Salimos del agua en silencio. El sol ya pegaba fuerte, el aire estaba espeso y olía a tierra caliente y a porro quemado. Marta se subió primero a la piedra plana, el agua resbalándole por la espalda tatuada, gotas brillando en los piercings de los pezones cuando se giró para tenderme la mano. La cogí sin mirarla a los ojos. No podía.Nos vestimos rápido, sin bromas, sin roces. Ella se puso el legging y el top ajustado, yo los pantalones cortos y la camiseta que ya estaba seca por el calor. Recogimos la mochilita, el mechero, la botella medio vacía. Ninguno dijo nada mientras volvíamos por el caminejo agrícola. Solo se oían nuestros pasos en la tierra seca y algún pájaro lejano.
Cuando ya llevábamos un rato caminando, Marta rompió el silencio sin mirarme.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Caco?
La miré de reojo. Ella seguía con la vista al frente, el pelo mojado pegado al cuello.
—Que tú pareces haber borrado de la cabeza todo lo que pasó en Barcelona. Como si nunca hubiera existido.
Se me paró el corazón un segundo. Sabía a qué se refería, pero no quería oírlo.
—No sé de qué hablas —murmuré.
—Claro que lo sabes. El cabrón ese… mi ex. El que tú me presentaste, por cierto. El que me convenció de que era “muy morboso” que dos hermanos hicieran cosas inapropiadas. Y lo hicimos. En sus fiestas privadas. En esas casas donde pagaban pasta y droga por ver… cosas. Por participar. Esas casas tan elegantes de la Barcelona privilegiada.
Tragué saliva. El camino se me hizo más largo de repente.

—No fue así, Marta. No fue exactamente…
—Fue exactamente así —me cortó, sin levantar la voz, pero con esa firmeza que ahora tiene siempre.
—. El cabrón era un hijo de puta manipulador, sí. Violento cuando le daba la gana. Por eso escapé en el 2020 y volví a casa. Por eso papá me enseñó a pelear, a ser fuerte. Pero también era un amante cojonudo. Tenía una polla que aguantaba lo que nadie, y sabía usarla. Esa pija grande, larga, gorda, con las venas marcadas.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo. Avergonzado hasta el alma, pero excitado como un animal. Mi pija estaba dura como una piedra ahora, y dolía contra los pantalones. ¿Cómo podía ponerme así oyendo esto? Era mi hermana, joder. Pero el recuerdo de aquellas noches en Barcelona, las fiestas donde todo se mezclaba, donde el cabrón la ponía en el centro y yo... yo miraba, y participaba a veces, sin poder parar. Cosas inapropiadas. Cosas que ahora ella dice sin remordimientos, pero que a mí me queman por dentro.
—Recuerda cuando fui a visitarte por primera vez, allá por el 2019 —siguió Marta, como si quisiera revivirlo todo
—. Tú estabas en esa casa cutre con tu novia transexual, Rosa, ¿te acuerdas? Llegué con la mochila y lo primero que hicimos fue fumarnos un porro en el salón. Rosa lo lió como una experta, y nos reímos un montón porque era mi primera vez en serio con hierba buena. Me dijiste que me relajaría, y joder, lo hizo. Me sentí flotando.
Me acordaba. Vaguamente. Aquel piso en el Raval, con las paredes desconchadas y el olor a incienso para tapar el humo. Rosa era maja, pero todo giraba alrededor de la fiesta. Mi pija dio un tirón bajo los pantalones al recordarlo, y me avergoncé al instante. ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo cuando hablábamos de esto?
—Luego la cena —siguió Marta, con una sonrisa nostálgica—. Al estilo colombiano, como decía Rosa. Arepas, plátanos fritos, carne asada con ese sazón picante que te quemaba la boca. Bebimos ron hasta que el mundo giraba. Tú y Rosa os besabais delante de mí como si nada, y yo me sentía... libre. Era la primera vez que salía de casa de verdad.
El camino se hacía más ancho, pero yo me sentía atrapado. "Libre", decía ella. Para mí era el principio del fin.
—Y antes de salir de fiesta —continuó, bajando la voz un poco, aunque no había nadie alrededor—, esnifamos coca. Tú me dijiste que era solo un poco, para animar la noche.
Era mi primera vez con esa mierda, Caco. Confié en ti porque eras mi hermano mayor, el que sabía de todo eso. Lo hice, y joder, qué subidón. Me sentí invencible.Mi corazón latía fuerte.
