro.
No se bajó ni un poco. Seguía palpitando, gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum mezclado con los restos de mi corrida anterior. Me había limpiado el semen del abdomen, pero el deseo no se iba. Al contrario: tenía las bolas llenas otra vez, pesadas, y solo podía pensar en meterla en un agujero caliente y apretado. La imagen de Noralba abriéndose el coño y el culo en la videollamada me tenía enfermo de lujuria.
Escuché la llave en la puerta.
—Héctor, ya llegué. Ayúdame con las bolsas, amor —dijo Alejandra entrando con varias en las manos.
Venía sudada del supermercado, con esos leggings grises que se le marcaban perfectamente en el culo y una blusa suelta. Apenas la vi, mi verga dio un brinco dentro del bóxer. Sin decir una palabra, caminé directo hacia ella.
La agarré por la cintura desde atrás y la empujé contra la mesa de la cocina. Las bolsas cayeron al suelo.
—Héctor, ¿qué te pasa? —rió nerviosa, pero sintió al instante mi verga dura clavándose entre sus nalgas—. ¡Dios mío… estás como piedra!
—shhh —le gruñí al oído, mordiéndole el lóbulo—. Hoy no vine a hablar. Vine a cogerte como más te gusta.
Le bajé los leggings y la braga de un tirón violento hasta las rodillas. Su coño quedó expuesto: rosado, depilado, con los labios ya un poco hinchados. Le metí dos dedos sin aviso y los moví rápido, sintiendo cómo se mojaba al instante.
—Estás empapada, Bebé ¿Ya tenías ganas o es que sientes que tu marido está a punto de reventarte?
Alejandra gimió y se arqueó, empujando el culo hacia atrás.
Saqué los dedos, los limpié en su cara y me bajé el bóxer. Mi verga saltó libre, gruesa y pesada. La froté entre sus nalgas, untándola con sus propios jugos.
—Hoy te voy a romper todos los agujeros, Ale. Y mientras te follo, quiero que sepas que acabo de jalarme la verga.
Ella se tensó, pero su coño chorreó más.
—¿En quien pensabas mientras te la jalabas? —jadeó, aunque su voz sonaba más excitada que celosa.
—Eso no importa. Y ahora te voy a coger a ti imaginando que es ella.
Empujé mi verga de un solo golpe hasta el fondo de su coño. Alejandra soltó un grito ahogado y se agarró fuerte de la mesa.
—¡Carajo! ¡Qué gruesa la tienes hoy! Me estás partiendo…
Empecé a follarla con fuerza, embestidas largas y profundas que hacían que sus nalgas rebotaran contra mis caderas. El sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo llenaba toda la cocina.
—Así, Bebé… aprieta ese coño. ¿Sientes cómo te abre? Esto es lo que le voy a hacer a la otra cuando la tenga delante. Le voy a meter toda esta verga hasta que grite.
Alejandra gemía cada vez más fuerte.
—Más duro… métemela más duro, Héctor… ¡Ay, Dios! ¡Me estás destrozando el coño!
Le agarré las tetas por debajo de la blusa, pellizcándole los pezones con fuerza mientras la taladraba sin piedad. Saqué la verga de golpe, brillante de sus jugos, y la giré de cara a mí.
—De rodillas. Ahora.
Alejandra se arrodilló rápido, con los leggings todavía en las rodillas. Me miró desde abajo con los ojos vidriosos de deseo.
—¿Quieres que te la chupe?
—Quiero que me la tragues entera, como mi putita hambrienta que eres.
Le metí la verga hasta la garganta de un empujón. Ella tosió, se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no se apartó. Empecé a follarle la boca con golpes cortos y profundos, agarrándole la cabeza con las dos manos.
—Trágatela toda, Bebé… hasta las bolas. Eso es.... Imaginaba la boca a Noralba mientras su hermana me lame las bolas. Porque esa puta me dijo que su hermana también está caliente y quiere verga.
Alejandra gimió alrededor de mi verga, vibrando en mi glande. El sonido baboso era obsceno.
Saqué la verga de su boca, llena de saliva espesa que le colgaba de los labios.
—Date la vuelta. Quiero tu culo.