Recordaba esa noche. La mesa baja del salón, las rayas perfectas que preparó Rosa. Marta dudó un segundo, pero lo hizo. Y después, sus ojos brillando, riendo más alto que nunca. Mi pija se endureció del todo ahora, presionando contra la tela. Me avergonzaba tanto... pero no podía evitarlo. El cuerpo se recuperaba, sí, pero ¿a qué precio?
- Fuimos a aquella pequeña discoteca de ambiente latino. La verdad es que era pequeña pero bonita, estaba llena y todo el mundo bailaba esos ritmos latinos. Las mujeres eran todas bien dotadas y mostraban sus encantos. Yo me sentía feucha con mis pequeñas tetas y aquella ropa tan recatada.
—En la discoteca fue cuando me lo presentaste —dijo Marta, y su tono cambió a algo más duro
—. El cabrón. Ese hijo de puta manipulador. Bailamos como locos, con la música a tope y el alcohol corriendo por las venas. Seguimos consumiendo coca en los baños, con Rosa. Ella me llevaba de la mano, me enseñaba cómo, y entre risas nos metíamos más. Era como un juego.
Se paró un segundo para ajustarse el top, y yo miré al suelo. No quería ver cómo se movía su cuerpo.
—El cabrón me sedujo esa misma noche —siguió, sin un ápice de pudor en la voz
—. Era dominante, con esa mirada que te clavaba. Me convenció de ir al baño de chicos. Allí, en ese cubículo asqueroso pero excitante, me hizo de todo. Primero me lamió hasta que me corrí la primera vez, fuerte, temblando contra la pared. Luego los dedos, metiéndolos profundo, girándolos hasta que pedí más. Y la pija... joder, tenía una buena pija, gruesa y que aguantaba horas.
(Yo también recordaba esa pija, también la disfruté, porque ese cabrón era bisexual y más de una vez se la chupé y luego me la metió en el culo, yo alguna vez lo penetré pero el era un macho dominante que quería ser activo.)
-Me folló ahí mismo, y cuando me convenció para que le dejara por el culo... lo hizo tan bien que no dolió casi nada. Me encantó, Caco. Me corrí otra vez solo con eso.
Pero no se detuvo ahí. Su voz bajó un poco más, como si estuviera saboreando el recuerdo.
—Y no fue solo eso. Me pidió que le chupara el culo. Yo nunca había hecho algo así, Caco. Me pareció raro al principio, pero con la coca y el alcohol corriendo por mis venas, accedí. Me arrodillé ahí mismo, en el suelo sucio del baño, y lo hice. Le lamí el culo, despacio primero, luego más profundo. Y joder, me encantó. El sabor, la textura, cómo gemía él. Era como descubrir algo nuevo, algo que me ponía a mil. Luego él me devolvió el favor. Me puso contra la pared, me volvió a bajar los pantalones y me chupó el culo como un experto. Su lengua era mágica, caliente y húmeda, abriéndome poco a poco. Al rato metió un dedo, luego dos, dilatándome con paciencia pero firmeza. Giraba, empujaba, me hacía gemir sin control. Y cuando ya estaba abierta, me penetró el culo de una vez. Su pija entró entera, llenándome, y me folló duro pero justo lo que necesitaba. Me corrí con él dentro, gritando en silencio contra la pared. Y él se corrió también, llenándome el culo de semen caliente. Salí de ahí temblando, pero feliz.
Marta se calló un par de segundos pero continuó.
-Aunque luego, camino a casa, noté cómo se me salía y me manchaba el pantalón. Rosa se dio cuenta de la mancha mientras caminabamos por la calle. Se rió y lo te lo enseñó. Dijo: a tu hermana le han preñado el culo.
- Las palabras de Rosa me hicieron reir, sería por la coca. Y pasamos a una rara conversación sobre cual era la mejor manera de limpiar el semen y que hay que tener cuidado porque algunos tejidos se estropean con el semen.
Sus palabras me estaban matando. Avergonzado hasta no poder más, pero mi pija dura como nunca, latiendo con cada detalle que contaba. El vigor volvía, sí, pero en el peor momento. ¿Cómo podía excitrme oyendo esto de mi propia hermana? El cabrón se merecía todos los insultos, pensé. Era un manipulador violento, un cerdo. Pero yo... yo lo presenté. Yo la llevé a eso.Nos quedamos callados un rato. El silencio se hizo pesado otra vez.Y entonces lo vimos: el coche de los padres, aparcado delante. Habían vuelto antes.