—Héctor… está muy grande hoy… me va a doler —suplicó, pero ya se estaba poniendo en cuatro sobre el piso de la cocina, abriéndose las nalgas con las manos.
Escupí grueso directo en su agujero del culo y metí dos dedos primero, abriéndola. Luego puse la cabeza de mi verga y empujé despacio pero sin detenerme.
—Relájate, Bebé… déjame entrar. Este culo es mío también.
Centímetro a centímetro fui abriéndola. Cuando estuve completamente enterrado hasta las bolas dentro de su culo, Alejandra soltó un gemido largo y tembloroso.
—Está muy adentro… me estás rompiendo el culito… ¡Ahhh!
Empecé a moverme más rápido, follándola con fuerza. Mis bolas golpeaban contra su coño chorreante. Le metí la mano por debajo y le froté el clítoris con fuerza mientras la sodomizaba.
—¿Te gusta que te dé por el culo? Dilo.
—Sí… me gusta… soy tu puta… córrete dentro de mi culo… lléname de leche caliente, Héctor… ¡Quiero sentir cómo me llenas!
No aguanté más. Sentí cómo las bolas se contraían y empecé a correrme con fuerza. Chorros gruesos y calientes le inundaron el interior del culo. Seguí empujando mientras me vaciaba, exprimiendo hasta la última gota dentro de ella.
Cuando terminé, saqué la verga despacio. Su agujero quedó abierto, rojo, y un hilo espeso de semen blanco empezó a chorrear y bajar por sus muslos.
Alejandra se quedó jadeando en el piso, temblando, con el culo todavía levantado.
Me limpié la verga en su nalga y le dije con voz calmada pero firme:
—Levántate y vamos a nuestra cama, quiero seguir cogiendo, hasta que se me quiten están ganas de venirme.
Ella giró la cabeza, todavía respirando agitada.
—!Claro que si!, ?Quieres que le llame a Erika o a alguien?
Sonreí.
—No, hoy quiero concentrarme en ti y quiero probar algo nuevo.
Alejandra se mordió el labio, todavía con mi semen saliendo de su culo.
—Eres un hijo de puta… —susurró, pero en sus ojos había mucha excitación.
—Lo sé. Y por eso te encanta.
Me fui al baño, ya pensando en el mensaje que le iba a mandar a Noralba:
“Prepárate, Nora. Y dile a tu hermana que se ponga algo fácil de quitar. Porque pienso follarmelas a las dos hasta que no puedan caminar. Quiero verlas de rodillas compartiendo mi verga, quiero correrme en sus tetas y después abrirles el culo a las dos. ¿Estás lista para eso, puta?”
Mi verga volvió a endurecerse solo de pensarlo.
Después de la ducha rápida, salí del baño todavía con el cuerpo caliente y la verga medio dura colgando pesada entre las piernas. Alejandra ya estaba en el dormitorio, desnuda sobre la cama, con las piernas ligeramente abiertas y una mano entre los muslos, tocándose despacio mientras me miraba con ojos vidriosos. El semen que le había dejado en el culo todavía le brillaba en los muslos, un rastro blanco y espeso que bajaba lento hacia las sábanas.
—Ven aquí —me dijo con voz ronca, mordiéndose el labio inferior—. No has terminado conmigo todavía, ¿verdad?
Sonreí de lado y me acerqué. Agarré el celular de la mesita de noche, lo puse en modo avión para que nada interrumpiera y activé la cámara. Lo apoyé contra la lámpara de la mesita, ajustando el ángulo para que grabara toda la cama: nuestras caras, los cuerpos, todo sin piedad.
—¿Qué haces? —preguntó ella, pero su voz temblaba de excitación, no de miedo.
—Quiero grabarnos. Quiero verte después. Quiero verte cómo te abres para mí, cómo te corres gritando mi nombre. Y quiero que tú también lo veas cuando estés sola y se lo muestres a Erika y a Raquel, a quíen tú quieras, y te toques pensando en esto.
Ella se mordió el labio más fuerte y abrió las piernas del todo, exponiendo su coño todavía hinchado y rojo de lo que le había hecho en la cocina. Los labios mayores estaban abiertos, el clítoris asomando grueso y brillante.
—Grábame entonces… grábame como la puta que soy para ti.