—Joder... —murmuró ella.
-Menos mal que limpié todo cuando me levanté.
Y ahí se quedó todo. El silencio. La culpa. El miedo.
Cuando ya llevábamos un rato caminando, Marta rompió el silencio sin mirarme.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Caco?
La miré de reojo. Ella seguía con la vista al frente, el pelo mojado pegado al cuello.
—Que tú pareces haber borrado de la cabeza todo lo que pasó en Barcelona. Como si nunca hubiera existido.
Se me paró el corazón un segundo. Sabía a qué se refería, pero no quería oírlo.
—No sé de qué hablas —murmuré.
—Claro que lo sabes. El cabrón ese… mi ex. El que tú me presentaste, por cierto. El que me convenció de que era “muy morboso” que dos hermanos hicieran cosas inapropiadas. Y lo hicimos. En sus fiestas privadas. En esas casas donde pagaban pasta y droga por ver… cosas. Por participar. Esas casas tan elegantes de la Barcelona privilegiada.
Tragué saliva. El camino se me hizo más largo de repente.

—No fue así, Marta. No fue exactamente…
—Fue exactamente así —me cortó, sin levantar la voz, pero con esa firmeza que ahora tiene siempre.
—. El cabrón era un hijo de puta manipulador, sí. Violento cuando le daba la gana. Por eso escapé en el 2020 y volví a casa. Por eso papá me enseñó a pelear, a ser fuerte. Pero también era un amante cojonudo. Tenía una polla que aguantaba lo que nadie, y sabía usarla. Esa pija grande, larga, gorda, con las venas marcadas.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo. Avergonzado hasta el alma, pero excitado como un animal. Mi pija estaba dura como una piedra ahora, y dolía contra los pantalones. ¿Cómo podía ponerme así oyendo esto? Era mi hermana, joder. Pero el recuerdo de aquellas noches en Barcelona, las fiestas donde todo se mezclaba, donde el cabrón la ponía en el centro y yo... yo miraba, y participaba a veces, sin poder parar. Cosas inapropiadas. Cosas que ahora ella dice sin remordimientos, pero que a mí me queman por dentro.
—Recuerda cuando fui a visitarte por primera vez, allá por el 2019 —siguió Marta, como si quisiera revivirlo todo
—. Tú estabas en esa casa cutre con tu novia transexual, Rosa, ¿te acuerdas? Llegué con la mochila y lo primero que hicimos fue fumarnos un porro en el salón. Rosa lo lió como una experta, y nos reímos un montón porque era mi primera vez en serio con hierba buena. Me dijiste que me relajaría, y joder, lo hizo. Me sentí flotando.
Me acordaba. Vaguamente. Aquel piso en el Raval, con las paredes desconchadas y el olor a incienso para tapar el humo. Rosa era maja, pero todo giraba alrededor de la fiesta. Mi pija dio un tirón bajo los pantalones al recordarlo, y me avergoncé al instante. ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo cuando hablábamos de esto?
—Luego la cena —siguió Marta, con una sonrisa nostálgica—. Al estilo colombiano, como decía Rosa. Arepas, plátanos fritos, carne asada con ese sazón picante que te quemaba la boca. Bebimos ron hasta que el mundo giraba. Tú y Rosa os besabais delante de mí como si nada, y yo me sentía... libre. Era la primera vez que salía de casa de verdad.
El camino se hacía más ancho, pero yo me sentía atrapado. "Libre", decía ella. Para mí era el principio del fin.
—Y antes de salir de fiesta —continuó, bajando la voz un poco, aunque no había nadie alrededor—, esnifamos coca. Tú me dijiste que era solo un poco, para animar la noche.
Era mi primera vez con esa mierda, Caco. Confié en ti porque eras mi hermano mayor, el que sabía de todo eso. Lo hice, y joder, qué subidón. Me sentí invencible.Mi corazón latía fuerte.
Recordaba esa noche. La mesa baja del salón, las rayas perfectas que preparó Rosa. Marta dudó un segundo, pero lo hizo. Y después, sus ojos brillando, riendo más alto que nunca. Mi pija se endureció del todo ahora, presionando contra la tela. Me avergonzaba tanto... pero no podía evitarlo. El cuerpo se recuperaba, sí, pero ¿a qué precio?