No se bajó ni un poco. Seguía palpitando, gruesa, venosa, con la cabeza hinchada y brillante de precum mezclado con los restos de mi corrida anterior. Me había limpiado el semen del abdomen, pero el deseo no se iba. Al contrario: tenía las bolas llenas otra vez, pesadas, y solo podía pensar en meterla en un agujero caliente y apretado. La imagen de Noralba abriéndose el coño y el culo en la videollamada me tenía enfermo de lujuria.
Escuché la llave en la puerta.
—Héctor, ya llegué. Ayúdame con las bolsas, amor —dijo Alejandra entrando con varias en las manos.
Venía sudada del supermercado, con esos leggings grises que se le marcaban perfectamente en el culo y una blusa suelta. Apenas la vi, mi verga dio un brinco dentro del bóxer. Sin decir una palabra, caminé directo hacia ella.
La agarré por la cintura desde atrás y la empujé contra la mesa de la cocina. Las bolsas cayeron al suelo.
—Héctor, ¿qué te pasa? —rió nerviosa, pero sintió al instante mi verga dura clavándose entre sus nalgas—. ¡Dios mío… estás como piedra!
—shhh —le gruñí al oído, mordiéndole el lóbulo—. Hoy no vine a hablar. Vine a cogerte como más te gusta.
Le bajé los leggings y la braga de un tirón violento hasta las rodillas. Su coño quedó expuesto: rosado, depilado, con los labios ya un poco hinchados. Le metí dos dedos sin aviso y los moví rápido, sintiendo cómo se mojaba al instante.
—Estás empapada, Bebé ¿Ya tenías ganas o es que sientes que tu marido está a punto de reventarte?
Alejandra gimió y se arqueó, empujando el culo hacia atrás.
Saqué los dedos, los limpié en su cara y me bajé el bóxer. Mi verga saltó libre, gruesa y pesada. La froté entre sus nalgas, untándola con sus propios jugos.
—Hoy te voy a romper todos los agujeros, Ale. Y mientras te follo, quiero que sepas que acabo de jalarme la verga.
Ella se tensó, pero su coño chorreó más.
—¿En quien pensabas mientras te la jalabas? —jadeó, aunque su voz sonaba más excitada que celosa.
—Eso no importa. Y ahora te voy a coger a ti imaginando que es ella.
Empujé mi verga de un solo golpe hasta el fondo de su coño. Alejandra soltó un grito ahogado y se agarró fuerte de la mesa.
—¡Carajo! ¡Qué gruesa la tienes hoy! Me estás partiendo…
Empecé a follarla con fuerza, embestidas largas y profundas que hacían que sus nalgas rebotaran contra mis caderas. El sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo llenaba toda la cocina.
—Así, Bebé… aprieta ese coño. ¿Sientes cómo te abre? Esto es lo que le voy a hacer a la otra cuando la tenga delante. Le voy a meter toda esta verga hasta que grite.
Alejandra gemía cada vez más fuerte.
—Más duro… métemela más duro, Héctor… ¡Ay, Dios! ¡Me estás destrozando el coño!
Le agarré las tetas por debajo de la blusa, pellizcándole los pezones con fuerza mientras la taladraba sin piedad. Saqué la verga de golpe, brillante de sus jugos, y la giré de cara a mí.
—De rodillas. Ahora.
Alejandra se arrodilló rápido, con los leggings todavía en las rodillas. Me miró desde abajo con los ojos vidriosos de deseo.
—¿Quieres que te la chupe?
—Quiero que me la tragues entera, como mi putita hambrienta que eres.
Le metí la verga hasta la garganta de un empujón. Ella tosió, se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no se apartó. Empecé a follarle la boca con golpes cortos y profundos, agarrándole la cabeza con las dos manos.
—Trágatela toda, Bebé… hasta las bolas. Eso es.... Imaginaba la boca a Noralba mientras su hermana me lame las bolas. Porque esa puta me dijo que su hermana también está caliente y quiere verga.
Alejandra gimió alrededor de mi verga, vibrando en mi glande. El sonido baboso era obsceno.
Saqué la verga de su boca, llena de saliva espesa que le colgaba de los labios.
—Date la vuelta. Quiero tu culo.