- Fuimos a aquella pequeña discoteca de ambiente latino. La verdad es que era pequeña pero bonita, estaba llena y todo el mundo bailaba esos ritmos latinos. Las mujeres eran todas bien dotadas y mostraban sus encantos. Yo me sentía feucha con mis pequeñas tetas y aquella ropa tan recatada.
—En la discoteca fue cuando me lo presentaste —dijo Marta, y su tono cambió a algo más duro
—. El cabrón. Ese hijo de puta manipulador. Bailamos como locos, con la música a tope y el alcohol corriendo por las venas. Seguimos consumiendo coca en los baños, con Rosa. Ella me llevaba de la mano, me enseñaba cómo, y entre risas nos metíamos más. Era como un juego.
Se paró un segundo para ajustarse el top, y yo miré al suelo. No quería ver cómo se movía su cuerpo.
—El cabrón me sedujo esa misma noche —siguió, sin un ápice de pudor en la voz
—. Era dominante, con esa mirada que te clavaba. Me convenció de ir al baño de chicos. Allí, en ese cubículo asqueroso pero excitante, me hizo de todo. Primero me lamió hasta que me corrí la primera vez, fuerte, temblando contra la pared. Luego los dedos, metiéndolos profundo, girándolos hasta que pedí más. Y la pija... joder, tenía una buena pija, gruesa y que aguantaba horas.
(Yo también recordaba esa pija, también la disfruté, porque ese cabrón era bisexual y más de una vez se la chupé y luego me la metió en el culo, yo alguna vez lo penetré pero el era un macho dominante que quería ser activo.)
-Me folló ahí mismo, y cuando me convenció para que le dejara por el culo... lo hizo tan bien que no dolió casi nada. Me encantó, Caco. Me corrí otra vez solo con eso.
Pero no se detuvo ahí. Su voz bajó un poco más, como si estuviera saboreando el recuerdo.
—Y no fue solo eso. Me pidió que le chupara el culo. Yo nunca había hecho algo así, Caco. Me pareció raro al principio, pero con la coca y el alcohol corriendo por mis venas, accedí. Me arrodillé ahí mismo, en el suelo sucio del baño, y lo hice. Le lamí el culo, despacio primero, luego más profundo. Y joder, me encantó. El sabor, la textura, cómo gemía él. Era como descubrir algo nuevo, algo que me ponía a mil. Luego él me devolvió el favor. Me puso contra la pared, me volvió a bajar los pantalones y me chupó el culo como un experto. Su lengua era mágica, caliente y húmeda, abriéndome poco a poco. Al rato metió un dedo, luego dos, dilatándome con paciencia pero firmeza. Giraba, empujaba, me hacía gemir sin control. Y cuando ya estaba abierta, me penetró el culo de una vez. Su pija entró entera, llenándome, y me folló duro pero justo lo que necesitaba. Me corrí con él dentro, gritando en silencio contra la pared. Y él se corrió también, llenándome el culo de semen caliente. Salí de ahí temblando, pero feliz.
Marta se calló un par de segundos pero continuó.
-Aunque luego, camino a casa, noté cómo se me salía y me manchaba el pantalón. Rosa se dio cuenta de la mancha mientras caminabamos por la calle. Se rió y lo te lo enseñó. Dijo: a tu hermana le han preñado el culo.
- Las palabras de Rosa me hicieron reir, sería por la coca. Y pasamos a una rara conversación sobre cual era la mejor manera de limpiar el semen y que hay que tener cuidado porque algunos tejidos se estropean con el semen.
Sus palabras me estaban matando. Avergonzado hasta no poder más, pero mi pija dura como nunca, latiendo con cada detalle que contaba. El vigor volvía, sí, pero en el peor momento. ¿Cómo podía excitrme oyendo esto de mi propia hermana? El cabrón se merecía todos los insultos, pensé. Era un manipulador violento, un cerdo. Pero yo... yo lo presenté. Yo la llevé a eso.Nos quedamos callados un rato. El silencio se hizo pesado otra vez.Y entonces lo vimos: el coche de los padres, aparcado delante. Habían vuelto antes.
—Joder... —murmuró ella.
-Menos mal que limpié todo cuando me levanté.
Y ahí se quedó todo. El silencio. La culpa. El miedo.
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