—Héctor… está muy grande hoy… me va a doler —suplicó, pero ya se estaba poniendo en cuatro sobre el piso de la cocina, abriéndose las nalgas con las manos.
Escupí grueso directo en su agujero del culo y metí dos dedos primero, abriéndola. Luego puse la cabeza de mi verga y empujé despacio pero sin detenerme.
—Relájate, Bebé… déjame entrar. Este culo es mío también.
Centímetro a centímetro fui abriéndola. Cuando estuve completamente enterrado hasta las bolas dentro de su culo, Alejandra soltó un gemido largo y tembloroso.
—Está muy adentro… me estás rompiendo el culito… ¡Ahhh!
Empecé a moverme más rápido, follándola con fuerza. Mis bolas golpeaban contra su coño chorreante. Le metí la mano por debajo y le froté el clítoris con fuerza mientras la sodomizaba.
—¿Te gusta que te dé por el culo? Dilo.
—Sí… me gusta… soy tu puta… córrete dentro de mi culo… lléname de leche caliente, Héctor… ¡Quiero sentir cómo me llenas!
No aguanté más. Sentí cómo las bolas se contraían y empecé a correrme con fuerza. Chorros gruesos y calientes le inundaron el interior del culo. Seguí empujando mientras me vaciaba, exprimiendo hasta la última gota dentro de ella.
Cuando terminé, saqué la verga despacio. Su agujero quedó abierto, rojo, y un hilo espeso de semen blanco empezó a chorrear y bajar por sus muslos.
Alejandra se quedó jadeando en el piso, temblando, con el culo todavía levantado.
Me limpié la verga en su nalga y le dije con voz calmada pero firme:
—Levántate y vamos a nuestra cama, quiero seguir cogiendo, hasta que se me quiten están ganas de venirme.
Ella giró la cabeza, todavía respirando agitada.
—!Claro que si!, ?Quieres que le llame a Erika o a alguien?
Sonreí.
—No, hoy quiero concentrarme en ti y quiero probar algo nuevo.
Alejandra se mordió el labio, todavía con mi semen saliendo de su culo.
—Eres un hijo de puta… —susurró, pero en sus ojos había mucha excitación.
—Lo sé. Y por eso te encanta.
Me fui al baño, ya pensando en el mensaje que le iba a mandar a Noralba:
“Prepárate, Nora. Y dile a tu hermana que se ponga algo fácil de quitar. Porque pienso follarmelas a las dos hasta que no puedan caminar. Quiero verlas de rodillas compartiendo mi verga, quiero correrme en sus tetas y después abrirles el culo a las dos. ¿Estás lista para eso, puta?”
Mi verga volvió a endurecerse solo de pensarlo.
Después de la ducha rápida, salí del baño todavía con el cuerpo caliente y la verga medio dura colgando pesada entre las piernas. Alejandra ya estaba en el dormitorio, desnuda sobre la cama, con las piernas ligeramente abiertas y una mano entre los muslos, tocándose despacio mientras me miraba con ojos vidriosos. El semen que le había dejado en el culo todavía le brillaba en los muslos, un rastro blanco y espeso que bajaba lento hacia las sábanas.
—Ven aquí —me dijo con voz ronca, mordiéndose el labio inferior—. No has terminado conmigo todavía, ¿verdad?
Sonreí de lado y me acerqué. Agarré el celular de la mesita de noche, lo puse en modo avión para que nada interrumpiera y activé la cámara. Lo apoyé contra la lámpara de la mesita, ajustando el ángulo para que grabara toda la cama: nuestras caras, los cuerpos, todo sin piedad.
—¿Qué haces? —preguntó ella, pero su voz temblaba de excitación, no de miedo.
—Quiero grabarnos. Quiero verte después. Quiero verte cómo te abres para mí, cómo te corres gritando mi nombre. Y quiero que tú también lo veas cuando estés sola y se lo muestres a Erika y a Raquel, a quíen tú quieras, y te toques pensando en esto.
Ella se mordió el labio más fuerte y abrió las piernas del todo, exponiendo su coño todavía hinchado y rojo de lo que le había hecho en la cocina. Los labios mayores estaban abiertos, el clítoris asomando grueso y brillante.
—Grábame entonces… grábame como la puta que soy para ti.
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